Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.

Safe Heaven
Por: Hoshi no Negai

21. Golpe de realidad

Rin era consciente de que estaba sonriendo como una boba; una boba enamorada para ser específicos. Su mueca era tan amplia y notoria con sus arreboladas mejillas, que más de una persona se le quedaba viendo, preguntándose de qué rayos podría reírse una muchachita que estaba sola, y más estando en un lugar como ese donde la gente simplemente no tenía tiempo para tales tonterías.

Se tomó su tiempo observando las fotografías y leyendo las reseñas de cada una con cuidado, ignorando a todos los que estaban a su alrededor. Estaba dentro de su hermosa y cómoda burbuja, nadie podía sacarla de ahí. Miró su celular y vio que eran casi las cinco de la tarde. Intentó hacer su llamada de nuevo, pero no encontró respuesta más allá del frío mensaje de la contestadora automática que le anunciaba que el dueño del teléfono estaba en una junta.

―Buenas tardes ―la saludó amablemente la recepcionista de las veces anteriores. Salió momentáneamente de su ensoñación y le dedicó una cortés reverencia junto a un saludo―, ¿estás esperando al señor Taisho, no es así? Me temo que ahora está en una importante junta. ¿Quieres que llame para preguntar cuándo va a salir?

―Se lo agradecería mucho. No me contesta el teléfono.

―Pasa por aquí, por favor. Ahora mismo hago la llamada.

―Gracias ―asintió ella con la misma sonrisa mientras la seguía al área de recepción. La mujer se puso tras el larguísimo escritorio que ocupaban otras secretarias más y tomó un telefonillo rojo con la etiqueta de "llamadas internas" pegada con cinta.

―¿Osuka? Hola, perdona que te moleste, ¿sabes si el señor Taisho tardará mucho en esa junta? Llevan encerrados toda una eternidad. Sí, lo sé... ―hizo una mueca―, sé que es un asunto muy delicado. ¿Te has enterado de algo al respecto? Me pregunto cómo van a hacer, es algo bastante grave. Más te vale contarme en cuanto te enteres, ¡quiero saber antes de que salga el anunciamiento oficial! Qué lío, no puedo creer que... ―la mujer apretó los labios, acordándose que Rin estaba frente a ella y podía escucharla perfectamente―. Lo siento ―le dijo abochornada antes de regresar a la llamada―. En fin, ¿sabes si le falta mucho? ¿Jaken te ha dicho algo? No, pregunto por el hijo, no por el padre. Es que tengo a alguien en recepción preguntando por él. Sí, ella misma ―sonrió haciendo que la chica se sonrojara en cuanto la miró con suspicacia―. Ajá... Sí, ya le pregunto. ¿Quieres esperarlo en su despacho? Dice que ya están acabando ―preguntó dirigiéndose esta vez a ella.

―¿No habrá problema?

―Osuka dice que tiene órdenes de atenderte si vienes y el señor Taisho está ocupado. Eso incluye el permiso para que subas al área presidencial.

Rin lo meditó un momento. Preferiría no causar molestias quedándose y esperándolo abajo. Pero por otro lado... le daba algo de pena que la vieran actuando como la boba enamorada que era en cuanto se reuniera con él. Y él también era muy reservado cuando había gente a su alrededor. Quizá lo mejor era verlo en privado después de todo.

―De acuerdo, creo que es una buena idea ―le dijo tímidamente a la mujer, que dio una cabezada y regresó a su llamada.

―La señorita dice que está bien. Ya mismo te la envío. De acuerdo, sí, sí. Cualquier cosa me avisas, ¿vale? ¡Dios, necesito saberlo ya! Hasta luego.

Colgó el aparato con una sonrisa intrigada y la llevó hasta uno de los elevadores. Éste tenía una característica especial, según le había dicho alguna vez Jaken: no se detenía en ningún otro piso a no ser que se lo comandaran desde adentro, por lo que siempre iba directamente hasta el último sin que nadie interrumpiera su ascenso o descenso. Además de que esta característica sólo se podía usar con una llave que pocos en ese edificio poseían. La recepcionista que atendía a Rin era una de las afortunadas.

La mujer se despidió educadamente mientras salía del elevador antes de que las puertas se cerraran, gesto que Rin le regresó con una nueva reverencia. Iba al edificio al menos una vez por semana, y si no se equivocaba aquella era la sexta vez en total. Sabía que todo el mundo se preguntaba qué hacía una chica como ella visitando al segundo al mando de esa inmensa compañía, era muy evidente por las inquisidoras miradas que le lanzaban, especialmente las recepcionistas y algunas mujeres que se notaban amantes de los chismes. Se había corrido la voz, y no sabía hasta qué punto.

Pero tampoco era algo que debería importarle. Si Sesshomaru no objetaba nada al respecto y le decía que podía ir a visitarlo cuando ella quisiera, entonces no había ningún problema.

Llegó a la última planta, y cuando vio lo concurrida que estaba se maldijo internamente por no haber esperado abajo. Nunca había visto el rellano tan lleno de gente; hombres y mujeres que conversaban entre ellos en voz baja y apagada, con ceños fruncidos y expresiones preocupadas. Se hizo hacia un ladito, tratando de no llamar la atención de nadie al moverse cuidadosamente hasta el sitio donde estaba el escritorio. Osuka, la secretaria con la que la recepcionista había hablado, la saludó con un gesto de cabeza antes de dirigir su atención a un hombre mayor que le preguntaba algo.

―Buenas tardes, señorita, ¿cómo se encuentra? ―se reunió con ella en cuanto acabó de atenderlo. Parte del grupo de personas se movía en dirección al área de ascensores, por lo que Rin dio un paso más para alejarse. Con suerte, nadie repararía en ella―. No se preocupe, ya se van. El señor Taisho no tarda en salir. ¡Oh, ahí está Jaken! Sí, ya todo acabó entonces. ¿Gusta algo para tomar? ¿Agua, café, té verde?

―No, gracias, estoy bien. Disculpe que le pregunte, pero... ¿pasó algo malo? Parecen algo preocupados.

―Pasó algo muy serio, pero no creo que pueda revelar nada sin el permiso de mis jefes. No cuando es algo tan delicado. Puede preguntarle al señor Taisho, él sí podría decirle lo que está sucediendo.

―Entiendo. Espero que no sea algo demasiado malo, y que tenga solución.

―Eso mismo es lo que estaban haciendo ahí adentro, buscando una solución ―le dijo ella, dando una mirada a la abierta puerta de la espaciosa sala de juntas de la que no dejaba de salir gente―. Jaken, ¿tienes un minuto? ―la secretaria le hizo una señal al hombrecillo para que se acercara. Él, malhumorado por perder la atención de su interlocutor ante la interrupción, no pudo más que acercarse al escritorio. Frunció más el ceño al ver a la chica ahí, medio oculta por una planta decorativa, gesto que la muchacha intentó responder con una sonrisa de saludo.

―¿Qué haces tú aquí, niña? El señor Sesshomaru tiene cosas importantes que atender, no tiene tiempo para perderlo contigo ―le dijo ceñudo y malhumorado como siempre. Rin se habría ofendido, pero después de meses tratando a Sesshomaru y desenvolviéndose a medias en su ambiente había llegado a comprender que Jaken era así de amargado con todo el mundo, por lo que no se trataba de nada personal.

Osuka ignoró el grosero comentario, más que acostumbrada a escuchar cosas incluso peores.

―¿El señor Taisho hijo está muy ocupado ahora?

―Pues claro que sí, ¿qué esperabas? ¡Con el montón de asuntos que debe solucionar!

―Sí, sí, eso ya lo sé. Pero te estoy hablando de ahora. ¿Qué hace?

―Pues afina detalles con los entes legales, obviamente. Ahí va ―señaló con una mueca de superioridad. De la sala de juntas salía el último grupo de personas, todos hombres y mujeres con trajes impecables y expresiones muy sombrías. Entre ellos estaban Toga Taisho y su hijo Sesshomaru, resaltando como siempre gracias a su exótico cabello plateado.

La chica apretó las azas de su bolso, incómoda por haber ido en un momento tan delicado. Sabía que Sesshomaru estaba metido en asuntos que no llegaba a comprender, una situación desafortunada que había puesto a la compañía de cabeza y en alerta por su gravedad. No tuvo que haber ido a visitarlo en ese momento, debería haber esperado al menos al día siguiente para hacerle una llamada.

Pero había sonado tan preocupado y cansado que no pudo evitarlo. Justamente ese día que había salido temprano del consultorio creyó que sería buena idea ir a animarlo un poco.

Se apegó un poquito más a la pared, intentando que nadie más la notara. No quería interrumpir nada después de todo, no pensaba que la cosa estuviera tan fea como al parecer lo era, a juzgar por el semblante que todo el mundo exhibía.

Pero su idea de retirarse silenciosa como un ratón se fue al traste cuando precisamente en ese momento Sesshomaru se percató de ella. Apenas giró los ojos un momento, probablemente para llamar a Jaken, y por ese mínimo instante pudo jurar que su expresión se suavizó levemente. Intercambió algunas palabras más con las personas que acompañaba y se excusó con un rápido cabeceo, dejándolos a ellos y a su padre atrás mientras se dirigía al área de recepción.

Rin deseó con todas sus fuerzas que Jaken no la mirara tan fijamente con reprobación y que Osuka disimulara mejor su cara de cotilla que pretendía atender hacia otro lado.

―¿Qué estás haciendo aquí? ―y pese a que la pregunta podría sonar mal a oídos ajenos, a ella le hizo ver que más que un regaño era un cuestionamiento extrañado. Su cara se incendió un poco ante la presencia de tanta gente, ya que otros se habían dado cuenta de que había alguien que no pertenecía al ambiente, y Sesshomaru comprendió al instante―. Espérame en mi oficina, no tardaré.

