LEYENDA PENDRAGON
LIBRO I: LA PROFECÍA
Capítulo 20: …prepárate para la guerra
Tienda Real, campamento de Camelot.
En las sillas dispuestas en círculo, se encuentran sentadas todas las herederas de los reinos de Albión, escuchando el relato del agotado joven rubio de las tierras del Norte, quien sentado al lado Lady Gawain, en otra silla exactamente igual a la de las herederas, detalla lo que vio y las últimas órdenes que recibió de su señora.
—…Froken Skadi no lo dudó, me encomendó la misión y salí de Uppsala ese mismo día, en un veloz Bjørn, un oso de las nieves, hacia el puerto Gotthem para zarpar en el Drakkar más veloz que saliera hacia tierras de Carbonek y a mi paso apresurado pude ver de lejos algunos kommuner totalmente arrasados y la muerte y destrucción que deja a su paso el Reino Oscuro. Pueblos que antes eran ciudades pacíficas y llenas de vida como Enköping, Flabjör, Ygnir, solo son ruinas, montones de cadáveres horriblemente empalados. —habla horrorizado el fuerte guerrero rubio.
— ¿Empalados? —duda la Reina, asombrada de que un guerrero que parecía tan valiente, hubiera tenido ese gesto de espanto con esa palabra.
—Es una forma de tortura practicada por los generales del reino oscuro, Serena, consiste en enterrar una estaca a la víctima y dejarla morir desangrada. —explica con toda sangre fría la mujer de cabello negro y ojos amatista, sentada al lado derecho de la Reina Pendragon.
—No es practicada por todos, Lady Lancelot, solo por uno de los agentes del Reino Oscuro, Lady Erzebeth Galathine. —especifica el muchacho de cabello plata.
—¿Enterrar una estaca?... ¡Por la Diosa! ¿Enterrarla por…? —duda, impresionada, la pelirroja Kakyuu de Antor, poco acostumbrada a los horrores de la guerra.
—Por donde imagina, Lady Antor, y el propio peso de la víctima hace que poco a poco salga por la boca o por cualquier parte superior que puede, porque se va enterrando más y más conforme pasa el tiempo. Se hace estando viva la persona. —informa con la misma frialdad, Rei Lancelot.
—Aún así es horrible… ¿Tú has visto algo así, Rei? —pregunta la reina a su amiga. Artemis Nimue, desde su silla, mira a su hija adoptiva, algo preocupado de la respuesta que daría.
—Una vez, cuando era pequeña. Así asesinaron a mi familia. —responde ella con toda calma, mirando a la reina quien luce muy desconcertada.
—Rei… lo siento… no quise… —afectada por la información, balbucea Serena.
—Su majestad, creo que es mejor cederle de nuevo la palabra al coronel Rudbeck. —sugiere Luna Merlín, de pie al lado izquierdo de la reina. Serena, afectada todavía de lo apenas enterado, asiente. —Coronel, siga por favor con su relato. —indica la hechicera.
—El mensajero que envió Lady Gawain y trajo la noticia de su coronación, su alteza, llegó justo cuando anunciábamos a Froken Skadi sobre la inminente invasión, porque ya estaban por llegar a Uppsala.
—Rudbeck, es imposible invadir todo Gawain en solo tres semanas, inadmisible, las distancias, el clima, los mismos guerreros del "ejército gélido", el General Ulvsson no lo permitiría.—se exalta la joven de cabello azul mirando al soldado.
—Lady Ami… es la verdad. No supimos en qué momento comenzó, pero logramos ver sus estragos, el poder oscuro está arrasando con todo en Gawain, tienen una fuerza mil veces superior a lo documentado hasta ahora; el poder de convocar monstruos nunca antes vistos en esa región de Albión y en cantidades descomunales, monstruos horribles y poderosos que no solo matan sino devoran y arrasan todo a su paso. —aterrado el bravo guerrero del norte.
—Coronel… ¿Podría describir cómo eran esos monstruos? —cuestiona el joven peliplata, quien se ha sentado en un trono al lado izquierdo de la reina.
—Sí, desde luego, Lord Le Fay. —El joven de barba rubia cierra un poco sus ojos verdes, como si recordara a aquellas bestias horribles que arrasaron su puesto de vigilancia en la frontera con Cornualles. —cuando nos atacaron a nosotros no… no nos percatamos de nada hasta que ya los teníamos sobre nosotros, estábamos en el fuerte de vigilancia, yo atento a todo y los guardias de turno dieron la alarma demasiado tarde; enorme monstruos gigantes de piel café y larga cola retráctil y poderosa, que aguijonea veneno, un hocico dentado en su abdomen y en lo que debía ser la cabeza, enorme cuernos. Su altura es casi la de tres hombres y su fuerza terrible. Además de eso, portan en sus deformes manos, unas armas de púas. —explica el guerrero del norte con detalle.
—Eso no suena a ninguno de los monstruos de Ghen que conozco y he combatido. —se apresura la rubia Lady Bors. — ¿Te parece conocido? —lanza ella a la alta Lady Sagramore. La castaña niega con la cabeza.
—Para nada. —Confirma Makoto Sagramore. —Con la descripción inicial del coronel, sospeché de un Rorar o un Surgek, pero ese detalle del hocico en el abdomen supera a toda abominación con la que he peleado. —responde la fuerte guerrera.
—Mako tiene razón. Dentro de las posibilidades de cada general oscuro para convocar monstruos hay un límite considerable del tipo que pueden invocar para sus ataques e incluso están parcializados por la ventaja del territorio que cada general vigila y sojuzga, por ello, monstruos como los Roar y los Surgek son propios del territorio boscoso y húmedo de los bosques del Sur, mientras que en el desierto de Bors se convocan los Anzonei o los Enkii. —explica, con conocimiento de causa, Rei Lancelot.
—O los Griselbrand, Chimera o Ntaxos para las volcánicas montañas de Benwick. —completa Diamante le Fay y las tres muchachas asienten a la vez. Serena mira asombrada a su hermano y a las tres herederas del Sur hablar de nombres y tipos de monstruos que ella jamás había soñado que existieran.
—Lady Lancelot, Lord le Fay, con todo respeto… ¿A qué se refieren con todo este curso de demonología? —lanza impaciente Minako Tristán. — ¿Hay algo diferente en los monstruos que asolaron las tierras de Gawain?
—Claro que lo hay, Lady Tristán. Estamos en una nueva fase en cuanto al poder que Ghen y Neherenia le conceden manipular a sus generales. —afirma el joven Diamante.
—Lord Le Fay, hay una pregunta que he querido hacerle siempre a alguien que sepa sobre el tema y nadie mejor que Usted, ¿Quiénes son esos generales? ¿Qué poder especial tienen para poder convocar monstruos? Porque sabemos que humanos normales no lo logran, solo Lady Beryl de Gaheris y Lady Galathine son capaces de ello. —insiste con ansiedad evidente en su voz la heredera de Gawain.
—No tengo una respuesta clara para Usted, Lady Gawain. —acepta el hijo de Serenity Igraine. —cuando yo era adolescente, luego de volver de uno de mis viajes, me presentaron a los tres hombres y a la mujer rubia como los nuevos generales; desde ese día entrenaron de forma privada con Lady Beryl y cuando demostraron capacidades para convocar y manipular monstruos, Neherenia les encomendó el gobierno de las regiones que ya conocen todos: Lord Jedite al Sur Oeste, Lord Malachite al Sur Este, Lord Neflyte al Centro y Lady Zoicyte al Norte. Siento no poder aportar más datos, Lady Gawain. —se excusa el muchacho, abatido.
—El poder de los generales es algo que jamás me he podido explicar. —acepta Lady Setsuna Badevire con una voz casi susurrante.
—¿Por qué crees que aumentó el poder de Lady Zoicyte de esta forma poco común? Algo debió pasar para hacerla capaz de invadir un reino como Gawain en tan poco tiempo. —pregunta la reina.
—Eso es fácil de deducir, su alteza. —interviene el mago de cabello blanco. —El poder oscuro se está intensificando en ellos de alguna manera desconocida por nosotros, pero seguramente Lord Le Fay puede ayudarnos en ello.
—El poder de los generales viene de una marca, una inoculación de tejido de Ghen en su cuello. —explica el joven Le Fay.
—Lo he notado, un lunar oscuro con muchas ramificaciones venosas. Lo he visto en Lady Zoicyte y en Lord Neflyte. —asegura la observadora muchacha de cabello azul.
—Sin embargo, hay otras formas de aumentar ese poder, aunque todas involucran la sangre de los generales y la de Ghen, de la sangre del monstruo es de donde es posible convocar su simiente maldita, esos engendros que asolan el reino. —continúa Diamante.
—Lord Le Fay… ¿Hay una forma de vencerlos? A los generales, o de evitar que convoquen a esos monstruos terribles. —pregunta Lady Michiru Percival, algo que estaba en la mente de todos los presentes.
—No lo sé. —confiesa con el mismo tono desesperanzador, el joven de cabello plata, presionando sus puños con impotencia. Un silencio hace presa de la sala.
—Creo que lo único que nos queda por delante es salir en ayuda de Gawain. —lanza con decisión la Reina adolescente.
—Su majestad, por favor, tome con calma esta situación. —Sugiere la consejera de cabello azul.
—No se puede tomar con calma, Luna, ¿Escuchaste el relato del comandante? A estas horas seguramente Uppsala y la gente del norte deben haber caído ya en manos de esos monstruos, y no quiero que mi gente sufra. —con el mismo candor e impetuosidad la adolescente rubia.
—Serena, entendemos eso, Lady Merlín no te está pidiendo que no ayudes a la gente de Gawain, solo quiere que tomes las decisiones correctas porque de lo que decidas tú depende todo Albión. —ecuánime el muchacho de ojos azules.
—Su majestad, lo que Luna y el joven Le Fay quieren que comprenda, es que estamos ante una encrucijada sabiamente preparada por el reino Oscuro. —habla la siempre callada y analítica Lady Michiru Percival. Serena clava sus ojos azules en la elegante dama de cabellos aguamarina.
— ¿A qué se refiere, Lady Percival? —pregunta la joven reina.
—Es evidente, su majestad, que lo que desean de Usted las fuerzas de la oscuridad es que divida sus fuerzas. El ataque al Reino de Gawain no es fortuito ni desesperado, sino que denota una cuidadosa planeación; en otras palabras, eligieron, deliberadamente, el reino más lejano y de más difícil acceso en relación a la ubicación de Camelot. —explica la hermosa heredera de las islas.
—Están obligándola a elegir: Ayudar a la gente de Gawain con su recién formado ejército y dejar desprotegida Camelot para otro ataque como el del Trementur, o quedarse y permitirles masacrarlos a su gusto y placer. —expresa sin miramientos ni reticencias la rubia Lady Haruka Bors, sentada al lado de Lady Michiru Percival. Una angustiada Reina Serena mira a Luna Merlín y Artemis Nimue.
