En este capítulo el fic se conecta con los flashbacks de la serie.
CAPÍTULO XXI, GUERRA
El fénix no podía aletear. El león no podía rugir. Los cinco Vidyarâja, los Reyes de la Sabiduría, los observaban desde abajo con expresiones feroces. Atrapados en extraños círculos de energía, flotando en el aire, sus extremidades extendidas, inmóviles como en una rueda de tortura, ninguno de los dos podía defenderse. Los cinco jueces tenían armas y deseos de condena. Fudo, en el centro, abrió los ojos con un arrebato de ira.
—¡KAN! —se oyó la voz del Santo de Virgo.
Ikki y Mykene fueron atravesados por haces de luz. Sintieron sus corazones hacerse trizas, perforados por los rayos que salían de los ojos de los cinco Reyes Myoo.
—Fudo..., nos quiere matar... —murmuró Ikki.
—Se dice que es la reencarnación de Fudo Myoo. Es muy joven, pero no es solo un ente de salvación, sino también un terrible condenador —le explicó Mykene, cuyo semblante solo mostrada dolor e impotencia.
—Serán castigados, Santos de Athena. No aceptaron la cuerda de salvación que les entregué, no sé qué pensaba Athena al elegirlos como protectores, son traidores y violentos, no son dignos de proteger una tierra tan podrida, solo ayudan a empeorarla. Mi espada los consumirá entre las llamas, los demonios los llevarán hasta lo más profundo de los infiernos al no aceptar mis enseñanzas, y se convertirán también en una calaña que solo reencarnará en cosas peores.
—No..., no lo harás..., Fudo, yo te..., te detendré —dijo Mykene. Aún sangraba profusamente de la herida de su frente, pero la determinación y la voluntad parecían imposibles de dañar o manchar de sangre.
—¡Mykene! Si después de salir de esta sigues intentado detenerme, te venceré, no lo olvides —le recordó Ikki, aún con su corazón atravesado, y sus sentidos desvaneciéndose poco a poco, las llamas continuaban ardiendo.
—Eres inmoral, Fénix, preferiría una batalla justa —el león dejó mostrar una sonrisa, y su Cosmos estalló.
—Ningún Santo de Oro, ni Leo ni Virgo, me han detenido jamás. Mis alas aletearan con fuego por Athena, contra sus enemigos. Mis cicatrices de mil batallas comprueban mi convicción y son las marcas de mi arrepentimiento por mis actos pasados, Fudo, no me detendrás aún después de la muerte, aún después de los infiernos..., todavía nadie lo ha logrado —Su Cosmos también explotó, envuelto en flamas de valor —¡Elévate Séptimo Sentido!
—¡EMBLEMA DEL REY!
Una explosión retumbó en toda Roma. El terremoto que se incrementaba sin detenerse, fue acompañado por el choque de Cosmos de Dos Santos Dorados, además de uno que había luchado contra los mismísimos dioses y había salido del más profundo infierno.
—Hermano... —murmuró Shun. Había desplegado sus cadenas para atravesar el extraño Cosmos alrededor del monte Palatino, pero poco a poco éste se concentraba en un lugar en su interior.
—Los dioses han despertado, se manifiestan —pensó Shiryu. Tenía cortes en todo su cuerpo, pero sabía que mientras el Cosmos lo mantuviera en pie, nada era imposible.
—Llegué muy tarde —se lamentó Hyoga, aunque el frío de su Cosmos no había disminuido, podía congelar hasta una Cloth dorada—, pero no permitiré que esto empeore. Es mi culpa, y lo repararé.
Fudo apagó su Cosmos. Estaba más cansado que nunca, el agotamiento no le permitiría luchar más. Además..., lo habían derrotado. No estaba convencido totalmente aún, especialmente en lo que respectaba a los métodos de Athena, pero las dudas sobre la humanidad se había disipado para hacer brillar una pequeña luz.
