La noche continuaba bajando espesa por el horizonte. Buscaba hambriento en la lacena algo que comer, eran las tres de la madrugada y él prolongaba como loco la práctica de esas difíciles ecuaciones logarítmicas que de ningún modo lograban funcionar: repetía y repetía, y el resultado siempre era diferente pero nunca el indicado por la pequeña guía de deducciones que acompañaba al libro principal, estaba frito. El análisis de ingreso a la Wammy´s House sería en tan solo un par de días, ¡y si ya no lograba realizar todos los ejercicios matemáticos a la perfección, entonces para aquella fecha estaría en pañales! Y el hecho de que uno de los creadores de aquella institución fuera en ese momento su tutor, no le aseguraba que tuviera el puesto listo y no debiera preocuparse, el lugar debía ganárselo.

Estaba en la cocina, con el resto de las luces de la casa apagadas salvo la del lugar donde se hallaba. Tomó del refrigerador un poco de carne fría que había sobrado de la cena, la tragó casi sin haberla masticado, bebió poca agua (no fuera a ser que le urgiere ir corriendo al baño en plena concentración), secó sus labios con la manga de la camiseta de dormir que llevaba puesta, y de inmediato metió un chicle en su boca para purgarse de los nervios.

Volvió a retomar asiento y se arrimó frente a la mesa causando un chirrido espantoso, y sumado todo el bullicio que había provocado al rebuscar comida, rogaba por no haber despertado a Elle.

Chequeó la hora con el reloj de pared: ¡03:30 a.m! ¡Debía apresurarse aunque sea a resolver el capítulo que había comenzado a media noche! Al resto lo terminaría al día siguiente, bueno, si lograba despertar temprano.

¡No!

De ninguna manera aplazaría las tareas, debía terminar el libro a como diera lugar.

¡03:42! ¡Debía apresurarse!

Cada vez que miraba el reloj había pasado uno o dos minutos de manera fugaz, a ese paso no acabaría nunca, ¡y las hojas del libro eran eternas!

Carajo.

Definitivamente las matemáticas no eran lo suyo, siempre las había odiado, ¡no podía con ellas! Le costaba tanto que llegaba a un punto en que juraría que se arrancaría los lacios y rubios cabellos con las manos.

Masajeó un poco su cuello y éste sonó como máquina tronadora, estaba súper tenso.

En ese momento se despistó cuando el pelinegro en bata de seda negra, a paso cansino y monótono como el de una tortuga, ingresó de manera calma al lugar tras haber bajado las escaleras completamente a oscuras; tomó un vaso de vidrio y sirvió agua del refrigerador en él. Respiró profundo al tiempo que divisaba la luna detrás de los cristales de la ventana.

—Ve a dormir ya, es muy tarde y estás cansado.

Mello apretó los dientes fuertemente, arrugaba la boca mientras estiraba la piel de su rostro aniñado con las manos, exasperándose cada vez que le daba una nueva miradita a las agujas del reloj.

03:53 a.m

—¡No puedo! ¡Debo terminar! El examen será dentro de poco y es demasiado lo que tengo que debo aprenderme, tengo que prepararme bien, y el tiempo pasa muy rápido y cada vez siento que sé menos… y… ¡agh! —apretaba las uñas sobre sus palmas, rasgándose la piel.

Elle parpadeó lentamente, con sutileza; apaciguadas sus facciones duras.

—Bueno, con esa mentalidad negativa no vas a llegar a ninguna parte —dijo, volteándose y arremangándose un poco la tela de los antebrazos, miraba fijamente al rubio ojeroso que insistía en continuar escribiendo mientras sus párpados hacían un esfuerzo evidente por permanecer despegados.

—No se trata de mentalidades, Elle. Se trata de saber o no saber, ¡y yo siento que no sé ni mierda!

El moreno dejó el vaso a un lado de la mesada.

—¿No sabes sobre qué tema en particular? Porque hasta hace tres días me explicaste con mínima de detalles la historia de la conquista americana y no dejaste ningún cabo suelto —intentaba consolarlo, pero el chico era terco... y con un muy grande, un inmensamente terrible complejo de inferioridad que Elle debía ayudarle a superar.

El moreno ya había estado observándolo bastante, cada vez que Mello fallaba en algún cálculo o en recordar fechas memorables, o los descubrimientos científicos más importantes, en vez de darse ánimos para que la próxima vez le saliera como era debido, por el contrario, se llamaba a sí mismo imbécil, tarado, que no servía para nada, que era un inútil, ¡Él mismo se trataba como basura! ¿Con un trato como ese, quien necesita de enemigos?

—Malditas matemáticas, nunca fueron lo mío y nunca lo serán… —se cruzó de brazos, dejó caer el cuerpo sobre el respaldo de la silla y cerró los ojos, exagerando un largo y frustrante suspiro—. Soy un tarado —y ahí estaba otra vez, rebajándose, era bastante cansador escucharlo hablar así de sí mismo, cansador y agobiante: porque el pelinegro deseaba ayudarle pero no quería estudiar por Mello, quería que el rubio se concentrara lo suficiente en los cálculos, a la materia gris la tenía y eso era más que obvio, pero ese fanatismo que traía consigo el niño por auto-violentarse llamándose inútil, no lo llevarían a ninguna parte.

—No es que tu cerebro tenga un problema, estás en condiciones perfectas de aprobar cualquier examen que se te presente; en realidad es tu personalidad la que tiene un problema —Elle se arrimó a una silla y tomó asiento a un lado del rubio, que lo miró punzante. Bebió otro sorbo de agua y abandonó el vaso sobre la mesa—. Quiero contarte algo, bueno, si es que no sientes que te estoy robando tiempo valioso.

El niño empolló los labios y dedicó al moreno una mueca de "lo que sea".

—Da igual, si ya no lo aprendí hasta ahora no creo que lo sepa para dentro de tan pocos días que faltan —dedicó la mirada a otra dirección que no fueran las frías pupilas negras de Elle, quien era un hombre calmo, pero por alguna razón, se lo veía impávido, rígido en sus creencias, casi se podría decir estricto, no daba signos de corazón blando por más amable que fuera ese sujeto con él.

Y su mirada era demasiado profunda como para sostener la atención sobre sus ojos durante mucho tiempo; demasiado penetrante.

Mello se dedicó a mirar hacia abajo, como si el suelo tuviera algo terriblemente interesante que mostrar.

—Cuando era niño; y si, estás en lo cierto con lo que piensas: eso ocurrió hace ya bastantes milenios atrás—el niño largó una sonrisilla ahogada y apretó los labios con sus dientes frontales—. Cuando recién hacía pocos meses que había ingresado a la Wammy´s House, conocí a una muchacha muy despistada, estaba siempre en su mundo, no le interesaba demasiado lo que ocurría a su alrededor, prestaba poco y nada de importancia a las relaciones sociales, más bien degustaba mucho más de mantener siempre una lectura habitual. Todos los días se la veía leyendo, a veces hasta era capaz de acabar un libro de mil páginas en tan solo horas, era muchísimo mayor que yo, imagina que para cuando yo tenía nueve años ella ya tenía sus veintitrés y aun continuaba estando en la institución, cuando todos a los dieciocho años ya partían para dedicarse a la vida universitaria, pero no, ella aun estaba indecisa sobre el rumbo que podría tomar su vida. Pero no es ese el punto; una mañana se presentó ante una de nuestras directoras, en ese tiempo había tres, ahora solo queda uno de ellos: Roger; llevaba un manuscrito en sus manos y una sonrisa gigantesca en su rostro: había escrito su propia novela y se la veía radiante por ello, había acabado de escribir en tan solo días un libro entero. Ya puedes imaginarte lo que sucedió, ¿verdad? —Mello negó con la cabeza, estaba atento al relato—. La directora lo tomó y con una sonrisa amable lo llevó a su despacho, le prometió leerlo hasta que anocheciera para poder darle una crítica u opinión al respecto. Ella decía que estaba indecisa, pero le tiraba mas ingresar a una carrera universitaria de lingüística, aun así practicaría lo básico antes de hacerlo, y si los profesores de la Wammy´s House le tendían una mano entonces todo se le facilitaría. Al día siguiente la directora la llamó a su despacho, se tardaba bastante allí dentro. Cuando finalmente salió, notamos que las cosas no habían resultado como supusimos, ella estaba triste, sus ojos se veían apagados. Los alumnos más avanzados del lugar le preguntaron qué tal había sido la opinión o cuan dura fue la crítica. La muchacha solo dijo que la directora le pidió que si quería convertirse algún día en una escritora profesional, que debía mejorar demasiado su forma de redactar, porque evidentemente "la gramática no era lo suyo" y que, después de todo, se concentrara más en las matemáticas que las entendía a la perfección y le venían como anillo al dedo. Increíble fue el hecho de que luego de eso, sus notas en las materias de gramática y lingüística comenzaron a bajar drásticamente hasta llegar a arruinar su promedio, sí, aun teniendo veintitrés años pedía a los directores que le permitieran continuar como curricular en la institución.

—¿Y qué pasó con ella?

—Se decepcionó mucho de sí misma, y al salir de la Wammy´s siguió una carrera matemática, no recuerdo muy bien pero creo que se trataba de álgebra. Aunque uno de sus sueños siempre había sido el de ser escritora. Por lo que yo oí hablar para aquel entonces, ella tenía muchos sueños, pero ninguno pudo concretarse, ¿sabes por qué? Yo tengo mi propia opinión al respecto, considero que fue porque evitaba todo aquello en donde los demás le habían dicho que no era buena. Ella creía que jamás sería buena escribiendo porque "no se le daba la lingüística"; uno de sus otros sueños era el de ser modelo profesional, pero ella evitaba por todos los medios maquillarse o siquiera arreglarse porque le habían dicho que jamás podría desfilar en una pasarela rodeada de personas, ya que "era poco bonita para ser modelo"; otro sueño suyo era el de aprender a ser chef, pero ¿cómo se le ocurriría hacer una cosa semejante, cuando todos a su alrededor le decían una y otra vez que era una "inútil en la cocina"? Pues, todas esas creencias falsas que ella tenía de sí misma impidieron que pudiera cumplir sus sueños algún día y superarse a sí misma, nunca escribiría, se sentía muy poco atractiva y estaba segura que jamás pondría un dedo sobre una mesada. Ahora bien, a lo que voy es: ella era muy buena redactando, podría haber escrito los libros que quisiese, era increíblemente hermosa y de habérselo propuesto pudo haber llegado a ser modelo profesional, y para terminar: todo el mundo nace igual de ignorante, no hay cosas que se te faciliten o que se te dificulten, simplemente hay cosas que te gustan y que no te gustan. El problema con esa mujer, fue que ella tomó las opiniones de los demás como si se trataran de la verdad absoluta, de leyes y no de simples criticas, por eso jamás cuestionó lo que los demás decían, ¿y sabes qué? Ella me recuerda mucho a ti.

Mello arrugó la nariz y el entrecejo.

Todo pareció quedar en un silencio mucho más perturbador que antes, sus mejillas comenzaron a enrojecer, se había quedado estático, pero no por lo que Elle acababa de decir sino porque comprendía cuál era el punto, y esos últimos días estaba aprendiendo que ese sujeto que le había tendido una mano (una muy grande, a decir verdad) y le había salvado de la miseria, parecía tener un espíritu mucho más viejo que su propio cuerpo.

Mello dudaba que tuviera razón, pero no se trataba de tener razón o no, se trataba de hablar francamente, y en todo el tiempo que estuvo viviendo con Elle, notó que ese hombre no era falso, jamás adornaba sus palabras, prefería ser duro con la verdad antes que ser bueno con una mentira, y eso era peligroso porque una persona así encaja en pocos lugares y en muy pocas profesiones.

Pero le gustaba, le agradaba mucho.

—¿Quién te dijo que no eres bueno para las matemáticas? ¿Tu padre? ¿Los que alguna vez fueron tus amigos, tus antiguos maestros? Pues estaban equivocados, tienes toda la capacidad tanto para estudiar lo que te gusta como lo que no te gusta: que son conceptos diferentes a que se te dificulte o se te facilite, estos dos últimos no existen, ¡no hay nada que se te obstaculice! Tienes materia gris de sobra para todo esto —dijo Elle dándole un pequeño empujón al libro que Mello tenía en frente—. Mira, voy a explicártelo haber si me entiendes: cuando las personas te limitan, es decir: te ponen topes a lo que realmente puedes hacer o directamente te dicen "no eres bueno para las matemáticas", "no te daría la materia gris para estudiar matemáticas", lo que en realidad están queriendo decirte es: "ojalá y espero que nunca te dé la materia gris para estudiar matemáticas". ¿Lo comprendes? Son deseos que nacen de la envidia, por más mayor o profesional que fuere la persona que te lo diga, es envidia, no lo dudes ni por un segundo. Mello, es muy difícil superarse a sí mismo, y por eso, esa misma gente que te dice que no eres bueno para, en vez de alentarte y elevarse hasta lo más alto contigo, buscan la manera de hacer trizas tus sueños para que te quedes estancado en el mismo lugar que ellos, porque son ellos quienes realmente se sienten torpes en las matemáticas, son ellos quienes no se consideran bonitos como para modelar, era esa directora la que una vez tuvo sueños de ser escritora y tras haber fracasado necesitaba desahogarse con alguien y por eso no quería que nadie a su alrededor pudiera cumplir su deseo frustrado, y por eso limitó a esa muchacha. ¿Lo entiendes ahora? Entonces deberías replanteártelo: ¿eres tu quien cree que no eres bueno para los cálculos? ¿O es la creencia de alguien más sobre tí?

Mello había levantado la mirada de golpe, la posó sobre Elle, clavándole sus ojos azul marino bien abiertos, revoloteó sus pupilas por toda la habitación: meditando aquellas últimas palabras.

El moreno se acercó lentamente al perfil del muchacho.

