DISCLAIMER: El manga y la serie de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad original de Kyoko Mizuki, Igarashi y Toei Animation, yo solo tomo pretados sus personajes para jugar un ratito con ellos. Aclaro que si fueran míos Candy se habría quedado con Anthony y habrían vivido felices para siempre.

¡Amigaaaas, hola aquí estoy de nuevo! mil disculpas por no haber podido actualizar la historia antes, pero he tenido ciertos problemas en el trabajo que ya poco a poco voy superando.

A Vikiar, Mimi, Cyt, Dayannae8, Lupita1797, Meiling55, Aide22, Jessmust7, Samaggy, Daniela Bower y todos los que siguen esta historia, les doy muchísimas gracias por el apoyo. Un gran abrazo

A continuación les dejo el siguiente capi, en el que he cruzado algunos de los sucesos originales de la serie con otros de mi imaginación de lo que talvez podría haber sucedido de continuar Anthony dentro de la historia. Con ustedes el capítulo XX =)

Capítulo XX: Tentaciones peligrosas

Un gran alboroto se suscitó en el recibidor del edificio de las chicas. El sonido de un cristal rompiéndose les alertó de que algo extraño sucedía.

Con curiosidad Candy salió al pasillo tal como lo hacía todo el mundo y a mitad de camino encontró a Annie conversando con Patricia O'Brien en una esquina por lo que se acercó a saludarlas, pero Patty que aún se sentía culpable en su presencia por haber actuado de manera deplorable con anterioridad, enseguida bajó la cabeza, pidió permiso y se alejó. A Annie le pareció extraño su comportamiento pues no sabía el meollo del asunto porque Candy no se la había contado, pero no dijo nada y se abstuvo de comentar. Candy tampoco le iba a decir porque no era una persona rencorosa y a esas alturas consideraba que ya le había dado vuelta a la página sobre dicho asunto.

-¿Qué está sucediendo Annie, a qué se debe todo el alboroto?- preguntó con curiosidad mientras se inclinaba en puntas de pie para ver si alcanzaba a ver algo entre el tumulto de chicas que se amontonaban a la entrada.

-Es Terry Grandchester… – Annie se apresuró a contarle -rompió uno de los ventanales y se metió a nuestro edificio, ¡es un descarado! y ahora mismo está discutiendo con la Hermana Margareth-

Candy impresionada de escuchar aquello, llevó enseguida del brazo a su amiga hacia donde estaba la multitud para presenciar más de cerca el problema.

-Ya enviaron a llamar a la Hermana Grey, esto se va a poner peor- le susurró Annie al oído mientras veían la discusión

-¡Terry porqué no puedes ser un chico normal, por qué siempre tienes que estar causando problemas! ¡Sabes que este es un dormitorio femenino, no puedes estar aquí!...- reclamaba la joven Hermana haciendo uso primero de toda su paciencia y tolerancia.

El aludido, el temido y apuesto rebelde de sedosa cabellera oscura frente a ella, la escrutaba sarcástico con su mirada de lince mientras esperaba que terminara de hablar.

Candy pensó en lo nocivo que debía ser para la salud recibir una de esas miradas.

-Todo lo que me dice Hermana ya lo sé, pero no me importa en lo absoluto. Sería muy aburrido ser igual al resto del rebaño… temeroso y sublevado, ¿no lo cree? y sin libertad de poder expresar pensamientos o ser yo mismo, por lo que con mucho gusto prefiero seguir siendo la oveja negra del lugar como me llaman y sin interesarme un bledo lo que piensen- arrojó ya malhumorado al tiempo que se cruzaba de brazos desafiante y permanecía bien arrimado como estaba a uno de los pilares del recibidor, en un acto de malcriadez total, mostrándose indiferente a los reclamos de la religiosa que le exigía su inmediata retirada del lugar.

-¡Terry Grandchester tienes que irte ahora mismo y no lo repetiré dos veces!…- exigió la Hermana mostrándose mas enérgica.

-Bla bla bla…- se atrevió a contradecirla y mofarla Terry simulando con sus manos lo mucho que parloteaba y los murmullos de indignación de las jóvenes se hicieron más fuertes

Eres un maleducado insolente y has estado bebiendo!- acusó la monja ya exasperada. El rebelde se encogió de hombros porque el insulto no le llegó en lo más mínimo y respecto a lo segundo solo sonrió con sorna pero no lo negó.

-¿Qué…quiere que la convide?- le preguntó en forma burlona, provocando algunas risitas escondidas entre algunas de sus admiradoras

Cuando no, siempre tiene que haber plebe que se sienta a gusto con estas vulgaridades! – criticó Eliza haciéndose la ofendida mientras se volteaba hacia la multitud para intentar descubrir quienes habían sido las responsables. Orgullosa ella misma de sentirse un dechado de virtudes – ¡Como pueden estar de acuerdo con la actitud de ese patán, es un sinvergüenza!- comentó a sus amigas, moviendo la cabeza en señal de desaprobación. A Terry no le pasó desapercibido aquel comentario.

-Vamos Margaret, acaso nunca se dio el gusto de aventurarse en lo prohibido…- continuó para la monja, esta vez atreviéndose a hablarle de frente como si se tratara de cualquier mujer, haciéndola sonrojar furiosamente - simplemente tuve curiosidad de entrar a ver…- y en eso desvió su mirada hacia Eliza que se encontraba con su grupito entre las primeras filas de la aglomeración. Si ella tenía tan mal concepto de él, le iba a dar razones para que siguiera odiándolo, por lo que sin reparos empezó a contemplarla de arriba abajo con lascivia, de forma descarada, al punto en que ésta se ruborizó, recordando que estaba en pijamas y se cubrió el pecho con sus brazos instintivamente, sintiéndose muy avergonzada

Los ojos están hechos para deleitarse admirando cosas provocativas y hermosas… - añadió Terry a su conversación

-¡Es suficiente, te vas de aquí ahora mismo a tu habitación!- gritó la Hermana Margareth ya fuera de sus casillas, ofendida por el comportamiento del joven y señalando hacia la puerta

-Está bien Hermana no se enoje…no me diga, y apuesto que mañana informará de todo a la Hermana Grey, ¡Que temor me causa! – refirió con sarcasmo mientras con desgano dejaba el pilar en el que estaba arrimado

-¡De eso no lo dudes…la puerta te está esperando!- concluyó seriamente la monja

El muchacho hizo una mueca y comenzó a caminar descomplicado hacia la puerta pero antes de salir volteó a despedirse de su público ante al cual había brindado otra de sus acostumbradas funciones.

-Que tengan buenas noches señoritas, pero antes déjenme decirles que todas juntas aquí encerradas se me asemejan a un exótico grupo de fieras enjauladas. Verlas ha sido más divertido que ir al zoológico- bromeó lográndose las pifiadas o abucheos de la mayoría, cosa que no le hizo más que reír con ganas.

Candy en medio de las presentes no podía creer que fuera tan caradura pero se veía tan seguro y desenvuelto, de frente al público sin que nada le importara, como si fuese un gran actor y por un fugaz momento, demasiado breve para reparar si fue real o no, los ojos azules profundos de él parecieron reparar en ella y su sonrisa burlona hacerse dulce pero a la final Candy sacudió la cabeza y enseguida desechó la idea creyendo que su mente la traicionaba.

Terry por último, antes de abrir la puerta volvió a referirse a la Hermana Margareth

-¡Ah casi lo olvidaba! No se preocupe por el vidrio Hermana, mi padre se encargará de pagarlo todo, como lo hace siempre. ¡Hasta la vista!- agregó despidiéndose con la mano pero sin voltear a mirar.

Era como un huracán. Se fue tal como había llegado, dejándolas en un extremo estado de exaltación y no pasó mucho de ello cuando apareció la Directora apresurada y alarmada, aún amarrándose el cinturón del hábito, se notaba que se había vestido de apuro, porque probablemente antes de que le avisaran del problema estaba lista para ir a dormir.

-¿Qué pasó, donde está el rufián?- preguntó indignada pero la Hermana Margareth solo suspiró, sintiendo que pronto le vendría un dolor de cabeza

Muy bien, no hay nada más que ver aquí, a dormir todas!- regañó la Hermana Grey haciendo dispersarse a la muchedumbre.

-Que locura Candy, ese Grandchester es tan patán y quien diría que es el hijo de uno de los más grandes nobles ingleses- comentó Annie mientras las dos subían entre el resto de las chicas a sus respectivas habitaciones

-Mañana la noticia correrá como pólvora entre todo el alumnado…- comentó una chica de tercer año llamada Amber, conocida por su vitalidad y alegría, detrás de ellas, quien había escuchado su conversación - ¡será solo una leyenda más para Terry Grandchester!- expresó con admiración

Aquella frase dejó pensando un rato a Candy incluso después de que se despidiera de Annie y entrara a su habitación. Se preguntaba que problema tendría Terry que le hacía comportarse de aquella forma, por qué debía haberlo. Cuál era el motivo de su rebeldía contra el mundo…por qué parecía no importarle vivir ganándose castigos, sin interesarle conseguir enemigos o ser odiado. Sentía que su comportamiento era una coraza detrás de la que escondía una faceta que casi nunca dejaba ver y que ella por suerte había tenido oportunidad de apreciar una sola vez e intuía también que aquel dolor escondido, era también la causa de su tristeza aquella noche que se hacía cada vez más lejana… en el Mauritania.

