21
Bella y Edward almorzaban juntos casi todos los días, y una o dos veces por semana Edward pasaba la noche en el apartamento. Tenían que ser más discretos que nunca, porque la campaña de Edward había empezado muy activamente y lo había convertido en una prominente figura nacional. Hablaba en reuniones políticas y en comidas para recaudar fondos y sus opiniones sobre los temas del país eran citadas cada vez más frecuentemente por la prensa.
Edward y Eleazar estaban tomando el té ritual de la mañana.
—Te vi en el programa Today de esta mañana —dijo Eleazar—. Muy buen trabajo, Edward. Tocaste todos los puntos. Creo que te van a volver a invitar.
—Eleazar, no soporto esos programas. Me siento como un maldito actor haciendo su número.
Eleazar cabeceó imperturbable.
—Es así como son los políticos, Edward, actores. Representando su papel, haciendo lo que el público quiere que hagan. Diablos, si los políticos actuaran en público tal cual son ¿cómo es que dicen los chicos?, «¿sería un lío?»; este país se convertiría en una maldita monarquía.
—No me gusta el hecho de que postularse para candidato se haya convertido en una competencia personal.
Eleazar sonrió.
—Agradece que tú tienes la personalidad, muchacho. Tu reputación para las elecciones sube cada semana. —Se detuvo y tomó más té. —Créeme, éste es sólo el principio. Primero el Senado, después el número uno en el blanco. Nada puede detenerte. —Hizo otra pausa para tomar un trago de té. —Únicamente que hicieras una locura, sólo así.
Edward lo miró.
—¿Qué quieres decir?
Eleazar se secó delicadamente los labios con una servilleta de género de damasco.
—Tu contrincante es un luchador de las clases bajas. Te apostaría que en este momento está examinando tu vida bajo un microscopio. No encontrará ningún arma oculta, ¿no?
—No. —La palabra acudió a los labios de Edward automáticamente.
—Muy bien —contestó Eleazar. —¿Cómo está Tanya?
Bella y Edward estaban pasando un descansado fin de semana en una casa de campo de Vermont, que un amigo de Edward le había prestado. El aire era tonificante y fresco, insinuando el invierno que se acercaba. Era un fin de semana perfecto, confortable y relajante, con largas caminatas durante el día y juegos y charlas intrascendentes ante un fuego vivo durante la noche.
Habían leído cuidadosamente todos los diarios del domingo. En cada escrutinio Edward avanzaba más. Con unas pocas excepciones, los medios de comunicación estaban a favor de Edward. Les gustaba su estilo, su honestidad, su inteligencia y su franqueza. Empezaban a compararlo con John Kennedy.
Edward estaba tirado frente a la chimenea mirando cómo la sombra de las llamas bailaba frente al rostro de Bella.
—¿Te gustaría ser la mujer del Presidente?
—Lo siento. Ya estoy enamorada de un Senador.
—¿Te desilusionarías si no ganara, Bella?
—No. La única razón porque quiero que ganes es porque tú lo quieres, querido.
—Si gano, querrá decir que hay que vivir en Washington.
—Si vamos a estar juntos, nada más importa.
—¿Y tu carrera de abogada?
Bella sonrió.
—La última vez que oí hablar del tema, había abogados en Washington.
—¿Y si te pidiera que dejaras la profesión?
—La dejaría.
—No quiero que lo hagas. Eres demasiado buena abogada.
—Lo único que me importa es estar contigo. Te amo tanto, Edward.
Se fueron a la cama y, mucho más tarde, se durmieron.
El lunes a la mañana volvieron a Nueva York. Buscaron el auto de Bella en el garaje donde ella lo había dejado y Edward volvió a su casa. Bella regresó a su apartamento en Nueva York.
Los días de Bella estaban increíblemente llenos de cosas. Si antes había pensado que estaba ocupada, ahora estaba asediada. Estaba representando a sociedades internacionales que habían transgredido algunas pocas leyes y habían sido descubiertas, senadores que habían puesto las manos en dinero que no era de ellos, actores de cine que tenían algunos problemas. Representaba a presidentes de Bancos y a ladrones de Bancos, políticos y jefes de sindicatos.