—Quiero que te vayas a la cama y que descanses. En la mañana continuarás… ah, y quiero que empieces a creer en ti mismo, ¿quedó claro? —el rubio asintió con la cabeza—. ¿Me prometes que lo intentarás?

—Te lo prometo.

—Así se habla, campeón. Ahora a la cama, ya estás muy agobiado.

Apagaron la luz y caminaron juntos por las escaleras hasta dar cada uno con su alcoba. La que Elle le había dado al niño era de tamaño mediano, tenía una cama de una plaza, una ventana bastante grande, alfombra de terciopelo. Un ropero mediano color ocre, y eso era todo lo que necesitaba, nada más podía pedir. A decir verdad, se sentía demasiado cómodo allí, tenía su espacio, su lugar, se sentía protegido. Le daba nervios imaginarse que probablemente cuando ingresara a la Wammy´s House tendría que compartir cuarto con otros muchachos, volvería a quedarse sin intimidad como hasta hace poco tiempo, tal vez ese era el motivo por el cual quería resistirse a aprender, tal vez muy en su interior no deseaba entrar en aquella institución, ¡es que se había acostumbrado tanto a la convivencia con Elle! Ya parecían hasta una familia, como si aquel fuese el tutor que nunca tuvo, quizás no era lo que el moreno pensaba: "que Mello no tenía seguridad ni confianza en sí mismo", tal vez, simplemente Mello quería quedarse con Elle.

Y ahora que se ponía a pensar, no tenía ganas de dejar solo a ese hombre, él le había dado mucho y sentía una gran emoción por complacerle, no estaba seguro de que deseare con fervor ingresar a la Wammy´s, más bien creía que se debía a la intención de contentar a Elle, de alguna manera quería devolver el favor que aquel le había dado, hacerlo sentir orgulloso.

Pero si lo hacía lo dejaría solo; aunque el moreno probablemente ya estuviera acostumbrado a eso, y siendo sinceros: Mello no creía que Elle se la pasara tan solo como parecía, es decir, nunca nadie ingresaba a la casa y mucho menos había visto que una mujer saliera de su alcoba, ¡eso jamás! Pero el hecho de que Mello no lo viera con sus propios ojos no quería decir que Elle no tuviera relaciones con nadie, por favor, el niño no era estúpido, el pelinegro tenía una cama de dos plazas en su habitación, ¿para qué sería sino para compartirla con alguien más? No lo veía hacerlo, pero alguna que otra aventurilla tendría, aunque mientras él no se enterara de ello todo estaría bien, Elle de todas formas era demasiado reservado en ese sentido, jamás se lo veía con nadie, y Mello se decepcionaría si así fuese, porque él tendía a observar a las personas con mínima de detalles y complacencias; y hasta ahora, cualquiera le parecía poca cosa para lograr entablar una relación duradera con su tutor.

Él se dispuso que, algún día, encontraría a la persona indicada para presentarle a Elle.

Algún día.

Pegó lentamente los párpados; y se entregó al cansancio, de una buena vez.

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El ventilador giraba a ritmo pasivo, hacía calor y una humedad que derretía la piel. Light estaba sudando como buey, ese lugar era un volcán en erupción y el sol calentaba la tierra, que junto con la llovizna constante, ya todo el suelo se había convertido en barro.

Dentro del edificio, todos los detectives se encontraban en sus respectivas habitaciones. Dave, aburrido, leía un libro al igual que Aizawa, Matsuda tenía rostro despampanado: como si estuviese pensando en algo realmente inquietante, los otros cuatro dormían plácidamente, y Light… Light estaba más enfadado que nunca.

No paraba de ver el reloj, le inquietaba el hecho de que hacía ¡semanas! No estuvieran haciendo nada; cuando les estaban pagando un suelo por estar allí que era depositado en sus cuentas bancarias. Él era un hombre que se tomaba su trabajo con mucha responsabilidad, y por sobretodo, de manera seria. Era un profesional, no podía permitir que le pagaran sin estar haciendo nada.

Se decidió por tomar el toro por las astas: si nadie tenía iniciativa como para comenzar con la investigación, de ni modo que él sí la tendría.

—Light, ¿qué haces? —preguntó Matsuda, arqueando una ceja al ver que dentro de esa habitación monótona, había algo de movimiento.

El castaño se había acercado directamente a su maletín, y tomó un paraguas por precaución. Colocó su par de botas impermeables sobre sus zapatos y de una bolsa de tamaño grande: sacó una mochila negra que luego de llenarla, inmediatamente la colocó como caparazón de tortuga a su espalda, y era una prenda que para nada desentonaba con su forma de vestir casual aquella tarde.

—En el maletín tengo pequeñas bolsas plastificadas con cerrojo, para colocar cualquier pista que encontremos. También pensaba llevar una lista con un lapicero para anotar las respuestas que nos de la gente.

—¿Qué? ¿De qué hablas, Light? ¿Qué gente? —dijo Dave, confuso.

—La gente que entrevistaremos: iremos casa por casa de todos los vecinos alrededor y les haremos preguntas sobre lo que ha estado ocurriendo últimamente con las desapariciones —el castaño tomó una hoja de papel y comenzó a escribir sobre ella con firmeza—. Las preguntas serán las que anotaré aquí, ya las estuve pensando con dedicación antes, y quiero que las hagan tú y Aizawa, a todos los vecinos. Estuve pensando en que me acompañasen a investigar por nuestra cuenta.

—¿Qué? ¿Estás loco?

—Light, ¿tu oyes el disparate que estás diciendo? Tenemos terminantemente prohibido salir a las afueras del edificio si no es por cuestiones de urgencia. Norrix nos ha advertido que un comportamiento como ese merece sanción.

—Pero bueno, hombre. ¿Tú qué piensas hacer, Matsuda? ¿Quedarte aquí encerrado con esta gente sin hacer nada de NADA? Estamos aquí por un motivo, y recuerda que no solo es el dinero: por algo estudiamos esta carrera, por las personas que necesitan de nosotros, ¿tú enserio pretendes que yo me quede aquí sin hacer nada? A mí me vale madres una sanción, yo vine hasta aquí para investigar, todos los casos en los que he estado involucrado se han resuelto de manera concisa y rápida. Estoy de acuerdo en que este es muchísimo más peligroso y grave que cualquier caso que he tenido en mi vida, pero eso no es motivo suficiente para que estemos aquí sentados durante ¡semanas! Sin mover ni un dedo. No, señor. Quien quiera estar conmigo, hable ahora, quien no: quédese aquí, yo no les obligo a que me sigan, ustedes mismos saben cuáles son sus deberes, se supone que ya deben de saberlos: son licenciados en criminología, por algún motivo están aquí ahora, para hacer lo correcto… pues entonces, hagamos lo correcto y ya.

—Te apoyo Light, pero definitivamente no quiero una sanción —dijo Aizawa, cruzándose de brazos.

El castaño rodó los ojos y suspiró ahogadamente.

—Norrix no tiene por qué saberlo, solo saldríamos unas horas y volveríamos de inmediato. ¡Facilísimo, más simple que eso: imposible!

—Pero, ¿y si se entera? —había hablado Matsuda, con su constante cara de susto.

—¿Cómo? No está nunca aquí —aclaró el castaño.

—Ya Light, está bien que este lugar no es Tokio, pero ¡tampoco es un barrio! Debe haber más de mil personas viviendo aquí, ¿Cómo haremos para entrevistar a todos? Solo somos ocho —todos voltearon las cabezas en vista a los que dormitaban tranquilamente—. Mejor dicho: somos cuatro.

—Escucha, Dave. Si nosotros no nos movemos entonces nadie lo hará, y si yo hubiera querido unas vacaciones entonces me hubiera ido a Hawaii o al Himalaya, ¡no a esta Isla! Si vine hasta aquí y renuncié a la comodidad de mi hogar con mi familia, que a decir verdad ya los estoy extrañando mucho, fue para trabajar, y eso es exactamente lo que estoy a punto de hacer —tomó el paraguas e invitó a los demás a que le siguieran fuera de la habitación—. Escuchen con atención: vamos a separarnos, ¿sí? Dave y Aizawa entrevistarán a todas las personas que puedan, pregúntenles si tienen a algún familiar desaparecido o si han oído de una nueva desaparición, y de ser así, que nos comenten en el seno de qué familia; quiero que interroguen a la mayor cantidad posible de personas. Por otra parte, Matsuda y yo iremos al cementerio para ver qué tumbas han sido desenterradas. Si hallamos alguna pista, y ojalá así sea, las colocaremos en las bolsitas que tengo en la mochila.

—Espera, Light… todo muy bonito, pero yo no sé si el cementerio es un lugar apropiado para andar extirpando huellas digitales o cabellos, ¡a ese lugar va todo el mundo! Tardaríamos meses en saber a quién pertenece cada listón de cabello o huella digital, ¡son demasiadas! Y están en todos lados: en las lápidas, en las flores, en las tumbas, en el suelo —decía Aizawa, rascando su cabeza al saber que se estaban metiendo en un embrollo enorme, sobretodo porque eran solo cuatro personas, si ambos grupos, tanto ingleses como japoneses, colaboraran, todo sería muchísimo más fácil, pero para juntarlos, la orden debía darla Brett, y lamentablemente ese sujeto nunca se aparecía por esos lares.

—Aunque sea intentémoslo, yo creo en mí y también en ustedes, ¡podemos lograrlo! No necesitamos de los ingleses. Nuestro grupo, aunque sea de menor cuantía que el de ellos, es perfectamente capaz de llegar al meollo del asunto. Con lo que estamos a punto de hacer tenemos al menos por dónde empezar, ¡anden! ¡Ayúdenme! Quiero llegar al fondo de esto, ¿ustedes no?

Aquellos le miraban algo indecisos, arrugaban las facciones, no se los veía convencidos del todo, pero una parte de ellos sabía que Yagami tenía razón, que debían poner todo de sí para demostrar que estaban completamente capacitados para realizar una investigación de esa calibre, y que tenían el puesto ganado, y no gracias a un acuerdo, como los ingleses.

—¿Y entonces? ¿Se apuntan? —el rostro aniñado del castaño lucía esplendoroso, aun con la nubosidad que había en el cielo, detalle que volvía todo de un entristecido halo gris.

Se miraron entre los tres restantes.

—¿Y si nos suspende el muy cabrón, por haberle desobedecido, y no habernos quedado en el edificio como él dijo por culpa de un chismoso?

—Vamos, Dave —rezongó Light—. No lo creo, nadie nos ha visto salir, además, si uno de nosotros no empieza desde ahora, entonces esto seguirá así hasta sabe uno cuándo. Yo definitivamente quiero comenzar de una buena vez.

El moreno le sonrió a aquel, que esperaba por la aprobación de los otros dos.

—De acuerdo, anden.

—No perdamos tiempo.

—Bien dicho —Light sonrió, mostrando sus perlados dientes, se le veía feliz de que le apoyaran en una decisión así de arriesgada—. Andemos.

[…]

—Pésima idea, Light —se quejó Dave, sosteniendo el paraguas que de vez en cuando se doblaba hacia atrás del terrible viento que había; le golpeaba en la cara hasta dejársela morada. Sus botas ya no podrían absorber más barro del que tenían, y su humor iba subiendo de tono con el correr de los segundos.

—Ay ya, estamos cerca —se excusaba el castaño, que por sentirse útil y estar haciendo algo en vez de quedarse todo el día encerrado en aquel edificio mirando únicamente a la ventana, le contentaba, lo hacía sentirse bien. Sonreía solo de vez en cuando—. Bien, aquí es cuando —dijo, al haber llegado a un punto que creyó crucial—. Como les dije antes: Ustedes dos irán en busca de información, aquí tienen un lapicero y un anotador, uno hará las preguntas y el otro escribirá lo que crea más importante; así es como funciona. Por otra parte, Matsuda y yo nos iremos al cementerio a ver si logramos "sacar" una pista aunque sea muy pequeña. Nos estamos viendo en este mismo lugar a eso de las cinco de la tarde, ¿sí?

—Ya —respondieron todos, alejándose como debían.

Ambos pelinegros caminaban despacio, y sumado el malhumor que se apoderaba de Dave, Aizawa no estaba seguro de que la excursión fuere a ser útil, a su compañero no se lo veía del todo decidido.

—¿Qué te parece si tocamos en aquella? —preguntó, señalando con el dedo índice a una casa destartalada y muy antigua, en medio de ese chiquero barrial.

—Da igual, la gente de aquí no sabe nada, no sé qué clase de información espera Light que obtengamos porque estas personas a lo sumo sabrán quienes son los desaparecidos y cuándo es que desaparecieron, no saben otra cosa, los que tenemos que saber esa otra cosa ¡somos nosotros: los detectives! Para eso estamos aquí ¿o no? ¡Dah…! —dijo, despectivamente. Aizawa rodó los ojos y los puso en blanco.

—Cálmate, tómatelo con mayor tranquilidad, si no sabemos con quienes tratamos, entonces dudo mucho que lleguemos a saber "esa" clase de información. Todo a su debido tiempo, anda. Podemos hacerlo —le daba palmaditas en el hombro, que se sentían bien. Compañerismo, una palabra que aparecía muy poco en el diccionario de Dave. Éste le echó una mirada rápida a aquel hombre, el cual lucía mucho más seguro que él mismo, más impetuoso.

Caminaron a través del acuoso barro que rodeaba esa pequeña choza. Dave ya insultaba al aire, jamás acabaría de acostumbrarse a ese horrendo lugar. Oh, como extrañaba la ciudad.

Subieron por las escaleras destartaladas del porche, que rechinaron al sentir el peso de ambos japoneses encima.

Tocaron a la puerta una vez estando frente a ésta. Dave, con un paño blanco, pretendía quitarse un poco el barro en las extremidades, pero de poca utilidad había resultado.

—Diga —se oyó una voz que decía desde dentro.