Aunque no se lo dijera a nadie y como parte de un misterio difícil de explicar, desde la primera vez que lo viera, Terry Grandchester le pareció una persona enigmática e interesante, como un acertijo o un rompecabezas difícil de resolver. Pensaba que quizá necesitaba amigos que le entendieran o quizás… alguien especial que estuviera a su lado cuando lo necesitara… tal vez un gran amor.

Inmersa en esas conjeturas se encontraba cuando al entrar a su cuarto no se percató de la sombra que estaba junto a la ventana que comenzaba a acercarse a ella y al encender la luz, confusa porque no recordaba haberla apagado, casi se le sale el corazón y tuvo que ahogar un grito cuando se encontró en presencia de una señora mayorcita que no conocía

-¡Sorpresa!- gritó la anciana - ¡Qué emoción volver a verte Patty!-

-¿…Patty ha dicho?- contestó Candy aún asustada por la impresión

-Sí, Patty, mi nieta. ¿Es que no eres tú mi nieta? – preguntó la ancianita ajustándose los anteojos y mirándola mejor. Entonces Candy se dio cuenta de que tenía una cara dulce – No, no eres tú, creo que me equivoqué de cuarto, que torpe soy- expresó la señora de buen humor, burlándose de sí misma.

-No hay problema, Patty es mi vecina, la llevaré con ella- ofreció Candy con amabilidad

-¿Lo harías?, muchísimas gracias- ofreció la anciana y Candy, con cuidado de no ser vistas, la dirigió hacia la habitación contigua.


La abuela se llamaba Martha y su presencia trajo un soplo de alegría, aventuras y diversión a las cotidianas actividades de Candy y Patty y sin querer afianzó otra vez una amistad entre las dos que parecía perdida.

Ambas chicas pasaron dos días fuera de lo común escondiendo a la traviesa nueva alumna un poco pasadita en años. Al principio Patty estaba muy nerviosa y llena de miedo de que las descubrieran, pero pronto con el buen humor de Candy y su disposición de ayudarlas se calmó un poco y entró en confianza.

Juntas las tres casi engañan a Eliza haciéndole creer que Candy era una experta tocando violín y disfrutaron de tardes de relatos después de las clases, compartiendo experiencias y también escuchando a la sabia abuela quien era de un carácter divertido, extrovertido y jovial muy parecido al de Candy. También les ayudó en sus estudios por lo que Candy se lució esa semana obteniendo muy buenas notas. Empezando por Matemáticas, materia en la cual había recibido la ayuda de su Anthony previamente.

El martes fue la lección tan esperada y para sorpresa de todos fue oral por lo que una a una, todas las estudiantes del curso tuvieron que pasar a resolver algún ejercicio al azar al gran pizarrón. Y cuando le tocó el turno a Candy, con mucha confianza y seguridad logró resolverlo rápidamente, logrando la nota máxima, impresionando a todos y dejando a Eliza boquiabierta.

-Felicitaciones Candy, se nota que has estado estudiando mucho y tu esfuerzo ha dado frutos. Señoritas todas deben seguir el ejemplo de Candy, quien se merece un gran aplauso-

La mayoría de las compañeras del curso, a quien Candy les caía super bien la ovacionaron pero no así Eliza y su grupo quienes buscaron la manera de cuestionar la veracidad de su éxito.

-No puede ser cierto, estaba pésima la semana pasada. Debe haber otro truco como el del asunto del violín- objetó Eliza llena de rabia, no podía soportar que los profesores pusieran a Candy de ejemplo – prefiero consumir veneno antes que considerarla como un modelo a seguir- le comentó a sus amistades.

La clase terminó y las alumnas salieron para dirigirse a su próximo salón. Sin embargo a mitad de camino, Candy notó que le faltaba su cuaderno de anotaciones, lo había olvidado en el cajón de su pupitre en el aula, por lo que dio media vuelta y regresó. Para mala suerte, lo hizo justo a tiempo para oír una curiosa conversación sobre ella.

-No entiendo por qué es motivo de tanta admiración, ¿Qué es lo que le ven?- comentó Eliza paseándose por el salón

-Candy ha sido un símbolo de rebeldía desde que llegó, posee un aire fresco y descomplicado tan característico de su país, tan americano, viene de un sitio donde en los colegios las relaciones sentimentales entre jóvenes de nuestra edad no son tan condenadas como aquí, por ello no le importa disimular sus sentimientos hacia su novio. Como decía es como un símbolo de mujer moderna- opinó Regina la presidenta del curso pero Eliza enseguida se ocupó de corregirla

-Estás equivocada Regina, Candy nunca pisó un colegio en su vida antes de venir aquí, era solo una insignificante sirvienta hasta que mi honorable tío abuelo tuvo la desfachatez de adoptarla- refutó cruzándose de brazos con coraje, visiblemente fastidiada con el tema pero las chicas siguieron platicando.

-Entonces ¿Anthony Brower es de verdad su novio…ya está confirmado?- preguntó con curiosidad Luisa, la mejor amiga de Eliza

-Claro que sí, eso es un secreto a voces, todo el mundo se ha dado cuenta, solo que lo esconden muy bien. Acaso no han visto el anillo que ella siempre lleva en su mano, es una joya preciosa y dicen que él se la regaló- compartió Audrey quien conocía a la aludida desde su viaje en el barco

-Es cierto, el que sea pareja de Brower es un gran punto a favor. Le hace ser admirada por todas y deseada por los chicos…hasta Terry Grandchester la mira- opinó Violeta, otra de las amigas

Tienes toda la razón, creí que era la única que lo había notado!- afirmó emocionada Regina

-¡No puede ser, es increíble, este mundo debe estar al revés! ¿Candy super popular? ¡Por Dios, esto no puede ser verdad, debe tratarse de una pesadilla…- comentó fingiéndose aterrorizada Eliza

-¡Vamos Eliza, ya supéralo!- le aconsejó Audrey y la conversación iba y venía pero afuera, cerca de la puerta, la propia protagonista de ella yacía impresionada de todo lo que había oído, en especial lo último, lo relacionado a…

"Terry… Grandchester"…

Con una mano sobre la boca, Candy no lo podía creer. A ella también le parecía irreal, sobre todo porque el aludido no había vuelto a dirigirle la palabra desde que bajaran del trasatlántico y de eso hacía ya casi mes y medio, a tal punto que Candy había llegado a pensar que no era de su agrado. Pero ahora que escuchaba a Eliza y sus amigas todo era diferente y empezaban a tener sentido unas suposiciones que había intentado pasar por alto. También había notado las miradas de Terry fijas sobre ella y ahora entendía que no eran producto de su imaginación.

Sin saber por qué, le había dolido un poco al principio el hecho de que Terry pareciera no acordarse de ella ni mucho menos tomarla en cuenta cuando lo veía pasar por lo pasillos, pero ahora estaba segura de que todo aquello era una fingida indiferencia.

"…Pero aún así ¿por qué no me habla?" se preguntaba. Candy estaba consciente de que tenía enamorado y estaba comprometida, pero no podía evitar tener ganas de ser su amiga, de comprender al ser incomprendido, de indagar en su alma solitaria y empezar a descubrir sus misterios.

"¡Qué me pasa!" Se reclamó internamente, había veces en que ni ella misma se entendía y esa era una de las tantas. Con una emoción contenida que se le hacía extraña de sentir, comenzó a caminar por el pasillo alejándose del salón, olvidando lo que había ido a hacer y rememorando en lugar de ello, las veces que Terry Grandchester podía haberse mostrado atento con ella, que les hacía pensar que estuviese interesado en su persona a Eliza y sus amigas.

Recordó que una vez lo había encontrado de casualidad al voltear una de las esquinas del pasillo del edificio central cuando iba en dirección el auditorio. Era uno de sus primeros días en el colegio y junto con Annie se dirigían apresuradas a presenciar una obra que allí se estaba realizando. Esa vez casi habían chocado y se quedaron frente a frente por unos instantes mientras sus miradas se entrelazaban, evocando la primera vez que se habían visto en el barco. Candy sintió que por unos segundos su corazón dejó de latir hasta que Annie la haló para ponerla de nuevo en la dirección correcta. Después se lo agradeció, pero para entonces Annie ya no recordaba a que se refería porque ni siquiera le había prestado atención al asunto cuando ocurrió.

Candy rememoró otro día. Una mañana de sábado a la salida del Club de Literatura al que pertenecía, cuando reunida conversando con unas de sus compañeras, había reparado en la mirada fija de él en ella. Terry esa vez estaba sentado tranquilamente a la sombra de los árboles del jardín, con una pierna apoyada encima de la banca y al parecer había estado fumando hacia poco como por ahí comentaron.

En un principio Candy creyó que se equivocaba al creer que la estaba mirando y hasta volteó hacia atrás para comprobar si no se trataba de otra persona pero grande fue su sorpresa al ver que no había nadie. Estupefacta, trató de disimular en todo momento que le causaba importancia, aún cuando esa mirada intensa le producía un mar de sensaciones confusas. Esa fue la primera vez que notó un comportamiento especial del joven Grandchester hacia ella.

