En los momentos que dejaba vagar mi mente, y mis recuerdos y pensamientos se mezclaban con la realidad, recordé una vez que Shunset Shimer estaba desnuda frente a un barracón médico (o Ka-Be como lo llamábamos en alemas) enfrente de ella había una prisionera y una enfermera. Ha intentado preguntarle a una de las dos prisioneras, si sabe cuándo dirán que entren al barracón. La mujer se ha vuelto hacia la compañera que estaba a su lado, que se parece como su hermana gemela y que estaba fumando en un rincón; se ponen a hablar y a reírse sin contestarle, como si ella no existiera: Luego una de ellas toma su brazo y miró el número y se ríen más fuerte. Todos sabían que los ciento setenta y cuatro mil son los judíos italianos, llegados hace dos meses, todos esposas o hijas de abogados, médicos, eran más de cien y ya no son más que cuarenta, son los que no saben trabajar y se dejan robar el pan y recibir bofetadas de la mañana a la noche, los alemanes la llaman Zwei Linke Hände (Dos manos izquierdas), y hasta las judías polacas las desprecian porque no saben hablar yiddish. Ese era el nivel de racismo que vivíamos constantemente en Auschwitz-Birkenau.
La enferma señala a la otra sus costillas como si fuese un cadáver en una sala de anatomía: le indica sus parpados y mejillas hinchadas y su cuello delgado, se curva y le aprieta con el índice sobre la tibia y hace observar a la otra la profunda depresión que le deja el dedo en la carne, pálida como una cera.
Quisiera que no le hubiera preguntado nunca nada a la polaca: en ese momento me parece que nunca una persona, en toda su vida ha sufrido una afrenta más atroz que ésta. La enferma, mientras tanto, parece que ha terminado su demostración en polaco o en yiddish, porque casi no la escuche entre los gritos de amenaza, orden o blasfemia que gritaban en el campo; se vuelve a ella y, en un cuasi-alemán, caritativamente, la mujer le hace un resumen:
-Du Jude Kapput. Du schnell Krematorium fertig (Tú, judía, ya estas lista, en seguida al crematorio).
Finalmente miro nuevamente hacía enfrente de la fila. La chica que está en frente mío, no la he visto antes; una joven mujer de traje a rayas nuevo y flamante. Me pregunta donde ha nacido, que oficio tenía "De paisana", si tenía hijos, que enfermedades a tenido, un monto de preguntas que para que pueden servir, es una apuesta en escena complicada para reírse uno mismo. Suelo preguntarme si será así el hospital del día de hoy, es decir nos tienen de pie y nos hacen preguntas.
Finalmente partimos al trabajo. Nos llevaron a un terreno cercano donde tuvimos que escarbar la tierra, este era el trabajo del día de hoy. Estuvimos muchas horas trabajando en aquel terreno helado. Ese día un guardia, solía pasar siempre frente a mí, e insultarme, y una vez más, volvía a trabajar. Recuerdo que recordaba a mis seres queridos, pero sobre todo a mi madre. La sentía presente a mi lado, cada vez con mayor fuerza, incluso tuve la sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía la mano, sería capaz de tomar las manos de mis seres queridos, de ellos. La sensación era terriblemente fuerte; ellos estaban allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento una pequeña paloma blanca descendió y se posó justo en frente mío, sobre la tierra que había extraído del trabajo, y se me quedo mirando fijo. Esos detalles son difícil de olvidar, y llenan a uno el alma.
