Perdoooooooooooooooon!!!!!!!!!! No estaba de parranda, estaba medio muerta, pero akí estoy otra vez!!! Parecía como que el universo conspiraba para que no subiera el último capítulo, y para colmo de males, vengo saliendo de la que debe haber sido la PEOR semana de mi vida. En serio, entregué 7 trabajos, hice 3 exámenes y 2 presentaciones públicas ¡¡¡Todo en una semana!!! Adiós a comer, a dormir, y desde luego a escribir fics!! Pero…

Misión cumplida!!! Primer semestre de la carrera terminado!!! Y lo celebro subiendo el último capítulo de Bailando en el aire TT

Muchas gracias a las chicas que me han estado dejando review, y muy especialmente a Milena2091, Aeris y Umizu, que me han seguido fielmente estos 20 capis y me han tenido paciencia de santo nnU

Este capitulo va para ustedes…

Y prepárense, por que van a odiar a Sephiroth hasta que deseen darle un tortazo ustedes mismas!!!!


Veinte

En verdad que pensó que nunca llegaría a su casa. En tres Hermanas, Halloween parecía ser tomado muy en serio. Aeris no pudo evitar una sonrisa al ver a un hada tras el mostrador de la farmacia y al ogro de la ferretería.

Parecía que toda la isla iba a pararla para felicitarla por su compromiso con Zack.

Pertenecía a la isla y a Zack. Y ellos le pertenecían. Pero más importante aún, al fin se pertenecía a sí misma para entregar su corazón a quien escogiera.

Con una sonrisa ante este pensamiento, se dirigió a la comisaría para convencer al escogido de entregar juntos los dulces que había preparado para los pequeños espantos que sin duda pasarían por su casa.

—Tal vez llegue algo tarde —le advirtió Zack—. Voy a infundir un poco de saludable temor en algunos chicos. Siempre puede contarse con algún vivo que trate de convencerme de que el paquete jumbo de papel de baño que estaban comprando era para su madre.

¿De dónde sacabas el papel para Halloween cuando eras niño?

Zack le dirigió una sonrisa burlona.

- Lo robaba del baño de mi casa, como cualquiera con dos dedos de frente.

Ella le sonrió.

- ¿Ha habido más atentados contra la ciencia con calabazas explosivas?

- No, creo que se ha corrido la voz, aunque siempre quedan las bananas.

Aeris rió y se acercó para rodearle el cuello con sus brazos. Zack la abrazó con ojos brillantes.

- Hoy te ves contenta.

- Hoy estoy contenta.

- ¿En serio? –dijo él, inclinándose para besarla-. Espero tener algo que ver.

- Ni te lo imaginas.

Justo cuando estaban a punto de besarse, el teléfono comenzó a sonar insistentemente. Zack soltó un bufido de exasperación mientras Aeris soltaba una risita ante la cara que puso.

- Mantén el sentimiento –le dijo él antes de contestar-. Comisaría. Ajá. Señora Stubens. ¿Mmm? —se paró de la mesa y se irguió—. ¿Algún herido? Perfecto. No se mueva de ahí, voy inmediata­mente. Nancy Stubens —le dijo a Aeris mientras se ponía la chaqueta—. Estaba enseñando a conducir a su hijo y han chocado contra el coche aparcado de los Bigelow.

— ¿Algún herido?

—Solo algunos bolsillos. Iré para arreglar las cosas. Los Bigelow acababan de estrenar el coche.

—Te estaré esperando.

Lo acompañó a la salida y sintió que su corazón se llenaba de calidez cuando él se inclinó para darle un beso de despedida.

Estaba a mitad de la manzana cuando Shera Highwind la llamó con un grito.

— ¡Aeris! Espera —con la respiración entrecor­tada por el esfuerzo de alcanzarla, la mujer se dio una palmada en el corazón—. Déjame admirar ese ani­llo del que tanto he oído hablar.

Antes de que Aeris pudiera levantar la mano, Shera ya se la había agarrado y miraba fija y dete­nidamente la joya desde cada ángulo posible.

—Debería haber supuesto que Zack se com­portaría —asintió aprobatoriamente y miró a Aeris—. Te llevas una buena pieza, y no me refiero a la esmeralda.

Aeris sonrió soñadoramente.

—Lo sé.

