DAENERYS

Meses habían transcurrido desde la toma de Meereen, meses en los que Daenerys se había dedicado en cuerpo y alma a aprender a ser una reina antes de marchar al encuentro de su destino en Westeros. Estaba convencida que en el mismo instante en el que ella abandonara la ciudad ésta sufriría el mismo destino de Astapor, el gobierno que ella dejara sería masacrado y un tirano se coronaría rey—. No. No cometeré el mismo error, no abandonaré a mi gente a su suerte mientras cruzo el Narrow Sea lista para reclamar lo que por derecho de sangre me pertenece—. Por supuesto que decirlo era más sencillo que realizarlo, y meses amenazaban con transformarse en años si no hacía algo pronto—. Enemigos me acechan en cada rincón, la muerte me respira en la nuca —suspiró, avanzando despacio por los pasillos de la gran pirámide.

Problemas eran lo que le sobraba. Su fama se había extendido por los cuatro puntos cardinales, los rumores de una reina de sobrecogedora belleza y tres majestuosos dragones, y esto únicamente le trajo dificultades cada vez mayores: con los Hijos de la Arpía, con las alianzas fraguándose en su contra en cada rincón del mundo; desde los Wise Masters de Yunkai, lo que quedaba de los Great Masters de Meereen, los Trece de Qarth, hasta más allá, en King's Landing—. No importa donde pose mis ojos, enemigos están listos para acabar conmigo, enemigos que hablan diferentes lenguas, de rostros diferentes pero unidos por el mismo deseo de verme acabada —debía ser fuerte o la devorarían viva.

Quaithe, con su máscara roja y siempre oculta bajo una capucha, se le había aparecido en lo que a ella se le antojaba un sueño, y la que se presentara ante ella como representante de Qarth hacía tiempo atrás, le había advertido una vez más tener cuidado en quién depositaba su confianza. "Ten cuidado de los que buscan controlar a tus dragones," le había dicho en una ocasión, y la última vez que la viera, la había vuelto a advertir, esta vez de la yegua blanca, del kraken, la flama negra, el león, el grifo, del hijo del sol y el dragón de la máscara—. No tengo ni idea de lo que me habla, pero entiendo que estoy rodeada de engaños y que no debo depositar mi confianza en cualquiera —podría repetir mil veces que no era más que una chica que no entendía ni de guerra ni de política, pero la realidad era que Daenerys Targaryen era lista, muy lista.

Aquello también se lo habían advertido hacía mucho tiempo, en la casa de los Undying, que conocería tres traiciones: una por sangre, una por oro y una por amor, y después de lo sucedido con Ser Jorah, le falta por enfrentar una —Una por amor… pero ya no hay más amor en mí, no después de la muerte de mi sol y estrellas—. Dany llegó hasta su ventana consentida y tomó asiento en el marco, alisando las sedas de su vestido. No tenía que voltear para saber que Missandei se hallaba cerca, siempre a su lado, pero dándole su espacio, lo mismo que Belwas. Asomó su bonita cabeza en dirección al jardín y sonrió como la chica de seis y diez años que era en cuanto vio aparecer a Jaime.

Semanas atrás y por una coincidencia del destino, Daenerys había descubierto que Jaime entrenaba cada tarde, poco antes de caer la noche, en este jardín, privado y apartado de ojos curiosos. Y cada tarde, antes de caer la noche, Dany encontraba siempre su camino hacia aquí, observándolo durante todo el tiempo que durara su práctica. Le gustaba verlo, ella elegía pensar que le gustaba como a quien encuentra placer en contemplar el amanecer, un bosque rebosante de vida, un lago cristalino en medio de las montañas o una obra de arte; verlo le dibujaba una sonrisa, no necesitaba de más y no buscaba más, contemplarlo sin que Jaime lo supiera era más que suficiente, y Dany se había dedicado a hacerlo prácticamente desde que lo recibiera en su servicio. Descubrir que podía dedicarse a éste que se había convertido en su pasatiempo preferido, cada hora, todos los días, la había embargado de felicidad, y no importaba lo que estuviera haciendo o quién demandara una audiencia con ella, siempre encontraba la forma de venir sola hasta esta ventana, la única desde la cual podía verlo.

