Los personajes no son míos…
CAMBIOS
Por Catumy
Capitulo 21
- Tranquila, Kagome, todo ha pasado. – susurró Sango pasando el brazo sobre los hombros de su amiga.
- Pero Kirara… - sollozó la joven, limpiándose las lágrimas con el haori de sacerdotisa que le había prestado Kaede.
- Kirara se está recuperando perfectamente. Deja de preocuparte.
Días atrás, la anciana sacerdotisa había logrado extraer el veneno de la pata trasera de la gata, la cual ronroneaba tranquilamente en el regazo de su ama. Miroku y Sango llegaron más tarde a la aldea, encontrándose con una mononoke en pleno proceso de recuperación, una Kagome destrozada anímicamente y un Inuyasha más huraño que de costumbre. Todo un recibimiento después de una larga ausencia.
- ¿Cómo sientes tus manos? – Preguntó la exterminadora – Parece que han cicatrizado completamente.
Kagome bajó la vista, avergonzada. Después del ataque de los cerdos y de que Kirara hubiera salido herida por defenderla, no le había quedado otro remedio que contarle todo lo sucedido a Sango y Miroku. Incluso el "incidente" con Kikyo y las flechas impregnadas con el aroma de Sekkusu-maru. Ese infernal hechizo que atraía día tras día a demonios lujuriosos y pervertidos de toda clase. Hasta a Miroku le estaba costando mantener las manos lejos de ella. Suerte del Hiraikotsu que Sango manejaba con tanta destreza.
Esos difíciles días habían sido eternos para ella. Fue un verdadero suplicio el sentir esa cantidad de miradas lascivas sobre su persona. La obligaron a mantenerse encerrada en la cabaña de Kaede para prevenir accidentes, solo hasta que se les ocurriera una forma de revertir el hechizo de Kikyo. Pero habían pasado casi cinco días y la diminuta cabaña se estaba convirtiendo en poco más que una cárcel. Necesitaba respirar aire puro, ver la luz del sol… Quiso volver a su casa pero se lo prohibieron, alegando que era demasiado peligroso que saliera de la cabaña.
La estera de la puerta al moverse dejó pasar un delgado rayo de luz que iluminó la estancia por unos segundos al entrar Miroku. El joven monje inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo. Luego, clavó sus ojos azules en los de su esposa.
- ¿Me permites que me acerque?
- Ya sabes lo que ocurrirá si vuelves a propasarte – advirtió ella con tono helado.
- Sango… no deberías hacer esos esfuerzos… acuérdate del bebé.
- ¡No me hables del bebé!
En pocas semanas, el embarazo de Sango se había hecho mucho más evidente, y la exterminadora no lo llevaba con demasiada elegancia. Sufría cambios de humor continuamente y con frecuencia descargaba su malhumor en su libidinoso marido, quien no podía evitar sentirse afectado por el hechizo que pesaba sobre Kagome.
- Miroku… - interrumpió la joven sacerdotisa - ¿Dónde está Shippo? Creí que estaba contigo…
- Inuyasha le ha prohibido que se acerque… - explicó el monje mientras rebuscaba dentro de las mangas de su hábito – Lo que me recuerda…
En un rápido gesto que tomó a Kagome por sorpresa, el monje colocó un amuleto de papel sobre la frente de la joven, quien solo acertó a parpadear con sorpresa.
- ¿Qué es esto?
- Debería mantener a raya a los espíritus malignos que se acerquen a ti. – explicó Miroku.
- ¿Crees que funcionará? – preguntó, esperanzada.
- La verdad es que no – sentenció el monje – pero vale la pena intentarlo ¿no creéis?
El silencio inundó la habitación, dejando a los tres jóvenes sumidos cada uno en sus propias cavilaciones.
