Capítulo 21:
La lluvia caía estrepitosamente, golpeando la tierra con fuerza y haciendo crujir las ramas de los árboles desnudos, cuando un hombre y su hijo mayor caminaban de regreso a su aldea. El barro se metía por sus sandalias, impidiéndoles apresurar la marcha y haciéndolos resbalar constantemente. De pronto, el hijo avistó algo a la distancia, no muy lejos de donde se encontraban él y su padre.
"Mira eso, padre…" le dijo boquiabierto, indicando con el dedo.
El padre agudizó la vista, intentando distinguir, por entre la pesada lluvia, un brillo opaco y alargado sobre la superficie del suelo. Asombrado, pudo reconocer a la criatura una vez que se paró frente a ella.
"Es una serpiente caza-almas ¿verdad?" le preguntó el hijo, tragando saliva.
El hombre se inclinó para observarla más detenidamente.
"Sí" le respondió, viendo los ojos huecos del espectro. "Y está bien muerta…"
El hijo hizo una mueca y, sin querer, fue a posar sus ojos en lo que quedaba de trayecto.
"¡Allá hay más!" exclamó, dando un paso hacia delante.
Efectivamente, una hilera de serpientes caza-almas se desplegaba a lo largo del camino. Igual que la primera, todas éstas yacían muertas.
"Qué espectáculo…" suspiró el padre, sonriendo débilmente.
"¿Qué habrá pasado…?" decía el hijo, pensativo. "¿Habrá sido por esta lluvia tan fuerte?"
"No" respondió el padre, rotundamente. "No fue la lluvia lo que mató a estas criaturas, sino algo que nada tiene que ver con este mundo…"
El hijo lo miró confundido.
"¿A qué te refieres?"
Pero el padre no contestó, reanudando la marcha sin perder más tiempo. Aún había mucho que hacer en el hogar y no podía darse el lujo de entretenerse con aquel suceso. El hijo lo siguió de inmediato, en silencio, aunque no dejaba de preguntarse el significado de lo que acaban de presenciar. Por esos días se veían cosas tan raras…
Tan raras como las luces de colores que habían caído del cielo repentinamente… Tan raras como la tranquilidad que se respiraba en el aire desde entonces, como si fuera un nuevo comienzo para todos los seres…
Tan raras como aquella sacerdotisa que había sido vuelta a la vida para cumplir una misión incierta, y que ahora regresaba al lugar en donde su alma hallaría el descanso eterno, dejando atrás a aquellas devotas criaturas espectrales que la hubieran seguido hasta el fin de los tiempos…
Esa sacerdotisa ya no formaría más parte de este mundo…
Los días que siguieron fueron de una lluvia intermitente y para cuando comenzaron a caer los primeros copos de nieve, el trabajo en la aldea de la anciana Kaede se intensificó, aunque por razones muy distintas a las de costumbre, ya que iba a realizarse una celebración muy importante, o mejor dicho, dos celebraciones, simultáneamente.
Inuyasha caminaba impaciente, de aquí para allá.
"¿Pero qué DIABLOS le pasa a esa mujer que se demora tanto?" gruñía, sudando de los nervios.
Miroku le puso una mano sobre el hombro.
"Inuyasha, no comas ansias…" le dijo el monje, tratando de disimular su propio nerviosismo. "Las mujeres son así, créeme…"
Y no terminó de hablar cuando, al descorrer la cortina de mimbre de la choza, la figura de Kagome salió al exterior, caminando lentamente hacia donde ellos estaban. A continuación, salió Sango. Ambas llevaban el atuendo japonés típico para la ocasión; el cabello arreglado hacia un lado, sujeto con un lazo blanco y el rostro sutilmente maquillado con productos naturales. Su apariencia era muy diferente a la de cualquier otro día.
"Qué hermosa…" balbuceó Miroku, boquiabierto y con los ojos brillosos, acercándose a Sango para verla de arriba abajo. "Si pareces una diosa de las nieves…"
Por su parte, Kagome aún esperaba que Inuyasha le hiciera algún comentario similar, pero al no recibir respuesta, comenzó a impacientarse.
