20
No sabía cuánto tiempo llevaban recostada en la cama de la morena, pero tampoco le molestaba tal cosa. Admitía, solo para ella misma, que el estar al lado de Rachel le hacía bien. Demasiado bien, para su gusto. Jamás pensó que podría llegar a sentirse tan cómoda y segura en compañía de alguien. Ni siquiera con Santana y Brittany, o Frannie, se había sentido de esa forma. Y lo peor de todo era que no estaban haciendo nada, simplemente estaban tiradas en la cama mirándose en silencio una a la otra, como si quisieran asegurarse que de verdad ese momento estaba pasando.
Odiaba caer en eso de sentirse esperanzada pero era algo que no podía evitar sentir cuando Rachel la miraba como si no existiera nada más a su alrededor, cuando la acariciaba con extremada delicadeza como si temería romperla. Nadie le había tratado de esa forma jamás. Ni sus ex-novios, ni familiares ni amigos. Absolutamente nadie. Solo Rachel. ¿Cómo evitar sentirse ilusionada cuando tenía frente a ella una mujer que le hacía sentir en las nubes? No podía. Lo único que podía hacer era rendirse por completo y asumir, de una vez por todas, que lo que sentía por Rachel ya no era simple atracción. La morena le gustaba en todos los aspectos habidos y por haber.
Le gustaba muchísimo.
Rachel le sonrió antes de soltarle la mano y ponerse de pie. Quinn parpadeó varias veces, como saliendo de un trance, y se recostó sobre sus codos mirando a la morena caminar de un lado al otro de la habitación buscando vaya uno a saber qué. Fabray se mordió el labio con fuerzas cuando la camarera caminó lejos de ella permitiéndole la visualización nítida de su espalda y, obviamente, también de su trasero. El corazón de Quinn latió de manera frenética y las manos le sudaron repentinamente. La excitación que sentía cuando veía a Rachel hacer algo sexy, y a veces sin que lo hiciera, también hizo su aparición.
Ya no se preguntaba si se sentía de esa forma solo por la falta de sexo porque sabía muy bien la respuesta a eso. Era Rachel quien le provocaba esa excitación desmedida. Rachel y sus piernas. Rachel y su trasero. Rachel y su boca. Rachel y sus ojos. Todo en la morena provocaba eso en ella. Así que no, no era solo por la falta de sexo que en ese momento se sentía con ganas de recorrer cada trozo de piel de Rachel, de conocerla mejor íntimamente, de saborear cada centímetro de la joven sin dejar ninguno libre. Aunque ciertamente no supiera muy bien cómo hacer cada una de esas cosas. Al menos no con una mujer.
— ¿Piensas mirarme mucho tiempo más? —preguntó Rachel de repente. Quinn podía sentir sus mejillas arder por haber sido descubierta. Agradeció enormemente que la morena aun siguiera de espaldas a ella, hasta que ésta se giró y la miró sobre su hombro con una sonrisa de medio lado—. ¿Te gusta lo que ves?
Si tenía que ser honesta, le sorprendió bastante el tono sugerente y atrevido en la voz de la morena. Una parte de ella supuso que ese lado de Rachel era algo que aún no había conocido completamente. Otra parte de sí misma se sintió desesperada por explorar ese sitio lo más pronto posible. Se auto regañó mentalmente y se obligó a concentrarse en la joven frente a ella. No era el momento ni el lugar para tener pensamientos lascivos con su amiga.
«Rachel es amiga, no comida», pensó casi sin convicción.
—No sé de lo que hablas, Berry —replicó, ya recuperada, con orgullo y una ceja en alto. La morena la miró con los ojos entrecerrados sin dejar de sonreír—. No estaba viendo nada en particular. Me quedé mirando a la nada, entonces…
—Hagamos de cuenta que te creo —interrumpió la joven con una media sonrisa. Luego levantó la mano mostrando lo que estaba buscando—. Encontré mi viejo MP3.