—Así que hay hombres que, sin importar si están en lo correcto o no, hacer arder sus vidas con determinación, coraje y voluntad, aunque estén ante las puertas de los infiernos, como si no les importaran las penas que conllevan sus actos y pecados. Eso es ligeramente reconfortante —sonrió, se quitó su Cloth de Oro, y se alejó a paso lento del Coliseo. O lo que quedaba de él, ya que se había derrumbado al mismo tiempo que el terremoto terminaba.
—Supongo que eres tú. El enemigo que debemos vencer, aquel que desea ocultar la luz, y llenar de sombras el mundo —dijo Seiya, aún inquieto por la facilidad con la que su enemigo había destrozado su arco y flecha. ¿Sentía temor? ¿Preocupación, terror? No estaba seguro.
Se puso de pie nuevamente, aún tambaleante. El terremoto había traído consigo retumbantes pisadas.
Por cuatro lados de la colina donde se hallaba una parte del ejército de Mars, además del mismo dios, empezaron a subir cuatro sombras, apenas distinguibles en la noche que cada vez se nublaba más, y desvanecía la luz de luna. Aún así, Seiya sabía que estaba totalmente rodeado. El ejército de Mars estaba cubierto de sombras, pero su Cosmos era inconfundible. No tenían fin, mientras que él estaba sin Saori. Estaba solo.
—Tú eres el enemigo que esperaba. El único capaz de enfrentarme, así como has desafiado a tantos dioses anteriormente —dijo con voz solemne el rey de la guerra, envuelto en sus ropajes negros.
—Todos derrotados, debo recordarte —intentó darse valor a sí mismo. No era solo Mars, esas cuatro sombras que subían por la colina, dejando huellas de fuego con cada paso, eran casi tan aterradoras como él —No es tan fácil vencer al ejército de Athena, y los dioses no son bienvenidos.
—Eres valiente, Seiya de Sagitario, temerario e impetuoso. Tal como dicen todos, pero..., esos dioses a los que enfrentaron, seguramente se confiaron. Como dioses, los vieron como hormigas, se sintieron ganadores desde el principio y eso los llevó a su destrucción.
Seiya sintió la caricia de las cenizas en su rostro. De reojo, pudo divisar como el fuego empezaba a extenderse a lo largo y ancho del Monte Palatino, y más allá. Nuevamente oyó un llanto de bebés, pero si se movía sería su fin, y no podría salvarlos. Eso lo enfureció por dentro, como un Pegaso indomable, aunque se pusiera una máscara de calma, y desplegara las alas de oro.
—Yo no soy igual que ellos. Conozco el poder de los humanos, su potencial, lo que puede llegar a ser. Especialmente después de que cinco muchachitos elevaran su Cosmos hasta el mismo nivel de los dioses, realizando milagros. Por eso me presento ante ti, Seiya, en persona, uno contra uno, respetando tu poder no solo como Santo Dorado, sino que como guerrero.
—Lindas palabras..., aunque con ese ejército a tus espaldas, son difíciles de tragar —le espetó Sagitario.
—¡Je! Tan irrespetuoso como en tu juventud, incluso ante un dios. Interesante, Seiya, será una batalla memorable.
Levantó un dedo, otro destello de luz se disparó y recorrió las llamas hacia Seiya. Había destrozado el famoso arco de Sagitario. Claro, no había estado atento, pero aún así era peligroso. Mas un fuerte viento dispersó el proyectil, dirigiéndolo hacia un árbol, desintegrándolo en un instante.
Seiya miró hacia atrás, sonrió, y otra sonrisa le fue devuelta. Siempre lo animaba ese gesto dulce, ya que sabía que detrás de esa inocencia que atraía a los aliados, había un poder aterrador que atemorizaba a los enemigos. Lo había acompañado en incontables ocasiones, y aunque no le gustaba luchar, jamás se acobarda o perdía su valor.
—Shun.
—Seiya, ¿te ayudo un poco?
—No estaría mal.
