Después de algunos minutos descansando sobre Zelda, Link se incorporó y descubrió que ella se había quedado dormida, seguramente por el agotamiento de un día tan largo y una noche tan intensa. También él estaba cansado, pero no tenía nada de sueño. Hacía años que no estaba tan despierto. Con una sonrisa, se quitó de encima de Zelda y comenzó a vestirse. Tenía que llevarla cuanto antes a su habitación. En cuanto terminó de ponerse bien toda la ropa, cogió la ropa interior de Zelda, sus pantalones y su camisa y las hizo una bola. La dejó junto a la puerta y volvió hacia ella para taparla con la capa, que era bastante ancha. Al tocar la tela, Link bufó.

-No sé cómo no te has asado ahí dentro-masculló entre dientes mientras la cogía en brazos.

Zelda se removió poco, pero no despertó. Estaba profundamente dormida. La acomodó contra su pecho, recogió la ropa apiñada en el suelo y abrió la puertecita con esfuerzo. Pasó por el umbral de la puerta y la cerró tras él con un chasquido. Anduvo por el pasillo hasta llegar a la bifurcación y, una vez allí, torció a su izquierda haciendo una U. Era la segunda vez que llevaba a Zelda por aquellos pasadizos, ambas dos inconsciente.

Después de unos minutos, atisbó por fin la salida del pasillo oculto. Rezó por que no hubiera ni un solo guardia patrullando por allí en esos instantes. Afianzó el paso y llegó a la salida. Hizo a un lado la puerta secreta y asomó la cabeza parcialmente, agudizando el oído. Bien. No había nadie. Sacó el resto de su cuerpo con Zelda en brazos y cerró la puerta. Miró de nuevo a ambos lados y, justo cuando comenzaba a dirigirse hacia la habitación de la princesa, escuchó al fondo unos pasos que iban a su encuentro. «Mierda, mierda, mierda», maldijeron Link y el espíritu del Héroe a la vez. Echó un vistazo hacia el lado contrario, la derecha. Los pasos se oían cada vez más cerca. «No me queda otra», decidió Link sin pensárselo mucho más.

Haciendo gala de su sigilo, dio media vuelta y se internó por el pasillo hacia la derecha. Vio la luna llena a través de las ventanas, baja, lo que significaba que era más tarde de lo que pensaba. ¿Cuánto tiempo se habían llevado fuera del castillo? Ya lo averiguaría cuando entrase en su habitación y viese la hora en el reloj. En esos momentos, la presión de los pasos que les seguían le estaba poniendo nervioso por momentos. Caminó hasta encontrar las escaleras que llevaban a la zona de entrenamiento. Sabía que Zelda se metería en un buen lío si la encontraban allí a la mañana siguiente, pero mejor eso que en brazos de un guardia y desnuda. Subió y bajó escaleras, recorrió pasillos y, finalmente, llegó a uno de los adarves que rodeaban el patio de entrenamiento de lucha cuerpo a cuerpo. Recorrió la muralla a toda prisa, sintiendo el aliento de su perseguidor en la nuca. Llegó a las escaleras que llevaban al piso inferior y descendió por ellas a toda prisa sin dejar de vigilar que Zelda estuviera bien tapada.

No se paró a mirar si todavía les seguían. Se pegó a la pared para que ninguna luz le delatara y entró con rapidez en el pasillo de las habitaciones de los guardias de élite, en la planta inferior. «Menos mal que estamos aquí abajo, no sé si habría sido capaz de subir otro tramo más de escaleras», suspiró el Héroe dentro de Link. Él alzó una ceja. «Ni que fueses tú el que se mueve», replicó Link mientras buscaba en sus bolsillos a duras penas la llave de su habitación. «Si tú te cansas, yo también. Recuerda que somos uno», explicó el Héroe. Link puso los ojos en blanco al tiempo que abría la puerta.

Entró sin ningún miramiento en su habitación y cerró todo lo rápida y sigilosamente posible. Solo cuando hubo cerrado con llave por dentro, Link se permitió respirar con cierta tranquilidad. Sintiendo que los brazos se le cansaban, depositó a Zelda sobre su cama. Flexionó los brazos un par de veces para estirar los músculos y suspiró, cansado. Observó a Zelda dormir plácidamente en su cama y esbozó una sonrisa. Ella ni siquiera se había inmutado. Se arrodilló junto a la cama y alzó una mano para quitarle algunos mechones de cabello castaño que le cubrían parcialmente la cara. Sabía que tendría que llevarla en unas horas a su habitación. Por el momento, dejaría que descansara cuanto fuera posible.