Sin dar más explicaciones, Rachel volvió a recostarse de nuevo a su lado. Y con la morena a su lado, también volvieron los nervios en Quinn quien, decidida a no ser descubierta nuevamente, se obligó a comportarse. Aceptó el auricular que le ofreció su amiga, viendo como la joven se colocaba el otro. En cuanto escuchó que era Nickelback quien se reproducía en el viejo reproductor de Rachel, sonrió cerrando los ojos. Lo siguiente que supo fue que la respiración de la camarera se sentía demasiado cerca de la suya. Una canción después, su mano era entrelazada con otra que desprendía el calor que le hacía falta a su propia mano. Tres canciones más tarde, Rachel se había acercado más a Quinn al punto de esconder su rostro en el cuello de la rubia. Para cuando los brazos de la morena rodearon su cintura, Fabray ya había perdido la cuenta de las canciones que llevaban escuchando. Posiblemente todo un disco entero.
Quería preguntarle, se moría por hacerlo, qué era lo que estaba pasando realmente entre ellas. Porque no era idiota, sabía que estar en la cama recostada con Rachel pegada a ella abrazándola como si se le fuera la vida en ello, no era para nada amistoso. Era algo más que eso. Y quizás al principio no lo notaba, o fingía no hacerlo, pero en ese momento en el cual sentía las caricias en su cintura por parte de la morena, y la respiración de ésta en su cuello, ya no podía seguir negando que entre ellas no pasaba nada.
Con Santana había compartido infinidades de veces su cama cuando la latina y Brittany se quedaban a dormir en su casa, o ella en la de las chicas, y puede que hasta hayan amanecido abrazadas una a la otra pero eso era algo que sucedía en pleno sueño, no a consciencia. Con Rachel, en cambio, era más que consciente de lo que hacía. Ella buscaba ese contacto. Todo el tiempo. Así que no, Berry ya no era solamente su amiga. O quizás nunca lo fue realmente y solo se trató de una potencial conquista desde el principio.
—¿Puedes dejar de pensar? —preguntó de golpe la morena sorprendiéndola. Quinn correspondió la mirada que le dedicó la joven. Solo que la de ella estaba cargada de sorpresa y confusión—. Aun con música puedo escuchar los engranajes de tu cabeza funcionando a mil por hora. Deja de pensar, ¿Quieres? Estás conmigo ahora,…
—Es por eso mismo que no dejo de pensar —confesó.
Rachel la miró algo confusa pero antes de que pudiera agregar algo más, la puerta de la habitación de la morena se abrió anunciando la llegada de una tercera persona. En cuanto Quinn supo que se trataba del padre de Rachel, no sabía cuál de los dos era, se separó bruscamente de su amiga cayendo al suelo. Se sentía completamente patética pero también se sentía asustada, por lo que se quedó al costado de la cama, tal y como había caído. Se cubrió los ojos con un brazo e ignoró la risa de Rachel y también la mirada acusadora que seguramente el padre de la morena estaría obsequiándole. Con la suerte que corría últimamente, lo más probable era que se tratara del Berry serio.
Escuchó a padre e hija cuchichear por lo bajo, seguramente burlándose de ella, por lo que se sintió más patética aun. Lo único que le faltaba era que el padre de Rachel se diera cuenta de lo estúpida que podría llegar a ser y la pusiera en la misma categoría que Brody. Frunció el entrecejo con molestia al pensar en eso. No se parecía en nada al estúpido ex novio de Rachel. Primero, porque ella no se depilaba el pecho. Segundo, porque no era tan idiota. O al menos esperaba no serlo tanto. Y tercero,… No había tercero.
Después de pasarse horas recostadas en el sofá de la sala de los Berry, hablando de todo y nada a la vez, Quinn casi se había olvidado del hecho de que los señores Berry volverían a la casa en algún momento de la noche. Fue por eso mismo que accedió a subir al dormitorio de la morena cuando ésta propuso tal cosa. De otra forma, habría dicho que no. No quería que los señores Berry se hicieran una impresión de ella que no era. Aunque, tarde o temprano tendría que entrar a la habitación de Rachel. Después de todo, tal y como había dicho la morena en la cena, dormirían juntas.