Situaciones parecidas se volvieron a repetir en varias ocasiones, sin embargo la indiferencia que ostentaba Terry cuando ella pasaba cerca suyo junto con sus amigos la desarmaba, al punto de no saber en realidad que es lo que sentía por ella, si era atracción o quizá antipatía. Después de todo Candy no era tan experta en estas cosas, solo había tenido un único y gran amor en sus cortos años de vida y además Terrence era un chico muy difícil de entender. Por ello trataba de no prestar demasiada atención, ni tomarse en serio esos momentos en que sentía que su mirada de fuego la perseguía a todas partes.

Otro día, ya de la última semana, Candy llegó temprano al comedor a la hora del almuerzo y decidió guardarles puesto en la mesa a Annie y a Patty, porque se habían retrasado por ir al tocador. Esa vez vio pasar a Terry de lejos en dirección a las mesas de enfrente de la sección de los chicos, más al reparar en ella y al ver que estaba sola, por un momento pareció dudar de lo que debía hacer y sorprendida Candy juró que quiso acercarse a decirle algo, no obstante tuvo que quedarse con la incógnita porque justo en ese rato aparecieron de nuevo Annie y Patty para sentarse junto a ella, pero Candy alcanzó a notar un atisbo de decepción en la mirada azul zafiro de Terry que decidió dejarlo y continuar su camino.

Fue raro pero le frustró de sobremanera en esa ocasión el no haber podido descubrir que era lo que tenia que decirle. Aquello la inquietaba y le hacia sentir nerviosa.

Por último Candy recordó lo ocurrido en la biblioteca unos cuantos días atrás. La vez que recibió la nota de Anthony pidiendo que se encontraran.

Con anterioridad ya lo había visto a Terry allí, por lo que creía que le gustaba la Literatura como a ella, aunque Annie bromeara diciendo que solo iba a dormir. Sin embargo esa tarde no solo comprobó que en realidad poseía pasión por dicho arte sino que ella también le interesaba.

Sin querer al tomar un libro le vio al otro lado del estante y lo notó tan sorprendido como ella de encontrarla allí. Esa vez estaban solos y ya no había nadie en plan de aparecer para interrumpir las cosas que tenían que decirse.

A ella que poco antes de eso había estado cabeceándose y bostezando debido al cansancio del arduo estudio, se le quitó el sueño de sopetón y un tanto sonrojada empezó a caminar hacia el mostrador de la bibliotecaria para prestar el libro que había encontrado, fingiendo la máxima rectitud y tranquilidad posible para que él no se diera cuenta de cuanto la turbaba. Terry también empezó a caminar al otro lado del estante pero Candy sentía que con la plena finalidad de alcanzarla. Más ella logró salir primero hacia la recepción, y ya cuando estaba en la fila hacia el escritorio de la dependienta percibió su presencia detrás, pero adoptando entonces su actitud más digna decidió que no voltearía a mirar. Después de todo ella era una chica comprometida y a esas alturas él debía saberlo, no era conveniente que los viesen hablando a los dos y mucho menos a solas. Candy intentó no hacerle caso a los nervios y tratar de disminuir lo latidos de su corazón que se volvían cada vez más intensos al sentir como él se acercaba más a ella.

No pudiendo soportar más esa intromisión en su espacio personal, lo miró de reojo un instante, algo sonrojada y notó que estaba muy cerca de su hombro, estudiándola y también curioseando el título del libro que llevaba entre sus manos. En eso la bibliotecaria hizo sonar la campanita que tenia en su escritorio, indicándole que era su turno y sin decirle nada a Terry, Candy avanzó dejándolo atrás.

Está bien, ya volviendo a la realidad debía reconocer que sí pasaba algo, aquello fue la prueba más contundente. Más aún así había algo que no le cerraba y era como Eliza se había dado cuenta, si en los momentos vividos con Terry que le parecían más comprometedores, ella no había estado presente. ¿Sería posible que Terry hubiera sido demasiado obvio en su manera de actuar o que hubiera ocurrido aparte otra cosa que ella no supiera y que la involucrara?

-¡Candy!-

Iba concentrada pensando en el asunto hasta que vio a Annie acercarse corriendo hacia ella

-Candy, sabía que debías estar aquí, no tuve tiempo de decirte que yo tomé tu cuaderno…aquí está- le contó la morena, devolviéndoselo.

-Ah…sí – musitó Candy mirando sus apuntes de matemáticas entre sus manos, por un momento hasta había olvidado que eran la causa por la que había regresado al salón -…los estaba buscando-

Intentó parecer lo mas fresca posible para que su mejor amiga no se diera cuenta de la gran incógnita que pasaba por su cabeza.


-Bueno ya ha llegado la hora de que me vaya. Ha sido un gusto compartir con ustedes unos cuantos amenos días colegio. Las voy a extrañar chicas, también el lugar y los grandes jardines… pero no a esa pequeña bruja de Eliza Leegan, que niña más antipática…- esbozó la abuela Martha en su frase de despedida – personas así solo consiguen amargar el estado de ánimo de los demás y hacer las actividades diarias más pesadas, por ello me doy cuenta de lo afortunada que fui al estudiar en casa y tener mis propios tutores. Agradezco a mis padres que en paz descansen por esa oportunidad que me dieron y por poner todo su esfuerzo en lograr que aprendiera… pero ni todo el esmero de ellos pudo proporcionarme una cosa… y eso fue tener una amistad tan sana y sincera como la tuya Candy- añadió con ternura la abuela y a Candy le lagrimearon un poco los ojos.

-A mí también me hubiera encantado tener una abuela como usted- le dijo abriendo los brazos para acercarse a abrazarla- La extrañaremos mucho-

La abuela la recibió con ternura y luego le extendió los brazos a Patty quien también se encontraba en esos momentos en la habitación de Candy, que era el lugar donde la abuela se había hospedado durante esos dos días. Patty fue hasta ella y las tres se fundieron en un abrazo

-Jejeje de ser jovencita yo, las tres habríamos sido un grupo muy divertido- bromeó la bonachona anciana haciéndolas sonreír

Vamos es hora, en estos momentos debe de estar despejado el pasillo…yo iré primero!- apresuró a decir Candy quien por la hora del día intuía que las monjitas ya se habían retirado a almorzar, porque ellas lo hacían antes que los alumnos. Despacio abrió la puerta y se aventuró por el pasillo. Patty y la abuela Martha la siguieron detrás. Bajaron rápidamente las escaleras y la llevaron hasta los pasillos que conducían al jardín, donde Martha podía pasar tranquilamente como una visitante extraviada en busca de su nieta.

-Cuídate Patty, cuídate Candy, hagan que su estadía aquí valga la pena, yo les escribiré seguido…- se despidió entonces la abuela

-Que tengas un buen viaje abuela, te amo- dijo Patty

Yo también pequeña- la abuela sonrió y repentinamente pareció recordar algo -ah…y casi se me pasa, salúdenme al apuesto muchacho que rompió la ventana para ayudarme a entrar-

Ambas chicas se quedaron estáticas y extrañadas de oír aquello

-¿A quién te refieres abuela?- preguntó Patty

-A Denny…Derry- corrigió la abuela- el chico alto de ojos cautivadores…vaya, no había así en mis tiempos- reparó sonriendo la abuela

-¿Terry?- preguntó Candy sin poder creerlo. Sentía que el universo se lo ponía hasta en la sopa.

-¡Exacto! Sí, Terry ese mismo- confirmó Martha – él me ayudó-

-Lo escucho y no lo creo- opinó Patricia

-Hizo una buena obra…- musitó Candy para sí y luego compartió lo que pensaba con su amiga – no puede ser tan mala persona-

Estaban en eso cuando escucharon a alguien acercarse y corrieron a esconderse detrás de un ancho pilar desde donde presenciaron la escena del encuentro de la abuela con la mismísima Hermana Grey, quien de forma amable la saludó y obviamente le indicó que no eran horarios de visitas.

-Es muy astuta- le comentó Candy a Patty en su escondite

-Sí, la verdad mi abuela es todo lo contrario a mí, se parece más a ti Candy…mírala ya la convenció- señaló Patty, al tiempo que veían a Martha empezar a alejarse con la Directora pero eso sí tomándose su tiempo para mirar hacia atrás, donde ellas estaban y hacerles un guiño. La operación había tenido éxito y Candy y Patty chocaron sus palmas en una expresión de alegría.


Después de las últimas clases de la tarde, Candy regresó a su habitación algo cansada. Había tenido muchas emociones por un día por lo que planeaba acostarse temprano.

Se asomó con pereza a la ventana, observando el cielo que ya empezaba a oscurecer y se maravilló con la hermosa caída del sol en el horizonte que le ponía en el corazón un sentimiento sublime y le hacía respirar un aire repleto de paz.

Candy llenó sus pulmones con el aire de la tarde y luego descansó sus codos en el alfeizar de la ventana, apoyando su mentón entre sus manos. Sin querer evocó aquellas tardes románticas en Lakewood cuando junto con Anthony empezaron a descubrir lo que era amar. Él era su único y verdadero amor, lo sabía. En cambio lo que sentía por Terry debía reconocer era confuso pero no era amor, era atracción, una emoción que se volvía cada vez más peligrosa.