Esto no solo me pasaba a mí, sino que a muchas otras prisioneras, pues incluso las escuchaba hablar en susurros a mí alrededor, que se mezclaban con las conversaciones ajenas de todos los días. A esta intensificación de la vida interior ayudaba a las demás prisioneras a refugiarse contra el vacío, la desolación y la pobreza espiritual de nuestra existencia, devolviéndolo a su existencia anterior. A dar riendas suelta a la imaginación, estos se recreaban en los hechos del pasado, a menudo no lo más importante, sino en los pequeños hechos o sucesos de la vida, como estar en una cena familiar, salir a un jardín, estar en familia. La nostalgia los glorificaba, haciéndolos adquirir un extraño matiz. El mundo donde sucedieron, y la existencia que teníamos parecían tan distintas, y el alma tendía a ellos con añoranza: en mi antiguo hogar, recordaba cuando encendía la luz, cuando tenía sed e iba a tomar un poco de agua, estos detalles nimios, nos hacían llorar.
A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos la belleza del arte y de la naturaleza como nunca hasta entonces. Bajo su influencia, llegábamos a olvidar nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera visto nuestros rostros cuando, en una ocasión en el viaje de Auschwitz-Birkenau a la fábrica en Baviera, contemplando las montañas de Salzburgo con sus cimas refulgentes en el atardecer, asomados por las pequeñas ventanas enrejadas de los vagones nunca hubiera creído que se trataba de los rostros de personas que habían perdido toda esperanza de vivir, ni de ser libres. A pesar de este hecho (O quizás en razón del mismo) nos sentíamos llevados por la belleza de la naturaleza, a las que tanto tiempo nos habíamos privado o ignorado en la vida común. Incluso en los campos, cualquiera de los prisioneros podía atraer la atención del camarada que trabajaba a su lado, e indicarle una bella puesta de sol resplandeciente, en las altas montañas del bosque Bavaro que se veía en la lejanía.
Recuerdo una tarde, en que Spike estaba afuera de en esos pequeños momentos de descanso al final del día donde los guardias no eran tan estrictos pues hasta ellos descansaban y empezaban ha hablar de su familia o de cosas cotidianas como humanos, y nosotras estábamos descansando en el suelo de nuestra barraca, muertas de cansancio, y los cuencos de sopa en nuestras manos. Cuando de repente Spike entro corriendo para decirnos que saliéramos enseguida, al patio a contemplar la puesta de sol.
De pie, en el patio vimos hacia el oeste, densos nubarrones y todo el cielo plagado de nubes que cambiaban continuamente de forma y color: desde el azul acero, hasta el rojo bermellón, mientras los desolados barracones grisáceos, ofrecían un contraste hiriente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Yo abrase a Spike, por la espalda, y sonreí. Nos quedamos hay, hasta que había terminado de oscurecer.
Volvimos entonces, a nuestra choza, detrás de nosotros venían los demás prisioneros, cuando escuche a una decir:
-Que hermoso "Podría" ser el mundo.
Entre los momentos que más recuerdo, fueron las clases de Italiano de Shunset que me enseñaba cada vez que nos encontrábamos en Ka-be, hubo días en que ambas estábamos enfermas, y nos ponían en la misma litera. La vida del Ka–Be es de limbo. Las incomodidades materiales son relativamente pocas aparte del hambre y de los dolores propios de la enfermedad. No hace frío, no se trabaja y, de no cometer alguna falta grave, no pegan. Yo la escuchaba sentada en su cama, poco a poco empezaba a tener sueño, hasta que finalmente me dormí unos minutos, ella solo me dejo recostarme sobre su hombro. Hasta que Finalmente se escucha el toque de queda de diana, me coge en un sueño profundo, y al despertar es un retorno de la nada. Cuando llega la distribución del pan, se oye lejana, más allá de las ventanas de nuestros barracones de trabajo, en el aire oscuro y la escena gris, la banda empieza a tocar: Son nuestras compañeras que vuelven del trabajo en formación.
Entonces llega asiduo y monótono el martilleo del bombo y de los platillos, pero sobre su trama las frases musicales se dibujan tan solo a intervalos, capricho del viento. Nosotros nos miramos unas a otras, porque todas sentimos esta música infernal.