Kagome volvió a mirarse las manos. Desde la noche del ataque de los cerdos, no había vuelto a ver a Inuyasha. El hanyou la había salvado y traído de vuelta a la aldea junto con Kirara, pero después se había marchado silenciosamente, sin volver la vista atrás. ¿Qué se suponía que significaba eso? Después de esa noche se sentía sucia, usada… pero nada de eso era culpa suya. Entonces ¿porque era ella la que debía mantenerse encerrada, como si hubiera hecho algo malo?
Dio un respingo al sentir una mano sobándose el trasero. Lo siguiente que vio fue el Hiraikotsu dirigiéndose a toda velocidad a la cabeza de Miroku.
-.-.-.-.-
- Inuyasha, me temo que no ha funcionado.
El hanyou estudió el desastroso aspecto del monje tras su fallido intento por deshacer el hechizo de Kikyo. Tenía el hábito rasgado, arañazos en la cara y la marca de una bofetada en la mejilla izquierda. Había dos cosas claras: la primera, que el amuleto de papel no servía para nada y segundo, que Sango mantenía el genio vivo y la mano larga a pesar de esa enorme tripa que amenazaba con estallar de un momento a otro. O eso le parecía a él.
- ¿Has pensado en lo que hablamos? – preguntó Miroku mientras se ajustaba las ropas.
- No hay nada en que pensar.
- Inuyasha… - el monje lanzó un suspiro de resignación al ver la dura mirada que recibió por parte de su amigo – Así solo alargas lo inevitable. Estará en peligro, a manos de cualquiera.
- ¡Estará en peligro de cualquier manera!
Inuyasha apretó los puños y cerró los ojos con fuerza. Sabía que había interrogación en los ojos del monje pero eso no era asunto suyo. Estaba cansado, hastiado, de que Miroku insistiera en saber el motivo por el que se negaba a terminar con el hechizo de una vez por todas. Era impensable hacerlo, aunque estaba en su mano.
Pero no, eso jamás iba a pasar. Porque solo él sabía a que exponía a Kagome si decidía intervenir… ¿Cómo iba a poder mirarla a la cara? Podía herirla de gravedad. Incluso podía… prefería no pensar en ello, porque no pensaba hacerlo
- Inuyasha… Es la única solución que se nos ha ocurrido.
Abrió los ojos de golpe y deseó fulminar a Miroku con la mirada. Apretó con fuerza la vaina de la Tessaiga sabiendo como iba a terminar esa conversación.
- No voy a hacerlo Miroku, así que déjalo correr.
- Pero Inuyasha…
- ¡He dicho que no voy a hacerlo! – gritó el hanyou, exasperado.
Miroku se mordió la lengua para no responder ante el mal humor de su amigo. Llevaba días dándole vueltas a la continua negativa de Inuyasha a participar en la recuperación de Kagome. No quería ni oír hablar del tema.
Pero las cosas no es que se estuvieran arreglando con el paso de los días, ni mucho menos. Al contrario, la joven sacerdotisa estaba cada día más triste y abatida, y el efecto del hechizo se hacía más y más poderoso. Ni siquiera él era capaz de dejar de tocarla. Aunque nadie podría calificarle como un hombre demasiado respetuoso en ese sentido.
Volvió a mirar al hanyou, esta vez con disimulo. Inuyasha estaba extrañamente molesto, se podía apreciar la tensión de sus músculos, la forma en que movía sus orejas de un lado a otro, buscando. Era como si tuviera una lucha interior… No acertaba a adivinar el motivo, pero estaba más que claro que el problema tenía que ver con Kagome ¿Con quién si no? Al fin y al cabo, desde que ocurrió el incidente con la piara de cerdos youkais, Inuyasha no había querido volver al poblado de Kaede.
- Sabes Inuyasha – habló de pronto, pensando en cambiar radicalmente de táctica – Creo que no es buena idea que te ocupes tú del asunto. No eres precisamente delicado con las mujeres.
Vio como se movían las orejas del hanyou al tiempo que escuchaba un ligero gruñido, casi imperceptible. Al menos, eso era mejor que los gritos y las miradas venenosas. Decidió continuar por esa línea de ataque.
