NdA: A partir de ahora voy a subir dos capis a la semana, uno los jueves y otro los domingos ^^ Muchísimas gracias a todos los que encontráis un momentito para dejar un comentario a pesar de las exigencias de la RL, sois los mejores ^^
Capítulo 21 Buscando un culpable
Un par de días después, los aurores que investigaban la teoría de Mei le pasaron su informe a Harry. Las conclusiones eran obvias: todos los profesores y todos los alumnos mayores de edad tenían coartada para el momento del accidente. No todos habían estado en el Gran Comedor, algunas parejitas se habían ido en busca de intimidad y un par de alumnos se habían quedado estudiando, pero hasta donde los aurores podían decir, no mentían sobre ello. Y además ninguno de los profesores o alumnos de Hogwarts tenía encima el hechizo de confidencialidad que hasta ahora habían encontrado en todos los Parásitos capturados.
Harry consideró durante unos segundos la posibilidad de conseguir permiso para interrogar a los alumnos de dieciséis años. ¿No habían reclutado a Draco con esa edad? Un alumno de sexto era más o menos igual de competente que uno de séptimo. Después decidió que, aunque fuera una molestia, tenía que hacerlo. La vida de unos niños, de sus hijos, estaba en juego. Lo más complicado sería interrogar a los sangremuggles, ya que sus padres no podían presenciar el interrogatorio en Hogwarts; necesitaban arreglar eso de algún modo.
Mientras pensaba en alguna solución, Chloe entró con el último parte médico de Seren. La niña había superado sus primeras cuarenta y ocho horas, evolucionaba bien de sus heridas internas y los medimagos pensaban que tenía posibilidades de salir adelante, aunque todavía estaba en coma. Harry aún estaba intentando asimilar que hubiera sobrevivido a una caída desde lo alto de la Torre de Ravenclaw. Había lo menos cien metros de altura. Pero por lo visto había caído de pie, el suelo había estado muy blando a causa de la lluvia y, probablemente, algún golpe de aire había frenado su caída.
-Mantenme informado –le dijo a Chloe-. Y mira a ver si se te ocurre algún sitio en el que podamos interrogar a los alumnos sangremuggles de sexto.
Ella pensó un poco.
-¿Por qué no el Caldero? No creo que McGonagall ponga inconveniente en permitir que los aurores lleven allí a los chicos.
Harry supuso que tendría que volver a llamar a la directora de Hogwarts. Por suerte, esta no puso inconveniente y le ayudó a organizarlo todo. Al final tuvieron que llevar también a algunos alumnos a un par de sitios más, pues no todos los padres muggles estaban en condiciones de ir a Londres entre semana. Los aurores trataron de causar las mínimas molestias posibles; todos esos padres ya sabían lo que estaba pasando en el mundo mágico –algunos hasta habían sido Obliviateados, presumiblemente por los Parásitos porque no habían querido unirse a ellos- y pensaban que estaban discriminando a sus hijos. A Harry le dolía en el alma que creyeran que iban contra los sangremuggles, sobre todo porque no era cierto: también estaban interrogando a los hijos de magos.
Pero con los alumnos de sexto sucedió lo mismo que con los de séptimo; todos tenían coartada. Y uno que no la tenía, un Gryffindor que se había ido pronto a dormir porque le dolía la cabeza, se ofreció por propia voluntad a declarar bajo veritaserum.
El mismo día que los medimagos afirmaron que lo único que podían hacer ya por Seren era esperar a que despertara por sí misma del coma –si es que lo hacía-, Harry se reunió en el ministerio con Ginny, Draco, Eddie Carmichael, Cho y su marido para contarles los resultados de las investigaciones.
-He revisado todas las declaraciones una docena de veces. Todo encaja. Todas las personas de Hogwarts con edad suficiente como para trabajar para los Parásitos tienen coartadas para el momento de la caída de Seren. Y no hay una sola persona en Hogwarts con hechizos de confidencialidad, ni entre los profesores ni entre los alumnos.
