Los personajes son de Meyer. Esta es una adaptación.
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LA NOVIA DE SETH
"Tiene una amante!...La está besando!..."
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El sábado por la mañana, Esme se despertó sintiendo que alguien le acariciaba dulcemente la oreja. Se arrimó un poco más. Muy despacio, abrió un ojo y vio a Alice, con el pulgar metido en la boca, mirándola fijamente. Esme se acurrucó muy cerquita de su niña.
—Hola, Ali —susurró—. ¿Qué haces aquí?
—Te miro —dijo Alice
Esme sonrió inhalando el aroma de su hija.
—¿Mami?
—¿Sí?
—¿Quién es Marco?
Esme abrió los ojos y poco a poco se fue separando ligeramente de ella. Parpadeó un par de veces para despejarse las telarañas del cerebro.
—Bueno, es solo una persona muy antipática con la que mamá tiene que trabajar.
Volvió a cerrar los ojos.
—¿Tenías una pesadilla? —preguntó Alice
—Sí —respondió Esme—, probablemente.
—¿Por eso gemías?
Y así, como por arte de magia, Esme se encontró completamente despierta.
—¿Papá está preparando el desayuno? —le preguntó a su hija.
Carlisle siempre hacia el primer turno los sábados por la mañana. No le importaba, porque los canales de televisión se habían dado cuenta de que ahora los padres se involucraban en el cuidado de los niños, de modo que habían empezado a emitir deportes, seguidos de programas infantiles presentados por rubias jóvenes y guapas. Lo curioso, pensaba Esme, que ahora estaba hecha un ovillo en torno a Alice, era que ya no ponían Vacaciones en el mar, ni salían presentadores macizos para las mamas los días laborables. Ay, Dios, se dijo interrumpiendo sus propios lamentos internos. Estaba tan harta de estar aburrida, y tan cansada de estar enfadada a todas horas. ¿Por qué seguían acosándola esos pensamientos? Parecían buitres acechando sobre su cabeza. ¿Por qué no la dejaban en paz de una vez por todas? No quería odiar a Carlisle, no quería que su matrimonio se convirtiera en una eterna orgía de culpabilidades. Abrazó a Alice y le besó el cuellecito de bebé.
—¿Seth se ha levantado ya? —preguntó mientras le acariciaba el pelo a Alice
—Sí —dijo ella—. Se ha ido con Edward a ver al Señor.
—¿Cómo? ¿Se han ido a la iglesia?
—Eso es lo que ha dicho. Un sitio donde todo el mundo va vestido de blanco.
—Ay, Dios mío. ¿Se han ido a una iglesia?
Ahora sí que estaba despierta del todo; no había vuelta atrás.
Carlsile apareció en la puerta del dormitorio llevando en una bandeja una cafetera, medio pomelo, un cuenco con muesli orgánico y leche de soja, un cuenco con cereales crujientes de chocolate y nueces con leche entera y un ejemplar del periódico del día.
—Desayuno en la cama para dos de mis mujeres favoritas —dijo mientras depositaba la bandeja encima de la silla que había al pie de la cama— y, sin duda, dos de las más aterradoras.
—Gracias, Carlisle—gruñó Esme—. Sería estupendo que pudieras acercarte un par de metros más para que no tengamos que salir de la cama para tomarnos nuestro desayuno en la cama.
—Pues claro, cariño —dijo Carlisle volviendo sobre sus pasos y cogiendo de nuevo la bandeja para dejarla encima de la cama—. ¿También quieres que te ahueque la almohada mientras estoy aquí?
—¿Edward se ha llevado a Seth a una de esas iglesias de cantar y bailar?
Carlisle la miró extrañado.
—No, cariño. A Lords, a ver el criquet. Pero ya veo por dónde ha venido el error.
Esme le lanzó a su marido una intensa mirada.
—Gracias por traerme el desayuno y una úlcera de estómago, querido. Eres de gran ayuda.
—Un placer, cariño. Me voy a pasar un duro día de trabajo. No te preocupes por mí.
—Me da la impresión de que voy a estar demasiado ocupada cuidando de tus hijos, incluyendo los que no son míos.
—Adiós, entonces.
—Adiós.
Carlisle cerró la puerta del dormitorio al salir y Esme apretó los ojos con fuerza.
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Aquella tarde, Seth y Edward fueron a sentarse a Regent's Park. Seth había crecido tanto que ya le llegaba a Edward a la altura del hombro. Un estirón más y no tardaría en superar a su hermano mayor. Al haber heredado el color de piel de su madre, nunca llegaría a tener el aspecto sombrío de Edward, aunque sí compartía con él los imponentes rasgos de Carlisle y, en ocasiones, una fugaz expresión, normalmente de perplejidad, ponía en evidencia su conexión genética con los modelos de comportamiento masculino que había en su vida.
Edward le lanzaba miradas de soslayo a su hermano una y otra vez intentando recordar cómo se sentía uno a esa edad; sin embargo, siempre llegaba a la misma conclusión: cuando él tenía la edad de Seth, ya escuchaba a escondidas las llamadas telefónicas en las que su padre se citaba con su secretaria, y los primeros síntomas de insomnio habían empezado a hacer mella.
Le revolvió el pelo a Seth
—¡No! —rió Seth encogiendo su cuerpo larguirucho en un semicírculo. De haber podido, habría desarrollado unas agujas de puercoespín en la espalda.
—¿Por qué? —preguntó Edward—. ¿Eres demasiado maduro?
—Qué va. Es que es de tolai, tío.
—¿Es qué?
—Como chorra.
—¿«Chorra»?
—Estúpido.
—¡Ah, estúpido! Vale.
Edward se quedó observando a Seth mientras este se acicalaba el pelo. Al reclinarse Seth hacia atrás y quedar de cara al sol, Edward vislumbró con claridad que una constelación de granos le rodeaba los labios. No sabía cómo ni cuándo abordar el tema de su llamada telefónica del otro día desde el colegio, ni tan siquiera sabía si debía hacerlo. Ese día Seth parecía encontrarse bien y los dos estuvieron viendo el criquet durante unas cuatro horas sin que ninguno de los dos hiciera comentario alguno al respecto.
—Bueno —dijo al final con la mayor indiferencia que pudo—. ¿Qué tal todo?
Seth bajó al mínimo el volumen de sus cuerdas vocales y miró hacia otro lado.
—Está esta chica —consiguió obligarse a decir.
