Hermione se movió en la cama y unos brazos fuertes la apresaron antes que intentara levantarse. Draco se había quedado esa noche a su lado luego de cenar en el Castillo de los Cristales. La acompañó hasta su cuarto en donde, lejos de irse o decirle un «hasta mañana», se metió con ella en la habitación. Es que ya no podía contener las ganas de pasar horas enteras junto a ella. Si hubiese sabido que la «tan mojigata de Granger», detrás de esa ropa holgada escondía un cuerpo escultural, totalmente sensual y que a la hora de hacer amor, podría llegar a ser una diosa, simplemente hacía años que se habría metido en su cama.

Pero luego recordaba que en sus años de escuela lo último que hubiese imaginado era tener algo con esa «sangre sucia». Incluso en más de una oportunidad se la imaginó casada y con un montón de niños pecosos y de cabello rojo, siendo una especie de «máquina procreadora». Y, sin embargo, ahora estaba allí, entre sus brazos… con su rostro angelical y perteneciéndole solo a él.

¡Maldita guerra! Maldita las ideas estúpidas de su familia, maldito Voldemort y maldito su padre que le impedían ser feliz. Todo el mundo tenía derecho a redimir sus pecados y comenzar de nuevo. Si tan solo su padre lo hubiese dejado tranquilo, habría terminado de estudiar en la universidad muggle, su madre podría lucirse en sociedad como tanto le gustaba y él habría buscado a Granger una vez que comprobara que su padre no iría tras ellos.

Pero no. Todo tenía que ser a escondidas. Amarse a escondidas de él, ¿qué pretendía Lucius casándose con Hermione? ¿Con qué artimaña el Ministro lograba tenerlo como títere?

Solo esperaba que su padre no sospechara nada, de igual forma las heridas causadas por el hechizo de defensa que le dio Ronald lo habían mantenido en cama casi el mismo tiempo que Hermione. Por lo tanto, habían sido pocas las oportunidades para entablar conversación y sabía que tenía muchas interrogantes en relación a lo ocurrido con el cuerpo de Granger luego del enfrentamiento en la usina abandonada.

En ese momento Hermione entrelazó sus dedos con la mano de él que estaba acariciando su ombligo. Draco sonrió y le dio un beso en el hombro desnudo, dejando de lado sus pensamientos.

—¿Sabes qué hora es, Hermione?

—Son las nueve. Suena lindo…

—¿Qué cosa? Que son las nueve y ¿aún estoy acostado?

—Suena lindo mi nombre dicho por ti, y no «Granger» como generalmente lo haces.

—No te puedo decir «Granger» si en la noche te he comido a besos por todos lados y te he hecho mía…

—¿Soy tuya?

—¡Uf! Enterita…

Le besó el cuello una vez más y ella instintivamente cerró los ojos por unos instantes al sentir el roce de sus labios con su piel. Draco se apegó más al cuerpo desnudo de ella sintiendo que sus hormonas se ponían de acuerdo haciendo nacer el deseo nuevamente. Hermione sintió que algo duro se había metido en medio de sus piernas. Rió y se giró en la cama, quedando frente a él.

—Parece que tú y yo, en medio de todo lo que ocurre, tenemos nuestro propio cuento de hadas.

—Debemos aprovechar al máximo el tiempo que estemos juntos. Quién sabe qué nos espera. Por lo que sé, se vienen batallas y…

—Shhh… —puso el dedo índice en los labios de él—. Lo sé amor, y tienes razón. Lo peor es perder el tiempo… solo hay que aprovecharlo…

Besó los labios de Draco lo que bastó para que él la tomara de la cintura e hiciera que quedara a horcajadas sobre él.

—Esta oferta es muy atrayente, Draco Malfoy. ¿Pero no crees que hora de levantarnos?

—Yo ya estoy levantado… —dijo mientras le indicaba que algo en su cuerpo había despertado temprano. Hermione lo tocó y efectivamente estaba tal como a ella le gustaba.

Se deslizó con sensualidad hasta quedar en medio de sus piernas. Lo iba a hacer, una vez más… deseaba con ansias probarlo y sentirlo. Gozaba con escuchar los gemidos de placer de él, eso la incitaba y le provocaba demasiado, así que acercó su boca, mientras Draco solo cerró sus ojos esperando el ansiado contacto con la suavidad de esa lengua que podía llegar a hacer maravillas….

Pero…

—¡Draco Lucius, sé que estás ahí! Necesito que ambos bajen… hay problemas.