—Pertenecemos al FBI, necesitamos hacerles unas preguntas, por favor, si es tan amable usted y su familia, de… —el sujeto abrió el mosquitero que simulaba una puerta, enseguida.

Era un anciano, bastante descuidado, con barba esponjosa que le llegaba hasta el cuello y ojos cansinos. Estaba en bata y descalzo, tenía las uñas de pies y manos largas y áridas.

—Ustedes están investigando el caso, ¿no es así? —dijo, un tanto esperanzado, aunque sus ojos ámbar se veían ojerosos y apaciguados como para demostrar una emoción similar—. Mi hijo es uno de los desaparecidos.

Aizawa se adelantó un paso sobre el otro moreno, mirando directamente al anciano.

—Eso era exactamente lo que pretendíamos saber ¿Puede decirnos exactamente cuándo es que desapareció?

—El dieciocho de febrero del año pasado, en la mañana, a eso de las nueve a.m, se había decidido por ir a cazar liebres, llevó la escopeta y todo, y luego, ya no volvió.

—Necesitamos alguna fotografía de él para saber sus aspectos físicos —se apresuró Dave.

El anciano, que había tenido rostro apacible hasta el momento, acabó por cambiar su aspecto a uno mucho más soberbio.

—Espere un momento, oficial —le detuvo con arrogancia, colocando la mano derecha frente a la boca del moreno—. Yo ya he ido al departamento de jefatura de Policías aquí en Naha, y he dejado ¡ocho fotografías! de mi hijo. ¿Y ahora ustedes vienen hasta aquí a pedírmelas? ¿Es que no trabajan junto con la jefatura? No comprendo, ¿ellos no les cedieron todos los datos de las denuncias que ya hemos hecho?

Ambos hombres se miraron de reojo, reaciamente.

—Es que nosotros no pertenecemos aquí, sino a una jefatura mayor de Japón.

—Si pero, ¿no se contactaron los policías de aquí con ustedes para cederles toda la información? Ellos ya han hecho muchas encuestas a mí y a todos los familiares de los desaparecidos, nos han hecho dar declaraciones, extenderles fotografías; registraron las casas por dentro para saber si habría alguna pista. Me disculparán, pero me parece poco serio que no estén trabajando junto con los policías de aquí, ¡ellos ya saben todo! Deberían haberles comentado al respecto.

Aizawa carraspeó en su lugar, dedicó un guiño a Dave.

Lo que aquel anciano creía era justamente lo que a él se le había cruzado por la cabeza muchas veces, y se había obligado a ignorar: ¿era eso un juego de niños? Nadie era el encargado de reunir pistas, nadie socavaba la información, no había reuniones, ¡por Dios, ni siquiera Norrix se aparecía por esos lares aunque fuera para echar un vistazo. Daba la impresión de que todo había sido planeado para plasmarlo en los medios de comunicación, es decir mera imagen, una farsa, un circo para aumentar desmesuradamente la popularidad de Brett como detective privado.

O, por el contrario, y tal vez, solo tal vez: era cierto que Norrix por el momento estaba demasiado ocupado atendiendo ¿otros casos? de suma importancia. Y pronto iría a regresar al edificio, y comenzaría, como es que debía, a liderar la investigación, porque no por nada había sido elegido para ese importantísimo puesto.

Ambas eran respuestas fiables, personalmente escogería la segunda antes que la primera, pero la realidad parecía decidir por la inversa.

—El hombre tiene toda la razón, Dave. Si ya hicieron las declaraciones una y otra vez en la jefatura, me parece innecesario que estemos aquí preguntando obviedades. Sería más conveniente ir hasta allá a que nos cedan la información antes que estar molestando a esta gente. Lo lamento mucho por Light, pero…

El moreno más adulto chasqueó la lengua.

—Si… creo que tienes razón. Hay que llamarle.

—Explícale bien la situación: dile que iremos a la jefatura a preguntar si pueden tendernos una mano, y como esto se trata de una investigación en masa, entonces no creo que tengan problema en compartir esa información. De ahí, vamos directamente al edificio.

—Ya, aguarda un momento —dijo extrayendo el aparato de su bolsillo—. Ah, y gracias por su cooperación —aclaró Dave al anciano, que con un gesto de desaprobación volvió a introducir su cuerpo en la cabaña y cerró de un portazo—. Qué gente más amable la de por aquí, ¿no? —rodó los ojos y echó un suspiro.

Aizawa simplemente se fruncía de hombros.

Caminaron rápidamente, uno detrás del otro, a través de la pequeña escalera de madera, para salir del porche.

Por más que le dijeren lo que fuere, ese sujeto le había dejado una muy mala impresión, a ojos de Dave se tomaba las cosas con excesiva tranquilidad como para creer que estuviera sufriendo del dolor por la desaparición de su hijo; si fuese el moreno quien estuviere en la misma situación, probablemente ya estaría dando declaraciones hasta en los medios con tal de hallar a esa persona extraviada, la tensión no le permitiría ni respirar. Pero este tipo estando ahí, conforme con haber hecho una sola denuncia, ¿ya le bastaba? ¿Realmente quería hallar a su hijo?

Hola, ¿Qué pasa, Dave? —respondieron del otro lado del móvil.

—Matsuda, óyeme. Decidimos con Aizawa que iríamos al edificio de la jefatura de policía de Naha, ya que sería estúpido tardar una eternidad en recorrer casa por casa, si la policía de este lugar ya lo ha hecho antes; mejor vamos para allá y les pedimos que nos den las declaraciones que hicieron los familiares de los desaparecidos.

Ya, y… ¿Cuánto creen que tardarán en eso?

—Nada, solo será media hora, supongo yo, si es que se disponen ser amables. ¿Quieres que luego de eso vayamos para allá con ustedes?

Aquí Light me dice que hagan lo que quieran pero, que no es necesario que vengan… sería mejor que vayan al edificio, es decir, para no andar los cuatro en este lugar haciendo demasiado bullicio en el cementerio, si me entiendes… nos reencontramos cuando lleguemos.

—Pásame el móvil —dijo Aizawa extendiendo la mano al moreno—. ¿Matsuda, todo bien por allá, encontraron algo?

Que hay Aizawa. Pues, la verdad es que si te soy franco: no. Las tumbas están impecables, ninguna parece removida ni nada por el estilo, al menos por el momento no nos hemos encontrado con ninguna así —hizo una breve pausa, probablemente Yagami le estuviera haciendo señas del otro lado—. Escucha, nosotros nos quedaremos aquí a hacerle un par de preguntas al guarda de este lugar, ustedes hagan lo que tengan que hacer, estaremos bien. No se preocupen.

—De acuerdo, llámanos por si las moscas.

Arrojó el móvil directo a las manos de Dave que lo cogió con desenvoltura y se lo colocó en el bolsillo de los pantalones.

Mientras caminaban por entre la flora húmeda y pantanosa de ese lugar, el más joven de los hombres habló cabizbajo.

—¿No te pareció raro?

—¿Qué cosa? —Dave rodó los ojos, Aizawa había estado distraído, sino hubiera llegado a la misma conclusión que él.

—Lo que dijo ese tipo: no quiere atestiguar, eso es evidente. Si yo fuera él no me importaría tener que dar declaraciones a tropecientas personas diferentes con tal de hallar a un familiar desaparecido, que se yo, me hizo pensar que no le importaba demasiado la situación en la que esta su hijo.

—Yo le entiendo perfectamente. El sujeto debe pensar que le estamos tomando el pelo. Debe ser frustrante tener que responder miles de preguntas, pero que nadie dé respuestas a las tuyas. Y saber que la policía tarda demasiado tiempo en desenvolver el caso, que se yo. Si fuese él estaría enfurecido.

Dave elevó una ceja. Tal vez Aizawa tuviera razón, aun así continuaba pensando en su teoría, no la dejaría solo porque la respuesta de su acompañante también fuera razonable.

¿Y en todo esto: qué carajos estaba haciendo Norrix?

Dave se tomaba el puente de la nariz con la yema de los dedos: extrañaba su casa, extrañaba su cama, extrañaba su comida y su rutina diaria. Y a ese paso (con el jefe encargado de darle rumbo a la investigación, yendo solo una vez cada tanto) pasarían años hasta descubrir lo que estaba sucediendo. Y lo peor de todo era que no podrían ser un aliciente para las personas del lugar, el hecho de que hubiera tanta cantidad de policías en Naha, no aseguraba que los habitantes de allí estuvieren a salvo, ¡porque se dedicaban a hacer nada! Y mientras Norrix iba de viaje en viaje, más personas eran las que desaparecían a cada día…

Menudo desastre.

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Habían estado caminando durante dos horas, ese lugar era terriblemente inmenso en comparación con la cantidad de personas que vivían allí, al parecer había mayor tasa de mortalidad que de natalidad, porque de no ser así no habría otra explicación por la cual hubiera ¡tantas tumbas!

—Este lugar no es como me lo imaginaba —decía Matsuda, sudando ya de tanto esfuerzo físico; mientras echaba un ojo al cementerio, impecable y deslumbrante a ojos de cualquiera—. No veo ninguna tumba maltrecha, ¿y tú?

—Pues, no, pero… —el castaño entrecerraba los ojos—. Mejor, caminemos por aquí.

—Ya hemos pasado por ahí, Light. O eso creo… —el sitio era bastante confuso, más bien lucía como un laberinto, las paredes eran altísimas y el sol poco apogeo tenía por esos largos e infinitos pasillos que llevaban a mas tumbas. El guarda les había tendido una mano por si llegaban a perder la orientación allí dentro (al parecer solía suceder algo como eso muy a menudo en aquel lugar), pero ellos prefirieron no aceptarla, y caminar solos para una mayor tranquilidad (tener que hablar sobre cuestiones policiales delante de otras personas ajenas a la cuestión, a veces solía ser bastante incómodo por el deber de contener ciertos comentarios o evitar dar algunas críticas que podrían resultar ofensivas), pero ahora que lo pensaban, hubiera sido mucho más conveniente aceptarla: y por no hacerlo, todavía estaban perdidos en esa maraña llena de pasillos por doquier.

Light rascaba su cabeza mientras apretujaba sus dientes delanteros.

—Sí, lo sé. Es que no me acuerdo de… ¿Estás seguro de que esa tumba… la pasamos, o…?

—Creo que sí —Matsuda estaba firme, no del todo pero al menos un poco más que Light.

El castaño golpeó su frente con el puño y exhaló profundamente. Era pésimo para la geografía, le resultaba dificilísimo concentrarse en los detalles, y eso causaba que se perdiera con facilidad.

Intentaba acordarse de todo aquello que le resultara relevante, pero en el momento de plena acción era mucho más difícil de lo que suponía.

Pronto, se percató de inmediato que estaban dando círculos en falso. Se tomaron un buen tiempo para descansar, Light apoyó su cuerpo sobre el suelo, no le interesó que aquel estuviera un tanto enmohecido y recio. Matsuda copió aquella postura.

—¿Crees que nos hemos confundido de cementerio, Light? Sería terrible que así fuese, ¿verdad? Tanto tiempo gastado en nada; ¡y todas las tumbas están bien! No lo comprendo.

Light echó un vistazo a su alrededor.

—No, este lugar es el correcto.

—¿Y, entonces?

El castaño no quería dudar, pero aquel moreno le obligaba a ingresar en trance; no era momento para negatividades. Ya habían examinado todas las tumbas unánimes, y estaban completamente bien, solo faltaban…

—Espera… —detuvo a Matsuda con una mano, aquel otro carraspeó en su lugar—. Revisemos dentro de las criptas, al menos ya sabemos que las tumbas al aire libre están completamente sanas.

El moreno le miró con los ojos asombrados y una expresión de susto terrible.

—¿A las…? Oh, no Light, ¡vamos!

—¿Qué? ¡Matsuda! No seas miedoso, es solo por un momento.

—No soy miedoso… tengo… claustrofobia —rodó los ojos con ingenuidad.

—Yo también sufro de claustrofobia, pero por ningún motivo dejaría que eso estorbara en la investigación. Anda, solo por un par de segundos y estamos fuera enseguida. Te lo prometo.

—¿Y qué tal si…?

—¡No! ¡Nada de chantajes! Tú metete a la cripta de allá, la celeste —ordenó el castaño, mientras señalaba con el dedo índice una pequeña construcción con forma de galpón, bastante deteriorada por los años y muy maltrecha. Matsuda respiró profundo—. Yo me meteré en esta de acá. Escucha, quiero que una vez dentro tomes los ataúdes e intentes abrirlos con fuerza, no importa si no tienes la llave del cerrojo porque con los años que tienen esos cajones, no te será difícil si usas un poco de fuerza bruta, te aseguro que se abrirán enseguida.

—No sabía que eras experto en estas cosas —dijo atemorizado, con la voz comenzando a sonarle temblorosa. Su piel ya se había vuelto pálida, más blanca que los pocos rayos de luz que ingresaban a través de esas altísimas paredes separadoras del resto del cementerio.

—No es eso —rió divertido, lo cual resultaba irónico, si uno se ponía a pensar el triste lugar en donde se hallaba—. Solo son suposiciones, si ves que la tumba no se abre porque tiene un cerrojo fuerte, no importa, sigue con otra tumba y ya.

—Esta bien —dijo Matsuda, no del todo seguro. Antes de que Light le dejara solo frete a esa horrenda y apretujada construcción antigua.

La puerta de chapa, pequeña y oxidada, estaba sujetada con una cadena tan deteriorada como el resto de esa choza. Ingresó con cautela, a las agachadas ya que por su tamaño, se le hacía imposible pasar completamente erecto.

Allí dentro olía a húmedo, a encierro, a oscuridad… y a muerto. El moreno cubrió su nariz con la manga del puño, aunque fuera evitaba un poco la mala peste, aunque era imposible escapar de ella. Se acercó a regañadientes a las tumbas: primero las miró con detenimiento, luego se atrevió siquiera a rozar la mugre que reposaba sobre ellas. Eran cinco fallecidos, todos pertenecientes a una misma familia.

