JUEGOS DE GUERRA
CAPÍTULO 21 – EL DUELO (segunda parte)
Publicado el 26 de junio de 2015, con una extensión de 4.322 palabras.
Y entonces Annie tiró de la bufanda de Mikasa con todas sus fuerzas.
Lo hizo al mismo tiempo que se situaba detrás de ella y le golpeaba en la espalda con una formidable patada, a la altura de los riñones.
La oriental, seguramente la mejor de su promoción, podría haber contrarrestado o un ataque o el otro… pero no ambos a la vez.
Armin creyó que oiría el "crac" de algo al romperse: en el peor de los casos, el cuello de su amiga; en el menos malo, aquella bufanda que sin embargo parecía indestructible. Sin embargo, el cuerpo de la morena, resistente como el acero, se mantuvo de una pieza. El sonido de aquella patada al impactar fue el de una fuerza imparable, chocando contra un objeto inamovible; casi un cañonazo, cuyas vibraciones hicieron temblar a todos los presentes.
Annie no se conformó con eso y atacó de nuevo rápidamente, antes de que su rival pudiera recuperarse de la sorpresa y el tremendo golpe. La siguiente patada la alcanzó en las piernas, justo en la cara interna de las rodillas, que se doblaron bajo aquel fuerte impacto… y Mikasa cayó al suelo.
Leonhart finalmente volvió a patearla en los riñones, pero esta vez dejó allí el pie, casi incrustado en la espalda de la morena. Aquella pierna poderosa, enfundada en una de las resistentes botas de cuero negro del ejército, la empujó hacia abajo y hacia delante, sin que Mikasa pudiese evitarlo…
…al mismo tiempo que Annie agarraba los extremos de la bufanda, uno con cada mano, y los cruzaba mientras tiraba hacia atrás, con tanta o más fuerza que la que ejercía con su pierna en sentido opuesto.
Armin se dio cuenta, aterrado, de que la postura de la implacable rubia era perfecta: iba a estrangular a Mikasa y ella no podría hacer nada para evitarlo. Naturalmente, ninguno de los espectadores se atrevió a intervenir; todos intuían que, si cometían tal osadía, su destino sería mucho peor.
Bertolt jamás había estado tan pálido. Reiner, en cambio, tenía una expresión completamente neutra y se limitaba a observar con ojo crítico lo que ocurría. Jean estaba furioso, tanto como el fornido rubio antes; apretaba los dientes y, por su postura, parecía que fuese a saltar en cualquier momento. Connie, nervioso y asustado, agarraba al cenizo por los hombros y conseguía contenerle a duras penas, a pesar de la diferencia de altura.
Ymir tenía la misma sonrisilla burlona de siempre, pero Armin creyó ver en sus ojos una preocupación que no estaba ahí antes. Krista había sepultado el rostro en el pecho de su compañera, para no ver lo que estaba pasando; la morena se limitó a acariciarle los cabellos con aire ausente, lo cual también revelaba la gravedad de la situación.
Mikasa no iba a caer sin luchar, pero en este caso sus esfuerzos no dieron ningún fruto. Annie parecía estar firmemente anclada, con aquella pierna en la espalda de su rival y la otra plantada en el suelo. La de ojos azules había agarrado la bufanda de tal forma que mantenía una presa inquebrantable sobre la garganta de su enemiga; sería más baja, pero extendía los brazos y las piernas de tal modo que quedaba fuera del alcance de su oponente.
La morena seguía de rodillas, con aquel pie incrustado en su espalda que le impedía ponerse de pie; tampoco era capaz de rodar hacia delante, por la forma en que la sujetaban del cuello. En esa posición, no podía golpear a su adversaria con las piernas, inmovilizadas bajo su propio peso. Trataba de zarandearse de un lado a otro para desestabilizar a la rubia, pero ésta no perdía el equilibrio.
Aquel agarre había sido tan inesperado que Mikasa ni siquiera había podido meter una mano entre el cuello y la bufanda; ahora la resistente prenda apretaba en torno a su garganta, sin obstáculo alguno, cortándole el aire. Sus brazos, por desgracia, no superaban la distancia que mantenía Annie con aquella pierna, la misma que la tenía inmovilizada; estaba clavada en su espalda de tal modo que apenas podía aferrarla, y aunque hubiese podido sólo con las manos no habría sido capaz de sacársela de encima.
