Capítulo 20

Los cuatro.

Los exámenes habían pasado y los resultados ya estaban a disposición de los alumnos de la Academia. Al finalizar el último periodo de la jornada, se les dispuso de estos. El ambiente estaba lleno de nervios y expectativas, trayendo a futuro orgullos y decepciones. Entre voces y pasos de estudiantes, se asomó a voz. La de una persona cercana a los dos jóvenes magos.

―Aladdín... Sphintus ―exclamaba la maga muy alegre.

Ella sostenía en su mano los resultados de los exámenes.

― ¿Cómo les ha ido? ―preguntó con entusiasmo.

―Me salvé por poco ―dijo aliviado Sphintus.

―Es por eso que Karissa dudaba de ti ―insinuó el mago de la creación.

La maga asintió.

―Muy bien ―respondió el de Alma Toran.

―Ayer me dijo que eras medio tonto ―dijo esta― ahora veo por qué, debes estudiar más...

Eso enfureció al muchacho.

―BASTA, DEJA DE DARME SERMONES ―les gritó ya sin paciencia.

Luego todos soltaron una risa. Al rato fueron a reunirse con la joven de Reim y comenzaron a planificar su viaje, el cual emprenderían al día siguiente. Durante la charla todos estaban emocionados. La ida iba a tomar varios días, aproximadamente una semana y algunos días más. Partirían inicialmente en una caravana por tierra hasta llegar al puerto más cercano. Luego de eso tomarían un barco que los llevará directamente a Balbadd. También prepararon provisiones por si acaso. Los magos procuraron usar ropas más comunes. Debido a que estaba la posibilidad que sus uniformes fuesen demasiado llamativos.

Al día siguiente...

Todo estaba más tranquilo en la Academia. Los alumnos descansaban y otros se encaminaban a salir de Magnostadt. Los cuatro jóvenes ya estaban dentro de la caravana. Afuera era un día espléndido, no había ni una nube en el cielo. Este estaba teñido de un azul resplandeciente y el sol alumbraba y calentaba todo a su alrededor. La brisa agitaba paulatinamente las copas de los árboles verdes que apenas asomaban sus flores. Esto encaminaba un buen viaje, según los cuatro creían. La ilusión estaba en el aire, todos imaginaban lo que harían allí. El magi se había vestido de igual forma que en el momento que viajó a la Academia. Sphintus con sus ropas de siempre, al igual que Karissa. Por último Tsuna, que se vistió con una camisa de mangas largas abullonadas color jade, que dejaban al descubierto parte del brazo. Unas babuchas color negro atadas con un paño amarillo.

Todo iba bien, pero de repente la carreta se detuvo agitando su interior.

― ¿Qué paso? ¡Esto se parece a cuando nosotros conquistamos el calabozo de Dysthe! ―exclamó la muchacha de ojos verdes a punto de sacar su espada de su estuche.

El magi la detuvo.

―Iré primero ―declaró este― Karissa, si algo sucede te llamaré.

Ella asintió.

― ¿Sabes qué pasa? ―le preguntó Tsuna.

Negó con la cabeza el mago de la creación y salió afuera.

― ¡¿Quién está ahí?!

Nadie respondió. El polvo arrastrado por la brisa se levantaba del suelo. Lo que provocaba que la visión del muchacho se dificultara. Pero estaba alerto, algo se avecinaba y él lo sabía. De repente, vio algo asomándose entre los árboles, retrocedió y activó su borg.

Dos inmensos tentáculos negros se abalanzaron contra él. Se enrollaron a través de su coraza y pusieron presión en esta. El mago intentó obtener altitud, pero esas dos prolongaciones oscuras se lo impedían. No quería llamar aun a Karissa y a los demás. No era el momento, según él.

― ¡Halharl Infigar! ―gritó.

Su borg se envolvió en llamas abrasadoras que luego se montaron sobre aquellas extremidades. Cuando se convirtieron en cenizas, el joven alzó vuelo y contempló ese bosque.

― ¿Qué fue lo que nos detuvo? ―se preguntó en voz alta.

―Pronto lo descubrirás, magi ―respondió una voz ronca.

― ¿Quién? ¿Quién anda ahí? ―gritó el muchacho.

Este se volteó en todas direcciones, buscando el origen de la misteriosa voz. No pasó más de un minuto y una gran masa oscura con tentáculos por doquier rodeada de rukh negro se asomó de esa misma arboleda.

―Un djiin negro ―pensó― no... Esto es diferente...

Como precaución, encerró la caravana y a su gente en una barrera defensiva que solo él podía cruzar. Se acercó a la misma y dijo en voz alta, lo suficiente para que sus amigos lo oyeran:

―Hay problemas, quédense aquí, si no vuelvo en veinte minutos. Karissa, puedes usar tu contenedor metálico.

Tsuna fue la primera en oírlo y salió de la carreta y se dio cuenta de la barrera. Luego se aproximaron la joven de Reim y Sphintus.

― ¡Aladdín... déjanos salir! ―gritaban ellos.

―Cuídense ―dijo serio― iré al fondo de esto.

Se alejó, atrayendo a la bestia hacía él. Ellos solo contemplaban y no podían hacer nada.

―Maldición ―exclamaba la de ojos verdes― ¡¿Y nuestra promesa?! ¡Que no joda!