Ella asintió y se inclinó hacia Osuka para agradecerle su ayuda antes de dirigirse al despacho, esquivando un grupo de personas que hablaban ininterrumpidamente entre ellos en voz baja en su camino al ascensor.

Como iba mirando al suelo para controlar su ansiedad ante la presencia de tantos hombres extraños, no notó que casi choca contra uno justo a la puerta de la oficina. El desconocido la tomó del hombro para ayudarla a estabilizarse, haciéndola estremecer.

Pero no fue el agarre lo que le paralizó el corazón.

Los ojos que la miraban eran rojos, astutos y calculadores, escondiéndose tras una fachada amable y cordial. Los dedos la apretaron con mayor fuerza de la necesaria antes de soltarla y hacerle una pequeña inclinación a modo de disculpa.

―Perdóneme, señorita. Me temo que no la vi venir.

Rin se le quedó viendo idiotizada, palideciendo en el acto. Algo en él se le hacía vagamente familiar, pero no podía ubicar qué era por más que se exprimiera el cerebro. Aunque tuviera cierto atractivo, no era alguien que resaltara excesivamente salvo por dos cosas: su altura, que superaba a la de Sesshomaru, y esos inquietantes ojos rojos, vacíos como un pozo sin fondo.

¿Lo conozco de algún lado?

―¿Se encuentra bien? Se ve algo pálida ―agregó él con una preocupación que inmediatamente supo identificar como falsa, pese a que su tono cortés fuera muy convincente.

No me gusta, resolvió rápidamente. Definitivamente no me gusta.

Se las arregló para negar con la cabeza antes de entrar en el despacho y desaparecer de su vista. No había notado su pequeña sonrisa ladeada ni cómo Sesshomaru iba hacia él, con el desagrado muy marcado en cada rincón de su rostro.

―¿Hay algún problema, Hitomi? ―cuestionó ácidamente al llegar a su lado―. El elevador está en la otra dirección.

―No ocurre nada, joven Taisho. Ya me iba ―negó el otro sin apenas reaccionar―. Tiene usted una amiga encantadora, si me permite la osadía. Aunque algo tímida.

―No he pedido tu opinión, Hitomi. Eres libre de marcharte, la reunión acabó.

―Lo sé, joven Taisho. No se preocupe, no queda nada más que discutir ―volvió a sonreír ladinamente mientras se acercaba al ascensor. Algunas personas lo miraban con cautela al percatarse de la extraña interacción, y los murmullos apagados que se habían cortado ante el rudo intercambio de palabras se retomaron cuando las puertas se abrían para que pasara el siguiente grupo―. Le agradezco su consideración de incluirme en este asunto. Prometo que daré todo de mi parte para que todo se resuelva lo más rápido posible ―dio una cabezada a modo de despedida cuando abordaba la unidad, despedida que correspondió el Taisho mayor por mera educación. Sesshomaru, en cambio, entrecerró los dorados ojos en los rojos de Hitomi hasta que las puertas volvieron a cerrarse.

Padre e hijo se quedaron conversando un momento más con los abogados, hasta que éstos también se marcharon unos minutos después al igual que los demás. La sala había quedado relativamente vacía, con el sonido de ambas secretarias hablando por teléfono y tecleando como único ruido de fondo. Jaken había entrado corriendo a la sala de reuniones para ordenar cada papel correspondiente antes de entregárselo a su superior, por lo que Toga se quedó momentáneamente a solas con su primogénito.

―Deberías controlarte mejor, Sesshomaru ―le recomendó―. Sé que Kagewaki Hitomi no te agrada, pero lo de ahora fue un poco excesivo.

―No pretenderé simpatizar con alguien que me da mala espina, padre.

―Pues deberías al menos intentarlo. Es un poderoso accionista y socio, no te conviene meterte con él.

Ante esa cruel verdad Sesshomaru no tuvo nada que decir, más allá de su gruñido de descontento. Toga se dirigió a intercambiar unas palabras con las secretarias, tiempo que él aprovechó para ir a su despacho. Le dolía horriblemente la cabeza y estaba de un humor de perros.

―Perdona que viniera de esta manera y en tan mal momento ―lo recibió ella. Se veía apenada y aún un tanto nerviosa por su encuentro con Hitomi―. Puedo marcharme, no quiero causarte molestias.

―¿Por qué has venido?

―Es que... como cancelaste el almuerzo de hoy y dijiste que estarías reunido hasta la tarde, pensé que te gustaría comer algo ―levantó su pesado bolso, sacando una caja de bento envuelta en un pañuelo color lila―. A no ser que ya hayas comido, porque si es así...

―No, no lo he hecho ―negó él, haciéndola sonreír de alivio.

―¿Cuántas horas estuviste en esa reunión?

―Desde las siete de la mañana ―contestó..

―¿Desde las siete...? ¿Unas diez horas? Vaya, qué... horror ―rectificó antes de que se le saliera 'qué dolor en el trasero'―. Debes estar hecho polvo. ¿Seguro que no quieres que me vaya? Puedes regresarme la caja otro día, no hay problema.

―Quédate ―negó él suavemente al tiempo que se sentaba en su silla de respaldo alto y dejaba salir un resoplido inaudible. Rin no demoró en tomar asiento en una de las sillas al otro lado del escritorio para desanudar el pañuelo que envolvía el bento y sacar el estuche con los palillos para después pasárselo por la pulida superficie del escritorio―. Gracias.

―Buen provecho ―asintió ella.

―Sesshomaru, ¿quieres...? ―Toga Taisho entró en el despacho sin siquiera tocar la puerta, interrumpiéndose a sí mismo cuando vio a su hijo llevarse la primera porción de arroz a la boca. A Rin le pareció que se veía tan sombrío como el resto, incluso un poco más, pues su ceño seguía fruncido y el agotamiento era demasiado evidente en su expresión normalmente jovial.

―¿Sí, padre? ―cuestionó él impaciente, mirándolo con cara de pocos amigos. La chica hizo una corta reverencia desde su asiento para saludarlo.

―Iba a preguntarte si querías tomar un descanso e ir a comer algo. Pero veo que ese asunto ya está resuelto ―hizo un leve gesto hacia la muchacha, haciéndola enrojecer―. También quería decirte que Jaken tiene todos los reportes y notas esperando a que las revises.

―Dile que lo veré más tarde ―se negó él rotundamente―. Que se tome una hora y regrese a presentarme ese informe. También deberías estar presente, padre.

―Por supuesto. Voy a atender algunos asuntos con los abogados, estaré de vuelta para entonces. Nos reuniremos con ellos mañana a primera hora, ¿te parece bien?

―Me parece bien.

―De acuerdo. Nos veremos en un rato, hijo. Buenas tardes, Takahashi ―le dedicó una seca cabezada y cerró la puerta antes de que ella pudiera responder.

Se veía tan cansado y angustiado que Rin se preocupó de verdad. Aquel era un sujeto serio y apacible, pero sus emociones eran más fáciles de ver que las de Sesshomaru, quien mantenía su rostro inalterable ante cualquier situación. Y si el padre estaba en ese estado, entonces el hijo debía igual.

Se fijó de nuevo en él para constatarlo. Sí, su cara lo decía todo. Era la primera vez que lo veía tan molesto y contrariado, parecía tener unas inmensas ganas de tomar sus espadas y empezar a cortar cabezas a diestra y siniestra, pero lo escondía muy bien mientras tomaba su tardío almuerzo y revisaba su laptop al mismo tiempo, frunciendo el entrecejo muy a menudo.

Decidió quedarse en silencio mientras él terminaba para no molestarlo, pretendiendo estar entretenida con su celular como si nada fuera de lo normal estuviera pasando. Cada vez creía más que haber ido a verlo había sido una mala idea y que su distracción era lo último que necesitaba.

Pero por otro lado... no podía dejarlo así. Quizás habría algo que pudiera hacer para tranquilizarlo al menos un poco.

―Sesshomaru, ¿te molestaría si pregunto por qué están todos tan preocupados? ―cuestionó tanteando el terreno cuando vio que había culminado su comida y dejaba los palillos sobre la caja vacía. El hombre puso la tapa en el bento y lo deslizó sobre la mesa para dárselo, agradeciéndole con una ligera cabezada―. ¿Es algo muy malo?

―Lo es, nos deja en una situación muy complicada ―contestó él seriamente―. ¿Conoces el operativo de limpieza que la policía de Tokio está llevando a cabo en este momento? ¿El relacionado con la clausura de sitios de venta de drogas, armas, prostitución y pedofilia? ―preguntó, depositando la mirada en su computadora como si aquella fuera una pregunta casual a la que contestar.

Rin controló muy bien el gesto de aprensión que dejó escapar por accidente. ¿Que si conocía el tan famoso operativo? Ella era la que había tumbado la primera pieza del dominó con la captura de Mukotsu, quien comenzó a parlotear como el cobarde oportunista que era.

El operativo en sí llevaba alrededor de dos meses de iniciado, y en él habían caído varios negocios ilegales, tanto físicos como en la web en toda la ciudad. Y no sólo ahí, también en muchas otras ciudades del país donde los Shichinintai tejían sus redes del bajo mundo.

Vaya aliado que había resultado ser Mukotsu. De los cinco "hermanos" que quedaban en libertad, sin contarlo a él ni a Ginkotsu que ya estaban tras las rejas, sólo quedaban tres más por capturar: Renkotsu, el experto en los asuntos financieros, Suikotsu, el médico, y Bankotsu, el alto líder de la banda. Y ninguno de ellos debía estar muy contento con la boca suelta de Mukotsu y su gusto por el trato preferencial.

Naraku sabía lo que hacía cuando lo había asignado a él a seguirla. Se había cargado a buena parte de la competencia solamente con ese único empujón.

La chica carraspeó un segundo.

