Estimado señor Darcy:
Sé que escribirle es altamente impropio, y un atrevimiento por mi parte, especialmente teniendo en cuenta nuestra última conversación, pero le escribo esta carta motivada por la necesidad y la desesperanza.
Quizás por experiencias vividas, sepa usted alguna forma de localizar en Londres a George Wickham. Le ruego me disculpe por traerle a la memoria disgustos del pasado, pero hoy, señor Darcy, puedo hacerme una justa idea de lo que no quiso decirme aquella mañana para no ofender mi sensibilidad… Pero a pesar de su consejo y de las medidas adoptadas en casa, mi hermana menor Lydia ha causado su propia desgracia. Mi tío Gardiner, de Gracechurch, lamentablemente no sabe ni por dónde empezar a buscarlos…
Sé que pronto el nombre de mi hermana estará en boca de todo el mundo, pero le ruego conserve la discreción el mayor tiempo posible. Es mi intención obligarlos a casarse, para al menos minimizar el inevitable daño, pero he de encontrarlos primero, señor Darcy. No me atrevería a importunarlo con la vergüenza de mi familia de no quedarme ninguna otra opción…
Hoy soy capaz de entender cabalmente su profundo resentimiento contra Wickham. Y he de decir que lo comparto…
Atentamente,
Elizabeth Collins
Cuando la gestación alcanza determinada fecha (unos siete meses) o el vientre ha crecido en demasía, las damas de cierta posición se ven obligadas a la reclusión domiciliaria. Tal confinamiento se debe a la pragmática convención social de evitarles a los demás el disgusto de enfrentarse con las realidades más sucias de la vida (entiéndase procreación, nacimiento, sexo y muerte), las cuales, obviamente, se deberían circunscribir tan solo a la intimidad del dormitorio. Pero Lizzy no tiene esposo ni hermano al que encomendarle esta desgracia sobrevenida, y en ausencia de un varón en su casa (Bennet o Collins) que vele por la reparación de la ofensa (o al menos de la honra), le corresponde a ella tal obligación. Los intentos de su pobre tío Gardiner resultan tan descorazonadores e inútiles que Lizzy ahora mismo se agarraría a un clavo ardiendo si así obtuviera un indicio del paradero de los fugados… Cuanto más tiempo pase, más difícil será dar con ellos y peor será el escándalo… Oh, cómo quisiera Lizzy ser un varón, dejar atrás las convenciones que la constreñían y poder cabalgar hacia Londres para hacer entrar en razón a su hermana y a Wickham...
Así que Lizzy hace lo impensable, aunque realmente no es que tuviera otra opción: con el abultado vientre ralentizando sus pasos, da órdenes a Betsy de preparar el equipaje para ellas dos y partir a Londres al día siguiente. Lizzy expondrá su prominente embarazo a la censura del mundo abandonando la intimidad de Longbourn (un pequeño escándalo para enmendar otro mayor, le dice a Jane). Y una vez más le tocará a la doncella actuar de acompañante y velar por el decoro, porque las mujeres de bien no viajan solas (quién sabe qué les puede pasar si empiezan a usar el cerebro por sí mismas…). A media mañana Lizzy dejará atrás los gritos y los lamentos enloquecedores de su madre y partirá con Betsy a Londres en el carruaje de postas, para ver si hay algo que se pueda salvar de la honra de todas las Bennet.
Dos cartas preceden su viaje, enviadas con el último correo de la tarde a Londres: una a su tío, anunciando su llegada, y la otra al hombre que aún es un enigma para ella…
Por fortuna, la carta de Elizabeth le encontró en Londres, en Darcy House, mansión de la familia ubicada en Mayfair, a una cómoda distancia de la calle Grosvenor donde residían los Bingley (no demasiado cerca como para sufrir los asaltos diarios (mal llamadas visitas sociales) de la hermana de su amigo ni demasiado lejos como para impedirles a los dos amigos verse con relativa frecuencia). El que Darcy estuviera en su residencia capitalina ya era de por sí inusual, ya que durante la estación estival, Londres se vaciaba de sus próceres y gentes de buen vivir. El calor no hacía más que desenmascarar e incrementar la pestilencia natural de Londres y los ricos —o aquellos con posibles— huían del hedor de la capital del reino. Más o menos a la misma hora en que Lizzy y Betsy emprendían camino, Fitzwilliam Darcy abría la correspondencia en su despacho. Decir que se sorprendió al ver carta suya es quedarse corto. Jamás, jamás, se imaginó que Elizabeth Collins quisiera reanudar los lazos que con tanta severidad cortó aquel día. Si bien la emoción primera de recibir una carta de ella —como piruetas de un corazón enamorado— dio paso a una furiosísima indignación por la nueva tropelía cometida por Wickham. El que Elizabeth le hubiera enviado una carta a Londres y no a Pemberley ni siquiera pasó por su cabeza.