No entendía por qué le llamaba tanto la atención si sabía que estaba enamorada de Anthony. Quizá era porque le creía el segundo chico que se fijaba en ella después de su novio, al no estar consciente del efecto que causaba en los demás ni reparar en todos los corazones que con su naturalidad había enamorado incluso antes de ser muy popular. Así era ella, pecaba a veces de ingenua, de exceso de candidez.

Tratando de quitarse ideas locas de la cabeza, se dijo que debía empezar a portarse como una señorita madura y mandar a volar ideas locas, no quería que esos últimos rumores de Eliza y sus amigas llegaran a oídos de Anthony, él no merecía algo así, era un chico bueno, le era fiel y sobre todo la amaba, y ella también lo amaba con cada parte de sus ser. Ya pondría más en duda sus sentimientos.

-Anthony…- esbozó con un suspiró que se llevó el viento mientras trataba de observar con detenimiento al otro lado del jardín para ver si lograba ver algo fuera del edificio de los chicos. Recordó que a esa hora ya las pruebas deportivas debían haber terminado y sentía curiosidad por saber cual era el resultado y como estaría.

No pasó mucho tiempo de que pensara eso y cuando había vuelto a distraerse observando las nubes color rosa y violeta, se escuchó el sonido de un petardo explotar al otro lado del jardín, rompiendo el silencio de la tarde y luego otro seguido por el lanzamiento de bengalas. Un repentino sentimiento de emoción le invadió a Candy quien se incorporó de su posición y prestó más atención a lo que los chicos clamaban. De lejos los vio salir en multitud gritando hurras y ovaciones. Habían elegido al nuevo Capitán del equipo de futbol.

Con una corazonada salió corriendo de la habitación para dirigirse a la terraza. Otras chicas ya lo estaban haciendo. Se encontró con Annie en el pasillo.

-¡Candy al parecer ya eligieron al Capitán!- le contó ésta con entusiasmada

-¡Vamos a ver!- replicó Candy tomándola de la mano y subieron rápidamente las escaleras.

Ya eran pasadas las seis de la tarde por lo que ya no podían andar deambulando por el jardín, así que la única opción era subir a las terrazas a ver que acontecía.

Al llegar arriba ya había varias chicas aglomeradas observando el acontecimiento mientras abajo la caravana de jovencitos entusiasmados seguía movilizándose por el jardín en dirección al auditorio del edificio central donde seria proclamado el nuevo Capitán en presencia de los directivos del plantel.

Candy era plenamente consciente de que Anthony tenía las aptitudes tanto técnicas o físicas, así como el liderazgo y responsabilidad suficientes para desempeñar el cargo, que por cierto ya había tenido antes en su otro colegio, pero también tenía en cuenta los factores que poseía en contra como la falta de antigüedad en la institución y también que era muy joven en comparación a los que antes habían sido designados. Los Capitanes del San Pablo por lo general siempre cursaban los años más altos y Anthony recién estaba en primero de Preparatoria. Sin embargo como el mismo decía, nunca sabría de lo que sería capaz si no se arriesgaba y eso fue exactamente lo que hizo.

Candy sabía lo mucho que ansiaba obtener ese puesto pues se lo había contado y ella le había prometido estar a su lado apoyándolo en su lucha por conseguirlo tuviera éxito o no.

En esos momentos esa emoción, esa corazonada que le vibraba el alma le indicaba que tal vez él podía haber logrado su propósito. Era esa confianza llamada fe.

Con cuidado y sumamente ansiosa se acercó a la baranda de la azotea para observar la caravana, la cual clamaba a un solo vítor:

-¡Primero sí pudo, primero sí pudo!-

Candy entendió que se referían al primer curso de secundaria y luego observó que en mediollevaban en hombros a alguien, al nuevo líder y su esperanza se transformó en júbilo al reconocer la cabeza rubia del agasajado.

-¡Es Brower!- gritó alguien y enseguida Candy sintió como un montón de rostros se volteaban de inmediato hacia ella. Entre esos los de Eliza y sus amigas quienes la escrutaban con desprecio.

-¡Candy!- exclamó entonces Amber con alegría, quien gracias a su largavistas era la que había dado la buena nueva y espontáneamente se acercó a abrazarla, acción que imitaron otras de sus compañeras que la apreciaban como manera de felicitarla.

-¡Regina a donde vas!- preguntó Eliza horrorizada a la Presidenta del curso, a quien consideraba una de sus mejores amigas. Sin embargo ésta, a la que Candy no le caía mal y que no tenía tan mal corazón no le hizo caso en lo más mínimo y se unió a las felicitaciones.

-¡Es genial Candy, eres la novia del nuevo Capitán y eso es tan honorable como ser la Primera Dama!- le dijo amablemente y con sinceridad -¡Felicidades!-

-Gracias Regina, gracias chicas- expresó Candy un poco sonrojada, a las compañeras alrededor que tenían buenos deseos para con ella. Entendía que el logro obtenido por Anthony en adelante no solo repercutiría en la vida de él sino fuertemente en la suya propia, ratificándola ahora sí como una de las chicas más populares del colegio.

Envidias nuevas o antiguas surgían o volvían a relucir en su derredor mientras ella lo único que ansiaba en esos momentos era contemplar la felicidad reflejada en la cara de Anthony y abrazarlo, quien imaginaba debía para entonces estar refulgente de dicha.

-Candy…- sintió la mano de apoyo de su amiga Annie en la suya, quien estaba emocionada al igual que ella.

-Lo logró…- le susurró Candy con lágrimas en los ojos, sintiéndose en el fondo muy orgullosa de su Anthony que había alcanzado otra de sus metas -…lo hizo-


Las alumnas no pudieron ser participes del festejo del equipo de futbol hasta el día siguiente cuando al descuido de sus profesores se escabulleron a los alrededores de la cancha a observar el entrenamiento. El primero con el nuevo capitán. Quien era especial por demostrar ser maduro y experto y tener el temple de gran líder a pesar de haber ingresado recientemente al colegio y de tener pocos años.

Candy con algunas compañeras de su curso, habían presenciado también un poco de este entrenamiento en su camino a clase de Catequesis y por unos instantes casi había caído presa de la euforia que compartían sus amigas en su delirio por los jugadores del equipo y sobre todo al ver a Anthony que indudablemente ahora era el centro de atención.

Por un momento sus miradas se cruzaron, perdiéndose el uno en el otro y fue mágico, claro que debieron disimular aunque la mayoría de las personas que conocía o había escuchado de su secreto se dieron cuenta, porque les era imposible negarlo, allí estaban escondidos entre ellos los sentimientos, flotando en el aire, etéreos, atemporales, con complicidad para los dos. A Anthony tuvo que tocarle el hombro Archie para que volviera a la realidad y se concentrara nuevamente en el partido y a Candy que estaba prácticamente embelesada atrapada en su hechizo, producto en parte de la añoranza por los días que habían pasado sin estar cerca y de todo el brillo de él, se la llevó Annie del brazo recordándole que ya había llamado la profesora para entrar a clase y que debían apurarse, y ella no había ni oído.

Candy tuvo que dejar de lado ese día sus románticas fantasías para una vez más verse atrapada entre enseñanzas, cuadernos y tareas mientras el amor que tenía lo sentía perenne en el corazón. Las horas transcurrieron lentas justo como sucede cuando se requiere que pasen rápido y al anochecer estaba cansada después de haber vivido otro rutinario día.

Al llegar a su habitación bostezó y se estiró lo más que pudo para quitarse la pereza, había conseguido terminar todas sus tareas inclusive aquellas en las que estaba atrasada y sentía que la cabeza le daba vueltas. Solo quería desvestirse y acostarse a dormir, pero antes de empezar a hacerlo, escuchó unos golpecitos en su puerta y fue a abrir.

Era Patty quien esperaba entrar demostrando un poco de nerviosismo e impaciencia

-¡Que hay Patty! – saludó Candy - ¿Estás bien?- preguntó interesada

-¿Puedo pasar?- esbozó Patty en su contestación

-Claro- dijo Candy haciéndose a un lado para que entrara

Solo cuando Patty se hubo cerciorado de que la puerta estaba cerrada decidió sacar de su bolsillo un misterioso sobre blanco que con mucho recelo había cuidado durante todo el día desde el momento en que lo había recibido.

-Candy tengo esto para ti- dijo –me lo entregó un simpático chico de anteojos al salir de misa. ¡Sabía mi nombre!- Patty exclamó sonriendo emocionada y se sonrojó al recordarlo.

-¡Debe ser Stear!- intuyó Candy tomando el sobre y abriéndolo llena de curiosidad

-Sí, él- confirmó Patty con timidez, mientras veía a su amiga leer la misiva, poner cara de extrañeza y girarla de un lado al otro porque al parecer estaba escrita en chino – ¿Sucede algo?-

-Sí…Patty ¿será que me puedes ayudar a entenderla?- le pidió Candy sintiéndose un poco torpe y haciendo un mohín gracioso sacando la lengüita –Creo que es el Código Morse- Confiaba en que Patty de seguro tendría la respuesta puesto que era un diccionario viviente.