-¿Habéis interrogado a ese Aldric con veritaserum? –replicó Carmichael, ásperamente.
-No, sus padres no dieron permiso –admitió Harry.
-Y supongo que tampoco habréis usado la veritaserum con todos los profesores.
-Todos estaban presentes en el Gran Comedor cuando ocurrió lo de tu hija. A no ser que creas que hay un complot entre los profesores de Hogwarts, es imposible que haya sido uno de ellos. Además, Seren no presentaba rastros de ningún hechizo y no había indicios de lucha en la Sala Común. Todo señala a un accidente.
Carmichael resopló despectivamente.
-Mientras ese chico no declare bajo veritaserum ni mi mujer ni yo nos creeremos lo del accidente.
-Sé que queréis encontrar un culpable, pero acusar a alguien sin pruebas no es la mejor opción, especialmente si hablamos de un chico de dieciséis años.
-¿Tus hijos van a quedarse en Hogwarts? –le preguntó entonces Draco.
-Sí –asintió Harry, intercambiando una mirada rápida con Ginny-. Sé que mis agentes han investigado a fondo. Y ahora que encima los elfos del colegio van a estar pendientes de los alumnos, están más seguros que nunca.
-Quizás deberíais interrogar también a los de quinto –sugirió Cho.
-No puedo imaginarme a los Parásitos incorporando a chicos de quince años a sus filas. Tenemos que poner un límite o terminaremos sospechando hasta de los de primero.
Huan, el marido de Cho, meneó la cabeza.
-A veces Mei hace las cosas más complicadas de lo que son. Yo no sé si lo de Seren fue un accidente o no, pero estoy bastante seguro de que no existe una conspiración de los Parásitos contra nuestros hijos.
-No fue un accidente –replicó el padre de Seren-. Mi hija no perdió el equilibrio por culpa del viento, mi hija fue empujada. Y por lo que veo, a nadie le importa. –Se puso de pie-. Esta reunión es una pérdida de tiempo.
Sin más, salió en cuatro zancadas de la habitación. Harry no intentó detenerlo; en cierta manera, podía comprender su reacción, aunque no le gustara. Fue Draco quien rompió el instante de silencio incómodo que siguió a aquella partida.
-Lo de Mei y lo de Seren pueden haber sido accidentes, pero lo que le pasó a Scorpius fue intencionado. Sin embargo, no podemos estar seguros de que fueran los Parásitos, podría haber sido algún alumno rabioso por las victorias de Slytherin o…
-Si estás insinuando… -empezó Ginny, acalorándose.
-No le estoy acusando a él –la cortó Draco, tajante, antes de que Harry pudiera calmar las cosas-. Lo único que estoy diciendo es que sin pruebas sólo tenemos teorías. –Miró a Harry-. Si vosotros los vais a dejar…
-Por el momento, sí. Ninguno de los tres ha sufrido ningún accidente raro. Si fueran los Parásitos tratando de vengarse, ¿no tratarían de ir también a por ellos? Al menos a por los dos chicos.
Draco dudó un momento y también asintió.
-Podemos ver qué pasa.
-¿De verdad estás seguro? –preguntó Cho, clavando los ojos en Harry.
No era una pregunta fácil y él pensó un poco antes de contestarla.
-Si los Parásitos van tras nuestros hijos, llevarlos a casa no cambiará nada, simplemente intentarán otra manera de llegar hasta ellos para hacerles daño. No sé si aquí está pasando algo. Sí sé que no hay una sola persona en Hogwarts mayor de dieciséis años trabajando para los Parásitos. Mientras no tengamos alguna evidencia más y sabiendo que ahora cuentan con la protección de los elfos, preferimos que se queden aquí, al menos de momento.