Un par de pisos debajo de Dany, Jaime protestaba y se quejaba, lanzando todo tipo de injurias en contra de Ghazi, su maestro; un extraño y exótico hombre de tierras lejanas y de nombres impronunciables que había encontrado su camino hacia Meereen pues los rumores acerca de una reina de apabullante belleza y tres dragones indomables, habían capturado su interés. Ghazi era viejo, sin un solo cabello en su cabeza y una larga y flacucha barba blanca tan larga que era la fascinación de la gente ver como evitaba tropezar con ella. Robb le había relatado a Daenerys la historia y gracias a él era que sabía cómo se habían conocido Jaime y Ghazi.

Jaime solía entrenar cerca de la playa para poder utilizar su mano izquierda tan bien como lo había hecho con la derecha, y la risa divertida de Ghazi lo había hecho perder el equilibrio, y la poca paciencia que tenía.

— ¿Qué es tan gracioso? —había ladrado el León de Lannister cuando se encontró con la divertida expresión del anciano, sentado cerca de él.

— Jamás conseguirás luchar con una espada si continúas así.

Jaime no sabía que le había impresionado más, la voz profunda, tranquila y segura del anciano o el hecho de que hablara la lengua común.

— ¿Y tú qué sabes?

— Verdaderamente, ¿qué puedo saber yo? ¿Qué sabemos en realidad? —Ghazi levantó la vista al cielo y Jaime sintió deseos de matarlo ahí mismo. Justo cuando había decidido que el anciano estaba loco, y se disponía a marcharse, Ghazi habló de nuevo, sus ojos sobre la ostentosa mano de oro—. Para poder luchar una vez más, debes destruirte a ti mismo.

— Eso no tiene ningún sentido —protestó Jaime, en lo más mínimo impresionado.

— Yo puedo ayudarte a conseguirlo.

Jaime sonrió con burla, ladeando la cabeza.

— Si quieres algo sólo pídelo, no tienes por qué darme el acto completo de viejo misterioso. ¿Qué buscas? ¿El favor de la Madre de los Dragones? ¿Comida? ¿Dinero?

— Eres más que una mano —dijo de pronto, sosteniéndole la mirada y por primera vez, calando dentro de Jaime—. Una mano no define tu existencia, ¿o acaso te crees tan poca cosa que la perdida de ésta significó la completa pérdida de ti mismo?

Al final, ni el mismo Jaime supo explicar por qué había aceptado, pero al día siguiente ya estaba entrenando con Ghazi. Dany escuchó que lo consideraban un magi, no porque tuviera poderes especiales o algo por el estilo, sino porque era un sabio, un nómada que recorría el mundo acumulando conocimiento, y por más que al León de Lannister lo hubiera ayudado grandemente a mejorar en esas semanas, Jaime no podía dejar de quejarse de él. Los métodos de Ghazi eran extraños, por decirlo de forma amable, los primeros días le dio la encomienda de aprender a escribir con la mano izquierda, le prohibió que tomara su espada y le pidió que aprendiera a calmar su espíritu, a encontrar la paz en el silencio y que todas las tardes se esforzara por ir mejorando su caligrafía.

Si había algo que a Jaime lo exasperaba, era la inactividad, y que le dijeran que encontrara la paz y la calma no hacía más que desesperarlo y llenarlo de ira, por lo que Robb pasó días reconsiderando su amor por él al tenerlo de un humor pésimo, quejándose y maldiciendo por todo, molesto hasta por la briza que se colaba por la ventana. Dany lo había observado todo, siempre a la distancia, siempre escondida, sus explosiones de ira, su frustración al no poder ni escribir su nombre, y la paciente presencia de Robb, quien silenciosamente le brindaba su apoyo. Día tras día, Jaime tomaba asiento frente a una mesa y trataba de escribir sobre la tabilla de cera, en ocasiones lanzándola contra la pared al ya no poder más. Dany lo había visto amenazar con desistir y lanzar a Ghazi desde lo más alto de la pirámide para al minuto siguiente, volver a tomar asiento e intentarlo de nuevo. No fue sencillo, pero sus esfuerzos dieron fruto, y aprendió a escribir, cada día mejorando su caligrafía.