- Quizás deberíamos buscar a otro candidato dispuesto a hacerlo… Lo haría yo pero Sango me cortaría en rebanadas antes de acercarme un par de metros… Shippo es demasiado pequeño y no creo que nadie de la aldea sea de confianza para un tema tan delicado…
El gruñido procedente de la garganta del hanyou se iba haciendo cada vez más grave. Parecía estar a punto de saltar sobre él, a pesar de que no se había movido ni un ápice de su posición inicial. Era en ese momento, o nunca. Decidió echar toda la carne al asador.
- ¿Qué te parece Kouga?
- ¡Por encima de mi cadáver! – estalló el hanyou, poniéndose en pie de un salto.
- ¿Por qué te pones así? Kouga bebe los vientos por Kagome, eso está claro… y ella parece sentir cierta simpatía por él.
- ¡Jamás dejaré que la toque! – rugió el hanyou, con furia.
- Aunque quien sabe si sabrá contenerse… Lleva mucho tiempo pensando en ella de esa forma. Puede que sea algo brusco.
No pudo continuar al encontrarse fuertemente empujado contra un árbol para después ser sujeto por las fuertes garras de su furioso amigo.
- Nunca ¿me oyes? Nunca la tocará mientras yo viva. – El hanyou mostró los dientes, amenazadoramente.
- No hay quien te entienda, Inuyasha – Miroku sonrió a pesar de la fuerza del agarre. - ¿Acaso quieres que continúe bajo el hechizo de Kikyo por mucho tiempo?
- ¡Claro que no!
- ¿Y por que no haces nada al respecto?
- Ni siquiera sabemos si sería efectivo… - soltó a Miroku, sintiéndose repentinamente débil.
- Es la única cosa que no hemos probado… y todos estamos de acuerdo, excepto tú.
- ¿Y Kagome? – preguntó Inuyasha, volviendo a sentirse furioso - ¿Cómo voy a hacerlo sin su consentimiento?
- Ella no sabe nada, aún. Pero estoy seguro de que accederá. Siempre ha estado enamorada...
- ¡Cállate Miroku! No quiero oírlo.
No, no quería oírlo. Porque una frase tan simpe como esa era suficiente para hacerle perder el control. Porque pensar en ella era una tortura, y si pensaba en ella con otro… Era capaz de romper algún cráneo, y el de Miroku era el más cercano. Empezó a caminar, dejando atrás al monje y sus ideas pervertidas.
- Díselo, Inuyasha. Díselo y deja que ella decida.
Inuyasha aceleró el paso ¿Qué podían hacer para liberar a Kagome de la esencia de Sekkusu-maru? Habían probado con baños purificadores, rezos y pociones, amuletos, friegas, cataplasmas… Y nada surtía efecto. Kagome seguía rodeada de ese aire turbio que atraía a los machos de las diferentes especies que rondaban por los alrededores. Fue fácil mantener a los hombres a raya, pero los youkai eran cada vez más atrevidos, acercándose peligrosamente a la aldea hasta que él los descubría y los hacia pedazos. Al menos podía desahogar su frustración de alguna forma productiva.
Sango, Miroku y Kaede habían hablado con él en repetidas ocasiones, tratando de convencerle para que tomara cartas en el asunto. Una y otra vez había tenido que escuchar los mismos argumentos, que era el mejor candidato para Kagome, que era la única solución posible… Qué sabían ellos.
Estando a su lado, Kagome corría muchísimo más peligro que con una piara entera de cerdos. Aunque, pensándolo bien, ya le había mantenido a raya una vez, cuando perdió el control en el dormitorio de ella. Quizás pudiera volver a hacerlo si… ¡No, era demasiado riesgo! No estaba dispuesto a ponerla en peligro de esa forma. Tenían que pensar en otra solución. Y rápido, porque el aroma de la sacerdotisa era cada vez más tentador…
Echó a andar, sin destino fijo. Tenía mucho en que pensar. Fue entonces cuando vio un resplandor azulado a lo lejos. La luz de una flecha purificadora.