… … … …

Unos ojos rojizos escudriñaron el cercano amanecer en Hyrule con cierta ansiedad. Hacía unos cuantos años que no veía amanecer ni anochecer. Su hijo nunca lo había presenciado y allí estaba, junto a él, estudiando el fenómeno con aquellos intimidantes ojos ámbar. No quería que él siguiera viviendo en las sombras, oculto y ajeno a la luz del sol creado por las diosas. Las diosas… ¿Quiénes eran ellas para decidir su futuro y su hogar? Ellos habían surgido de esa oscuridad que rodeaba a todas las cosas, una oscuridad que había aumentado con el paso de los siglos. Ahora, en el siglo XXI, esa sombra había anidado en los corazones de todas las criaturas de Hyrule, que se habían vuelto algo recelosas y que se dejaban llevar más por cautela que por la amabilidad y la honradez.

Ganondorf ahogó una risa histérica. ¿Quién habría dicho que las criaturas protegidas por las diosas acabarían siendo más oscuras de lo que ellas habían querido en un principio? Observó a su hijo clavar la mirada en el sol naciente. Era el momento. Los primeros rayos de sol emergieron de entre las montañas del este y llenaron la Tierra de un resplandor dorado inigualable. Oyó que su hijo ahogaba una exclamación.

-Fascinante-comentó Zant en un murmullo.

-Lo es, ¿verdad?-coincidió Ganondorf, volviéndose hacia su hijo- ¿Entiendes por qué debemos conquistar este reino?-Zant asintió- Tu matrimonio con la princesa es solo una patraña para que la gente que vive aquí no se alce con tanta facilidad contra nosotros. Si ven que su amada princesa se casa con el príncipe del Crepúsculo, la seguirán, creerán que es lo que hay que hacer y el baño de sangre será un poco menos… violento.

Zant giró el rostro hacia su padre y frunció el ceño.

-Creía que querías verlos muertos. A todos.

-No-repuso Ganondorf-. Solo necesito que Gaépora y su estúpida mujer mueran. Si hay alguien que quiera interponerse en mi objetivo, morirá también. Las muertes innecesarias no me interesan. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve gobernar un reino si no hay nadie viviendo en él?

Zant asintió con la cabeza, comprendiendo. Sin embargo, el asunto de la princesa seguía sacándole de quicio. Esa mujer le había desafiado y se había plantado ante él exigiéndole que se largara, negándose a aceptar la proposición.

-¿Qué piensas hacer si la princesa se niega a colaborar?-inquirió Zant, apretando los dientes- Entiendo su papel en todo esto, pero no servirá de nada si el plan no funciona.

Ganondorf sonrió con malicia.

-Créeme, deseará haber aceptado desde el principio.

Zant bufó.

-Y yo que creía que sacaríamos los tanques…

-Y lo haremos. Será una demostración de nuestra fuerza. Convenceremos a estos inútiles de que es imposible luchar contra nosotros y que solo nuestro poder y nuestras armas podrán defenderlos de futuros ataques.

-¿Y qué se supone que debo hacer ahora? ¿Esperar realmente una semana a que esa estúpida diga que sí?

Ganondorf ensanchó la sonrisa y asió a su hijo por los hombros.

-Por supuesto. Somos caballeros del siglo XXI. Tenemos que cumplir nuestra palabra, ¿no?

Zant le dirigió a su padre una mirada que dejaba entrever que no pensaba dejar tranquila a Zelda ni un solo segundo.

… … … …

Zelda volvió a su habitación cuando Link le aseguró que no había nadie en la zona de entrenamiento. Tras despedirse de él con un beso demasiado corto, corrió hasta su habitación y se encerró en ella para poder darse una ducha tranquila y asimilar todo lo que había ocurrido en un solo día. La llegada del rey y el príncipe del Crepúsculo, la horrible proposición de Zant, descubrir a la nueva Epona, escaparse del castillo tras recibir una "llamada" de Hylia, encontrarse con Link en el Templo del Tiempo, la discusión de las dos mujeres gerudo (Kotake y Koume, creía recordar), su discusión con Link, su persecución y, finalmente, el episodio en el antiguo establo del castillo, donde se había quedado dormida encima del montón de paja. De hecho, mientras se enjuagaba el cuerpo en la ducha, Zelda encontró alguna que otra ramita de paja, lo que le provocó una risa tonta que no paró hasta que se hubo secado el cuerpo y se hubo mirado al espejo.