La habitación de Berry era tal y como se lo esperaba. A pesar de las paredes pintadas en color pastel claro, el rosado predominaba en toda la habitación. Si bien no era un color que a Quinn le gustase mucho, lo cierto era que no le desagradaba verlo en la habitación de la morena. Además, no sabía por qué pero ya sospechaba que ese color estaría presente en el lugar. Otra cosa que le gustó muchísimo fue el teléfono antiguo, rosado obviamente, que reposaba sobre el escritorio que allí había. El tocadiscos que estaba al lado del teléfono, también llamó su atención. Ignoró el hecho de que había una sola cama matrimonial en medio de la habitación y se enfocó en la pared repleta de fotografías. Ya estaba lo suficientemente nerviosa como para encima tener que comerse los sesos pensando que ella y Rachel compartirían un espacio tan estrecho e íntimo.
En qué momento ella y la morena pasaron a la cama, jamás no lo supo. Y si tenía que ser sincera, no quería saberlo tampoco. Se sentía bien yendo en modo piloto automático. Tampoco supo en qué momento se cambió su vestido de la cena por el pijama prestado de la morena: su vieja camiseta de Harry Potter que le había regalado a Rachel —que, según había dicho la mismísima morena, llevaba a todos lados solo para sentirla cerca—, y un short de algodón que Fabray no quiso saber de dónde salió.
— ¿Dónde está Quinn? —preguntó el padre de Rachel sacándola de las nubes. Para su suerte, era el padre favorito de ella: Hiram.
—Tirada al lado de la cama —respondió Rachel y Fabray se la imaginó cruzada de brazos y los ojos en blanco—. Entraste sin golpear y se asustó. Quinn, sal de tu escondite.
—No estaba escondida —replicó poniéndose de pie. Esperaba que el color rojo en todo su rostro no delatara lo abochornada que se sentía—. Estaba buscando tu MP3 —toda la mentira se vino abajo cuando Rachel sacudió la mano mostrándole que era ella quien tenía el aparato. Fabray no dudo un segundo en mostrarse lo más orgullosa posible—. ¡Lo tienes tú! No sé para qué me haces buscarlo debajo de la cama, Rachel. Eres tan maldita cuando quieres. Hola, señor Berry.
Era mejor encaminar la conversación hacia el padre de su amiga porque no quería darle espacio a la morena para que le replicara y la pusiera en una situación incómoda, más de lo que ya estaba. El señor Berry la miraba con una sonrisa en los labios, por lo que Quinn dedujo que seguramente encontraba toda la escena demasiado divertida. Ella también le hubiese visto el lado divertido al asunto si no fuera porque deseaba que se la tragara la tierra. Solamente ella era lo suficiente estúpida como para meter la pata en su primera cena en casa de los Berry.
—Solo pasaba a desearles buenas noches —rompió el silencio Hiram.
— ¿Solo tú? ¿Y papi? —preguntó Rachel al no ver al otro Berry—. ¿Dónde está?
—En el dormitorio. Lo dejé agotado —respondió el hombre de lentes. Quinn y Rachel abrieron los ojos sorprendidas antes de regalarse una mirada cómplice y soltar una sonora carcajada segundos después. Las mejillas del señor Berry se tornaron rojas—. No por esa razón, malpensadas. Estuvimos correteándonos uno al otro en el parque que está cerca de aquí…
—No sé qué es más gay —interrumpió Rachel son una sonrisa burlona—. Si lo que dijiste primero o lo del parque. Entonces, dejaste a… —se detuvo unos intentando aguantar la risa pero no pudo. Quinn tampoco podía pero apretaba los labios con fuerzas. No quería que el padre de la morena creyera que se burlaba de él—. Lo siento, papá. Es que es… demasiado gracioso, ¿Papi no te… no te dejó agotado a ti?
—Deja de burlarte, Barbra —ordenó Hiram con seriedad. Rachel se llevó las manos a la boca pero no parecía que fuera a hacerle caso—. Tú te burlas mucho de mí pero… —Quinn desvió la mirada cuando se dio cuenta del sutil cabeceo que el padre de Rachel dirigió hacia ella—. Mejor me iré a dormir. Mañana tengo turno en el hospital. Si necesitas alguna cosa se la pides a Rachel, ¿Si, Quinn? Recuerda, estás en tu casa.