"¡¿Qué no vas a decirme nada, Inuyasha?!" exclamó, nerviosa, mirando al suelo.
Inuyasha no salía de su asombro. La verdad era que nunca la había visto tan linda, ni siquiera en sus más alocadas fantasías. Con los ojos fijos en ella, alargó una mano para acariciarle el rostro con gentileza, pero fue interrumpido por una voz grave y rotunda que habló de la nada.
"Al parecer, me estoy perdiendo de algo" dijo Kouga, de brazos cruzados y con las piernas levemente separadas, firmes sobre la tierra.
Shippou se llevó una mano a la frente.
"No de nuevo…" suspiró, haciendo una mueca.
Inuyasha se puso delante de Kagome.
"¡¿QUÉ es lo que quieres, LOBO RABIOSO?!" le gritó a Kouga, mostrándole los colmillos. "¡Ya me estoy cansando de estas repentinas visitas tuyas!"
Kouga esbozó una siniestra sonrisa.
"¿Quieres saber a lo que vine?" le preguntó, desafiante, caminando hacia ellos. "¿De verdad quieres saber?"
Inuyasha lo observó con suspicacia. Algo no andaba bien. Por su parte, Miroku quería acabar con el asunto lo antes posible.
"¿Creen que podrían solucionar sus diferencias después?" les dijo a ambos, con un tono de voz un tanto exasperado. "Tengo una boda a la cual asistir y no pienso perdérmela…"
"¿Boda?" preguntó el lobo, abriendo bien los ojos. "¿Y de quién?"
Inuyasha le dirigió a Miroku una mirada aterradora.
"Este… ¿Boda?... ¿Acaso dije boda?" titubeó Miroku, sonriendo nerviosamente, intentando arreglar el malentendido.
"¡Eso dijiste, monje!" le gritó Kouga, agarrándolo del kimono. "¡No te hagas!"
Kagome y Sango se mantenían al margen, temiendo lo peor. ¿Por qué Kouga tenía que aparecerse justo ahora, en un momento tan importante?... Ya parecía una maldición.
"Pues… verás…" se excusaba Miroku, asiendo la muñeca del jefe de los hombres lobo para sacárselo de encima. "En realidad, es nuestra boda… ¿verdad, Sanguito?" le preguntó a la exterminadora, quien asintió con la cabeza.
Kouga se quedó mirando a Sango y le pareció que el monje decía la verdad, ya que la vio vestida a la usanza de las novias japonesas de la época.
"Me parece bien entonces" le dijo a Miroku, soltándolo de las ropas, finalmente. "Ya era hora de que sentaras cabeza con la exterminadora, monje depravado…"
"¡Ahora lárgate y no vuelvas, LOBO APESTOSO!" vociferó Inuyasha. "¡No hay nada para ti en este lugar!"
Kouga se acercó a Inuyasha, haciéndolo retroceder, junto con Kagome, quien continuaba ocultándose tras su espalda.
"¡Escúchame bien, BESTIA MALOLIENTE!" le gritó en la cara. "¡Nada ni nadie podrá impedir que cumpla mi promesa, así que entrégame a Kagome de una vez por todas!" y, dicho esto, tomó a Kagome del brazo, arrebatándola del lado del hombre mitad bestia.
"¡Suéltame, Kouga!" exclamó Kagome, intentando desasirse, y fue en ese momento cuando el jefe lobo se dio cuenta de la dura realidad…
"Kagome…" balbuceó, mirándola de arriba abajo. "¿Por qué tú también estás vestida así?"
Todos guardaron silencio, expectantes. Kouga era de verdad un ser molesto y sin modales, pero, después de todo, tenía corazón… Un corazón que, seguramente, estaba a punto de romperse.
"Kouga… Yo…" dudó Kagome, sin saber cómo decírselo para no herirlo demasiado.