Ginny y él habían sopesado los pros y los contras y Harry sabía que ella estaba completamente de acuerdo con dejarlos en Hogwarts; si no, no se habría atrevido a tomar él solo esa decisión. Además, Albus, Scorpius y Mei podían estar convencidos de lo que decían, pero ninguno de ellos les había pedido que los sacaran del colegio. Querían que atraparan al supuesto atacante, no irse de allí.
Cho y Huan mantuvieron una de esas conversaciones sin palabras, tan habituales en los matrimonios. Harry se dio cuenta de que era ella, Cho, la que tenía más dudas, pero al final decidió hacer lo mismo que los demás.
-Está bien. Nosotros también dejaremos a Mei en Hogwarts.
Cuando Mei se enteró de las conclusiones a las que habían llegado los aurores tuvo que morderse la lengua para no tildarlos de incompetentes para arriba y no ofender indirectamente a Albus. No quería ofenderle. Pero los aurores eran unos estúpidos si pensaban que lo de Seren había sido sólo un accidente.
-Tenemos que encontrar al culpable nosotros mismos, igual que el año pasado –les dijo a Albus y a Scorpius en un rinconcito de la biblioteca. Y pensaba a tener a Aldric Ollerton muy vigilado.
-No sé, Mei –dijo Albus, dubitativo-. Con todo lo que han investigado los aurores…
-¿Y qué? También investigaron el año pasado, cuando les avisamos de que la Flauta de las Sirenas podía estar en Hogwarts. ¿Y acaso la encontraron? Esto es lo mismo.
Mei pensó en Seren, sumida en un coma del que no sabían si despertaría y se le llenaron los ojos de lágrimas. Aquel era el golpe más duro que se había llevado en su vida, más que la muerte en Windfield de un abuelo que apenas conocía, más que el secuestro y posible asesinato de Angela Tavola. Seren era su mejor amiga, como una hermana mayor. Aunque sólo tuviera trece años, Mei ya sabía que en el mundo no abundaba la bondad y Seren era tan irremediablemente buena… Le maravillaba que hubiera personas como ella, capaces de ver lo positivo de todo el mundo.
Y lo peor de todo era saber que ella había estado cerca cuando había sucedido, que había tenido posibilidad de impedirlo o, al menos, de pillar al responsable. Pero había estado leyendo en la cama y no se había enterado de nada.
-Ni siquiera saben si se va a poner bien –continuó-. ¿Y vamos a dejar que el desgraciado que la tiró por esa ventana se salga con la suya? ¿De verdad os creéis que se cayó?
Albus y Scopius se miraron, y Mei supo que no estaban convencidos. Por un momento pensó que iban a darle la espalda, pero entonces asintieron a la vez.
-No creo que vayamos a encontrar nada, pero lo investigaremos si quieres –dijo Scorpius.
-Lo mismo digo –añadió Albus-. Por si acaso.´
Mei se sintió embargada de alivio, de agradecimiento.
-Gracias.
Albus la miró solemnemente.
-Seren también es amiga nuestra.
-Sí, además, si tienes razón, nos quieren a todos –dijo Scorpius, igual de serio-. Así que más vale que nosotros también nos aseguremos. Podemos usar las runas del año pasado, esas que servían para avisar de la llegada de un enemigo.
-Ya las he puesto por todo el colegio. De momento no han funcionado –reconoció Mei, un poco de mala gana. No quería que Albus y Scorpius interpretaran eso como una señal de que estaba equivocada respecto a los intentos de asesinato, pero tal y como temía, los dos parecieron un poco más escépticos que antes.
-Entonces es que igual sí que fueron accidentes –dijo Scorpius, con voz vacilante.
Mei meneó tercamente la cabeza, resistiendo el impulso de darle una patada al suelo.
-No lo fueron. Los Parásitos pueden haber encontrado la manera de burlar esas runas; quizás Bouchard se enteró de que el año pasado las usamos y se lo contó a su gente para que lo tuvieran en cuenta. Tenemos que intentar descubrir al culpable de otra manera.
