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CUANDO RECUPERO LA CONSCIENCIA, SOLO SIENTO UNA LIGERA MEJORÍA. TENGO LA cabeza como un bombo y el dolor persistente en el costado no desaparece, aunque es diferente, menos intenso, parece más una molestia. Por un momento, creo que me he quedado durmiendo sintiéndome mareada y que he soñado todo esto, pero el olor me

dice otra cosa. Sin duda, huele a antiséptico, algo que solo se

encuentra en consultas y hospitales.

Ese olor implica que estoy viva… y fuera de la isla.

Al pensarlo, se me empieza a acelerar el corazón.

—Se ha despertado —dice una voz femenina para nada

familiar con acento inglés que parece dirigirse a alguien más en la habitación.

Oigo pasos y alguien se sienta a mi lado en la cama. Unos

dedos cálidos me tocan y me acarician en la mejilla.

—¿Cómo te encuentras, cielo?

Abro los ojos haciendo un esfuerzo, contemplo los rasgos

bonitos de Terry.

—Como si me hubieran abierto y cosido después —digo a

duras penas.

Tengo la garganta tan seca y molesta que me duele al hablar.

Siento un dolor leve y palpitante en el costado derecho.

—Aquí tienes.

Terry me alarga una taza con una pajita.

—Debes estar seca.

Me lo acerca a la cara y obedientemente cierro los labios

alrededor de la pajita para absorber un poco de agua. Tengo la mente un poco difusa y, por un momento, el muro que separa los buenos y los malos recuerdos se desmorona. Me acuerdo del primer día en la isla, cuando Terry me ofreció una botella de agua y un escalofrío me recorre la espalda.

En ese momento, Terry no es el hombre al que amo; vuelve a ser mi enemigo, el que me secuestró, el que me raptó.

—¿Tienes frío? —pregunta, mientras retira la taza.

Después me echa una manta por los hombros.

—Esto… sí, un poco.

«He salido de la isla. Dios, he salido de la isla».

Me da vueltas la cabeza. Me siento como dividida, como si

fuera dos personas diferentes: la chica aterrada que insiste en que esta es la oportunidad para escapar y la mujer que ansía que Terry la toque.

—Te han quitado el apéndice —dice Terry, mientras me

aparta un mechón de la frente—. La operación ha ido como la seda y no debería haber ninguna complicación. ¿No es así, Angela?

Entonces mira a su izquierda.

—Sí, señor Graham.

¿Graham? ¿Es ese su apellido? Es la misma voz de antes, giro la cabeza para ver a una mujer joven y bajita con una bata blanca.

Tiene una piel de color marrón claro, con pelo y ojos oscuros, tirando a negros. Me parece que es de Filipinas o Tailandia, aunque no pretendo dármelas de experta en reconocer nacionalidades.

Lo que sí sé es que es la primera persona que he visto en estos quince meses, aparte de Karen y Terry.

«He salido de la isla. Dios, he salido de la isla». Por primera

vez desde que me secuestraron, cabe la posibilidad real de

escapar.

—¿Dónde estoy? —pregunto, sin quitar los ojos de encima de la enfermera.

No puedo creer que Terry permita que otra persona me vea, a mí, a la chica que secuestró.

—Estás en una clínica privada de Filipinas —contesta

mientras la mujer se limita a sonreírme—. Angela es la auxiliar que te cuidará.

En ese momento, se abre la puerta y entra Karen.

—Anda, mira quién está despierta —exclama mientras se

acerca a la cama—. ¿Cómo te encuentras?

—Creo que bien —digo con cautela.

«Joder, por fin he salido de la puñetera isla».

—Según parece, Terry te trajo justo a tiempo —dice Karen,

mientras coge una silla para sentarse a mi lado—. El apéndice estaba a punto de romperse. Lo cortaron y lo cosieron, así que deberías estar como una rosa.

Suelto una pequeña sonrisa… e inmediatamente me quejo por el movimiento, que tira de las grapas del costado.

—¿Te duele? —Terry me mira preocupado.

Se gira hacia Angela y le ordena:

—Dale un analgésico.

—Estoy bien, un poco molesta —digo para tranquilizarlo—De verdad, que no necesito ningún medicamento.

Lo último que quiero ahora es estar atontada. He salido de la isla, necesito averiguar qué voy a hacer. Hago lo que puedo para mantener la calma, pero me está costando la vida no chillar o cometer una estupidez. Estoy tan cerca de la libertad que casi puedo saborearla.

—Por supuesto, señor Graham.

Angela no hace caso a mi desaprobación y se acerca a la cama para toquetear la bolsa de la vía intravenosa.

Terry se inclina en la cama y me besa en los labios.

—Necesitas descansar —me dice con suavidad—. Quiero que

estés bien. ¿De acuerdo?

Asiento. Me empiezan a pesar las pestañas a medida que el

medicamento comienza a hacer efecto. Por un momento, siento que estoy flotando, que todo el dolor ha desaparecido y que no soy consciente de nada más.

CUANDO ME VUELVO A DESPERTAR, ESTOY SOLA EN LA HABITACIÓN. LA LUZ DEL SOL brilla a través de las grandes ventanas. Las plantas florecen con alegría en el alféizar. El ambiente es bastante acogedor. Si no fuera por el olor a hospital, las máquinas y los monitores, pensaría que estoy en la habitación de otra persona. Sea lo que sea esta clínica privada, es bastante lujosa, de lo que no me había

percatado en realidad.