Un día, Missandei le había hablado acerca de un rumor que decía que la pirámide contaba con una serie de pasajes y pasadizos secretos y muchos escondrijos por los cuales se podían espiar los rincones de ésta. Uno de los libertos les mostró los secretos de la pirámide y Daenerys descubrió que podía ver la habitación de Robb y Jaime a través de un hueco dentro de la pared. Podía verlos desde arriba, desde una de las esquinas, sin que ellos sospecharan y la emoción recorrió sus venas, podía contemplar a Jaime cuando quisiera sin ojos entrometidos, sin que la molestaran, pero al mismo tiempo le reclamó su consciencia. No tenía ningún derecho a espiar su intimidad y no sólo la de él, sino también la de Robb, quien ya se había convertido en un querido amigo.

Por días resistió la tentación de hacer uso de este pasaje, pero una noche no pudo más y se escabulló para verlo. Y así fue cómo se enteró de lo mucho que el anciano Ghazi le estaba ayudando…

— Creo que hasta hoy comprendí lo que el bastardo de Ghazi dijo cuándo nos conocimos —Dany lo había escuchado confesarle a Robb, recostado bocarriba, con nada más que un pantalón cubriéndolo, los brazos cruzados detrás de su cabeza y sus magníficos ojos verdes clavados en el techo—. Acerca de que debía destruirme… creí que se refería al que su entrenamiento sería tan brutal que no lo resistiría, pero hoy vi que no era eso de lo que hablaba.

— ¿De qué hablaba entonces? —Robb, sentado en un sofá individual al lado de la cama, dejó las cartas que leía para bríndale toda su atención.

— Hoy me dijo que yo estaba demasiado habituado a la fuerza, al sobrecoger a mi adversario con mi poder, que me habían entrenado para ser como un ariete, golpeando al oponente hasta derrumbarlo —explicó Jaime, su voz tranquila y pausada, meditando lo que decía—. Me dijo que tengo que olvidarme primero de todo lo que me enseñaron, de todo lo que fui, para poder aprender de nuevo. Que no se puede llenar un saco de grano si ya está lleno, y que tengo que ser como la corriente de un río, fluido y constante, no devastador, que aprenda a ser astuto y a utilizar la fuerza del oponente en su contra. Ágil, no demoledor.

Robb se tomó un momento antes de responderle, el codo sobre el brazo del mueble y el rostro sobre el dorso de su mano.

— Me recuerda a Syrio Forel.

— ¿A quién?

— Mi señor padre lo contrató para que entrenara a Arya, es (o era, no lo sé) la primera espada de Braavos, muy hábil según escuché. Yo no lo conocí, pero mi padre solía escribirme seguido cuando fue la Mano del Rey Robert, y en varias ocasiones lo mencionó. La gran mayoría del tiempo ni mi padre entendía qué era lo que decía, pero admitía que a su modo era sabio y sus enseñanzas calaron hondo en Arya. Lo que Ghazi dice se parece a lo que Syrio le enseñó a mi hermana, algo llamado el estilo de los danzantes de agua.

— Mm, los dioses sabrán qué es lo que me está enseñando este infeliz —gruñó Jaime—. Esta gente de Essos es muy extraña, les gustan los acertijos, los mensajes crípticos, las palabras rebuscadas y los llamados de los dioses y los espíritus —suspiró—. ¿Sabías que Ghazi ni siquiera es un guerrero, espadachín, soldado o como sea que quieras llamarle? Es un sabio, un magi, algo así como una biblioteca que habla y camina, la gente de la ciudad me dijo que los magi tienen una memoria prodigiosa, y ya lo comprobé, a Ghazi no se le olvida nada, es escalofriante. Por eso es que sabe tanto de estilos de lucha y otras cosas. No me agrada, y no me puedo deshacer de la sensación de que me está enseñando a luchar como si fuera una mujer, pero…admito que he avanzado más con él en unas semanas que con luchando con Brienne durante meses.

— Al final eso es lo que importa, que puedas volver a ser un espadachín —dijo Robb, sabiendo muy bien lo mucho que la pérdida de su mano lo había afectado.