De primeras, no notaba ningún cambio sustancial en ella, salvo que el brillo y el entusiasmo que recordaba habían vuelto a ella. Sabía perfectamente que se había acostado con Link mientras él seguía en una relación con Saria. Sin embargo, en esos momentos se sentía demasiado feliz como para preocuparse por ello. Dejaría que se le pasara la euforia y la adrenalina y ya hablaría en condiciones con él de ello. Aunque se lo había dejado bien claro varias veces y él le había prometido que arreglaría todo en cuanto tuviera un nuevo permiso y Saria estuviera en la ciudad.

Zelda se mordió el labio inferior para aguantar una nueva sonrisa y justo en ese instante, alguien llamó a la puerta de su habitación.

-¿Sí?-dijo Zelda mientras se quitaba la toalla del cuerpo y comenzaba a vestirse a toda prisa.

-Buenos días, Zelda-saludó Impa al otro lado de la puerta-. Tengo a alguien aquí que se muere por verte.

-No exageres tanto, Impa, que nos conocemos-se escuchó la voz de Midna en el pasillo.

Zelda soltó una carcajada mientras se ponía unas zapatillas deportivas blancas, a juego con la camiseta de tirantas que llevaba, y salió del baño. Giró la llave que mantenía su puerta cerrada y la abrió, encontrándose con una Midna alta, delgada y con el pelo y los ojos igual de naranjas que siempre. Aunque, claro, en aquellos años, Midna había conseguido crecer bastante, hasta el punto de sobrepasar un poco la altura de Zelda. No obstante, la expresión burlesca de ella era perenne en su rostro.

-¿Se puede saber por qué has tardado tanto en abrir? Me estaba haciendo vieja aquí fuera-se quejó Midna, echando a un lado a Zelda y entrando en la habitación como Pedro por su casa.

Impa abrió la boca para regañarla, pero Zelda negó con la cabeza en silencio. Impa rodó los ojos y, finalmente, se alejó de la puerta de Zelda.

-Recuerda que hoy la comida será antes-la avisó Impa, perdiéndose por el pasillo.

-¡Vale!-dijo Zelda, sonriéndole a la espalda de Impa.

-Veo que no has cambiado tu habitación para nada-Zelda se giró ante el comentario de Zelda y cerró la puerta tras ella-. Sigue siendo tan cursi como siempre.

Zelda se encogió de hombros.

-Seguro que la tuya parece la casa de Drácula.

-Es una batcueva, princesa-repuso Midna con cierto retintín en la voz al tiempo que se sentaba en la cama-. Para gustos, los colores… O la ausencia de ellos, eso ya como tú lo veas.

Zelda sonrió y se sentó junto a ella.

-No cambias, ¿eh?

-Y tú tampoco. Sigues metiéndote en líos y sigues viniendo a mí para solucionarlos.

Zelda abrió la boca, anonadada. Cogió la almohada y se la estampó a Midna en la cara.

-¿Así tratas a tu asesora matrimonial?-inquirió Midna fulminándola con la mirada cuando bajó la almohada- Y yo que creía que en el castillo todo era más… refinado.

-Todo, menos yo-puntualizó Zelda.

Midna se la quedó mirando durante unos segundos hasta que suspiró.

-Has estado con Link, ¿verdad?-preguntó la pelirroja sin andarse por las ramas.

Zelda se sonrojó un poco al instante y desvió la mirada.

-¿Tanto se me nota?-murmuró, azorada.

Midna respiró hondo y se dejó caer en la cama.

-Eres tan predecible… Tanto como Bella Swan en Crepúsculo.

Zelda se giró hacia ella parcialmente.

-¿ has visto esa película?

Midna hizo una mueca.

-He tenido que tragármela durante el viaje hasta aquí, ¿vale?

Zelda se mantuvo seria unos momentos hasta que no pudo más y se echó encima de Midna, riendo a carcajada limpia.

-¡Cuánto te echado de menos, Midna!

-Pues más me vas a echar como no te quites de mi cuello-farfulló Midna, intentando quitarse a Zelda de encima.