El jefe lobo meditó por algunos segundos.
"No me digas que…" empezó, a la vez que una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro. "¿No me digas que estabas esperando por mí para que te llevara al altar?" dijo, emocionado, dándole un fuerte abrazo. "¡SOY TAN FELIZ!"
Inuyasha gruñía desde un rincón.
"Oh, no…" se lamentó Sango, preocupada. "Ahora sí que se va a armar la grande…"
"¿Por qué tenía que ser hoy?" lloraba Miroku, llevándose las manos a la cara.
"Rayos… ¡qué sujeto!" reclamaba Shippou, impaciente, al igual que el resto.
Kouga tosió para aclararse la garganta.
"Mi dulce Kagome…" le dijo, cogiéndole las manos con ternura. "De verdad me halaga el bello gesto que has tenido hacia mí, pero, lamentablemente, debes saber que los hombres lobo no tenemos la costumbre de contraer nupcias como lo hacen los humanos…"
Kagome suspiró, aliviada. Aunque no sabía por qué, si el malentendido aún no había sido aclarado.
"Así que, lo siento, mi amada" dijo Kouga, besándola en la frente, lo que descolocó a Inuyasha por completo y casi provocó un gran pleito de no ser por Miroku, quien lo contuvo. "La verdad es que no puedo casarme contigo en estos términos, mis antepasados no lo permitirían…" seguía diciéndole, convencido de la pasión que despertaba en la joven.
Kagome sólo asentía con la cabeza, sin decir una palabra.
"Tendremos que pasar por otro tipo de pruebas para poder estar juntos para siempre…" continuó diciendo, hasta que, de pronto, se puso serio de nuevo. "¡Diablos! Había olvidado eso de las pruebas…" pensó en voz alta, apesadumbrado. "Primero, debo reunir en un concilio a todos los clanes de la región y comunicárselos, y después de eso vienen las pruebas…que no son pocas… ¡Qué distraído!... ¡¿CÓMO PUDE OLVIDARLO?!" gritó finalmente, agarrándose la cabeza con ambas manos.
"¿De qué demonios está hablando este tonto?" le susurró Inuyasha a Miroku, que sólo se encogió de hombros, sintiendo de repente un leve pinchazo en el cuello.
"¡¿Anciano Myouga?!" exclamó el monje, abriendo la mano para descubrir a la aplastada pulga. "¿Cómo llegó hasta aquí?"
"Pues saltando, muchacho… ¿No ves que soy un insecto muy ágil?" alardeó el anciano.
Inuyasha lo miró de reojo.
"Oye, vejestorio, ya que estás aquí ¿Podrías explicarme de qué rayos está hablando ese sujeto?" le preguntó, seguro de que Myouga había presenciado la escena desde un principio. No lo conocía él…
"Ay, amo Inuyasha… ¿Por qué es así conmigo?" sollozó la pulga, ofendida. "Si quiere que le diga, debería tratarme mejor…"
"Estoy de acuerdo, Inuyasha" dijo Miroku, defendiendo al anciano. "Sé más gentil con la pulga Myouga y seguro nos dirá lo que está sucediendo ¿no es cierto, anciano?"
Myouga asintió.
"Está bien…" dijo Inuyasha, reacio. "Myouga ¿podrías POR FAVOR decirme qué tanto habla ese lobo rabioso?"
La pulga adquirió un aire solemne.
"Kouga se refiere a la carrera de las Cien Pruebas que se lleva a cabo año tras año dentro de la comunidad de los hombres lobo" explicó, saltando al hombro de Inuyasha. "Hice toda una investigación al respecto…"
"Pues vaya que eres ocioso…" dijo Inuyasha, irónico.
"¿Y eso qué tiene que ver con Kagome?" preguntó Sango, antes de que amo y sirviente se pusieran a discutir de nuevo.
"Pues que Kagome sólo podrá ser la esposa de Kouga luego de que él complete las cien pruebas, que van desde pruebas de resistencia física, labores domésticas y de ingenio, entre otras…"
"Eso suena complicado" dijo Miroku, tocándose la barbilla con una mano.