-No sé, Mei…
Ella frunció las cejas.
-Habéis dicho que Seren es amiga vuestra –les recordó, conteniendo su indignación. Nunca había sido una persona de emociones muy fuertes, tendía a ser imperturbable, pero desde lo de Seren se sentía desquiciada, como si tuviera un huracán dentro de su cabeza.
Albus alzó las manos.
-Está bien, está bien –dijo, apaciguándola-. El año pasado las runas tampoco nos sirvieron de nada y al final sí que había un traidor en el colegio. Pensaremos en algo más.
Scorpius asintió, aunque no parecía muy convencido.
-Sé que no me equivoco –dijo Mei, más calmada-. Ojalá me equivocara, pero no me equivoco. Ya lo veréis.
James no podía creer lo mucho que había cambiado Hogwarts en su ausencia. La mala reputación de Slytherin era ahora un recuerdo lejano, Scorpius y su hermano eran dos de los alumnos más respetados de todo el colegio y era frecuente ver grupos de amigos en los que se mezclaban alumnos de varias Casas, especialmente entre los alumnos más pequeños. Pero esos, después de todo, eran cambios positivos. El problema era que también los había negativos. Ahora había una tensión generalizada en el aire que él no había conocido; los alumnos cuchicheaban en pequeños grupos, evitaban ir solos por los pasillos, seguían de duelo por sus muertos en Windfield y en el mercado. A pesar de las malas relaciones con los Slytherin, James había vivido cuatro años de un Hogwarts en paz; el de ahora estaba inmerso en una guerra y eso se dejaba traslucir en cada rincón del castillo.
Albus le recordó la intensidad de esos cambios cuando le preguntó si en Estados Unidos había aprendido algún hechizo que pudiera ayudarles a identificar al responsable del estado de su amiga Seren.
-Pensaba que había quedado claro que había sido un accidente.
-Posiblemente. Pero Mei no está convencida y nos ha pedido ayuda a Scorpius y a mí.
James pensó un poco, no muy seguro de que Mei tuviera razón. A él le parecía una teoría un poco traída por los pelos, pero rechazarla sin más era un riesgo muy gordo, sobre todo después de su propia experiencia con los Parásitos. Aún no podía creer que hubiera tenido tanta suerte, que su tío Charlie hubiera sido capaz de llegar a tiempo para rescatarlo.
-No sé, Al, no se me ocurre nada. Sé que existe un conjuro que se llama Faces Revelum y sirve para descubrir a cualquiera que esté usando una poción multijugos, pero no creo que eso te sirva. No hay nadie usando la multijugos, de eso estoy seguro.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque cuando Scorpius y su amigo fueron atacados en el campo de quidditch pensé que podría tratarse de algo así. Como cuando ese mortífago intentó hacerse pasar por un profesor de Hogwarts, ya sabes. Y Michael, Fred y yo nos estuvimos fijando en toda la gente de Hogwarts para ver si bebían constantemente de alguna petaca o algo así.
-¿No visteis a nadie?
-No, qué va. Pero Zabini debe de conocer algún conjuro útil –dijo, reconociéndole algo bueno a aquel profesor a regañadientes. Zabini no se había estado metiendo con él, como había temido en un primer momento, pero lo miraba como si fuera una cucaracha en su estofado-. ¿Por qué no va a Scorpius a preguntárselo?
-Tiene miedo de que Zabini se lo diga a su padre y su padre se enfade pensando que se está metiendo en líos. Cada dos por tres dice que va a sacarlo del colegio. –Y entonces lo miró con una ligera desconfianza-. Tú no se lo digas tampoco a nadie, ¿eh?
-No, tranquilo –le aseguró-. Pero tú prométeme que no harás ninguna estupidez. Si descubres algo debes decírselo a papá, ¿entendido?
Albus dio un resoplido irónico.