-.-.-.-.-
Kagome miró fijamente como el viento barría las cenizas del youkai que acababa de abatir con una de sus flechas. El muy pervertido había intentado arrastrarla entre los árboles para hacer Dios sabe qué. Pero no había contado con la poca paciencia con la que contaba ella después de días de encierro. No le había dado la opción de que escapara.
Suspiró y se acercó para retirar su flecha del árbol donde que había quedado incrustada tras cumplir su cometido. Se había hecho rápida con el arco y hábil en el uso de sus poderes espirituales. Kaede le había dicho que nada tenía que envidiarle a la destreza de Kikyo, cuando estaba viva, por supuesto. Pero eso no era suficiente para ella. Tenía que ser más fuerte, más poderosa, si quería deshacerse de una vez por todas de Naraku y sus extensiones.
A su espalda, unos pasos presurosos la advirtieron de que no estaba sola. No se preocupó, ya que era capaz de saber quien se acercaba al captar su energía vital. Se preparó para una verdadera pelea. Se iba a enterar el maldito de lo que era bueno ¿Cómo se atrevía a dejarla plantada durante cinco largos días sin dar una mínima señal de vida? Definitivamente, estaba de muy mal humor. Y él iba a enterarse.
- ¡Osuwari! – gritó a pleno pulmón en cuanto lo vio aparecer entre los arbustos.
De forma casi inmediata, el hanyou golpeó contra el suelo, dejando escapar un quejido entre los dientes. La sacerdotisa lo escuchó murmurar con el rostro hundido en el barro, pero no se detuvo a escuchar. Tampoco tenía demasiadas cosas que decirle.
Le dio la espada y siguió caminando. El pozo devorador de Huesos había sido su objetivo cuando salió a hurtadillas de la cabaña de Kaede. Si iba a estar encerrada, mejor si lo había en la comodidad de su casa, donde contaba con una bañera, una tele y cientos de inventos modernos que harían el suplicio más llevadero.
- Kagome… - susurró el hanyou cuando fue capaz de despegar la cara del suelo - ¿A dónde crees que vas?
- A casa – respondió ella sin volverse, a pesar que el oír su propio nombre en los labios masculinos le había acelerado el pulso.
- ¿Y si te atacan? No habrá nadie para protegerte – Inuyasha se incorporó bruscamente al desaparecer el efecto del rosario sobre él - ¿Y por que me has sentado?
- Te he sentado por haber desaparecido de esa forma… - se volvió de golpe, mirándolo a los ojos - ¡Y si me atacan, sé defenderme perfectamente!
Inuyasha sintió una especie de palpitar en su interior y los bordes de su visión comenzaron a ponerse borrosos. Una vez más, estaba a pocos segundos de perder el control sobre sus instintos. Kagome estaba tan bonita cuando se enfadaba… Y olía tan bien…
- Ka… go… me… No hagas… eso… - luchaba contra su propia naturaleza, negándose a reclamar a la hembra que tenía delante.
- Oh, Inuyasha… - ella comprendió inmediatamente lo que estaba sucediendo. Era lo mismo que la noche del dormitorio, cuando Inuyasha se había transformado en youkai a pesar de la Tessaiga - ¿Debo hacerlo?
- Rá… pi… do… - un fuerte temblor se hizo presa de sus manos, que se apretaban en puños. Ella no dudó más.
- ¡Osuwari!
El rosario volvió a cumplir su cometido, e Inuyasha golpeó con fuerza contra el suelo. Para más seguridad, la sacerdotisa repitió el conjuro media docena de veces. Más valía pasarse que quedarse corta. Seguro que él pensaba lo mismo.