Los motivos son pocos, una docena, cada día los mismos, mañana y tarde: marchas y canciones populares que les gustan a los alemanes, y que yo conozco muy bien: Alte kamaraden; Wen die soldaten, Das England Lied, Die wacht am rhein; Gruss an kiel. Están grabadas en nuestras mentes, serán lo último que olvidemos del campo: Son las voces de Auschwitz-Birkenau, la expresión sensible de su locura geométricamente marcada de las melodías, de la decisión lejana de anularnos primeros como hombres y mujeres, como seres humanos, para después matarnos lentamente. Cuando suena la música sabemos que, afuera en la niebla, salimos en formación para volver al campo, como autómatas; tenemos las almas muertas y la música nos empuja, como el viento a las hojas secas en otoño, y es un sustituto de su voluntad. La voluntad que ya no existe: cada latido se convierte en un paso, en una contracción reflejada de los músculos deshechos. Los alemanes lo han conseguido. Somos diez mil y somos sólo una maquina gris: están determinados exactamente; no piensan y no queremos, solo andamos.
Al desfile de salida y de entrada los SS no faltan nunca. ¿Qué podría negarles el derecho de asistir a esta coreografía montada por ellos mismos, a la danza de los hombres, mujeres y niños extintos, escuadra tras escuadra, en camino desde la niebla hacia la niebla? ¿Qué mejor prueba de su victoria? En las guerras ideológicas, al vencedor no le basta con el cese de las operaciones militares y de la resistencia del vencido y reemplazar en el poder a este último; necesita convertirlo en su creencia, es decir: que el derrotado acepte, asuma como propia la ideología del triunfador y obre conforme este le ordene.
La hipnosis del ritmo interminable que mata el pensamiento y calma el dolor; lo hemos experimentado. Pero es preciso volver del encantamiento, oír la música en ese tiempo, o como recordamos ahora, luego de la liberación y el renacimiento, sin obedecerla, sin sufrirla, para comprender lo que era; para entender porque calculada razón los alemanes habían creado este monstruoso mito y porque, todavía hoy, cuando la memoria nos restituye alguna de aquellas inocentes canciones, se nos hiela la sangre en las venas y nos damos cuenta de que haber vuelto de Auschwitz no ha sido suerte pequeña.
El toque de diana es a las cuatro, también para los enfermos; hay que hacer la cama y lavarse pero no hay mucha prisa ni mucho rigor. A las cinco y media reparten el pan, y se lo puede cortar cómodamente en rebanadas finas, y comerlo echado con toda calma; luego, uno se puede volver a dormir hasta que llegue el reparto del caldo de mediodía. Hasta las cuatro de la tarde es Mittagsruhe, el reposo del mediodía, la siesta, a esta hora es generalmente la visita del médico y los curas, hay que bajarse de las literas, quitarse la camisa y ponerse en fila delante del médico. También el rancho vespertino se distribuye por las camas; después de lo cual, a las nueve, se apagan todas las luces menos la lamparilla velada del vigilante nocturno, y se hace el silencio.
Cuando se está trabajando se sufre y no queda tiempo de pensar: nuestros hogares son menos que un recuerdo. Pero aquí tenemos todo el tiempo para nosotros: de litera a litera, a pesar de la prohibición, nos visitamos, y hablamos y hablamos.
El barracón de madera del Ka-Be, cargado de humanidad doliente, está lleno de palabras, de recuerdos y de otro dolor. Heimweh se llama en alemán este dolor, es una bella palabra y quiere decir «dolor de hogar».