— Sí, pero nunca más seré lo que era, no que me queje —Jaime giró la cabeza para verlo—. Lo que te dije acerca de que el hombre que derrotaste en el Whispering Forest está muerto, nunca fue tan cierto como hoy. Tal y como Ghazi quiere, me he destruido y aprenderé de nuevo, seré un espadachín, pero nunca el mismo que fui…

Y Daenerys, viéndolo entrenar aquella tarde, blandiendo una vez más una espada sin que su mano temblara y sin trastabillar, podía ver que se estaban cumpliendo sus palabras—. Es un espadachín de nuevo; me pregunto ¿cómo habrá sido antes, cuando mi padre le dio su capa blanca? —ella no hablaba mucho con Jaime, no tanto como lo hacía con Robb, pero en aquellas extrañas ocasiones en las que lo había hecho, él ya le había hablado del torneo en Harrenhal y cómo era que el difunto Aerys lo había nombrado miembro de la Kingsguard

— No te gusta ser un hermano de la, ahora, Queensguard —había dicho Daenerys después de escuchar su relato. Jaime le había sonreído con su característica arrogancia, sin mostrar los dientes, por siempre burlándose de todo, como si fuera invencible y nada pudiera dañarlo.

— Su Majestad Real es perspicaz. No me gustaba servir al difunto Aerys, y me disculpo de antemano pues sé que estamos hablando de su señor padre, pero es la verdad, y estoy seguro que su Majestad Real no querrá que le responda con mentiras.

Daenerys no había podido evitar sonreírle, divertida, emocionada, como si estuviera haciendo una travesura, y asintió despacio, sus largos rizos platinados-dorados cayéndole a cada lado de la cabeza.

— Así es Ser, no me gustan las mentiras. Y ya que estamos siendo sinceros, me dirás también por qué, ¿no es así?

— No es una historia interesante —Jaime se encogió de hombros, antes de recargarse contra la pared—. Mis razones para entrar a la Kingsguard eran evitar un matrimonio que no deseaba y permanecer cerca de mi gemela, y ninguna era lo suficientemente fuerte para sostener a un hombre en un puesto como ése, arriesgando la vida día a día por un rey loco. Con el rey Robert mi situación no mejoró mucho, si bien ahora sí que podía ver a mi gemela del diario, de poco consuelo me servía compartiéndola con el buen Robert.

— ¿Nunca te pasó por la cabeza dejar aquella relación con tu gemela? —Daenerys se sabía la historia completa del tórrido y prohibido romance entre Jaime y Cersei, pero como la Targaryen que era no le había prestado la morbosa atención que la mayoría de la gente mostraba.

— No. Soy un estúpido, lo sé, debí haberme alejado de ella antes, saber que no me amaba, pero… no supe lo que en verdad era amor hasta que tuve con quien compararla.

— Robb.

— Robb —Jaime asintió.

Daenerys, sentada en el diván de sus habitaciones privadas, cruzó la pierna y se tomó su tiempo acariciando su piel de león, antes de preguntar lo que en verdad quería saber.

Ser, eres de las muy pocas personas con la que puedo hablar con sinceridad, y creo que sabes mejor que nadie lo difícil que es esto para una reina.

— Lo sé, y le agradezco a su Majestad Real su confianza —Jaime inclinó la cabeza ligeramente.

— A ti no te gusta vestir el blanco, lo haces porque no tienes nada más que hacer, y viniste a mí porque el autonombrado rey en King's Landing es una marioneta de tu hermana —Daenerys levantó el rostro y pudo percibir como Jaime se tensaba, así que sonrió para tranquilizarlo—. No me malentiendas, no estoy cuestionando ahora tu lealtad hacia mí, estoy tratando de entender qué es lo que tú quieres.

— Creí que eso era claro: sólo deseo que Robb sea feliz y que recupere su hogar.

— ¿Y para ti?

— Estar a su lado.

Aquella conversación había afectado a Daenerys más de lo que ella misma estaba dispuesta a admitir. Ni siquiera a la fiel Missandei le había hablado de Jaime, de lo mucho que disfrutaba observarlo, del remolino de emociones que despertaba en ella y que la habían obligado a alejarse de él, hablándole lo mínimo indispensable temiendo que un día cometiera una locura de la cual se arrepentiría. Ignoraba, o tal vez simplemente no quería saber, qué era lo que tanto le atraía de él, qué la hacía buscarlo, pensar en él, cuestionarse el porqué de sus acciones. A ella le gustaba decirse que el León de Lannister era la persona más complicada que había conocido en su corta vida, ni malo ni bueno, una curiosa mezcla de lo honorable y lo traicionero, lo dulce y lo amargo. Sí, eso tenía que ser, la intrigaba y a ella no le gusta no saber. Eso era todo. No comprendía cómo alguien tan arrogante y egoísta podía amar con tal intensidad, pues en sus ojos verdes se leía el más puro y desinteresado amor por Robb, un amor que no buscaba nada más que la felicidad del otro, no importando lo que Jaime tuviera que sacrificar, primero estaba Robb.