—Gracias, señor Berry. Es muy amable —murmuró la rubia completamente tímida. Le pareció que padre e hija necesitaban espacio para ellos pero no sabía a donde ir así que solamente dio un paso hacia atrás deseando pasar desapercibida. Y si debía ser nuevamente honesta, también necesitaba un poco de espacio porque estaba algo aturdida debido al sutil cabeceo de Hiram.
—Que tengas buenas noches, Quinn.
—Buenas noches, señor Berry.
—Buenas noches, papá —intervino Rachel abrazando a su padre por la cintura. Quinn sonrió con ternura cuando vio el beso que el señor Berry le dejó a su hija en lo más alto de su cabeza. A ella le hubiese gustado que su padre alguna vez hiciera lo mismo. Sacudió la cabeza cuando un nudo apareció en su garganta. Russel ya no merecía nada de ella. Por lo que se concentró en la morena e Hiram—. Te veremos en el desayuno. Descansa y no dejes a papi más agotado de lo que ya está.
—Tú tampoco agotes a Quinn —replicó el señor Berry con toda la intención de ser escuchado.
Fabray se quedó completamente dura en el lugar, casi tanto como Rachel que tenía sus ojos marrones como platos. Estaban tan ocupadas en ocultar el rubor de sus mejillas que en prestar atención al momento en el cual Hiram abandonó el dormitorio de su hija riéndose a carcajadas. Quinn no quería pensar en lo qué podía llegar a significar lo que había dicho el padre de la morena, porque si lo hacía terminaría ilusionándose. Por muy estúpido que sonase. Su mente estaba en un momento en el cual cualquier detalle de más por parte de la morena, ya sea una simple caricia dada más de lo pautado, le haría caer completamente. Así que prefería pensar que en realidad Hiram le había devuelto la broma a su hija.
Solo eso. Una broma.
—Ignora a mi padre. Es un tonto — murmuró Rachel después de un rato en silencio.
El rubor aún se notaba en sus mejillas y Quinn sintió el deseo de acercarse a la morena y dejarle un beso a cada lado de su rostro. Incluso dio un paso hacia al frente antes de obligarse a sí misma a parar. La morena parecía algo inquieta pasando el peso de cuerpo de un pie al otro. Quinn sospechó que quizás la joven quería decir algo más, solo que no se animaba a hacerlo o no sabía cómo decirlo. Fabray puso los ojos en blanco y se maldijo a si misma cuando caminó hacia la camarera. Iba a caer completamente, estaba segura de eso, y aun así parecía no querer evitarlo. No en ese momento.
— ¿Qué pasa? —preguntó en voz baja. Estaba demasiado cerca de Rachel para su gusto pero aun así sentía que necesitaba acortar más la distancia entre ellas—. Puedes contarme lo que sea, Rach.
—Estaba pensando en mis padres —respondió la morena levantando la vista. Quinn se contagió de la sonrisa débil de la joven frente a ella—. Ya sabes, llevo un cuarto de siglo a su lado y aun así siempre descubro algo nuevo de ellos. Sobre todo en su relación. Han… han tenido momentos malos, como todas las parejas que llevan muchos años juntas, pero también han tenido buenos tiempos. Ellos realmente se quieren, Quinn —afirmó con la mirada brillosa y bastante firmeza en la voz. La rubia dio un paso más adelante y la tomó de los hombros—. Ellos realmente son almas gemelas. Desde pequeña lo notaba pero solo ahora puedo confirmarlo. Ellos se aman desde mucho antes de esta vida compartida y, aquí entre nosotras, siempre he deseado algo así para mí.
Quinn no supo qué decir o hacer más que abrazar con fuerzas a Rachel. Ella no había podido ser testigo de ese tipo de amor del que hablaba la morena porque lo único que recordaba de sus padres en sus años de infante eran discusiones y peleas, llantos por parte de su madre y a veces hasta de su hermana mayor. Ella no sabía lo que era ser pequeña y mirar desde el suelo una mirada de amor compartida entre Russel y Judy, no sabía lo que era desear ser parte de algo tan maravilloso como ese amor que parecía sacado de la historia más cursi y romántica del planeta.