—Eso tiene mucho sentido. Lady Percival y Lady Bors han hablado con sabiduría. —es el mago de cabello blanco quien habla.
—Lord Nimue, Luna… ¿De verdad creen que si vamos a ayudar a la gente de Gawain ataquen de nuevo la ciudad? —preocupada la reina.
—Es lo más probable, Serena. En el reino Oscuro deben saber que a pesar de haber vencido al Trementur, Camelot es una ciudad en reconstrucción y que el ejército que formas ahora es nuevo, poco experimentado y sin duda, desorganizado. —añade la hechicera de cabello azul.
—Sin lugar a dudas la ciudad no resistiría un ataque, no ahora, no en las condiciones en que están los trabajos de la muralla. —afirma la pelirroja Kakyuu de Antor.
—El ejército tampoco puede enfrentar un trayecto como el que ha pasado el coronel Rudbeck hasta las heladas tierras de Gawain ni hacer frente a una invasión a esa escala, no en este momento. —habla la siempre callada y prudente Setsuna Badevire, con sus ojos rojizos atentos a la mirada preocupada de su soberana.
—Sin duda, no estamos capacitados en este momento para enfrentar una guerra como la que se avecina. —concluye terminante Lady Luna Merlín.
—Entonces… ¿Qué se supone que haremos? ¿Dejaremos morir a esa gente inocente? —se exalta Serena. — ¡Esos no son los principios del reino de Camelot que defendía mi Padre!
—Hermana, tranquilízate. Lady Merlín no está proponiendo tal cosa, supongo que desea, como todos aquí, que sopeses las consecuencias de elegir la guerra y busquemos juntos la mejor solución para Albión. —afirma Diamante Le Fay, tomando cariñoso la mano de su hermana. Serena suspira y asiente.
—Creo que tomaremos un tiempo para deliberar y dar sugerencias. —da por terminada el mago de cabello blanco aquella situación. —me permito recordar a su alteza, que todo lo que escuche de nosotros hoy, serán solo eso, sugerencias. Usted como Reina tendrá siempre la palabra final, que todos… —hace énfasis Artemis Nimue en esa palabra recorriendo con sus ojos azules a las herederas en su totalidad. —respetaremos y obedeceremos. —afirma el mago y con un pase de sus manos, forma una esfera de humo azul en medio de la sala, que flota delante de ellos. -al disiparse la esfera, diremos nuestro parecer.
Mientras eso ocurre, la joven reina mira el rostro de todos a su alrededor. Primero que nadie, observa a la heredera de Gawain, con esa mirada fría y ecuánime de siempre, luego ve a su lado a Minako Tristán, que presiona en señal de apoyo el brazo de Ami Gawain y al abatido y herido coronel que trajo la noticia; las herederas del Sur mantienen el ceño fruncido y se miran unas a otras. Serena nota que su amiga, sentada a su lado, presiona los puños en los descansabrazos de su silla y muerde un poco su labio inferior. La mirada azul de la reina adolescente vaga ahora hacia Lady Percival y Lady Badevire, quienes hablan entre sí con los dos hechiceros con actitud abatida.
Serena busca a su hermano ahora, pero descubre que el joven de cabello plata se ha levantado de su silla a su lado y se ha acercado a donde están los hechiceros, con quienes habla algo que ella no puede escuchar, al parecer muy preocupado. Finalmente, Serena mira a su hermana Kakyuu de Antor, quien la mira y le dedica una leve sonrisa, que Serena le devuelve y que la tranquiliza bastante. Artemis Numie se levanta de su asiento, dejando a Diamante Le Fay discutir con Lady Merlín, y se coloca en medio del círculo de sillas, donde el humo azul de la esfera se ha disipado ya.
—El tiempo ha concluido. Podemos sugerir ahora a nuestra señora y reina lo que consideremos la mejor opción para Albión. Creo que por la naturaleza de la decisión, le corresponde primero que a nadie, hablar a Lady Ami Gawain de Uppsala. —otorga el hechicero la palabra a la joven de cabello azul. Todos los ojos se clavan en la delgada silueta de la heredera del Norte.
—No he escuchado los puntos de vista de los demás como para externar el propio con coherencia, Lord Nimue, y sin duda, todos en esta sala esperan que me vuelva una férrea defensora de lanzar el ataque para liberar a mi pueblo o lo que quede de él. —explica con ecuanimidad la valiente doncella. —quizá esa debía ser mi reacción natural al tratarse de mi país y mi familia, pero hace unos días en el palacio dorado, yo juré lealtad y fidelidad a la Heredera Pendragon y ese acto selló para siempre una lealtad aun mayor que la de mi patria y mi gente, mi lealtad al reino de Camelot y a nuestra señora, por tanto, si la reina delibera como mejor decisión aguardar y no enviar al ejército a liberar Gawain, por considerarlo riesgoso para el reino, yo acato y obedezco esa decisión porque confío en que será tomada para un bien mayor para Albión. —indica con todo aplomo y dignidad la valiente joven, dejando asombradísimos a todos en la sala.
El más profundo respeto al valor y ecuanimidad de Lady Ami Gawain se plasma en la mente asombrada de la joven reina, quien se dice a sí misma que se necesita más coraje para obedecer a un superior por el bien de todos, que para exigir el rescate de sus seres amados. Internamente, Serena Pendragon se dice a si misma que esa es una cualidad que ella, como reina, debe aprender de Lady Gawain: Una reina antepone la razón al corazón.
—Lord Nimue, sé que no me ha sido otorgada la palabra pero haré uso de ella. —se levanta la bella "Guerrera Dorada" en medio de la sala. Artemis Nimue asiente con una cabezada a la súplica de la heredera de Cornualles. —Nunca dejaré de reconocer y alabar la ecuanimidad de Ami para dejar en manos de la reina una decisión tan trascendente como la supervivencia de su pueblo y su gente, pero esta vez no puedo estar de acuerdo con ella. —asegura la rubia Lady Tristán, dejando asombrados a todos en la tienda real, hasta a la misma Ami Gawain, que aun duda que su mejor amiga esté hablando así.
—Mina… —balbucea confundida la chica de cabello azul.
—Su alteza, herederas de Albión, nosotros tenemos un deber con esas personas que están siendo masacradas cruelmente como consecuencia de la fidelidad de Gawain a la Heredera Pendragon, Usted misma, mi señora, tiene ese mismo deber con ellos y con toda la gente del Norte que ahora mismo sufre un riesgo similar al de las tierras de Gawain. Piensen por un instante qué detendría a una fuerza como la que tiene ahora el poder Oscuro para atacar Cornualles, Antor o Carbonek en pocos días y seguir provocando a la Reina hasta averiguar qué tanta tolerancia tiene la heredera del poder de la Diosa para permitirles seguir haciendo pedazos a su gente sin atreverse a atacar, eso es cobardía…
— ¡Lady Tristán! —se alarma Lady Luna Merlín ante las bravas palabras de la joven rubia, de ordinario tranquila y propensa a obedecer.
—Lo siento, Lady Merlín, pero es la verdad. —clava la rubia guerrera sus ojos en los azules de la Reina, que escucha todo algo abrumada, notando la intensidad y veracidad de las razones de su grande y admirada heroína.
—¿Está sugiriendo que debemos iniciar una guerra, Lady Tristán? —duda Diamante Le Fay.
—No, Lord Le Fay. Estoy proponiendo detener una amenaza latente contra Albión. —altiva la guerrera de Cornualles.
— ¿Con un ejército poco entrenado, débil y no muy numeroso? ¡Dejando Desprotegido a Camelot! —se exalta Luna Merlín.
—No es la única solución. —toma la palabra Lady Lancelot. Ahora los ojos de todos se dirigen a ella. —creo, Lady Merlín, Lord Le Fay, que solo consideran a los 350 soldados en activo que entrenamos en el campo Este, pero no así a la escolta personal que cada una de las herederas tenemos con nosotros. Lady Tristán, ¿Cuántos soldados de Cornualles componen su escolta? —pregunta Rei Lancelot.
—Ciento veinte. —explica la rubia. Serena recuerda entonces esa entrada triunfal de las tropas a Camelot para el pasado torneo, cuando subida en un techo, observaba fascinada a los guerreros de todas partes de Albión entrar con lujo de marcialidad y majestad en la ciudad.
— ¿Lady Percival? —cuestiona ahora Rei Lancelot, poniéndose de pie con seguridad y altivez, en medio de la sala.
—Noventa. —responde la bella heredera de las Islas.
— ¿Y Usted, Lady Gawain? —se acerca la capitana de la Reina a la heredera del Norte.
—Ochenta y cinco soldados en activo. —responde la heredera Gawain.
—Más cincuenta de Badevire, Cien de Sagramore, Ciento setenta de Bors que siempre exagera, debo decir. —indica Rei Lancelot, ganando una sonrisa de su rubia prima, señalando a cada una. —sesenta de Galahad, los treinta y cinco activos de la guardia plateada y mis modestos 13 guerreros, creo que tenemos un ejército más que preparado para rescatar Gawain, sin perjudicar para nada las defensas de Camelot ni arriesgar a un ejército poco preparado a perecer en los hielos del Norte. —indica con decisión y liderazgo la heredera de Benwick y pone su mano sobre el hombro de la rubia Minako. —esta vez, herederas, alteza, arcanos de las reliquias, yo apoyo las palabras de Lady Tristán porque me parecen las más sensatas para Gawain y todo Albión.
Un murmullo de aprobación se desata entre las herederas presentes. Lady Bors y Sagramore aplauden emocionadas las palabras de su amiga, Minako le sonríe a Rei en señal de aceptación y agradecimiento por apoyarla a pesar de sus encillas personales, y la reina rubia sonríe emocionada de aquella solución, intentando levantarse para ir al centro de la sala con sus dos heroínas, cuando la mano firme de su hermano la detiene del hombro. Ella mira asombrada el rostro de Diamante Le Fay, que luce realmente irreconocible con esa mirada de molestia que con ella jamás tuvo.
—Lady Lancelot, Lady Tristán, ¿Ustedes dos dirigirían la misión de rescate a Gawain? —inquiere el joven Le Fay y sus ojos se posan en las dos altivas guerreras.
—No, lo haría la misma Reina Pendragon. —lanza decidida Rei Lancelot. Minako, a su lado asiente.
— ¡De ninguna manera! —estalla Diamante le Fay. Serena, asombrada, observa a su hermano que se interpone entre ella y las dos muchachas. Un silencio reina en la sala de reuniones de la tienda real. Nadie comprende del todo la actitud de Diamante Le Fay, y menos por qué mira con tanta fijeza a Rei Lancelot. —¡Mi hermana no sale de Camelot! Quieren una ofensiva, quieren una guerra, ¡Adelante! Diríjanla ambas que son perfectamente capaces, Serena no va a ir directo a una trampa del Reino Oscuro, saliendo de la protección de la ciudad a donde puede ser perfectamente atacada como seguramente desean Neherenia y ese engendro maligno.
