Capítulo 20: Primer día
Como Carlisle prometió, mi auto nuevo, aunque brillante y reluciente, no era demasiado llamativo ni en absoluto indiscreto entre el infierno de automóviles que poblaban el estacionamiento de la escuela secundaria de Forks.
Hacía tantos años que había dejado de asistir a un establecimiento educativo y tanto tiempo el que había pasado confinado conmigo mismo como única compañía, que el ver la multitud de personas aglomeradas en torno a la entrada principal hizo que me faltara el aire.
No solo personas, sino personas adolescentes. Otras muchas personas de mi misma edad que, a diferencia de mi, no conocían otra cosa que el asistir a clase, pasar tiempo con sus amigos, estudiar, vivir en su casa con sus familias, divertirse y, tal vez de vez en cuando, pensar en la posibilidad del futuro.
Viéndolos moverse de grupo en grupo, charlando alegremente, riendo, como si ser lo que eran fuera un derecho adquirido y no un regalo de la vida, me di cuenta de cuán diferente era y cuán difícil sería mi permanencia en ese lugar.
Dudaba que alguno de ellos hubiera tenido jamás que lidiar con la humillación, el maltrato y el abuso que yo había sufrido en mi corta existencia. Ninguno de ellos andaría por la vida cubriéndose el cuerpo para ocultar las cicatrices cursando su piel, y menos aún tendrían que batallar con emociones violentas, traumas y un miedo capaz de paralizar hasta los huesos.
En ese diminuto instante en el universo, los odié a todos y cada uno de ellos. Los envidié con toda la potencia de mi cuerpo. Porque cada uno de ellos habían tenido una vida normal, con altos y con bajos, pero normal. Una infancia donde habían podido ser niños, una adolescencia en donde había podido ser irresponsables y libres, un pasado que atesorar y un futuro al que mirar con expectativas.
Yo, en cambio, jamás podría recordar mi infancia sin pensar en el aroma de los últimos días de mi madre, en la mirada final de mi maestra cuando mi padre me sacó de la escuela para siempre, en la puerta cerrada del cuarto donde mi padre eligió dejarse morir, en los ojos hambrientos y salvajes de Victoria mientras utilizaba mi cuerpo a su antojo, o en el rojo de la sangre en mi cuerpo mientras permanecía atado a esa silla en la oscuridad húmeda del sótano de la casa de mis primeros años.
No había una sola memoria realmente feliz a la que pudiera asirme, porque, si había existido, había quedado opacada por la ferocidad de lo que vino después.
Sentado en mi automóvil, en el estacionamiento de una escuela secundaria en un pueblo diminuto, aferré el volante con fuerza, hasta que mis nudillos se tornaron blancos de la violencia del gesto. Y odié y envidié a cada uno de los seres que caminaban esas aceras, poblando el aire de risas y susurros, moviéndose como si el mundo les perteneciera, como si no hubiera una sola preocupación en sus mentes excepto ser en ese preciso instante.
En ese momento, lo único que deseé fue poner la reversa y marcharme de ese lugar que jamás podría reconocer como parte de mi vida, sin importar lo mucho que fuera a esforzarme.
Pero cuando mi mano se posó en la palanca de cambios por debajo de la manga de mi camisa se asomó el brazalete que Carlisle me había dado la noche anterior. Soltando mi agarre al volante, corrí con cuidado mi ropa y me quedé observándolo.
"Esto es para ti" me había dicho Carlisle, colocando una cajita en mi mano al entrar en mi habitación.
"¿Otro regalo?" pregunté, sorprendido.
Carlisle sonrió entonces y asintió. Volviendo mi atención al objeto en mi palma, quité la tapa y me quedé observando el brazalete de cuero negro y el intrincado escudo de plata labrado. Levanté los ojos hacia Carlisle, intrigado.
"El escudo de mi familia" me explicó mientras permanecía apoyado casualmente contra el marco de la puerta de mi habitación. "Para que realmente seas un Cullen a los ojos del mundo"
Y sin decir otra palabra, dio media vuelta y se marchó, dejándome solo para lidiar con las muchas emociones que su gesto había generado en mi.
Volviendo de mi recuerdo, acaricié con suavidad el adorno en mi muñeca. Y tomando la mochila del asiento trasero con renovado aliento, salí al mundo exterior.