Ackerman era fuerte, casi indestructible… casi. Incluso ella necesitaba respirar. Poco a poco, la falta de aire iba afectando a la velocidad de sus movimientos, a la fuerza de sus golpes, cada vez más reducidos. Aquella furia asesina y oscura había abandonado su rostro, en el que la palidez natural daba paso a un tono azulado de connotaciones bastante siniestras; su boca, entreabierta, parecía lanzar un grito silencioso para el que ya no tenía aliento.
Sus ojos negros, desmesuradamente abiertos, reflejaban el miedo de una muchacha de quince años a la que iban arrebatándole lentamente la vida. Aquellos orbes oscuros eran tan expresivos que Armin casi sentía esa agonía como propia; también a él le costaba respirar, sin terminar de creerse que alguien como Mikasa pudiera haber sido reducida tan fulminantemente en un solo movimiento.
En cambio, la expresión de Annie era cada vez más tranquila. Aquella sonrisa enorme, demoníaca, había ido desapareciendo, hasta que en su rostro sólo quedó su expresión habitual: indiferente, casi aburrida… incluso desdeñosa. Sus ojos fríos habían perdido el brillo tan intenso de antes. Si en ese momento alguien le hubiera visto sólo la cara, no habría podido adivinar que estaba estrangulando a alguien.
–La verdad es que esperaba más de ti.
Aquella calidez tan extraña e inquietante también había desaparecido de su voz; ésta volvía a sonar distante, casi sin entonación, como si se limitase a hablar del buen tiempo que hacía ese día. Casi. Porque Armin, al menos, creyó captar un tono de algo que parecía… decepción.
Quizás Annie había esperado aquel momento con tanta ansia, tantas expectativas, tanta tensión creciente desde el primer día, que cuando por fin llegó la hora de la verdad, el combate en el que se jugarían el todo por el todo… se había decepcionado.
Y en realidad no era la única, porque Armin tampoco habría creído que Mikasa caería tan rápido, prácticamente con el primer golpe de verdad que habían intercambiado ambas; como si el combate hubiese terminado incluso antes de empezar. Annie ya le había advertido a su rival que dejarse puesta la bufanda sería una mala idea, pero después obviamente no había tenido ningún reparo en aprovecharse de ese error que ella había señalado antes.
Desde cierto punto de vista, Leonhart no podía disfrutar de aquella victoria, que Ackerman le había puesto en bandeja; la rubia, dadas las circunstancias, estaba siendo respetuosa. Simplemente seguía haciendo lo que tenía que hacer, para poner fin a un combate que ya estaba decidido; sólo había disfrutado mientras hubo emoción, mientras hubo peligro y riesgo.
En general, todos había esperado mucho más de aquel duelo.
Annie no dijo nada más y se limitó a mirar en silencio a Mikasa, mientras seguía arrebatándole la vida poco a poco; como si, llegados a ese punto, las palabras ya fuesen superfluas. No la insultó, no la humilló, ni siquiera se regodeó; tampoco la obligó a suplicar o rendirse, dando por supuesto que su rival nunca lo haría.
Así que siguió apretando, sin titubear, para acabar con aquello cuanto antes; su presa se debatía cada vez menos, casi resignada… como lo estaban ya todos los espectadores.
Todos menos uno.
La explosión de ira que surgió de repente, hizo que Armin casi saliese volando del susto; pero no se habría llevado aquella sorpresa, si no se hubiera olvidado de cierto moreno temerario de ojos claros…
–¿¡Pero es que te vas a dejar ganar así!? –bramó a su lado Eren Yeager, dejando casi sordos a todos los demás.
"Naturalmente," reconoció Armin para sus adentros, mientras sentía cómo le vibraban los tímpanos. "Si hay alguien en cuyo diccionario no entra la palabra 'rendición', es él. Antes ocurrió lo mismo en el maizal…"
Oír de repente aquella voz fue una sensación casi eléctrica. Los murmullos de quienes se limitaban a observar cesaron de inmediato. Las dos chicas se quedaron quietas como estatuas, sorprendidas; dos pares de ojos, negros y azules, observaban al temerario.
–No es cuestión de "dejarse ganar" –susurró Armin nervioso, tratando de hacer entrar en razón a su amigo–. Incluso Mikasa necesita respirar.
Naturalmente, aquello le entró a Eren por un oído y le salió por el otro.
–¡Siempre dices que yo no soy lo bastante fuerte! –gritó el moreno, su entusiasmo habitual por completo convertido en ira–. ¿Y ahora tú vas a rendirte? ¿Tú, que siempre dices que vas a protegerme? ¿¡Pero cómo vas a proteger a nadie si te rindes a las primeras de cambio!?