—Es una pena, Lord Le Fay, pero no es Usted quien decide. Serena es la reina y como heredera Pendragon, poseedora del poder de la Diosa que ya ha demostrado, debe liderar sus tropas en esta su primera batalla, la lastimada gente del Norte necesita saber que su Reina y Señora pelea por ellos, que los libera, que los salva, y una excelente manera de comenzar a echar al poder Oscuro de Albión es comenzando en Uppsala. —asegura Rei Lancelot.
— ¡No lo permitiré! —molesto Diamante, chocando sus pupilas azul intenso con las púrpuras de Rei Lancelot.
—Lord Le Fay, me parece que en este caso, la que debe decidir es la Reina. Su alteza. —llama Artemis Nimue a la joven soberana, que luce desconcertada. —es momento que tome la palabra y disipe las dudas de todos aquí sobre su decisión. ¿Camelot va o no va a la guerra? —pregunta el hechicero de cabello blanquesino.
Diamante Le Fay gira el rostro y mira angustiado a su hermana, casi suplicándole con los ojos que diga que no. Serena, a pesar de su juventud, entiende la angustia de la mirada de su hermano, pero una parte de ella tiene ya tomada una decisión. Lentamente regresa a sentarse a su silla y esa es la señal para que Diamante Le Fay y las dos guerreras que estaban de pie, hagan lo mismo.
—Debemos enviar la misión de rescate al Norte. —decide Serena con voz firme. Un gesto de aceptación invade a todas las herederas al escuchar a su soberana. —tal como dijo Lady Lancelot, no enviaremos a todo el ejército, sino que formaremos un ejército de avanzada más pequeño y otro se quedará aquí, en Camelot, para proteger a la gente que se quede… —dice la muchachita rubia con la voz más segura que puede, aunque sus manos sudan frío
—Hermana… ¿La gente que se quede? ¿Entiendo con eso que tú vas a ir con el ejército de avanzada a Gawain? -angustiado Diamante.
—Sí. Iré con el ejército a liberar a la gente de Uppsala. — lanza la adolescente soberana con voz segura.
—¡Maravilloso! ¡Esa es la Reina que sirve mi espada! ¡Larga vida a la reina Pendragon! —salta emocionada y feliz Lady Makoto Sagramore, ganando un entusiasta grito de apoyo del resto de las herederas, excepto de Lady Ami Gawain, que sigue pensativa y taciturna, y Diamante le Fay, que parece que se ha desplomado en su asiento con ambas manos en su frente.
—¡Herederas! La reina ha hablado, ahora escuchemos sus órdenes para alistar la marcha.—indica Luna Merlín con voz firme, que calma los vítores de las chicas.
—Rei… Lady Lancelot. —se corrige la jovencita rubia. —quiero que como Capitana de la Reina, haga junto con Lady Tristán y lady Gawain, una sugerencia de cuales armadas podrían hacer el viaje al norte. Considere la experiencia de los ejércitos combatiendo al reino Oscuro y las condiciones de distancia y clima para dividir por la mitad las fuerzas con las que contamos. —indica Serena.
—Como ordene, mi señora. —sonriente, Rei Lancelot pone una mano en su pecho.
—Kakyuu nos acompaña, la necesitamos a ella y a los hombres de Antor, y Lady Badevire por favor, sigua con la labor de restablecimiento de la muralla que inició Lady Antor, usted se queda al cuidado de los soldados en entrenamiento junto con mi hermano. —insiste la muchacha.
— ¡YO ME QUEDO! Serena no creo… —las palabras siguientes no son pronunciadas por el joven porque la poderosa hechicera de cabello azul pone su mano sobre el hombro del muchacho y niega con la cabeza.
—Nadie mejor para continuar el entrenamiento de la guardia que tú, hermano. Y en cuanto a las demás, serán informadas esta misma noche de la decisión sobre quienes se quedan en Camelot y quienes viajan al Norte. Mañana mismo saldremos rumbo a Gawain. —decidida la reina. Artemis asiente.
—La reina ha hablado. Se da por disuelta la asamblea. —golpea con su báculo Artemis Nimue y todas las herederas se levantan de sus asientos. Rei Lancelot es la primera en acercarse con la rubia Lady Tristán a felicitar a la joven Reina. Diamante le Fay se aleja, saliendo de la tienda Real casi jalado por Lady Merlín mientras Ami Gawain, pensativa y en silencio, sale por otra puerta de la tienda seguida del herido coronel y hablando con él en voz baja. Artemis Nimue se queda en la sala, observando atento todas las escenas y mueve negativamente la cabeza. La guerra estaba declarada, pero sin duda no todo sería éxito y triunfos para el ejército de Albión, el destino a veces era impredecible, hasta para un arcano…
Castillo Gawain, ciudad de Uppsala.
Mientras en Camelot se deliberaba sobre la partida a la guerra, en las lejanas tierras heladas del reino del Norte, todo era desolación y muerte. La antes hermosa ciudad de Uppsala, capital del Condado de Gawain, gloria de belleza arquitectónica en medio del hielo y las montañas nevadas, estaba ahora totalmente derruida.
Por sus calzadas y jardines llenos de fuentes y monumentos, hay cadáveres horriblemente desmembrados y heridos de hombres, mujeres, ancianos y algunos adolescentes que conservan la mirada fiera y valiente de quien muere con honor defendiendo su patria.
Son cerca de las doce del día, pero esa mañana, el sol parece llenarse del mismo luto que envuelve a la ciudad de las nieves, porque no aparece ni un solo rayo en el horizonte, cubierto por nubes oscuras que presagian una nevada. Los hombres de la armada Oscura caminan por las calles de la ciudad y por la explanada del palacio Real, trabajando a marchas forzadas bajo las órdenes de un fiero capataz, removiendo los cadáveres de los guerreros de Gawain, que se amontonan mutilados y deshechos por todos lados.
Dentro de palacio, las dos mujeres avanzan por la escalinata principal, que lleva a la ahora vacía sala del trono. Delante, avanza la mujer de cabello rubio con puntas carmín y ojos rojizos, vestida con armadura sencilla color oscuro y una capa negra, sin nada que cubra sus brazos, detrás de ella, la joven rubia con armadura completa, casco con forma de fauces de lobo negro y una gruesa capa de pieles.
Al llegar al final de la escalinata en la sala de palacio, Lady Erzebeth Galathine mira con sonrisa irónica el trono doble con el emblema del guepardo de las nieves en actitud rugiente y la frase heráldica de la familia Gawain: "Sabiduría, verdad y valor al servicio del bien". La misteriosa mujer de ojos rojos y colmillos puntiagudos lanza una sonora risotada.
—Al servicio del bien… tendremos que demoler ese escudo y esa estupidez. —afirma con cinismo Galathine, sentándose en el trono de lado, con las piernas sobre el descansabrazos.
—Disculpe, Lady Galatine, ¿Qué vamos a hacer ahora que tomamos la ciudad? —cuestiona Zoicyte, sin atreverse a sentarse, solo de pie frente a la misteriosa y terrorífica mujer de piel pálida.
—Limpiarla de despojos, tomar prisioneros y fortificarnos. Por fortuna perdimos pocos hombres antes de intervenir, y en cuanto a ti, saldrás en tres días a revisar que en las demás ciudades y fuertes todo marche como corresponde y a esperar órdenes de nuestra señora sobre como esperaremos al ejército de la heredera Pendragon. —ordena la mujer de ojos rojos.
— ¿En tres días? ¿Con la tormenta de nieve que se avecin…
— ¡EN TRES DIAS! —espeta con rostro de fiera, Galathine, golpeando el descansabrazos del trono de Gawain y ganando un estremecimiento de miedo de la mujer rubia de capa de pieles. -Sin replicar nada, Zoicyte, porque te recuerdo que técnicamente tú deberías haber ejecutado las órdenes de Lady le Fay sin ayuda, pero estas demostrando una ineptitud evidente que a mi regreso a la Montaña Prohibida, informaré oportunamente y no quiero recordarte qué le pasó al general Jedite cuando se volvieron incontrolables los bandidos del Sur. -amenaza Galathine.
Lady Zoicyte tiembla de nuevo al recordar los estertores de dolor del general del Sur en manos de Neherenia Le Fay.
—Haré lo que Usted indique. —acepta ella sumisa y en silencio. —solo una pregunta más… ¿De verdad supone que las fuerzas de Camelot nos atacarán? Estamos tan lejos del reino y además este clima, las montañas, hemos invadido todo Gawain y el poder del cristal oscuro para convocar monstruos es tan grande que dudo que se atrevan.
—Pasará. Lady Neherenia sabe que pasará, se lo ha dicho nuestro señor Ghen y ellos nunca se equivocan, así que obedece, fortifica todo, mantén alertas los puestos de vigilancia tanto en la frontera con Cornualles como en la frontera con Antor. —afirma Galathine.
—Entonces prepararé la partida y… -las palabras de Zoicyte se detienen en sus labios al ver a la mujer de capa oscura hacer un ademán para que guarde silencio y levantarse del trono, olfateando el ambiente con un gesto de tanto deleite, que a la muchacha rubia casi la asquea.
—Algo huele delicioso… alguien huele a mi segunda sangre favorita. —observa Galathine ya de pie, bajando las escaleras del estrado del trono. En ese instante, un grupo de soldados oscuros entra en la sala del trono, llevando encadenados a dos adolescentes de cabello azul, bastante heridos, que a empujones y entre cadenas, son introducidos en la sala del trono. Erzebeth Galathine relame con su lengua sus rojos labios al verlos llegar.
—Lady Galathine, estamos aquí porque como ordenó, estamos haciendo el recuento de sobrevivientes para encarcelarlos y este par de estúpidos perros asesinaron a doce de los nuestros. Los logramos prender hace un momento, poniendo las esposas especiales para controlar sus poderes y aseguran ser de la familia Real de Gawain, algo que no creemos pero de igual forma los traemos ante Usted. —lanza el soldado que parece el jefe y dos de ellos empujan sin miramientos a los dos heridos y sangrantes muchachos. Las cadenas resuenan con sonido metálico.
El más pequeño cae al suelo de bruces y el mayor, con mirada altiva, a pesar de los golpes en su rostro y de la sangre que emana a borbotones de su herida de la frente, se queda de rodillas, mirando con rostro orgulloso y soberbio a la mujer del Reino Oscuro.
—Hacen mal en no creerles, ambos son, en efecto, hijos de la desparecida Lady Gawain. Llevan su deliciosa sangre. -afirma Galathine, rodeando a los muchachos. —digan sus nombres. —ordena ella. El Mayor de los dos muchachos, que sigue de pie, habla primero.
—Índigo Gawain Freyrson. —dice con altivez el mayor.
—Azur Gawain Freyrson. —repite de pie el menor, irguiéndose con altivez a pesar de estar demasiado herido y cojeando de una de sus piernas.