-Pues claro. Si es un Parásito te aseguro que no me apetece pelearme con él.
Scorpius seguía teniendo muchas dudas sobre la existencia de un Parásito en el castillo, pero cumplió su parte del trato y pidió por correo un chivatoscopio lo bastante pequeño como para llevarlo siempre encima. En los siguientes días no se desprendió de él, pero sólo se activó cuando pasó cerca de Peeves, quien estaba tirando globos de agua a los alumnos. Mei y Al tampoco tuvieron más suerte con sus ideas; la primera había vuelto a examinarlos alrededores de la ventana por la que seguramente había caído Seren, pero no encontró nada, ni tampoco Albus vio nada fuera de lo normal en el Mapa del Merodeador.
Y por si acaso, todos tomaban precauciones. Mei y él colocaron las mismas protecciones alrededor de su cama como las que Albus tenía desde principio de curso por culpa del gato de Stimpson. Como la mayoría de los alumnos, también procuraban no ir solos por el castillo, al menos iban en grupos de tres. Sin embargo, eso hacía un poco complicado que él y Albus pudieran pasar un rato a solas y tuvieron que pensar algo para solventarlo.
La solución fue reunirse en la vieja clase de música donde se habían encontrado ya tantas veces, pues era fácil cerrarla por dentro. Aunque en teoría habían quedado para ver si se les ocurría algo más que probara definitivamente si lo de Seren había sido o no un accidente, tardaron muy poco en estar besándose concienzudamente. Entre una cosa y otra, no habían tenido una buena sesión de besos desde antes de la fiesta de San Valentín y Scorpius había echado de menos la sensación de perderse en la boca de Albus y en sus ojos verdes e intensos.
-Tienes el color de ojos más bonito que he visto nunca –comentó, observándolos con fascinación mientras le acariciaba la mejilla.
-¿Sí? –dijo Albus, esbozando una sonrisa algo avergonzada-. A mí me gustan los tuyos. Están hechos como de plata.
Scorpius pensaba que sus ojos resultaban descoloridos, y más aún en comparación con los de Al, que a veces parecían brillar con luz propia. Pero le gustó saber que Al opinaba algo tan poético al respecto.
-He encontrado otro sitio al que quiero que vayamos –dijo mientras sus dedos recorrían ahora el puente de su pecosa nariz. Albus, como siempre, le acariciaba el cabello.
-¿Cuál?
-He leído que en Irak existe un lago que en las noches de luna llena sus aguas son como una ventana al pasado y puedes ver imágenes de un asentamiento mágico que había allí hace miles de años, incluso de la gente que vivía allí.
-Guau… Podemos ir allí después de ver las pirámides de Egipto.
-Trato –dijo Scorpius, dándole besos en la cálida piel del cuello. Era perfecto estar así con Albus, charlando de cosas que les hacían soñar, no tener pesadillas-. Ojalá pudiéramos estar así para siempre.
-Sin pensar en nada más –dijo Albus.
-Sí, sin pensar en nada más –asintió, antes de dejar el cuello y volver a su boca.
Albus soltó un suspiro de satisfacción y se movió para colocarse encima de él. Scorpius le sacó la camisa de dentro de los pantalones y metió la mano por debajo para acariciarle la cintura, la parte baja de la espalda. A veces era como si la ropa le quemara, como si toda la piel de su cuerpo dijera que quería tocar a Al. Ahora entendía perfectamente por qué la gente quería desnudarse para hacer esas cosas.
Sin dejar de besarle, Albus se colocó de manera que sus erecciones quedaron una apretada contra la otra y empezó a moverse lentamente. Scorpius dio un pequeño jadeo y se tensó bajo Albus.
-Oh, Merlín…
Casi sin darse cuenta de lo que hacía cruzó las piernas por detrás de la espalda de Albus, buscando un mayor contacto. Sus caderas de movían al mismo ritmo que las de Al y su respiración era cada vez más jadeante y su polla presionaba con tanta fuerza contra la tela de sus pantalones que casi dolía. Sus gemidos eran ahogados por la insistente lengua de Albus, que seguía enlazada con la suya.
