The show must go on—

Takuma descansa con tranquilidad en los brazos de Sango. No me extraña en lo absoluto que sepa apaciguar los ánimos de cualquier criatura en toda la aldea y alrededores, pues ha tenido cómo practicar. Me hace sonreír ver a mi hijo junto a la exterminadora, junto a mi amiga.

—¿Crees que Inuyasha y Miroku tarden más?

La observo con cautela. Sus ojos marrones se enfocan en los míos y noto su intranquilidad.

—Apenas han partido anteayer. Estos viajes suelen tomar algunos días.

—Lo sé —murmura, intentando mantener el silencio por el sueño de mi niño—. Es solo que… Siento esto que… es como si algo estuviera mal. ¿No lo sientes tú?

Intento concentrarme. No he sentido el llamado de ningún fragmento de Shikon, ni muchos menos de la Perla, quien siempre ha sido la causante de muchas de nuestras desgracias. No hay nada en el aire (ni gritos, ni llantos, ni siquiera el olor a algún lejano incendio) que me indiquen que algo va mal. Pero un pequeño peso se asienta en mi estómago de repente, como si hubiera sido necesario enfocarme en buscar algo para que apareciera.

Me giro a verla intentando mantener la calma. Sin embargo, siempre he sido un libro abierto, y Sango siempre supo leerme.

—Tú también lo sientes.

—Tal vez no es nada —me apuro a decir. Sango niega con la cabeza, mientras acaricia los cabellos de Takuma.

—No. Sé que es algo, solo que no sé qué hacer. Ellos saben defenderse… ¿cierto?

—No hay mejores guerreros.

Sango suspira. Mira a lo lejos a las gemelas entrenando (han comenzado de inmediato para ser grandes guerreras) y al resto de los niños jugando a ser exterminadores, copiando movimientos, saltando y tirándose al piso, aprovechando la luz del sol y el calor propio de la época. El aire está lleno de risas. Pero algo va mal, y comienzo a preocuparme de veras.

Como si lo hubiéramos convocado, una mancha roja aparece en la entrada de la aldea. No es difícil distinguirlo, Inuyasha es parte del paisaje, pero los gritos de los aldeanos nos indican que no es un paisaje bueno.

—Miroku —murmura Sango. La piel del rostro ha empalidecido, y creo que yo tampoco me encuentro bien. Tomo a Takuma en brazos de inmediato, y la mirada de la exterminadora me lo agradece. Corremos luego al encuentro de Inuyasha, cerca de unas cabañas.

—¿Qué ha pasado? —grita Sango. Llego a su lado con la respiración agitada y con Takuma llorando, apenas unos segundos después. Noto la suciedad en el rostro de Inuyasha, las heridas que revelan aquellas zonas de su traje rajado y la sangre que ni siquiera el rojo de su hitoe logran ocultar.

—Nos han atacado. ¡Los he aniquilado, mierda! ¡He hecho todo lo que he podido! ¡Pero esos hijos de perra…!

—¿Qué tan mal está? ¡¿Qué tan mal?! —Algunas aldeanas entran y salen de la cabaña con tantas cosas encima que no llego a contarlas, las reconozco como parte de aprendices de enfermeras.

—Mal. Está mal —gruñe. Está angustiado, puedo notarlo en su mirada, en lo torpe de sus movimientos, en cómo aprieta los dientes. Está adolorido también—. No entres, Sango. Ve con los niños.

—¡¿Estás loco?! ¿Pretendes que me vaya por ahí mientras él está ahí dentro sin…?!

—¡Basta, maldición! —gruñe Inuyasha, le sostiene entonces los brazos y le impide el movimiento—. Kagome se hará cargo. Y estará bien. ¿De acuerdo? ¡Nos haremos cargo, Sango!

No tardo más de un segundo para dejar a Takuma de nuevo en brazos de Sango, quien no ve otra opción que sostenerle. Ella también es buena enfermera, ha atendido millones de heridas, pero sigo siendo la mejor de la aldea. Y esto es algo que ella no tiene porqué hacer.

El peso en mi estómago aumenta cuando veo la mirada de Inuyasha. Esto no pinta bien, y algo dentro de mí me pide llorar. Sin embargo, la parte que intenta mantener la calma, me obliga a inspirar hondo y tomar cartas en el asunto.

—Estén atentas a mi pedido —exijo apenas pisar el interior de la cabaña. Las aldeanas me miran y asienten, pero no se tardan en seguir limpiando la zona y la herida de Miroku.

Contengo las ganas de vomitar ante la visión. No sé con qué clase de bestia se han cruzado, pero Miroku ya no parece Miroku. Solo un saco roto, abierto casi de par en par, un saco con su rostro maltrecho, pálido y casi muerto.

Tomo lo que creo necesario antes de arrodillarme ante él.

—No dejen que Sango entre —ordeno, sé que Inuyasha podrá escucharme. Y ahora sé porqué no la dejó ingresar en primer lugar—. Y tomen nota de lo que necesito.

Agradezco a Kami-sama no ser la niña de quince años que llegó a esta época en este momento. Agradezco tener tanta experiencia en estos asuntos. Agradezco mucho todo esto porque no sería capaz de salvar su vida de otro modo.

Agradezco. Pero sobre todo ruego por poder lograrlo.


# Prompts: verano & temor.
# Palabras: 835.

NOTA

Un largo tiempo sin aparecerme, y una viñeta con 'continuación'. ¿Por qué mi tardanza? Un montón de cosas, pero no creo que tenga que escribir las razones -oexcusas- por acá. La mayoría sabrá comprender.

¿Qué opinan de la viñeta? Creo que eventualmente, e incluso siendo los mejores, podría ocurrir una situación así. Una situación peligrosa, una situación con un posible trágico final. Y creo que Kagome ya no es la misma niña de antaño, creo que ella podría encargarse de algo así. Y es necesario entonces la participación de Inuyasha fuera, herido e intentando contener a Sango, mantenerla alejada de la cabaña (vamos, que no es nada fácil obligar a Sango a nada).

Odié lastimar a Miroku, por si querían saberlo.

Extrañé pasarme por acá, pero espero ahora hacerlo más seguido, dado que tengo más disponibilidad. Entre tanto, espero sus reviews, no sean tímidos.

Gracias a todos los que leen, muchas más gracias y besos babosos para los que comentan. Hasta el próximo,

Mor.