—Es demasiada tentación para mi oler su deliciosa sangre… ¿Saben? —se acerca la mujer de ojos rojos y colmillos afilados al niño peliazul más joven, tocando su barbilla, que Azur retira con dignidad a pesar de sus heridas y sus cadenas. Galathine chupa su dedo embarrado de sangre. —pero por otro lado, ambos podrían ser muy buenos servidores del reino Oscuro. Son jóvenes, valientes y con sangre real, soportarían bien la Inoculación. Si quieren permanecer con vida, reveréncienme y les prometo poderes sorprendentes y que serán generales del Ejército Oscuro. —indica Galathine.
— ¡Eso jamás! —salta el adolescente mayor con ira, contenido por las cadenas que jalan los soldados. —¡Si no tuvimos el honor de morir en batalla como mi madre y muchos de los nuestros, preferimos morir ahora mismo que servir a Ghen! —indica el chico de cabello azul. Su hermanito pequeño asiente, mirando desafiante a la mujer de ojos rojos.
—Solo servimos a Uppsala y a la reina Pendragon.
—Dignos hijos de esa valiente pero imprudente Lady Skadi, de triste memoria. —observa Galathine
—Tenemos ese honor y esa dicha, y como tales, sabrá que no nos doblegaremos ante usted y ante nadie del Reino Oscuro. Nuestra lealtad es con la heredera Pendragon. —valiente el adolescente de cabello azulado. Una risotada de la mujer de ojos rojos es la respuesta antes de dar una sonora y horrible bofetada en el rostro al joven Índigo, que cae al suelo. Su hermano pequeño, furioso, intenta lanzarse contra Galathine, pero ella lo patea en el abdomen.
—¡La estupidez es hereditaria! ¿Qué te parece, Zoicyte? —objeta la horrible mujer de ojos rojos y colmillos afilados. —Muy bien, vista su decisión tengo en mente algo mucho más divertido y digno de la honorable familia Gawain. ¡Levántenlos del suelo! Llévenlos a una prisión adecuada y denles de comer y beber, que recuperen sus fuerzas—ordena la mujer de colmillos puntiagudos a los soldados oscuros que de inmediato levantan a empellones y golpes a ambos chicos saliendo de allí.
—Galathine… ¿Qué tienes pensado hacerles? —duda Zoicyte, que se había mantenido callada.
—Espera a mañana y lo comprobarás. —sonríe sádica la mujer de piel pálida, regresando a sentarse en el trono de Lord Gawain. La chica rubia de capa de pieles se queda en silencio, viendo aquella escena. Unas palabras flotan en su cabeza de todo aquello: Inoculación. Zoicyte jamás las olvidaría en delante.
Ruinas del palacio dorado, mismo día por la noche.
La sombra encapuchada, avanza por la derruida sala de armas de lo que fue el palacio de Uther Pendragon, atravesando con agilidad las columnas derrumbadas, las paredes maltrechas y las rocas llenas de musgo. Por momentos, algún rayo de la luna menguante se filtra entre los muros derrumbados, iluminando el paso de la figura misteriosa o el vuelo de las dos aves negras, que la siguen planeando de cerca.
Finalmente, la oscura figura salta un alto muro con demasiada agilidad y llega a la zona despejada, en que a diario entrenaba la joven reina adolescente. Al llegar, se retira la capucha, dejando ver el rostro de facciones finas y hermosas, y ese par de ojos amatista que atentos se posan en todo a su alrededor. De repente, de entre los escombros derruidos de una muralla, salta delante de ella de forma violenta e intempestiva un feroz pero majestuoso tigre de pelo blanco y ojos azules, que lleva en su frente el emblema de la luna creciente; la muchacha no parece inmutarse lo más mínimo al ver al tigre y sonríe de lado, aunque el imponente animal le muestra los dientes.
Los dos cuervos negros graznan y en un remolino de humo morado se transforman en las guerreras mellizas de ojos alargados, totalmente negros, que se colocan en guardia delante de su señora, empuñando sus espadas dobles con las que amenazan al tigre blanco.
—Deimos, Phobos, no hace falta. Lord Le Fay solo hace gala de sus poderes de hipermorfismo. —habla con calma Rei Lancelot. El tigre ruge, y al mismo tiempo una luz blanca escapa de su hocico, cegando por momentos a las tres mujeres, para dejar a la vista al gallardo y atractivo joven de cabello plata, túnica blanca y vivos ojos azules, que tiene la misma mirada de desconfianza y de ira que el tigre en que se había transformado. —Al fin dejando ver su verdadera forma. ¿Qué pretendía hacer con esa demostración, Lord Le Fay? ¿Intimidarme? —inquiere la de ojos amatista, cruzando sus brazos.
—Ni remotamente. Fue la única forma en que pude escapar de la vigilancia de la guardia plateada para venir a decirle lo que debo decirle. —sin retirar la mirada amenazante ni el ceño fruncido el joven.
—Adelante. —sostiene la mirada Lady Lancelot. —Deimos me dio su mensaje y aquí me tiene, dispuesta a lo que sea que quiera reclamarme. —insiste ella. Diamante Le Fay mira alternadamente a las dos mujeres órnico, exactamente iguales, que han enfundado sus armas y permanecen a la derecha e izquierda de la heredera de Benwick; el joven reconoce el aura de la que le dio el mensaje y renuncia a decir que no hablará delante de ellas. Sabe que son la sombra de Lady Rei Lancelot du Lac y que no ganará nada pidiéndole que se alejen. Rei nota su mirada desconfiada y entonces sigue con voz firme. — Deimos, Phobos, vuelvan a su forma de ave y aguarden afuera. —ordena ella. Las mujeres-ave enfundan sus espadas y desaparecen en los mismos remolinos de humo morado, graznando convertidas en cuervo.
Una vez que las aves negras se alejan, Diamante mira a la guerrera de cabello oscuro con rostro firme y serio, y dando dos pasos delante, toma de la capa café a Rei Lancelot con su puño y la jala furioso.
— ¡¿Se puede saber qué demonios pretende Usted, favoreciendo que Serena vaya a la guerra?! ¡¿Es que no tiene conciencia?! ¡¿Es que está de verdad tan demente como se dice?! ¡Mi hermana no está lista para ir a la batalla! —la sacude desesperado Diamante con ímpetu. Rei Lancelot frunce el ceño al sentir aquello, y colocando ambas manos en el las muñecas del hechicero, intenta alejarlo de ella.
— ¡Cálmese, Lord le Fay! ¡Pensé que quien estaba a favor de la paz y la serenidad era Usted! —Diamante mira furioso a la muchacha de cabello azabache, sin soltar para nada el agarre férreo de sus puños en la parte delantera de su capa e incluso la sacude con fuerza.
— ¡No cuando se trata de la vida de mi hermana! ¡Lo oye! ¡No cuando una demente inconsciente en busca de fama arriesga a la persona más importante para mí y para millones de personas! —sigue molesto Diamante. La Luna creciente de luz en la frente del joven Le Fay parpadea intermitente.
—¡Está muy alterado, Lord Le Fay! ¡Demasiado alterado! ¡Así no podemos hablar ni podrá escuchar mis…argumentos! —insiste Rei Lancelot y comienza a calentar un poco sus manos con su innato poder de fuego para intentar que la suelte. —¡Está perdiendo el control de sus poderes y la calma de su espíritu, y eso es algo por lo que siempre reprende a Serena en los entrenamientos! ¡Tranquilícese o pensaré que no logró eliminar del todo esa maldad del reino oscuro que sin duda habita aun en Usted! —lanza con voz firme Rei Lancelot. Esas palabras parecen hacer mella en el ánimo alterado de Diamante, que cede a la fuerza con que estaba luchando y suelta al fin el férreo agarre de la capa de la chica, dejando de sacudirla.
Al sentir aquello, Lady Lancelot también relaja el agarre de sus manos en las muñecas del joven hechicero y Diamante, abatido, da dos pasos atrás con su mano en su frente.
—No sé qué me pasó. Solo… estaba aterrado por la posibilidad de saber en peligro a mi hermana… —balbucea confundido Diamante y se deja caer en unos peldaños de piedra, sentándose en ellos. Rei Lancelot se queda de pie delante del joven, con sus brazos cruzados, mirándolo atenta.
—Suele pasar, cuando vemos en peligro a quienes amamos siempre perdemos algo de cordura. Disculpe si me puse también algo violenta pero no me gusta que me reclamen cosas que en verdad no son como se imagina. Posiblemente no me creerá lo que le diré, pero yo quiero a Serena como si fuera una hermana pequeña para mí y aunque no comparto lazos de sangre con ella, como Usted, nunca haría nada que la lastimara.
—¿Entonces por qué, sabiendo como sabe que no está lista, que no ha aprendido siquiera a hacer una estocada defensiva o a dominar el nivel básico de sus poderes, movió su influencia en el concejo para que ella deseara ir a esa maldita guerra? —inquiere abatido y consternado Diamante, sentado en los escalones de piedra.
—Ella es la reina, Lord le Fay. Es su hermana, pero antes que eso es la Heredera Pendragon. Su decisión de rescatar el reino de Gawain fue una de las mejores que la he visto tomar en este tiempo y seguramente Usted también lo notó. Escuchó los puntos de vista, los valoró y ha comenzado a ordenar y a utilizar a su gente donde cree que pueden desempeñarse mejor. Quizá si usted hubiese estado menos alterado habría visto a la Serena que vi yo en la tienda real: segura, sabia, prudente, firme y decidida, justo como quiero que sea siempre y como será en el futuro. —Diamante mira a Rei con rostro serio
—Eso suena bien en palabras, Lady Lancelot, pero en la realidad no pasa de ser una aspiración heroica y mi hermana no es Usted, o Lady Tristán que desde pequeñas han recibido una instrucción especializada para ser lo que son… no es así. Estamos hablando de un largo viaje de varios días hacia una de las zonas más extremas y riesgosas de Albión, contra una de las mejores estrategas entre los generales como Lady Zoycite y además la acompaña esa demente sádica de Galathine con poderes mucho más fuertes que los que Usted o yo hayamos visto hasta ahora. Dígame si tengo o no derecho a temer por la vida e integridad de mi hermana. —insiste Diamante. —Serena la escucha a Usted más que a mí y más que a nadie, la admira, la aprecia y la respeta, si usted le aconsejara quedarse, seguirse preparando en sus poderes y combate en la seguridad de Camelot, ella lo haría. Usted y Lady Tristán son perfectamente capaces de dirigir esa guerra y ganarla para Camelot… Lady Lancelot, por favor, hable con Serena y evite que vaya… —con tono suplicante se pone de pie el joven peliplata, sujetando los hombros de la guerrera del Sur.
—No lo haré. —terminante, Rei Lancelot separa con calma las manos de Diamante de sus hombros. —Serena debe ir a la guerra al frente de la armada de avanzada, porque cuando logremos salvar a Gawain, cuando rescatemos el reino del Norte de las garras del mal, será la primera victoria de la Reina Pendragon, y todo Albión sabrá que la salvación ha llegado a ellos. —con tono emocionado la guerrera de ojos amatista.