Recién cuando conoció a Brittany y Santana pudo tener una prueba gratis y en primera fila de lo que podía llegar a significar el amar y ser amado. Pero para ese entonces su corazón comenzaba a endurecerse, y la idea del amor solo parecía ser un estúpido espejismo en un desierto por el cual ella jamás transitaría. Así que no, todo eso de amores a través de vidas pasadas, almas gemelas entre parejas, no era algo de lo cual ella pudiera hablar con conocimiento de causa o haya experimentado.
Sintió la respiración de la morena en su cuello y se aferró más al abrazo. No quería soltarla. Podía arrepentirse al día siguiente por dejarse llevar de esa forma, pero en ese momento lo que más deseaba era que el tiempo se congelara allí o que el fin del mundo la sorprendiera de esa forma, con Rachel entre sus brazos y ella siendo la mujer más feliz del universo solo por eso. Pero a pesar de estar tan entregada, su lado sensato le recordaba porqué la morena estaba en Lima, porqué pasaron días lejos una de la otra y porqué estaba ella en esa habitación, en esa casa. Y todo se resumía a Brody «pecho lampiño» Weston.
El mismo que la morena se encargó de mencionar tras separarse unos centímetros de ella.
—Creí que con él había conseguido eso que veía en mis padres —escuchó murmurar a la joven y el corazón de Fabray se oprimió de manera alarmante—. Pero luego me di cuenta que no. O sea, los seis años que pasamos juntos realmente lo quise, lo quise muchísimo, estaba enamorada de él pero en el fondo sentía que eso no era suficiente. Era como si una parte mi supiera que no era lo que yo realmente estaba buscando. Me hacía sentir bien, especial y feliz pero no me hacía sentir plena. Y creo que él se sentía de la misma forma este último tiempo, solo que todavía me amaba.
— ¿Y tú no? —preguntó casi con temor. No quería saber si la morena tenía aun sentimientos por su ex-novio pero tampoco quería ilusionarse en vano pensando que no.
—No, no como al principio —respondió Rachel mirándola directamente a los ojos provocando que todo en ella burbujeara—. Lo sigo queriendo pero no como mi novio. Dejé de verlo de esa forma desde hace tiempo. Desde mucho antes de que tú llegaras. Que quede claro que pase los mejores seis años de mi vida a su lado pero que ese tiempo ya cumplió un ciclo. Y ahora siento ganas de empezar uno nuevo.
— ¿Vas a buscar eso que ves en… en tus padres? —preguntó con el corazón en una mano y el estómago apretado. Sus ojos avellanas en ningún momento abandonaron los chocolates de Rachel.
—Creo que ya lo encontré —susurró la morena acercándose más a Fabray que no supo cómo reaccionar. Podía sentir la respiración de Rachel cerca de sus labios. Por un momento se olvidó de todo a su alrededor y cerró los ojos entregándose por completo a lo que sea que fuera a pasar—. Solo falta que la otra persona se dé cuenta también. Aunque dudo que yo sea su alma gemela. Ya tiene una.
—Pero aun puedes ser el amor de su vida —susurró antes de tomar a la morena por el cuello y pegarla más a ella.
Solamente debía inclinarse un poco más y sus labios rozarían los de Rachel iniciando ese beso que tanto anhelaba. Incluso se relamió los labios, y al parecer la morena hizo lo mismo porque sintió como la boca de la joven se entreabría ligeramente. Las manos de Rachel fueron a parar a su cintura y fue eso lo que impidió que saliera volando. Jamás se había sentido tan expuesta ni tan deseosa ni tan feliz con algunos de sus ex-novios como se estaba sintiendo en ese momento con Rachel. Podía sentir a la camarera temblar pegada a su cuerpo, o quizás en realidad era ella quien temblaba.
¿Así se sentía? Todas esas emociones indescriptibles que sentía estando junto a la morena, ¿Era lo mismo que sentían los demás cuando estaban junto a su persona especial, su enamorada? Pensaba que lo suyo no llegaba a ser amor, porque se negaba rotundamente a que eso pasara, pero Rachel ya no era solo una amiga. Era alguien esencial en su día a día. Era alguien que había despertado cosas en ella, cosas que no se esperaba. Era quien la había iniciado en un nuevo mundo completamente desconocido pero agradable. Era quien en ese momento estaba casi pegada a sus labios empujándola a un abismo al cual ella quería arrojarse voluntariamente y sin paracaídas.