Sus caderas dieron un salto hacia arriba con el orgasmo, intenso y breve como un disparo. Al alcanzó el suyo unos segundos después; Scorpius observó sus rasgos contraídos en una expresión de placer con un amor tan brutal que lo dejó sin habla. La gente podía creer que eran unos críos, que su amor era poco más de un juego, pero él sabía que se equivocaban, que Albus era suyo, y él era de Albus, y no había más que hablar.
A finales de marzo, cuando todos habían preparado las maletas para irse al día siguiente a casa por las vacaciones de Pascua, Mei salió a dar una vuelta por Hogwarts, aunque el tiempo no acompañaba. Iba sola, lo cual probablemente no era una buena idea, pero no quería hablar con nadie. Tenía la cabeza puesta en Seren, que seguía sin cambios. Llevaba ya más de seis semanas en coma, y a cada día que pasaba sus posibilidades de despertar menguaban. Lo sabía porque había leído bastante sobre el tema, gracias a unos libros de Neurología que les había pedido a los Inefables con la excusa de que podían servirle para la investigación que llevaba a cabo por ellos. La verdad era que desde lo de Seren no le había dedicado demasiado tiempo a eso. Albus y Scorpius decían que la mejor manera de vengarse de quien le había hecho eso a Seren era averiguar cómo conseguían que los muggles sobrevivieran a los Trasladores, pero no podía concentrarse.
Además, lo que ella quería era encontrar al responsable directo de que su mejor amiga estuviera en coma. Y ojalá pasara en Azkaban el resto de su vida, pudriéndose de asco.
Aunque Mei iba sumida en sus pensamientos, escuchó un ruido indefinido a sus espaldas y se giró, casi esperando ver un thestral. Habían dejado de ser invisibles para ella desde el enfrentamiento con Bouchard. Pero no había nada, sólo algunos árboles y matorrales. Mei siguió caminando, con el oído más atento, y unos segundos más tarde oyó otro ruido, similar al primero. El corazón se le aceleró un poco y de repente fue consciente de lo sola que estaba, de que nadie podría ayudarla si pasaba algo. Sin apartar la vista del camino, Mei sacó su varita.
-¿Hay alguien ahí?
Nadie contestó. En ese momento sólo se escuchaba el rumor habitual del aire libre. De pronto sus ojos captaron movimiento en un arbusto que había a seis o siete pasos de ella. Mei se asustó y reaccionó sin pensar, lanzando un Desmaius en dirección al arbusto y echando a correr como una loca hacia el castillo. Entonces oyó claramente que alguien corría tras ella. No, no, no… Mei se asustó aún más y empezó a moverse entre los árboles con la esperanza de que eso impidiera que le alcanzara algún maleficio en la espalda. No se atrevía a frenar lo suficiente como para girarse y atacar a su perseguidor por sorpresa, tenía miedo de no ser lo bastante rápida. Sólo podía correr, atenta a los pasos que sonaban cada vez más cercanos.
No dejes que me alcance, por Merlín, suplicó, aterrada. El corazón le latía a toda velocidad y le dolían los pulmones. Su miedo aumentó al ver que el bosquecillo se acababa. Para seguir su carrera hacia Hogwarts tendría que salir al descubierto.
De repente, oyó voces delante de ella.
-¡Socorro! –gritó con el poco aliento que le quedaba.
Mei siguió corriendo hacia la derecha, de donde creía que venían las voces. Si conseguía llegar hasta aquellas personas estaría a salvo. Y entonces los vio, a unos cincuenta metros de ella. Eran Hagrid y los Scamander, que la observaban con expresión preocupada y la varita en la mano.
-¡Mei!