— ¡¿Y si muere?! ¡¿Ha pensado en eso?! ¡Es la heredera Pendragon pero NO ES IMORTAL!—estalla de nuevo el abatido joven.
—Lord Le Fay, creo que está llevando sus sentimientos personales por su hermana a un nivel demasiado extremo. Serena DEBE ir a la guerra, tan debe ir que la misma Lady Merlín, que siempre la protege y la cuida más que nadie, no se opuso y estoy segura que habló ya con Usted y le ha dicho las mismas razones que yo. —insiste la guerrera. Diamante se sienta de nuevo en las derruidas gradas de piedra.
—Me lo dijo. Dijo que ella irá con el ejército de Avanzada mientras Lord Nimue se quedará aquí. Serena me nombrará encargado de Camelot, regente, y Lady Merlín considera, como Usted, que Serena debe ir a la guerra. —abatido el joven pasando desesperado sus manos por su cabello. Rei Lancelot se sienta también en las gradas, a una distancia prudente del muchacho.
—Siempre he sido defensora del aprendizaje en acción, Lord Le Fay. No podemos pretender tener una reina que libere Albión si no sabe por si misma lo que se vive en una batalla, si no experimenta en carne propia la intensidad de un combate, el riesgo de no saber si volverá, la adrenalina que nos hace tomar decisiones en fracciones de segundo para ganar o perder, la fuerza interna que nos guía en medio del fragor de la batalla y nos grita ¡Vence y Vive!. —explica la joven de cabello oscuro.
Diamante aparta de su rostro sus manos y escucha atento a la muchacha.
—Lo he sentido… —balbucea el al recordar aquellos momentos en que siendo un adolescente, sabiamente cargado de odio por Neherenia, fue nombrado comandante del ejército oscuro. No tendría más edad que Serena ahora cuando Beryl y él enfrentaron su primera escaramuza en las tupidas selvas de Sagramore contra esos enormes guerreros cubiertos de pieles de animales.
—A estas alturas Usted sabe que Serena tiene habilidades innatas de fuerza, intuición, sagacidad y agilidad que sin duda le ha obsequiado la diosa y su herencia familiar, y si tiene un espacio donde ponerlas en juego, donde aprender, donde templar esas habilidades, se volverá en poco tiempo una guerrea invencible, la Reina de las profecías que con mano fuere y brazo vigoroso acabará con el mal y devolverá la paz a Albión. He esperado toda mi vida ver esto, Lord Le Fay, y si tengo la mínima posibilidad de ser parte de ello, si es que puedo participar en la batalla que glorifique a mi reina y Señora y estar a su lado para ayudarla a convertirse en esa soberana que esperamos, lo haré. — firme Rei Lancelot.
—Aun es difícil para mí. Es mi única familia… si algo le pasa, si la pierdo… —abatido el joven.
—Muchos hemos perdido todo, Lord Le Fay, y eso no ha mermado nuestra fe ni las ganas de hacer lo correcto y lo mejor para Albión. Independientemente de que no confíe en Usted como Usted tampoco en mí, creo que por el bien de Serena podemos hacer una excepción. Le doy mi palabra que ella estará en todo momento vigilada y cuidada por mí y por mi gente de una forma discreta sin levantar excesivas sospechas del resto que ignora la condición actual de Serena. En el pasado, Usted se ha enfrentado solo a 13 de nosotros con armadas de cientos y no nos han vencido jamás, sabe que mis hombres pueden proteger a alguien perfectamente. —explica la guerrera de Benwick.
—No sé si me baste. Estaré siempre angustiado en espera de noticias, me gustaría tanto poder ir y asegurarme por mi mismo que Serena estará a salvo.
—Lo único que puedo hacer para mitigar un poco su preocupación es decirle que le respondo con mi vida de la de Serena. —insiste la valiente chica de ojos amatista. —antes se enterará Usted que Lady Lancelot pereció en las montañas de hielo de Gawain que saber que algo malo le pasó a su hermana. —Diamante la mira de nuevo, entre dudoso y sorprendido de la forma tan leal en que esa mujer misteriosa y contradictoria protege a su hermana.
—De acuerdo, Lady Lancelot. Quiero que sepa que a pesar de mis temores y mis dudas sobre esta decisión de mi hermana, la confío a su cuidado. —cede al fin el muchacho, confesándose que de verdad no tiene ningún motivo para dudar de la guerrera más famosa de Albión, no ha hecho nada para ganar su desconfianza, fuera de ese presentimiento extraño que lo invade cuando lee su aura.
— Y yo agradezco infinitamente que lo haga, Lord le Fay, y le juro por la memoria de mi familia, que cuidaré de ella con mi vida. Serena volverá sana y salva, triunfante y fuerte, mucho más sabia y lista para seguirse convirtiendo en la Reina que sabemos está destinada a ser—asegura con firmeza Rei Lancelot y alarga su mano para tomar la del joven—tiene mi palabra. —Diamante asiente y toma la mano de la muchacha.
—Creo en Usted, y disculpe mi obcecación de hace un momento, Serena es lo más importante que tengo…lo único que me queda…
—Es comprensible, no se disculpe—suelta la mano del joven hechicero Rei—Me voy, mañana es la partida y debo estar preparada. Por cierto, su ataque de hace un momento arruinó mi capa. —señala Rei la cogulla café, que ahora luce carcomida y rota de donde el muchacho la sujetó con tanta fuerza.
—Estamos a mano entonces. —levanta el hechicero sus muñecas enrojecidas por el agarre de las manos llameantes de Lady Lancelot. La chica sonríe.
—Intente descansar y relajarse, Lord Le Fay, y si puedo pedirle un último favor, cuando partamos, que Serena sienta su confianza. Para ella es Usted muy importante, es su familia, todo el sentido de pertenencia que le falta y se refleja en su inseguridad es debido a esa historia de su pasado. Si ella siente su confianza, eso le hará conservarla por mucho tiempo y la necesitamos de buen ánimo, sabemos que de este dependen sus poderes-solicita la guerrea de ojos amatista.
—Intentaré ambas cosas. Descansar y mostrar confianza en mi hermana, aunque siga temiendo mucho por ella. Descanse también Lady Lancelot, y gracias—se despide Diamante. Rei asiente y se aleja corriendo, dejando solo, en las ruinas del palacio dorado a un abatido Diamante, que se recarga en una de las columnas, mirando después hacia arriba, hacia la luna—Madre, cuida de ella todo lo que yo no podré… —es la muda plegaria del muchacho que de verdad tiene motivos para temer. Nadie conocía mejor que él en todo Camelot la maldad y el sadismo de Lady Erzebeth Galathine, y si era ella el primer enemigo con que su hermana se iba a enfrentar en su vida, no estaba muy seguro si bastarían los 13 guerreros de Benwick y Lady Lancelot para protegerla.
Reino De Camelot, Sala del trono del Palacio Dorado. Día siguiente.
El joven de cabello plateado aguarda en la antesala del derruido palacio Dorado, ahora ya reconstruida, la llegada de su hermana. A pesar de lucir una túnica blanca con plateado, elegante y hermosa, Diamante sigue con rostro pensativo y serio cuando los dos arcanos aparecen en la sala, hablando y discutiendo algo.
—… y definitivamente fue la mejor elección dejar en Camelot a la armada de Sagramore. Veo que se han coordinado con los magos bastante bien en el perímetro de defensa. —opina la mujer de cabello azulado.
—Y fue idea de mi hija. —orgulloso Artemis Nimue.
—Sé que fue idea de ella, Artemis, estuve presente cuando le propuso a la reina quienes irían y quienes se quedan. He de admitir que, dejando de lado mis impresiones iniciales sobre ella, Lady Lancelot tiene sentido común en la disposición de fuerzas armadas, es líder nato y sabe de lo que habla cuando el tema es sobre guerra. —acepta Luna Merlín con seriedad.
—Ahora tendrás mucho tiempo para conocerla más. Confío en que dos mujeres como Ustedes, con tanto en común, acabarán por llevarse mejor. —asegura el hechicero y se acerca a la puerta de la habitación tras el trono, abriéndola para que entre primero Luna.
—Lady Merlín, Lord Nimue. —responde dentro Diamante al verlos entrar.
—Lord Le Fay. Me alegra verlo de mejor ánimo y más dispuesto. —asegura Luna.
—No me queda más, visto que todos han decidido que esto es lo mejor para Serena, solo puedo apoyarla, darle confianza y tratar de estar tranquilo. —insiste el abatido muchacho. Artemis pone su mano en el hombro de Diamante.
—Ayudarás mucho a la Reina y a Albión quedándote aquí, muchacho. Tu deber será que al regreso de esta guerra, la Reina Serena se encuentre a un ejército plateado perfectamente capaz de defender el reino, a ella y a Camelot y establecer la soberanía de la dinastía Pendragon. —afirma el mago. Diamante asiente.
—Cuide mucho de mi hermana, Lady Merlín, en Usted sí puedo confiar. —suplica el joven dirigiendo sus ojos azules a su maestra.
—Sabe que lo haré, Lord Le Fay, y entre tanto, aprenda todo lo que pueda con Artemis y proteja Camelot. A mi regreso, volveremos al santuario de la espada y su entrenamiento intenso como Arcano iniciará. —indica la poderosa hechicera estrechando la mano del joven Le Fay, quien la toma asombrado de sentir la intensidad y fuerza de aquella aura mágica y majestuosa de la hechicera más poderosa de todo Albión, controlada, calmada, fuerte e inmensa pero perfectamente regulada.
—Le prometo, Lady Merlín, que estará orgullosa de mi desempeño, Usted, Lord Nimue y Serena. —afirma Diamante impresionado aún por el poder de Luna Merlín, esperando algún día poder ser tan fuerte como ella.
—Le creo, Lord Le Fay. —sonríe la bella mujer de cabello azules. Artemis se acerca a ambos y pone sus manos sobre los hombros de Luna y Diamante. Ahora el muchacho de cabello plata puede sentir el poder mezclado de los dos arcanos y el suyo.
—Los tres tenemos una gran responsabilidad con este reino naciente, la responsabilidad de protegerlo y de ser, en el camino de la Heredera Pendragon, aliados valiosos contra la maldad que la acecha. Si las herederas la harán fuerte en lo militar, nosotros la haremos poderosa en lo mágico, y mientras las reliquias no decidan si Lord Le Fay será el futuro arcano de la roca o de la espada, Luna y yo seremos a la vez sus maestros, porque algo me dice que está Usted destinado a ser el arcano más poderoso que hayan registrado las crónicas de Albión.