—Lo he visto crecer. Desde hace tiempo me preguntaba qué mujer lo pescaría. Me alegro de que seas tú. Eres una buena chica y te he cogido cariño.

—Señora Highwind —Aeris, conmovida, la abra­zó—. Gracias.

—Serás una buena esposa —dio unas palmadas en la espalda de Aeris—. Y él será un buen marido. Yo sé que has pasado por momentos difíciles —se limitó a asentir con la cabeza cuando Aeris se apar­tó y la miró, con unos ojos enormes por la sorpresa—. Tenías algo en la mirada cuando llegaste. Una sombra que te mantenía sujeta. Ya no la tienes.

Aeris le sonrió con serenidad.

—Lo dejé todo atrás. Estoy feliz.

—Y se nota, querida. ¿Habéis fijado la fecha?

—No, aún no —Aeris se acordó de los abo­gados, de los problemas, de… Sephiroth. Por Zack lo enfrentaría todo, se dijo con determinación, absolutamente todo—. En cuanto podamos.

—Quiero estar en primera fila el día de la boda.

—Lo estará. Y podrá beber todo el champán que quiera en nuestro treinta aniversario.

—Te lo recordaré. Bueno, tengo que irme, dentro de poco los monstruos estarán llamando a la puerta y no quiero que me embadurnen las ventanas. Dile a tu hombre que se ha comportado.

—Se lo diré —«tu hombre», Aeris pensó que era una expresión preciosa.

Aceleró el paso. Tendría que darse prisa para que la tarde no se le echara encima.

Fue a la parte delantera de la casa y miró alre­dedor con cierta timidez. Se cercioró de que esta­ba sola en la luz del crepúsculo, alargó los brazos hacia las calabazas, tomó aire y se concentró.

Necesitó un esfuerzo considerable, lo habría hecho más rápidamente con una cerilla, pero no le habría producido la misma emoción que ver que las velas se encendían con el fuego que produ­cía su mente.

¡Caray! Eso sí que era guay. No recordaba haberse sentido mejor en la vida.

Comprendió que no se trataba sólo de la ma­gia. Era saber quién y qué era ella. Era encontrar su fuerza, su objetivo en la vida y su corazón. Re­cuperar el dominio de sí misma para poder com­partirlo con un hombre que creía en ella y la amaba profunda, verdadera y enloquecedoramente, tal y como era.

En ese momento era Aeris y lo sería sin importar lo que pasara un día, un año o una década después.

Subió los escalones dando vueltas de alegría y entró en su casa.

— ¡Diego! He vuelto. No vas a creer el día que he tenido. El mejor de mi vida, de seguro.

Entró a la cocina y encendió la luz. Puso a ca­lentar agua para el té y empezó a llenar una gran ces­ta con bolsas de caramelos.

—Espero que vengan muchos niños. Hace años que no llaman a la puerta de mi casa —Se dio la vuelta repentinamente—. ¡Oh no, olvidé el coche en la librería¿Qué estaría pensando?

—Siempre has sido muy distraída.

La taza que estaba sujetando se le cayó con gran estrépito, y se hizo añicos contra el suelo. Oyó la voz de sus pesadillas mientras se giraba lenta, muy lentamente.

—Hola, Aerith —Sephiroth caminó tranquilamente hacia ella—. Me alegro de verte.

Aeris no podía pronunciar su nombre. De hecho, no podía emitir sonido alguno. Cerró los ojos con fuerza y rezó para que fuera al­guna visión, una de sus alucinaciones. Pero él le rozó la mejilla con sus dedos largos y delgados con una suavidad que le heló la sangre en las venas.

—Te he echado de menos. ¿Pensabas que no vendría? —le pasó los dedos por la nuca y ella sintió náuseas cuando él sujetó un puñado de sus cabellos—. ¿Que no te encontraría¿No te dejé muy claro que nada podrá separarnos?

Ella cerró los ojos cuando él se inclinó y le ro­zó los labios con los suyos.

— ¿Qué le has hecho a tu pelo? —le dio un tirón violento a su corta trenza—. Sabes cuánto adoraba tu pelo. ¿Te lo has cortado para molestarme?

Una lágrima le resbaló por la mejilla cuando él le sacudió la cabeza como a una muñeca. La voz, el contacto, todo le devol­vía a lo que había sido y le hacía olvidar lo que era. Aeris se desvaneciera en el aire y solo quedaba la figura temblorosa de Aerith Faremis.