Ella tragó un sollozo de alivio y corrió hacia ellos.
-¡Hagrid!
Cuando llegó junto a él, casi estuvo a punto de abrazarlo. Hagrid le puso las manos en los hombros y Mei sintió su peso, reconfortante en ese momento.
-¿Qué ha pasado?
-Alguien me perseguía… -dijo, jadeando por la carrera-. Alguien con un hechizo desilusionador o algo así.
-¿Te ha atacado?
Mei negó con la cabeza.
-No.
Hagrid miró a su alrededor, todavía con la varita firmemente empuñada en la mano y apuntó en la dirección de la que había venido ella.
-Homenum Revelio. – Mei esperaba que apareciera su perseguidor, pero no pasó nada-. Ahora no parece que haya nadie. Vamos, volvamos todos al castillo. Será mejor que le contemos esto a la directora.
Mei asintió, deseosa de llegar cuanto antes al colegio, y echó a andar con él y los Scamander, quienes la miraban con curiosidad y preocupación.
-Ya no puede pasarte nada, tranquila –le consoló uno de ellos, seguramente Lorcan.
-¿Has podido ver algo? –preguntó el otro.
-No, sólo le he oído. Me he echado a correr y él corría detrás de mí.
-Igual era alguien gastándote una broma –sugirió el supuesto Lorcan.
Pero Mei no creía que fuera una broma. Estaba segura de que se había vuelto a salvar por los pelos de morir.
-Ya veremos.
Hagrid la llevó directamente al despacho de McGonagall. Mei, que ya estaba un poco más tranquila, le contó lo que había pasado. La directora la escuchó con expresión seria, pero cuando le preguntó si alguien había llegado a ver algo o si le habían atacado de algún modo, Mei comprendió que no iba a creerse lo del ataque.
-Le aseguro que había alguien.
-Mei, sé que piensas que hay alguien en Hogwarts que quiere haceros daño a ti y a tus amigos. No dudo que hayas oído algo, pero ¿cómo puedes estar segura de que no era tu imaginación jugándote una mala pasada? Quizás sólo era un animal.
-No era un animal. Si hubiera sido un animal lo habría visto corriendo detrás de mí.
La directora se giró hacia Hagrid, que se había quedado en el despacho.
-¿Tú qué dices, Hagrid?
-Yo no vi ni oí nada.
Mei reprimió un suspiro de frustración.
-No veo necesario abrir otra investigación –dijo la directora-. Los aurores y los vigiles ya han hecho todo lo que ha podido y no han encontrado evidencias de que tengamos un enemigo en Hogwarts. No tiene sentido que volvamos a molestarlos para nada.
Mei dejó el despacho pensando que los adultos eran, salvo honrosas excepciones, idiotas perdidos. Al pie de la escalera la esperaban Albus, Scorpius y los gemelos Scamander, quienes debían de haber puesto al corriente a los primeros.
-¿Qué ha pasado? –preguntó Albus.
-¿Qué te ha dicho McGonagall? –preguntó uno de los gemelos.
Mientras se alejaban de allí, Mei les puso a todos al día, sin disimular su enfado.
-Y si vosotros tampoco me creéis, me da lo mismo –finalizó dignamente-. Yo sé que alguien me estaba persiguiendo.
-Pero, ¿no te parece sospechoso que no te atacara? –dijo Scorpius, pensativo-. A lo mejor sólo era algún idiota gastándote una broma pesada.
-Sí, eso le he dicho yo –dijo el supuesto Lorcan.
-No ha sido una broma –insistió.
-Bueno, nosotros seguiremos adelante con… lo que ya sabéis –dijo Albus, echándoles una mirada a los gemelos. Mei comprendió que hablaba de sus planes por encontrar a la persona que casi había matado a Seren, pero que no quería decirlo delante de los Scamander.
-Sí, a ver si se nos ocurre algo durante las vacaciones –añadió Scorpius.
Continuará