-Claro, con gusto- se apresuró a decir Patricia, tomando el papel y ajustándose los anteojos, para enseguida sorprenderse al leerlo – ¡El código de luces!- confirmó –Tienes razón es el Código Morse, un método muy utilizado en el Ejército. Mira aquí abajo en la nota, señala una hora…siete y media-

-¡Ya casi es!- exclamó Candy mirando hacia el reloj despertador que tenía en su escritorio y luego con expectativa hacia la ventana

No pasó mucho de esto cuando ambas se sobresaltaron al mismo tiempo al ver una luz blanca encenderse y titilar desde una de las ventanas de los dormitorios de los chicos, y entendieron enseguida que la transmisión de la señal había comenzado.

-¿Qué dice Patty, por favor?- rogó Candy

Patty algo nerviosa y emocionada por formar parte de esa nueva mini aventura se acomodó el cabello detrás de la oreja y comenzó a descifrar el mensaje secreto.

-…Fes…tejo…Festejo- tartamudeó

-¿Festejo?- repitió Candy asombrada

-Festejo- confirmó Patty y continuó - …Chocolate….Anthony…Capitán…-

-¡Oh entiendo!, deben estar haciendo una reunión para celebrar la victoria de Anthony- analizó Candy entusiasmada, justo entonces vieron la luz titilar de un lado al otro, como si alguien estuviese forcejeando para arrebatar la linterna de las manos del que la manejaba. Luego los remitentes volvieron a retomar el mensaje y enseguida las chicas pusieron suma atención.

-dice- leyó Patricia buscando en la hoja las claves adecuadas - Te…amo…Candy…Anthony.-

-Anthony dice te amo… ¡awww!- Candy se enterneció hasta la médula al comprender el mensaje –Yo también…–suspiró - ¡Qué más dice Patty, por favor!- le suplicó a su amiga, Patty solo sonrió, movió la cabeza y siguió con su interpretación. La linterna volvió a titilar hacia un lado como volviendo a las manos de sus intérprete original.

- …Clint muy bien-

-¡Mi Clint está bien, es genial!- Candy recordó que la castaña no lo había visto aún a su Coatí así que decidió que pronto se lo daría a conocer– Es mi mascota, uno de estos días te lo presentaré- le explicó.

Patty siguió viendo el parpadear de las luces pensando en su interior en quien sería el joven que estaba manejando la linterna, imaginando que tal vez era el mismo que le había entregado la carta y no pudo evitar sonrojarse un poco. Esa tarde la había tomado desprevenida y lo más raro de todo y también lo mejor era que sabía su nombre. Haciendo a un lado sus pensamientos, continuó con la última parte del mensaje.

-…Por favor…ven aquí ahora-

-¿Quieren que vaya ahora?- preguntó Candy sorprendida hasta que vio lentamente la luz apagarse – Bueno en ese caso… iré- contestó resuelta. Patty se quedó boquiabierta, mientras veía a su rubia amiga agacharse a buscar algo debajo de su cama que visiblemente tenía ya con tiempo preparado para usar, una larga cuerda y sin saber que decirle la vio caminar hasta el balconcillo y lanzarla con maestría haciéndola enganchar al instante en la rama de un árbol cercano.

-Listo, está bien sujeta, resistirá- afirmó, luego acordándose de Patty se volteó hacia ella -¿Vienes?- le ofreció con cordialidad

-¿Al dormitorio de los chicos? Ni Dios quiera- Patricia O'Brien se persignó, pensando que su nueva amiga estaba más loca de lo que creía.

-No son unos chicos cualquiera, son mis primos- Candyle animó

-Candy estás loca, si te llegan a descubrir estarás en un gran lío- Patty recordó. Candy sonrió, le daba gracia la preocupación de la chica, le recordaba en parte a Annie cuando salía en defensa de los buenos modales y comportamientos cual madre cuidadosa.

-Tendré cuidado- aseveró –Te traeré algo, si sales deja cerrando la puerta por favor- le recordó y acto seguido, miró hacia la profundidad de los árboles, inhaló consiguiendo valentía y se lanzó hacia la oscuridad de la noche.


-¿Estás seguro de que ya vio el mensaje?- preguntó Anthony con ansiedad

-Deben haberlo hecho, las vi paradas junto a la ventana hace cinco minutos- contestó Stear

-Un momento ¿las viste?- preguntó Archie confundido, porque recién se enteraba de que había alguien más con Candy en la habitación.

-Sí, las vi por el telescopio, Candy está con Patty, su amiga-

-¡Patty!- exclamó asombrado Archibald de la confianza con la que su hermano había pronunciado el diminutivo y le guiñó el ojo a Anthony quien también sonrió – Vaya al parecer a mi hermanito le empieza a interesar una chica, por fin se está volviendo hombre- bromeó

-¡Cállate Archie!- protestó el joven inventor sintiéndose un poco ofendido - ¡recuerda que soy mayor que tú, pequeña sabandija!-

-¡Un momento!- Anthony reaccionó - ¿Por el telescopio?- preguntó extrañado

-Sí, a veces pero muy pocas veces sirve para otros fines aparte de las investigaciones…- explicó Stear pero como Anthony aún le miraba en exigencia de una explicación, trató de suavizar las cosa y se apresuró a decir -¡Oh!… pero no creas que lo hago para espiar a Candy, es mi prima y yo la cuido y la respeto-

Anthony solo asintió pero sin bajar la mirada inquisidora

-¡Ah más te vale!- agregó Archie, aprovechando para darle una palmada rápida en la nuca en son de broma que le hizo a Stear perseguirlo por el balcón con coraje. Mientras tanto Anthony aprovechó la inmadurez de sus primos para dar un vistazo por el mencionado telescopio que yacía arrumado en esos momentos en un lado del lugar y lo direccionó enseguida hacia la ventana de su amor.

-No está ella- pensó en voz alta, preocupado– Quizá no fue buena idea que le pidiésemos venir, podemos meterla en problemas. Tal vez hubiese sido mejor que yo fuese hasta allá-

-Cálmate Anthony, Candy vendrá, lo presiento- opinó Stear viendo las cavilaciones de su primo, y su voz de ángel fue certera porque poco después de ello, su pronóstico se volvía realidad.

Escucharon algo moverse entre los árboles cercanos y enseguida apareció ante ellos cual hada o como una ninfa del bosque, Candy fresca y tranquila como una auténtica versión femenina de Tarzán de la Selva. Movilizarse entre los árboles era uno de sus más especiales dones.

Anthony apenas había terminado de observar por el telescopio cuando fue sorprendido por su presencia haciéndolo contener el aliento. La joven les sonrió desde la rama donde se había apostado, lista para saltar hasta el balcón y en un acto reflejo, para evitar que se hiciera daño al descender, Anthony se lanzó a atraparla, por lo que los dos terminaron rodando inevitablemente por el suelo en una caída desastrosa. Los hermanos Cornwell se apresuraron a ayudarlos.

-¿Chicos, están bien?- preguntó Archie

-La próxima vez colocaremos almohadones por precaución- ofreció Stear.

Aún a pesar del penoso aterrizaje, Candy no podía contener la risa, en el impacto quedó encima de Anthony. Su risa cantarina era bella música para los oídos del muchacho, que se recostó otra vez en el suelo contagiado por su alegría.

-¿Anthony estás bien, no te hiciste daño?- le preguntó un tanto preocupada

-Sí, estoy bien, solo un poco adolorido porque pesas una barbaridad- fingió haciendo una mueca de dolor, provocando que ella pusiera una sonrisa traviesa y le diera un manotón en el hombro

-Que malo- se quejó, e intentó incorporarse pero él la retuvo cerca de él y la encerró en un abrazo

-Como te he echado de menos mi amor—le susurró al oído y besó sus cabellos, habían sido casi tres días sin verla.

Candy adoraba sentirlo tan cerca, así como la tibieza de su aliento contra ella.

-Yo también… como una loca- le confesó perdiendo su mirada en el celeste de sus ojos y en sus tentadores labios - que te dio por atraparme así, crees acaso que soy una pelota de futbol- le regañó entonces en forma de broma

-No podía dejar que mi princesa se hiciera daño- respondió él sin un ápice de duda, conmoviéndola por su dulce gesto y logrando que ella lo abrazara nuevamente.

-¡Felicidades amor!- le expresó con alegría referente a su triunfo. La ternura irradiaba entre los dos.

-¡Eh, oigan tórtolos, mejor entren, no se olviden que la reunión es acá adentro!- voceó Stear.

Candy se paró primero llena de vitalidad y felicidad para luego tenderle la mano a Anthony para ayudarlo a levantar también. Entre besitos furtivos los dos enamorados hicieron caso e ingresaron a la habitación de sus primos.