—Estoy muy molesto, Aerith. Me has causado mu­chos problemas. Muchos. Y nos has robado un año de nuestras vidas.

Apretó los dedos. Los sintió clavarse en su piel mientras le le­vantaba la barbilla.

—Mírame, estúpida. Mírame cuando te hablo. —Ella abrió los ojos y sólo pudo ver las dos po­zas vacías y transparentes que eran sus ojos—. Esto te costará caro y lo sabes. Más de un año de nuestras vidas desperdiciado por tu culpa. Además, durante todo ese tiempo has vivido en es­ta casucha miserable, te has burlado de mí al trabajar de camarera y servir a la gente. Al iniciar un nego­cio miserable. Un negocio de comidas. Me has hu­millado.

Bajó su mano lentamente de la mejilla a la garganta y la cerró.

—Tardaré tiempo en perdonarte, Aerith. Tar­daré porque sé que eres lenta y un poco estúpida. ¿No tienes nada que decirme, mi amor¿Nada que decirme después de una separación tan larga?

Ella tenía los labios tan fríos que pensó que se iban a quebrar. Era como si toda su sangre se hubiera congelado.

— ¿Cómo me has encontrado?

Él le sonrió con desprecio y Aeris se estremeció de pies a cabeza.

—Ya te dije que te encontraría allí donde fue­ras e hicieras lo que hicieras.

La empujó con tal fuerza que la arrojó de es­paldas contra la mesa. El dolor se sentía como un recuerdo.

— ¿Sabes lo que he encontrado en tu nidito, Aerith? Ropa de hombre. ¿Con cuántos te has acostado, maldita? —La tetera em­pezó a silbar con fuerza, pero ninguno de los dos le hizo caso—. ¿Has encontrado a algún pescador para que ponga sus manazas de obrero en tu cuerpo¿En el cuerpo que me pertenece?

Zack. Fue lo primero que pensó con claridad. Con tanta claridad que sus ojos presas del vértigo reflejaron puro terror.

—No hay ningún pescador.

Apenas parpadeó cuando él la abofeteó.

—Mentirosa. Sabes que detesto las mentiras.

—No hay... —la siguiente bofetada hizo que se le saltaran las lágrimas, pero le recordó quién era. Ella era Aeris Gainsborough, prometida de Zack Grimore y tenía que pelear—. Alé­jate de mí. Aléjate.

Intentó agarrar un cuchillo de la encimera, pero él fue más rápido. Siempre había sido más rápido.

— ¿Buscabas esto?

Le puso el filo resplandeciente a un centímetro de la espalda. Ella juntó las manos sobre su pecho, como si rezara.

Tal vez, después de todo, no podría escapar de su destino. Al final, este hombre la mataría.

Pero no lo hizo, sino que se apartó y le dio una bofetada tan violenta con el dorso de la mano que la mandó contra la mesa. Ella se golpeó la cabeza con el grueso borde de madera.

Y todo fue oscuridad.

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Tifa se había despedido de un joven astronauta. La librería era uno de los sitios más visitados en Halloween. Había esquele­tos danzantes, calabazas sonrientes, fantasmas vo­ladores y, naturalmente, un montón de brujas.

Había sustituido la música habitual por aullidos, lamentos y cadenas que se arrastraban y lo estaba pasando como nunca, repartiendo dulces a los pequeños espantos.

Un vaquero atravesado por una flecha la miraba con ojos desorbitados.

— ¿Va a montar en su escoba esta noche?

—Claro —se inclinó para estar a su misma altura—. ¿Qué clase de bruja sería si no?

—La bruja que persiguió a Dorothy era una bruja mala.

—Estoy de acuerdo, era una bruja muy mala, pero resulta que yo soy una bruja muy buena.

—Tenía la nariz torcida y la cara verde. Tú eres guapa —sonrió y se bebió el ponche.

—Muchas gracias. En cambio, tú eres aterra­dor —le dio una bolsa de caramelos—. Espero que no me asustes.

—Uuuh. Gracias, señora —echó los caramelos en una calabaza y salió corriendo a buscar a su madre.