Edward estuvo a nada de llevarse la mano a la frente. ¡Pues claro! ¡Chicas! Seth tenía trece años, ¿qué esperaba? Allí estaba él, esperando que fuera algo entre mamá y papá, algo con lo que él podría echarle un cable, en lo que aportar su experiencia. Pero no, era una cuestión de chicas. ¿Cómo iba a decirle a su hermano pequeño que había recurrido a la última persona de la Tierra que podía ayudarlo?
—Ya —le dijo en un tono circunspecto.
—Es de madre.
Edward se quedó pasmado. ¿«De madre»? ¿Eso era bueno o malo? Se devanó los sesos en busca del significado de aquella frase, pero siempre acababa por pensar en monjas. ¿Quería decir que la chica se quedaría para vestir santos? En ese caso, ¿quería decir que se trataba de la chica más fea de la clase? De cualquier modo, parecía un poco cruel que estuviera refiriéndose a una chica de trece años como alguien que se iba a quedar para vestir santos.
—«De madre» —repitió pensativo.
—Sí—dijo Seth—. Ya sabes, de madre. Lo más.
—Ah, vale.
—Como «de buten».
Nada. Ya había vuelto a perderse.
—Ah, «de buten» —repitió, o eso esperaba.
Seth suspiró profundamente.
—Es famosa en casi todo el colegio porque todos los tíos están por ella.
—Ah, vale.
—Me ha pedido que vayamos al cine.
—¡Vaya! —Edward le dio a su hermano una palmada en la espalda—. ¡Míralo! Mi hermanito pequeño, ¿eh? ¿Me das algún consejo para ligar? Siempre me lanzo con la que no debo y tengo miedo de acabar solo. ¿Qué me recomiendas?
—Y ahora Diego Carter dice que me va partir la cara.
Edward se quedó de una pieza mirando la hierba. Quería matar a Diego Carter, pero sabía que, probablemente, aquella alimaña acabaría usándolo a él para fregar el suelo. Estuvo meditándolo largo rato.
—Vaya por Dios —dijo con un hilo de voz.
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Esme y los niños estaban comiendo helado de postre. Habían disfrutado de un almuerzo consistente por completo en aditivos, salvo Emmett, que se había comido cuatro galletas digestivas integrales (eso sí, cubiertas con miel de caña y virutas de chocolate). Bueno, no pasa nada, pensó Esme. Son solo dos días a la semana.
Estaba sentada en el suelo con sus hijos viendo una cinta de Buffy, cuando oyó que la puerta principal se cerraba de un golpe. Seth y Edward entraron en la cocina, los miraron y los saludaron. Mientras Edward iba a preparar té, Seth se quedó de pie detrás de ellos proyectando una sombra sobre la feliz escena.
Alice levantó la vista.
—¿Qué son esas cosas que tienes alrededor de la boca? —le preguntó señalándolo.
—Granos —rezongó Seth con los ojos clavados en la tele—. Te salen cuando te portas bien.
—Mamá —protestó Alice—, yo quiero tener granos.
—Ya te saldrán, cielo.
—Pero yo los quiero ahora.
—Y luego te viene la regla —continuó Seth—, y te pones toda fea.
—Gracias, Seth —le dijo Esme
—No es verdad —le corrigió Jane—. Algunas mujeres se ponen resplandecientes. Lo leí en un libro.
—¿Qué libro es ese? —preguntó Esme
—Sí, claro, las guapas resplandecen —refunfuñó Seth—. Pero vosotras dos os pondréis más feas todavía.
—Muchísimas gracias, Seth—dijo Esme—. ¿No tienes nada que hacer, como estrangular un hámster o algo así?
Tras haber cumplido con la tarea del día, Seth se reunió con Edward junto al hervidor.
Edward no acababa de decidirse respecto a si debía hacerle algún comentario a Seth acerca de lo molesto que era que se comportara de un modo tan detestable, y de que, en realidad, Alice y Jane no tenían la culpa de que sus padres se hubieran separado. A menudo se sorprendía preguntándose si debería adoptar frente Seth el papel de padre o el de amigo. ¿Podía ser ambas cosas? Si empezaba a decirle a Seth que algunas veces se ponía inaguantable, ¿podía estar provocando que Seth perdiera la confianza en la única persona con la que contaba? Decidió mezclar ambas opciones.
—Aquí tienes —dijo mientras le pasaba a Seth su taza de té—, granujilla.
—Salud —dijo Seth con una sonrisa.
La puerta principal volvió a golpear y, pasados unos instantes, entraron Bella y Heidi, riendo y charlando, ataviadas con su equipo de gimnasia. Habían estado en clase de aeróbic, en el gimnasio de Heidi. Le había garantizado a Bella que podrían quedarse en el fondo de la clase e ir tirando a su ritmo, pero el monitor insistió en que Heidi se colocara en primera fila. Se habían visto obligadas a comportarse y ahora estaban las dos molidas.
Además, después de eso se habían visto envueltas en una situación de lo más inverosímil. Al salir del gimnasio, se encontraron a Félix en la calle leyendo los horarios que había pegados en el cristal de fuera. Dio la impresión de estar tan sorprendido de verlas como ellas lo estaban de verlo a él, y después de conversar un rato, cada uno siguió su camino. Sin embargo, todo aquello le había dejado a Bella un mal sabor de boca.
—¿Le dijiste a Dimitri que íbamos a ir al gimnasio esta mañana? —le preguntó a Heidi.
—Ni idea —contestó Heidi—. ¿Por qué?
—No, por nada.
No quería dejarse llevar por la paranoia. Tal vez esta clase de casualidades se daban incluso en Seattle
Habían quedado en que se cambiarían en casa de los Cullen antes de pasar la tarde juntas de compras por Crouch End. Heidi quería comprarse algo nuevo para ir al cine aquella noche con Dimitri y Félix, y a Bella no le importaba en absoluto acompañarla. Echaba de menos las salidas que haría con Leah para ir de compras.
Seth y Edward, que se habían sentado a la mesa de la cocina con sus tazas de té, se las quedaron mirando sin ningún tipo de disimulo. Bella llevaba el pelo recogido en dos coletas altas y onduladas y tenía manchas oscuras de sudor en ciertas partes estratégicas de su cuerpo. Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y los labios de un rojo encendido. Cuando Heidi captó la mirada de Edward, él la apartó y se concentró en su té.
Heidi sonrió.
—¡Bueno, hola! —saludó con los brazos enjarras—. ¡Me encanta el olor a testosterona por la mañana!
A Seth y casi le da un infarto allí mismo; por fortuna, Esme, felizmente ajena a cualquier tensión que no fuera la familiar, se metió de por medio.