Sabemos de dónde venimos: los recuerdos del mundo exterior pueblan nuestros sueños y nuestra vigilia, nos damos cuenta con estupor de que no hemos olvidado nada, cada recuerdo evocado surge ante nosotros dolorosamente nítido. Pero adónde vamos no lo sabemos. Tal vez podamos sobrevivir a las enfermedades y escapar a las selecciones, tal vez hasta resistir el trabajo y el hambre que nos consumen: ¿y luego? Aquí, alejados momentáneamente de los insultos y de los golpes, podemos volver a entrar en nosotros mismos y meditar, y entonces se ve claro que no todos volveremos. Hemos viajado hasta aquí en vagones sellados; hemos visto partir hacia la nada a nuestras familias; convertidos en esclavos hemos desfilado cien veces ida y vuelta al trabajo mudo, extinguida el alma antes de la muerte anónima. No volveríamos, ese era uno de los pensamientos con los que teníamos que combatir. Nadie podía salir de aquí para llevar al mundo, junto con la señal impresa en su carne, las malas noticias de cuanto en Auschwitz ha sido el hombre capaz de hacer con el hombre. "¡No! Eso es mentira", fue una voz que surgió en lo más profundo de mi. En mi mente, comenzó a recitarse una poesía de Rudyard Kipling que había leído hace mucho, titulada "Si":
Si... Si puedes soñar sin que los sueños te dominen; Si puedes apilar todas tus ganancias Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor
la han perdido y te culpan a ti.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no incurres en el odio.
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el triunfo y la derrota,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
salvo la Voluntad, que les dice: "¡Resistid!".
o caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,/ y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!
Esto sonó en mí, y me di cuenta de un vacío existencial que trataba de arrastrarme. Esa poesía que sonó en lo profundo de mí, me devolvió el significado de mi existencia en los momentos más duros, dándome cuenta que aún era humana, y no una maquina. Pero sobre todo, que aún era responsable de mi propia existencia individual.
El vacío existencial es un fenómeno muy extendido en el siglo XX y XXI. Ello es comprensible y puede deberse a la doble pérdida que el hombre tiene que soportar desde que se convirtió en un verdadero ser humano. Al principio de la historia de la humanidad, el hombre perdió algunos de los instintos animales básicos que conforman la conducta del animal y le confieren seguridad; seguridad que, como el paraíso, le está hoy vedada al hombre para siempre: el hombre tiene que elegir; pero, además, en los últimos tiempos de su transcurrir, el hombre ha sufrido otra pérdida: las tradiciones que habían servido de contrafuerte a su conducta se están diluyendo a pasos agigantados. Carece, pues, de un instinto que le diga lo que ha de hacer, y no tiene ya tradiciones que le indiquen lo que debe hacer; en ocasiones no sabe ni siquiera lo que le gustaría hacer. En su lugar, desea hacer lo que otras personas hacen (conformismo) o hace lo que otras personas quieren que haga (totalitarismo).
La búsqueda por parte del hombre del sentido de la vida constituye una fuerza primaria y no una "racionalización secundaria" de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y específico en cuanto es uno mismo y uno solo quien tiene que encontrarlo; únicamente así logra alcanzar el hombre un significado que satisfaga su propia voluntad de sentido. Algunos autores sostienen que los sentidos y los principios no son otra cosa que "mecanismos de defensa", "formaciones y sublimaciones de las reacciones" como nos enseñan en psicología únicamente. Por lo que a mí toca, yo no quisiera vivir simplemente por amor de mis "mecanismos de defensa", ni estaría dispuesto a morir por mis "formaciones de las reacciones". El hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso de morir por sus ideales y principios!
Ni que decir tiene que son muchos los casos en que la insistencia de algunas personas en los principios morales no es más que una pantalla para ocultar sus conflictos internos; pero aun siendo esto cierto, representa la excepción a la regla y no la mayoría. En dichos casos se justifica la interpretación psicodinámica como un intento de analizar la dinámica inconsciente que le sirve de base. Nos encontramos en realidad ante pseudoprincipios (buen ejemplo de ello es el caso del fanático) que, por lo mismo, es preciso desenmascarar. El desenmascaramiento o la desmitificación cesará, sin embargo, en cuanto uno se tope con lo que el hombre tiene de auténtico y de genuino; por ejemplo, el deseo de una vida lo más significativa posible. Si al llegar aquí no se detiene, el hombre que realiza el desenmascaramiento se limitaba a traicionar su propia voluntad al menospreciar las aspiraciones espirituales de los demás.