Tifa, divertida, empezó a erguirse. En ese momento, sintió un dolor punzante, como una espada que le atravesa­ra la sien. Vio a un hombre con ojos pálidos y pe­lo brillante y la hoja de un cuchillo.

—Llama a Zack —se precipitó hacia la puerta mientras llamaba a una desconcertada Gevurah—. Hay un problema. Aeris está en apuros. Busca a Zack.

Salió corriendo a la calle, rodeó un grupo de niños disfrazados y casi choca con Yuffie.

—Aeris.

—Lo sé —Yuffie sentía todavía el zumbido en la cabeza—. Tenemos que darnos prisa.

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Volvió en sí lentamente, con la visión borrosa y la cabeza dolorida. El silencio era ensordecedor. Aún en el suelo, se giró y consiguió ponerse a gatas, pero sintió náuseas y volvió a hacerse un ovillo.

Sephiroth estaba sentado en una de las sillas de la cocina. Ella podía ver sus zapatos, el lustre, la raya perfec­ta de los pantalones; y sintió deseos de llorar.

— ¿Por qué me obligas a castigarte, Aerith? Lo único que se me ocurre es que te gusta que lo haga—le dio una patada en el costado con la punta del zapato—. ¿Es eso?

Ella se alejó gateando. Sólo un momento, por favor. Sólo un momento para rehacerse y recuperar fuerzas, pero él no se lo concedió, nunca lo hacía. Se limitó a pi­sarle la espalda con sus zapatos perfectamente lustrados.

—Iremos a un sitio donde podamos estar solos. Hallaremos una forma de resolver todos los problemas que me has causado.

Frunció ligeramente el ceño. ¿Cómo iba a sa­carla de allí? No debería haberle dejado marcas; por lo menos no en un sitio tan visible, pero ella le había obli­gado a hacerlo. Entonces¿Cómo podría resolver esa pequeña eventualidad?

—Iremos andando a mi coche. Me esperarás ahí hasta que haga la maleta y pague el hotel.

Aeris negó con la cabeza. Sabía que no le serviría de nada, pero negó con la cabeza. Luego, se puso a llorar en silencio cuando su esposo comenzó a acercarse amenazadoramente.

—Harás exactamente lo que yo diga —golpeó la mesa con el filo del cuchillo—. Si no lo haces, no me dejarás alternativa. La gente ya cree que estás muerta. Las mentiras pueden convertirse fácilmente en realidad.

Ella sabía que el brillo de sus ojos era tan peligroso como el de la hoja del cuchillo.

Al escuchar un ruido fuera levantó la cabeza con un movimiento brusco.

—Quizá sea tu pescador de regreso a casa —su­surró, y se levantó cuchillo en mano.

Zack abrió la puerta, vaciló un instante y mal­dijo al oír el teléfono que llevaba en la cintura.

Esa interrupción le salvó la vida.

Captó un movimiento difuso, vislumbró una afilada hoja de cuchillo que descendía hacia él. Se giró para alcanzar el arma. El cuchillo le alcanzó en el hombro en vez de atravesarle el corazón.

Aeris gritó y se levantó, pero la cabeza empezó a darle vueltas y se tambaleó. Sólo veía dos figuras borrosas que luchaban en la cocina a oscuras. Pensó que necesitaba un arma mientras se mordía el labio para no desvanecerse otra vez, pero entonces, una fría determinación le invadió el corazón.

Ese maldito no le arrebataría lo que era suyo. No dañaría lo que ella amaba.

Fue tambaleándose hacia el cuchillero de la encimera, pero había desaparecido. Se volvió dispuesta a usar uñas y dientes. Vio a Sephiroth de pie sobre el cuerpo de Zack y blandiendo el cu­chillo ensangrentado.

— ¡Dios mío¡No¡No!

— ¿Este es tu caballero de la armadura res­plandeciente¿Es el hombre con el que te has estado revolcando a mis espaldas? Todavía no está muerto. Tengo derecho a matarlo por robarme mi esposa.

—No lo hagas —tomó aire y lo soltó lentamente. Intentó recomponerse y encontrar un atisbo de fuerza—. Iré contigo. Haré lo que quieras.

—Lo harás en cualquier caso.

—Él no tiene importancia —se agarró al borde de la encimera y vio a Diego con el lomo arqueado y enseñando los dientes—. No tiene importancia para ninguno de los dos. Me buscas a mí ¿no? Has recorrido to­do este camino por mí.