"Eso sólo quiere decir una cosa…" dijo Inuyasha, dando un paso al frente.
"Exactamente, amo" contestó Myouga, adivinándole el pensamiento. "Con un poco de suerte, no veremos al jefe de los hombres lobo por un largo tiempo…"
Kouga se había sentado en el suelo, tratando de poner sus ideas en orden.
"Oye, Kouga… ¿Estás bien?" le preguntó Kagome, a una cierta distancia.
El lobo suspiró, poniéndose de pie rápidamente.
"Me voy" dijo, secamente.
Kagome abrió bien los ojos.
"¿Te… vas?"
"Lo mejor será que no volvamos a vernos, Kagome" fue la respuesta del jefe lobo. "No hasta que haya superado las pruebas…"
Kagome pestañeó, confundida. ¿Qué era eso de las pruebas? Sólo él sabía de lo que estaba hablando.
"Está bien" contestó ella, siguiéndole la corriente.
"¿De verdad no te molesta?" le preguntó él.
"No, para nada" dijo Kagome, sonriendo nerviosamente.
Kouga soltó una carcajada.
"¡Ya verás que muy pronto te tendré conmigo, Kagome!" rió, poniéndose las manos en la cintura. "¡Y serás mi esposa, tal y como las leyes de los lobos mandan!"
Kagome suspiró, agotada.
"¡Oye, BESTIA!" le gritó Kouga a Inuyasha, con arrogancia. "Quiero que la cuides hasta mi regreso ¿me oíste?"
"¡¿Qué dijiste?!" exclamó Inuyasha, apretando los puños. Pero no alcanzó a decir más cuando el jefe de los hombres lobo ya había salido corriendo en dirección opuesta a la de ellos, a toda carrera.
"Por fin se fue…" balbuceó Shippou, estirando los brazos y dando un gran bostezo.
"Ojalá no tuviera que volverle a ver la cara a ese estúpido cretino…" dijo Inuyasha, entre dientes.
"No se preocupe, amo" lo consoló la pulga. "Ya le dije que, probablemente, Kouga no vendrá por estos lados en un buen rato…"
"Pues más vale que así sea, viejo" le contestó Inuyasha, mirándolo con suspicacia. "Porque, o si no, al que mandaré a volar definitivamente será a ti"
Myouga hizo un puchero.
"¡Qué malo es, amoooo!" protestó, saltando al suelo y desapareciendo en el césped.
"Bueno… ¿en dónde nos quedamos?" dijo Miroku, soltando un suspiro al ver a Sango, quien se sonrojó al sentir la mirada del monje sobre ella.
"¡En la boda!" exclamó Shippou, aplaudiendo.
"Así es, chicos" dijo la anciana Kaede, que había caminado hacia ellos en cuanto Kouga se hubo ido. "Si no se dan prisa, comenzará a nevar y pescarán un resfriado"
"Ni que lo diga, anciana" respondió Miroku, tomando a Sango de la mano para dirigirse al templo. "Casi no puedo esperar a estar casado con mi Sanguito"
"Ay… excelencia… Qué cosas dice" dijo ella, sonrojada.
Inuyasha y Kagome iban detrás, siguiendo al resto.
"Las Cien Pruebas… Qué curioso…" pensaba en voz alta Kagome, caminando junto a Inuyasha.
"Ese cretino se dedicó todo este tiempo a decir esa sarta de tonterías cuando ni siquiera le estaba permitido…" iba alegando él, irritado.
"¿De qué tonterías hablas?" le preguntó Kagome, volteando a mirarlo.
"Bueno… eso de que 'Kagome es mi mujer y me la llevaré a las montañas para hacerla feliz y bla bla bla…' dijo, haciendo una muy mala imitación del jefe lobo.
Kagome soltó una risita.
"¿Qué es tan gracioso?" quiso saber Inuyasha, deteniendo la marcha.