Se abre la puerta y entra Angela. Me sonríe y me dice con

alegría:

—¿Cómo te sientes, Candy?

—Bien —contesto con cautela—. ¿Dónde está Terry?

Hay algo en esta mujer que no me gusta, pero no sé lo que es.

Seguramente sea la mejor oportunidad para escapar, pero no sé si puedo confiar en ella. De hecho, podría trabajar para Terry, como Karen.

—El señor Graham ha tenido que salir durante un par de

horas —dice, sin perder la sonrisa—. No obstante, Karen está aquí. Acaba de irse al baño.

—Ah, vale —la miro fijamente, intentando reunir la valentía

necesaria.

Tengo que decirle que me han secuestrado. Tengo que hacerlo.

Es la única oportunidad que tengo de escapar. Puede que sea fiel a Terry, pero aun así tengo que intentarlo porque quizá no tenga otra posibilidad de ser libre.

Angela se aproxima a la cama y me acerca la taza con la pajita.

—Aquí tienes —dice con el mismo tono de alegría—. Te traeré algo de comer dentro de un rato.

Levanto el brazo y cojo la taza, aunque hago un gesto de dolor porque el movimiento me tira de las grapas.

—Gracias —digo con entusiasmo, bebiéndome toda el agua.

Tengo que decirle que llame a la policía o como se llame la

fuerza del orden público aquí, no sé por qué, pero no lo hago. De hecho, me bebo el agua y veo cómo sale de la habitación, dejándome sola de nuevo.

Me quejo mentalmente. ¿Qué pasa conmigo? Por primera vez en casi un año, la libertad es una posibilidad real y aquí estoy, dando rodeos y posponiéndolo. Me digo que es porque estoy siendo cauta, porque no quiero arriesgarme a que le hagan daño a nadie más, ni a Angela ni a nadie más en casa, pero por dentro, sé la verdad.

Aunque la libertad me atraiga, también me asusta. Me han

secuestrado durante tanto tiempo que ya hasta echo de menos la comodidad de mi cueva. Estar en esta extraña habitación hace que me estrese, que esté ansiosa, y hay una parte de mí que quiere volver a la isla, a la rutina diaria. No obstante, lo más importante es que la libertad implica dejar a Terry y no puedo hacerlo.

No quiero dejar al hombre que me secuestró.

Debería estar celebrando la idea de que la policía venga a

arrestarlo, pero, en cambio, me horroriza. No quiero que Terry esté entre rejas. No quiero separarme de él, ni un segundo.

Cierro los ojos, me digo que soy una estúpida, que me han

lavado el cerebro, pero no importa.

Mientras estoy en la cama del hospital, acepto que ya no me

secuestran contra mi voluntad. Soy una mujer que pertenece a Terry, tal y como me pertenece él a mí ahora.

DURANTE LA SEMANA SIGUIENTE, ME RECUPERO EN LA CLÍNICA. TERRY VIENE A verme todos los días y pasa varias horas a mi lado, al igual que Karen. Angela me cuida la mayoría del tiempo, aunque también se

han pasado un par de médicos para comprobar el expediente médico y ajustar la dosis de analgésicos.

Todavía no le he dicho a nadie que me han secuestrado,

tampoco me planteo hacerlo. Por un lado, tengo la impresión de que se le paga al equipo sanitario para que sea discreto. Nadie parece tener curiosidad por saber qué hace una chica estadounidense en Filipinas, pero tampoco creo que vayan a preguntarme. A Angela solo le interesa si me duele, si tengo sed o hambre y si necesito ir al baño. Estoy segura de que, si le pido que llame a la policía, se va a limitar a sonreírme y administrarme más analgésicos.

He visto un par de guardias en el pasillo que hay fuera de la

habitación. Los veo cuando abren la puerta. Están armados hasta los dientes y parecen unos hijos de puta, me recuerdan al que golpeó a Anthony.

Cuando pregunto a Terry por ellos, admite que son empleados suyos.

—Están aquí para protegerte —explica, mientras se sienta en la cama—. Ya te dije que tengo enemigos, ¿verdad?

Sí me lo había dicho, pero no me había percatado de la

magnitud del peligro. Según Karen, hay un pequeño ejército de guardaespaldas en la clínica y en los alrededores, protegiéndonos de cualquier amenaza que suponga una preocupación para Terry.

—¿Quiénes? —pregunto con curiosidad, mirándolo—.¿Quién

va a por ti?

Me sonríe.

—Eso no es asunto tuyo, mi pecosita —dice con amabilidad,

aunque con un matiz frío y oculto tras la calidez de su sonrisa.

—Me ocuparé de ellos pronto.

Me estremezco un poco, aunque espero que Terry no se dé

cuenta. En algunas ocasiones, mi amante me asusta demasiado.

—Mañana volvemos a casa —dice, cambiando de tema—.Los médicos dicen que tendrás que estar en reposo durante unas semanas, pero que no es preciso que te quedes aquí. Puedes recuperarte en casa.

Asiento. El estómago se endurece por la mezcla de miedo y

expectación. Casa… Mi casa en la isla. Esta extraña pausa en la clínica —tan próxima a la libertad— está a punto de acabar.

Mañana empieza de nuevo mi vida real.

CONTINUARA