―Claro, lo pasan todo el tiempo en las noticias ―asintió con naturalidad un tanto forzada.

―En total se han capturado a más de ciento cuarenta traficantes y a más de mil usuarios de sus servicios en todo el país. Entre esos mil, doce son accionistas, asociados y empleados de esta compañía.

―¡Doce! ―respingó ella impresionada, llevándose una mano a la boca―. Qué horror... cuánto lo siento.

―Son criminales y deben pagar por sus actos. Lo que, consecuentemente, nos involucra a nosotros y a la compañía en pleno.

―¿Porque creen que pueden usarla para tapar sus actos delictivos y blanqueamiento de dinero? ―intuyó lógicamente. Sesshomaru asintió.

―Entre otras cosas. Nos enfrentamos a investigaciones gubernamentales y privadas, todos somos sospechosos a los ojos de las autoridades.

―Rayos... ¿y nunca atraparon a nadie relacionado con esas cosas antes de que estallara la situación?

―Hace años por intentos de estafa, nunca nada concretado. Creímos tener un buen sistema de seguridad al respecto, y siempre sometemos a investigación y revisión todas nuestras operaciones.

―Entonces tal vez este lugar no esté involucrado con esos negocios ―especuló Rin intentando animarlo―. Tal vez sea una casualidad que esos... clientes hayan estado asociados con ustedes, pero no tienen la certeza de que los usaran para cumplir sus objetivos.

―Es lo que intentamos averiguar ―concedió él con un vago cabeceo. Se notaba la fuerte presión que el estrés le generaba, y Rin se sintió bastante mal por ser el factor detonante de sus problemas.

Por un lado era excelente que tantos criminales cayeran tras las rejas y se pudieran desmontar tantos negocios ilegales, pero por el otro... ¿cuántas vidas inocentes se habían visto involucradas indirectamente por esto? Vidas como las de Sesshomaru y su padre, por ejemplo, que ahora debían acarrear con crímenes que no habían cometido.

Pero era mejor así. Mejor que se descubriera de esa manera, cuando las sospechas estaban en el aire en lugar de ser cuando éstas tenían una base sólida e irrefutable.

―Pase lo que pase, estoy segura de que todo saldrá bien ―le aseguró firmemente y con una pequeña sonrisa. Sesshomaru se extrañó por su gesto de buena fe, cuando lo que esperaba era más preguntas y muestras de preocupación―. Eres muy inteligente y cuidadoso con todo lo que haces, no hay manera de que los hayan utilizado teniéndote a ti vigilando cada detalle, ¿verdad? Lo habrán intentado, pero dudo que lo hayan logrado.

El hombre se le quedó viendo un momento con el ceño fruncido, haciéndola enrojecer. ¿Acaso había dicho algo malo? ¿Habría sonado tan tonto cuando sólo quería animarlo? Sin embargo, y aunque su intento hubiera sido un tanto ingenuo e infantil, le mantuvo la mirada para demostrarle que no dudaba de lo que acababa de decir.

―Puede que tengas razón ―asintió finalmente, relajando un poco sus facciones.

―Todo estará bien ―repitió convencida―. ¿Qué es lo que tienen que hacer ahora para demostrar su inocencia?

―¿De verdad quieres saberlo? ―preguntó seriamente.

―Bueno... No puedo hacer mucho por ayudarte, por lo que si quieres hablar de ello sabes que te escucharé. Pero si no quieres no pasa nada, sé que este es un asunto muy delicado y entiendo que quieras mantenerlo confidencial ―se apresuró en añadir para hacerle ver que no le estaba exigiendo que compartiera esa información. Después de todo, ella ni siquiera trabajaba ahí, ni le incumbía nada de lo que pasara en las instalaciones, mucho menos a puertas cerradas.

Sesshomaru revisó de reojo su laptop, viendo la insufrible cantidad de correos que inundaban su bandeja de entrada. Le quedaba aproximadamente una hora antes de que su padre y Jaken hicieran acto de presencia.

Tenía tiempo.

―Confío en ti ―le dijo, sorprendiéndola. Rin no tardó en dedicarle una sonrisa de agradecimiento y se sentó derecha en su asiento, entregándole toda su atención.

Eran casi las siete de la tarde cuando acabó de explicarle muy resumidamente cada detalle de la maratónica reunión que había tenido, exponiéndole sus puntos de vista, opiniones e ideas. Rin colaboró aportando las suyas propias, unas bastante evidentes, pero igualmente inteligentes para tratarse de alguien que no sabía casi nada sobre esas cosas, y formuló varias preguntas, realmente interesada en el asunto.

Era la primera vez que hacía tal cosa, abrirse con alguien para simplemente quitarse algo de toda la presión que sentía sobre los hombros. Siempre había sido extremadamente reservado en todos sus asuntos y buscaba resolver sus problemas él solo. Tenía suficiente confianza en sí mismo como para saber que era capaz de hacerlo.

Pero a veces el estrés era demasiado grande y le provocaba fuertes dolores de cabeza que lo desconcentraban. Era la manera que su cuerpo tenía para decirle que redujera el ritmo y se tomara un descanso, sólo que él siempre lo ignoraba y continuaba trabajando sin parar.

Pero ahora... por alguna razón, sintió que hablar con ella era mejor. Liberador, incluso, en un extraño sentido. ¿Cómo era que Rin conseguía tal efecto en él? Lo tranquilizaba con su presencia, le hacía olvidar aunque fuera por un momento todas sus responsabilidades y le daba un muy necesitado respiro de aire fresco. Era todo un cambio a su rutina colmada de trabajo y más trabajo, un cambio que había comenzado a recibir gustosamente hacía meses, encontrando que despegarse de su vida laboral no era tan malo como había pensado.

Lo que empezó con un interés por conocer su turbulento pasado, ese del que accidentalmente la había rescatado en su primer encuentro, fue tornándose sigilosamente por un interés personal que no había experimentado antes con ninguna otra mujer. Antes, Rin le parecía una muchachita asustada hasta de su propia sombra, algo incluso digno de pena por todos los problemas que parecía acarrear. Sin embargo, no tardó en ver que aquella suposición estaba bastante errada. Bajo esa figura menuda, temerosa y nerviosa, estaba una persona valiente, inteligente y carismática.

Una en la que, aparentemente, le entregaba toda su confianza sin siquiera dudarlo. Su pasado podía esconder muchos secretos dolorosos y cicatrices difíciles de borrar, pero eso no la privaba de seguir adelante y superarse. En su fuero interno, después de cuestionarse varias veces el por qué de su súbito interés de seguir al lado de una mujer tan problemática, descubrió que le tenía una cierta admiración y un respeto notable. Y eso, viniendo de una persona como él, era decir bastante.

Rin había llegado demasiado lejos, le era imposible no compararla a cómo era en aquellos encuentros en el parque, en los que apenas se atrevía a mirarlo y siempre estaba dispuesta a escapar despavorida. Y cada vez que lograba decirle algo, tartamudeaba sin control, por supuesto. Ahora era más que eso, mucho más, pese a que le quedara un largo camino por recorrer.

Uno que él quería de contemplar de primera mano, asegurándose de que aquellos monstruos no volvieran a alcanzarla.

Un llamado en la puerta interrumpió la conversación que mantenían, y antes de que Sesshomaru diera el permiso, su padre se asomó para indicarle que ya iban a comenzar.

―Te esperaremos en la sala de juntas, hijo. Trata de no demorar mucho ―le dijo parcamente antes de cerrar la puerta. Toga Taisho, siempre tan cortés y amable, ni siquiera había visto a Rin ni le había hecho un gesto de reconocimiento. Y no le extrañaba, con todo lo que tenía encima...

―Entonces yo me voy ―anunció la chica al ponerse de pie― y no te entretengo más, tienes cosas importantes que atender ahora.

El hombre asintió sin decir palabra mientras que él también se levantaba de su asiento y la acompañaba a la salida. Pero cuando Rin se giraba para despedirse antes de abordar el elevador, se encontró con que él se le adelantaba y oprimía el botón.

―Espero que todo se solucione pronto. Si hay algo que pueda hacer... o si sólo quieres hablar, avísame ―le dijo amablemente, inclinándose en son de despedida cuando las puertas se abrían. Pero en lugar de estar frente a ella, Sesshomaru se dirigió al escritorio de las secretarias.

―Comunícale a mi padre que regresaré en veinte minutos.

―Por supuesto, señor Taisho ―concedió obediente Osuka, retirándose de su puesto mientras él se dirigía al ascensor y lo abordaba ante la extrañeza de Rin.

―No es necesario que me acompañes, de verdad. Tu padre dijo que no demoraras.

―No voy a acompañarte ―le negó―. Voy a llevarte.

―Sesshomaru ―suspiró. Las puertas se cerraron y la máquina comenzó a descender―. No quiero quitarte más tiempo, sabes que puedo caminar de regreso, igual no queda lejos.

―Irrelevante.

Rin roló los ojos por su terquedad y decidió dejar de insistir.

―¿Cuánto crees que tome solucionar este embrollo? ―preguntó entonces.

―Depende de la colaboración de nuestros asociados y accionistas. Además están las audiencias judiciales que debemos afrontar por nuestros trabajadores implicados y todos los asuntos legales que eso conlleva.

La muchacha comprimió una mueca de desagrado. Cómo odiaba los juicios.

―Supongo que tu tiempo libre escaseará a partir de ahora.

―Eso parece.

Bajó la mirada al suelo y dejó que el silencio los rodeara, con la única excepción de la tenue música instrumental que salía de los parlantes. Eso sí que apestaba.

Fueron directamente al primer nivel del estacionamiento subterráneo para abordar el Jaguar blanco. El hombre permanecía pensativo y callado, intentando organizar mentalmente todos los asuntos que le esperaban apenas regresara unos minutos después.