Tenemos que precavernos de la tendencia a considerar los principios morales como simple expresión del hombre. Pues lagos o "sentido' no es sólo algo que nace de la propia existencia, sino algo que hace frente a la existencia. Si ese sentido que espera ser realizado por el hombre no fuera nada más que la expresión de sí mismo o nada más que la proyección de un espejismo, perdería inmediatamente su carácter de exigencia y desafío; no podría motivar al hombre ni requerirle por más tiempo. Esto se considera verdadero no sólo por lo que se refiere a la sublimación de los impulsos instintivos, sino también por lo que toca a lo que C.G. Jung denomina arquetipos del "inconsciente colectivo", en cuanto estos últimos serían también expresiones propias de la humanidad, como un todo. Y también se considera cierto por lo que se refiere al argumento de algunos pensadores existencialistas que no ven en los ideales humanos otra cosa que invenciones. Según J.P. Sartre, el hombre se inventa a sí mismo, concibe su propia "esencia", es decir, lo que él es esencialmente, incluso lo que debería o tendría que ser. Pero yo no considero que nosotros inventemos el sentido de nuestra existencia, sino que lo descubrimos.
Para mí, el término existencial se puede utilizar de tres maneras: para referirse a la propia (1) existencia; es decir, el modo de ser específicamente humano; (2) el sentido de la existencia; y (3) el afán de encontrar un sentido concreto a la existencia personal, o lo que es lo mismo, la voluntad de sentido.
En el campo intenta hacer a un prisionero que albergara un sentimiento de suicidio, plenamente consciente de sus propias responsabilidades; razón por la cual ha de dejarle la opción de decidir por qué, ante qué o ante quién se considera responsable.
Correspondía, pues, al prisionero con que me encontraba, decidir si debe interpretar su tarea vital siendo responsable ante la sociedad o ante su propia conciencia. Una gran mayoría, no obstante, considera que es a Dios a quien tiene que rendir cuentas; éstos son los que no interpretan sus vidas simplemente bajo la idea de que se les ha asignado una tarea que cumplir sino que se vuelven hacia el rector que les ha asignado dicha tarea.
Este énfasis en la capacidad de ser responsable se refleja en mi imperativo categórico, a saber: "Vive como si ya estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto de obrar." Me parece a mí que no hay nada que más pueda estimular el sentido humano de la responsabilidad que esta máxima que invita a imaginar, en primer lugar, que el presente ya es pasado y, en segundo lugar, que se puede modificar y corregir ese pasado: este precepto enfrenta al hombre con la finitud de la vida, así como con la finalidad de lo que cree de sí mismo y de su vida.
A este tipo de cosas que parecen adquirir significado al margen de la vida humana pertenecen no ya sólo el sufrimiento, sino la muerte, no sólo la angustia sino el fin de ésta. Nunca me cansaré de decir que el único aspecto verdaderamente transitorio de la vida es lo que en ella hay de potencial y que en el momento en que se realiza, se hace realidad, se guarda y se entrega al pasado, de donde se rescata y se preserva de la transitoriedad. Porque nada del pasado está irrecuperablemente perdido, sino que todo se conserva irrevocablemente.
De suerte que la transitoriedad de nuestra existencia en modo alguno hace a ésta carente de significado, pero sí configura nuestra responsabilidad, ya que todo depende de que nosotros comprendamos que las posibilidades son esencialmente transitorias. Normalmente, desde luego, el hombre se fija únicamente en la rastrojera de lo transitorio y pasa por alto el fruto ya granado del pasado de donde, de una vez por todas, él recupera todas sus acciones, todos sus goces y sufrimientos. Nada puede deshacerse y nada puede volverse a hacer. Yo diría que haber sido es la forma más segura de ser.