Para cuando Candy puso un pie dentro se sorprendió de la amplitud del dormitorio masculino en comparación con el suyo o el de sus amigas. Aunque sabía se debía en parte a que era una habitación doble, ya que los dos hermanaos Cornwell la compartían. Luego de darle un rápido vistazo sus ojos se alegraron al toparse con el pequeño banquete improvisado que yacía tendido sobre la mesa, la gran jarra de chocolate caliente lista para ser bebida junto con una cesta de deliciosos panecillos. Su estómago gruñó inconscientemente, manifestándole que tenía hambre. En su afán por terminar sus tareas atrasadas lo más pronto posible para pasar el fin de semana tranquila en compañía de sus amigos y de su amor, hasta se había saltado la hora de la cena.

-Señorita, caballeros, por favor tomen asiento el banquete está por comenzar- pidió Stear invitándola a que se sentara y con la mano abierta mostró la mesa, Candy pensó que en esos momentos parecía todo un administrador de restaurante dispuesto a dar a conocer y dejar que disfrutasen lo mejor de su local.

Anthony como todo un caballero la escoltó hasta la silla y la ayudó a acomodarse, luego tomó asiento a su lado. La mesa era redonda por lo que quedaban en perfecta armonía los cuatro.

-¡Bien, ahora sí, al ataque!- animó Archie y todos casi al mismo tiempo metieron mano a la canasta de panecillos. Entre risas, bromas y relatos de las anécdotas de los últimos días los jóvenes comenzaron a disfrutar del improvisado festín.

En un momento, por estar en la risotada y en el impulso de darle un empujón a Archie por estarse mofando de sus errores al momento de dar las pruebas de la elección, Anthony sin querer derramó el azúcar sobre la mesa, por lo que se levantó a buscar algo con que limpiar.

-¡Es el amor que te tiene así de torpe!- se burló Archie mientras lo veía pasar hacia el cuarto de baño, riéndosele abiertamente hasta que su hermano le regañó.

-Archie modula tu voz, recuerda que la naturaleza de nuestra reunión es secreta – le recordó Stear en voz baja – nadie debe enterarse de que estamos los cuatro aquí o nos irá peor que bombo en fiesta. Imagínate si llegamos a despertar al ogro de al lado, aún no sabemos que tan chismoso pueda ser-

-¿Quién vive al lado?- se aventuró a preguntar Candy con curiosidad

-No quisieras saberlo – contestó Archie – Uno de los tipos más insufribles de todo el colegio, por no decir el peor-

-Terrence Grandchester- concretó Stear para sorpresa de Candy – el sujeto ese que casi hace salir al cochero del camino el día que ustedes llegaron a Londres y que también armó el alboroto en la primera misa del mes-

-Terry- susurró Candy preocupada

-¿Lo conoces Candy?- inquirió Archie sorprendido

-Eh… sí, lo he visto un par de veces- respondió ella un tanto desprevenida

-Pues será mejor que te mantengas alejada de él, no es una buena persona. Cuando lo veas apártate. ¡Es un patán!- No dudó en recomendó Archie, con tal determinación que hacía pensar que era más bien una orden que una sugerencia.

-Él tiene razón Candy, tú eres una señorita y él puede sobrepasarse, no sabemos como dije de que sea capaz pero si tenemos en cuenta de que el tipo no es de fiar- y ante la mirada atenta de la chica comenzó a contarle el inconveniente que había tenido el día anterior con Archie.

-Fue en realidad algo estúpido- contó el aludido lo que en realidad había ocurrido – Yo tenía sueño y por equivocación erré de habitación y casi entro en la suya. El muy cobarde iba saliendo justo entonces y me golpeó a sangre fría sin darme siquiera tiempo de explicar. Por mala suerte iba pasando uno de los delegados de clase en esos momentos, quien junto a otros de sus compañeros evitaron que se forme la pelea. Yo estaba furioso, Juro que iba a matarlo…pero tarde o temprano me vengaré- Archie al hablar mostró un brillo vengativo en los ojos, que demostraba que no estaría tranquilo hasta cumplir con lo dicho.

Candy estimaba a su primo pero debía reconocer que Terry era mucho más alto y fornido por lo que de seguro llevaría las de ganar en el enfrentamiento, por lo que de por sí ya se preocupaba por él.

-Ten cuidado Archie, por favor- le recomendó, pero él ni le prestó atención a su comentario, repleto de coraje.

-¡No le tengo miedo a ese imbécil, quién se cree que es!- vociferó

-No creía que fuera así- admitió Candy para sus adentros, escuchando los comentarios desacreditadores hacia Terry que hacían sus primos y ella que hasta entonces había considerado que aquel rebelde tenía buen corazón.

-Para mí que el tipo tiene graves problemas existenciales- opinó Stear recurriendo a un poco de Psicología para analizar el asunto –es demasiado problemático para ser normal- opinó

-¡Es un maldito misántropo!- declaró a su vez Archie

-¿Mi…qué?- preguntó Candy confundida

-Misántropo – se encargó de repetir Stear – quiere decir un ermitaño o un desadaptado, alguien que no se acostumbra a ningún sitio o siente antipatía por todo y por todos, que no se relaciona con casi nadie-

-¡Ese tipo es un patán!- concluyó Archie arrimándose al respaldar de la silla – por eso nadie lo aguanta-

-Solo se junta de vez en cuando con algunos grandulones problemáticos iguales a él para intentar sembrar juntos terror y cuando eso sucede es un caos- contó Stear

Candy estaba impresionada por todo lo que escuchaba.

"Un misántropo" reparó en su interior, palabra que luego buscaría en el diccionario y encontraría como el antónimo de filantropía, como podía ser real. Como era posible que el chico enigmático y melancólico que había conocido a bordo del barco, con quien había entablado una breve pero amena conversación y le había parecido entonces tan amable al pasarle el pañuelo que se le volara con el viento, se comportara de esa manera en el colegio, causando recelo y temor alrededor. El mundo sin duda era un lugar de misterios y Terrence era parte de ellos. Aunque Candy no lo conocía bien, le entretenía cada cosa que escuchaba de él, fuera buena o mala porque le permitía formar conjeturas acerca de su personalidad, eran pistas con las que quería averiguar cuales eran sus verdaderos sentimientos, cual era la verdadera forma de ser que intentaba ocultar detrás de su máscara.

Anthony volvió con una franela y una escobilla de mano con la que limpió el desastre que yacía sobre la mesa, luego en una acto galante e improvisado, se acercó por el respaldar de la silla de Candy donde ella pensativa mordisqueaba un pedazo de panecillo y desplegó con destreza sobre su falda una servilleta para evitar que con las migajas ensuciaran su uniforme.

-¡Oh gracias!- exclamó ella sorprendida y halagada. Los detalles de Anthony eran tan tiernos y gentiles, caballerosos como el mismo, que hacía de todo para protegerla o complacerla. Candy lo contempló maravillada mientras le veía volver a sentarse a su lado derecho, tomar dos panecillos de entre los que quedaban en la cesta y servirle uno en su plato y otro en el de él. Así como se encargaba de llenar su tasa nuevamente de chocolate. Siempre pendiente de ella, siempre atento.

La velada continuó amena y divertida, después de la comida Stear quiso hacerles una demostración de sus últimos inventos, unos zapatos y guantes con fuerza de succión que le permitían caminar por las paredes. Impresionantes al principio pero desastrosos al final cuando la batería se les terminó a medio talle y Stear por poco y se mata al caer desde el techo. Candy y su dos primos tuvieron que ahogar un grito mientras le veían aterrizar desparramado por suerte encima de la cama.

-De verdad, que a veces me avergüenza que sea mi hermano- confesó Archie haciéndolos reír a todos.

De la fuerza del golpe se desprendió una foto de debajo del colchón que quedó tirada en el suelo y fue Candy quien la notó y la recogió.

-¡Es Eleanor Baker!- exclamó, al darse cuenta que se trataba de la actriz, una de las más bonitas y prestigiosas de Broadway.

Stear y Archie les comentaron que eran fanáticos de ella y su trabajo y les mostraron además su colección de fotografías que conservaban debajo del colchón para evitar que se las confiscaran en las requisas estudiantiles. También le ofrecieron tomar alguna de una caja donde guardaban más, sueltas. Candy notó que dentro habían también mezcladas algunas fotos familiares por lo que con atención las comenzó a ver. Observó algunas de Stear y Archie cuando eran niños y le parecieron muy tiernas, de la tía abuela de joven, descubriendo que extrañamente que aún en sus duras facciones era bonita y hasta de George, en los tiempos en que recién había entrado a trabajar para la familia, muy guapo en sus tiempos mozos. Pero la que sin lugar a dudas le llamó más la atención y maravilló fue un retrato de Anthony unos cuantos años atrás, donde lucía angelical y super tierno.

-¡Awww!- exclamó maravillada

-¿Qué es eso? Déjame ver- pidió Anthony al notar las miraditas divertidas que ella le enviaba después de observar la fotografía. Candy bromista le enseñó apenas y él sonrojándose amagó ir a quitársela, pero ella sonriente se escudó detrás de la amplia espalda de Stear

-¡Pero que hacían con esa foto, es la que me tomaron una semana después de que superara la varicela!- reclamó él a quien aquella imagen le traía no muy buenos recuerdos

-Jajaja claro como nos burlamos de eso, sobre todo cuando la tía abuela te la obligó a tomar porque había llegado a la ciudad uno de los mejores fotógrafos de Italia…como era que se llamaba…Fetuccini- bromeó Archie

-Es cierto, como íbamos a deshacernos de ella- corroboró Stear para quien aquella más que una foto era un recuerdo

-Para mí luces lindo, y muy sanito, no te veo ninguna costra-objetó Candy quien ya se había encariñado con la fotografía -¿Qué edad tenías doce, trece años?- preguntó sosteniéndola en alto para verla mejor

-Doce- confirmó él a media sonrisa y acercándose, pidiéndole con un gesto con la mano que se la entregara.