―Para que nos deje aquí... debe ser muy malo ―aclaró el de Heliohapt― solo quiere protegernos.

― ¡Pero podemos hacerlo juntos! ¡No debe cargar con todo el mismo! ―contradijo la de Kouga.

Él mago suspiró.

―Él es así ―contestó.

Mientras tanto, Aladdín luchaba con todo lo que tenía. Aunque aún no usaba algunas cartas que tenía bajo la manga. Consideraba que las circunstancias no lo valían. Es masa negra era invencible, no importaba lo que el magi hiciera, nada funcionaba. Se regeneraba al instante.

En uno de sus ataques logró romper su borg y lo golpeó junto en el abdomen, haciendo que se estampara sobre el suelo. Se reincorporó y nuevamente se alejó del suelo lanzando innumerable cantidad de esferas de fuego.

―Me sorprende magi, que no uses tus trucos más poderosos ¿Y te haces llamar "representante de Salomón"? ¡Absurdo! ―hizo una pausa― ¡Te crees lo suficientemente fuerte para ganarle a mi creación!

Intentando recuperar sus fuerzas, se detuvo y trató de recuperar el aliento. Ya casi se quedaba sin magoi, estaba muy preocupado. Se encontraba muy herido y a punto de caer.

Se escucharon las carcajadas de la misteriosa voz.

Se asomó una silueta que comenzó a tomar forma. Era un muchacho, vestido con una túnica negra, una máscara en su rostro. Era increíblemente pálido y su cabello era verde oscuro.

―Eres tan arrogante como tu padre, mereces morir.

―Como si fuese a pasar ―contrarrestó con una sonrisa.

Eso lo enfureció.

― MUERE ―le gritó haciendo una seña con su báculo― NO DEJES NADA DE ÉL ―dijo a su masa de oscuridad.

Como aguijones, esos tentáculos se aproximaron a él. Se estamparon en el suelo, pareciendo ya ser el fin del joven magi. Pero no fue así, afortunadamente, los esquivó a tiempo.

Flash ―susurró alzando su bastón― no te dejaré ganar...

―Yo no perderé ―le dijo.

Un rayo de luz en forma de láser penetró el centro de esa acumulación de rukh negro. Esto hizo grandes daños a la bestia, por fin, ya no se regeneraba.

― ¿EH? ¿Cómo lo has hecho? Mi bestia de rukh negro es invencible, esta forma de vida artificial no debería dañarse.

―Es simple magia de tercer tipo, luz ―dijo el muchacho― pero agregándole algo de mi poder ―cerró sus ojos y apareció la estrella de ocho puntas― es un repelente de maldad ―le tendió una sonrisa.

―Tu, en verdad mereces morir ―le confesó con desprecio― aunque eres un buen rival ―admitió maliciosamente.

Entonces una de las extremidades del monstruo golpeó a Aladdín, sin dejar que se protegiera antes. Le de

lia todo el cuerpo y estaba agorado, ahora que había activado "ábrete sésamo" su energía se consumiría más y más.

― ¿Eres del Al-Thamen? ―preguntó.

El hombre misterioso asintió.

―Debes conocer a mi padre, él era muy cercano a tu familia ―agregó.

―Espera, ¿I-Ithan tuvo un hijo? ―dijo sin aliento.

―Acertaste, aunque mi madre fue como un amor pasajero. A él le interesaba más la organización y hundir al mundo en oscuridad. Me crió con su ideología. Todo estaba bien, hasta que ―frunció el ceño― murió por culpa tuya y del rey ese... cómo era ¿Alibobo Saluja? No lo recuerdo ―dijo con una risa burlona.

―Alibaba Saluja ―corrigió enfadado.

―Como digas, acabalo monstruo mío...

Al mismo tiempo...

―No lo soporto ―dijo la maga― ¿qué está pasando? ¿Qué es esa cosa? ¡Va a acabar con él!

―Además Aladdín bloqueó sus poderes de magi ―informó Sphintus― y si los libera, no volverán enseguida. Él lo sabe y aun así fue solo... tonto...

Eso dejo sin habla a las dos muchachas. Tsuna apretó fuertemente su báculo y dijo:

― ¡No me quedaré sentada esperando a que la barrera caiga! ¡No dejaré que muera!

Observó a su amiga que asintió y esta desvainó su espada.

―Vamos ―dijo la espadachín.

Entonces ella mencionó el nombre de Dysthe y la espada se tornó cristalina y envolvió sus brazos de escarcha color celeste pálido. La tomó con sus manos y comenzó a acuchillar la barrera que no recibía ningún daño.

―Te ayudaré ―le dijo su amiga, al ver que nada funcionaba.

Ambas trataban de quebrar o al menos generar una salida para ayudar a su amigo, después se sumó Sphintus. Estos ya comenzaban a ver los resultados. Cuando la destruyeron se dieron cuenta que a su amigo ya no le quedaba mucho magoi. Salieron deprisa y la joven de ojos turquesas cubrió nuevamente el vehículo con una barrera.

―Ya perdí a alguien importante una vez, no dejaré que eso vuelva a pasar ―pensó la muchacha de la Aldea Kouga―. Espéranos Aladdín, no dejaré que mueras...