Durante mi trabajo en el campo para que las personas no se suicidaran, mi función consiste en ampliar y ensanchar el campo visual del prisionero de forma que sea consciente y visible para él todo el espectro de las significaciones y los principios. Nunca precise imponer al paciente ningún juicio, pues en realidad la verdad se impone por sí misma sin intervención de ningún tipo.
Al tener en cuenta la transitoriedad esencial de la existencia humana, no es pesimista, sino activista. Dicho figurativamente podría expresarse así: el pesimista se parece a un hombre que observa con temor y tristeza como su almanaque, colgado en la pared y del que a diario arranca una hoja, a medida que transcurren los días se va reduciendo cada vez más. Mientras que la persona que ataca los problemas de la vida activamente es como un hombre que arranca sucesivamente las hojas del calendario de su vida y las va archivando cuidadosamente junto a los que le precedieron, después de haber escrito unas cuantas notas al dorso. Y así refleja con orgullo y goce toda la riqueza que contienen estas notas, a lo largo de la vida que ya ha vivido plenamente. ¿Qué puede importarle cuando advierte que se va volviendo viejo? ¿Tiene alguna razón para envidiar a la gente joven, o sentir nostalgia por su juventud perdida? ¿Por qué ha de envidiar a los jóvenes? ¿Por las posibilidades que tienen, por el futuro que les espera? "No, gracias", pensará. "En vez de posibilidades yo cuento con las realidades de mi pasado, no sólo la realidad del trabajo hecho y del amor amado, sino de los sufrimientos sufridos valientemente. Estos sufrimientos son precisamente las cosas de las que me siento más orgulloso aunque no inspiren envidia".
Al declarar que el hombre es una criatura responsable y que debe aprehender el sentido potencial de su vida, quiero subrayar que el verdadero sentido de la vida debe encontrarse en el mundo y no dentro del ser humano o de su propia psique, como si se tratara de un sistema cerrado. Por idéntica razón, la verdadera meta de la existencia humana no puede hallarse en lo que se denomina autorrealización. Esta no puede ser en sí misma una meta por la simple razón de que cuanto más se esfuerce el hombre por conseguirla más se le escapa, pues sólo en la misma medida en que el hombre se compromete al cumplimiento del sentido de su vida, en esa misma medida se autorrealiza. En otras palabras, la autorrealización no puede alcanzarse cuando se considera "un fin en sí misma", sino cuando se la toma como efecto secundario de la propia trascendencia.
No debe considerarse el mundo como simple expresión de uno mismo, ni tampoco como mero instrumento, o como medio para conseguir la autorrealización. En ambos casos la visión del mundo, o Weltanschauung, se convierte en Weltentwertung, es decir, menosprecio del mundo como me enseño el régimen nazi. Ya hemos dicho que el sentido de la vida siempre está cambiando, pero nunca cesa. De acuerdo a mi experiencia, podemos descubrir este sentido de la vida de tres modos distintos: (1) realizando una acción; (2) teniendo algún principio; y (3) por el sufrimiento. En el primer caso el medio para el logro o cumplimiento es obvio. El segundo precisa ser explicada, pues la tarcera ya la he explicado en el capitulo pasado.
El segundo medio para encontrar un sentido en la vida es sentir por algo como, por ejemplo, la obra de la naturaleza o la cultura; y también sentir por alguien, por ejemplo el amor.
El amor constituye la única manera de aprehender a otro ser humano en lo más profundo de su personalidad. Nadie puede ser totalmente conocedor de la esencia de otro ser humano si no le ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de ver los trazos y rasgos esenciales en la persona amada; y lo que es más, ver también sus potencias: lo que todavía no se ha revelado, lo que ha de mostrarse. Todavía más, mediante su amor, la persona que ama posibilita al amado a que manifieste sus potencias. Al hacerle consciente de lo que puede ser y de lo que puede llegar a ser, logra que esas potencias se conviertan en realidad.