En ese momento la puerta de madera de aquella estancia, posterior a la sala del trono, se abre y aparece en el lugar la Reina adolescente, revestida con la armadura plateada que surge del cristal de su pecho, con su vestido azul debajo y sus cabellos sujetos en las dos coletas, pero portando la corona de Albión. A su lado, la joven castaña de ojos azules y corto cabello rizado, va vestida de azul como Serena, pero lleva una armadura de medio peto.
—Al fin estamos aquí, Luna, hermano, Lord Nimue. —saluda Serena al llegar.
—Hermana. —le sonríe Diamante y se acerca a abrazar a la jovencita, besando cariñoso su frente. Serena sonríe y lo abraza.
—Señorita Harwe… ¿Usted acompañará a mi hermana? —duda Diamante al ver el atuendo de la joven campesina de Antor, quien se sonroja un poco.
—Usagi quiere que me ocupe de atender los suministros del ejército… —balbucea Molly.
—Así es, Ante, Molly irá conmigo porque la he nombrado jefa de suministros del ejército de avanzada. Rei dice que debe haber alguien que se haga cargo de los suministros de alimentos y que racione adecuadamente lo que un ejército necesita para sobrevivir, mucho más en las tierras heladas a las que vamos, y como Molly hacía eso en Antor, y es muy buena administradora, la elegí. —responde orgullosa la adolescente rubia.
—Hará un buen papel sin duda, señorita. —asiente el joven hechicero.
—Bien, Serena, en un momento más sonarán las trompetas y deberemos salir para que dirijas las palabras finales a la gente de Camelot, después, partimos a todo galope hasta Carbonek ¿Estás lista? —pregunta la hechicera de cabello azul.
—Lista, Luna, estuve ensayando con Molly el discurso con las partes que acordamos ayer. —responde con seguridad la reina adolescente. —aunque confieso que ya me están temblando las piernas… ¿Escuchan esos clamores y esos gritos? ¡Debe haber un mundo de gente afuera! -se preocupa la soberana.
—Bastante, pero no piense eso, su majestad, Usted siempre ha mostrado control y serenidad para dirigirse a su pueblo y ellos la adoran. No mire a nadie en específico y hábleles con la honestidad y llaneza de siempre. —propone el prudente mago de cabello blanco. Serena asiente y suspira. Mientras Luna y Artemis hablan con Molly, Diamante se acerca a su hermana, que se ha alejado y repite de memoria el discurso que dará y la toma del hombro.
—Al fin es el día. Hoy partimos. —dice Serena abrazando a su hermano con fuerza, al sentir su mano en su hombro.
—Lo sé, y aunque ya te he dicho muchas veces lo que me preocupa, he entendido que este es tu deber y tu destino. Estoy seguro que lo harás bien, la fuerza de tu padre y la sensibilidad de nuestra madre están de tu parte, solo prométeme que serás prudente, que no harás locuras y que te cuidarás mucho, porque yo no tendré un momento de calma hasta que te vea volver sana y salva. —promete el muchacho peliplata. Serena sonríe y presiona las manos de su hermano.
—Me cuidaré mucho, sé por qué tienes miedo, porque aún no estoy lista para el combate y no he entrenado bastante, pero Rei se ocupará de lo físico y Luna completará de forma discreta mi instrucción con mis poderes. Seré valiente, seré fuerte y prudente, Ante, de verdad y gracias por preocuparte. Se siente bien que alguien te cuide. —acepta Serena con su inocencia y honestidad de siempre, haciendo sonreír al muchacho. —siempre quise esto. Aunque Molly y el señor Alan se preocupaban por mí y me cuidaban, y también Sir Héctor, nunca eran de mi familia. Tú eres de mi familia, mi hermano, y agradezco tener a quien regresar cuando esto acabe.
—Eso siempre, pequeña Gealach. —usa el muchacho el nombre cariñoso que Serenity Igraine usaba con Serena cuando fue una bebita. -podrá pasar lo que sea, podrás volverte la reina más poderosa de la historia de Albión, pero jamás dejarás de ser mi hermanita y jamás dejaré de cuidarte. —besa Diamante los dorsos de Serena y saca de su túnica una pequeña pulsera de fibras de hilo plateado, en cuyo centro pende una pequeña flor blanca encapsulada, poniéndola en la muñeca de la jovencita rubia.
—¡Ante! Es hermosa. -dice ella al ver la flor blanca. —¿Es una flor de luna? ¿De dónde la sacaste? —se emociona Serena Pendragon cuando su hermano amarra la pulsera.
—Es un secreto. Lo importante es que la tienes, y cuando la mires, recordarás que tienes un hermano, que es tu familia, a quien volver y por quien cuidarte. ¿Lo prometes, pequeña Gealach? —pregunta el muchacho acariciando la mejilla de su hermanita.
—Lo prometo, hermano. —acepta Serena abrazándolo de nuevo, y el joven besa su cabeza a pesar de la corona que lleva. En ese momento, las trompetas afuera de la sala del trono resuenan con potencia.
—Es tiempo, Serena, vamos. —pide Luna a la muchacha, quien asiente y toma del brazo a su hermano, para caminar a la puerta pequeña que les dará acceso a la parte lateral del estrado del trono.
Afuera, en la sala del trono recién reconstruida, llena de los mismos estandartes del día de la coronación, los nobles de Albión y las herederas, luciendo sus mejores armaduras, se agolpan esperando la aparición de la reina.
Lady Lancelot charla con la alta castaña de Sagramore, y aguarda flanqueada por sus dos fieles chicas órnico.
— ¡Es que no es justo! ¿Por qué Bors va a la guerra y yo me quedo? —se queja la fuerte guerrera de las selvas.
—Porque eres más útil en Camelot, Mako. Si atacan la ciudad tendrás oportunidad de matar muchos monstruos mejores que el Trementur, lo sé, además, el plan de fortificación de las defensas perimetrales que tienen tus hombres con los magos de mi padre es importante; por otro lado, tu gente no está acostumbrada a las temperaturas de Gawain. —afirma Rei Lancelot. La castaña rola los ojos.
— ¿Y los jenízaros de Bors sí? ¿Viviendo en el desierto? —inquiere Makoto Sagramore.
—Los desiertos del Sur son extremos. Por la mañana un calor infernal, pero por la noche un frío congélate que los leones del desierto están acostumbrados a sentir y soportar, ocultos en los acantilados. ¡Vamos Mako! no te portes como niña pequeña, ya habrá más campañas y más batallas en que podrás cortar cabezas de monstruos a tu gusto, lo prometo. —afirma la capitana de la Reina, palmeando el brazo poderoso de su amiga.
—Igual es injusto… mucho. —asegura la castaña.
—Hay algo más que debo pedirte. Mi Padre va a quedarse en Camelot y quiere enviar por Hotaru para comenzar su instrucción. No estaré aquí para cuando ella llegue así que te la encomiendo. Ella te conoce y te tiene confianza, encárgate de que reciba las bases de instrucción física y militar de resistencia y cuando regrese puliré su técnica con espada. —pide Rei Lancelot.
—Deja a la niña en mis manos, amiga, verás que a tu regreso encontrarás una fuerte y resistente damita lista a recibir tu instrucción. —afirma la castaña. Rei Lancelot sonríe y mira, parados haciendo guardia en el estrado, a los soldados de la guardia plateada, sobre todo al apuesto y rubio capitán que le dedica una mirada cargada de sentimiento a la que ella corresponde con leve sonrisa e inclina su cabeza. — ¿Sigue lo de Gillenhall? —pregunta Makoto.
—Hasta que Lady Tristán bañe a "Belcebú", seguirá. Aunque ahora que viajemos seguramente tendremos alguna otra apuesta divertida, y como él se queda, infiero que mis intereses variarán de prisa. Veremos qué encontramos en el Norte. —sonríe de lado la bella guerrera de ojos morados. Makoto ríe divertida y la empuja con el codo.
— ¡Eres terrible, Rei! Y esa Lady Tristán no se queda atrás. Si no fueran tan obstinadas, creo que serían buenas amigas, son muy pareci…
— ¡No te atrevas, Makoto! ¿Yo parecida a la "Guerrera Dorada"? ni en un millón de años.—se ofende Lady Lancelot, pero en ese momento el sonido de las trompetas hace callar a las dos amigas y a toda la sala del trono, anunciado la llegada al estrado real de la reina Serena y los arcanos.
Un clamoreo de voces emocionadas lanzan vivas y vítores a su soberana, quien camina del brazo de Lord Diamante Le Fay hasta el trono en que se sienta. El joven peliplata se queda a su derecha, junto con la tímida campesina de Antor, y los dos arcanos a su derecha. Artemis Nimue se acerca al pie del estrado y alza sus manos pidiendo silencio.
—¡Pueblo de Camelot! ¡Hoy tu Reina y Señora se presenta delante de ti para dar respuesta a las amenazas del Reino Oscuro! ¡Ha terminado el tiempo en que las fuerzas del mal sojuzguen a su antojo a la gente de Albión! ¡Hoy es el día señalado por las profecías, el día en que la Poderosa Reina Péndragon comenzará la liberación de su pueblo! —habla con voz potente el elocuente e inteligente mago, ganando otra ola de aplausos y vítores de la gente de Camelot.
—Ahora es momento, Serena. —indica Luna. La Reina asiente y se acerca a Artemis, poniéndose de pie y llegando a la orilla del estrado. A pesar de la fragilidad y dulzura que emana de la persona de la joven soberana, un aura de majestad y respeto inunda a todos al verla revestida con la armadura sagrada del cristal de playa y portando la poderosa Excálibur, e instintivamente, guardan silencio. Miles de pares de ojos se posan con esperanza en la jovencita rubia.
—Es difícil para mí decir algo ahora. Había planeado muchas cosas que decir para que todos tuvieran confianza en que liberaremos las tierras del Norte del poder Oscuro, pero ahora, ahora todo parece que se ha borrado de mi cabeza y solo… —la adolescente rubia suspira. —solo quiero que sepan todos que me queda muy clara una cosa: la gente de Albión ha sufrido mucho a causa del poder Oscuro, y no deseo que ocurra más. Nuestros hermanos de Gawain en el Norte, sufren el dolor y la desolación que muchos de Ustedes ya conocen: la que deja el Reino Oscuro a su paso, y no estoy dispuesta a abandonarlos, porque ellos como Ustedes y yo somos hijos de la Diosa y hermanos de la misma tierra. El noble Ban Lancelot de Benwick decía esta frase: Si quieres paz, prepárate para la guerra. —añade Serena mirando a su amiga y capitana, quien le sonríe agradecida entre la gente de abajo del estrado. —partimos este día en búsqueda de esa paz, y si la guerra es el único camino lo tomaremos con valor y esperanza, deseando que algún día, esa paz pueda ser para siempre. —añade la muchacha de ojos azules. — ¡Por Albión! —grita con fuerza desenfundados la Excálibur de su cintura, la cual destella con un brillo poderoso, haciendo aparecer a los pies de la reina un círculo de luz blanca y tiñendo sus cabellos de plata.