Sephiroth la perseguiría. Si pudiera salir de la cabaña, iría tras ella y dejaría a Zack. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abalanzarse sobre su amado para protegerlo. Tocarlo, mirarlo tan sólo, sería una sentencia de muerte para los dos.

—Sabía que lo harías —siguió diciendo ella mien­tras le temblaba todo el cuerpo y contemplaba cómo su marido bajaba el cuchillo—. Lo supe siempre.

Cuando Sephiroth dio un paso hacia ella, el gato saltó con un chillido sobre su espalda; Aeris echó a correr con el aullido de rabia en los oídos.

Giró hacia la calle, hacia el pueblo. Ella miró atrás y lo vio salir de la casa. La alcanzaría, no podría huir de él. Se dejó en manos del destino y se entró en el bosque.

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Zack consiguió ponerse de rodillas cuando Sephiroth salió por la puerta. Le dolía el hombro como si tuviera unos dientes de acero clavados en él. Se levantó con los dedos ensangrentados. Se acordó de Aeris y se olvidó del dolor. Salió disparado por la puerta en el instante en el que el bosque se tra­gaba a Aeris y al hombre que la perseguía.

— ¡Zack!

Se detuvo lo justo para mirar con ojos de es­panto a su hermana y a Tifa.

—La persigue. Lleva un cuchillo y ella no resistirá mucho.

Yuffie se sintió abrumada. Su hermano tenía la camisa empapada de sangre. Asintió con la cabeza y sacó la pistola, como él.

—Usaremos lo que sea —dijo a Tifa.

Se lanzó al bosque detrás de Zack.

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No había luna y la noche estaba oscura como boca de lobo. Aeris corría enloquecida, como un ciervo huyendo de un peligroso predador. Si pudiera despistarlo, adentrarse en el bosque y que le perdiera la pista, podría darse la vuelta pa­ra regresar junto a Zack.

Rezaba con toda su alma para que estuviera vivo.

Podía oír a Sephiroth detrás de ella, cerca, demasia­do cerca. Ella tenía la respiración entrecortada por el miedo, pero la de él era firme y acompasada.

Sephiroth se le echó encima y la derribó. Cayó ro­dando y pataleando intentando librarse de él como fuera. Se le heló la sangre cuando la tiró del pelo y le puso el cuchillo en la garganta. Sintió que su cuerpo se vaciaba de toda emoción y se quedaba sin vida, como el de una muñeca.

—Hazlo —dijo completamente agotada—. Termina con todo.

—Has huido de mí —su voz tenía tanto descon­cierto como rabia—. Has huido.

—Y seguiré haciéndolo. Seguiré huyendo has­ta que me mates. Prefiero estar muerta a estar contigo. Ya he muerto una vez, mátame. Ya no te ten­go miedo.

Notó el filo de la hoja. Él la levantó al oír pasos.

Aeris sintió una enorme felicidad al ver a Zack, sonrió aunque aún tuviera el cuchillo en la garganta.

Estaba vivo. La mancha oscura en su camisa resplandecía a la tenue luz de las estrellas. Pero estaba vivo y lo demás no tenía importancia.

—Suéltala —Zack sujetaba la pistola con las dos manos—. Deja el cuchillo y apártate de ella.

—Le cortaré la garganta. Es mía y no dudaré en hacerlo.

Sephiroth miró a Zack, a Yuffie y a Tifa, que forma­ban un semicírculo.

—Si le haces daño, eres hombre muerto. No saldrás vivo de aquí.

—No tienes derecho a entrometerte entre un marido y su mujer —había algo juicioso en su tono, algo sensato bajo la locura—. Aerith es mi es­posa. Legal, moral y eternamente —le empujó la garganta con el cuchillo—. Guardad las pistolas y dejadnos en paz. Esto es un asunto privado.

—No tengo un blanco claro —dijo Yuffie en un susurro—. No hay luz suficiente.

—No es la solución. Baja la pistola, Yuffie —Tifa alargó el brazo.

—Al demonio con eso —mantuvo el dedo en el gatillo.

Sólo podía pensar que aquel tipo era un cabrón mientras veía la garganta de Aeris y olía la sangre en la camisa de Zack.