Tras unos segundos, la princesa se puso derecha en la cama y se mordió el labio inferior mientras Midna se acomodaba la ropa de nuevo. Sin embargo, en cuanto terminó, esta clavó sus ojos en ella y Zelda supo que la iba a someter a un quinto grado. «¿En serio la tenías que llamar?», le reprochó la voz de Hylia. Zelda la mandó a callar. Respiró hondo y, antes de que Midna empezase con su interrogatorio, comenzó a relatarle todo lo que había ocurrido desde el día de su presentación en sociedad.

… … … …

Dos días después de la visita de Midna, la princesa se encontraba en la biblioteca, sumida en unos documentos acerca del presupuesto con el que contaba para hacer las reparticiones necesarias entre las familias de los bajos fondos de la capital. Sin embargo, dado el silencio inexpugnable que había en la biblioteca del castillo, los pasos apresurados de los guardias corriendo por el pasillo resonaron como si estuvieran dando las zancadas junto a Zelda. Ella levantó la mirada de los papeles y de sus notas y frunció el ceño. Nunca nadie corría en el castillo, salvo que fuera una verdadera emergencia. Con un nudo en la garganta, dejó todo por medio y salió corriendo al pasillo para ver lo que ocurría. Varios soldados pasaron junto a ella sin percatarse de su presencia…, excepto uno.

-Zelda-jadeó Link al llegar a su altura, tomando aire por la boca.

Llevaba el pelo más despeinado de lo normal y cargaba con más armas de las que acostumbraba a llevar. Los ojos le brillaban por la carrera pero en su rostro se notaba la ausencia de la sonrisa que le había empezado a instalar cada vez que se encontraba con ella en algún pasillo escondido.

-¿Qué está pasando?-quiso saber Zelda de inmediato, acercándose a él.

La mirada de Link se ensombreció y le cogió la mano izquierda sin pensarlo. Zelda abrió al máximo los ojos y trató de desasirse del agarre.

-¡Link! Nos pueden ver…-le reprendió Zeda.

-Me da igual. Tengo que llevarte con tu padre-repuso Link, tirando de ella.

Al oír aquella última palabra, Zelda sintió como si le hubiesen echado un jarro de agua fría por encima. Dejó que Link la llevara hasta los aposentos reales, ocultos tras una enorme puerta de madera de roble de doble hoja con aldabas de oro en forma de ángeles. La respiración de Zelda comenzó a agitarse y le echó una mirada de súplica a Link para que no la dejara entrar sola allí. Tenía un horrible presentimiento y le parecía que se haría por completo realidad si ponía un pie en la habitación de sus padres.

-Vamos, te están esperando-la instó Link en voz baja ante la curiosa y atenta mirada de sus compañeros.

Zelda se revolvió y le encaró de nuevo, dándole la espalda a la entrada. Se llevó las manos al pecho, acongojada.

-No puedo hacerlo, Link. Ven conmigo-le suplicó, ignorando por completo las expresiones anonadadas y sorprendidas de los que presenciaban aquella escena.

Link se agachó cuanto pudo para quedarse a la misma altura que ella y la cogió por el cuello con toda la confianza del mundo.

-Sabes que entraría contigo si pudiera-le susurró, clavando sus ojos azules en ella para infundirle valor-. Te prometo que te esperaré aquí hasta que salgas, ¿de acuerdo?-Zelda asintió débilmente con la cabeza y Link esbozó una sonrisa tranquilizadora que estaba lejos de parecer alegre- Ve adentro, por favor. Tu padre te necesita.

Zelda frunció los labios y aspiró cuanto pudo por la nariz. Tragó saliva y se separó de Link con suavidad. Se volvió hacia la puerta y llamó con los nudillos un par de veces. Acto seguido, una doncella, que Zelda conocía muy bien porque era la que mejor se llevaba con su madre, le abrió la puerta con los ojos llorosos y un pañuelo en la mano.

-Adelante, Majestad-sollozó la mujer, haciéndose a un lado-. Os esperaban.

Zelda cerró las manos en puños y, tras respirar hondo por última vez, atravesó la doble puerta y entró en el salón que precedía la cámara real; una enorme sala revestida con cortinas translúcidas de color azul pavo y adornada con una pequeña mesa de café a la derecha y sendas sillas con asientos de terciopelo azul eléctrico. Zelda anduvo con decisión los pocos metros que medía de ancho aquella sala y entró sin ningún reparo en la habitación de sus padres. Sus ojos hicieron caso omiso de la decoración azul y blanca de la estancia y se centraron en la figura que yacía en la cama de matrimonio con dosel. Aquellos ojos que la habían acompañado toda su vida le sonrieron.

-Madre…