Una nueva ola de aplausos, gritos de victoria y entusiastas aclamaciones, resuena por la sala del trono al ver el despliegue de poder de la espada sagrada y el brillo que rodea a la Reina. Los soldados de la guardia plateada hacen un camino para que la poderosa soberana avance, caminando por en medio de la sala del trono hacia la explana de palacio, donde las tropas que marcharán a la guerra, la aguardan, montados en sus corceles, luciendo las banderas del dragón y el unicornio y esperando a su señora. Tras ella salen los tres hechiceros y la joven Molly del brazo de Diamante.
Una vez afuera, Pellinor espera a la reina, sujetando de las riendas al precioso y majestuoso unicornio blanco, enjaezado con la silla de montar color playa y adornos en azul por su rostro y lomo. Serena guarda la espada en su funda y se detiene, sonriendo al guerrero sin mano que se inclina respetuoso al verla. La muchacha gira y mira a su hermano y le sonríe, señalando la pulsera con la pequeña flor encapsulada. Diamante asiente con la misma sonrisa y Serena se acerca a montar su corcel, ayudada por Pellinor. Diamante, galante, ayuda a montar a la joven Molly en un caballo café.
—Cuídese mucho, señorita Harwe. —se despide de ella Diamante.
—Lo haré, y en la medida de lo posible cuidaré a Usagi. Ella tiene mucha gente que la aprecia y que con gusto daría su vida por ella, Lord le Fay, así que procure confiar en los que la queremos tanto como Usted. —anima la campesina de Antor. Diamante asiente y besa su dorso.
—Tengan buen viaje y vuelvan pronto. —pide el muchacho; Molly asiente y conduce su montura al lado de su hermana, quien ya sobre los lomos de "Ángel", avanza por la explanada del Palacio Dorado hacia las calles de la ciudad. Luna Merlín va a su lado y Molly y Pellinor se colocan detrás de ambas; tras ellas avanzan los caballos de las cuatro herederas de Albión, que han sido elegidas para luchar esta batalla: a la derecha, Lady Gawain y Lady Tristán, montando un caballo blanco y uno café respectivamente; a la izquierda, Lady Lancelot en su unicornio negro, charlando divertida con la rubia Lady Bors, que monta un caballo amarillo poderoso y altivo como su dueña, y finalmente, Lady Kakyuu de Antor charlando con la bella y agraciada Lady Percival de Carbonek, quien acompañaría al Ejército de Avanzada hasta sus tierras en las islas para facilitarles el traslado por mar hasta el puerto Gotthem, el más septentrional de todo Albión, y luego volverá a Camelot.
Tras las herederas avanzan los ejércitos de Bors, de Gawain y de Tristán, y los "Demonios del Sur", formando un grupo realmente majestuoso de poder y valor que se despliega por toda la ciudad.
Por las calles recién reconstruidas de la ciudad de Camelot, la gente sale a lanzar pétalos de flores al lucido ejército, cuyas banderas del dragón y el unicornio flotan al viento, como en tiempos pasados, cuando la gloria de Uther Pendragon llenaba de esperanza los corazones de todos en Albión.
Serena, mientras cabalga a la cabeza de esa armada, despidiéndose con su mano de la gente que sale a las calles a aclamarla, siente en su pecho una indescriptible emoción, y también una gran responsabilidad: Esas personas y la pobre gente del Norte creen en ella, confían en ella, esperan en ella, y de algo está muy segura, no va a fallarles, ni a ellos, ni a su hermano, ni a la memoria de Sir Héctor y de sus Padres, porque ella, Serena Pendragon de Igraine, había nacido para liberar a estas personas, ahora lo sabía, ahora había encontrado el propósito de su vida que de pequeña tanto se cuestionó mientras saltaba por los riachuelos de Antor, ahora no se lo cuestionaría más, había encontrado su destino.
En la explanada de palacio, que ahora luce vacía, se puede ver la alta figura del hechicero de cabello plata, que sigue con su vista el avance de la comitiva por las calles de Camelot en silencio, y levanta sus ojos al cielo donde refulge un esplendoroso sol.
—Madre, desde donde estés, ruega a la Diosa que extienda su poderoso manto sobre mi hermana; que no sea muerta, ni herida, no sea hechizada, ni sea maldecida, que ninguno de sus poderes la abandone; Ni tierra, ni turba, ni césped la cubran, ni fuego, ni sol, ni luna la quemen; ni agua, ni lago, ni mar la ahoguen; Ni aire, ni viento, ni hielo la abatan… —ora con mucha fe Diamante Le Fay, con sus ojos cerrados, repitiendo la bendición que de pequeño su madre decía al dormirlos a él y a Serena, porque algo dentro de su pecho todavía teme mucho por su pequeña Gealach, y teme porque de sobra conoce los alcances de Neherenia Le Fay, y algo le dice que su hermana y ese ejército, van directo a una muy bien planeada trampa…
Mazmorras del castillo Gawain. Dos días después.
Debajo del imponente castillo de la familia Gawain, se alzaba un laberinto de intrincados pasadizos oscuros y lóbregos, que en el pasado y en tiempos difíciles, sirvieron como mazmorras para mantener prisioneros a los enemigos de Uppsala; algunos de los valientes civiles que defendieron la ciudad hasta el final contra los monstruos y el ejército Oscuro se habían refugiado detrás de las rejas de aquellos pasadizos y Lady Zoicyte y tuvo que hacer uso de toda su astucia para lograr sofocar a ese último bastión de soldados lanzando contra ellos a cinco poderosos y horribles monstruos Chimera, con sus dos feroces cabezas monstruosas, enormes garras, cola venenosa y lanzando púas de fuego, que acabaron por asesinar en pocos minutos a los treinta soldados de Gawain que aún resistían.
Aunque ya habían limpiado los cadáveres, ahora que el séquito de soldados bajaba a aquellas mazmorras oscuras, se alumbraba con las teas encendidas la pared horriblemente manchada de sangre y se notaban las muestras de las garras de los Chimera. Erzebeth Galatine iba a la cabeza de la comitiva, detrás de ella, Zoicyte, en silencio y al final cuatro soldados que arrastraban a los encadenados hijos de Skadi Gawain.
—Lady Galathine, ¿Tiene pensado dejarlos morir de hambre y frío aquí abajo hasta que accedan a obedecerla? —duda la muchacha rubia. La mujer de ojos rojos tiene un destello de maldad en sus pupilas, que ahora, a la luz de las teas y en la oscuridad, han adquirido un perturbador tono dorado, casi destellante.
—Juzgas muy pobres mis habilidades para torturar a alguien, querida. —responde la pálida mujer.
—¿Entonces qué hará con ellos? —inquiere la rubia general.
—Divertirme un poco. Pasaremos días aquí y no quiero aburrirme. — terminante Galathine, deteniéndose al final del oscuro pasadizo donde acaban las celdas en que destaca una reja pesada con una cadena corrediza. — ¡Abran esto! —ordena la mujer y dos soldados se acercan a correr la rueda metálica que abre la cadena. —quédense aquí, y tráiganlos cuando ordene. —terminante la mujer; los guardias asienten y solo ella y Zoicyte avanzan por las escaleras-ya verás, quería, valdrá la pena que hayas esperado estos días sin irte. Además de que pase la horrible ventisca, presenciarás un espectáculo majestuoso.
— ¿Cómo dio Usted con este lugar? —inquiere Zorciyte al ver desplegarse la escalinata oscura delante de ellas.
—Me atraen las sombras y los lugares húmedos. Cuando vine a inspeccionar la zona, me agradó esto para hacerlo mi aposento, pero después pensé… ¡Ah! Puede serle agradable a alguien más, no debo ser egoísta. —insiste Erzebeth Galathine con tono sádico, avanzando delante, hasta el final de las escalinatas, en que se nota un profundo y oscuro pozo cavado en las frías y duras rocas de la región más fría de Albión. Arriba del pozo, se balancea un madero sujeto con amarres y atado a un lado de la rocosa pared con una polea, que evidentemente sirve para bajar a los prisioneros.
Un hedor nauseabundo escapa del pozo, y algunos murciélagos revolotean al sentir la presencia de las recién llegadas y el brillo de la tea que lleva en sus manos Zoicyte.
—¿Qué diablos es esto? —pregunta la chica rubia de capa de pieles, intentando ver el fondo.
—Una mazmorra especial para los enemigos peligrosos del reino. Inteligente y atractiva forma de torturar a alguien. —responde con los brazos cruzados Galathine, y Zoicyte la mira asombrada de que ahora, en medio de aquella oscuridad, luzca su rostro sonrosado, resplandeciente, hermoso como jamás se veía a la luz del sol. —¡Allá abajo! ¡Despierta! ¡Te he traído dos preciosos obsequios! —aplaude Galathine y su voz resuena con eco profundo hacia el pozo.
Zoicyte alumbra hacia abajo, atreviéndose a asomar la cabeza, y la luz de su tea ilumina el lejano pozo; algunas osamentas humanas se ven abajo, y de pronto, para asombro de la rubia general, una sombra se remueve en lo profundo, una sombra vestida de blanco, con los largos cabellos de tono plata cubriendo su rostro, y empujándose con los brazos, se arrastra en el suelo. Galathine se acerca a la orilla y mira también abajo.
—¿Sigues con fuerzas para arrastrarte? ¡Asombroso! Creo que esta maldición tiene inusitados efectos con la sangre de la diosa que aún queda en tus deliciosas venas. —habla la mujer de colmillos. La sombra blanquesina de abajo se sigue arrastrando hasta sujetarse de las paredes rocosas del pozo y erguir la cabeza. Zoicyte contiene un grito de asombro cuando los cabellos plateados dejan al descubierto el rostro pálido y lleno de sangre y heridas de Lady Skadi Gawain.
—¿Has venido… a terminar tu obra…? —cuestiona con voz potente pero entrecortada la mujer abajo del pozo, sujetándose de la roca. —¡Hazlo entonces, maldita! ¡Prefiero morir en tus manos que vivir con esta maldición! —espeta con ira la dama y en medio de las carcajadas burlonas de Galathine, Zoicyte puede ver que los ojos de Lady Skadi parecen tener la misma luz destellante dorada de los de la mujer a su lado.
—Esa era la idea, maldita mujer obstinada, dejarte padecer unos momentos el terrible dolor de la trasformación y antes de que estuviera terminada, acabar de devorar tu apetitosa sangre, eras mi pequeño aperitivo; sin embargo se ha presentado una situación inesperada, una que hace mucha más divertida tu vida y la mía, querida. —responde desde arriba Galathine; la sombra no se ocupa en responder nada y sigue sujeta de la pared, respirando con dificultad. — ¡Tráiganlos ahora! —ordena Galathine.
Los soldados oscuros empujan con ruido metálico a los dos jovencitos encadenados, haciéndolos caer por las escaleras a los pies de Galathine, quien sonríe mientras uno de los soldados desata la cuerda y jala la plataforma de metal. Ambos niños lucen mucho más repuestos, con sus heridas aun vivas pero iniciando a cicatrizar por los dos días pasados en las prisiones de palacio.