Daenerys recargó la espalda en el marco de la ventana y se permitió cerrar los ojos un momento—. Un amor que no busca nada a cambio… ¡que agradable sería eso para una reina! Un amor del que no se tenga que desconfiar, sin dobles intensiones, que no busca controlar ni sacar provecho —. Más de una vez se había preguntado si Robb sabría el tesoro que tenía, y más de una vez tenía que aceptar que la respuesta era sí. Si Jaime lo amaba hasta el dolor, lo mismo era cierto para Robb. Daenerys abrió los ojos, siguiendo cada uno de los movimientos de Jaime mientras atacaba a Ghazi. Una idea rondaba a la Madre de los Dragones desde su conversación con Jaime, una que tomaba más forma al paso del tiempo, pero aún no sabía cómo darle voz.

Ten cuidado con el kraken, el león, el grifo, el hijo del sol… las palabras de Quaithe llegaron a ella una vez más—. El kraken es muy obvio, habla de los Greyjoy; del grifo y del hijo del sol no tengo ni idea de quienes serán, y el león no puede ser otro que un Lannister, pero ¿hablará de Jaime? —. ¿De quién más? Ella no conocía otro Lannister, pero se negaba a aceptar que pudiera tratarse de él—. Confío en él, no me traicionará porque si quiere que Robb regrese a Westeros como Lord Stark me necesita —a menos que Robb estuviera en peligro y tuviera que elegir a uno de los dos. Daenerys sintió un escalofrío, no quería ni contemplar esa posibilidad, pero una voz en su interior insistió en recordarle que aún le faltaba conocer una traición por amor—. Ridículo, yo no amo a Ser Jaime Lannister—. Daenerys se puso de pie y se marchó antes de que concluyera el entrenamiento, se hallaba inquieta y sus manos temblaban, no quería que nadie la viera así.

-o-o-o-

Unos días más tarde…

— Majestad Real, si me lo permite —Robb pidió la palabra, sentado al lado de Daenerys en la inmensa mesa de piedra y ella asintió—. Comparto la opinión de Ser Selmy, no creo que sea sabio aceptar la oferta de matrimonio de Hizdahr zo Loraq pues el futuro de su Majestad Real no está aquí, si no en Westeros, donde puede encontrar una alianza matrimonial que le resulte más beneficiosa para reclamar el Iron Throne —el Lobo ya había aprendido que a la Madre de los Dragones no le gustaba que le dijeran qué hacer; aceptaba consejos, sí, también estaba dispuesta a escuchar opiniones diferentes a la suya, pero no si iban formuladas como órdenes o la hacían ver como una niña tonta. Un error que Ser Jorah jamás aprendió a corregir.

— Estoy consciente de lo que me dicen, pero tampoco puedo marchar a Westeros y dejar a mi gente aquí, a merced de sus antiguos amos, quienes no perderán tiempo en esclavizarlos tan pronto yo me marche —respondió Daenerys, sabiendo que incluso en esos momentos, con ella y sus dragones ahí, los Wise Masters de Yunkai se estaban preparando para atacar Meereen por mar—. Aún no he aceptado nada, primero veamos si Hizdahr puede darme 90 días de paz y detener a los Hijos de la Arpía.

— Su Majestad Real, ¿y si lo consigue? —presionó Ser Barristan Selmy.

— Cumpliré mi palabra y contraeré matrimonio con él, pero no nos adelantemos a los hechos —Daenerys dio por terminada la discusión, pero no los dejó satisfechos.

Robb no le insistiría más a Daenerys y Ser Barristan no les había sobrevivido a dos reyes de precario estado mental por nada, así que ambos se marcharon sin decir una palabra más, hasta que únicamente permanecieron en aquel salón de reuniones: Missandei y Jaime.

Ser, ¿no dices nada? Eres el único que no opinó al respecto de mi posible futuro matrimonio —Daenerys sabía que era un error preguntarle, pero saberlo no le fue suficiente para detenerla.

— Todo lo que debía decirse se dijo, Majestad Real —respondió Jaime, como siempre, recargado contra la pared, con los brazos cruzados, y una pierna doblada con el pie contra ésta.

— Entonces, ¿estás de acuerdo con los demás en que es un error aceptar a Hizdahr como mi esposo?