Contuvo un ahogo frustrante.

Abrió la puerta de una de aquellas cinco fosas, extrajo un ataúd que acabó arrojándose por su propio peso al suelo. Light tenía razón: casi se desarma de lo vieja y húmeda que estaba la madera.

Su corazón se detuvo cuando llegó el momento de levantar la tapa. Respiró profundo, contuvo el aire en sus pulmones como hace un niño cuando debe mantenerse solo en la oscuridad; levantó lentamente, y solo un poco.

Echó un vistazo.

El fallecido era una muchacha, su cuerpo aun no se había descompuesto del todo, había moho en su rostro blanco y suciedad en su cabello rubio rizado. Tendría al menos unos quince años de edad, terriblemente joven para morir, delgada hasta el tuétano y con inmensas ojeras moradas. Las venas verdes en sus brazos amarillentos ya ni se notaban.

Tristemente volvió a colocar la tapa sobre el ataúd, con fuerza lo situó nuevamente en la fosa. Odiaba hacer esa clase de cosas, le dejaban instalado en el pecho una sensación mortuoria que no se iba sino hasta dentro de unos días después; no comprendía como a los demás se les hacía tan fácil.

Ahora debía inspeccionar los otros cuatro. Se armó de coraje, respiró hondamente una vez más, hasta que sintió una mano posarse sobre su hombro izquierdo.

—¡Ay, la puta madre! —gritó del susto, empujando al castaño contra una de las fosas. Reaccionó de inmediato y cuando quiso acordarse, Light ya estaba masajeando su nuca de manera circular, y lo miraba con un gesto más fúnebre que el de los propios muertos—. Oh, lo siento, pero por lo que mas quieras, Light, no vuelvas a hacer eso, por favor —tomó su pecho con el pucho y comenzó a inhalar y a exhalar hasta que unos segundos después había logrado calmarse—, ¿te golpeé muy fuerte?

—Bastante, diría yo —tronó un poco su cuello hasta alivianar el dolor de haberse dado la cabeza contra una arista de la puerta—. ¿Y…? ¿Están todos?

—Ehem… solo… solo he inspeccionado una tumba y… bueno, el muerto está.

—¿Solo una? —chilló el hombre, con asombro y decepción a la vez. Matsuda se encogió de hombros para aminorar la vergüenza.

—Ay, lo siento mucho, Light. La verdad es que esto me pone muy nervioso, lo cual me hace sentir aun peor, porqué, teniendo en cuenta que odio esta clase de cosas…

—Y entonces, ¿por qué decidiste meterte en un caso que se trataba específicamente sobre lo que odias?

El moreno desvió la mirada.

—Que se yo —dijo, resignado—, ya ni estoy seguro en qué podría ser útil yo en esta investigación —cabizbajo chequeaba con timidez la punta de sus zapatos.

—Está bien, Matsuda, no importa. Además, no tienes de qué avergonzarte. Eres muy útil aquí, tanto como todos nosotros, o aun más: sólo debes confiar en ti —sonriendo, Light apoyó la palma de su mano sobre el hombro de aquél—. A mí también me aterra esto, no creas que no; pero yo soy más fuerte que cualquier cosa que pueda estar rondando por este cementerio, y tú debes tener el mismo pensamiento positivo, ¿de acuerdo?

Aquel día Light estaba totalmente diferente, no lucía como el muchacho serio de un principio, aquel con rostro puntiagudo y aires de afamado. No dejaba de ser formal, pero aun así comenzaba a caerle más simpático que nunca al moreno.

Y… era un hombre bastante guapo a decir verdad, muy guapo, a decir verdad. No podía creer el hecho de no haberse fijado en eso antes. Lo observó con anhelo de pies a cabeza por primera vez: tenía unos hermosos ojos café, grandes y resplandecientes; el cabello del mismo tono, brillante y limpio; sonrisa magnética y piel con un dejo oliva aceitunado: parecía hombre de revista, y esa esbeltez tan típica suya, si pues, si él se lo proponía hasta podría que llegara a ser modelo, ¿qué hacía metido en un sitio como ese? No parecía de esa clase de hombres detectivescos con su típica fama de fumadores compulsivos, bebedores y sin vida social, con porte descuidado y ropas haraposas. No, Light Yagami no era nada de eso y se veía a simple vista. Aunque, el hecho de que el castaño hubiera decidido fijarse más en su cerebro que en su físico era una buena opción después de todo: lo hacían un hombre completo.

—Bien, termina con este lugar, y luego pasa al siguiente. Yo comenzaré con la cripta del final del pasillo, ¿sí? —abandonó al moreno sin más que decir, cerró la pequeña puertita tras él.

—¡Light, por el amor de Dios, no me encierres! —chilló como desgargantado al ver que se queda solo y a oscuras allí dentro.

—Ouch, lo siento —el castaño esbozó una sonrisa nerviosa.

Dejó entreabierta la pequeña puerta enchapada de la cripta, y sin más, comenzó a caminar hacia el final del pasillo, en busca de otra fosa que socavar. No sabía si era impresión suya, pero últimamente le daba la espina de que Matsuda en los posteriores días le echaba el ojo de una manera diferente a lo normal, particular, diría Light. Y no sabía si era por el lugar, por el clima, por la fauna; comúnmente el castaño se hubiera sentido alagado por algo por el estilo si ocurriese en su vida cotidiana, en su día a día en Tokio. Pero estando allí, encerrado como jabalí en jaula, debía admitir que no le había gustado nada esas miradas que le echaba Matsuda mientras desayunaban, almorzaban, conversaban, le daba cierto repudio, pero ese moreno tenía una forma tan extraña y dulce para inspeccionar a los demás, que al mismo tiempo que le causaba rechazo también le daba un halo de ternura.

Pero bueno, ni que fuera la gran cosa, por supuesto que Matsuda era un hombre increíblemente atractivo físicamente, y también inteligente (aunque no lo hubiera demostrado, ¿estaba allí, o no? Era detective, y esa carrera, la misma que él había estudiado, era complicada, asique algo de materia gris debía de tener dentro de su fase craneal ¿o no)? Pero que va, por muy bonito que fuera, debía admitirlo, no le agradaba demasiado su personalidad aniñada… es que Matsuda era muy… muy…. ¡MUY MATSUDA! Si le dieran a elegir, preferiría mil veces la personalidad de Dave: el cual si bien no era tan guapo como el otro moreno, definitivamente tenía una manera de ser que resultaba arrollante y eso le gustaba al castaño, joder que si le agradaba mucho.

Tampoco es como si hubiera mucho para elegir en ese lugar… es que a decir verdad, no era ese el punto: estaba allí para trabajar, no para andar echando el ojo.

Matsuda no era para él, no había más rodeos que darle a ese tema. Por otra parte, Dave… una vez más: le agradaba muchísimo su personalidad, pero le faltaba algo, tal vez el hecho de que parecía estar con los nervios de punta todo el tiempo, no se tomaba nada a la ligera, ni siquiera una pequeña bromita, y eso molestaba bastante a Light, llegaba a considerarlo agobiante.

Pufff… Ni siquiera sabía por qué, en un momento de investigación como ese, estaba pensando en los atributos de ¡sus compañeros de trabajo! Vergüenza debería darle, se golpeó a sí mismo en la sien por desubicado. E instantáneamente comenzó a reír solo, mientras ingresaba a una nueva cripta, con una oscuridad tan espesa que nada podía verse alrededor, se hubiera atemorizado de no haber tenido la mente por otros lares.

No se había puesto a pensar que lo que estuvo haciendo hasta hace un momento probablemente lo hacía todo el tiempo, pero de manera inconsciente, es decir: siempre que le presentaban a alguien, instantáneamente (e instintivamente), en un recóndito lugar infinito de su cerebro comenzaba a evaluar si esa nueva persona podría llegar a considerarla solo amistad, o por el contrario, algo más, con tan solo darle un primer vistazo. Era increíble cómo funcionaba el cerebro humano. Obviamente, su juicio había ubicado a Matsuda, Dave y Aizawa como amigos, y lo que en ese puesto ingresaba, en ese se quedaba.

El sol comenzaba a perderse por el horizonte, mientras la noche se hacía presente, y el castaño se adentraba en aquel lugar fantasmagórico, a completas oscuras. Ahora ya nada iluminaba ahí dentro, la noche había llenado de oscuridad todo lo que el día hubo de alumbrar hacía unas horas atrás.

Ingresó apaniguadamente, sin percatarse que estaba pisando sobre una puntiaguda y filosa roca con las botas, para nada fiable. Comenzó a oler un aroma a putrefacción terrible, mucho más denso y fuerte que en las demás criptas, se cubrió la nariz con el puño pero de nada sirvió; sus neuronas hicieron sinapsis en un cuarto de segundo: ¡allí debía haber un ataúd extraviado!

Se despojó de todo temor, y ni bien intentó caminar para hallar una pista, dio un paso en falso, y sin darse cuenta de ello, y en un segundo efímero, resbaló sobre la roca, intentó rápidamente sostenerse con las palmas de las manos apoyándose sobre el suelo para evitar darse el rostro de lleno contra la suciedad de la tierra, pero grande fue su sorpresa cuando la reacción llegó a su consciencia: no había suelo. La roca estaba en el borde de un gran hoyo dentro de la cripta, y la oscuridad de allí dentro le había impedido divisarla.

Light comenzó a caer por ese agujero profundo, repleto de piedras ariscas, rasgándose la piel con cada tropezón, hasta que dio con dureza sobre tierra firme.

Despertó unos minutos más tarde, siendo consciente de que había sido víctima de un desfallecimiento durante un corto lapso de tiempo. Quedó oliendo el polvo que emanaba de la tierra al respirar sobre ésta. Estaba con el cuerpo rígido en una posición muy tensa. Sintió que ardían varias partes de su cuerpo, el brazo principalmente, una pierna, el pecho y estómago, también el rostro le dolía bastante. Intentó moverse pero diablos que le dolía la carne.

Tragó espeso, estaba demasiado apretujado en ese lugar, era pequeño y de superficies puntiagudas, lastimaban tanta cantidad de rocas afiladas.

Intentó, por todos los medios, ponerse de pie y, como mínimo, hacer la prueba para ver si podía salir de esos aprietos él mismo y sin ayuda de nadie; pero al parecer sería imposible ya que no podía ni estirar una pierna, el golpe había sido terrible.

Le dolía un infierno el brazo derecho.

—¡Matsuda! —comenzó a gritar, con desesperación y asfixia. La claustrofobia se hacía presente cada vez que gritaba y no obtenía respuesta del moreno. Si tan solo hubiera estado más atento a las circunstancias; si no hubiera estado pensando en pavadas, entonces esto no hubiera ocurrido—. ¡MATSUDA! —chilló más desgarradoramente que nunca, la garganta le afloraba quejosamente bajo la piel—. ¡MATSUDA!

No podía levantarse y… el antebrazo derecho, ¡ardía! Lo tenía acalambrado. Intentó mover la extremidad izquierda (que respondió conforme) para tomar la derecha, logró sujetarlo, pero cuando quiso hacer fuerza con la otra mano para apaciguar un poco el golpe que probablemente le hubiera dislocado el codo, notó que se trataba de algo muchísimo peor: una filosa roca estaba atravesando la extremidad del castaño hasta casi llegar al otro lado del brazo.

Abrió los ojos como dos platos circundantes. Reprimió un chillido ahogado, pero el susto le había quitado hasta la respiración. Si se atrevía a moverse, la sangre que expulsaría el brazo sería terrible, haría un charco en el suelo, y no sabía cuánto tiempo tardaría en salir de allí, pero de algo estaba seguro: con un brazo roto, jamás podría escalar por las rocas puntiagudas.

Intentó calmarse, pero el dolor era cada vez más insoportable. Sentía el filo y la suciedad de la roca, embarradas en su carne, penetrándole con fuerza. La sangre comenzaba a brotar espesa, no veía absolutamente nada al estar todo a oscuras, pero dolía, y ya podía sentir la tibieza de un líquido caliente bajar hacia su cuello y empapar su pecho.

—¡MATSUDA! —chilló fuerte, en aprietos. El moreno apareció enseguida.

—Light, ¿qué pasa? —dijo atemorizado, desde unos centímetros delante de la puerta de la cripta.

—¡NO CAMINES! No des ni un paso más, ¿oíste? —ordenó con voz firme—. Me caí.

—¿Por qué se te escucha tan lejos…? ¿Hay un poso aquí adentro?

—Si, ¡ME CAÍ! Aquí estoy, dentro del hoyo. No camines más o te caerás, está bastante profundo aquí abajo —comenzó a chillar del dolor—. Pide ayuda, ¡rápido!

—Oh, dios mío, espera, idearé la manera de sacarte de ahí… intenta hacer fuerza para levantarte, tal vez yo pueda extenderte la mano y… —anunció, con desesperación.

—No, ¡no hagas nada, no puedo moverme! Una roca me está atravesando el brazo, ¡maldición!

El moreno se atemorizó.

—Y… ¿A quién llamo? ¡No sé! ¿Los bomberos? —tomó el móvil escondido en el bolsillo de su pantalón, se apresuró a marcar el número correcto, pero estaba tan nervioso que logró realizarlo correctamente a la tercera o cuarta vez de intento.

Light chillaba allí abajo, ¡y su estúpido nerviosismo le impedía ir más rápido, todo lo contrario, entorpecía sus movimientos!

[…]

Los bomberos no tardaron en llegar, y mientras hacían lo que podían para no afectar más el estado de la herida en el brazo de Light, Matsuda, con desespero, llamó inmediatamente a Dave.

Aquí Dave ¡¿En donde mierda están, Matsuda?!

—Óyeme…

Diablos, tío. Ya ha oscurecido y han pasado cuatro horas. ¿Encontraron algo interesante o qué? —su voz sonaba para nada apacible, pero no había tiempo de ser incordiales, uno de ellos estaba en muy serios aprietos.