El motor rugió con todo su poder como siempre lo hacía, y antes de que alguno pudiera darse cuenta, ya estaban surcando las calles y cruzando para tomar la ruta de la avenida. El camino fue increíblemente corto y rápido, ya que sólo debía darle la vuelta a una manzana particularmente amplia, y como ya la hora de salida de la mayoría de los trabajadores había pasado, el tráfico estaba relativamente manejable.

Rin vio su edificio aproximándose a menos de diez minutos después de que dejaran el estacionamiento.

Con algo más de confianza en sí misma, y viendo lo meditabundo que estaba su acompañante, posó su mano sobre la suya que estaba en la palanca de cambios. Cuando se supo con su atención, le dedicó una sonrisa de ánimo.

―Ya verás que todo saldrá bien. Si llegas a necesitarme para lo que sea, dímelo. Haré todo lo que pueda para ayudarte, ¿está bien? ―apretó ligeramente su mano antes de soltarla―. Muchas gracias por el aventón. Y por haber confiado en mí. Mucha suerte con todo, ya nos veremos cuando sea posible.

Cuando Rin se le acercaba para dejar un rápido beso en su mejilla, como solía hacer recientemente, Sesshomaru la tomó por sorpresa girando su rostro en el último momento.

Sus ojos se abrieron desmesurados y toda la sangre de su cuerpo parecía haberse evaporado cuando sus labios se rozaron. El contacto duró sólo un par de segundos y fue tan leve que ni siquiera estuvo segura de que realmente la estuviera besando.

Se separó de ella al ver que no tenía respuesta, mirándola con el ceño levemente arrugado. Trataba de ver su reacción, pero estaba tan estupefacta que no podía ofrecerle ninguna más allá de su sorpresa.

Sesshomaru regresó su vista al volante, molesto consigo mismo por su impulsividad. Él, que pensaba quinientas veces antes de actuar, se había salido de sus propias reglas y había cruzado el límite, incluso si era con algo tan sencillo como eso.

―Mis disculpas ―dijo gravemente. Esperaba que Rin saliera apresurada tras murmurar una disculpa atropellada por el bochorno. Pero, al igual que le había pasado a ella un momento antes, su reacción lo tomó desprevenido.

Volvió a apretar la mano que seguía en la palanca de cambios, haciéndolo girar nuevamente el rostro en su dirección. Su cara, totalmente pálida un momento antes, ahora tenía las mejillas rojas y los ojos grandes y brillantes. Rin se acercó a su rostro, rozando su mejilla con los dedos de su mano libre, e imitó el gesto que él le había dado.

Taisho no tardó en corresponderle, encajándose mejor y oprimiendo cuidadosamente sus labios. Fue un beso propiamente dicho a diferencia del anterior, y cuando se separaron, ella tenía la cara un tanto más sonrojada que antes. Sin embargo, en lugar de tener una mirada apenada que indicara su necesidad de darse a la fuga, lo observaba sonriente y tímida entre sus pestañas.

Retrocedió con algo de torpeza y le dio una última mirada antes de salir del auto:

―Nos vemos.

Él asintió con la cabeza una sola vez y Rin cerró la puerta delicadamente, intentando no hacer ruido. Ingresó a su edificio sin mirar atrás. Cuando el Jaguar se perdió calle abajo para volver al edificio de la compañía, la muchacha se recargó en la pared soltando un prolongado suspiro. Su corazón latía desbocado y sus piernas se sentían de gelatina en lugar de carne y hueso.

Su mente, en cambio, estaba totalmente en blanco. Y así permaneció mientras llegaba a casa y se preparaba para darle una vuelta al perro antes de que comenzara a anochecer.

Si su sonrisa de boba enamorada no se notaba antes, ahora debía ser imposible de ignorar.

...

Toga Taisho emitió un mudo suspiro mientras se levantaba de la silla y estiraba la espalda. Pasaban de las doce de la noche y apenas estaban por retirarse del complejo empresarial. Su nivel de estrés era demasiado elevado como para poder compararlo con alguna otra situación que hubiera vivido en sus largos años al mando de esa empresa, el mismo estrés y preocupación que rodeaba a toda su gente.

Decisiones fueron tomadas, citas programadas y contactos muy influyentes puestos a la orden para proceder con las investigaciones. Era una situación muy peliaguda, pero no había nada que ocultar. Era uno de los puntos que se trató al final de aquella última reunión en un intento por motivar a los presentes.

Lo extraño era que Sesshomaru no pusiera objeciones al respecto. Él, que siempre lo miraba todo desde el punto de vista más realista y desechaba cualquier atisbo de optimismo, se encontró aceptando tranquilamente esas palabras con total naturalidad.

Algo muy inusual para tratarse de él, y no había sido el único que se había dado cuenta. Los demás también lo notaban.

Por primera vez desde que había iniciado aquel calvario, Toga se permitió un pequeño gesto de alivio.

Padre e hijo caminaban juntos mientras se dirigían a sus respectivos vehículos en el estacionamiento prácticamente vacío, mientras que el resto de los empleados que les habían acompañado se alejaban para abordar los suyos propios.

―Es curioso, ¿no te parece? ―le comentó de repente su padre cuando estaban por llegar―. Lo que una plática con alguien más puede ocasionar. Izayoi también me ayuda en ese sentido, siempre consigue que me relaje aun cuando no creo que sea posible.

Sesshomaru lo miró sin comprender a lo que se refería ni de dónde había salido aquello.

―¿De qué estás hablando, padre?

―Esa muchacha Takahashi hace lo mismo por ti, ¿no es así? Puedo verlo en tu cara ―el primogénito frunció el ceño causándole algo de gracia a su progenitor. Habían pasado tantas horas tratando temas tan serios que parecía casi inapropiado hacerle mención de algo diferente. Y más cuando ese algo tocaba una fibra sensible―. Me alegra que hayas encontrado a alguien así, Sesshomaru. Se nota que te tiene mucho aprecio.

―No sé a qué te refieres ―lo ignoró él, desbloqueando su vehículo. Su padre pasó a su lado e hizo lo mismo con su Mustang de los 70, un clásico modificado que adoraba conducir. Toga volvió a sonreír, deteniendo un momento a su hijo antes de que cada uno tomara caminos separados.

―A Izayoi y a mí nos gustaría conocerla. Podrías llevarla a cenar a casa cuando todo esto termine.

Sesshomaru entrecerró los ojos, fallando en encontrarle la gracia al asunto antes de subirse a su Jaguar y cerrar la puerta. Sin embargo, nunca dio una respuesta negativa, cosa que Toga veía como algo bueno.

Entró en su auto y cerró la puerta con una complacida sonrisa. Había sido un día largo y difícil, pero al menos podía llevar una buena noticia a casa esa noche.

Su sonrisa creció un poco, rompiendo la extrema seriedad que había endurecido su rostro la última semana. Podía imaginarse perfectamente a su emocionadísima esposa pidiendo cada detalle de lo que había presenciado de la relación de su hijo con Takahashi. Con ese pensamiento ocupando su mente para relajarla después de tantas horas de agotador trabajo, se marchó del estacionamiento para enfrentarse a las nocturnas calles de Tokio.

Vio el auto de Sesshomaru desaparecer un poco más adelante y sintió una extraña calma dentro de sí cuando sus luces rojas se perdieron en la siguiente calle. Si aquella chica había conseguido apaciguarlo en medio de tanta presión, entonces su hijo había hecho un valioso hallazgo.

Ya tenía una cosa menos de la que preocuparse.

...

Rin bostezó sonoramente y se restregó los ojos. El sol apenas comenzaba a salir y ya le molestaba como si brillara en todo su esplendor. Bueno, era culpa suya por desvelarse hablando con sus amigas hasta altas horas de la madrugada, como si las tres siguieran en el instituto e hicieran una pijamada para contarse los chismes más frescos.

Y bueno, el que Rin hubiera dado su primer beso era un chisme bastante fresco.

Rayos, pensar en eso le hacía sentir mariposas en el estómago, incluso pensaba que flotaba sobre las nubes.

Se cubrió la cara con las manos para ocultar su sonrojo mientras caminaba por la calle. Un agudo alarido se le salió de entre los labios, haciendo que Ben la mirara girando su cabeza sin comprender. La chica se sacudió y respiró profundo. Ya era suficiente de tonterías romanticonas, tenía veintitrés años, no debía actuar como una niña pequeña. Se fijó en el cielo mientras esperaba a que fuera su turno de cruzar la calle. Era como si toda la felicidad que le había sido negada durante años se aglomerara y la golpeara con fuerza en el pecho, dejándola desorientada. No sabía muy bien cómo manejarlo, no estaba acostumbrada a esa clase de sensaciones tan... buenas.

Se preguntó si sentirse de aquella manera tan esperanzada era algo normal, si otras personas sentían ese cúmulo de sensaciones con tanta intensidad o si era ella en particular la que se lo tomaba de esa forma.

Onigumo y Naraku la habían dañado en más formas de las que había imaginado en primer lugar. Pero ni ellos, ni la latiente amenaza que la yakuza suponía sobre su vida la harían regresar a aquel agujero oscuro y profundo del que había salido con tanto esfuerzo.

Nunca volveré a ese lugar... aún si me atrapa de nuevo, aún si sucede lo peor. No hay manera de que puedan quitarme esto nunca más.

―Te suelto sólo si no persigues ardillas, ¿está bien? ―le dijo al perro cuando alcanzaron el parque. Ben la ignoró olímpicamente, tironeándola mientras movía la cola, emocionado por llegar a su lugar favorito. Rin suspiró sabiendo que acabaría corriendo detrás de él para alejarlo de potenciales víctimas de su juguetón acoso, pero era la única alternativa que tenía para hacerlo liberar la energía que acumulaba―. Bueno, como quieras. Si igual nunca me haces caso, no sé por qué me molesto en pedirte nada. ¿Listo? Y... ¡corre!