— Creo que, si su objetivo es el Iron Throne, podría encontrar un mejor candidato para el puesto.

Ser, si te pregunto es porque sé que me vas a dar una respuesta más honesta —lo presionó Daenerys, ignorando la voz en su interior que le pedía a gritos que desistiera de lo que estaba pensando.

— Políticamente incorrecta, querrá decir su Majestad Real —Jaime se escuchó divertido.

— Llámale como desees, pero no me digas lo mismo que ya he escuchado —le pidió Daenerys y Jaime comprendió que lo que quería era saber lo que en verdad pensaba.

— De acuerdo —se enderezó y avanzó hacia ella, descansando su peso en la pierna derecha—. No me gustan los ghiscari y que una Targaryen contraiga matrimonio con uno me parece un desperdicio —respondió con brutal honestidad—. Entiendo que se preocupe por su gente y que no quiera dejarlos porque, estoy de acuerdo con usted, tan pronto se marche de aquí, los van a masacrar a todos. Así que, a mi forma de ver las cosas, su mejor opción es encontrar barcos suficientes para llevárselos a todos a Westeros y no olvidar que los Seven Kingdom son su verdadero hogar y objetivo, no Meereen.

— Xaro Xhoan Daxos, uno de los Trece de Qarth, trató de darme barcos para que marchara a Westeros y los dejara en paz aquí, pero sabes bien que no se logran juntar los suficientes para que toda la gente marche conmigo.

— Habrá que buscarlos en otra parte.

— Hizdahr tiene mucho dinero y recursos, él podría ayudarme con los barcos, y si lo tomo como mi esposo podría permanecer aquí y velar porque haya paz mientras marcho a Westeros.

— ¿Entonces va a aceptar su oferta para utilizarlo? —Daenerys estuvo a punto de ruborizarse, pero consiguió detenerse a tiempo— No me cabe la menor duda de que Hizdahr tiene todas las de ganar desposándola. Y no olvidemos que hay un rumor muy fuerte de que él es quien lidera a los Hijos de la Arpía. Pase lo que pase, Hizdahr gana: ya sea como su conyugue o acabando con usted.

Daenerys no quería discutir este asunto con él. Skahaz era quien más insistía que Hizdahr era la Arpía, y ella ya había hablado suficiente de ello con Robb y Ser Barristan, sin mencionar a Missandei, así que le cambió el tema.

Ser Barristan y Lord Stark insisten en que podría conseguir una mejor alianza matrimonial en Westeros, lo que no saben es que el príncipe Quentyn Martell me ofreció una —si Jaime se sorprendió, no dio muestras de ello—. ¿Crees que sería lo suficientemente buena para mí?

El hijo del sol —no pudo evitar pensar Daenerys, ¿sería el príncipe de Dorne de quién hablaba la advertencia de Quaithe?

— No confío en Dorne, ellos mataron a la princesa Myrcella y fue gracias al fracaso de Oberyn Martell que casi ejecutan a mi hermano Tyrion; pero a usted no le han hecho nada, Majestad Real —respondió Jaime, quien había escuchado las noticias de la muerte de su hija hacía un mes—. De hecho, son la familia de su difunta cuñada Elia, la esposa de su hermano Rhaegar.

— Quentyn se encargó de recordarme esto mismo cuando me rebeló su identidad —respondió Daenerys, descansando la espalda contra el respaldo de su silla y entrelazando los dedos sobre su regazo—. Pero eso fue el pasado, nombres y personas que a mí no me dicen nada. Para ti, ¿cuál de las grandes Casas de los Seven Kingdoms me podría dar un buen esposo?

— Tal vez los Tyrell, después de todo es gracias a ellos que mi dulce hermana sigue en King's Landing. Sin el apoyo de Lord Mace hace mucho tiempo que ya habría caído —explicó Jaime—. Cersei lo sabe y por eso es que insistió tanto en una alianza matrimonial con Highgarden, por más que deteste a Margaery, la única hija de Mace.

— Mi difunto hermano Viserys siempre creyó que los Tyrell serían de los primeros en unirse a su causa tan pronto pusiera un pie en Westeros. ¿Tú me elegirías un marido de la Casa Tyrell?

— Yo no soy nadie para elegirle nada, su Majestad Real —respondió Jaime con simpleza y honestidad, sin buscar halagarla, y sin embargo, complaciéndola sin pretenderlo con su sinceridad—. Pero una alianza con una gran Casa ciertamente que le resultaría más provechosa que un matrimonio con un ghiscari, si desea reclamar el Iron Throne.