—¡Joder, Dave, Light cayó a un poso y se enterró una roca filosa en el brazo! Aquí están los bomberos que intentan ayudarle a salir, sin que pierda más sangre de la que ya ha perdido, necesitará transfusión, acaban de aclarármelo. ¿Ustedes hace mucho que llegaron al edificio?

Si, hace HORAS que llegamos. Tu no me estas jodiendo, ¿verdad? ¿Transfusión? ¡¿Cómo se cayó?!

—Estábamos registrando las criptas en el cementerio, él entró a una y había un pozo, estaba todo oscuro y no lo vio, ¡y se cayó! No tengo idea de cuánto tiempo tardarán en sacarlo, pero absolutamente lo llevarán al Hospital, me dijeron que obligatoriamente deberá recibir sangre, ha perdido bastante.

Oh, mierda, no jodas —el moreno se oía molesto y un tanto nervioso—. A que no sabes quién se apareció aquí.

—¿El qué? ¿Quién…? —preguntó nervioso.

Está Norrix, y quiere una reunión con absolutamente todos los integrantes de la investigación, en media hora en el salón central. Ni te cuento el mal humor que lleva el muy cabrón. Empezó a los gritos hace un rato.

—Oh, carajo —cubrió su rostro con la mano que no sostenía el móvil sobre su oreja. Sintió una presión nostálgica sobre su pecho—. Intenta explicarle la situación lo más tranquilo que puedas, cosa que no vaya a exaltarse.

—¡Mierda, Matsuda! Si se llega a enterar que desobedecimos sus órdenes y que salimos a investigar por nuestra cuenta ¡nos suspenderá! Lo hará, lo sé ¡Carajo! —el moreno cubrió ambos ojos con una mano.

—Haz lo que puedas porque no se entere.

—Pufff… ¿tú me escuchas lo que hablo, soquete? —encolerizado chillaba, estando dentro de la habitación perteneciente al grupo japonés, todo mundo ya estaba reunido en los pasillos para ingresar ordenadamente al gran salón.

—Dave, ya han metido a Light dentro de la ambulancia, debo ir con él hasta el Hospital. Tengo que colgar, llámame dentro de un rato, podré darte notificaciones de su estado.

El moreno colgó de repente, y a aquel otro ya iba surgiéndole una bola de nervios en el estómago, que por más que quisiera calmarla, no se iba. Salió fuera de la habitación para unirse a la fila.

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El hombre canoso, de mirada celestina penetrante y, extrañamente, con un humor mucho más presuntuoso que lo normal, mordía la comisura de sus uñas al tiempo que esperaba que cada uno de los detectives ingresaran al salón central y se acomodaran en sus respectivas banquillas, mientras él estaba ya sentado en una silla con forro de seda, encima del escenario y con un micrófono en la mano. Sudaba en frío, ¡necesitaba con urgencia que se apresuraran!

Dave chequeaba el reloj constantemente, deseoso de que se detuviera el tiempo para así no tener que justificar la ausencia de dos de los detectives japoneses. También él estaba tan nervioso que no veía ni la hora de salir del lugar al cual aun ni siquiera había ingresado.

Todo el lugar ya estaba completamente lleno, cada banquilla estaba ocupada, a excepción de dos de ellas, y algunas del fondo que jamás nadie utilizaba.

—Gracias por venir a esta reunión —comenzó a hablar a través del aparato—. La verdad es que, tengo una noticia poco grata, para mí, por supuesto: tendré que abandonar el edificio durante una semana. En verdad abandonaré el país en esos siete días: debo viajar con urgencia a Londres; pero antes de irme, y para ya no seguir retrasando el caso, he decidido formar equipos con todos ustedes, de veinte personas cada grupo. Así será mucho más fácil y la labor se reducirá considerablemente, aparte ya estaría todo listo para cuando yo regrese. Estaba pensando en distribuir las tareas por conjunto, a ver si me explico y ustedes logran entenderme: a un grupo le asignaré la tarea de la recaudación de información, a otro la interpretación de datos, a otro grupo la interrogación a los testigos, a otro la relación de los asesinatos con la distribución geográfica de Naha, y así sucesivamente. Planeo hacer ahora mismo la repartición de los equipos, asique por favor presten atención, iré nombrando a cada uno y ustedes deberán agruparse, ¿de acuerdo? No es muy complicado, ¿no es cierto? Hasta parece de jardín de infantes —todos comenzaron a reír para no quedar mal ante las bromas estúpidas del jefe. Aizawa y Dave rodaron los ojos, comenzaban a ponerse sentirse perturbadoramente incómodos—. Bien, empecemos, hagan silencio, por favor. El primero es Aaron Would —había comenzado con los suyos: los ingleses, por supuesto; probablemente a ellos los dejaría para el final de la lista, en una situación normal Dave se habría enfurecido por tal trato, pero en ese contexto le parecía mejor que así fuese—. Sigue Adrien Prince, por favor, colócate aquí en este asiento —Brett los movía donde se le antojaba, y Dave ya comenzaba a desesperarse.

La lista se hacía interminable, tener que nombrar a más de cien ingleses era cansador. Pronto, y ya al tiempo en que la mayoría de los detectives estaban ubicados en sus respectivos nuevos lugares; fue el turno de los orientales.

—Bien, aquí vamos con… Suichi Aizawa —Norrix levantó los ojos de la lista para hallar al japonés con la mirada—. Colócate en la silla que te estoy señalando con el dedo, por favor.

Así lo hizo el hombre, luego fue el turno de otro de sus compañeros.

—Yagami Light… —llamó, elevando la vista para ubicarlo entre los pocos que quedaban sin ser nombrados—. Yagami —repitió.

Dave se levantó de su asiento.

—Yagami no está.

La vista calma de Brett pareció cambiar de repente.

—¿Y donde es que está? Aclare específicamente que cuando digo que los quiero a todos acá, ¡es a todos, acá!

—Se encuentra en el Hospital.

Todos allí dentro se voltearon para ver quien hablaba. La voz del moreno se oía con eco en las aristas de aquel inmenso lugar.

—¿Y se puede saber qué hace allá? —su tono había sonado altanero, poco amigable, arisco.

—Ha tenido una lesión, obviamente —la carga de la última palabra, causó que Norrix mirara de manera prepotente al japonés, Aizawa se revolvía en su silla.

—¿Cuándo…? Y ¿Dónde?

Dave mantuvo el silencio durante un par de segundos. Tomó aire.

—Hoy mismo, en el cementerio.

—Ah… en el cementerio —rascó su barbilla con la mano desocupada—. ¿Y se puede saber qué diablos hacía Yagami allá? ¿Y quién fue el que le autorizó para abandonar el edificio y hacer lo que se le pegara en gana sin permiso mío?

Todo el salón se volvió un halo de mutismo, ni el sonar de una mosca rondaba por los aires, solo el inevitable eco que producía la voz varonil, chocando contra los esquineros del salón.

—No tuvimos permiso, señor.

—¿Tuvimos? ¿Quién más fue? ¿Yagami, tú y quien más?

—Touta Matsuda, señor. Está en compañía de Yagami en el Hospital en este momento.

Brett asintió con la cabeza, podía percibirse su enfado con tan solo oír su respiración chocando contra el micrófono.

—Ya van tres, ¿alguien más? —Dave mantuvo el silencio, no pretendía por nada del mundo delatar a Aizawa; pero aquel sujeto, no iría a dejar que sus compañeros carguen con el resto de la culpa de un cuarto integrante, no era ético de su parte, se sentiría culpable durante semanas si es que no llegaba a hablar.

El japonés se puso de pie.

—Yo también señor —Dave inmediatamente bufó y rodó los ojos, no creyó capaz a aquel sujeto de hacer una estupidez como esa, por poco y lo libra de la expulsión, pero ya que, el muy bobo se había incriminado solo.

Aizawa echó un vistazo de lejos al moreno, sabía lo que aquel estaba pensado, pero no importaba porque él no hubiera dejado que, cualquiera fuese la sanción por aquella conducta, la cargaren solamente aquellos tres, si es que él también había participado en la expedición.

—¿Y se puede saber a qué diablos fueron hasta allá?

—Investigábamos.

—No, no, no. Aguarden un momento. ¿Cómo dijiste? ¿Investigaban? ¿Por su cuenta? ¿Y por qué fue eso? ¿Acaso no confiaban en mí ni en mi capacidad de liderarlos? —los morenos se habían quedado completamente callados, Norrix enfureció de repente, pero como siempre, mantuvo la compostura —. Cuatro. Ustedes cuatro… están suspendidos: no van a siquiera acercar las narices a la investigación durante dos semanas, ¿les quedó claro?

Ambos japoneses observaron fríamente a Norrix, y se echaron miradas de reojo entre ellos unos segundos antes de asentir con las cabezas.

[…]

"—¿Quieres contarme?

¿Qué cosa?

El por qué estás tan triste.

¿En dónde estabas, que decidiste seguirme?

Primero contesta tú por qué estás así de triste y yo responderé a tu pregunta.

Pienso.

¿En qué?

Puff… eres bastante chusma, ¿te lo habían dicho antes?

No. ¿Me vas a decir en qué piensas?

¿Por qué te interesa?

Porque te ves triste… y eso me molesta".

Abrió lentamente los ojos. Sentía un fuerte picazón en el brazo. Ardía como mil demonios. Quería rascarse pero sentía sedado el otro brazo, no podía ayudarse ni a sí mismo; estaba inmovilizado; y la horrorosa luz fluorescente de ese lugar le raspaba las retinas.

Escuchaba una voz hablando por móvil a tan solo centímetros suyo, pero estaba bastante adormecido como para atreverse a despegar directamente los párpados, aun así la reconocía: varonil, pero con un toque de juventud en las entonaciones; creyó que podría llegar a ser Dave o Matsuda; pero pronto, poco a poco, estaba comenzando a recordar lo ocurrido en el cementerio hasta que cayó al pozo, y entonces no tuvo dudas de que se trataba del segundo.

Aquel colgó, y exhaló con un deje de insatisfacción.

—Mmm… —intentó pronunciar el nombre de aquel; pero ni eso podía, al parecer algo le habían puesto al suero para tranquilizarle, y había acabado adormeciéndolo, causándole pesadillas.

—Ah, ya despertaste, Light —dijo aquel muchacho al sentir las quejas del castaño, como si hubiere tenido un sueño poco grato, o algo por el estilo. Matsuda caminó acojonadamente a un lado de su compañero de investigación, al notar que pretendía quitarse las agujas que había colocado la enfermera en su brazo izquierdo—. Oye, Light… ¡No hagas eso! ¿Qué te pretendes?

—El… suero… tiene pastillas… para dormir —decía entrecortadamente, aun no había articulado por completo el habla.

—No te pusieron ningún suero, ¡es sangre! Los médicos decidieron hacerte una transfusión de sangre porque perdiste mucha. Y estás adormecido por el tremendo golpe que te diste, te ha dejado exhausto; y además, te desmayaste ni bien viste ese filo clavado en tu brazo, por eso estás algo atontado.

—No… estoy… atontado —estiraba el brazo, le molestaba ese cablerío tendiendo de su carne.

Matsuda se dedicó a tomar de la mano al castaño para que mantuviera erecto el brazo, de manera contraria: la transfusión se detendría, como había dicho la enfermera, y la sangre dejaría de ingresar por la vena.

—Light, de veras que no quiero generarte un mal mayor al que estás pasando en este momento, pero no me queda otra que contártelo: Norrix se ha enterado —el castaño fruncía el ceño, probablemente en el estado en que se hallaba si quiera recordara quien era "Norrix"—. Estamos suspendidos de la investigación, acaba de llamarme Dave para confirmármelo, será por dos semanas, es decir, nos descontarán del suelo estas suspensiones, asique…

—Lo… o…dio…

—¿Qué? —lo había tomado despistado, se acercó más al castaño, apoyando su oreja sobre los labios de aquel, su voz sonaba demasiado débil—. Háblame un poquito más articulado, Light, no te entiendo bien.

—Lo odio —repitió, suavemente, emitiendo el mismo sonido que produce el llanto, pero sin lágrimas, no parecía tener fuerzas para romper en lamento, no luego de toda la cantidad de glóbulos rojos que había perdido.

—¿A Norrix? Si, debo admitir que el muy cabrón hace de las suyas cuando se le entra en gana, ni siquiera se aparece cuando más le necesitamos y justo ahora viene a caer en el edificio, y nosotros fuera, pufff…

—A L… lo odio… lo… o…dio.

—Ay, Light, me la pones difícil, no te entiendo nada.

—Que… se muera…

—¡¿Qué?! No, tampoco para tanto, pobre Norrix, no ha hecho tanto daño, solo es muy cabrón, pero no como para desearle algo así, Light —el castaño poco a poco fue dejando el agarre que mantenía con los cables que le transfundían sangre. Con lentitud iba quedándose dormido otra vez.

Matsuda echó un frustrado suspiro, hubiera deseado que Light estuviera en sus cabales para lograr comentarle lo de la suspensión, pero el muy pobre estaba devastando, el desmayo lo había dejado completamente en las nubes.

Como mínimo debía estar agradecido que no le hubieren expulsado del lugar. Pero también estaba fastidiado.

Volvió a retomar asiento en una silla a un lado de la camilla donde reposaba el castaño. Intentaría también él dormir un poco, todo aquel movimiento que les había incentivado Light a realizar, lo había dejado exhausto.

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El cabello blanco radiante del niño, resplandecía cuando la luz naciente en el horizonte chocaba contra él.

Brett sonrió al verlo.

Near, tan perfecto como solo él puede serlo. Se tomó un tiempo para admirar la belleza del niño, opacada por aquel gesto de descontento que acostumbraba tener su rostro pálido. Por más que su mirada reflejare una seriedad absoluta, él podría estar seguro de que el niño probablemente estuviera saltando de la alegría muy en su interior.