—Yuffie —repitió Tifa en voz baja mientras Zack seguía ordenándole firme y tajantemente que dejara el cuchillo y se apartara.

—Maldición. Maldición. Será mejor que tengas razón —murmuró Yuffie.

Zack no las oía. Aeris era la única realidad, todo lo demás había dejado de existir para él.

—Haré algo más que matarte —la mano que sostenía la pistola estaba firme como una roca y la voz tan tranquila co­mo las aguas de un lago—. Si le haces un rasguño, te haré pedazos. Voy a dispararte hasta que te vea destrozado y disfrutaré viendo como te desangras lenta y dolorosamente.

Sephiroth perdió todo el color que la rabia le había llevado al rostro. Creía en lo que veía en los ojos de Zack. Creía en el dolor y la muerte que veía allí, y tuvo miedo. Le tembló la mano que empuñaba el cuchillo, pero no se movió.

—Me pertenece.

Yuffie tomó de la mano a Tifa. Aeris sintió la olea­da de energía que habían creado, y también la oleada de amor y terror que emanaba de Zack mientras san­graba por ella.

Y sintió, como nunca antes lo había hecho, el miedo del hombre que la agarraba. Ella era Aeris Gainsborough y ése sería su nombre siempre. El hombre que tenía detrás era menos que nada. Aga­rró el colgante que le había dado Tifa. Vibró.

—Me pertenezco a mí misma —fue recupe­rando el poder poco a poco—. Me pertenezco a mí misma. Y a ti —dijo con los ojos clavados en los de Zack—. Tú ya no me haces daño —levantó la otra mano y la posó suavemente en la muñeca de Sephiroth—. Suéltame, y podrás marcharte. Nos olvida­remos de todo. Es tu oportunidad. La última oportunidad.

Ella oyó el silbido de la respiración de Sephiroth en el oído.

—Maldita estúpida. ¿Crees que voy a dejar que te escapes con ese perro repugnante?

—Es tu única alternativa —había compasión en sus palabras—. La última.

Oía una letanía en la cabeza, cada vez más alta, como si hubiera estado esperando a que eso la li­berara.

Se preguntó cómo había podido tenerle tanto miedo.

—Que lo que me has hecho a mí y a todos, multiplicado por tres se vuelva contra ti. A partir de esta noche nada podrás sobre mí. Que se haga mi voluntad.

Su piel brilló como si tuviera luz propia; las pupilas eran oscuras como carbones. El cuchillo tembló, resbaló sobre su piel y cayó al suelo. Mientras Sephiroth se derrumbaba a sus espaldas, oyó un jadeo sordo, un gemido agudo que no llegó a ser un grito.

Aeris ni siquiera lo miró.

—No dispares —le dijo tranquilamente a Zack—. No lo mates de esta manera. No te haría ningún bien —con los gemidos de Sephiroth de fondo, se acercó a Zack que estaba dispuesto a hacerlo—. No nos haría ningún bien. Él ya no significa nada —puso la mano en el corazón de Zack, que latía con fuerza—. Él es lo que ha hecho de sí mismo.

Sephiroth se retorcía en el suelo como si algo per­verso se hubiera apoderado de él. Su rostro estaba pálido como la cera y tenía los ojos desorbitados. Ya no parecía tan apuesto. Zack bajó la pistola y abrazó a Aeris con el brazo sano. Ella se quedó así un rato mientras alargaba un brazo para estrechar la mano de Tifa.

—Quédate con ellas —le dijo Zack—. Yo me ocuparé de él. No lo mataré. Sufrirá más si vive.

Yuffie observó a su hermano acercarse al cuer­po que se crispaba en el suelo y sacar las esposas. Pensó que él necesitaba hacer ese último acto y ella dejar que lo hiciera.

—Tardará dos minutos en esposar y leerle los de­rechos a ese despojo humano, luego quiero que vaya a la clínica. No sé cuál es la gravedad de la herida.

—Yo lo llevaré —Aeris se miró la mano ensan­grentada, la sangre de Zack, y notó el latido de la vida—. Yo lo acompañaré.

—El valor —Tifa le tocó el colgante— rompe el conjuro. El amor hace uno nuevo —abrazó con fuer­za a Aeris—. Lo has hecho muy bien, hermanita —se volvió hacia Yuffie—. Y tú has encontrado tu destino.