Cuando el hanyou empezó a moverse nuevamente, Kagome retrocedió disimuladamente, poniendo más distancia entre ella e Inuyasha, por si él había logrado transformarse después de todo. Respiró aliviada al ver que los ojos que tenía delante continuaban siendo de ese extraño color dorado.
- Será mejor que me vaya a casa…
- Sí – admitió él, manteniendo la mirada baja.
- ¿Estás bien? – preguntó ella, sin acercarse demasiado.
- Si… - repitió, apartando la cara a un lado. No quería que Kagome viera su expresión avergonzada – Siento lo que ha pasado…
- No te preocupes.
Se instaló un silencio incómodo entre ellos.
- Me voy. – dijo ella, simplemente por no permanecer más tiempo en silencio.
- Bien.
- ¿Quieres venir?
- No es buena idea – se puso rígido al hablar.
- Podrían atacarme.
- ¿Acaso no sabes defenderte sola?
- ¡Claro que sé!
- Entonces vete.
Kagome cambió el peso de un pie al otro. Le apetecía estar un rato más con el hanyou pero comprendía que a él se le hiciera raro después de lo que acababa de pasar unos minutos antes. Decidió hacer un último intento.
- ¿Y si prometo no provocarte?
- ¡Keh! Como si pudieras hacerlo… - rió él, de forma burlona.
- Ya sabes a lo que me refiero – la joven decidió no entrar a discutir esos detalles con el hanyou, quien se quedó en silencio unos instantes.
- El problema no es lo que haces intencionadamente.
- ¿También te influye el olor de Sekkusu-maru, verdad? – preguntó ella con tristeza.
- Sí. Pero muchas otras cosas también.
-.-.-.-.-
- De modo que las cosas están así…
Myoga, la pulga youkai se acomodó en su posición, la cabeza de Shippo, después de oír de labios de Miroku todo lo que había sucedido durante su ausencia. Era un asunto peliagudo. Una Kagome desprendiendo ese tipo de efluvios cerca de un hiperexcitado Inuyasha, que se hallaba en pleno despertar sexual… Era, más que peliagudo, peligroso. Si su amo no era capaz de contenerse, la muchacha saldría herida, si no algo más grave.
- ¡Tengo que hablar con mi amo!
- Todavía no nos has dicho como podemos solucionarlo – comentó Shippo, justo antes de que la pulga se marchara.
- La solución que proponéis me parece acertada solo que… no debería ser mi amo el que lo hiciera. Sería jugar con fuego.
- ¿Peligroso? – Miroku se cruzó de brazos – Inuyasha dijo lo mismo ¿A qué se refería? – sonrió para sus adentros. Por fin se iba a enterar del secreto del hanyou.
- ¡Miroku, Shippo!
Una voz femenina los distrajo de su conversación. Sango se acercaba lo más rápido que le permitía su crecido vientre, agitando los brazos para llamar la atención de los hombres. El monje se adelantó a grandes zancadas para recibir a su agitada esposa.
- ¿Qué ha ocurrido?
- Kagome no está en la cabaña ¡Ha desaparecido!
Myoga saltó a toda velocidad y se perdió entre las altas hierbas que rodeaban la aldea. Tenía que encontrar a su amo. Y pronto.
-.-.-.-.-
Inuyasha y Kagome habían llegado al pozo devorador de Huesos. El trayecto había sido silencioso, pero ninguno de los dos se había percatado al estar profundamente sumidos en sus propios pensamientos.
La muchacha apoyó las palmas de las manos sobre la vieja madera del pozo. Había llegado el momento de despedirse, y no sabía cuánto tiempo tendría que mantenerse alejada del Sengoku. Sintió una especie de nudo formándose en su garganta, a solo un paso de romper a llorar.
- Volveré cuando todo esto termine. – susurró, sabiendo que el hanyou podía escucharla desde donde se encontraba, varios pasos por detrás de ella.