Si bien nadie había prestado demasiada atención a mi automóvil mientras estaba aparcado en el estacionamiento, todos los ojos se giraron hacia mí en el momento en que mis pies tocaron el asfalto. Fue como si miles de miradas buscaran la mía, como si alguien hubiera dirigido una luz sobre mi y nadie pudiera ver nada más.
El chico nuevo, pensé. Soy el chico nuevo. Una curiosidad. Una pieza de exhibición. Algo distinto en qué pensar en este pequeño pueblo.
Tragando saliva, recordando como un mantra todo lo que Aro me había enseñado para tranquilizarme, tomé los primeros pasos hacia el interior del colegio.
Bajando la mirada para no tener que encontrarme con ningún otro par de ojos, caminé hacia la oficina principal y solicité información sobre mis clases.
Afortunadamente, previendo mi posible incomodidad y desconcierto, Esme y Carlisle habían convencido al principal de la escuela de que me diera un recorrido guiado por el establecimiento una semana antes del comienzo de las clases. No querían que me sintiera irremediablemente perdido en mi primer día, sabiendo que eso no haría ningún bien a mi ya debilitada voluntad.
El principal había accedido, sintiéndose apiadado al saber que hasta ese momento mi educación había sido casera y que por ende no tenía idea de cómo manejarme en un colegio poblado de pasillos, aula y personas.
La secretaria me extendió una hoja y me deseó suerte en mi primer día. Asumo que me sonrió al hacerlo, pero por todos los medios evité encontrarme con su mirada. Tampoco le respondí o emití un sonido, lo que seguramente me ganó su desaprobación. Pero lo cierto es que estaba utilizando toda mi concentración en evitar que el pánico me dominara y que mis pies encontraran por sí mismo el camino de vuelta a mi casa y a la paz de la seguridad del encierro.
Caminé encorvado sobre mí mismo, con los ojos fijos en mis pies y la cabeza oculta entre mis hombros, tratando de pasar lo más desapercibido posible entre la multitud que rumoreaba a mis espaldas y me observaba curiosa.
El transcurso de la mañana tuvo lugar sin que mediara ningún tipo de acontecimiento desagradable.
Me moví de clase en clase en silencio y cabizbajo, evitando el contacto con otras personas, y tratando de que los cuerpos que se amontonaban en el pasillo me rozaran lo menos posible en el tránsito.
Nadie intentó acercarse a mi, probablemente asqueados por mi apariencia y persuadidos por mi actitud huraña. Eso era exactamente lo que había esperado que ocurriera, seguro de que sería más fácil sobrevivir a esta experiencia si conseguía que ninguno de esos niños se interesara en mi existencia.
Sin embargo, mi corazón seguía latiendo desbocado en mi pecho y mi mente trabajaba a velocidades inauditas mientras rogaba que las horas transcurrieran con menor lentitud, para que esta pesadilla quedara atrás lo antes posible.
El pánico se apoderó de mi cuando, llegado el horario del almuerzo, abrí la puerta de la cafetería y todos los ojos se giraron hacia mí. Respirando profundamente, tarareando en mi mente la canción preferida de Esme y ocultando mi mirada, me abrí camino entre el gentío y los curiosos hasta encontrar la mesa más alejada del salón, en un rincón en donde a nadie parecía interesado en sentarse.
Me acomodé en mi asiento, dándole la espalda al mundo, y saqué de mi mochila el almuerzo que Esme me había preparado y el libro que había comenzado a leer la noche anterior, dispuesto a tratar de olvidar que el universo se derrumbaba a mi alrededor.
Quince minutos más tarde, cuando casi había conseguido que el sonido del salón se apagara en mis oídos y mi atención se focalizara solo en las palabras que estaba leyendo, sentí movimiento detrás de mi y una suave voz que dijo: "Hola"
A desgano y atemorizado como un infante, moví mis ojos desde el libro en mis manos hacia el propietario de la voz juvenil. Mi mirada se encontró con la de una chica con cabello castaño oscuro y ojos azules. Bajé la cabeza lo más pronto posible, evitando fijar mi atención en ella más de lo necesario.