—Hola —dijo—. Les dejo ver Friends.
—Ah, bien —comentó Bella
—Y comer chocolate —gritó Alice—. ¡Algún día tendré la regla y granos!
—Y helado —añadió Jane—. Y estaré resplandeciente.
—Genial —sonrió Bella
Se quedó mirando la cocina abatida.
—Yo recojo, te lo prometo —dijo Esme—. ¡Ya sé lo quisquillosas que sois las niñeras con vuestro lugar de trabajo!
Bella suspiró.
—Solo vamos a usar la ducha —replicó.
—¿Cómo? ¿Juntas? —chilló Seth
Edward se rió de buena gana con aquel comentario. De pronto se dio cuenta de para qué podía servir un hermano pequeño: él se había planteado la misma pregunta, pero había temido quedar como un capullo. Ahora le cedía gustosamente a Seth el cargo de capullo y consideró la posibilidad de llevárselo con él a sus citas.
Heidi se sumó al jolgorio y se acercó a la mesa de la cocina.
—No, claro que no nos vamos a duchar juntas —dijo inclinándose sobre la mesa para susurrar—: Así no sacaríamos tanta espuma, ¿no crees?
Seth tragó saliva.
—¿Cuántos años tienes, guapo? —preguntó Heidi
—Trece —farfulló Seth mirando su taza y deseando que Heidi se quedara donde estaba.
—¿Y cuántos años tiene tu encantador hermano mayor?
Seth soltó un bufido tres octavas más agudo de lo habitual.
—¿Qué tal? —dijo Edward extendiendo el brazo por delante de Seth, que parecía sentirse repentinamente fascinado por el horno—. Edward Cullen
—Oh, ya sé quién eres —sonrió Heidi—. Me lo han contado todo sobre ti.
Bella estaba junto al mueble bar y se desplazó hasta el hervidor, donde se puso a preparar afanosamente té para Heidi y para ella deseando estar en otro lugar, mientras escuchaba con avidez.
—¡Bueno! —dijo Heidi contemplando los rostros sombríos de Seth y Edward—. ¿Qué tiene preocupados a los hermanitos?
Seth volvió a resoplar.
—Seth tiene un dilema porque esta noche tiene una cita que es la envidia de toda la clase —dijo Edward
—¡Edward! —rechistó Seth
—¿Qué tiene de malo? —preguntó Edward—. Es verdad. Estás tan bueno que te perjudica.
Seth trató de contener una sonrisa, pero fracasó.
—¿Eso es verdad? —preguntó Heidi
Seth gruñó.
—¿Y por qué es un problema?
—¿Puedo? —le preguntó Edward a Seth.
Él volvió a gruñir; el esperanto de la adolescencia.
—Hay un gilipollas en su clase que está celoso y le ha amenazado con seguirlos esta noche y darle una paliza a Seth
—Madre mía —dijo Heidi—. ¿A dónde vais a ir?
—Todavía no lo sé —dijo Seth—. La voy a llamar luego. Pero su hermano mayor es colega del hermano mayor del tío que ha amenazado con ir a por mí, así que ella tiene que mantenerlo en secreto. Pero a lo mejor acaba por enterarse, porque su madre quiere saber adónde va a ir.
—¿Quieres decir —dijo Heidi muy despacio— que podría ser que te dieran una paliza esta noche durante la cita de tus sueños?
—Estábamos pensando en un sitio que sea seguro —dijo Edward—. Puede que yo les siga.
—¡No! —objetó Seth
—A una distancia prudencial —insistió Edward—. Créeme, no quiero mirar, solo quiero evitar que te metas en problemas.
—¡No me pasará nada! —dijo Seth
—Tengo una idea —dijo Heidi—. Déjame hacer una llamada.
Mientras iba en busca de su teléfono móvil, Bella terminó de hacer el té.
—¡Bueno! —exclamó—. Yo me voy a duchar.
Pero nadie le contestó.
Cuando Bella regresó, limpia, seca y vestida, a la cocina, se encontró a Heidi hablando por el móvil, y a Seth y a Edward mirándola con una sonrisa de colegial idéntica en sus rostros.
—¡Es fantástico! —estaba diciendo Heidi al teléfono—. Te debemos una.
Dejó escapar una pícara risita y le guiñó un ojo a Seth antes de colgar y volver a dejar el teléfono en su bolso.
—Vale —dijo—. Está hecho. Iremos a ver la misma película que vosotros y, si hay algún problema, Dimitri y Félix le patearán el culo a cualquiera que te ponga la mano encima, menos a tu chica, claro; porque sí queremos que ella te toque.
—¡De puta madre! —dijo Seth
—Y Edward nos hará de carabina para que se quede tranquilo y para que vuelva loco de celos a mi pareja —concluyó Heidi alzando su taza de té a modo de brindis—. ¡Es el plan perfecto!
Edward también levantó su taza.
—Por poco que me guste hacer de alcahuete para tres citas distintas... —A medio discurso, se calló—. ¿Me convierte eso en tres alcahuetes? Sobre todo teniendo en cuenta que se trata de los dos tíos que me dieron una paliza, aun así va a merecer la pena ver cómo esos mamones que se están metiendo con mi hermanito se cagan de miedo.
—Lo mío no se puede llamar cita, exactamente —dijo , pero al parecer nadie la oyó.
—¡Pues gracias, Heidi! —terminó Edward.
—¡Sí, gracias! —consiguió decir Seth mirándola brevemente antes de volver a refugiarse en la seguridad del suelo.
—¡Es un auténtico placer! —sonrió Heidi—. Y ahora tengo que despegarme esta ropa húmeda y darme una ducha —añadió mientras salía.
Bella siguió a Heidi hasta su cuarto y cerró la puerta tras de sí.
—¿De verdad va a venir con nosotros? —bisbiseó.
—Claro —respondió Heidi cepillándose el pelo—. No pensarás que se va a quedar en casa y perderse toda la diversión, ¿verdad? Sobre todo cuando está como para parar un tren.
—Tiene un lado muy feo —musitó Bella
—Todos lo tienen —dijo Heidi—. Pero sería divertido buscar el suyo.
—Está mostrando su lado encantador —dijo Bella—. El famoso encanto de Edward Cullen. Puede neutralizarlo en un abrir y cerrar de ojos si lo cabreas. Y entonces el tren te arrolla.
—¿Por qué? ¿Qué ha hecho?
—Me daba demasiada vergüenza contártelo —confesó Bella dejándose caer sobre la cama—. Fue espantoso, Heidi
Heidi también se sentó.
—Sigue.
Bella suspiró.