— Los Tyrell no son la única gran Casa.

— No, pero sí de las que aún conservan su poder. También están los Arryn, y tienen un hijo varón soltero, el principado de Dorne, tal vez los Greyjoy… Los Greyjoy podrían darle los barcos que le hacen falta, su Majestad Real.

Ten cuidado con el kraken… pero también eran peligrosos, y Daenerys no iba a ignorar la advertencia. Ten cuidado con el león… —Jaime no es el único león allá afuera —se dijo con necedad, viendo únicamente lo que deseaba ver.

— ¿Por qué no un Lannister? —preguntó Daenerys y Missandei, sentada en una esquina del salón la observó con los sentidos alerta— ¿No dicen acaso que es la Casa más adinerada de los Seven Kingdoms? Deben tener más riquezas que Hizdahr —Jaime rio divertido.

— El único miembro de los Lannister que no está casado en este momento, es mi dulce hermana. Incluso Tyrion lo está, con nada más y nada menos que la hermana de Robb, así que a menos que esté pensando en un Lannister de Lanisport…

— ¿Y tú? —Missandei se tensó en su asiento, ignoraba qué era lo que su señora pretendía, pero no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación— Tú eres el hijo mayor y el heredero de Lord Tywin.

— Yo soy un hermano de la Queensguard.

— A quien no le gusta vestir el blanco —Daenerys le recordó la conversación que habían tenido hacía tiempo. Jaime sonrió sin mostrar los dientes e inclinó la cabeza, permitiendo que dos largos mechones de su cabello oro le cayeran al frente.

— Eso no cambia el hecho de que yo no puedo heredar ni títulos ni tierras.

— Sí, lo sé, y tengo tiempo pensando en ello —sus palabras consiguieron borrarle la sonrisa y Jaime levantó el rostro para verla intrigado y, por primera vez desde que la conversación inició, cauteloso, con los sentidos alertas y las defensas en alto—. A ti no te gusta ser parte de la Queensguard y me sirves más como Lord Lannister que cuidando de mis espaldas.

— ¿Le sirvo más cómo, su Majestad Real? ¿Cómo un aliado que puede reunir grandes recursos o como un esposo? —le sostuvo la mirada y Daenerys apretó las manos para evitar estremecerse. Tener su mirada esmeralda sobre ella, clavada como una daga, tan intensa, hermosa a la vez que aterradora, la hizo arder por dentro como no creyó que fuera posible.

Por esto es que evito hablarle, porque no puedo controlarme cuando me veo reflejada en su mirada, la misma capaz de conjurar el amor más puro cuando se posa en Robb —se dijo, haciendo un esfuerzo por recobrar su autocontrol. No eran necesarias las palabras, no necesitó que Jaime dijera más y ella misma conocía la respuesta aún antes de haberse enredado en una conversación que no tenía ni salida ni razón de ser. Había sido un capricho, ahora lo veía con claridad, irracional, tonto, pero no habría podido detenerse aún si lo hubiera deseado.

Dany se rindió y le sonrió con dulzura para aliviar la tensión.

— Como un aliado, Ser Jaime —respondió más tranquila, logrando que él se relajara un poco—. Por lo que me has dicho, tu señor padre te dejó a ti como heredero de Casterly Rock, y ya que tu hermano Tyrion es un fugitivo, y tu gemela no ha podido reclamar el título de Lady Lannister, a mí me conviene tenerte como amo y señor de Casterly Rock cuando llegue el momento de reclamar lo por derecho de sangre me pertenece.

Jaime no le respondió enseguida. Lo que Daenerys le decía era cierto, le era más útil al frente de una gran Casa que como su guardia, para eso tenía a los bloodriders, a Ser Barristan, a los Unsullied, incluso a Belwas, y lo que necesitaba eran aliados poderosos.

— Tiene razón —le concedió.

— Tengo a Lord Stark de mi lado, y contigo serían dos de las grandes Casas.

— Sí, pero la Casa Stark ya no conserva su poder.

— No ahora, pero ¿qué hará la gente en el norte cuando vea llegar a Robb?

Jaime lo consideró un momento. Lo que Daenerys decía era verdad, ver a Robb con vida los uniría a todos y sería un fuerte golpe a la credibilidad de Cersei y del ahora señor de Riverrun, Walder Frey; después de todo, ellos se habían encargado de esparcir la noticia de la muerte del Rey en el Norte.