El perro salió disparado como alma que lleva el diablo, disfrutando de todo el espacio a su disposición. La muchacha enrolló la correa en su mano y le siguió la pista mientras caminaba con tranquilidad por el sendero de adoquines, admirando el paisaje que le regalaba el parque en primavera.

Y que, casualmente, le regaló algo más.

―¿Sesshomaru? ―fue hasta él al verlo acercarse con su apacible andar de siempre―. ¿Qué estás haciendo aquí?

―Suelo venir por las mañanas a este lugar ―la saludó con una ligera inclinación.

―Pensé que estarías reunido a esta hora. Todos parecían demasiado tensos ayer... y tú también. No creí que tuvieras tiempo para estas cosas.

―Tengo unos minutos antes de que empiece la primera reunión ―fue todo lo que contestó, sin darle demasiada importancia. Estaba serio como siempre, pero definitivamente había algo diferente en él. Parecía más calmado y sereno en comparación al día anterior, y secretamente se preguntó si ella tendría algo que ver con su cambio de actitud.

Se alzó de puntillas en un arrebato de valor, posando una mano en su hombro para ayudar a equilibrarse, y rozó los labios con los suyos.

―Buenos días ―le murmuró mientras volvía a apoyarse sobre sus talones. Sabía que tenía la cara roja como un semáforo, pero realmente no le importaba. Estaba demasiado feliz como para avergonzarse.

―Buenos días ―correspondió él-

Rin se le quedó viendo por un instante, sin siquiera lograr esconder el mohín que adornaba su rostro. De nuevo se sentía en las nubes, hasta que un potente ladrido la hizo reaccionar.

Ben fue corriendo hasta ellos contentísimo de ver a Sesshomaru, pero cuando se preparaba para saltarle encima para intentar lamerle la cara, el hombre lo paró en seco con una mirada autoritaria. Rin alzó las cejas sorprendida por semejante extraña habilidad. El perro bajó la cabeza en gesto de sumisión y se acercó caminando más lentamente con las orejas echadas hacia atrás. Sólo así Sesshomaru consintió en darle un par de palmadas como recompensa.

―¿Cómo rayos haces eso? No lo entiendo, a mí nunca me hace caso de esa manera.

―Aparentemente puede reconocer la autoridad de un líder.

―¡Eh! Su líder debería ser yo, ¡es mi perro! ―musitó Rin cruzándose de brazos. Segundos después, ante la seria mirada que obtuvo de vuelta por parte de Sesshomaru, resopló sin mayor remedio y le dijo―. ¿Te gustaría caminar un rato? ¿O tienes que volver ahora?

―Tengo tiempo ―fue lo único que dijo antes de ponerse en marcha. La muchacha se apuró unos pasos para situarse a su lado, mientras el pastor alemán iba a su aire olfateando y trotando por todas partes.

―¿A qué hora pudieron salir de la oficina?

―Terminamos a la medianoche ―le respondió sin dejar de mirar hacia adelante. Rin ahogó un respingo.

―¿Tan tarde? ¿Cómo estás aquí tan temprano? ¡Deberías descansar un poco más, no te sobrecargues!

―Ante esta situación es difícil no hacerlo. Además, esta es la única hora libre que dispongo.

Rin se detuvo y lo miró parpadeando varias veces, captando lo que quiso decir. Sesshomaru le dedicó una mirada sobre su hombro al ver que ya no estaba a su lado. Ella sacudió ligeramente la cabeza y regresó con él sin hacer ningún comentario. Pero, a cambio, estiró la mano hacia la suya y la apretó delicadamente. Él se lo devolvió de manera sutil.

El resto del camino transcurrió en silencio a excepción de algunos comentarios sueltos que la chica hacía de vez en cuando, refiriéndose a trivialidades como el clima o alguna tontería que estuviera haciendo Ben por ahí cerca.

Era una lástima que el tiempo volara cuando todo parecía ser tan perfecto. No tardaron en alcanzar la salida que desembocaba en el lado donde estaba la compañía de los Taisho, por lo que debían despedirse en ese momento.

―Espero que tengas un buen día y que todo salga bien. Pero no te recargues, ¿está bien?

―No puedo prometer nada al respecto.

―Con que lo tengas en cuenta me basta ―se encogió de hombros sin dejar de sonreír. Sesshomaru entonces se inclinó sobre ella y la besó sin que Rin pudiera siquiera anticiparlo. Pero antes de que se separara, posó una mano en su cuello para mantenerlo así sólo unos segundos más. La fragancia masculina inundaba sus sentidos y sus latidos hacían lo propio en sus oídos. No quería que aquello se acabara nunca.

Rin soltó su mano justo cuando se separaron, pero no se alejó de él.

―Hasta luego. Y Sesshomaru... ―retuvo el aliento un segundo y dio un paso hacia atrás, haciéndole un gesto a Ben para que se acercara. No dejó de verlo a los ojos― te quiero.

Le dedicó una última sonrisa antes de darse media vuelta y acelerar un poco el ritmo para alcanzar a su mascota. El hombre la vio irse un tanto sorprendido, pero no tardó en imitarla y seguir su propio camino.

Esas últimas palabras lo acompañaron por el resto del día.

...

Era más de mediodía cuando Toga decidió que la reunión debía acabar. Llevaban demasiado tiempo discutiendo lo mismo, y por más que lo intentaran, sentía que no estaban ni cerca de terminar. Lo que necesitaban era un pequeño descanso, al menos un momento para refrescarse y regresar con fuerzas renovadas para continuar la contienda.

Observó a su hijo mayor salir del despacho, aún discutiendo con algunos abogados, pues para él seguramente un receso era innecesario a esas alturas. Sesshomaru había liderado una buena parte de la reunión, participando activamente en cada punto con una dedicación admirable, como si sintiera que era capaz de resolver cada problema por su cuenta.

Y conociendo su tenacidad y fuerte sentido de la responsabilidad ―más su insana obsesión por trabajar sin parar―, tenía la impresión de que, de contar con más tiempo, podría hacerlo sin problema.

Su primogénito siempre había sido un hombre muy dedicado y un jefe ejemplar; pues ni su pésimo carácter podía nublar su buen juicio y capacidad de respuesta ante las adversidades. Y era precisamente desde la noche anterior que había notado un cambio a favor en su voluntad. Como si diera aún más de sí, como si estuviera aún más involucrado en cada proceso de lo que ya estaba.

Y claro que no tenía que ser un genio para saber de dónde salía aquella nueva motivación. Un mohín animado se apoderó de sus labios cuando recordó el momento exacto en el que se lo había comentado a su esposa la noche anterior.

Toga llegó a casa aproximadamente a la una de la madrugada, agotado y con el único propósito de darse una ducha e ir a la cama. Mentalmente sentía que no daba más, la edad no estaba teniendo mucha consideración con su energía, y aquel día especialmente pesado se lo demostraba.

Como siempre, su atenta esposa lo había esperado despierta, leyendo uno de sus amados libros de misterio en la cama. Izayoi también estaba muy cansada, era evidente por sus ojos hinchados y párpados entrecerrados, pero por más que le insistiera con que se durmiera sin preocupaciones si él no llegaba temprano, a ella se le hacía imposible conciliar el sueño sin saber que su marido estaba de vuelta.

Lo recibió con un beso en la mejilla, aliviada de verlo por fin, bajándose de la cama y reuniéndose con él en el marco de la puerta de la habitación.

Demoraste mucho, cariño ―le dijo, ayudándolo a desanudarse la corbata azul marino―. Debes estar agotado. ¿Te preparo un baño?

No, sólo tomaré una ducha rápida, no te preocupes. Temo quedarme dormido en la bañera ―le dijo mientras se desabotonaba la camisa de vestir.

―¿Pudieron llegar a un acuerdo, entonces? Si tardaste tanto en salir debe ser por algo.

―Sí, al final acordamos varias cosas, pero estamos lejos de terminar ―le dijo, ya metido en el baño. Como eran un matrimonio de muchos años, ni siquiera se molestó en cerrar la puerta. Su esposa, entre tanto, sacó su ropa de dormir del armario y la dejó a su disposición sobre el lavamanos al lado de la ducha. El hombre le agradeció y le pidió que lo esperara en la cama, pues no demoraría.

Al cabo de unos minutos, Toga estaba más que listo para dormir y quitarse de la cabeza toda la información que había asimilado aquel tormentoso día.

Hacía tiempo que no te veía así, Toga ―se angustió ella en cuanto se acostó en la cama, desplomándose con un quejido―. ¿Estás bien?

No soy tan joven como antes, Izayoi, supongo que todo pesa más ahora.

―A ti la edad no te afecta, eres tan fuerte como un roble, sin importar cuántos problemas te aquejen ―negó ella rolando los ojos―. ¿Y Sesshomaru cómo pasó el día? Por lo que me contaste parecía que todos estaban muy ajetreados. Conociéndolo seguramente aún esté trabajando.

No, salimos de la compañía al mismo tiempo. Takahashi fue a verlo de nuevo, ¿sabes? Le llevó el almuerzo justo cuando salíamos de una reunión.

―¿En serio?

―Me parece que Sesshomaru le comentó lo que estaba pasando. Fue a llevarla cuando la siguiente reunión estaba por comenzar, y desde entonces tuvo un semblante diferente.

Los ojos de Izayoi brillaron inquisidores.

―¿Diferente cómo?

―Parecía más tranquilo, como si le hubiera quitado al menos un poco del estrés. Fue un cambio agradable para variar, y bastante notorio.

―Toga ―dijo su esposa seriamente. La habitación estaba en penumbras, pues habían apagado las lámparas de las mesas de noche, pero aún así cuando giró el rostro para verla, notó su concentrada expresión―. ¿Conseguiste lo que te pedí?