Para dar un ejemplo de ello: De vez en cuando, yo levantaba la cabeza hacia el cielo, y veía diluyere las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente, se aferraba a la imagen de mi madre y mi padre, a quien vislumbraba con extraña precisión. Escuchaba a mi madre contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no; su mirada y sonrisa era más luminosa que el mismo amanecer.
Un pensamiento me petrifico: por primera vez había entendido la verdad de aquellos poetas y sabios habían entendido, en la sabiduría de tantos pensadores. La verdad de que el amor, es la meta ultima y final que puede aspirar un ser humano. Fue entonces cuando aprehendí, el significado del mayor secreto de la poesía, el pensamiento y el credo humano: La salvación del hombre está en el amor, y a través del amor. Entendí como el hombre desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad-aunque sea solo momentáneo-si contempla a los seres queridos. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, y se limita a soportar los sufrimientos correctamente-con dignidad-ese ser humano puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen de los seres queridos.
Delante de mí, en el patio donde miraba el amanecer, una prisionera tropezó en una fila que marchaba y se desploma, cayendo sobre ella, lo que los seguían. El guardia que estaba acompañando al lado, se precipito, y a todos alcanzo su látigo. Ese hecho distrajo mi pensamiento por unos momentos, pronto mi alma, logro recobrar el camino para regresar a su otro mundo y, olvidarme de la existencia de este lugar, continúe la conversación con mi madre: yo le hacía preguntas, y ella me contestaba, a su vez, ella me interrogaba, y yo le respondía.
Entonces nos llamaban, para trabajar. Cada mujer, ocupaba su correspondiente lugar de trabajo, y empezaba a coser, o lo que estaba haciendo, en el mismo lugar donde lo había dejado. Las mujeres permanecían en silencio, con los cerebros entumecidos. Mi mente se aferraba, a la imagen de mi madre. En un determinado momento, un pensamiento se presentó ante mi: no estaba segura de si mi madre aún seguía viva. Solo sabía una cosa, que para entonces ya había aprendido bien: Que el amor, trasciende la persona física del ser amado, y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo. Que este o no presente, y aun siquiera que esté viviendo, deja de algún modo de ser importante. No sabía si mi madre, estaba viva ni tenía ningún medio de averiguarlo, pero para entonces ya había dejado de importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza del amor, de mis pensamientos o de la imagen de ella. Estaba en un trance tal, que si hubiera sabido que mi madre estaba muerta, creo que hubiera seguido entregándome-insensible a tal echo- a la contemplación de su imagen y que mi conversación mental con ella hubiera sido igual, grafica o realmente: "Ponme como sello en tu corazón…pues fuerte es el amor, como la muerte" (Cantar de los cantares 8,6).
En una ocasión, estábamos trabajando la tierra, cavando parte de un huerto. Amanecía en nuestro derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo, gris era la nieve de la pálida luz del alba; grises los harapos que mal cubrían nuestros cuerpos desnutridos y deteriorados, y grises los rostros de los prisioneros. Mientras trabajaba, hablaba quedamente con mi madre, o quizás estaba debatiendo tratando de hallarle una razón a mis sufrimientos, de mi lenta agonía. En una última y violenta protesta contra mi inexorable muerte inminente, sentí como si mi espíritu sobrepasara la melancolía que nos envolvía a todos, me sentí trascender aquel mundo insensato, desesperado, y desde alguna parte escuche un estridente "Sí" a la pregunta de si nuestra existencia tiene un fin último. En aquel momento, en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en el horizonte como si estuviera pintada, en medio de aquel gris miserable, en el amanecer en Baviera. "Y la luz brillo en medio de la oscuridad". Con esta imagen, quiero representar ambos lados de la propia vida, lo bueno y lo malo que se mezclan en el mundo, y que se describe en la imagen que yace en mi mente, pero sobre todo, en el pasado de mi existencia.
