21. Haciendo algo juntos.
El caminar de Holmes es como un vaivén, primero un pie, luego el otro. Una de sus manos está sujetando su brazo, y la otra está inmóvil. Los escombros aún sueltan demasiado polvo.
— ¡Holmes! —El aludido voltea y sonríe levemente. Ya está a salvo, encontró a su amigo y su cuerpo se niega a seguir resistiendo. De todas formas, dentro de sus cálculos, no iba a aguantar caminar más de 10 metros, y arrastrar los pies resulta igual de agotador para un anciano que para alguien que acaba de salir de una explosión por los pelos.
— Watson.
Cae al piso y los gritos con su nombre no son escuchados. El más viejo de los dos se encarga de recostarlo y examinar el ángulo en que están sus miembros. Sólo el brazo parece estar ligeramente torcido, necesita ponerlo en su lugar. Se inclina ante él y lo sujeta con una pierna, con las manos le reacomoda el hombro y luego respira hondo. Había esperando un gruñido de dolor o algo, pero parece que sólo está durmiendo.
No hay nada, no ha despertado.
— Holmes, por favor. —Murmura. Tocándole la mejilla y dándose cuenta de que la piel del otro está cubierta de un poco del polvo y un poco de sangre. Si tuviera algo con qué limpiarlo quizás eso lo hiciera sentir mejor. Pero sus conocimientos son suficientes para saber que eso no lo hará reanimarse.
Se le acerca más, mucho más, pone su oreja encima de sus labios, esperando percibir aunque sea un gemido que le diga cómo está, pero no hay nada. Se aparta, siente un hilillo de sangre recorrer el contorno de su ojo, debe de salir cerca de su sien, pero es incapaz de darse cuenta del dolor propio cuando está seguro de que el dolor que sintió el que está tumbado fue mucho mayor que el suyo.
Cerca de allí hay una sola torre que no se ha caído. Cómo le gustaría que la torre hubiera caído y no Holmes.
Permanece a su lado, monitoreando sus signos vitales, sin atreverse a correr o gritar por ayuda, no quiere que nadie se le acerque por la espalda al escucharlo gritar y tampoco quiere que, al dejarlo solo, el débil latido del corazón de Holmes se detenga.
— Holmes, Holmes.
Holmes.
El tiempo sigue moviéndose, los segundos pasan más a prisa que los latidos del contrario. Pasa la mano por el hombro negro y las ropas abiertas. El cuerpo se comienza a mover un poco y con dificultad se sienta sobre el concreto. Sin mediar una sola palabra acerca los labios a Watson, con la intención clara de besarlo. Es detenido por una mano y una sonrisa.
— ¿Qué clase de persona pretende besarme en cuanto me ve?
— Claramente, yo. Soy ese tipo de persona, lo siento, te confundí con una muy preciosa y alegre mujer. Eras mucho más linda antes. Creo que lo haré con los ojos cerrados, con la esperanza de recuperar esa visión, era como estar en el edén. —Se acerca nuevamente. Le arranca una sonrisa a John Watson y no se hace esperar la risa de ambos.
— Te he echado de menos.
— ¿Ah, sí?
— Sí.
— Pues yo te he amado desde hace un rato y no estoy presumiendo. Deberías de conocer la modestia. Puedo enseñarte.
— Cuando me enseñes modestia yo te voy a enseñar a cómo asustar a alguien haciendo experimentos asquerosos.