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El día de Todos los Santos, mucho después de que apagaran las hogueras y antes de que amaneciera, Aeris estaba sentada en la cocina de su casita amarilla con su mano sobre la de Zack.

Sintió la necesidad de volver, de estar allí, de limpiarla de lo que había pasado y de lo que había podido pasar. Eliminó las fuerzas negativas que quedaban en el aire y encendió velas e incienso.

—Me habría gustado que te hubieras quedado en la clínica.

Aeris apretó la mano de Zack.

—Yo podría decir lo mismo.

—A mí me han dado unos cuantos puntos de sutura, tú tenías una conmoción.

—Ligera —le recordó ella—. Y veintitrés pun­tos no son unos cuantos.

Veintitrés puntos, pensó él, una cuchillada bas­tante considerable. El médico había dicho que había sido un milagro que no afectara gravemente a ningún músculo o tendón o que no hubiera llegado al corazón. Zack lo llamaba magia. La magia de Aeris.

Ella le pasó la mano por las vendas nuevas has­ta tocar el medallón.

—No te lo has quitado.

—Me pediste que no lo hiciera. Se calentó —ella lo miró a los ojos—. Un instante antes de que me hiriera. Pude ver dentro de mi cabeza, co­mo un fogonazo, el cuchillo que iba al corazón y que se desvió. Como si hubiera chocado contra un escudo. Pensé que me lo había imaginado que eran imaginaciones mías, pero ahora sé que no.

—Éramos más fuertes que él —Aeris se llevó las manos unidas a la mejilla—. En cuanto oí su voz, el miedo me dominó. En ese instante, me arreba­tó todo lo que había conseguido construir, todo lo que había aprendido de mí misma. Me dejó parali­zada, me anuló la voluntad hasta convertirme en su muñeca. Ése era el poder que tenía sobre mí. Por suerte, empecé a recuperarlo y cuando te hirió lo recuperé de golpe; aún así no podía pensar con claridad. Supongo que en parte por el golpe en la cabeza.

—Te escapaste para salvarme.

—Y tú nos seguiste para salvarme a mí. Somos una pareja de héroes.

Él le acarició delicadamente la mejilla. Notaba el palpitar de los moratones.

—No volverá a hacerte daño. Cuando amanez­ca, iré a relevar a Yuffie y me pondré en contacto con la oficina del fiscal. Este par de intentos de asesinato lo mantendrá un tiempo entre rejas, por muy buenos que sean sus abogados.

—Ya no le temo. Al final resultaba penoso ver­lo consumido por su propia crueldad, aterrado de ella. Su locura se ha vuelto contra él. Ya no podrá volver a ocultarla —todavía podía ver los ojos sin color y desorbitados en la cara blanca como la ce­ra—. Una habitación acolchada sirve lo mismo que una celda.

Se levantó y sirvió más té. Cuando volvió, Zack la rodeó con un brazo y la abrazó con fuerza.

—Voy a tardar en borrar de mi cabeza esa imagen tuya con un cuchillo en la garganta.

Ella le acarició el pelo.

—Tenemos toda una vida por delante para crear nuevos recuerdos. Quiero ca­sarme contigo, sheriff Grimore. Quiero empezar pronto esa vida.

Se sentó en su regazo y suspiró satisfecha mientras apo­yaba la cabeza en su hombro sano. En la ventana aparecieron lo primeros brochazos de color que anunciaban el amanecer.

Le puso la mano en el corazón, sintiendo sus corazones latir como uno solo. Comprendió que la verdade­ra magia estaba allí.

Fin...


¿Aceptará ahora Yuffie los poderes que tanto ha negado¿Cuál fue el motivo de su pelea con Tifa¿Qué pasó con las hermanas Tierra y Fuego? Y por supuesto ¿Cómo aparecerá Vinnie?

Esperenlo pronto!!!

Y por cierto, dado que he notado que los archivos que he tomado como base como que se parecen más de lo que me gustaría al original, a partir de este capi he empezado a meterle más de mi cosecha para evitar broncas, así que tal vez no pueda actualizar muy muy rápido nnU Pero prometo apurarme todo lo que pueda!!!!

Agradezco mucho su apoyo, y desde luego… los reviews!!! Así que dejen muchos, vale? ;)


matta neeee