Hermione se quedó paralizada y con la boca abierta al escuchar a Narcisa al otro lado de la puerta.

—¡Contesten! No quiero usar un hechizo para abrir —volvió a hablar Narcisa.

Draco se mordió con fuerza el labio inferior, en tanto Hermione saltó de la cama envuelta en una sábana y roja de vergüenza.

—¡Pensé que no le habías dicho nada a tu mamá!

—No le he dicho nada. Ella es bruja, recuerda.

Hermione rodó los ojos y se metió al baño. Draco se puso rápidamente un pantalón que estaba sobre una silla, se alisó un poco el cabello y dio una mirada a la habitación: era un desastre, pero no tenía tiempo para ordenar, pues su madre había vuelto a golpear la puerta.

Abrió y mientras se abrochaba la cremallera de su pantalón, Narcisa ingresó mirando con sorpresa el escenario que tenía ante ella. La tan ordenada habitación de Hermione parecía que había sido víctima de un tornado, la ropa estaba por todas partes, una bandeja con comida (que de seguro el par se preparó en la madrugada) también se hallaba armoniosamente esparcida por sobre la mesa que se encontraba en un rincón la habitación. Además logró ver que varias prendas íntimas estaban en lugares visibles: silla, mesa y velador.

Draco disimuladamente recogió el sostén rojo de Hermione que colgaba de la perilla de la puerta, pero Narcisa ya lo había visto. Solo rodó los ojos y suspiró con resignación. A su hijo no se le pasaba lo mujeriego.

—Hubo un ataque directo a Las Tres Escobas en Hogsmeade y en el poblado de Tintagel. Allí hubo un muerto.

—¿En Cornualles? Ese pueblo es totalmente apacible. ¿Y en Las Tres Escobas? ¿Por qué?

—Al parecer los mortífagos querían darle un escarmiento a los pobladores de Tintagel por vivir a diario con muggles y en cuanto a los heridos de Hogsmeade fueron pocos, había en el bar varios magos que lucharon en la guerra en contra de Voldemort. Sin embargo, eso no fue lo suficiente. Los heridos fueron llevados a San Mungo.

—¿Y los de Tintagel?

—Están aquí, son doce. Y por eso necesito ayuda. Con Luna y los dos medimagos no podré con todos. Necesito de ti y de Hermione.

Hermione en ese momento salió del baño con una bata. Había escuchado todo y se notaba preocupada.

—Yo no sé nada de medimagia, señora Black —habló con un hilo de voz. De todas formas sentía vergüenza por estar frente a la madre de Draco quien se había dado cuenta qué estaba haciendo ella con su hijo en esa habitación.

—Será suficiente con que ayudes a Luna. Y tú, Draco me apoyarás a mí en lo que haya que hacer.

Hermione asintió y miró a Draco, este también movió la cabeza en forma afirmativa. Narcisa se giró y antes de salir se volvió y miró a Hermione.

—Existe un buen conjuro para eso —dijo a apuntándose ella misma el cuello. Hermione sintió que un fuego le quemaba el rostro, llevándose la mano a su propio cuello en donde tenía un moretón causado por la boca de Draco.

—¡Mamá, por favor! —fue el mismo Draco quien le terminó de abrir la puerta para que de una vez su madre los dejara solos.

—Los espero abajo.

Hermione se cubrió la cara con las dos manos muerta de vergüenza mientras Narcisa ya había salido. Draco cerró la puerta y miró a Hermione, riendo, ella igual rió y fue a abrazarlo.

—Mi madre no está enojada. De seguro que esta situación le resultó cómica.

—Sí, claro… No sé con qué cara la voy a mirar ahora.

—Con la misma de siempre. Solo que tendrás que ponerte algo ahí —apuntó el cuello y Hermione hundió su rostro en el pecho de él.

Afuera Narcisa soltó una carcajada, era divertido ver a su hijo con la chica Granger en plena acción. Debió haberlos interrumpido. Pobres…

Solo esperaba que su hijo estuviera consciente de lo que ocurría y de que no le fuera a causar daño a Hermione. Sabía que esa muchacha era de buenos sentimientos y totalmente diferente a las que Draco había frecuentado hasta ese momento.

Dio un suspiro para encaminarse hacia la torre del lado izquierdo. Debía hablar con alguien antes de dedicarse a los heridos, quienes estaban siendo atendidos en ese momento por dos medimagos y la estudiante Lovegood.