Tenía la mirada ida, como si estuviese sumergido en su mundo, no perdía de vista ningún detalle fuera, que pudiera divisar a través del cristal de la ventanilla en el avión, sostenía su mandíbula con su mano derecha; parecía estar muerto de sueño porque cada dos por tres sus párpados se cerraban lentamente y no volvía a despegarlos hasta dentro de un par de minutos.

—¿Estás listo, campeón? —apoyó una mano sobre el hombro izquierdo del niño (que ante la debilidad física de éste, lució más como un golpe tosco). Near de inmediato salió de sus pensamientos para abocarse a la realidad, miró a su padrino con impresión (por haberlo sacado de sus cabales) y luego de un tiempo, con anhelo. Le dedicó una pequeña sonrisa.

—Daré mi mayor esfuerzo —dijo, arrastrando las palabras, como de costumbre, como si no quisiera hablar más de lo necesario. La sonrisa, tan rápido como había aparecido, se esfumó de su aniñado rostro, y volvió a adoptar un gesto tosco; dirigió su vista hacia la ventanilla, otra vez.

A veces, Brett, no podía decidirse en cuanto a su ahijado: o le parecía bastante arrogante, como para ser capaz de cortar una conversación tan ásperamente, o por el mismo motivo: le parecía terriblemente humilde como para no desear extender su confianza con un palabrerío interminable.

En absoluto silencio continuaron el vuelo; hubo un momento en que ambos se colocaron los auriculares y, al igual que todos allí dentro, dirigieron la vista al frente para proponerse disfrutar de un film hollywoodense. Pero para mala suerte de Nate, se trataba de una comedia romántica, que con tan solo quince minutos de función, ya había incitado al niño a dormirse.

Despertó habiendo finalizado el viaje; se encontró con un Brett profundamente adormecido, y tomando cariñosamente los dedos de su mano. El niño se tomó unos segundos para ir alejando de a poco su brazo de la cercanía con aquel, lo que causó el repentino despertar del hombre. Éste se volteó perezosamente hacia el albino.

—¿Llegamos ya? —bostezó, y cubrió su boca con la palma de la mano.

Near sonrió de lado, y le dedicó un gesto con la cabeza para que aquel se desperezara de una vez, y fueran por las maletas para continuar el recorrido.

[…]

El viaje en taxi había sido de lo mejor hasta el momento, veía la vida misma detrás de los cristales del coche: Londres, su amada ciudad natal; luces fluorescentes y de a montones había en cada rascacielos. Hermoso atardecer: a cuenta gotas iba poniéndose el sol sobre el horizonte, y aquel cielo con tintes naranjos iba perdiendo su esencia poco a poco, hasta ser dominado por un manto oscuro repleto de estrellas. Una noche especial, como todas en Inglaterra, muy diferente al clima ambiguo que habitaba en Naha. Estaba feliz de estar de vuelta… estaba feliz de estar en casa.

Bajaron del taxi, rápidamente los guardas del Hotel que Brett había escogido para pasar aquella semana, se acercaron a ellos y tomaron sus maletas, adentrándolas en el edificio; un poco más atrás iban ellos, que se tomaban su tiempo para admirar toda la belleza que la noche de Londres podía darles.

Se emocionó más que nunca al escuchar que todos a su alrededor hablaban ese añorado idioma: de tonalidades fuertes, varoniles. Relamió sus labios.

Ingresaron al edificio, el cual era de una estructura magnífica, inmensa. Lucía antiguo, colonial y muy delicado: con grandes alfombras de terciopelo cubriendo el pulcro piso de madera lustrada; muy a lo Brett, él y su adoración con el lujo. Para Near estaba bien, a decir verdad, no se interesaba demasiado en los detalles, mucho mechos en la suntuosidad, detestaba los excesos, y no solo los relacionados con la arquitectura. Las personas allí dentro comenzaban a mirarlos, se habían percatado de quienes eran con mayor rapidez de lo que Near hubiese esperado. Juró para sus adentros que si alguien se acercaba a pretender tomarse una fotografía con su padrino, de inmediato tomaría sus maletas, él solo, y las arrastraría por las escaleras hasta llegar a la habitación indicada, y se dispondría a encerrarse por el resto de la noche.

Por suerte nada de eso ocurrió, es más, al parecer Brett había dejado en claro que no quería bullicio mientras él estuviera allí, que le molestaba a su ahijado. El niño se sintió aliviado de que lo hubiera aclarado con anterioridad.

Los mismos guardas que los habían acompañado hasta la entrada, fueron tan amables (o bien pagos, se tiraba más por considerar la segunda opción), que decidieron llevar a cuestas las maletas hasta el paradero.

Llegaron al lugar agotadísimos. Near se dejó caer con fuerza sobre el sillón de seda en medio de la sala de estar, cubrió su rostro con uno de los cojines debido a la excesiva iluminación que había en el cuarto. Brett agradeció a los jóvenes y les entregó una buena cantidad en forma de propina. Trabó la puerta.

—¿Qué te parece, cariño? Lindo, ¿eh? Muy elegante —sonrió, y se arrojó en el lado desocupado del sillón, desabrochándose el saco que le estuvo asfixiando durante todo el viaje: volvió a respirar normalmente entonces.

Near rió. Brett era increíble pero sumisamente predecible; por si él fuere, aquel pudo haber encargado una habitación en un hotel de cinco estrellas o bien pudieron haberse alojado en medio de una choza, a Nate le daba lo mismo, a decir verdad era a lo que menos importancia daba. Lo único por lo cual estaba inmensamente agradecido era de estar allí: ¡Inglaterra! Por eso, cualquier cosa le daba igual, con tal de saber que estaba de vuelta. Enserio que debía retribuírselo, Brett se había comportado de lo mejor con él, fue capaz de cumplir el más ansiado sueño que el niño tenía desde hacía un buen tiempo, guardado en silencio. Y ahora… allí estaba: mirando a Inglaterra, disfrutando de Inglaterra, respirando Inglaterra.

—Near, ¿qué sucede, cariño? —preguntó el adulto, al ver como el niño se ponía de pie y se sentaba a su lado, muy pegado a su cuerpo. Extendía sus cortas manos blancas y las enredaba en su torso en un abrazo carcelero, colocando su cabeza sobre el pecho de aquel.

—Gracias por todo esto, Brett. No tienes idea de cuanta falta me hacía este lugar —su voz se oía extrañamente quebradiza (rarísimo en su ahijado); y no tardó en corresponder el abrazo de manera delicada.

Acarició sus cabellos blancos, sintiendo la tibieza de su respiración contra las ropas de su pecho: si ese niño no era su hijo, ¿entonces quien más podría serlo? Hasta parecía ser carne de su carne. Lo adoraba como a ningún otro. Todo el tiempo pensaba en que la vida había cometido un grave error: había concebido a Near para Theodore, cuando en realidad debió haberlo concebido para él.

Lo envolvió entre sus brazos durante un tiempo más, hasta que aquel abrazo fue perdiendo fuerza y acabaron separándose uno del otro, muy lentamente.

—¿Te quedarás estudiando un poco más, antes del "gran examen"? —sonrió.

—No lo necesito, ya he estudiado durante todo un mes, estoy absolutamente preparado. Dormiré: estoy cansado y no creo aguantar despierto otro rato más —se desperezó una vez habiéndose puesto de pie y abandonado el sofá.

—Bien, entonces… ¿vacío las maletas? —preguntó el adulto, dubitativo.

Near se volteó hacia él.

—¿Por qué habrías de hacer algo como eso? De todas formas tendría que juntar todo de nuevo para ingresar a la Wammy´s. ¿Acaso no confías en que pueda pasar ese examen?

—Oh, vamos. Sabes muy bien que no lo digo por eso. Comúnmente tardan entre cuatro y siete días en corregir todos los exámenes de ingreso; pensaba en quitar tus pertenencias de las maletas porque tendrás que esperar una semana hasta saber los resultados.

—Ah, ya. Luego yo quito la ropa de la maleta, tú no te preocupes por eso.

—Y sabes muy bien que yo confío en ti, y tengo plena seguridad en que podrías llegar a pasar cualquier examen que se te proponga.

El niño sonrió, se alejó lentamente del adulto hasta llegar a su alcoba.

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Era ya muy tarde, y él, con su testarudez diaria, continuaba estudiando sin descanso. Comenzaban a arderle las pupilas de mantener despegados los párpados por tanto tiempo seguido. Ya estaba exhausto.

—Aun no puedo imaginarme qué clase de preguntas podrían llegar a hacerme. Y eso me pone los nervios de punta —decía, masticando con fuerza el lápiz hasta rasgar la pintura de la madera.

Elle le daba la espalda, apoyando las manos sobre la mesada de la cocina, mientras veía a través de los cristales del ventanal, la hermosa noche que afloraba junto a esas estrellas que de tan grandes se asemejaban a cometas. Brillaban enardecidas.

—Si de algo te sirve, te diré: que yo he sido quien ha preparado ese examen de ingreso —era hora de dormir, asique ya se disponía a poner traba a puertas y lumbreras. Giró su cuerpo, y se encontró con el rostro del rubio completamente anonadado.

—¡¿Tú hiciste las preguntas?! —preguntó el niño, con la voz tan fuerte como un megáfono—… Y… ehm… —Elle le miró de reojo, con una sonrisa que acompañaba aquel gesto de desamparo. Delataba alegría por la picardía del niño, pero a la vez había un extraño brillo en sus ojos negros que podía percibirse como posible desilusión, estaba a la espera de que Mello dijese algo, y el pequeño captó el mensaje oculto de inmediato, acabó ubicándose en un santiamén—. No me digas las preguntas, yo pasaré ese examen. Con lo que me he matado estudiando no necesito ayuda de nadie para hacerlo. Soy completamente capaz.

Elle reemplazó aquella media sonrisa decepcionada, por una orgullosa.

—Era justamente lo que quería oír, tigre —le guiñó un ojo al niño, el cual sintió una presión muy agradable en el pecho, una sensación de alivio reconfortante. Comenzaba a comprender el juego psicológico que le planteaba aquel hombre: si Mello confiaba en sí mismo, entonces Elle le apoyaría y le daría mayores palabras de aliento; pero por el contrario, si el niño se dedicaba a desanimarse y a socavar su propio ego, Elle se mostraba decepcionado.

Supo muy bien desde un principio, que lo que en realidad hacía el moreno era prepararlo para la adultez, entrenarlo para desenvolverse con mayor facilidad cuando tuviera que emprender el camino por sí mismo, y solo.

Últimamente, algo estaba comenzando a cambiar en él, al parecer el ejercicio estaba funcionando: ya no se alborotaba tanto por cuestiones tan simples, comenzaba a mostrarse más tranquilo ante las imprudencias y mucho más maduro para alguien de su edad, eso le calmaba enormemente, porque era justo la personalidad que Mello siempre había deseado tener.

Iba abandonando lentamente esos pensamientos negativos que le atacaban en los entretiempos; y se sentía mucho más liviano pensando en cosas positivas, creyendo en él mismo, en que sería capaz de cumplir con cualquier meta que se propusiera. Deseaba que ese aprendizaje se reforzara al ingresar a la Wammy´s House.

De repente, se sintió lo suficientemente seguro de sí mismo como para cerrar el libro de un golpe. Se levantó de la silla mientras Elle servía agua hirviendo en una taza, con un saquito de té dentro. Vestía con ropas de andar por casa, al igual que el rubio; y no era de extrañarse, ya iba a ser la hora de recostarse a descansar.

—Me parece muy bien que ya decidas que es suficiente. Estás más que listo para dar ese examen.

—A eso ya lo sé —dijo, subiendo las escaleras a lo lejos, con una sonrisa radiante. Pero, de repente detuvo sus pies un instante, cuando un pensamiento desolador invadía su mente—. Elle… —el moreno dejó de revolver la infusión para hacer silencio y oír al niño—. ¿Y si me va mal?

—Entonces todo el mundo se reirá de ti y vivirás con una humillación constante hasta el día de tu muerte, y te caerá una maldición mientras miles de cuervos bajarán del cielo para comerte los ojos y… —se detuvo, no logró ni acabar con su propia broma que ya estaba descadillándose de la risa—. Es tan solo un examen, Mello. Si te va mal, simplemente lo vuelves a intentar el año entrante.

—Si, bueno, pero… de ser así, perdería todo un año, ¿te imaginas cuando vea que hay niños de mi edad que ya están un año más avanzados que yo? ¡Sería terrible! —se quejó.

—Es demasiado tiempo, ¿verdad? Hasta casi parece cadena perpetua. ¿Qué tendrían que decir los que pasan en la cárcel cuarenta años consecutivos de condena? —le miró de reojo, sonriendo. Mello arqueó una ceja, no había por qué ver el lado negativo a todo, Elle se reía de él, pero lo hacía porque tenía razón, ¿para qué preocuparse tanto? ¿Para acumular más estrés? Era una estupidez. Debía tranquilizarse y no tomarse todo tan a la tremenda—. Te irá bien, Mello. Y si no: tranquilo, no es la muerte de nadie. Siempre hay segundas oportunidades para todo y para todos. A eso puedo asegurártelo —el niño presintió como aquella última frase la decía más para él mismo que para sí.

Se tomó un tiempo para ver la fisionomía de aquel hombre con detalle, preguntándose si siempre hubo de tener esa personalidad madura. ¿Habría sido de la misma manera en su adolescencia? ¿Cómo habría pasado su niñez? ¿Habría sido igual de comprensivo y tolerante en tiempos pasados?

Ahora que comprendía cada movimiento, Mello comenzaba a pensar que ese era exactamente el modelo de personalidad que le gustaría llegar a tener alguna vez: calmo, decidido, inteligente, con todos los puntos sobre las íes. Jamás había tenido un modelo a seguir en su antiguo ritmo de vida, pero ahora que lo veía a Elle, frío (pero no por eso menos generoso) y grato, supo a la perfección que era la primera vez que un adulto llegaba a agradarle de veras.