Darcy nunca contestó a esa carta, sino que se presentó directamente en la calle Gracechurch (demasiado cerca de Cheapside, famosa por sus comercios y absolutamente carente de glamour o finesse como lugar de residencia para aquellos dotados de estilo y fortuna, en la parcial (y necia) opinión de las hermanas de Charles Bingley), hizo sus averiguaciones hasta localizar la residencia que Elizabeth mencionaba en su carta y solicitó una entrevista con el señor Gardiner y la señora Collins. Pero según le informaron, ella no había llegado aún a la ciudad.
Los Gardiner conocían el nombre del señor de Pemberley, por supuesto. La señora Gardiner se crió en Derbyshire y sabía de la familia Darcy y de su alto status en la buena sociedad. Pero eso no explicaba en absoluto qué hacía allí el mismísimo señor Darcy, en su casa, a esas horas, preguntando por su sobrina y en un estado de inquietud apenas velado por la seriedad de su semblante. Hasta que Darcy enarboló la carta en que Lizzy le pedía ayuda. Y ellos, como buenos y sensatos tíos, supusieron que la relación entre el señor Darcy y su sobrina debía ser lo suficiente profunda como para confiarle de su puño y letra tal escándalo familiar, y por tanto, confiaron a su vez en él. Darcy nunca les desmintió la verdadera naturaleza de su relación con Elizabeth.
Era pasada la hora del té cuando Lizzy llegó a casa de sus tíos en el landó de alquiler que las traía a Betsy y a ella desde la última parada de postas. Cansada, algo mareada por las largas horas soportando baches mientras su cabeza volaba con una barbaridad detrás de otra a cuenta del destino de sus hermanas (por culpa de la imprudencia de Lydia y de la mezquindad de Wickham), Lizzy simplemente aceptó sin mirar la mano amable que la ayudó a descender con mucho cuidado del carruaje en cuanto se abrió la puerta.
Ella, atenta a los escaloncitos del carruaje, que apenas podía ver a causa de su criatura, supuso que era su tío, pero la mano que la sostenía resultó demasiado firme y joven como para serlo. Y con sorpresa y cierta fascinación —como si mirara al abismo desde su lugar seguro—, constató que esa mano que no soltaba aún la suya pertenecía al dueño de los ojos azules más intensos que hubiera visto en su vida.
Es un momento extrañamente perturbador para ambos. Debería ser incómodo, embarazoso y hasta un tanto humillante, pero realmente no era ninguna de esas cosas. Si algo, era este un momento de iluminación y de aceptación para los dos.
Para él, porque es la primera vez que la ve después de aquella proposición fallida que puso fin al sueño de una vida a su lado. El embarazo no hace más que añadir belleza a sus rasgos, y quisiera tanto, tanto, que el hijo que lleva en el vientre fuera suyo. ¿Cómo decirle cuánto la admira por desafiar al mundo y echarse a los caminos para proteger a su familia, cómo decirle que en su corazón jamás habrá otra? Darcy no lo sabe... Ni puede...
Y para ella, porque jamás imaginó que fuera a venir en persona. El hecho de que él estuviera precisamente aquí no hablaba más que de su buen corazón para ayudarlas. Ella lo sabe ahora… ¿Cuántas veces se ha equivocado con él? ¿Cómo ha podido equivocarse tantas y tantas veces? Y pensar que alguna vez lo tildó de orgulloso y lleno de prejuicios… Ah, Lizzy, qué obstinada puedes llegar a ser… Es ella la que debería haber dejado a un lado su maldito orgullo herido (y su vanidad, debe reconocerse ella) y desechar cada una de las ideas preconcebidas con que juzgó su carácter. Estaba aquí… El hombre podría perfectamente haber ignorado su carta y haberse desentendido de quien le rechazó una vez. Pero aquí estaba… Mirándola…
—Los ha encontrado, Lizzy —dijo la voz esperanzada de su tío. Esta vez sí que era su tío Gardiner, Lizzy apartó la vista de Darcy, lo miró y se aseguró de confirmarlo—. El señor Darcy los ha encontrado.
Ella volvió entonces sus ojos de nuevo hacia él, pronunciando una pregunta sin palabras, y él asintió, en silencio, pero entendiendo cada palabra.
El señor Gardiner tan solo miraba a uno y a otro mientras se hacía preguntas…
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NOTA: El (des)orden entre las dos primeras escenas es deliberado y con propósito narrativo.
Darcy is back! Ah, mujeres de poca fe… XD