Aquello rozaba la crueldad, pero Armin quería creer que su amigo hablaba así por la impotencia de mirar sin poder hacer nada. Jean le observaba con no menos furia, mal contenida; apretaba tanto los dientes, que se los oía crujir.
–¡Si te rindes sólo porque algo te ha salido mal, entonces jamás conseguirás nada! –continuó Eren–. ¡Maldita sea, Mikasa, lucha! ¡Para ganar, tienes que luchar! ¡Si no luchas…!
–Oye, imbécil –Kirstein le interrumpió poniéndole una mano encima del hombro–. Si crees que…
Por fortuna, antes de que los dos chicos llegasen a las manos, alguien más interrumpió a su vez.
–¡Por lo que más quieras, Annie! –gritó Connie, con una nota de desesperación en su voz–. ¡Que se le han cerrado los ojos! ¡Suéltala ya, tú ganas!
Y era cierto… la expresión de Mikasa había cambiado por completo; con los ojos cerrados se la veía serena, casi parecía en paz, como si no se estuviera asfixiando. Sus manos, que ya no intentaban agarrar en vano aquella pierna que la tenía aprisionada, colgaban delante de ella, rozando apenas con los dedos la tierra sobre la que seguía arrodillada. Annie, en cambio, ni se inmutó; siguió apretando, sin quitarle la vista de encima a su presa.
–¿Pero por qué lo hace? –musitó Krista, que por fin se había atrevido a mirar y parecía estar a punto de echarse a llorar.
–No puede bajar la guardia –contestó Reiner muy serio, con un tono que no traicionaba emoción alguna–. Su lenguaje corporal no es el de alguien que está inconsciente.
–Me pregunto qué estará tramando –murmuró Ymir, que observaba con atención, más animada; como si intuyese que iba a pasar algo.
Bertolt no decía nada, pero estaba muy pálido y por la frente le caían goterones de sudor; se agarraba con tanta fuerza al muro, que parecía fuese a darle un ataque en cualquier momento.
"¿Acaso él también presiente algo y teme por Annie?" Armin no se perdía ni un solo detalle, pero su mente agitada trabajaba al mismo tiempo a toda velocidad, como solía ocurrirle en situaciones similares.
"Pero el sentimiento no es recíproco, o al menos ella no parece preocuparse por nadie… Quizás por eso mantiene a los demás a distancia, para no conocerlos demasiado y no temer por ellos. ¿Es una manera de protegerse a sí misma o es que los considera una carga? Es muy individualista… Puede que por eso haya chocado desde el primer día con Mikasa, ella prácticamente está entregada a Eren y Annie detesta esa devoción… ¿Acaso cree que, si alguien es tan fuerte, sólo debería servirse a sí misma?"
Quizás la decepción de Leonhart se debía, precisamente, a que ella había querido ver a su rival completamente "desatada", sin preocuparse por nada más… y al final había caído por culpa del único lazo que había decidido conservar con esa persona tan importante para ella. Quizás por eso la victoria no le sabía a nada; porque una adversaria completamente entregada a aquella lucha no habría cometido semejante error. Tampoco podía dejarse ganar, o prolongar artificialmente el combate dando más oportunidades; su propio carácter implacable le impedía disfrutar de algo que no había cumplido sus expectativas. Annie habría preferido obtener aquella victoria con sangre, sudor y lágrimas… y al final no habían hecho falta.
Mikasa no habría perdido aún, pero, ¿qué podía hacer salvo aguantar la respiración todo lo posible y retrasar un poco más lo inevitable? Al menos, todavía no se había roto nada, aunque eso era también lo que la había condenado; la resistente bufanda seguía sometiéndola, sin escapatoria. Quién habría dicho que se vería atrapada así, precisamente, por el único lazo que le quedaba con una de sus dos familias…
"Un momento," se dio cuenta Armin. "¡No es el único lazo! ¡Todavía conserva…!"
En efecto, la chica nunca se había desprendido de aquel otro recuerdo de familia. Siempre lo había llevado consigo, siempre había formado parte de ella; dándole fuerzas, recordándole quién era y de dónde venía, animándola a convertirse en más.
En realidad, sólo había que mirar bien para verlo. Siempre había estado allí… en su muñeca derecha, cubierta por una fina y delicada venda blanca.