—No les quiten las esposas. El metal oscuro seguirá neutralizando sus débiles poderes. —asegura la pálida mujer de ojos rojizos, mirando a los chicos peliazules. Índigo Gawain alza sus ojos del suelo y la mira con rostro furioso y altivo, sin decir nada mientras los soldados levantan a jalones de las cadenas a su hermano menor y lo lanzan en la plataforma de madera. —me gusta que me mires con odio, muchacho, esto te servirá de escarmiento, nadie, escúchalo bien, nadie se opone al Reino Oscuro, y si tiene la osadía de hacerlo, le pasa lo que a ti y tu patética familia. —espeta Galathine.
El adolescente se levanta del suelo e intenta lanzarse contra la mujer, pero los soldados lo detienen jalando las cadenas.
— ¡Mi hermana traerá a la Reina Péndragon! ¡Ella vendrá a rescatarnos! ¡La Reina la vencerá y la echará de Uppsala con su maldita gente! —espeta con ira, Índigo Gawain. Otra risotada de Galathine es la respuesta.
—Ridícula esperanza la tuya, muchacho. Tu hermana y tu Reina Pendragon están muy lejos de aquí, en Camelot, disfrutando de las delicias de la corte y no se acuerdan para nada de tu pueblo ni de ti ni de sus desgracias. Estás a punto de conocer el infierno, y tu Reina Péndragon no podrá evitarlo. —insiste la mujer de ojos rojos, viendo como lanzan al adolescente peliazul a la plataforma y la comienzan a bajar por el pozo. Azur Gawain se levanta como puede y mira asustado a su hermano mayor mientras bajan por el profundo pozo. Zoicyte y Galathine se paran en la orilla del pozo, mirando todo. —¡Querida! ¿Sigues allí?... sí, claro, no tienes muchas opciones de a dónde irte. —ríe Galathine. —¡Mis hombres están bajando tus obsequios! —espeta con voz fuerte.
Al ver que la plataforma de madera está por llegar abajo, Galathine toma el cuchillo que pendía de la cintura de Zoicyte y lo lanza cortando la tensa cuerda. Un grito de los muchachos al sentir el golpe en el duro suelo, se alza en lo profundo del pozo.
—Zoicyte, la tea. —ordena la mujer de ojos rojos, y cuando la rubia general la pone en sus manos, ella misma lanza la tea hacia abajo. Cuando el pedazo de madero encendido cae al suelo, alumbra en su totalidad el recinto circular de aquella prisión lóbrega; los dos muchachos de cabello azul están tirados en el suelo, reponiéndose del golpe, y la sombra blanquecina, con el vestido embarrado de sangre seca, se acerca a ellos.
— ¿Índigo? ¿Azur? —balbucea la débil voz de Skadi Gawain. El adolescente de doce años es el primero en rodar en el suelo, a pesar de sus cadenas y mirar el rostro pálido y lastimado de la mujer.
—¡MADRE! —grita Índigo Gawain y de rodillas se acerca a la mujer que igualmente de rodillas, llena de una nueva fuerza, se acerca a su hijo y lo abraza llorosa. Azur Gawain al escuchar la voz de su madre y las palabras de su hermano, hace acopio de sus fuerzas y se arrastra hacia ellos. Índigo y Skadi abren sus brazos y estrechan al menor de los Gawain en ellos. Zoicyte luce desconcertada, mirando la escena familiar de abajo, que es perfectamente iluminada por la tea encendida y mira el rostro de Galathine, quien sonríe de forma sádica y terrible.
—¡Precioso y conmovedor reencuentro! Ahora, querida mía, no malinterpretes las cosas. No estoy siendo benevolente contigo, y cuando pase tu primera impresión de asombro, te darás cuenta de mi plan. Imagina, tus dos fuertes y valientes hijos, siendo alimentados diariamente, encerrados contigo en este pozo profundo por… ¿Cuántos días crees poder resistir sin…? —pregunta desde arriba, gritando Galathine. Al escuchar esas palabras, Skadi Gawain que abrazaba a sus hijos abre sus ojos azules, que ahora se tornan totalmente rojos y llena de ira, suelta a los jovencitos y corre golpeando con sus puños las paredes del pozo.
—¡Maldita! ¡Eres una maldita! ¡La diosa castigará algún día lo que haces! —ruge Skadi Gawain mientras las risas burlonas de Erzebeth Galathine resuenan igual por todo ese lóbrego sitio.
—Voy a venir con frecuencia a observar el divertido espectáculo, no lo dudes. —acaba Galathine. —¡VAMONOS! —ordena ella a los soldados y a Zoicyte, que desconcertada por todo eso, obedece sin atreverse a preguntar nada a su misteriosa y terrorífica superior.
Una vez que el sonido inequívoco del chirriar de la reja indica que los Gawain se han quedado solos, Skadi presiona sus manos, desesperada, sobre las rocas de su prisión, sin importarle que las filosas piedras corten sus palmas, y llora desesperada en silencio.
—¿Madre?... ¿Qué te pasa? —cuestiona desconcertado el pequeño Azur Gawain a su mamá. Skadi reacciona al oír la voz de su hijo y gira el pálido semblante, limpiando sus mejillas llorosas con el dorso de su mano.
—Azur... Índigo… vengan aquí. -pide Skadi a ambos muchachos, quienes haciendo gala de la gallardía de su familia, a pesar de las cadenas y las heridas, se acercan a su débil madre; Skadi se hinca en el suelo y espera a los muchachos, quienes se acercan. Al llegar a su lado, ella misma toma las manos de uno y otro sobre los grilletes oscuros que los aprisionan y trata de sonreír entre las lágrimas.
—Madre, pensamos que estabas muerta, ¿Cómo lograste salvarte?... muchos vieron como esa mujer te… te… —Índigo Gawain mira a su madre, logrando visualizar a la luz de la tea que sigue ardiendo en el suelo, unas marcas de una horrible mordida descarnada y viva, en el lado izquierdo de su garganta; su hermanito menor no puede ver esa marca porque está del lado contrario, pero el adolescente nota perfectamente las señales de los dos dientes y mira como la carne lastimada de su madre palpita enrojecida y como unas venas oscuras se diseminan en ese lado de su cuello.
—Solo me hirió, pero no me mató. Me trajo aquí y me lanzó sin miramientos como a Ustedes. —relata Skadi a sus hijos.
—Luchamos con todas nuestras fuerzas, Madre, para que Ami y tú estuvieran orgullosas, pero aun así nos vencieron y con estas cosas no podemos atacarlos. —desesperado el impetuoso niño pequeño. Skadi acaricia el rostro amoratado y herido de su hijo.
—Lo sé, Azur, estoy orgullosa de ambos. —reitera la dama, forzando una sonrisa.
—Madre… ¿Qué es esa herida de tu cuello? —inquiere, sagaz, Índigo Gawain. Skadi mira a su hijo adolescente con rostro apenado y dolido, y ahora acaricia la mejilla del muchacho.
—Estoy siendo envenenada poco a poco. Esa mujer, Galathine, hizo que… —aquí se detiene Skadi mirando el angustiado semblante de sus hijos y decide parcializar la verdad, quizá no estén preparados para saber todo el horror que les aguarda. —hizo que uno de sus monstruos me atacara, tengo veneno del Reino Oscuro en mí…
—¡Vas a morir! —impetuoso Azur Gawain se abraza lloroso de su madre, quien lo estrecha con fuerza.
—Si solo fuera eso… —susurra la mujer de cabello plata, abrazando a su hijo menor y mirando fijamente a Índigo. En esa sola mirada parece que el adolescente comprende y abatido, presiona sus puños. —escuchen ambos, este veneno es terrible, esa mujer, Lady Galathine, quiere que Ustedes dos sufran las consecuencias de mi envenenamiento. En los días siguientes empezará a afectar mi mente y mi comportamiento, primero parecerá que estoy muy grave, fiebres, convulsiones, cosas horribles, y luego empezaré a perder noción de mi alrededor, puede que los desconozca, puede que intente dañarlos… —la voz de Skadi se corta con un sollozo contenido y el pequeño Azur la abraza con más fuerza.
— ¡No lo harás, Madre! ¡Tú no nos harías daño! —reclama el niño.
—Yo no, Azur, pero este veneno anulará mi voluntad, me volveré como un animal salvaje, y si eso pasa, ustedes deben prometerme que se defenderán, que no dejarán que los lastime, que harán cualquier cosa para cuidarse ambos de mí, incluso, atacarme… —suplica Skadi y sin soltar al pequeño, alarga su mano a Índigo, que la sujeta con fuerza.
—Seremos fuertes, Madre, los tres lo seremos. Vamos a ayudarte y a intentar que no nos dañes, encontraremos la forma, porque estoy seguro que no tardaremos muchos días encerrados aquí. Ami va a venir por nosotros, ella traerá a la Reina y a su ejército, y cuando Ami venga, encontrará la forma de curarte, ella siempre arregla todo. —esperanzado el valiente adolescente, intentando no llorar. Skadi asiente y besa la mano de su hijo.
—Eso es lo que debemos hacer los tres, no perder la fe en la Diosa, ni en nuestra señora la Reina Serena Péndragon… tampoco en Ami. Ahora más que nunca debemos estar juntos y ser fuertes. —repite la señora, besando la cabeza azul de su hijo menor.
—Lo seremos, madre, los Gawain jamás se rinden. —orgulloso Índigo Gawain.
—Repitan conmigo… —suplica la dama de cabello plata. —Sabiduría, verdad y valor al servicio del bien. —dice ella la frase del escudo heráldico de los Gawain.
—Sabiduría, verdad y valor al servicio del bien. —repiten Índigo y Azur Gawain, y parece que la tea encendida que habían lanzado desde arriba se termina de consumir con las palabras de los dos chicos; de repente, el pozo queda en total oscuridad, pero la familia Gawain mantiene en sus manos y corazones unidos en ese abrazo, una luz de esperanza…
NOTAS FINALES: Luego de 2 años de ausencia, retomando este proyecto que abandoné por motivos de estudios y tiempo pero que jamás se fue e mi mente y corazón, vamos a continuar con la larga historia de adaptación de las leyendas Artúricas con SM, algo que en mi cabeza está muy bien cronometrado, no falta tanto para acabar el primero libro de LA PROFECÍA y continuar con el libro 2, gracias a todos los que siguieron enviando reviews de aliento aunque no daba señales de vida, sus palabras me ayudaron a abrir espacios para continuar, prometo no dejarlo tirado y terminarlo, gracias por su paciencia y aviso que estas vacaciones de verano ya adelante 3 chaps, por lo que sabrán de mi con más frecuencia ¡Gracias a todos! Y gracias como siempre a Genbu san por la edición y apoyo, ¡AU REVOIR!
"Cuanto más complicado, mejor, cuanto más imposible, más bello"
EBOLI.