Inuyasha asintió con la cabeza, lentamente, sin apartar la mirada de los oscuros ojos de la muchacha. Sabía que ella se moría por un abrazo, por una palabra de consuelo, por la promesa de que iría a buscarla pronto… Pero no podía hacer nada, no podía acercarse como si nada, no podía hablar con ella, no podía mirarla más de dos segundos seguidos ¿Y si terminaba lastimándola? Ella había reaccionado rápido cuando estuvo a punto de transformarse en youkai pero no siempre iban a tener tanta suerte.
- Kagome yo…
La muchacha se volvió hacia él rápidamente, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Necesitaba escuchar la voz del chico, aunque solamente fuera una vez más antes de marcharse.
- Podría… podría haber una solución – murmuró el hanyou, antes de pensarlo.
- ¿Cuál? – la chica se precipitó unos pasos hacia delante.
Inuyasha retrocedió a su vez, manteniendo la distancia entre ellos. ¿Por qué había tenido que abrir esa enorme bocaza? Levantó la mirada y la visión de las suaves mejillas de Kagome, ligeramente sonrosadas debido a la emoción, le hicieron desear que se abriera la tierra y se lo tragara.
- No sabemos si serviría de algo. - ¿Cómo iba a poder decírselo? – No creo que te guste la idea…
La sacerdotisa volvió sobre sus pasos hasta sentarse en el borde del pozo, preparada para escuchar cualquier cosa. Pero no le importaba. Fuera lo que fuera, estaba dispuesta a todo con tal de quitarse ese horrible olor de encima ¡Podría volver a salir al aire libre sin miedo!
- La… maldición, no sé como decir esto… la forma más fácil…
- ¡Suéltalo, Inuyasha! – pidió ella, impaciente.
- La forma más fácil de deshacerse del aroma de Sekkusu-maru podría ser cubriéndolo con otro. – lo dijo rápido, casi sin hacer pausas entre las palabras.
- No sé si lo entiendo ¿cubrir este aroma con otro diferente? – él asintió con la cabeza - ¿Cómo?
Inuyasha carraspeó. ¿Cómo explicarlo sin parecer un pervertido? Claro que la idea había partido de Miroku… Siempre podía echarle las culpas al monje si Kagome se enfadaba. El problema seguía siendo ¿Cómo iba a decírselo? Volvió a mirarla. Parecía ansiosa por saber más. Se maldijo por lo bajo por haber metido la pata con su comentario.
- Las ropas que te presté cuando descubrimos que estabas bajo la influencia de Sekkusu-maru cubrían parcialmente ese aroma.
- Lo recuerdo. – dijo ella, mirando disimuladamente las ropas de sacerdotisa – pero Miroku me dijo que con la ropa ya no bastaba porque el olor de Sekkusu-maru era más fuerte cada día.
- Exacto.
- ¿Entonces?
- Podríamos cubrirlo si encontramos un aroma lo suficientemente poderoso.
Kagome lo meditó unos segundos. Tenía sentido y valía la pena intentarlo. Ella, desde lego, quería hacerlo, y cuanto antes, mejor. El problema era que Inuyasha le había dicho que era algo que le iba a gustar…
- Y ¿en qué habíais pensado?
- Es algo… difícil de explicar. Si el hechizo de Sekkusu-maru consiste en el aroma de la… cópula… La forma más fácil de cubrirlo sería… Co… co… - Se sintió idiota cuando empezó a tartamudear. ¿Tan difícil era decir la maldita palabra? - ¡Copulando!
- ¿Qué? – Kagome se levantó de un salto - ¿Quieres que me acueste con el primero que pase?
- No quería decir eso… - susurró él, ruborizado.
- ¡Copular! Como si fuera un maldito animal de cría… ¿Cómo habéis podido pensar en algo así?
- ¡Te dije que no te gustaría!