—La noche anterior a que viniera Jacob, llegué a casa borracha después de salir con vosotras. Bueno, yo pensaba que Edward iba a besarme y...
—¡Eh, eh! —exclamó Heidi de repente—. ¡Rebobina!
—Edward me ayudó a salir del fregadero de la cocina. —Otro suspiro—. Así que...
—Ya, el viejo truco del fregadero de la cocina, ¿eh? —dijo Heidi frunciendo el entrecejo—. Vas a tener que rebobinar un poquito más.
—Me caí mientras intentaba limpiarme la rodilla en el fregadero de la cocina y Edward me ayudó a levantarme del suelo, despacio, porque aún tiene cardenales...
—Dios, es como de cuento de hadas...
—Heidi.
—Perdón.
—Y luego pensaba que nos íbamos a besar. De verdad que sí, así que yo...
—¿Qué?
—Le solté todo lo de Jacob
Heidi suspiró.
—Madre mía. ¿Esperaste todo ese tiempo para encontrar el momento de decírselo y se lo contaste cuando estaba lanzado a por el beso?
—Sí.
—Y yo pensando que lo que necesitabas era ayuda con lo de cuidar niños —dijo Heidi resignada.
Bella se inclinó hacia delante.
—Me pareció que tenía que hacerlo. Nunca he engañado a Jacob y en realidad mi intención era no herir los sentimientos de Edward
—¿Y?
—Pues él... —Sacudió la cabeza de lado a lado—. Fue todo tan raro. A pesar de estar tan borracha, me di perfecta cuenta de cómo cambiaba el ambiente por completo. Fue como si la cocina se hubiera congelado de repente, como si él se hubiera transformado en otra persona.
Heidi tenía los ojos como platos.
—Caray.
—Se volvió frío y yo no dejaba de decir que lo sentía y él que no pasaba nada.
—¡Puaj!
—Se pasó todo el fin de semana comportándose fatal con Jacob, y conmigo... y dejándole entrever a Jacob que yo era una zorra...
—¡Cabrón!
—...Lo cual no fue de mucha ayuda para que las cosas marcharan bien entre Jacob y yo. Luego intenté disculparme con él otra vez.
Bella cerró los ojos. Heidi susurró:
—¿Qué dijo?
Bella se lo sabía de memoria y habló de forma mecánica.
—Dijo: «¿Crees que voy a ir a por la niñera de mi padre? Si alguien se pone a tiro, está claro que voy a ir a por ello, qué tío no lo haría, y aquella noche tú te pusiste a tiro, pero si crees que la cosa pasa de ahí, es que vives en un mundo de fantasía de novela romántica, has visto demasiadas películas de Hollywood, siento decepcionarte».
Heidi estaba atónita.
Bella se levantó de repente.
—Y desde entonces se ha comportado como un auténtico desgraciado —continuó—. De todas formas, es tan inmaduro... Tiene veinticinco años y no paga ni un penique de alquiler, y eso que es economista y gana un pastón. Y no para de dar la tabarra con lo de que su padre dejó a su madre, que fue hace siglos. No me equivoqué en mi primera impresión: cuando habló conmigo por el altavoz con toda la oficina detrás escuchando cómo se burlaba de mí; ese era el verdadero Edward Cullen
Heidi soltó un silbido largo y grave.
Hubo un momento de silencio mientras Bella empezaba a maquillarse. Heidi habló primero.
—Es que, con esa fachada, es tan fácil olvidarse.
—Bueno, a mi me cuesta olvidarlo, porque conmigo se porta como un capullo.
—¿Y no paga nada de alquiler? —preguntó Heidi
Bella negó con la cabeza.
—Pues no. Me lo contó Esme
—Qué fuerte —murmuró Heidi—. La vida es tan injusta.
Las dos se quedaron pensativas un buen rato.
—Eso sí —dijo Heidi—, ahora no tenemos por qué sentirnos culpables por utilizarlo esta noche para darles celos a los chicos.
—Yo no quiero que Félix esté celoso de él —objetó Bella—. No quiero que Félix tenga celos de nadie. No quiero nada de Félix y punto. Tengo a Jacob
—Vale, vale, lo siento. Entonces, nos centraremos en que sea Dimitri el que se ponga celoso.
—No quiero que venga con nosotros esta noche —se lamentó Bella dejándose caer de espaldas—. Me pone los nervios de punta.
—Ah, ¿sí? —preguntó Heidi—. ¿Por qué?
—Porque me mira continuamente como si fuera un halcón.
—¿Quién ha dicho que te va a mirar a ti? —sonrió Heidi mientras se metía tranquilamente en el cuatro de baño.
Mientras Heidi se duchaba, Bella telefoneó a Jacob. Había salido, de modo que dejó un mensaje en el buzón de voz y probó con Leah. Ella también había salido, así que le dejó un mensaje en el contestador. Entonces llamó a sus padres. Ellos tampoco estaban, pero no tenían contestador. Para cuando Heidi salió del baño, con una pequeña toalla y una gran sonrisa, Bella había claudicado de sus intentos por imaginar dónde demonios se había metido todo el mundo.
Heidi se había dado una ducha tan caliente que al salir dejó que una oleada de vaho se colara en el cuarto de Bella. Reacia a abrir la ventana de su habitación, que daba a las obras del edificio de al lado, Bella le dijo a Heidi que entornara la puerta que comunicaba con la cocina. Heidi lo hizo, pero, en lugar de apartarse después, se quedó paralizada. Al verla, Bella se quedó paralizada a su vez. Entonces Heidi, frenética, le hizo señas para que se situara detrás de la puerta.
Al principio Bella se negó con un gesto, pero cuando vio que los ojos de Heidi amenazaban con salírsele de las cuencas echó a correr en dirección a la puerta y trató de ver lo que había en la cocina. Heidi estaba en medio, así que Bella le dio un ligero codazo y las dos se quedaron escuchando la una contra la otra. Todos los niños habían desaparecido junto con Esme. A través de la rendija de la puerta vieron en la cocina a Edward y a Carlisle enfrascados en una acuciante conversación a media voz.
—¿Por eso has vuelto tan pronto? —oyeron sisear a Edward
—Pues claro —bisbiseó Carlisle a modo de respuesta—. ¿Crees que estaría aquí, si no? Sencillamente no ha aparecido.
—¿Por qué no?
—¿Cómo demonios quieres que lo sepa? La he llamado, pero no me contesta.