Cariño, te he dicho que es poco ético pedir las cintas de seguridad para espiar a nuestro hijo con su novia ―le respondió él. Cuando llamó a su esposa aquel sábado que vio por primera vez a Takahashi en la empresa para decirle que había pillado a Sesshomaru de salida a una cita, la mujer no paró de pedirle más detalles, explicaciones y hasta los videos de las cámaras de seguridad para ver por sí misma tan extraño acontecimiento.

No estamos discutiendo qué es ético o qué no, necesito saber ―continuó ella―. Es lo que parece ser la primera relación seria de Sesshomaru, ¿no tienes curiosidad?

Claro que la tengo, incluso le dije que debería traerla a cenar en cuanto todo esto se resuelva.

Pero conociéndolo jamás lo hará ―suspiró Izayoi―, por eso debemos informarnos por nuestros propios medios. ¿Qué más sabes sobre ella? ¿Algo nuevo?

No, ya te he contado todo ―le dijo, bostezando. Al día siguiente se levantaría con una jaqueca de mil demonios por haberse acostado tan tarde―. Es muy tímida, casi pareciera que las demás personas le dan miedo y siempre habla en voz baja. Hoy se asustó cuando Hitomi se chocó con ella, y Sesshomaru se molestó bastante. Tanto que prácticamente echó a Hitomi del edificio.

¿Cómo que lo echó? ¿Por qué?

Es muy protector con Takahashi, y no es la primera vez que lo veo hacer algo así. A mí me ha lanzado miradas muy feas cuando le hago algún comentario al respecto. Es como si creyera que alguien se la va a robar.

Izayoi suspiró soñadora, llevándose una mano al pecho. Los párpados de Toga estaban tan pesados que casi se lo perdió.

Dios mío, cuéntame más. ¿Qué pasó después de eso?

Cariño... debo salir temprano mañana... ―murmuró él, rendido.

¡Pero necesito saber! ¡Es mi futura nuera de la que estamos hablando! ―refutó con cómica urgencia. Cualquiera diría que no era la una de la mañana para ella.

Cariño... sueño... ―roncó suavemente el hombre mientras cerraba los ojos, dejando a su mujer mordiéndose los labios con una mezcla de indignación y gracia. Lo último que Toga sintió antes de caer rendido fue que Izayoi lo arropaba un poco más y besaba su mejilla murmurando que no lo dejaría pasar tan fácilmente.

Si su esposa se había entusiasmado con el noviazgo de Inuyasha en su momento ―cosa que había avergonzado al muchacho a niveles astronómicos―, era lógico que tuviera una reacción similar al saber que su elusivo, frío y distante hijastro, a quien ella consideraba como su propio hijo, al fin había caído en las redes del amor. El hombre roló los ojos ante el término, uno que ella misma había usado en cuanto se enteró de la existencia de Rin Takahashi.

Faltaban unos cinco minutos para que el receso acabara, por lo que Toga se alistó para continuar la larga y estresante jornada. Pero antes de entrar en la sala de juntas, un zumbido en su bolsillo llamó su atención. Extrajo el celular y vio que Izayoi le acababa de enviar un mensaje:

Sigo esperando las cintas de seguridad.

No pudo contener la traicionera risa baja y volvió a guardar el teléfono. Por más curiosidad que su esposa tuviera, debía respetar la privacidad de su hijo... al menos un poco. Después de todo, si Sesshomaru no quería llevar a Takahashi a cenar con ellos, siempre podía arreglar una presentación formal de otra manera.

Entró a la sala de juntas, enfocándose en sus deberes mientras la sesión daba inicio una vez más. Cuando se aligerara aquella pesada carga sobre sus hombros podría pensar más al respecto, pero por el momento, su esposa tendría que ser paciente... para variar.

...

―Un poco más y salen corazoncitos flotando de tus ojos, Rin ―comentó repentinamente Kagome. Su secretaria había estado todo el día con esa cara distante y distraída, con una sonrisa relajada que le daba la impresión de estar sumida en una maravillosa fantasía. Rin se sacudió un poco para volver en sí y la miró un tanto apenada―. A todas nos pasa tarde o temprano. Asumo que todo está marchando sobre ruedas, ¿no?

―Sí, eso parece ―suspiró soñadora la más joven―. Nunca creí que fuera posible sentirme... así.

―¿Así cómo?

―Tan feliz ―se encogió de hombros a falta de una palabra más adecuada. Kagome la observó, enternecida.

―Sí que lo es. Y veo que te ha hecho bastante bien ―la señaló con la cabeza mientras se levantaba. Ya estaban por cerrar el consultorio al finalizar la jornada de ese día.

Rin se sintió muy complacida ante el gesto de reconocimiento de su doctora. Durante los últimos meses había logrado aumentar algo de peso hasta uno más saludable, llenando sus músculos en las áreas correctas gracias a las dosis de ejercicio que hacía regularmente. Al fin parecía una mujer en lugar de una niña flacucha que luchaba por alcanzar la pubertad.

―Te ves más linda cada día, apuesto a que mi cuñado también lo ha notado ―le guiñó el ojo pícaramente, haciéndola sonrojarse un poco.

―Eso espero. Ahora mi problema será no engordar demasiado, necesito cuidarme para que no me pase.

―¿No me dijiste que ya no te da el hambre atroz de antes?

―No como antes. Ya no me molesta no tener algo que comer a cada hora, es... es como si mi cuerpo al fin hubiera comprendido que hay comida esperándome en casa y que ya no debe preocuparse por eso. Es un gran alivio. Además parece que la gastritis se redujo bastante, estoy dejando algunas de mis medicinas y vitaminas.

―Me alegra mucho ―asintió Kagome. Salieron juntas de la consulta y echaron llave a la puerta antes de dirigirse al elevador―. Es increíble lo mucho que cambia uno cuando se enamora, ¿verdad? Hubieras visto a Sango, la pobre lo pasó muy mal luchando contra sí misma.

―¿De verdad?

―Oh, sí. Me encanta recordárselo cada vez que puedo. Obviamente fui yo quien le presentó a Miroku, fue cuando estábamos terminando la preparatoria y nos preparábamos para los exámenes de admisión de distintas universidades ―relató con cierta añoranza. Cuántos dolores de cabeza y noches en vela había tenido en esa época―. Como ella quería ser policía, pero no sabía muy bien cómo era el proceso, arreglé una reunión para que hablara con Miroku, que en ese entonces llevaba un año en la comisaría. Bueno, ya se conocían de otras veces ―rectificó cuando abordaron el ascensor, recordando las reuniones familiares por el caso de Kikyo a las que Sango había asistido―. Sentía que se habían atraído desde antes, pero nunca habían tenido la oportunidad de hablar cara a cara. De verdad fue un flechazo... aunque no uno muy exitoso. Mi primo siempre fue un tanto cariñoso con las mujeres guapas, y aunque intentó ganarse su favor desde el primer día, Sango no le permitía avanzar. El pobre estuvo tres años enteros persiguiéndola hasta que finalmente accedió a salir con él.

―¿Tres años? Wow, pobre señor Miroku ―se espantó Rin. Qué paciencia...

―Sí... fue muy gracioso para Inuyasha y para mí, pero penoso para Sango y arduo para Miroku. Al final Sango terminó confesándome que no quería una relación con él porque se notaba a leguas que era un mujeriego y no quería ser un nombre más en la lista. Le costó algo de tiempo comprender que, si mi mujeriego primo no desistía a pesar de tantas negativas, era porque definitivamente no la veía con esas intenciones. Miroku estaba tan emocionado cuando al fin le dijo que sí... era como si hubiera llegado a la cima del Everest.

Rin acompañó la risa de su doctora, imaginándose perfectamente la escena. Sango siempre había sido muy correcta y profesional aunque tuviera su lado blando. No era difícil deducir la cantidad de esfuerzos que debió haber hecho su actual marido para convencerla de que le diera una oportunidad.

―Qué romántico...

―Pero no se lo digas a Sango. Es como Inuyasha, esas cosas le dan muchísima vergüenza ―le dijo en voz más baja. Las puertas del ascensor se abrieron en otro piso para dar paso a nuevos tripulantes. Rin asintió divertida, sin imaginar qué tan ciertas eran las palabras de la doctora.

Sango sí que era una romántica sin remedio, pensó Kagome. Después de todo, la relación de Rin con Sesshomaru le había hecho despertar su lado más rosa en contra de su voluntad; a ella y a otras mujeres que compartían su lugar de trabajo. Sango incluso le comentó con sorpresa que algunas de sus compañeras pedían que los agentes les cedieran el turno de vigilancia de Rin, con la soñadora esperanza de verla interactuar con el atractivo Taisho.

Un drama en la vida real que consumía el departamento, aparentemente. Si se lo decía a Rin, de seguro la mataría de la pena. Y si Sesshomaru se llegaba a enterar... sería él quien los mataría a todos. Pero bueno, si al menos esto les incentiva a mantener firme la vigilancia en torno a Rin, tampoco es que sea tan malo. Imaginó que, trabajando donde trabajaban, las buenas noticias eran toda una novedad, por lo que tampoco podía culpar a esas personas. Ni a Sango, por mucho que se empeñara en enojarse consigo misma por tales tonterías.

Salieron juntas de la clínica unos minutos después de que Kagome se detuviera a saludar a algunos colegas. Estando afuera, una inusual brisa fría las hizo estremecer.

―Qué raro, llevaba tiempo sin llover ―comentó la doctora al fijarse en las bajas nubes grises que se arremolinaban de repente.

―Debe ser una lluvia pasajera ―contestó Rin, evadiendo el repentino escalofrío que subía por su columna―. Pero se ve extraño, ¿verdad?

―¿Extraño? ¿En qué sentido?

―No lo sé... sólo extraño.