- ¡No, es mía!- respondió Candy poniendo la foto detrás de ella, fuera del alcance de él para evitar que se la quitara. Anthony empezó a juguetear con ella quien muy bien lo esquivaba. Hasta que en un momento la tomó por la cintura haciéndole ahogar un pequeño grito, pero ella mismo se tapó la boca a tiempo, espantada de casi haber metido la pata. Anthony le dio un besito en el cuello por su inocente acción.

-¿Por qué te gusta? Vas a soñar pesadillas con ella- le dijo en broma

-No importa, en ese caso serán las pesadillas más hermosas que haya tenido- respondió ella con sinceridad, volteándose hasta quedar frente a él y mirándolo con amor.

-¡Oh no!- exclamaron los chicos al ver que Anthony estaba a punto de apropiarse de sus labios pero fue entonces que el sonido de unos pasos en el corredor los alertó. Iban en dirección del cuarto.

Los cuatro jóvenes guardaron silencio y enseguida se aprestaron a ponerse a salvo en caso de ser necesario. Se apresuraron a apagar las luces y a hacer el menor ruido posible pero ya era tarde, escucharon la conocida voz de la Hermana Sofía quien era sumamente estricta, no en vano era la mano derecha de la Directora y encargarse de vigilar y hacer cumplir las reglas del colegio era su especialidad.

-¡Cómo es posible que se atrevan a desacatar las reglas de la institución! El toque de queda es obligatorio para todos los estudiantes sin exceptuar- le comentó a alguien, probablemente algún supervisor que habría ido con la queja.

Al mencionar el toque de queda la religiosa se refería al mandato estipulado en las leyes del San Pablo desde sus inicios hacia casi cien años de que a partir de las 21h00 era declarada la hora de irse a dormir y por lo tanto no se permitía a ningún estudiante deambular por los pasillos, afuera en los jardines o continuar con las luces encendidas o peor aún hacer reuniones nocturnas en las habitaciones. Los supervisores o religiosas a las que les tocaba hacer la guardia, debían ver que esta disposición se cumpliera.

Aún asustada, Candy reparó en que habían transcurrido dos horas desde que empezara la reunión, como en un abrir y cerrar de ojos y no se habían dado cuenta porque estaban tan entretenidos en sus conversaciones que habían perdido la noción del tiempo.

Al ver que ya no habría escapatoria, Stear y Archie rápidamente condujeron a sus primos hasta la habitación contigua, la de Archie.

-Quédense aquí y ocúltense hasta segundo aviso, haremos de todo para entretenerlos- aseguró Archibald, al tiempo que se escuchaban golpes demandantes en la puerta

-¡Alistear y Archibald Cornwell, abran ahora mismo!- vociferó la religiosa

Con cara de condenado a punto de recibir su castigo, Stear fue a abrir la puerta lentamente. Trató de suavizar su expresión en el acto para no parecer tan asustado y simular la máxima inocencia posible.

-¡Hermana Sofía, pero que gusto verla! ¿Cómo así por aquí?- soltó mientras sentía como las piernas le temblaban de los nervios.

-¿Qué qué hago aquí? Déjese de sandeces y déjeme pasar- refutó la religiosa, había sido una mala elección de frases por parte de Stear. Su hermano se golpeó la frente detrás de la monja en un gesto que le hacía saber cuanto había metido la pata.

Qué hacen ustedes levantados a esta hora, violentando las leyes del colegio es lo que digo yo!- inquirió la delgada monja

-Verá mi estimada Hermana, mi hermano y yo estamos estudiando para nuestros exámenes…- se acercó Archie, aplicando toda su galantería y amabilidad para explicarle, pero ella no le dejó terminar porque no le convencía el cuento.

Exámenes! Eso es ilógico, las evaluaciones no empiezan hasta dentro de un mes- les recordó

-Sí…sí tiene razón, pero lo que no sabe es que mi hermano y yo tenemos la costumbre de repasar todo con varios días de anterioridad para poder dominar completamente los temas – se atrevió a explicar amablemente Stear – nuestros tutores en América eran muy estrictos y nos inculcaron eso-

¿En serio y entonces me pueden decir el por qué de las cuatro tasas de chocolate sobre la mesa? - preguntó la monja a quien la última excusa le había parecido creíble pero no del todo cierta.

-¡Oh eso! …eso jajaja – comentó Archie de forma nerviosa y miró a su hermano en busca de que inventara otra buena excusa al respecto

-Las cuatro tasas son nuestras…- declaró Stear, haciendo que Sor Sofía abriera los ojos sorprendida – dos para cada uno –continuó – desde que éramos pequeños nuestra madre nos daba dos tasas antes de dormir, ¿no es así Archie?- presionó

-Oh sí, sí – corroboró Archie, a quien no se le daba muy bien mentir –además nos decía que le hacía bien al cerebro, que nos ayudaba a pensar…-

-¿El chocolate?- preguntó impresionada la Hermana Sofía

- Sí, el chocolate- afirmó Stear con seriedad, observando con extrañeza a su hermano, al que se le ocurría cada cosa.

Mientras tanto en el otro cuarto, Anthony y Candy después de buscar desesperadamente un lugar donde esconderse y de comprobar que el armario era demasiado pequeño y que debajo de la cama era un sitio de revisión segura, optaron por ocultarse detrás de la cortina de la habitación, justo entre el alfeizar y la ventana

-Muy bien, ya me cansé de escuchar tonterías, quiero ver a quien o a quienes ocultan en la otra habitación- requirió la Hermana y la suaves protestas de ambos jóvenes fueron casi omitidas, la monja le hizo una seña al Supervisor para que entrara y este asintió. Pálidos Stear y Archie observaron como empezaban a inspeccionar la habitación, temerosos por sus primos.

Ambos hermanos no querían pensar siquiera en el castigo que recibirían todos si los llegaban a encontrar, puesto que sería triple por desobedecer las reglas, organizar una reunión de amigos en la habitación incluyendo una chica y por mentir también. Además les preocupaba el castigo que pudieran darle a Candy, quien sin lugar a dudas llevaría la peor parte por atreverse a ingresar al dormitorio de los chicos. Las reglas eran más duras con las chicas y probablemente lo que ganaría sería la expulsión. Los chicos lo sabían por lo que nerviosos intentaron por todos los medios de apaciguar los ánimos del interrogatorio pero sin que diera buenos resultados.

En la otra habitación, Anthony y Candy abrazados y temerosos desde su desesperado escondite, esperaron a que la monja con su colaborador inspeccionaran el lugar, ya hechos a la suerte de que si los encontraban no les quedaría más que afrontar los hechos y dar la cara con valentía.

En absoluto silencio, solamente interrumpido por el cantar nocturno de los grillos, escucharon los pasos de la religiosa dentro de la habitación, la imaginaron observando todo de manera minuciosa como le caracterizaba

-Observe debajo de la cama- le ordenó al Supervisor mientras le escuchaban abrir la puerta del armario

-Aquí no hay nada Hermana- dijo el hombre – el cuarto está vacío-

La monja no respondió por lo que Candy y Anthony supusieron que estaba dudando.

Candy tenía miedo, si los encontraban de seguro pensarían enseguida lo peor, sabía que se armaría tal escándalo que llegaría a todos los rincones del colegio y como si fuera poco serían con probabilidad expulsados. No quería ni imaginarse lo que dirían el honorable abuelo William y la Tía Abuela, eran capaces de creer que ella había influenciado mal a Anthony.

Anthony por su parte, la sintió temblar entre sus brazos y la acercó más a sí. Ella acarició esos brazos recios de él que la protegían y ladeó la cabeza un poco para esconderla en su pecho, alistándose por si llegaba el momento decisivo. Solo en su abrazo se sentía segura, si estaba con él era capaz de luchar contra todo.

-¿Lo ve Hermana?- le escucharon atreverse decir a Archie –Cómo duda de nosotros- se quejó

-Cómo cree que haríamos algo para faltar a las leyes y enseñanzas de esta prestigiosa Academia que tanto admiramos y por la que damos lo mejor cada día- apoyó Stear de manera humilde

-Bueno…por esta vez voy a pasar por alto esta desobediencia al toque de queda, en vista de que este desvelo se debió al estudio pero espero que sea la última vez, porque la próxima no seré condescendiente…y ahora apaguen todas las luces de inmediato y a dormir- puntualizó la religiosa

-Entendido Hermana Sofía, gracias-

-Hasta mañana-

Los hermanos Cornwell la despidieron, soltando aliviados el aire retenido en sus pulmones una vez que le vieron salir junto al Supervisor cerrando la puerta.