—¿No crees que Esme pueda sospechar un poco, si vienes tan pronto un sábado por la tarde? Ella cree que te pasas toda la semana hasta arriba de trabajo en una tienda abarrotada de gente. —Oyeron una afilada carcajada por parte de Carlisle. Luego, la voz de Edward, que decía—: Por Dios, papá. No puedes seguir mucho tiempo con esta doble vida.
—¿Y crees que no me doy cuenta? —dijo Carlisle levantando la voz.
—¡Chist! ¡Que te va a oír! —Hubo una pausa. Entonces—: Papá, tienes que hacer algo.
—Siempre puedo marcharme —oyeron decir a Carlisle
—Claro, ¿como la última vez? Papá, ¿por qué narices no me hiciste caso? Te dije que no te dejaras llevar por ella...
—Dame un respiro, Edward. Ahora no es el momento.
Se alejaron de su área de visión y se adentraron en el porche acristalado para poder elevar el tono de voz, creyendo que estaban a solas.
—A lo mejor es que no estoy hecho para el matrimonio —le oyeron decir las chicas a Carlisle
—Papá —dijo Edward con firmeza—, ¿por qué no se lo cuentas a Esme, antes de que sea demasiado tarde?
—¿Estás loco? —Carlisle estaba verdaderamente aterrado—. ¿Y arriesgarme a perderlo todo?
—Ella lo entenderá, papá. No es tan mala persona. No es... no es como mamá.
—Tienes mucho que aprender acerca de las mujeres —dijo Carlisle con una risotada que acompañó al sonido del güisqui vertiéndose en un vaso.
Sin hacer ruido, Bella cerró la puerta. Ya había oído bastante. Heidi y ella se miraron boquiabiertas, aturdidas. Luego se metieron de puntillas en el cuarto de baño y se encerraron dentro.
—¡Dios mío! —susurró Heidi—. ¡Carlisle tiene una aventura!
Bella se llevó las manos a la cabeza.
—¡Pobre Esme! ¡Ella lo sospechaba! Y ahora mismo está trabajando tantísimo. —Ahogó un grito—. Y Edward, el hombre que odia la infidelidad, ¡está ayudando a su padre a tener una aventura! ¡Hipócrita de mierda!
—A lo mejor es uno de esos hombres que solo odia la infidelidad de las mujeres —sugirió Heidi—, pero que piensa que para un hombre es parte de su virilidad.
Bella estaba ceñuda.
—Pero fue la aventura que tuvo su padre lo que acabó con el matrimonio entre Carlisle y Tanya.
Heidi asintió.
—¡Exacto! ¡Y él te dijo que la confianza lo era todo! ¡Culpa a la mujer, y no a su padre! ¡Es tan típico!
—Pero ¿por qué le dice Edward a Carlisle que le cuente a Esme lo de su amante? —propuso Bella
Heidi entrecerró los ojos. Entonces se le ocurrió algo.
—Porque quiere arruinar el segundo matrimonio de su padre. ¡Pues claro! No quiere ver a papi feliz con su otra familia, ¿no crees?
—Madre mía —masculló Bella sin dar crédito—. La noche que se trasladó, me dijo que si su padre iba a dejar a su familia, al menos podía hacerlo por una buena. ¡Sabía que no sonaba creíble! Si te paras a pensarlo, es enfermizo venir a vivir con la familia que tu padre escogió por encima de la tuya propia. ¿Sabes?, Jacob vio claramente al auténtico Edward, porque a él no le dejó ver su lado encantador, y pensó que tramaba algo. Pensaba que Edward estaba espiando para su madre, pero es peor aún: está intentando romper el segundo matrimonio de su padre.
Bella se desplomó sobre la tapa bajada del retrete.
—Dios —susurró—. He estado a punto de colarme por él.
—Me pregunto si la madre de Edward se las habrá ingeniado para enterarse de la aventura de Carlisle y ha metido a Edward en la casa para que se asegure de que esta vez no se sale con la suya—argumentó Heidi—. ¡A lo mejor están compinchados!
Bella hundió la cabeza entre sus manos.
Heidi se apoyó contra el lavabo y se cruzó de brazos.
—¿Qué excusa puso Edward para venirse a vivir aquí?
Bella alzó la mirada.
—Sus compañeros de piso se fueron de viaje. Y no encontró a nadie más con quien compartirlo en tan poco tiempo.
Se miraron la una a la otra.
—¿Dónde estaba el piso? —preguntó Heidi
—En Crouch End.
Heidi arqueó las cejas impresionada.
—¿Vivía en Crouch End, una zona con su propio estudio de grabación, su propia discoteca privada, su propio salón de masaje, más cafés que en el Soho y la famosa torre Trumpton, y no encontró compañeros de piso?
Bella dejó caer la cabeza.
—Qué tonta he sido.
—Caramba —dijo Heidi—. Esto es demoledor. Ahora entiendo por qué Sherlock Homes necesitaba drogarse.
—Por lo menos ya no estoy tan confusa —dijo Bella pensando en voz alta—. Maldita sea. Hasta he considerado la posibilidad de cortar con Jacob.
—Bueno —adujo Heidi—, él es Hornblower.
—En persona —añadió Bella
—Pero ¿sabes qué? —dijo Heidi—. Que ahora ya no tienes que preocuparte por lo que piense de ti.
—¿Por qué?
—Porque es insignificante. Y está demasiado ocupado jodiéndole la vida a Esme como para preocuparse por ti.
Llamaron a la puerta.
—¡Ya voy! —respondió Heidi
Bella se levantó del retrete y, obedeciendo a un acto reflejo, tiró de la cadena. Heidi le dirigió una mirada de total perplejidad y se echó a reír por lo bajo. Luego le abrió la puerta a Edward
—¡Joder! —dijo cuando las vio a las dos y oyó el ruido de la cisterna—. Sí que lo hacéis todo juntas.
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Aquella misma noche, algo más tarde, había un runrún en el bar. Heidi llevaba puestos unos vaqueros nuevos y a Edward del brazo. Hacían una pareja bastante aparente y la gente se giraba al verlos pasar. Bella se compadecía de Dimitri.
—Pensaba que el hermano tenía trece años —los saludó Dimitri
—Eh —dijo Heidi—, por algo estás en el Departamento de Investigación Criminal, ¿no?
—No te preocupes —dijo Edward soltándose del brazo de Heidi—. Para el objetivo de esta noche, soy un adolescente con acné. El adolescente con acné de verdad ya está ahí.
Dimitri se quedó mirando a Edward extrañado.
—Créeme —insistió Edward— si te digo que yo no quería formar parte de esta cita más que tú, pero si se trata de mi hermano pequeño, lo haré. Como si no estuviera.