Justo en ese momento, Mikasa acariciaba suavemente, con los dedos de la mano izquierda, la preciosa tela que le había regalado su madre; hacía ya tanto tiempo, que casi parecía otra vida.
La expresión de la muchacha seguía siendo plácida, casi resignada; como si todo hubiese acabado ya y por fin pudiera descansar en paz. El movimiento de sus dedos, que se deslizaban ágilmente deshaciendo unos nudos casi invisibles, habría pasado desapercibido para alguien que no supiera lo que estaba buscando… pero Armin sí lo sabía; aunque ignoraba qué pretendía su amiga exactamente.
Y desde luego, no pudo imaginar que todo terminaría encajando de manera tan perfecta.
Aunque, si había alguien capaz de alcanzar la perfección, hasta el punto de que incluso los elementos parecían obedecer su voluntad… ésa era Mikasa.
Porque justo en ese momento se levantó una ráfaga de viento que acarició los dos rostros: el de la chica morena que estaba de rodillas, a punto de desmayarse, y el de la muchacha rubia que aferraba implacablemente a su presa.
Entonces Mikasa terminó de deshacer los nudos y sostuvo delicadamente entre los dedos la tela extendida al aire; todavía sin abrir los ojos, con la misma expresión serena incluso en una situación tan temible.
Con apenas un leve giro de muñeca, dejó que el viento se llevase la venda, que fue a parar por encima de su hombro…
…justamente en la cara de Annie.
Quizás, si Mikasa hubiese tratado de coger tierra y hacer eso mismo pero de forma menos sutil, su adversaria se habría dado cuenta; así, sin embargo, pasó desapercibida y consiguió coger por sorpresa a quien, hasta entonces, dominaba perfectamente la situación.
Un parpadeo, un leve respingo, una pérdida momentánea de concentración, en su letal agarre; fue sólo eso, lo que le causó a Annie aquella venda que de repente le tapó los ojos.
Pero eso fue todo lo que necesitó Mikasa.
De repente abrió los ojos. Quienes vieron aquellos orbes negros saltaron de la impresión; la oscuridad se había vuelto todavía más intensa en ellos.
Ocurrió todo tan rápido, que Armin estaba convencido de que su mente tuvo que imaginarse una parte, para rellenar el vacío provocado por aquella velocidad, en el tiempo que duraba un parpadeo.
Mikasa tomó en sus manos los extremos de la bufanda y tiró con fuerza inhumana. La prenda no se rompió, sino que se le escurrió de entre los dedos a Annie.
La de ojos azules seguía manteniendo las piernas firmes, pero se había quedado de repente sin el otro punto de apoyo que le daba la bufanda. Tuvo que abandonar esa posición y retroceder un par de pasos; poco le faltó para perder el equilibrio.
Lo que sí perdió por completo fue el agarre sobre su presa…
…y entonces la presa se convirtió en cazadora.
Una persona normal, después de haber sido estrangulada durante tanto tiempo, habría necesitado por lo menos unos instantes para recuperar el aliento y poder moverse de nuevo sin tropezar.
Mikasa no era una persona normal.
Sus poderosas manos se apoyaron sobre la tierra… y una de sus piernas salió disparada hacia atrás, en paralelo al suelo, con la precisión y fuerza letal de un cañonazo.
Annie sólo se salvó porque antes había tenido que retroceder un poco para mantener el equilibrio… pero la suela de aquella bota le pasó tan cerca de la cara, que una leve brisa agitó sus cabellos y le apartó de la cara los mechones rubios que la cubrían; la expresión de terror fue claramente visible en sus grandes ojos azules, que jamás habían estado tan abiertos.
Una persona normal ya se habría quedado agotada con aquel ataque, teniendo que luchar al mismo tiempo para volver a respirar; quizás incluso se habría desplomado en el acto, después de algo así.
Mikasa no era una persona normal.
Se había quedado tumbada de cara al suelo, después de lanzar aquella patada; pero en seguida se dio la vuelta, giró las piernas como si fuesen las aspas de un molino y, con aquel impulso, se puso de nuevo en pie, desafiante, enfrentándose una vez más a su desconcertada rival.
Una persona normal ya no habría podido hacer nada más.
Mikasa Ackerman sí.
Y gritó.
Fue un sonido ronco, inevitable por la presión ejercida contra su garganta hasta hacía tan sólo un momento; lo extraño fue que todavía le quedase aire.