-No salvamos por un pelo- reconoció Stear

Mientras tanto en el otro cuarto, ni bien escucharon irse a la monja, Anthony y Candy dejaron su escondite y él enseguida la acompañó al balcón. Era mejor que Candy estuviera a salvo de los guardianes que a esa hora ya empezaban a hacer las rondas por el jardín.

-Lo hicimos amor, hemos sobrevivido para contarlo- le dijo Candy aliviada y feliz, al tiempo que él acortaba la distancia entre los dos y le acariciaba la mejilla, mirándola con pasión.

-Daría lo que fuera para que pudiéramos pasar más tiempo juntos- le manifestó en un susurro –no sabes cuanta falta me haces-

-Tú también- se aventuró a decirCandy inclinándose hacia él juguetona para conseguir que la atrapara en otro de sus besos, pero Anthony apenas pudo sostenerla de los brazos cuando se escuchó el pito del guardián a lo lejos indicándole que era la hora de dejarla partir, por lo que tuvo que guardarse desencantado todas las caricias que ansiaba darle.

-Es mejor que regreses a la habitación, no quiero que te pase nada malo…yo no debí exponerte, no sé que me pasó, lo siento-

Candy lo calló colocando un dedo sobre sus labios mirándolo tiernamente

-No tienes por qué pedir disculpas, yo quise venir a verlos- declaró

Anthony se maravilló con el brillo de sus ojos a la luz de la luna

-¿De dónde has salido, mi ángel?- preguntó impresionado aún incrédulo de que fuera real.

-De alguna parte remota de tus sueños- bromeó ella de forma coqueta siguiéndole el juego y sus pequeñas risas tintinearon como un sonido mágico en medio de la clara noche

-Uno de estos días te voy a raptar y te voy a llevar lejos- agregó Anthony

-Eso es lo que más quiero- Candy no dudó en responder, incitando el fuego entre los dos, logrando que él acortara por fin la pequeña distancia que le faltaba y le robara un cálido beso de sus labios que primero empezó con suavidad y luego se volvió demandante. Sin embargo, Anthony estaba consciente en todo momento de que debía dejarla ir, por ello él mismo rompió el beso para luego apretarla fuerte contra su corazón.

-Te amo Candy- le dijo en un susurro sintiendo como el alma se le desbordaba a través de esa frase. Podía parecer cursi pero era la realidad. Anthony sentía todo su pecho invadido por ese profundo sentimiento que ella le inspiraba, un amor que en vez de aminorarse con el tiempo se volvía curiosamente cada día más fuerte.

Quizá era en parte las dificultades que los acosaban, como el no poder verse seguido, el tener que disimular lo que sentían porque supuestamente estaba prohibido en el colegio que surgieran relaciones amorosas entre los alumnos (aunque nadie hacía caso de eso pero lo aparentaban) y el extrañarse tanto debido a todo ello, que contribuían significativamente al asunto.

Ambos se quedaron por unos minutos abrazados el uno al otro en silencio, solo escuchando el sonido de los latidos de sus corazones mientras estos se mezclaban en una sincronizada sinfonía.

Liberada de los brazos de Anthony y mirándole como si no se quisiera ir, Candy, como si fuera lo más normal del mundo, se subió ágil y veloz cual princesa selvática primero al barandal del balcón haciendo equilibrio y de allí salto sin complicaciones a la rama más cercana del árbol que estaba junto al dormitorio de sus primos. Allí se detuvo a despedirse de él.

-Mi bella Amazona- la elogió Anthony realmente maravillado, aunque sabía cuanto amaba ella los árboles, no dejaba de sorprenderlo.

-Hasta mañana mi dulce príncipe- respondió ella sonriendo despídeme de los chicos también por favor- añadió, aprestándose para irse pero entonces sintió que en voz queda Anthony la llamaba

-¡Can espera!... ¿podría devolverte la visita mañana?- solicitó, algo temeroso de parecer maleducado o aprovechado. Candy que no se esperaba esa petición no supo que decir, solo se limitó a asentir.

-Sí claro, solo ten cuidado al venir- le recomendó y sonriendo le guiñó el ojo antes de partir, para que supiera que lo estaría esperando. Anthony sonrió también en respuesta, lleno de felicidad, a partir de ese momento contaría las horas para que llegara la noche siguiente.


Solo una vez que Candy estuvo en su habitación, resguardada por el silencio y la oscuridad, recapacitó en la magnitud de lo que había aceptado y en lo comprometedora que podría ponerse su improvisada cita del día siguiente. Sin embargo mirando la foto de su amor que sacó con cuidado en esos momentos de su bolsillo, se dijo que no tendría miedo y que estaba lista para que pasara lo que tuviera que pasar. Mirándose al espejo de su cómoda, se puso una mano sobre su pecho donde sintió sus latidos aún apresurados. Se dijo que todo saldría bien para tranquilizarse y lograr que se esfumara el rubor que le había subido a su rostro. Aspiró y exhaló profundamente y luego suspiró.

Sin que ella supiera, en una habitación exactamente del otro lado del jardín, un joven también se debatía en medio de encontrados sentimientos pero estos referentes a los celos que hacían presa de él sin que pudiera remediarlo.

Pocos minutos antes había estado intentando relajarse en la soledad de su cuarto de los problemas familiares que le aquejaban, mientras meditaba en por qué la vida a veces parecía tan injusta con él. Quizá en ello radicaba su búsqueda de la soledad, con la que había creado una coraza.

Esa tarde había visto a su padre después de dos largos meses y no exactamente de manera cordial sino obligada porque éste había tenido que presentarse personalmente a una reunión con la Directora después de su última fechoría, a cancelar los daños ocasionados en el ventanal del edificio de las chicas y como ya era costumbre en cada una de sus esporádicas visitas habían terminado discutiendo por su mal comportamiento, sin que siquiera el Lord le diera tiempo de explicarle sus motivos o razones de por qué actuaba así. Pero era un caso perdido para su hijo que ya hacía bastante tiempo había prescindido de intentar comunicarse con él.

Sin embargo su alma guardaba resentimientos, dolores escondidos que a veces se hinchaban en su pecho y trataban de aflorar en sus momentos vacíos como aquel, llenándole los ojos de ganas de llorar.

Primero su madre, de la que él le había separado cuando era niño privándole de esa figura de apoyo tan fundamental al crecer, de ese afecto que ninguna nana había podido darle, convirtiéndola en su mente tan solo en recuerdos que se habrían vuelto casi efímeros sino fuera porque aquella dama había retomado un día la comunicación con él cuando cumpliera ocho años y ya tenía uso de razón, mediante cartas. Grande había sido su sorpresa al recibir su misiva encima de la mesita de noche una mañana al levantarse, y creyó que en parte Lord Grandchester le comprendía cuando no le prohibió seguir recibiendo la correspondencia.

También recordaba con afecto aquel ya muy lejano día cuando su padre se había sentado a hablar con él después de uno de sus tan acostumbrados largos viajes, cuando tenía 10 años y le había explicado que su trabajo no le permitía ser el padre perfecto, disculpándose con él por su tantos días de lejanía, pero que prometía estar a su lado siempre pasara lo que pasara y apoyarlo por qué según él era lo más importante en su vida.

Ingenuo había sido al creer ciegamente en él puesto que no tardó más que año y medio en contraer matrimonio nuevamente y formar otra familia de la que pasó a formar automáticamente segundo plano. Pareciendo olvidarse de él.

En el presente sus otros hijos ocupaban toda su atención y tiempo, mientras él sentía que ya no tenía voz y voto dentro de esa familia, por lo que prefería permanecer lejos, ya fuera de viaje o en ese frío internado en el que se encontraba en esos momentos más a gusto que en ese hogar tan superficial y vacío donde reinaba su antipática madrastra quien de por sí lo odiaba y aquel sentimiento era reciproco porque él tampoco soportaba su presencia.

Para esas alturas Terry sentía que ya no tenía padre ni madre (porque esta última también lo había despreciado), ni familia. Sentía que ahora era un huérfano más del mundo y que estaba solo con su futuro frente a él, el cual debía moldear a su antojo tomando las decisiones correctas. Probablemente se iría lejos sin decirle a nadie una vez que terminara el colegio. Muy lejos, pensaba que China era un buen lugar.

Eran decenas de pensamientos y recuerdos que le llenaban de rabia que daban vueltas en su cabeza mientras acostado en su cama intentaba calmarse y jugaba con una pequeña navaja, bamboleándola y haciéndola girar entre sus dedos dispuesto a degustar de una manzana que empezó a partir en pedacitos.

Fue en eso que sin querer escuchó unos susurros extraños en la habitación contigua, alarmándolo de que algo inusual sucedía y despacio se había asomado a ver, justo a tiempo para presenciar una melosa despedida en la que la protagonista era una jovencita rubia que últimamente rondaba mucho dentro de sus sueños.

El saber que no era suya de por si le atormentaba, y el confirmar que era de otro hacía que le hirviera la sangre. Con desilusión y despecho Terrence, el noble joven inglés se alejó de la ventana pensativo y lleno de coraje y solo poco después al sentir un molesto dolor en la palma de su mano, reparó en el hecho de que la había cortado sin querer al apretar demasiado la navaja.


Continuará...

Atte

Belén