Mimato


Undécimo


El día iba lento. Era mitad de semana, de la última semana de su contrato, y eso era un consuelo. Ya tenía planes para el dinero. Como tenía un dinero ahorrado (y estaba seguro que su padre le ayudaría con el resto), planeaba comprar una motocicleta, pero no cualquiera, una Harley Davidson XL1200C. Cuando tenía quince años se había enamorado profundamente de la vieja Harley que su padre conducía y que él conocía por fotografías, y se había jurado a sí mismo tener una algún día, y cuando con su padre y TK fueron a esa exhibición de motos hace un par de años, vio la hermosa XL1200C y la deseó con cada fibra de su ser. Simplemente estaba loco por ella.

Y ahora estaba aburrido, pensando en su moto soñada mientras esperaba que algún cliente llegase. Le daba la espalda a la barra, apoyándose en ella con ambos codos. Su pose le valía las miradas constantes de un par de chicas que comían helado en una mesa más allá.

Su mirada perezosa estaba fija en la puerta, viendo a través del vidrio grueso la silueta de Tai barriendo la entrada. Notó que Tai se hacía a un lado para dejar pasar a alguien. Matt se irguió y con la mano alisó las arrugas de su chaleco negro, pero antes de dar si quiera un paso, ella pasó frente a él con mucha rapidez, adelantándose.

Cuando la puerta de abrió, algo ácido se instaló en su estómago.

—Bienvenido a Berry Sweet —le escuchó decir a ella con su voz cantarina. —Tu mesa ya está preparada.

El cliente le sonrió y la siguió. Ella lo condujo hasta la mesa que se ubicaba al final de la hilera de mesas junto al ventanal. Pasaron junto a las chicas que comían helado, y ambas torcieron sus cuellos automáticamente para mirar al "cliente".

Matt frunció en entrecejo, y volvió a apoyarse en la barra, sacando de su bolsillo un chocolate cubierto de caramelo rojo. Ese tipo era un cliente usual. Iba todos los días, sin falta. A veces, como ahora, iba un poco pasado el mediodía, y otras iba en la tarde, cerca del anochecer. Y no dejaba de ir.

Y allí estaba ella. Ella siempre le atendía, siempre le recibía con esa sonrisita y vocecita encantadoras, le guiaba hasta su mesa, y charlaba con él por lo menos cinco minutos antes de dignarse a tomar su orden. Porque además de llevarlo hasta la mesa (qué es el trabajo del anfitrión) Mimi hacía el trabajo de Sora como mesera, así que anotaba la orden, iba por ella, y después de hacerlo esperar, dejaba frente a él una taza de café, un sándwich de pavo y una pequeña copa de helado de crema con salsa de chocolate coronado por una cereza. Y él siempre comenzaba con el helado, y mientras él lo comía, ellos charlaban animadamente de cosas fuera de su conocimiento. Ella nunca se sentaba en la mesa con ese cliente, y Matt suponía que no lo hacía porque sabía que a la dueña no le haría ni pizca de gracia, y porque sería el colmo, si ya se pasaba muchísimo rato con él, descuidando el trabajo. Sólo cuando el cliente se acababa el helado ella se dignaba a regresar al usual lugar de espera, la barra, y desde allí, los dos compartían miraditas y sonrisitas estúpidas.

Y por alguna razón, eso lo ponía de mal humor. Le molestaba la presencia de ese tipo, detestaba ese cabello rubio platinado, esa piel pálida en extremo y esos ojos grises azulados. Y esa sonrisa, esa estúpida sonrisa que nunca abandonaba su rostro… Verlo le daba ganas de vomitar.

Tai entró en el restaurante, con una pala y una escoba en cada mano, y se acercó a él, suspirando de cansancio.

—Es horrible barrer con este calor —se quejó el castaño.

—Hmmp.

—¿Qué te pasa? —le preguntó el castaño. —¿Qué miras tanto? —dijo, siguiendo la dirección de su mirada.

—Nada —dijo el rubio, metiéndose otro chocolate en la boca.

—Claro —dijo Tai, aguantando la risa. —El cliente de Mimi otra vez aquí —comenzó a decir, a propósito para ver cómo reaccionaba su amigo. —Me pregunto si estará enamorado de ella…

—Claro que lo está —dijo Matt con cierto fastidio mal disimulado. —Sólo mírale la cara de imbécil que tiene.

Tai soltó una risita.

—Parece que alguien está celoso —dijo entre diente el moreno.

Matt se sonrojó, y estuvo a punto de replicar, pero se mordió el labio y se contuvo.

—¿Quién está celoso? —dijo una voz.

Ambos miraron a la señora Lena, que lo miraba a través de sus gafas de media luna con una sonrisa en sus labios rojos.

Tai siguió riéndose mientras Matt se ponía más rojo aún y fruncía el ceño.

Lena miró en dirección a las mesas, y distinguió a Mimi charlando animadamente con un cliente.

—Ah —exclamó Lena, con entendimiento. —Ya veo —miró a Matt, divertida, por un brevísimo segundo. —Ese muchacho ha estado viniendo todos los días, sin falta, desde hace unas… dos semanas diría yo. Me pregunto cuál será el motivo… —y tras decir eso, se marchó a hacer su habitual recorrido.

Matt se quedó mirando la puerta con el entrecejo fruncido. Tai podía sentir las oleadas de fastidio que emanaban de su amigo, y decidió que lo mejor era dejarlo solo. Aún así, no pudo resistirse a decir una última cosa antes de irse.

—Tú podrías hacer que ella no le prestara tanta atención a ese tipo, ¿sabes? —y dicho esto, se fue por el pasillo hacia la zona de empleados, dejando a un Matt furibundo y, aunque no quisiera admitirlo, pensativo.