Me encanta estar de vuelta *_* Gracias a todas por los prompts, los iré publicando conforme vayan saliendo del horno. Este es para EtherealSighs, yo sé que no es exactamente lo que pediste, pero coincidía perfectamente con una idea que tenía desde hace tiempo y simplemente encajó, así que lo extendí a la perspectiva de Remus también ^^ espero que te guste.
Por cierto, lo de los prompt/lo que sea, sigue en pie durante los nueve capítulos (o besos, si prefieren) que quedan, así que pueden divertirse explotándome...xD
#27 Derramar
«The memory remains»
Cuando Albus Dumbledore apareció en la puerta de su humilde pensión en ese minúsculo barrio muggle de Londres, y se sentó en la mesa de su cocina -la de la pata coja-, con toda su extravagancia y candidez, con su túnica azul noche, y aceptó una taza de té «con tres de azúcar, y una de crema, por favor» y le extendió aquella descabellada propuesta:
—¿Yo?, ¿profesor?
—No podría pensar en alguien mejor, señor Lupin.
Remus Lupin tuvo que declinar.
—Tonterías, Remus, tomate tu tiempo para pensarlo —y se desapareció de su cocina unos minutos después—. El té estuvo excelente.
La razón por la que Remus pasó incontables noches dando vueltas en la cama, escuchando pegajosas canciones en la radio muggle y paseando por la ciudad a solas -como siempre-, pensando en por lo menos una razón por la que debería aceptar la propuesta, fue muy simple: no sabía si podría soportarlo.
Semanas después, cuando se vio de pie en esa misma plataforma en el andén 9 ¾, sintió ganas de huir. Ahí, frente al expreso rojo como la sangre, tan rojo como lo recordaba, entre nubes de vapor. El tren que lo llevó siete veces a Hogwarts, dónde le esperaban los recuerdos más felices de su vida.
En los meses que siguieron Remus se arrepintió de su decisión la misma cantidad de veces que se alegró. A pesar de todo sentía una especie de regocijo, un sentimiento caliente en el fondo del estómago que le producía estar de pie frente a un grupo de estudiantes. A Remus le encantaba ser profesor, y tendría que ser un mentiroso descarado para decir que no le encantaba también tener a Harry cerca, con toda su terquedad y esos ojos verdes de su madre, tan James y Lily «ojala pudieran verlo, chicos».
A veces pensaba que podían. A veces, cuando se arrepentía más que alegrarse.
Los primeros días fueron los peores, en cada esquina había fantasmas asechando, melenas de cabello rojo que desaparecían tras la esquina; risas que venían detrás de los pasajes secretos; susurros por las noches, en los pasillos oscuros y fríos del castillo. Ni siquiera se atrevía a acerarse a la Torre Gryffindor. Los fantasmas le seguían a todos lados -él los llevaba dentro-, James le sonreía a Lily a través de la mesa del comedor, Sirius lo arrastraba a aulas vacías del sexto piso «un ratico, Lunático», se escapaban de Filch a la carrera, Peter le pedía que le ayudara con Runas.
Le costó dos meses poder bajar a los terrenos sin ver a James jugueteando con la Snitch y a Sirius riendo a carcajadas bajo el sol de mayo. Y muchos meses más sin jurar que el Sauce Boxeador se detenía, paralizado por una rata que tocaba el nudo exacto de raíces.
…
Meses después, cuando pasó lo imposible, cuando volvió a tener el Mapa del Merodeador en sus manos con ese nombre imposible, con ese «Peter Pettigrew» que no podía ser, porque significaba que había estado viviendo doce años odiando a la persona equivocada, descubrió que no era el único. Cuando se escabullían de la Casa de los Gritos con Harry -el hijo de James y Lily- y esos dos mejores amigos que le recordaban dolorosamente a ellos mismos, con el Profesor Snape («Quejicus, Merlín bendito, ¿cómo pasó esto?») golpeando de vez en cuando el techo, Remus descubrió que no estaba solo en esto.
A Sirius también le pasaba, Sirius veía los mismos fantasmas que él. Le estaban acosando desde el momento en el que puso un pie en la Casa, mientras esperaba pacientemente a que la rata traidora llegará. Los recuerdos se le derramaron encima como un vaso de agua, imposible de frenar.
—Vamos, cabrones ¡es viernes por la noche! —exclamaba James, con una botella bajo el brazo, guiando a la comitiva escaleras arriba, Peter le seguía llevando comida. Remus llevaba la radio mágica y Sirius su sonrisa de bastardo.
Se sentaban todos en esa misma habitación en la que ahora él esperaba, gastaban la noche siendo idiotas adolescentes, bebiendo, comiendo y siendo unos escandalosos insufribles, peleándose porque todos querían escuchar algo distinto.
—Pero la radio es mía —insistía Remus.
—Pero yo la hechice, así que te aguantas —insistía Sirius.
Si se concentraba podía escuchar las risas, si cerraba los ojos recordaba cada noche que había pasado ahí, sosteniendo a Remus hasta que era demasiado peligroso.
—Un poco más, Remus, aguanta un poco más.
Y ahí, en ese mismo suelo mugriento, despertaba Remus cada mañana después, y Sirius le cubría con una manta con una sonrisa cansada.
—Por fin despertó el lobo feroz.
Afuera, bajó la luz de la luna llena, Remus pudo ver por un instante como los fantasmas le apresaron. Cuando se quedó observando fijamente el castillo, con los ojos velados, como si viera cosas que los demás no podían, porque estaban en su cabeza.
—El último que llegue es Slytherin —grita James, estúpidamente, considerando que la idea es escabullirse.
Da igual porque ya están en los terrenos, liberados de la capa y corriendo como alma que persigue el diablo, hacia la Casa de los Gritos, donde un lobo espera pacientemente a su manada para recorrer los bosques.
Remus sabe lo que pasa por su cabeza porque él pasó meses haciendo lo mismo. Sabe que escucha sus risas haciendo eco en la Torre Gryffindor, sabe que escucha sus peleas estúpidas y serias, y sus susurros a las dos de la mañana porque «tengo hambre Remus, vamos a las cocinas». Sabe que recuerda los días bajo el sol dando vueltas por el campo en una escoba.
—¡A entrenar señoritas, no le vamos a ganar a Slytherin sentados en la escoba luciendo bonitas!
Y las bromas de fin de curso y fin de semana.
—A veces me sorprende tu inteligencia Peter.
Las tardes de domingo haciendo nada y aburriéndose como hongos «asumiendo que los hongos se aburran, por supuesto», o los sábados por la noche escapándose a Hogsmeade, a veces todos juntos, en días de séptimo en los que la suerte les sonreía especialmente, con Lily. Los besos cuando nadie estaba viendo, los besos cuando todos estaban viendo «vuelves a hacer eso, grandísimo cabrón, y vas a dormir con miedo el resto de tu vida», «relájate, Remus, no fue para tanto, solo nos vio el resto del colegio».
Acaba tan rápido como comienza, un segundo después la luna le está reclamando incesantemente y Peter desaparece con la rapidez que su pequeño tamaño le permite. El dolor de la transformación le está partiendo el pecho en dos y, de nuevo, siente la mano de Sirius en el pecho, sosteniéndole «un poco más, Remus, aguanta un poco más», por una noche, Lunático y Canuto reviven juntos los viejos fantasmas y, por primera vez en doce años y por última vez, se internan en el bosque prohibido, solo que, en esta ocasión, solo hay dos miembros porque el tercero es un fantasma y el cuarto un traidor.