El dinero estaba entrando, pero eso no era importante para Bella . Pagaba grandes bonificaciones a los miembros de su oficina y les hacía espléndidos regalos. Las sociedades que tenían que enfrentarse a Bella no tardaron en mandar a sus abogados que eran su mano derecha, y así Bella se encontró peleando contra los más importantes talentos legales del mundo.
La admitieron en el Colegio de Abogados Litigantes y hasta Jasper estaba impresionado.
—Dios —dijo— ¿sabes que sólo un uno por ciento de los abogados de este país lo consigue?
—Yo soy el símbolo femenino —dijo Bella riéndose.
Cuando Bella representaba a un acusado en Manhattan, podía estar segura de que Marco Di Silva tomaría el caso personalmente o lo dirigiría. Su odio hacia Bella crecía con cada victoria de ella.
Durante un juicio en el cual Bella estaba peleando contra el Fiscal del Distrito, Di Silva llevó como testigos a doce expertos importantísimos. , Bella no llamó a ningún experto. Dijo al jurado:
—Si queremos construir una nave espacial o saber la medida de la distancia de una estrella, llamamos a los expertos. Pero cuando queremos hacer algo realmente importante, buscamos a doce personas cualesquiera para que lo hagan. Creo recordar que el fundador del Cristianismo hizo lo mismo.
Bella ganó el caso.
Una de las técnicas que Bella encontró que eran efectivas con el jurado fue decir:
—Sé que las palabras «Ley» y «sala del Tribunal» suenan un poco atemorizadoras y remotas para sus vidas, pero cuando se detienen a pensar en ello, todo lo que estamos haciendo aquí es tratando con las cosas buenas y malas hechas por seres humanos como nosotros mismos. Olvidémonos que estamos en la sala del Tribunal, mis amigos. Simplemente imaginemos que estamos sentados en la sala del living de mi casa, hablando sobre lo que sucede con este pobre acusado. Y, en sus mentes, los jurados estaban sentados en el living de Bella, llevados por su discurso.
Esta maniobra funcionaba maravillosamente para Bella, hasta un día en que estaba defendiendo un cliente contra Di Silva. El Fiscal se puso de pie y comenzó su alegato dirigido al jurado.
—Damas y caballeros —dijo Di Silva—. Quisiera que ustedes se olvidaran que están en una sala del Tribunal. Quiero que se imaginen que están sentados en casa, en mi living y estamos charlando informalmente sobre el hecho terrible que el acusado cometió.
Jasper se inclinó hacia Bella y le susurró:
—¿Oyes lo que está diciendo el hijo de puta? Te está robando tu sistema.
—No te preocupes por eso —respondió fríamente Bella. Cuando Bella se levantó para dirigirse al jurado, dijo:
—Damas y caballeros, nunca he oído algo tan extravagante como los comentarios del Fiscal —su voz subió de tono con indignación—. Por un minuto, no pude creer que lo estaba oyendo correctamente. ¡Cómo puede animarse a decirles que olviden que están en una sala del Tribunal! ¡Esta sala es una de las posesiones más preciosas que tiene nuestra nación! Es la base de nuestra libertad. La de ustedes y la mía y la del acusado. Y con la sugestión del Fiscal de que olviden dónde están, pueden olvidar su deber por el juramento. Encuentro las dos cosas desagradables y despreciables. Yo les pido a ustedes, damas y caballeros que recuerden dónde están, para recordar que todos nosotros estamos aquí para que se haga justicia y el acusado sea defendido.
Los jurados asintieron con aprobación.
Bella echó una mirada a la mesa en donde estaba Di Silva sentado. Se mantenía derecho, con la mirada vidriosa. El cliente de Bella fue absuelto.
Después de cada victoria en la Corte, había cuatro docenas de rosas rojas en el escritorio de Bella con una tarjeta de Felix Moretti. Cada vez, Bella tiraba la tarjeta y le daba las flores a Emily para que se las llevara. De alguna manera le parecían inmorales por provenir de él. Por último, Bella envió una nota a Felix Moretti pidiéndole que no le enviara más flores.
Cuando Bella volvió del Tribunal después de haber ganado su último caso encontró cinco docenas de rosas rojas aguardándola.