—Hasta mañana, Elle. Y gracias por todo esto que haces por mí —fue subiendo las escaleras a paso calmo, pero se detuvo al oír la voz ronca del hombre.

—Hasta mañana, Mello. Y recuerda… intenta no ser tan perfecto, ¿sí? —bebió un sorbo de su té.

El niño agachó la mirada apenado, con las mejillas sonrosadas, se quedó un poco tildado por la frase, pero rápidamente recuperó el ritmo y escaló rápidamente hasta llegar a su habitación y dar contra la superficie de su cama.

Se decidió a dormir plácidamente antes del examen, que requeriría de mucho esfuerzo mental. Debía estar preparado.

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—¿Nervioso? —preguntó, mientras el adolescente por poco y se comía a mordiscones las uñas.

—Solo un poco —respondió, pero inmediatamente sonrió al hacerlo.

—Los nervios suelen ser muy buenos, pero recuerda: solo te servirán si los utilizas como un impulsor, nunca como un ancla ¿quedó claro?

—Si: nervios positivos, entendido —volvió a sonreír—. ¿Am… aproximadamente cuánto dura el examen?

—Unas dos horas y media, puede que Roger permita cederles media hora más, tendrás tiempo suficiente, por eso no te preocupes.

—Ah, ya —dijo, esta vez más tranquilo. Tendría minutos de sobra.

Se echó sobre el asiento del acompañante, respiró lentamente mientras cerraba los ojos, y se repetía una y otra vez mentalmente: nervios positivos, nervios positivos, nervios positivos.

Luego de abandonar el coche en el estacionamiento, se dirigieron hacia las afueras de la institución, la cual estaba rodeada por un jardín hermoso, en el cual muchos adultos acompañaban a críos de las manos, o simplemente tomaban asiento a esperar el llamado para que aquellos ingresaren. Se los veía a todos bastante nerviosos, al igual que Mello, que no dejaba de moverse en el mismo lugar, retorciéndose como oruga, a cada segundo.

—Todo saldrá más que bien; confía en ti —le dijo Elle, al oído, casi en un susurro inaudible.

El rubio tragó espeso, comenzó a repasar mentalmente todo aquello que había memorizado. Observaba intranquilamente a cada uno de los niños y niñas a su alrededor para corroborar que estaban tan nerviosos como él, o para deducir si tenían gestos en su rostro de haber estudiado mucho más que él, o si tenían mayor confianza en ellos mismos que él.

Confianza.

Estaba teniendo pensamientos negativos otra vez, limitantes. Se encargó de eliminarlos mentalmente y reemplazarlos por aquellos más efectivos.

Sus ojos jade se fijaron inmediatamente en todos los muchachos y muchachas que le rodeaban… pero uno de ellos había llamado poderosamente su atención, solo por el simple hecho de ser blanco, ¡completamente blanco, hasta su cabello lo tenía del mismo color! Lucía de, aproximadamente, su misma edad. Era albino, y si para entonces los rayos de aquella mañana estaban destrozando la vista de Mello por el simple hecho de ser rubio y tener la piel más delicada que lo estándar, entonces aquel joven habría de estar padeciendo bajo el sol. Pero no parecía quejarse, ni moverse en busca de sombra, tampoco lucía nervioso que digamos (porque de estarlo, entonces lo ocultaba a la perfección). Llevaba las manos en los bolsillos, y con sus enormes ojos grises veía a la nada misma; lucía distraído, pensando en algo que lo mantenía ocupado.

Las campanas comenzaron a sonar, había llegado el momento. Mello se volteó para saludar a Elle antes de que Roger, el director actual de la institución, los formara prolijamente en filas acorde a la letra de sus apellidos, para así lograr ingresar ordenadamente a las aulas.

Mello echaba una miradita a cada segundo a su tutor, y aquel con un movimiento de cabeza le repetía lo que el rubio debía reiterarse a cada segundo: "confiar en sí mismo", "nervios positivos". Roger movía el brazo para dar a entender que era hora de que entraran ya. Ordenadamente caminaron uno detrás de otro, hasta ya quedar todos dentro; luego de ello, se cerraron las compuertas principales, y ya todos los padres pudieron respirar tranquilos.

Algunos se habían puesto a conversar con otros de banalidades, o simplemente para presumir lo inteligentes que eran sus críos y lo mucho que se la habían pasado estudiando y entrenándose para dar ese importante test.

Elle, por otra parte, se dejaba llevar por sus recuerdos; pisar nuevamente ese césped le traía tantas memorias inolvidables de su niñez: los árboles estaban como siempre, su corteza, las copas, el verde de sus hojas, todo era como una vez fue hace mucho tiempo; respiraba aroma infantil allí dentro, y volvía a sentirse como un crío una vez más.

El viento puro bailaba entre las flores y rodeaban completamente los alrededores de la Wammy´s. Recordaba cuando apenas a los diez años disfrutaba más de salir a escondidas al jardín a cortar las flores más bellas, antes que quedarse estudiando como el resto de los alumnos, y luego se las entregaba en un racimo a Watari, y éste las colocaba en agua limpia, sobre la superficie de la mesa; pero le regañaba (tiernamente, claro) cada vez que pasaba demasiado tiempo sin estudiar.

Viejas épocas.

Watari…

Tiempos felices.

Una profunda opresión en medio de su pecho comenzó a nacer cuando recordó aquel día de su fallecimiento: el funeral. Trágica muerte. Sentimientos amordazantes de inutilidad y decepción de sí mismo por no haber sabido cómo actuar, por no haber estado ahí cuando ocurrió… por no saber la identidad del maldito que le había arrebatado la vida a su padre: porque eso era Watari, no se trataba de un simple tutor (esa era una palabra demasiado fría como para encuadrar la gratitud que tenía por aquel hombre).

Respiró lentamente, sentía bajando de a poco la presión arterial, le dañaba pensarlo. Intentó por todos los medios tranquilizarse, porque muy en su interior, había prometido, había jurado que vengaría su muerte, que perseguiría al culpable por cielo y tierra hasta encontrarlo, y nada iba a detenerle; esta vez ya no era un crío: no ocultaría su depresión tras la adicción de los estupefacientes, ya no. Los años habían pasado y no se trataba del mismo sujeto, ahora su personalidad estaba mucho más potente que nunca, su percepción del contexto había dado un giro de ciento ochenta grados, y ahora era que tomaba consciencia que el haberse comportado como un patán antes, no había resuelto nada, todo lo contrario: había dado cabida a problemas, mucho mayores.

Y ahora era cuando estaba más seguro de lo que alguna vez pudo precisar: el culpable de la muerte de Watari habría de temer de él, porque no descansaría hasta verlo tras las rejas.

Haría bien al intentar esconderse de él.

[…]

Sintió una mano apoyarse sobre su hombro derecho, no giró la cabeza para ver de quien se trataba, creía saberlo, simplemente miró de reojo, y eso fue todo para que aquel mar de satisfacción, dulzura y orgullo que había dejado Mello en las pupilas de Elle antes de marcharse, se esfumara como por arte de magia; ahora sus orbes lucían duras, heladas como filosas armas.

Se deshizo de ese roce inmediatamente, con un movimiento brusco. Volteó el cuerpo hacia aquel hombre, ya de la tercera edad, que lo observaba con los ojos azules inmensos e iluminados, llevaba una sonrisa triunfal en su rostro anciano… como habían pasado los años, ya ni lucía como Elle recordaba.

—Tanto tiempo —dijo, con nostalgia, en el tono que utilizó—. Mírate, eres todo un hombre.

Elle mutó durante unos segundos, la desgracia lo había dejado como piedra, creyó que una vez que lo viera le daría repugnancia, pero se había equivocado: la sensación fue mucho más potente que eso.

—Ni pretendas intentarlo, Norrix. No te sale, nunca fue lo tuyo mentir, eres pésimo. Aunque, obviamente es una ventaja para mí, me lo haces tan poco complicado —le dedicó una mirada fatal.

—¡Wow! Me esperaba un: "Buenos días, Brett" "Tanto tiempo sin vernos, Brett, ¿Cómo estás?". Por lo que veo continuas teniendo el mismo carácter atrofiado de siempre, no has cambiado ni una pizca. Pero, después de todo, ni siquiera sé por qué mantuve las ilusiones de que hubieras madurado de una buena vez, tendré que dejar de depositar confianza en las personas como tú —agachó la mirada, pero el moreno se apresuró a enfrentarle directamente—. A veces pensaba, ¡demonios! ¿Cómo hace Watari con este crío? Pobre hombre, lo que debió haber sufrido contigo, nene.

Obviamente ya era un hombre, pero Brett continuaba viéndolo como un niño, a sus ojos tenía veinte años menos que él, lo había visto crecer, no se le quitaría la imagen que tenía en la memoria de Elle. La última vez que lo había visto: llevaba pantalones cortos, una gorra hacia atrás, camiseta negra y el rostro repleto de esos aretes que la juventud utilizaba en tiempos actuales. Para aquel entonces recordaba a Elle con una altura de aproximadamente un metro y veinte centímetros, rostro redondeado y sonrisa resplandeciente.

Tenerlo ahora enfrente, con una altura de aproximadamente dos metros, a cara lavada, sin ningún aro o decoración en el rostro que utilizaba para adornarse, y una mirada que lejos estaba de ser inocente, le había descolocado por completo.

—De ser tu, cortaría con las bromas; te recuerdo que estás tendiendo de un hilo demasiado fino como para darte el lujo de torearme. Tu pasta del lavado de dinero no va a salvarte conmigo, mucho menos el hecho de que metas al hijo de River en mi institución: no creas que con algo tan básico podrías cubrirte el culo —cuando se ponía enserio, resultaba bastante tenso estar frente a Elle, definitivamente, no era el niño que una vez conoció Brett—. A ti y al cabrón de Theodore River, se las tengo jurada.

—¿Y se puede saber cuántas personas más encabezan tu lista? ¿Está todo el mundo en ella? Se ve que te apasiona crearte enemigos nuevos.

—A ti no te importa quién esta y quien deja de estar en mi lista, solo con saber que la encabezan tú y tu amigo, es ya suficiente. Preocúpate por ti, lo necesitarás, enserio.

—Como te he dicho antes, esperaba encontrarme con otra cosa, no con este sujeto que tengo en frente, no sé como demonios te volviste así, pero te aseguro que aunque me desprecies, aunque intentes alejarte de mí, quiero que sepas que siempre habrá un lugar en mí para ti. Sinceramente no puedo creer que me acuses de las aberraciones que dices sin tener pruebas de ello. Y tú sabes, muy en el fondo Elle, que estás equivocado conmigo: soy inocente. Y no solo eso, yo te adoro, eres un hijo para mí, ¡yo te vi crecer, te conozco desde que te comías los mocos! ¡Por Dios Santo! ¿Cómo puede ser que saltes ahora mismo con semejante disparate, y para colmo contra mí, con todo el amor y el apoyo que te he dado? ¡Es una locura! —chillaba, con rostro de espanto—. Siempre he deseado tu felicidad, aunque estuviera a kilómetros de distancia de ti. ¡Te amo, tú lo sabes, tengo un cariño muy profundo hacia ti, Elle! ¿Por qué me haces esto? ¿Tan resentido estás que tienes que comportarte de esta manera? Watari falleció, acéptalo de una vez, deja de estar metido en eso, ¡mírate: te estás enfermando a ti mismo! ¡Yo también le extraño mucho, pero ¿tu? ¡Ve en lo que te has convertido! ¡Aprende a superarlo de una buena vez! Si me permites, yo puedo darte una mano, yo quiero ayudarte a dejar todo aquello atrás.

Brett se atrevió a tomar del brazo al moreno, lo sujetó con fuerza para que sintiera su calidez, que le apoyaba, que estaría allí para él.

Elle echó un vistazo mortuorio al agarre, y luego posó sus ojos negros sobre las orbes de Norrix.

—No… me… toques —dijo, serpentinamente, con una mirada feroz. El anciano comenzó a tomar distancia, con lentitud.

—No te enfades conmigo, yo solo quiero lo mejor para ti.

—Tú me sacaste lo que era mejor para mí, te llevaste todo, me robaste, le robaste a Watari, me dejaste en la calle a mi suerte por un poco de plata, me metí en las drogas para soportar el hambre y tu no estuviste ahí cuando yo te necesité, asique no quieras acercarte a mí ahora. Me las rebusqué solo para estar en donde estoy, asique… no te atrevas a ponerme un dedo encima y a intentar convencerme de algo que no es, Norrix, porque enserio, ya no soy un pendejo, y te aclaro que me estoy conteniendo ahora mismo para no darte tu merecido —Brett daba pasos atrás, alejándose de a poco.

—Sólo intentaba ser cordial contigo; hasta planeaba ofrecerte un puesto a mi lado en la investigación en Naha.

—¿Quieres hacer algo por mí? Entonces ve hasta Japón y encárgate de dar lo mejor que puedas para resolver el caso, porque no te quedará mucho tiempo hasta que te meta de una buena vez en prisión, te lo aviso desde ya. Y, ¿quieres saber algo más? Pues escucha: no necesito una invitación tuya a ningún caso; los directores de la Interpol ya me han encomendado que participe en la investigación de Naha porque se ve que tú y tu cuerpo de detectives ni siquiera han empezado aun, después de tantos meses. Asique mi equipo de profesionales y yo te secundaremos a ti y a tu cuerpo de ineptos. Para mala suerte tuya, esta no será la última vez que nos veamos.