―Tal vez sea porque las nubes están muy bajas, un poco más y se convierten en neblina ―Kagome se encogió de hombros―. Deberías aprovechar para darle una vuelta al perro antes de que comience a llover, no vaya a ser que dure el resto de la tarde.

―Tienes razón, mejor me apuro ―coincidió―. Nos vemos mañana, Kagome, ¡buenas noches!

―Igualmente, Rin ―se despidió su doctora mientras se dirigía a la parada de autobús más cercana. Inuyasha se había llevado el auto ese día y lamentablemente no podía pasar a buscarla, por lo que Kagome no tuvo más opción que tomar el transporte público. En realidad no le molestaba, sólo le preocupaba el hecho de que su marido llegara demasiado tarde a casa.

Tendría que recibirlo con una excelente cena en caso de que llegara agotado, el pobre había heredado el gen Taisho de adicción al trabajo y no sabía controlarlo demasiado bien.

Rin, por su parte, le dio una última mirada al complejo empresarial en el que Sesshomaru debería estar antes de echar a andar con paso apresurado hacia el parque. Tal parecía que le quedaban algunos cuántos minutos, quizá si tenía suerte podría al menos sacar a Ben por la cuadra antes de que lloviera.

Iba a mitad de camino cuando su teléfono comenzó a vibrar en su bolsillo. Vio el contacto de Sango antes de llevarse el aparato a la oreja sin dejar de caminar.

―Hola, Sango, ¿qué tal?

¡Rin! ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo? ―cuestionó con urgencia. A Rin le extrañó su tono.

―Estoy en el parque de camino a casa, ¿por qué? ¿Pasó algo? ―esta vez se detuvo, apretando el celular con la mano.

Sí, pasó algo. ¿Estás muy lejos? Necesito que te apresures lo más que puedas en llegar al edificio y me esperes en el lobby. No te detengas por nada del mundo ni vayas a subir a tu departamento, ¿de acuerdo? Mi abuela te está esperando y nosotros vamos en camino.

―¿De qué estás hablando? ¿Qué ocurre? ―su corazón comenzó a latir desbocado. Sentía las piernas y el pecho de plomo mientras sus bocanadas se hacían más pesadas.

Las cámaras captaron algo, Rin... alguien estuvo por tu departamento y dejó un paquete. No sabemos qué es, pero...

―¿Que alguien... estuvo en el apartamento? ―todos sus músculos se comprimieron y las manos le comenzaron a temblar. Un súbito pensamiento la golpeó como si fuera un garrote―. ¡BEN!

Echó a correr como si su misma vida dependiera de ello, ignorando las miradas extrañadas de los transeúntes, ignorando lo doloroso que era correr en esas sandalias, pasando por alto el miedo aplastante que sentía ante la posibilidad de ser atrapada en cualquier segundo. Literalmente.

Sólo pensaba en su perro, rogando miles de veces porque estuviera bien.

―¡Señorita Noto! ―la interceptó una mujer a su salida del parque. A Rin casi le dio un vuelco el corazón cuando escuchó su verdadero apellido, pero no tardó en reconocer a la señora como una agente de policía vestida de civil cuando ésta le enseñó su placa e identificación. De seguro le correspondía hacerle vigilancia a esa hora―. Soy la agente Aikawa, estoy de turno hoy.

―Agente Aikawa ―Rin apenas pudo corresponder el saludo―. ¿Sabe usted algo de lo que sucede? ¿Está bien mi perro?

―No lo sé, Noto, Kuwashima acaba de llamarme para que te acompañe. Trata de tomártelo con calma, ya están trabajando en ello.

―Pero si entró alguien...

―Puede seguir por los alrededores, por lo que es preciso que te mantengas conmigo ―le dijo de forma autoritaria. La chica tragó en seco y asintió forzadamente.

―¿Ha visto a alguien sospechoso por aquí?

―No, a nadie, todo ha estado muy normal últimamente. Pero lo más prudente es no bajar la guardia. Deberíamos ir a la estación para mayor seguridad.

―¡No! ¡Yo no me voy a ningún lado sin mi perro! ―se negó con un grito enfurecido. La mujer se escandalizó por su repentino arrebato, pero mantuvo la calma.

―Aunque le hubiera pasado algo al animal, no creo que puedas intervenir. Es trabajo de la policía.

―No me importa, es mi perro y no me voy sin él. Además, Sango me dijo que fuera al edificio, ¡no voy a dejar a Ben solo!

La mujer, una persona más alta y un tanto musculosa, con el cabello corto y vestida con un estilo muy rockero como para ser tomada por una agente de la ley, le dio una mirada autoritaria, reteniéndola para que no hiciera un movimiento arriesgado.

―Tienes que mantener la calma, Noto, no sabemos quién pueda estar viéndote ahora. Iremos al edificio, pero conserva la compostura, ¿quedó claro?

Rin, con el corazón agitado y las manos temblando, se relamió los labios en lo que tardaba en hacer caso de la orden. Por más que le doliera admitirlo, tenía razón. Debía tratar de calmarse. Segundos después, en un esfuerzo titánico para regular su respiración agitada, asintió con la cabeza y ambas echaron a andar a paso apurado por la calle, una mortificada y la otra vigilando con mucho cuidado los alrededores.

Llegaron al edificio varios minutos después. A Rin la cabeza le daba vueltas y las piernas las sentía como de mantequilla. Aun así, ni siquiera vio al reducido grupo de personas que esperaban para recibirla. Kaede estaba con algunos preocupados vecinos, con muy poca idea de lo que estaba sucediendo, pero con instrucciones de retenerla para evitar que subiera. Eso sólo consiguió alterarla todavía más, haciéndola gritar el nombre de su perro con el corazón en la mano.

En ese mismo momento, cuando Aikawa la detenía para evitar que corriera hacia las escaleras, llegaron los demás efectivos policiales. En cuanto vio a Sango aparecer en escena junto a un puñado de compañeros armados, se zafó del agarre con una fuerza que no sabía que tenía y se le abalanzó encima.

―¡Ben! ¡Mi perro, dime que mi perro está bien! ¡Dios santo, dime que Ben está bien!

―Intenta tranquilizarte, primero tenemos que ver qué es lo que pasó allá arriba, no quiero que vengas con nosotros.

―¡Pero necesito saber, necesito ver a Ben! ¡Si le llegaron a hacer algo...!

―La cámara muestra que el perro está intentando derribar la puerta ―un policía avanzó con una tablet conectada a la red de seguridad. La imagen a color y sin audio mostraba el pasillo de su piso, enfocando una puerta que temblaba furiosamente. Vio la hora de la grabación y se dio cuenta que estaba en tiempo real.

Sintió que se iba a desmayar.

―Oh, Dios mío... está vivo... gracias al cielo... ―se derrumbó temblorosa, cayendo de rodillas con lágrimas surcándole las mejillas―. Quiero ir con él, por favor.

―No puedes ―negó Sango rotundamente. Un equipo de oficiales ya había abordado el elevador para ir a su piso, con Aikawa detrás de ellos poniéndoles al corriente de sus investigaciones del día mientras subían. La detective Kuwashima señaló un punto bajo en la tablet que Rin aún sostenía―. No sabemos qué es esto, no podemos exponerte si es algo peligroso. Por alguna razón Ben está tan enfurecido.

―¿Y mis vecinos? ¿Qué pasa con ellos?

―Dicen que Ben lleva ladrando y aullando desde hace diez minutos ―explicó la anciana Kaede. Al igual que todos los civiles presentes, se veía muy alterada, pero se controlaba mejor que los demás―. Fue entonces que Miroku me llamó para avisarme, y le dije a todos los habitantes del piso que se quedaran en sus departamentos hasta nuevo aviso.

―¿Quién... quién dejó esa caja en mi puerta? ―cuestionó entonces sin quitarle la mirada de encima a la imagen del aparato.

Sango se arrodilló al lado de ella en el suelo y manipuló la tablet por un momento, haciendo retroceder el vídeo mientras en una pantalla más pequeña de la esquina inferior izquierda seguían transmitiéndose imágenes en tiempo real. Los vecinos conglomerados en el lobby del edificio eran mantenidos a raya por otro policía, asegurándose de que no vieran imágenes del vídeo.

―Captamos esto hace exactamente doce minutos ―dijo Sango, tocando la pantalla para quitar la pausa. La imagen estaba totalmente en calma, de un lado se veía todo el pasillo desde el extremo opuesto por el que se llegaba del elevador, y del otro lado estaba lo que se percibía desde un poco más arriba del umbral de la puerta. Rin no tuvo que preguntar qué ocurría cuando vio que una figura claramente masculina, de estatura promedio y delgada, caminaba tranquilamente por el pasillo con el paquete bajo el brazo. Llevaba shorts hasta las rodillas, zapatos deportivos y un pesado suéter oscuro con capucha que le cubría la cabeza y la cara. Lo único que quedaba al descubierto era un trozo de su mentón y lo que parecía ser la parte baja de unas gafas de sol. Lo poco que distinguió de su rostro no se le hacía nada conocido.

El hombre llegó hasta su departamento y depositó cuidadosamente el paquete, un poco más grande que una caja ordinaria de zapatos, sobre el tapete de bienvenida. Justo entonces la puerta comenzó a temblar con las arremetidas del perro. No tenía que escuchar nada para saber que precisamente en ese momento fue cuando los ladridos habían comenzado. El sujeto posó una mano sobre la puerta, dejando ver que llevaba guantes de cuero que ocultaban sus huellas dactilares. Por el ángulo en el que estaba puesta la cámara, apenas se captó lo que hizo después.

Sonreír.

Se marchó inmediatamente por el mismo camino por el que había llegado.

―Lo extraño es que no entró por la entrada principal, pues en ningún momento la cámara del lobby lo captó. Eso nos deja dos opciones. O usó la escalera de incendios...

―O vive aquí ―susurró Rin con la voz hecha un hilillo. A su lado Kaede palideció de golpe.