Se miraron durante unos instantes. Inuyasha no había podido evitar responder de esa forma al ver como ella perdía los nervios. En esos momentos Kagome había vuelto a sentarse, derrumbada, en el viejo pozo. Se sentía avergonzada. Inuyasha le estaba proponiendo una probable solución a su problema pero ella no estaba dispuesta a tomárselo a la ligera.
- Siento haberme puesto así – dijo ella en un suspiro.
- No te preocupes.
- Hay… ¿hay algo más que deba saber? Quiero decir… ¿Habéis pensado también en quien… lo haría?
- No – mintió él. – Eso depende de ti. Aunque supongo que cualquiera valdría.
- ¿Cualquiera? – Se llevó una mano a la frente, apartándose el flequillo de la frente – Si Sekkusu-maru era un youkai… No creo que sirva cualquiera.
Inuyasha sintió un pequeño temblor en su interior cuando ella clavó su oscura mirada en él. No era posible que ella le estuviera proponiendo… eso. No, era imposible. Kagome no podía siquiera estar planteándoselo. Imposible. Pero… le estaba mirando.
- No creo que pueda hacerlo. – una lágrima se deslizó suavemente por su rostro – Es algo demasiado importante para mí como para ofrecerlo de esa forma.
El temblor se incrementó ligeramente. Maldición, tenían que cambiar de tema cuanto antes o si no… Pero el tema era lo de menos. Kagome era la tentación personificada. Tenía que alejarla cuanto antes.
- Vete ya, Kagome. No tienes nada que hacer aquí.
Ella lo miró, con los ojos cargados de furia ¿Cómo se atrevía a hablarle de esa forma? Era un maldito insensible y un retardado mental. Ella estaba abriéndole su corazón, mostrándole hasta que punto se sentía desprotegida y él… la echaba como si estorbara.
- ¿Quién te has creído que eres? – Gritó, poniéndose nuevamente en pie – Primero habla de que me aparee como una… y después me apartas de una patada ¡Tengo sentimientos, pedazo de animal!
Inuyasha reaccionó ante los gritos de la joven. En menos de un parpadeo, se abalanzó sobre ella atrapándola entre el pozo y su propio cuerpo. Una de sus garras se afianzó sobre la nuca femenina, obligándola a mantener la cabeza a su misma altura. Ella soltó un gemido ahogado, asustada al verse sujeta de esa forma. Los ojos de Inuyasha seguían siendo dorados, lo que la tranquilizó ligeramente.
- Suéltame Inuyasha – susurró ella de forma apenas audible. – Me haces daño.
Ninguno de los dos se movió. Kagome sintió la respiración del chico sobre su rostro y una inesperada oleada de calor la recorrió de pies a cabeza. Inuyasha se acercó unos centímetros, su nariz le rozó la mejilla mientras él aspiraba con fuerza. Sintió que se mareaba.
- Deja de luchar… - la voz masculina sonó ronca al hablar.
- Inuyasha… - su respiración comenzó a hacerse cada vez más dificultosa cuando él se frotó suavemente contra su cuerpo.
El hanyou se acercó ligeramente, dejando sus labios a milímetros de los de ella. Kagome casi podía notar su sabor cálido, firme y masculino. Cerró los ojos, rindiéndose a la sensación de tenerlo tan cerca, solo para ella.
Pero el sueño terminó tan bruscamente como había comenzado. Abruptamente, Inuyasha se separó de ella, para después darle un empellón que la mandó de vuelta al futuro a través del pozo devorador de huesos. Y, mientras caía, solamente se hizo una pregunta.
¿Qué acababa de ocurrir?
CONTINUARÁ
Os pido un millon de disculpas por el larguiiiiiiiisimo retraso que tengo... Prefiero no entrar en detalles...
Nota aclaratoria: para nada esperaba llegar a 300Rw en un capitulo, siento haber dado lugar a confusión. Los que vengan bienvenidos sean, pero nunca exigire un numero determinado de RW para seguir escribiendo.
Una vez más, perdonadme por haberos hecho esperar tanto. Deseo que os haya gustado el capitulo