Caminaba hacia donde se encontraba su tutor, bastante entusiasmado y orgulloso de sí mismo por el simple hecho de haber completado a la perfección el examen; pero desde lejos se lo veía al moreno hablando muy concentrado, con otro sujeto más mayor que él. No habría de ser una charla sobre algo amigable, porque ambos tenían un gesto de ultratumba; comenzó a caminar cada vez más despacio, conocía el rostro de un hombre enfadado desde kilómetros a la distancia (y con todo el sufrimiento y la violencia que había debido soportar en su "hogar" de la infancia junto con su padre, ver a Elle en un estado de tensión extrema, lo había sacudido por completo a Mello).

Llegó a su lado, continuaba sin dejar de observar detenidamente la expresión del moreno.

Entre ambos había una tensión impresionante, el aire hasta podría llegar a rebanarse con una cuchara.

—Ya acabé, Elle —dijo, con un tono sumiso.

El primero en echar un vistazo rápido al niño había sido Norrix, que se atrevió a inspeccionarlo de pies a cabeza.

Comenzó a sacarle detalle: era imposible que aquel se tratare del hijo del moreno, ¡no se parecían ni en el blanco de los ojos! Además, no cuadraban las edades de ninguno de los dos.

Ese cabello rubio, esos ojos verdes jade… Brett juraba conocerlo pero ¿de dónde?

Lo había visto antes… sí, estaba segurísimo de ello. Intentaba hacer memoria… había visto un rostro igualito a ese…

Las mismas facciones…

[…]

¡Keehl!

Se le entrecortó la respiración de repente, miró a Elle en una fracción de segundo, que pareció interminable. Creía haber dado en el clavo, pero debía cerciorarse.

El adulto se agachó hasta ponerse a la altura del niño. Elle comenzó a carraspear enfurecido.

—¿No vas a presentarnos? —Mello había llegado en un muy, terrible mal momento, sobretodo por la seguridad de sí mismo. Algo en la mirada de Norrix le anunciaba al moreno que aquel sujeto ya se había percatado de la identidad del niño; lo cual era peligroso: Mello recordaba muchísimas llamadas telefónicas que había hecho su padre, muchísimos nombres que había pronunciado mientras aquel hablaba por móvil, sabía a qué horas su padre se iba, a que horario volvía, qué era lo que hacía. Mello lo sabía todo; pero Elle no estaba seguro de que supiera acerca de un tal "Brett Norrix", el niño jamás lo había pronunciado cuando el moreno lo llamó para declarar. De todos modos, el niño era testigo de muchas cosas, y Norrix podría tomárselas con él para eliminar cualquier rastro que lo culpabilicen del narcotráfico.

Elle sintió dolor de estómago, lo último que hubiera querido en el mundo era poner en peligro a Mello.

Daba igual, si Norrix siquiera intentaba ponerle un dedo encima al rubio, se las vería negras, de veras.

—Keehl… ¿te suena el apellido? —seco y sin gracia, con una voz de lo más desafiante.

Mello volteó para mirar a Elle, ese no parecía ser el hombre con el cual el niño había estado conviviendo las últimas semanas. Estaba tranquilo, pero altanero y… enfurecido (se le notaba demasiado en la expresión de su rostro), resultaba atemorizante.

Keehl… Brett pensó rápido: ese niño sabía, ¡sabía absolutamente todo en lo que su padre estaba metido! Era solo cuestión de días para que Elle llenara el rompecabezas. Los días en que Keehl salía, ¿Dónde estaba Norrix?, los días en que Norrix salía, ¿Dónde estaba Keehl? Tragó espeso, aquel tipo idearía la manera de relacionar a ambos para llegar a acusarlo de narcotráfico, aunque el niño no supiera nada de la identidad de Norrix, sabía mucho de las andanzas en las que estaba metido su padre.

A ese niño… debía hacerlo desaparecer cuanto antes posible…

—Él es Brett Norrix, detective. ¿Te suena su nombre? —lo había preguntado directamente el muy cabrón.

—No, la verdad que no —sentenció el niño, echándole una mirada disgustosa al sujeto, estudiándolo con cuidado.

—Un gusto —le extendió la mano Brett, haciéndose el desentendido ante la tentativa de Elle. El muchacho no le sonrió ni hizo nada por el estilo: Elle estaba demasiado serio como para atreverse a hacer algo así, y las pupilas negras de su tutor miraban con ojos asesinos a aquel hombre, asique Mello, de puro instinto, hizo lo mismo—. Vaya, mira qué curioso: tiene los mismos ademanes groseros que tú —Mello abrió los ojos como platos ante una contestación como aquella, definitivamente había estado en lo cierto: se sentía el desprecio entre ambos, afloraba en el aire, y en el odio que le agregaban a cada palabra que se dedicaban—. ¿Hace cuanto tiempo lleva viviendo contigo?

—Desde el fallecimiento de su padre, aunque tú debes saber mucho más de eso que yo, ¿no es así? —Mello se giró de inmediato a ver los ojos de Elle con las retinas acuosas, apretó la mano de aquel con fuerza.

El moreno supo de inmediato que debía contenerse, con sus palabras hería a millares al niño, ¡pero es que ese sujeto lo sacaba de quicio con tanta facilidad! Decidió dejar de corresponder a las altanerías de aquel bestia, no en frente de Mello, aunque ya había destapado una olla inmensa y podía adivinar que todas las preguntas comenzaban a formarse en la cabecilla del rubio, y ni dudaba que se las haría en el viaje de regreso a casa.

Un segundo niño, de cabello plateado y postura acobachada, caminaba hacia donde se hallaban aquellos tres; lo hacía de manera lenta, cuidadosa, como si a cada paso estuviera recalculando si debía acercarse o no. Tal vez la segunda opción fuera la más correcta.

Habiendo llegado a una cercanía considerable, se puso de pie a un lado de Norrix. Algo obviamente andaba muy mal allí: su padrino llevaba una sonrisa gigantesca como la de un payaso; pero el hombre parado frente a él, estaba demasiado serio y de pocos amigos como para llegar a pensar que aquel y Brett estaban en "la misma sincronía". Y que mas decir, que el silencio resultaba incómodo, y brutal.

El niño parado a un lado del moreno, intentaba copiar, tontamente, el gesto que llevaba el adulto; pero más que enfado, había conseguido que su rostro solo denotase duda, al igual que el de Near: tal vez estuvieren preguntándose lo mismo.

—Near, él es Elle Lawliet, uno de los dirigentes de la Wammy´s House.

—Un gusto —extendió su pequeña mano blanquecina sobre aquella mano ruda y fuerte de aquel hombre.

—Elle también es tutor de Keehl, quien será uno de tus compañeros en el transcurso del año escolar aquí —Near dirigió la mirada inmediatamente al rubio de ojos jade parado frente a él; tenía mayor altura que la estándar para alguien de su edad, y una esbeltez impresionante. Su cabello dorado y perfectamente lacio, caía bordeando con sutileza la comisura de su cuello, un flequillo rebelde impedía contemplar sus cejas.

Su piel lucía suave y tersa como la de un muñeco de porcelana.

—Eso si es que logra pasar el examen de ingreso —dijo, fríamente.

El niño rubio clavó sus ojos jade sobre aquellos grises, enormes como platos, e impactado por lo que acababa de oír.

—Disculpa, ¿qué dijiste? —se quedó boquiabierto, ni siquiera le conocía y ya había comenzado a faltarle el respeto.

—Lo lamento —se apresuró Norrix a excusarse—. No fue eso lo que mi ahijado quiso decir, él solo intentaba…

—En todo caso, la frase debió haber acabado en: "si es que ambos pasamos el examen" —aclaró aquel adulto, con voz grave y calma pero no por eso menos prepotente.

Near se inquietó en su sitio.

—Tiene usted toda la razón, Elle, me disculpo —dijo, volvió su mirada a los ojos jade—. Seremos compañeros en esta institución si es que a ambos nos va bien en el examen de ingreso.

Un silencio incómodo perpetuó luego de aquella frase.

El rubio se lo quedó mirando, como si estuviese sacando chispas de sus ojos verdes. El albino había arrojado una bomba de egocentrismo, y de entrada. Eso fue todo para que Mello ya decidiera que le había caído terriblemente mal ese muchacho, esperaba no tener que cruzárselo seguido allá adentro.

—Estoy cansado, quiero irme ya —anunció Mihael. Obvias razones tenía para querer marcharse, y había lucido mucho más obvio de lo que hubiera deseado pretender.

—También nosotros estamos agobiados, ¿no es así, Nate? —preguntó Brett, mientras el albino miraba atentamente, sin sacar ni un segundo la vista de encima del cuerpo de aquel rubio, lo observaba, lo calculaba, le sacaba detalles y lo volvía a observar.

—Así es —respondió, sin quitar la frialdad de sus orbes de aquellos ojos.

—Oh, Elle. Recuerda que te estaré esperando, será increíble tenerte allí; y ha sido un placer encontrarte saludable —el moreno ya le había dado completamente la espalda, mientras tanto, el pequeño Mello lo perseguía detrás, alejándose rápidamente.

Buscaron el automóvil en el estacionamiento. Elle se acomodó en el asiento del conductor al tiempo que abría la puerta del acompañante a Mello. El pequeño apretaba el cinturón de seguridad contra su pecho, miraba de reojo al moreno.

El coche había comenzado a andar, Elle arremangó las mangas de su camisa blanca hasta llegarles a los codos: notándose cada uno de los tatuajes en sus antebrazos. Había bajado el cristal de su lado, el viento soplaba sobre su rostro; por aquella abertura despedía las bocanadas de humo del cigarro que hacía segundos se había encargado de encender. Pocas veces lo había visto fumando, habría de estar realmente enfadado.

Conducía despacio, respirando con ronca, cada bocanada era similar a un aliciente para sus nervios y la creciente ira en su interior.

—¿Quién era ese tipo? —preguntó atemorizado al creer que podría estar tentando a su suerte al hablarle a un Elle fuera de su calma habitual.

—Nadie que realmente interese lo suficiente como para hablar de él —supo desde un principio que le respondería con un descarte. Algo dolió en el pecho del niño: Elle no confiaba en él. Mello, decepcionado, desvió una mirada nefasta hacia el parabrisas. El hombre captó el enfado del niño de inmediato—. Que no quiera contarte no significa que te esté evadiendo, significa que son mis problemas y por ende debo resolverlos yo, tú tienes demasiado qué hacer con el estudio como para andar preocupándote por mí.

—Eres mi tutor, y quien me ha dado hogar, tengo todo el derecho de preocuparme por ti.

Golpe duro… muy duro por parte del rubio. Elle arrojó la colilla del cigarro por la ventanilla, expulsando, al mismo tiempo, la última bocanada de humo.

La luz roja del semáforo ordenó a detener el coche. Estando quietos, el silencio parecía aun más sofocante.

—Mello, tenemos que hablar —el niño intentó no mirar a aquel con los ojos desolados, pero no lo había conseguido; lucio más entristecido que nunca—. Me temo que no podré cumplir mi promesa —hizo una breve pausa—. Sé que te prometí que podrías venir a casa todos los fines de semana, pero ha surgido un inconveniente: me han llamado de la Interpol, debo asistir a la investigación que se está realizando en Japón.

El niño frunció el entrecejo.

—¿Por lo de las desapariciones en Naha? —el moreno no respondió, estaba claro que se trataba de eso—. ¡Pero ya hay un cuerpo de detectives allá! ¿Por qué habrían de…?

—Porque el cuerpo de investigaciones que hay allá no sirven ni para mierda —respondió, más tosco de lo que Mello se hubiera esperado… o querido—. Ni siquiera han empezado aun a abordar el caso, no creo que tengan idea de cómo hacerlo tampoco. Por eso, debo ir allá junto con el equipo.

Percibió la tristeza, sumida en el silencio de Mello. Elle mordisqueó sus labios, aun el semáforo prohibía el paso, apoyó la cabeza sobre el volante, suspirando.

—Lo lamento, Mello. Estoy comportándome como todo un cabrón. Lo siento en verdad. Ni siquiera te he preguntado cómo te ha ido en el examen —aprovechando que la luz continuaba en rojo, se aproximó al niño—. Ven aquí, dame un abrazo, perdóname —le extendió los brazos y lo aprisionó alrededor de su cuerpo, se mantuvieron aprehendidos durante la espera; haber envuelto al niño en sus brazos le había calmado mucho los el enfado que aquel tipejo causó en él—. Lamento haber roto la promesa, es lo que más me duele.

—No importa, porque aun así vendrás a verme, ¿verdad?

—Por supuesto que sí. Una vez por mes, te lo aseguro.

—¿Y cuándo es que partes? —pregunto al tiempo que iba despegándose muy lentamente de aquel abrazo. Elle retomó el volante cuando segundos después se puso color verde.

—La semana entrante, luego de que anuncien los resultados definitivos del examen de ingreso. No me lo perdería por nada del mundo, ni tampoco dudo que te haya ido fenomenal.

Mello le dedicó una sonrisa tierna, y eso provocó que Elle olvidara, durante todo el trayecto de vuelta a casa, a la sabandija de Norrix y el reencuentro con aquel. Aunque en tan solo una semana, tendría que soportarle todos los días.

Pero, no solo se trataba de eso: había algo que realmente le urgía quedarse, un ancla lo suficientemente fuerte como para decidir negarse a asistir: Norrix probablemente saldría corriendo a comentarle a River que Elle Lawliet estaba al cuidado del único del fallecido Keehl. Aquel querría vengarse de él, y esa era la razón por la cual Elle habría de andarse con cuidado; obviamente nada le pasaría a Mello; debía rodearlo de la mayor cantidad de seguridad posible, pero el niño no tendría que enterarse de ello: si lo hacía y descubría que Elle temía que estuviera en peligro entonces le cargaría con mayor estrés al pequeño. No, debía ser en secreto. Por ende: habría de tener puestos los ojos en el caso a investigar, en Norrix, en River y, por sobretodo, en el niño.

Su niño.

No podía permitir que nadie jamás le hiciera daño; ya para ese entonces, Mello se trataba de lo único cercano que Elle tenía, su única familia y compañía, no iría a dejar que nadie jamás se acercara para dañarle…