"Soy Jessica" murmuró. "Tú eres Edward, ¿verdad?"
Solo atiné a asentir despacio.
"Es un gusto conocerte, Edward" continuó, con voz amigable y cordial. "Se lo difícil que puede ser empezar una escuela nueva en una nueva ciudad y estar solo. Por lo que me preguntaba mi te gustaría sentarte conmigo y mis amigos durante el almuerzo"
Elevé mis ojos solo lo necesario para divisar la mesa a la que se refería, en donde me encontré con la mirada atenta de un grupo de al menos ocho chicos y chicas observando mi intercambio con Jessica.
"Todos están ansiosos por conocerte" agregó al ver la expresión de mi rostro al esquivar la inquisición de la que era presa. "Es una buena oportunidad para que hagas amigos"
Junté todo mi coraje y, centrando mi voluntad en no perder la cordura, forcé mi voz a no flaquear cuando me dirigí a Jessica.
"Gracias Jessica, pero prefiero quedarme aquí" le expliqué. "Me siento incómodo cuando estoy rodeado de demasiada gente. No soy del tipo sociable"
Noté mi voz quebrarse y el volumen de mis palabras desistir hacia el final de mi patético discurso.
"Oh…" fue todo lo que Jessica dijo.
Casi podía ver en mi mente la expresión azorada de su rostro, incapaz de comprender que la estaba rechazando. Supe que estaba siendo poco amable, cuando ella no había sido más que gentil conmigo, pero no pude evitarlo. No había forma de que aceptara sentarme en una mesa con todas esas personas que no conocía ni tenía interés en conocer. Jamás me sentiría cómodo o a gusto en medio de una multitud. Nunca habría un lugar para mi en ningún grupo, simplemente porque no podía concebir la idea en mi propia mente.
Y, además, antes de que hubieran transcurrido quince minutos, ninguno de ellos querría nada que ver conmigo. Ahora solo estaban interesados por curiosidad y por la necesidad de ser amables con un desconocido. Pero nadie querría pasar más que un par de minutos conmigo una vez que hubiera visto lo lóbrego de mi personalidad y que descubrieran que era un ser humano quebrado.
Ni todo el esfuerzo ni la voluntad de Esme y Carlisle podían cambiar el hecho de que la adolescencia se me había escapado de las manos en un abrir y cerrar de ojos, el mismo día en que Victoria entró en mi cuarto por primera vez. Toda la inocencia, la sencillez y la alegría de esa etapa de la vida de una persona se habían evaporado, dejando en el lugar donde alguna vez había habido un niño, a un hombre que había sido forzado a ingresar en la madurez y en la vida adulta abruptamente, sin escalas y sin ninguna concesión.
Por eso, al mirar a mi alrededor, supe que nunca podría encajar en este lugar. Porque yo no era como ellos. No era un adolescente. Y nunca había sido completamente un niño. No me lo habían permitido. Mi inocencia había durado demasiado poco. Y en su lugar había quedado un monstruo, deformado por dentro y por afuera. Demasiado corrompido como para poder entablar ningún tipo de relación con criaturas como Jessica.
Yo era diferente. Nada podía cambiar lo que había pasado en mi vida. No podía volver el reloj atrás. Y no podía ser algo que no era. Por eso, lo mejor era seguir estando solo. No arriesgarme al rechazo y la humillación. No tratar de hacerme pasar por uno de ellos.
Porque jamás sería uno de ellos.
"Lo siento Jessica. De verdad" agregué con un hilo de voz. "Agradezco tu buena voluntad, pero no estoy listo para hacer amigos"
"De acuerdo…" murmuró. Y sentí que sus pasos delicados se alejaban de mi.
Frustrado y sin apetito, acomodé mis pertenencias en mi bolso y salí del comedor, buscando un lugar en donde esconderme para ya no tener que volver a ver ninguno de esos rostros hasta que la campana me indicara el momento de volver al aula.
…
Un capítulo corto, pero necesario. Ojalá lo hayan disfrutado. Espero sus reviews con ansias!
Ya está online en mi blog el prólogo de la nueva historia que estoy pensando publicar. Me gustaría que se dieran una vuelta por allí y me comentaran qué les pareció: essoloparasiempre(punto)blogspot(punto)com
Gracias y besos!