— Su Majestad Real es muy inteligente y acepto que lleva razón en todo lo que dice —Dany sonrió de nuevo, más contenta que al inicio de la conversación.

— Está hecho, entonces —se puso de pie con gran ceremonia—. Lo haremos oficial mañana mismo. Ser Jaime, yo, Daenerys, primera en mi nombre, Stormborn, the Unburnt, Madre de los Dragones, reina de Meereen, te libero de tu juramento como hermano de la Queensguard. Mi señor padre, la Casa Targaryen, te dio tu capa blanca y yo, la última de los dragones, te devuelvo tu libertad, y te prometo que al volver a los Seven Kingdoms serás Lord Lannister —Daenerys habló con firmeza y decisión.

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— Habla Missandei, no creas que no veo que estás deseando hacerlo desde que salimos del salón de reuniones —dijo Daenerys al ver a su fiel ayudante.

— Majestad Real, perdone mi impertinencia, pero no pude evitar ver más allá de sus palabras mientras conversaba con Ser Jaime —la jovencita habló con la mirada baja, sabiendo que lo que diría no sería bien recibido, pero tenía la obligación de hacerlo. Cariño y lealtad la unían a su señora y debía advertirla, protegerla incluso de sí misma.

— ¿A qué te refieres? —Dany se acomodó entre los cojines de su cama, sabiendo qué le diría. Missandei era una de las personas más brillantes que había conocido, y no era tan ingenua como para no percibir su interés en el León de Lannister.

— Majestad, Ser Jaime nunca será un esposo para usted —Missandei declaró con rotundidad, sin ser irrespetuosa en momento alguno.

— Lo sé, sólo jugaba con él. Deseaba ver cuál sería su reacción si le daba la oportunidad de desposar a la última de los dragones.

— Mi señora no lo ha notado aún, o tal vez lo ha hecho y no lo ha aceptado, pero le está entregando su corazón al León —Missandei habló con dulzura y respeto, pero para Dany fue como si la hubiera abofeteado. ¿Qué era lo que había dicho?

— ¿En qué te basas para afirmar semejante cosa? —quiso sonar injuriada, pero su voz delató miedo. No podía ser verdad lo que le decía, ella no sentía nada por él, simple curiosidad, nada más. No he amado de nuevo desde que mi sol y estrellas exhaló su último aliento—. Me gusta verlo, no te lo niego, pero ¿acaso acusarías a alguien de enamorarse del amanecer por disfrutar de su contemplación?

— Mi señora sabe más que su sierva, pero no puedo callar lo que veo. El León la intriga, pero también la atrae, como un hombre atrae a una mujer —explicó Missandei, quien podría tener uno y diez años, pero su inteligencia superaba por mucho a la de hombres mayores y más experimentados—. No diré más para no molestarla, y no me responda a mí, pero en su corazón medite por favor, ¿qué hubiera hecho si el León hubiera aceptado ser un marido para usted?

Missandei ya no dijo más, se inclinó y la dejó sola con sus pensamientos y sus miedos, cerrando la puerta de sus habitaciones al salir. ¿Acaso podría ser verdad lo que le decía? Dany no podía amar de nuevo, no era posible, se había sentido atraída por otros hombres, como Daario Naharis, ¿pero amor? Dany se tomó un momento para meditarlo, tres dedos contra sus labios, repitiéndose una y otra vez la pregunta lanzada al aire con el mismo descuido con el que se lanza una flor por el balcón—. Si Jaime hubiera aceptado ser mi esposo… yo lo habría desposado mañana mismo —ésa era la verdad, una que probablemente nunca diría en voz alta, pero una que se debía a sí misma—. Me gusta, Jaime me gusta mucho, y si no hago algo pronto, me acabaré enamorando locamente de él, y eso sí que no puedo permitirlo. Ningún hombre debe tener control sobre mí. Soy una reina, la última de los dragones, y nadie debe tener poder sobre mí.

Ten cuidado con el leónSí, ahora veo la sabiduría en estas palabras, debo tener cuidado o sin pretenderlo, sin buscarlo, Jaime se va a convertir en mi dueño y señor —se dijo con decisión, pensando en ella, en su misión, en su venganza, más nunca en Robb.

Continuará…