Entre los dos, Dimitri y Félix le dedicaron una sonrisa completa a Edward
—Perdona por lo de la otra noche —dijo Dimitri—. Ya sabes, por intentar zurrarte.
—¿Por intentarlo? —sonrió Edward—. No quiero estar cerca cuando se os dé bien.
Félix hizo ademán de darle un beso a Bella a modo de saludo y ella, instintivamente, se retiró acercándose a Edward. Los dos se separaron dando un respingo.
—¡Bueno! —exclamó—. ¿Quién quiere tomar algo?
—Voy contigo —dijo Félix—, así te echo una mano.
En la barra, Bella decidió quedarse a una distancia prudencial de Félix y dedicarse a llamar la atención de los camareros. Cuando hubieron pedido las bebidas, fue Bella quien se abrió paso de vuelta, rápida y con gesto seguro. Los demás habían encontrado asientos: un sofá y unas sillas. Bella se sentó en una de las sillas de respaldo alto dejando que Félix se sentase en otra, con el sillón entremedias de los dos. Edward había ocupado la otra silla y Dimitri y Heidi se acurrucaron cómodamente en el sofá.
—Y bien —le dijo Félix a Bella con una sonrisa—, ¿qué tal el día?
—Bien, gracias —dijo Bella
—¿Te estás adaptando bien a Seattle? —preguntó.
Bella se tomó su tiempo antes de contestar.
—Ajá —concedió.
—No pareces muy convencida —dijo Félix
—Sigue siendo duro —dijo ella.
—¿Duro? ¿Por qué?
Ella se encogió de hombros y sintió que se le taponaba la garganta.
—Supongo que sigo echando de menos a toda mi gente.
—Ah, ya —asintió Félix—. El novio.
Bella se quedó mirando al suelo, muy quieta, esperando que se disipara el sabor a sal que tenía en el fondo de la garganta.
—Sí —dijo por fin, en un tono neutro—. Sigue siendo un poco duro.
—No puede ser tan duro —trató de persuadirla Félix—. Si no, no lo habrías dejado.
Bella lo miró directamente a los ojos consciente de que los suyos estaban acuosos.
—No. —Le pareció oír el eco de su voz—. Simplemente, es que algunas decisiones son difíciles.
Le resultó imposible no detenerse en los ojos de Edward en el barrido que hizo al volver la mirada a su bebida. Pensó que debía de ser la primera vez que establecían contacto visual desde que él abandonara la ofensiva del encanto. Y ya lo creo que había cambiado. Había dejado de ser esa conexión cálida que ayudaba a que la nostalgia se desvaneciera; ahora era una máscara distante, contemplativa. Bebió un trago de vino.
—Yo no podría entenderlo —le sonrió Félix a Dimitri—. Si mi novia se fuera de la ciudad, me lo tomaría como una muy mala señal.
—Bueno —dijo Heidi sonriendo con dulzura—, a lo mejor ese es el motivo por el cual no tienes novia.
—De momento —señaló serenamente con los ojos clavados en Bella. En el silencio que reinó a continuación, apuró su cerveza—. ¡Bueno! ¿Quién quiere otra?
Bella negó con la cabeza sin mirar. Cuando Félix y Dimitri se fueron a la barra, se volvió hacia Heidi; estaba tan enojada que por un momento se olvidó de la presencia de Edward
—Pensaba que lo había dejado claro... —empezó.
—Sí que lo hiciste —le dijo Heidi convencida—. Tú no tienes la culpa de que haya decidido no darse por aludido.
De pronto se volvió hacia Edward
—¿No crees? —le preguntó.
—¿Qué?
—Tú eres un tío y eres imparcial. ¿Cuál es la perspectiva de un tío?
—Pues...
—No es problema de Bella si Félix decide no darse por aludido, ¿verdad? No puede hacer más que recordarle una y otra vez que tiene novio, ¿no es así? Es decir, no puede evitar que el chico no viva en Seattle, ¿no crees?
Bella intentó desentenderse de la conversación todo lo que pudo y se quedó mirando su copa. Oyó que Edward respiraba profundamente.
—Me imagino que después de esta noche, Félix captará el mensaje alto y claro.
—Bien —dijo Heidi—. Nuestra Bella no necesita sentirse culpable por los cuatro costados, ¿verdad? Vamos, Bella, anímate. Es sábado por la noche.
Bella consiguió arrancarse una sonrisa superficial, consciente de que Edward seguía observándola abiertamente.
En el cine, Edward compró palomitas para todos, lo cual no dejó de fastidiar a Félix y a Dimitri, que sentían que aquello era parte de su obligación como caballeros, y acabó de reventar a Bella, que pensaba que no tenía ningún mérito ser generoso cuando eres un economista que no paga alquiler.
En la sala, Heidi iba delante buscando los asientos seguida hábilmente por Dimitri. Bella iba detrás de él y, al ver que Edward estaba más cerca de ella que Félix, los dejó para que lo solucionaran entre los dos. De repente, Félix apareció junto a ella, avanzando por la línea de butacas de detrás, luego la adelantó y saltó por encima del asiento, de modo que ahora se encontraba a su lado, y no al final, junto a Edward. Bella se paró en seco, hasta que notó que Edward llegaba por detrás de ella y la obligaba a avanzar.
Dimitri se sentó, Heidi se sentó, Félix se dio la vuelta hacia Bella y se sentó. Ella se sentó cruzando las piernas en el sentido opuesto a él y mirando al frente, con el cuerpo rígido. Félix le ofreció palomitas y ella negó con la cabeza y apartó los ojos. Para su sorpresa, la voz de Edward sonó en su oído.
—¿Estás bien?
Ella logró asentir.
—Es que —continuó—, más que a ver una película, parece que vienes a que te torturen. No has leído las críticas, ¿verdad?
Bella relajó los hombros.
—Estoy bien, gracias.
De pronto Edward soltó un improperio en voz alta.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Ahí está Seth —dijo.
—¿Dónde? —Bella escudriñó la sala.
—Ahí —señaló Edward con la cabeza—. Justo en el medio, en primera fila. Lo buscaron en la oscuridad.
—¿Qué narices hace en la primera fila? —siseó Edward
—A lo mejor es que quiere ver la película —puntualizó Bella
—No digas bobadas, tiene trece años y está con una chica. Está fardando delante de Diego Carter.
—Qué valiente —observó Bella
—Parece tan pequeño —dijo Edward
—Estará bien.