En los escasos minutos que habían empleado en ver el vídeo e intercambiar un par de palabras, la radio de Sango sonó estridentemente.

Despejado, Kuwashima. No hay señales de nada sospechoso por el momento, aunque es demasiado pronto para asegurarlo en su totalidad ―Sango se llevó el walkie talkie y accionó un botón para hablar por él.

―¿Y el paquete?

Lo tenemos en nuestro poder.

Rin presionó la pequeña ventana lateral para agrandar la imagen, en donde se veía al grupo de policías inspeccionando el perímetro y tomando con cuidado el paquete que habían dejado sobre su felpudo momentos antes. La puerta seguía estremeciéndose, y del walkie talkie se escuchaban los ladridos amortiguados resonando por todo el pasillo.

―¡Déjame ir con Ben, por favor! ―le suplicó a Sango―. ¡Tengo que ver si está bien!

―Espera un momento. Puede ayudarnos ―la interrumpió con un gesto de la mano―. ¡Aikawa! Deja que el perro salga, puede seguir el rastro del intruso.

―Gran idea, Sango ―murmuró Kaede. Rin ni siquiera había pensado en eso, sólo quería encontrarse con su perro lo más pronto posible sin reparar en nada más.

La oficial Aikawa bajó su comunicador, según se vio en el vídeo, y abrió la puerta con una copia de la llave que Sango le había dado al llegar al edificio. La joven sintió que el corazón le daba un vuelco de alivio al ver a su querida mascota en una sola pieza, saltando para salir de su encierro y gruñéndole a cuanta persona estuviera a su alcance. Por un momento pensó que los atacaría, pero uno de los policías fue más rápido y le ofreció la caja para que la oliera. La actitud de Ben cambió instantáneamente, irguiendo las orejas en cuanto captó el aroma.

Sango se excusó al moverse a la escena para dirigir el rastreo, dejando a una pasmada Rin, a Kaede y al resto de los vecinos a cargo de un único oficial. La muchacha y la anciana estaban sentadas en el piso, encorvadas hacia la tablet para ver lo que pasaba.

Ben pegó frenéticamente el hocico al suelo, buscando el mismo olor de la caja, y cuando comenzaba a seguir el rastro por el pasillo, Sango hizo acto de presencia en el vídeo. Poco después los dos salieron del cuadro que la cámara del pasillo enfocaba, dejando sólo a unos agentes que entraban en el departamento para hacerle un rápido chequeo.

Rin casi se olvidó de respirar mientras apretaba el aparato hasta que sus nudillos se pusieron blancos. A su lado, Kaede depositaba una mano callosa en su hombro para infundirle algo de tranquilidad.

...

Pasaban de las siete de la tarde, y las repentinas nubes que se aglomeraban bajas en el cielo daban la impresión de que la noche hubiera comenzado hacía horas.

Sesshomaru se llevó los dedos al puente de la nariz para darse un pequeño masaje en un intento de disipar el dolor de cabeza que lo aquejaba desde el mediodía. Contuvo una maldición entre dientes para los desgraciados que habían involucrado a su compañía y a su familia en ese inmenso problema y se dispuso a ponerse al día con los correos electrónicos pendientes.

La bandeja de entrada marcaba más de 400 mails con la fecha de ese día, y sólo con ver ese número sintió que el dolor de cabeza aumentaba su intensidad. Quizá debería mandar a Jaken a que le consiguiera algo, no podía permitir que un ridículo malestar por agotamiento ralentizara su ritmo.

Comenzó abriendo los que tenían los emitentes más importantes o los títulos más urgentes. La mayoría cumplían estas características, pero al menos podía restarle prioridad a unos cuantos por el momento.

Mientras bajaba la vista leyendo por encima cada mensaje aún sin abrir, sus ojos se toparon con uno en específico. No tenía nombre de emitente conocido, sólo un Anónimo solitario que se le hizo muy extraño, y más aún por su título "De tu interés, Sesshomaru". Nadie osaba llamarlo por su nombre de pila más allá de un puñado de personas cercanas: su familia, su asistente y Rin.

Lo más curioso de todo era que no sólo eran unas palabras escritas, sino que tenía archivos adjuntos.

Por un instante consideró que sería correo basura, por lo que se aseguró de tener el antivirus activo y haciendo un chequeo en su bandeja de entrada antes de decidirse a abrirlo. La búsqueda de archivos maliciosos dio negativa, cosa que le pareció extraña. Tenía un sistema de filtración de información demasiado fuerte como para dejar pasar hasta el spam mejor disfrazado, y nadie que no tuviera previamente registrado entre sus contactos podía pasarle ningún archivo anexo.

Dio un click sobre el título para ver de qué rayos se trataba.

Justo cuando lo hizo, recibió nuevas notificaciones de correos entrantes, una tras otra en una avalancha que lo desconcertó. Todos tenían el mismo título y una gran cantidad de archivos adjuntos.

Movió los ojos para leer la primera línea del correo que ya tenía abierto, preguntándose si era alguna nueva clase de virus más sofisticado que podía burlar sus altos sistemas de seguridad, recriminándose del mismo modo por haberlo abierto en primer lugar.

¿Te gustaría tenerla así también?, decía el breve texto.

Bajó un poco más hasta ver una fotografía muy obscena de una mujer raquítica y desnuda, a gatas con un enorme hombre con su flácido y repugnante miembro muy cerca de su rostro. Estuvo a punto de cerrar el correo indignado y muy furioso cuando algo en esa foto se le hizo extraño.

La sangre se le heló en las venas.

Era Rin.

La mano que tenía sobre el mouse se quedó paralizada y su boca entreabierta, incluso había olvidado respirar. Sólo podía ver a una Rin más joven, desnutrida y con claras señales de abuso en todo su cuerpo, apenas consciente en aquel acto lascivo. Estaba claramente bajo los efectos de alguna sustancia, o era tal su dolor y agotamiento que ni siquiera podía abrir los ojos en su totalidad.

Más abajo leyó el siguiente mensaje:

Que no te engañe su cara. Lo disfrutó como la puta que es.

Comenzó a inhalar profundamente, sintiendo un sudor frío invadiendo su piel.

Debajo comenzaba una nueva fotografía que nunca alcanzó a ver, pues su dedo no se movió sobre la ruedecilla del ratón.

No pudo resistir más aquella visión y cerró de golpe la laptop, probablemente dañándola en el proceso. Y aun así, no podía dejar de ver el rostro y el cuerpo desnudo de Rin, amoreteado, con las mismas marcas de quemaduras que había visto aquella noche que compartieron un baile, repartidas en lo poco que se podía ver de su espalda, con el pelo larguísimo atado en dos coletas y la mirada perdida y agotada.

Y Sesshomaru... ―escuchó claramente con su dulce voz las palabras que le había dedicado al despedirse de él esa mañana.

Temo que esos monstruos le hagan daño a usted también, le había dicho anches. Si se llega a involucrar conmigo no creo que haya vuelta atrás.

Si supiera... si supiera la verdad, no lo diría.

Por favor, no hagas esto. No quiero que te lastimen... no a ti también.

¡Si te digo que es peligroso es porque lo es, sé muy bien de lo que estoy hablando!

¿Por qué no comprendes que sólo quiero protegerte?

La grotesca imagen seguía nítida en sus retinas, demostrándole la cruel realidad. Su pasado, sus fantasmas y pesadillas, todo por lo que había sufrido marcado en cada moretón, quemadura y cicatriz que inundaba su blanca piel. Piel dañada, en la que los huesos se notaban con claridad, incluso en su rostro.

Te quiero.

―Rin...

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Supongo que se esperaban que pasara algo tras leer el título del capítulo, pero quizás todo el azúcar del primer beso y los cotilleos de los padres les hicieron olvidar un poquito que parecía haber peligro en este capítulo.

Disculpen de nuevo si alguien se ofendió con la vuelta a la cruda realidad en referente a la fotografía (no fue fácil imaginarlo ni describirlo), porque sé que esta última escena tuvo que haberles sentado mal. Repito lo que dije en otro capítulo: saben que es un fic de Hoshi cuando se siente más desespero al terminar un capítulo que cuando se lo comenzó xD

Hay muchas cosas que me gustaría comentar sobre lo que sucedió en esta entrega, pero prefiero cortar por lo sano y comenzar a correr antes de que me linchen por haber cortado el rollo tan cruelmente. ¡No me odien mucho! Se besaron más de una vez, aparecieron los padres cotillas, Rin le dijo que lo quería y se mostró un poco de lo que piensa Sessho sobre ella, ¡eso debería servirme al menos como un pequeño escudo ante sus tomatazos!

Muchísimas gracias a todas por la avalancha de reviews por el capi anterior, ¡qué bueno que les haya gustado tanto! Sí, todos merecíamos un descanso y algo de cariño para ellos, pero lamentablemente... la función debe continuar *esquiva tomates, zapatos y sartenes* DreamFicGirl, Rinmy Uchiha, Floresamaabc, Maiamaz, Star fiire-Lupita Reyes, Sakura521, Carmenjp, Rosedrama (x3), Gina101528, Miss Eiko, Maril Delgadillo, Alambrita, Nena, Cath Meow, MinaaRose, Freaky32, Nanclyl1313, Saori-san02, Annprix, Irivel, Roxana, GinaLiz, SeeDesire, TraviesaK64, BABY SONY, Freakin'love-sesshourin, Natsuki Hiroto, Bucitosentubebida, Aoi Moss (madre santa, tremendo review bíblico! Te extrañé mucho, nena, me alegra que estés bien. Un fuerte abrazo!), MickeyNoMouse, Daniela Taisho, Ginny y Clau28.

Con su permiso, esta cobarde escritora pisa el acelerador y se marcha antes de que enciendan sus antorchas y se armen para cazarla ¡Hasta la próxima semana!