"Aquello te mataba de los celos ¿no es verdad?" dijo ella, esbozando una pícara sonrisa.
"¡¿Celos?!" exclamó el hombre mitad bestia, totalmente ruborizado. "¡Yo nunca tuve celos! Lo que pasa es que ese lobo rabioso me saca de mis casillas…"
Pero Kagome no quitaba su juguetona sonrisita del rostro.
"Si tú lo dices…" le dijo despreocupadamente, continuando la marcha, con las manos cruzadas atrás de su espalda. Ya no le importaba si Inuyasha lo reconocía o no. Total, Kagome ya lo sabía desde un principio. Desde el momento en que el jefe del clan de los hombres lobo había puesto sus ojos en ella, el hombre mitad bestia ya no fue más el mismo… Y eso le bastaba para estar segura.
Iba así, sumergida en sus cavilaciones, cuando, de pronto, sintió que un fuerte brazo la halaba firmemente por la cintura y la atraía hacia un pecho amplio y cálido, que ella conocía muy bien.
"Sentía que me incendiaba de la rabia…" le confesó Inuyasha, al oído. "El sólo hecho de que se atreviera a mirarte me enfurecía de una manera que no sabes…"
"Inu… yasha…" suspiró ella, sucumbiendo a su abrazo.
"Que se pasara diciendo que tú le pertenecías y todo eso, me ponía de un pésimo humor y me daban ganas de sacarle las entrañas por la boca…"
Kagome levantó la vista y le acarició una mejilla con ternura.
"Tú sabes que eres el único" le dijo, con los ojos vidriosos.
"Lo sé" contestó él, poniendo su mano sobre la de ella. "Pero creo que siempre temí que cambiaras de parecer…"
Y, sin aviso previo, se vio silenciado por un intenso beso por parte de Kagome, uno que era diferente a todos los otros que le había dado. Sintió un calor en el vientre y sus palpitaciones se aceleraron a la vez que estrechaba a la muchacha entre sus brazos. Era una sensación tan agradable… tan alucinante. Eran sólo ellos dos y…
"Pues sí que son un par de pícaros…" decía Shippou, sonriendo maliciosamente. El pequeño zorro los había sorprendido in fraganti. "Inuyasha, espérate hasta el final de la ceremonia ¿no?"
Inuyasha se puso furioso.
"¡¡ENANO DEL DEMONIO!!" le gritó, tirándolo lejos. "¡¡Desaparece!!"
"¡WUAAA!" exclamó el zorrito, volando por los aires. "¡El anciano Myouga tenía razón!... ¡¡Eres detestable!!"
"Inuyasha, démonos prisa" le dijo Kagome, tomándolo de la mano y halándolo en dirección al templo.
El asintió con la cabeza y se dejó llevar por la muchacha, oliendo su dulce aroma, que le llegaba a la nariz guiado por el viento.
Si tan sólo su madre lo viera ahora… Feliz, junto a sus amigos y a punto de formar su propia familia. Inuyasha nunca había tenido una familia realmente, sólo ella había velado por él mientras estuvo viva. Cuando pensaba en ello, a menudo se entristecía, recordando lo solo e indefenso que se quedó, volviéndose un blanco fácil para aquellos que rechazaban lo diferente. De ahí la absoluta desconfianza, sobre todo hacia los humanos, que tanto lo habían herido… Tanta soledad, tanta tristeza para alguien que sólo deseaba ser rescatado.
Y qué irónica es la vida, pues fue justamente un ser humano quien lo rescató de las sombras de la soledad y el miedo; Una mujer con un corazón tan grande que lo inundó de buenos sentimientos y le enseñó que las personas también tienen su lado amable… Esa mujer lo había sacrificado todo por él, tal era la intensidad de su amor; había estado a su lado en las buenas y en las malas, jugándosela por entero, arriesgando el todo por el nada.
Y aquella mujer le pertenecía, sólo a él, y se sentía el hombre más afortunado por tenerla.
Tenerla para siempre…
FIN