A oscuras, casi podía fingir que volvían a ser amigos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo tíos que han venido a intimidar a Diego Carter te dejaron muerto de miedo, y tú le doblas la edad.
—Me asusto con facilidad.
Bella sonrió en la oscuridad, y siguió sonriendo mientras veían los anuncios.
—Mira a ver si ves a algún bruto que pueda ser Diego Carter —dijo Edward interrumpiendo sus cavilaciones.
—El único bruto que veo es Seth —respondió con calma.
—Oh, Dios mío, la está cogiendo de la mano —susurró Edward—. ¿Es que se ha vuelto loco? Diego Carter lo va a matar.
—Es un jovencito intrépido. Deberías estar muy orgulloso.
—Es un completo memo que lo único que va a conseguir es que hagan feng shui con su cara. Si ella le rompe el corazón —añadió—, iré y le destrozaré la puta vespa.
—No hablas en serio.
—No —dijo Edward—. Tienes razón. Esas motos son irrompibles.
Bella contuvo un bufido. El famoso encanto de Edward Cullen, se repitió mentalmente mientras empezaba la película. Esperaba que fuera buena, necesitaba distraerse.
La película fue una basura. A Seth se le olvidó por completo la presencia de Diego Carter gracias a la cercana proximidad de la chica «de buten» de trece años, Bree Thanner, la viva imagen de la pureza virginal con una camiseta pegada a sus primeros brotes pectorales y un travieso aro en la nariz. Tanto se dejó llevar Seth por la proximidad de tan candorosa belleza que se tragó el chicle, se ganó tres largos morreos y un rápido magreo, todo ello sin tirar ni una sola palomita.
Fue más de lo que consiguieron en el grupo de más atrás. Durante cada uno de los atroces besuqueos de su hermano pequeño, Edward se retorcía, suspiraba y maldecía tanto que la gente empezó a darse la vuelta para chistarle. Cada vez que se veía una escena de lucha en la película, Edward sospechaba que Diego Carter estaría tomando notas para más tarde, y protestaba alegando que los censores le estaban dando ideas erróneas a la juventud. Para cuando salieron todos del cine, estaba hecho una pena.
—Demasiado sexo y violencia —musitó—. No me extraña que los jóvenes de hoy en día sean todos unos gamberros.
—Bueno —dijo Dimitri con la mano en la satisfecha cintura de Heidi—, ¿hacia dónde han dicho los tortolitos que iban a ir?
—Iban a subir a la discoteca por la carretera comarcal —dijo Edward—, por el camino largo, porque quieren hacerme sufrir de verdad.
—Vale, pues vamos a seguirlos —dijo Félix. Le guiñó el ojo a Bella y añadió—: Ahora viene lo mejor de la noche.
Bella solo se dio cuenta de que había hecho un mohín cuando oyó que a su lado Edward se reía complacido.
Mantuvieron una distancia prudencial. A Edward le habría gustado que la distancia fuera considerablemente menos prudencial, pero los chicos del Departamento de Investigación Criminal dijeron que si se acercaban más, Diego Carter no atacaría. Edward preguntó si realmente había que esperar a que atacara, si no podían esperar hasta justo antes de que atacara, y los chicos del Departamento de Investigación Criminal insistieron en su negativa, Diego Carter tenía que materializar su ataque antes de que ellos pudieran hacer nada. Edward propuso que, al menos, podían emplear otra palabra, porque «atacar» estaba empezando a ponerlo enfermo.
En ese punto, Heidi se acercó y le susurró a Bella que Edward era un actor fantástico y que de no haber escuchado antes la conversación que había mantenido con Carlisle en la cocina y no haberse comportado de un modo tan despreciable con Bella, habría pensado que era uno de los hombres más dulces y vulnerables que había conocido. Entonces, Bella se dio cuenta de que había olvidado por completo lo mucho que lo odiaba y se sintió fatal.
—¡Mirad eso! —bisbiseó Edward de repente señalando a lo lejos—. ¡Le ha pasado el brazo por detrás!
—Bueno, es una cita, ¿no? —dijo Félix mirando a Bella.
Al llegar al final de la amplia pero tenebrosa Princess Avenue, que conducía a la concurrida Muswell Hill Broadway, Seth y su joven amiga se detuvieron. Entonces Dimitri, Heidi y Félix se detuvieron. Entonces Edward y Bella se detuvieron. Entonces se dieron cuenta de que Seth estaba hablando con alguien que había estado merodeando detrás del bar, en un callejón.
—¡Eh, mira! —gritó Heidi de repente—. Van a pegar a Seth
No cabía duda, había tres tipos altos que se estaban aproximando a Seth. Bree Thanner, que era claramente una chica que tenía cierta perspicacia, además de unos abdominales muy planos, se estaba apartando muy despacio en dirección a Broadway.
—Vale —dijo Dimitri—, espera a que ataque.
Bella oyó un leve gimoteo por parte de Edward
Y entonces Diego Carter atacó, Edward se lamentó y Bella lo agarró de la mano.
—Vale —dijo Dimitri—, ¡vamos!
Dimitri y Félix salieron por piernas en dirección al grupo de chicos, que estaban tan concentrados amenazando a Seth, al que encontraban extrañamente crecido aquella noche, que no oyeron nada hasta que fue demasiado tarde. Cuando Heidi, Edward y Bella llegaron a donde estaba el grupo, Dimitri tenía inmovilizado a uno de los chicos contra la pared y Félix tenía a otros dos tíos en el suelo. Los tres estaban tan desconcertados y aterrados que no dejaban de sollozar.
—Santo cielo —murmuró Edward medio protegiendo a Bella con el cuerpo. Ella se asomó por encima de su hombro.
—¿Estás molestando a nuestro amigo? —le susurró Félix al oído al chico más grande.
Él negó violentamente con la cabeza.
—Porque nosotros cuidamos de nuestro Seth —susurró.
Los chicos seguían llorando acobardados. Mientras tanto, Seth salió corriendo para ir en busca de su chica.
Edward se volvió de repente de cara a Bella
—No puedo mirar —balbuceó—. Avísame cuando terminen.
—Ya —rió Bella mientras Félix y Dimitri soltaban a los chicos.
Edward se dio la vuelta y, viendo que estaba todo despejado, esbozó una ligera sonrisa mirando a Bella
—Solo quería hacerte reír —le confesó—. Para que te relajaras.
—Gracias —sonrió ella.
—No quiero veros rondar cerca de él, ¿me oís? —les estaba diciendo Dimitri a los chicos—. O tendremos que volver a buscaros.
—Sí —añadió Félix—, no nos gustan los matones, ¿vale?