Las cadenas siempre lo maravillaban. Eran capaces de atravesar dimensiones, y encontrar al enemigo sin importar cuán lejos estuviera. Además reaccionaban contra el mal, y ahora estaban sumamente inquietas, casi desesperadas, a la vez que el fuego iluminaba y hacía visibles los enemigos.
Uno de los cuatro, el primero que llegó a la cima, vestido en una Galaxy negra con detalles rojos y dorados, una larga capa blanca, cabello de fuego protegido por un yelmo con cuernos, un rostro siniestro sin emociones, y un aire evidente de imponencia, formó una esfera de energía en la mano. Luego, la rodeó de piedras, magma y tierra, hasta que quedó del tamaño de un automóvil. La arrojó segundos después a ambos Santos.
—¡Cuidado Shun! El Cosmos que esa roca posee adentro es tan temible como el ataque de un dios —indicó Seiya.
—¡Nos arrojó una bomba! —Shun pensó si la cadena redonda sería útil para evitar la explosión, pero no fue necesario.
Aunque era incapaz de ver, se ubicó en la posición perfecta. Su escudo fue capaz de detener la piedra lanzada, y la explosión lo engulló, sin embargo, su Cosmos, como las aguas de una cascada, apagaron rápidamente el incendio. La coraza se trisó un poco, pero no se destruyó. Era el escudo más fuerte de entre las 88 Cloths.
—¡Shiryu! —exclamó Shun.
—Ya era tiempo, amigo —murmuró Seiya. Luego se arrepentiría de no asombrarse por la ceguera de su compañero. Ya le había ocurrido un par de veces antes, pero su calma y serenidad jamás cambiaba. Era su mejor amigo, lo tranquilizaba, despejaba sus ansias, disminuía su impulsividad, y aumentaba su ciega confianza en la victoria. Aunque eran tan opuestos, Seiya se sentía afortunado de tener al dragón de ese lado de la batalla.
—Seiya, Shun, lucharemos hasta el final. Ni siquiera los dioses se interpondrán en el camino de los Santos —a veces, Shiryu tomaba un rol de liderazgo entre ellos, y tanto el Santo de Sagitario como Andrómeda lo agradecían. Su templanza y sabiduría les devolvía las esperanzas.
El fuego permitió que los vieran más nítidamente. Los otros tres semidioses se veían tan temibles como el que lanzó la roca, el cual nunca mostró molestia o sorpresa por la falla de su ataque.
Uno de ellos era enorme, más alto que el mismo Mars, y absurdamente fuerte, como un tanque capaz de pasar por encima sin problemas del ejército que deseara. Vestía una Galaxy con detalles verdes y azules, y llevaba lo que parecía ser una botella hecha de líquido, extravagantemente formada con su Cosmos. Bebió un poco de ella, y los tres Santos sintieron su Cosmos aumentar.
Había una mujer. Su casco solo dejaba ver sus labios violetas, inquietantemente sonrientes con confianza. Llevaba suelto su cabello celeste, su Galaxy era púrpura y gris, con hombreras distintas. Una era grande y puntiaguda, pero la otra, más pequeña e inclinada hacia abajo, cargaba un arco azul, más grande que el que Seiya tenía destrozado ante sus pies.
El último tenía un Cosmos agresivo, más violento que cualquiera que hubiesen conocido. Se dieron cuenta que si no fuera por la presencia de su líder allí, los habría atacado fieramente sin contemplaciones. Era alto y delgado, casi huesudo, una capa macabra rodeaba su Galaxy negra por sobre los hombros. El cabello rosa le caía por los lados del casco que cubría totalmente el rostro.
Esos eran. Un semidios imponente que parecía ser su líder, otro con músculos hercúleos, una con el semblante de la astucia y confianza, y un último con Cosmos cruel. Además de Mars, por supuesto. La situación no era exactamente esperanzadora.
Uno a cada lado, Seiya se rodeó por Shun y Shiryu. Cuando la mujer y el hombre grande hicieron un gesto como para atacar, se vieron rodeados por cristales de hielo, y llamas fugaces que no eran de ese lugar, invadido por el fuego. Sagitario lanzó una rápida mirada hacia atrás, hacia una colina.