Lo que se oyó no fue su voz, sino el aullido inhumano de una gigantesca bestia infernal; alguna criatura surgida de los tiempos mitológicos, capaz de arrasarlo todo a su paso con ese sonido.
Aquel rugido inspiró tal temor que Armin se abrazó a Eren, Connie hizo otro tanto con Jean, Krista se agarró aún con más fuerza a una Ymir que estaba cada vez más pálida… y Reiner y Bertolt, pálidos como fantasmas, tenían cara de querer salir corriendo de allí a toda velocidad.
Aquel grito habría sido capaz de congelar el alma de la más valiente. Annie estaba justo delante, a muy corta distancia. No tuvo ninguna posibilidad.
En un instante de aterrada lucidez, Armin recordó algo que había leído sobre combate cuerpo a cuerpo: en algunas escuelas de artes marciales, los luchadores gritaban para moverse con más energía o soportar los dolores más intensos… y también para aturdir momentáneamente a un contrincante.
Si había alguien capaz de llevar la teoría a la práctica con esa perfección, era Mikasa.
Se acercó con dos poderosas zancadas, antes de que Annie pudiese reaccionar del todo. Esta vez no lanzó ninguna patada.
Esta vez le soltó un puñetazo.
El impacto de sus nudillos al estamparse contra la cara de su rival fue estremecedor.
Un golpe así podría haber matado a alguien, incluso a Leonhart… pero al menos había empezado a retroceder en el último momento, con lo que el impacto no la alcanzó de lleno; aunque faltó poco.
Pero ni siquiera Annie fue capaz de encajar ese puñetazo sin pestañear. Dio un par de pasos hacia atrás… y luego cayó al suelo; no obstante, se recuperó ágilmente y con cierta gracilidad, aprovechando el impulso de su caída para rodar sobre sí misma y ponerse de nuevo en pie.
Inmediatamente después, tuvo que echar una rodilla a tierra para no desplomarse; se apoyó con una mano, mientras se pasaba la otra por la cara. Había agachado la cabeza y miraba hacia abajo; su expresión en ese momento era indistinguible, cubierta por los mechones de pelo que le caían sobre la frente.
Armin creyó ver algunas gotas de sangre. Bertolt parecía estar a punto de dar un salto y acercarse a ella, pero Reiner le agarró con fuerza por el hombro y se limitó a negar silenciosamente, sin dejar de mirar a las dos luchadoras.
Mikasa también había retrocedido y, aunque se mantenía en pie, ahora sí había llegado a su límite; a aquel ataque, no siguió ningún otro. En vez de eso, la chica se fue quitando lentamente la bufanda, mientras recogía con la otra mano la venda que había caído al suelo, cerca de sus pies. Ni siquiera tuvo que dar grandes bocanadas para recuperarse; se limitó a hacer una serie de inspiraciones profundas y potentes, tanto que el aire pareció vibrar de nuevo a su alrededor.
Jean, en un momento de especial lucidez, debió de darse cuenta de que ella necesitaría ayuda con una cosa en concreto. El cenizo apartó de un empujón y con un gruñido a Connie, que aún estaba abrazado a él, y saltó el murete antes de que nadie pudiese impedírselo; Ymir sí le miró con fastidio pero, como de costumbre, no hizo nada.
Eren tenía cara de ir a lanzarse sobre "Caracaballo", pero Armin (que ya había dejado de abrazarle y trataba de conservar tanta dignidad como fuera posible) se lo impidió justo a tiempo; lo último que necesitaban era otra pelea dentro de la pelea.
–Tú tranquilo –le susurró–. Si Jean hace algo que no debe, sabes que Mikasa se encargará de él.
Aquella idea hizo sonreír al feroz moreno, que observó con atención para ver si a su rival le daban la paliza de su vida. Al final, Kirstein simplemente se acercó a la oriental, con paso más decidido que de costumbre; aunque se le notaba titubear.
–Mikasa, ¿necesitas que te coja la bufanda? –preguntó el muchacho, tratando de sonar caballeroso.
–Gracias –contestó ella en voz baja, un poco ronca, sin apartar los ojos de su adversaria todavía postrada.
Cuando la morena depositó aquel preciado tesoro en sus manos, al chico se le iluminó la expresión; pocas veces se le había visto sonreír de aquella manera, tan feliz, como si un rayo de sol cayese sobre él y al mismo pudiera oírse una melodía celestial.
–¿Puedes dársela a Eren? –añadió Mikasa.