Los tres adolescentes, que ahora parecían tres niños de trece años, asintieron con decisión mientras contenían las lágrimas.
—Bueno, ¿a qué estáis esperando? ¿Un número de circo? Fuera de aquí —concluyó Dimitri, y los chicos se largaron.
Dimitri y Félix se volvieron a mirar a Heidi, Bella y Edward. Heidi era la única que no se estaba preguntando cuándo podría salir corriendo.
—Vosotros sois solo unos matones grandes, ¿no es eso? —murmuró Bella desde detrás de Edward
—De rechupete —suspiró Heidi
—No sé cómo daros las gracias —dijo Edward—. Pero tal vez podría empezar por ofreceros mi paga semanal.
Justo en ese momento, Seth llegó corriendo por la calle.
—¡No encuentro a Bree! —gritó—. ¡Ha desaparecido!
—Yo también habría desaparecido si hubiera pensado que estos son tus amigos —respondió Bella—. ¿Qué te hace pensar que ella sería más valiente que Diego Carter?
—¡Oh, no! —dijo Seth cediendo al pánico por vez primera en toda la noche—. ¿Y si se lo cuenta a su madre?
—Venga, tío —dijo Edward adelantándose rápidamente hacia él—. Vamos a buscarla. Seguramente se habrá ido directamente a la discoteca.
Y volviéndose hacia Dimitri y Félix, añadió:
—Gracias, tíos. Sois increíbles. Mereció la pena la paliza que me disteis a cambio de esto. —Se volvió a mirar a Bella y le sonrió con ternura—. Pasadlo bien. Gracias por tranquilizarme.
Y rodeó con el brazo a su hermano pequeño por los hombros dejando a Bella sola con los demás.
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.
Para cuando Bella regresó a casa era medianoche. Félix y ella se habían ido a un pub con Dimitri y Heidi y, al cabo de veinte minutos, estos se escabulleron indiscretamente para irse al piso de él. Entonces Bella le contó penosamente a Félix todo lo que había que contar sobre Jacob, procurando ignorar la sensación de estar inventándose un personaje de ficción. Félix había estado asintiendo pensativo durante todo el rato.
—No pasa nada —dijo bebiendo de su pinta—. Podemos seguir siendo amigos, ¿no?
—¡Pues claro!
—Y si alguna vez la cosa evoluciona, pues habrá que dejar que pase.
—No... no creo que eso suceda. Por Jacob. Mi novio. No puede ser, ¿sabes?
—No importa —dijo Félix encogiéndose de hombros—. Si pasa, pasa.
Cuando llegó a casa, todas las luces estaban apagadas. Y se alegraba, se sentía agotada. No obstante, al abrir la puerta de la cocina, encontró a Edward y a Seth echando unas risas y bebiendo cerveza. Alzaron la vista y la saludaron como si fuera una amiga a la que hacía tiempo que no veían.
—¡Aquí está! —gritó un Edward ebrio—. ¡Nuestra salvación!
Bella se rió.
—Estás borracho.
—Eso es —dijo Edward pellizcándole el carrillo a Seth—. Y Seth tiene otra cita.
—Edward! —dijo Seth intentando no sonreír.
—Eh, ¿qué hay de malo en contárselo a Bella? Ella no se lo va a decir a nadie ¿verdad? Es colega.
Ambos la miraron algo avergonzados. Bella se dijo que era el alcohol lo que hacía que los ojos de Edward hubieran recuperado su calidez. Tal vez debería beber más.
—Gracias, Bella —dijo Seth.
—No hay de qué —dijo Bella secamente—. Siempre que quieras un gorila, ya sabes dónde estoy.
Edward acercó una silla para que Bella se uniera a ellos. Ella vaciló y vio que Edward apartaba la vista de inmediato. Se sentó y cogió una cerveza. Edward y Seth se sonrieron, alzaron las cervezas, las hicieron chocar con la de ella y brindaron «por los gorilas de Bella». Y, de pronto, dejó de sentirse como una extraña. Era irónico que le sucediera estando en compañía de los dos intrusos de la familia, pero, claro, eso era exactamente lo que ella era, ¿verdad? Al igual que ellos, era una parte externa del privilegiado círculo interno de la familia Cullen.
Instantáneamente sintió que no importaba lo que hubiera sucedido en el pasado entre Edward y ella, todo eso era agua pasada. Ahora volvían a ser amigos.
—Bueno, cuéntanos, Anabella... ¿Anabella? Caramba —dijo Edward—, acabo de darme cuenta de que no sé cómo te llamas.
—Isabella. Pero Bella, es mejor.
Edward enarcó las cejas.
—¡Vaya! Isabella. Bonito nombre. Belly. Bell. Isabel.
—Bella.
—Vale. Cuéntanos, Bella. ¿Qué tal ha ido el resto de la noche?
Bella hizo un mohín.
—Si te soy sincera, creo que no ha captado el mensaje.
—Vaya, hombre. A lo mejor has sido demasiado sutil.
—Le he dicho que no quería salir con él.
Edward asintió despacio, sin quitarle los ojos de encima.
—Pues no —dijo con voz queda—. No has sido demasiado sutil.
—Y se lo ha tomado muy bien, y luego no ha dejado de repetir algo así como que «si pasa, pasa».
—Ya.
—¡Tengo una idea! —gritó Seth de repente—. ¿Por qué no salís juntos vosotros dos?
Se produjo un espeso silencio.
—Buen intento, señor Cupido—dijo Edward—. Isabella, tiene un novio extremadamente atractivo en su pueblo.
—Bella —corrigió ella sonriente.
—¿Tan guapo como tú? —le preguntó Seth a su hermano.
—No lo sé —respondió Edward alegremente mientras se volvía hacia Bella—. Nunca se lo he preguntado.
Se miraron el uno al otro; Bella no sabía qué decir.
Justo en ese momento, su teléfono móvil empezó a sonar.
—Salvada por la campana —murmuró Edward con los ojos clavados en su cerveza.
Bella miró el número en la pantalla.
—Vaya —suspiró Bella—. Llaman de casa. Será mamá, que me quiere contar que papá no ha comido suficiente verdura.
La vieron contestar la llamada.
—¿Sí?
—¿Puedo hablar con Isabella Swan? —oyó decir a una voz masculina.
—¡Papá! —gritó—. Soy yo. ¿Qué pasa?
—Es mamá.
—¿Qué pasa con mamá?
—Le ha dado un infarto. ¿Puedes venir a casa?
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Como que en este cap ha pasado mucha cosas...jejejje
hasta mañana...
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