Aunque manejaba los hielos, el Santo de Sagitario percibió el fuego de la venganza. Su Cloth destellaba con brillos de invierno, los cristales eternos de Siberia se arremolinaba a su alrededor, como la Aurora Boreal que recorre el cielo del norte. Mantenía la frialdad en el terreno de combate, alejaba las dudas y los sentimientos que podían sentir sus compañeros, pero ahora él mismo parecía inundado por las emociones de la determinación. Esto no lo debilitaba, Seiya lo sabía. Hyoga de Cisne sería ahora capaz de congelar el mismo infierno para cumplir su misión.
Estaba herido, con la Cloth destrozada, pero ya las cenizas rodeaban su cuerpo para reconstruirla con nuevos brillos. Para Seiya, tenerlo en el campo de batalla era como cien soldados deseosos de pelear, vivos solo para combatir, su única meta era la guerra. Las alas de fuego ardían con el puño de la fiereza, y aunque siempre aparecía en último lugar, jamás les fallaba. Ikki de Fénix siempre lucharía junto a sus compañeros, incluso más allá de los infiernos.
—Seiya, Shiryu, Shun —saludó Hyoga a lo lejos, imperturbable su voz.
—Mars... —murmuró Ikki. Por él, Mykene y Fudo habían traicionado a Athena. Deseaba saber el motivo de eso, y la única forma era en el combate, lo que más deseaba, y lo único por lo que vivía.
Sagitario, Dragón y Andrómeda al frente. Fénix y Cisne en la retaguardia. Y por los flancos, se habían dispuesto Shaina de Ofiuco y Kazuma de Cruz del Sur, dirigiendo cada uno una gran cantidad de soldados atenienses sobrevivientes. Estaban agotados, pero su valor era eterno. Seiya confiaba ciegamente en cada uno de ellos.
—Interesante, siete Santos reconocidos como valientes guerreros. Les presento a Rómulo, comandante de los Cuatro semidioses de la guerra, manipulador de las rocas, la tierra y el magma de las profundidades del infierno —el hombre de cabello de fuego ni siquiera se inmutó. Luego, anunció a los otros tres, en orden, al de gran fuerza, a la mujer, y al violento —Éste es Baco, rey sobre las aguas ardientes y los lagos de sangre. Encontrarán que su fuerza no tiene igual, y más cuando sostiene esa botella. Ella es Diana, la arquera del relámpago, ama de los vientos de batalla, flecha que guía el camino a la victoria. Y él es Vulcano, maestro del fuego, volcán de sangre, terror del enemigo. No les recomiendo luchar con él, jaja.
Jamás se intimidaron. Podría haber sucedido, pero no con ella allí. Saori apareció detrás de Seiya, rodeada por sus cinco más valerosos guerreros. Tal como había dicho Amor, la diosa de la sabiduría había logrado cruzar el umbral, sin perderse en las turbaciones del espacio.
—Querías luchar solo con Seiya, y atraparme entre los confines del espacio para robar mi Cosmos —dijo ella con tranquilidad.
—Las cosas no siempre salen como uno desea, pero la guerra no cambia, su curso es irrevocable, tal como las sombras se destinan para apagar la luz.
—Si esa es tu decisión, entonces tendré que luchar, como la diosa de la guerra, igual que tú. Soy Athena, protectora de esta Tierra y sus seres humanos.
El fuego se descontroló, la tierra se estremeció, el aire se intoxicó con el humo y las cenizas.
—Yo soy Mars, quien trae guerra y revolución. Ustedes, seres del antiguo mundo, deben ser destruidos. ¡Y tú, Athena, tu luz se convertirá en la base, el cimiento de mi nuevo mundo! —Hizo destellar un relámpago desde su mano enguantada de noche— ¡Rómulo, Vulcano, Diana, Baco!
La Batalla Santa entre los dioses de la guerra comenzó.