Y entonces la expresión de Jean cambió por completo: como si le hubieran apuñalado en el corazón y luego hubiesen retorcido el cuchillo para asegurarse de que el golpe era mortal.
–Así lo haré –consiguió contestar él de algún modo, sin que le temblara demasiado la voz.
Verdaderamente, Armin lo sintió por el chico. Puede que él y Eren no se llevasen demasiado bien, pero nadie merecería pasar por algo así. Alguien noble, dentro de lo que cabía, que a pesar de recibir golpes como ése apretaría los dientes y seguiría adelante sin derrumbarse; quizás, en realidad, el moreno y el cenizo no eran tan distintos…
Mikasa aún no había terminado de colocarse de nuevo la venda. Kirstein podría haber mirado entonces lo que ocultaba la chica en su muñeca derecha, tan celosamente; a él también se le notaba el interés. Sin embargo… no lo hizo; en el último momento, apartó la mirada para no ver algo que no le correspondía. Se limitó a suspirar quedamente y, con un paso mucho menos brioso, regresó junto a sus compañeros.
Entonces Armin lo sintió todavía más por Jean. Era obvio, el interés que él tenía por Mikasa, y quizás si las circunstancias hubiesen sido distintas…
Eren iba a decirle algo al cenizo, pero bastó una sola mirada de Armin para contenerle. A cierto nivel, el moreno pareció comprender que no era el momento; frunció un poco el ceño, pero se limitó a recoger la bufanda que le dio Jean, asintiendo en silencio. Normalmente Ymir y Connie se habrían burlado de Kirstein en una situación así, pero al final nadie dijo nada y todos miraron hacia delante… pendientes de aquel combate que aún no había concluido.
Mikasa ya se había recuperado prácticamente por completo, pero no había que ser muy observador para ver las marcas de color rojo oscuro que tenía alrededor del cuello; Armin sintió un escalofrío. Normal, entonces, que la morena observase a su rival como el verdugo a un condenado a muerte, justo antes de dar el golpe de gracia… aunque ella todavía esperaba.
–¿Ves, Krista? –le susurró Ymir al oído a la rubita, que seguía abrazada a ella–. Lo que Ackerman está haciendo ahora es actuar con honor… y es una buena manera de conseguir que te maten, en un combate de verdad.
Connie intentó acercarse en ese momento un poco más a Krista, pero la pecosa soltó un bufido y le disuadió en el acto.
–Cuando tienes a un oponente en el suelo –continuó la morena como si nada–, y todavía se mueve, hay que seguir golpeando hasta que deje de moverse. Así de sencillo.
–¿Te refieres a… permanentemente? –titubeó Lenz.
–Bueno… –Ymir se encogió de hombros, con una sonrisilla en los labios–. Depende de lo bien que te caiga el otro, de si hay muchos testigos…
Pero aquella conversación, que a Armin también le daba escalofríos, cesó en cuanto se oyó una voz ronca y potente.
–¿Te rindes? –preguntó Mikasa.
La oriental apretó los puños, haciendo crujir los nudillos; luego volvió a extender las manos, en una postura que le servía para descansar y estar atenta al mismo tiempo, por si su rival intentaba algo.
Annie seguía en la misma posición que antes: una rodilla en tierra, la cabeza agachada…
Pero entonces comenzó a oírse un sonido extraño.
Y Armin todavía tardó un poco en darse cuenta de que… Annie estaba riéndose.
No fue como antes, cuando le había disparado a Eren; en aquel entonces, su risa había sido amable, cálida, sorprendentemente sincera. Ahora, en cambio, reía de manera entrecortada y desapasionada, sin humor, como alguien que ni esperaba piedad ni estaba dispuesta a concederla.
–¿Rendirme, yo? –continuó Leonhart–. Quién iba a decir que la Bestia tenía sentido del humor…
Entonces Annie fue irguiéndose lentamente; consiguió parecer aún más amenazadora, a pesar de su estatura.
–¿Rendirme, yo? –repitió en un susurro, cargado de gélido desprecio, que todos oyeron con un escalofrío–. Esto no ha hecho más que empezar, Ackerman… Todavía no has visto nada.
Y cuando ella levantó de nuevo la cabeza y fulminó a Mikasa, con aquellos ojos que normalmente eran azules, Armin sintió terror; y quiso creer que su imaginación le estaba jugando una mala pasada.
Porque por un momento, entre los rubios mechones que caían sobre su frente, los ojos de Annie parecieron volverse completamente negros.