Pero no lo haría. No en ese momento. No cuando el cadáver de la relación de Rachel con Brody aún seguía demasiado caliente. Si quería hacer las cosas bien debía ir despacio y, primero y principal, debía conquistar a la morena. Aunque, si tenía que ser honesta, una parte de ella sentía que eso no hacía falta. O por lo menos, que estaba a mitad del camino.
—Esto está mal —susurró sobre los labios de la camarera. Quiso golpearse a sí misma por arruinar el momento al alejarse de la joven pero ya no podía volver a atrás. No podía detenerse. Lo único que le quedaba ahora era explicarse mejor y no arruinarlo todo más de lo que ya estaba—. No por ser nosotras, sino porque… porque acabas de terminar una relación importante para ti, Rach. Y… y aun tienes cosas que aclarar y cosas que vivir, y sinceramente no quiero las migajas de nadie. Quiero algo solo para mí. No quiero besarte y que aun pienses en él, o… o que luego te arrepientas. Esto está mal. Yo no debí aprovecharme y…
No pudo continuar. No fue por el nudo en su estómago ni en su garganta, no fue por otra intromisión por parte del padre de Rachel, no fue porque los teléfonos móviles de ambas comenzaron a sonar, no fue ni por el fin del mundo o la caída de un asteroide justo encima de ellas. No fue por nada de esas cosas. Fue simplemente porque sus labios recibieron los de alguien más: los tentadores y cálidos labios de Rachel.
El calor que desprendía todo su interior parecía ser el mismo que desprendía los labios de la morena sobre los suyos. Si tenía que describir el sabor de los mismos no sabría hacerlo porque sabía era un sabor único al que, tonto o no, sentía que podía volverse adicta. Esos labios que ella, en solo dos segundos, ya había catalogado como expertos se movían a su antojo sobre los suyos provocando un cortocircuito entre su mente y su cuerpo. Sintió las manos de Rachel sobre sus hombros como si quisiera retenerla a su lado. Pobre gnomo ingenuo. Como si ella quisiera huir. ¿Quién huye del Paraíso cuando por fin lo encuentra? No, ella no iba a salir corriendo esta vez, por mucho que su lado sensato le dijera que eso estaba mal. Lo mejor era ignorarlo y rendirse de una vez por todas.
¿Saldría con el corazón roto? Perfecto. Eso no le importaba, no en ese momento. Ya buscaría una forma de repararlo más tarde cuando la burbuja en que estaba envuelta se pinchara.
¿Estaba lista para arriesgarse después de ese beso? Por supuesto que no, ya se había expuesto demasiado y no pensaba quedar en ridículo en caso de que Rachel se arrepintiese. Lo primero que tenía que hacer en cuanto dejara de disfrutar de los labios de la morena, sería idear una buena excusa para zafar del momento incómodo en el que se encontraría en caso de haber arrepentimientos de por medio.
Rachel mordió ligeramente su labio inferior y eso provocó que dejara los pros y los contras para otro momento. «A la mierda todo», pensó justo antes de tomar la cintura de la morena con una mano mientras que la otra iba a parar a la nuca de la joven pegándola más a ella. Podía sentir como la camarera temblaba en sus brazos, y ella estaba tan entregada a ese momento que seguramente Rachel sentiría su temblor también. No podía evitarlo, llevaba deseando ese beso desde hacía muchísimo tiempo. Tanto que ya había perdido la cuenta.
Conocía a Rachel desde hacía casi un año —solo faltaba menos de un mes para cumplir esa fecha—. Había aprendido a confiar en ella, a observarla, a conocerla, a saber cuándo su rostro pasaba de la preocupación a la timidez, la manera en que se mordía el labio cuando quería concentrarse en lo que estaba haciendo, los diferentes tipos de sonrisas que la joven poseía. Para sus amigos tenía una más cálida y fraternal, para los clientes del Spotlight era una más educada y amistosa. Y para ella tenía una sonrisa más única, una en la cual no solo participaban sus labios sino también sus ojos marrones hipnóticos.
Podía comparar el beso de la morena con los de sus ex-novios pero sabía muy bien que no había punto de comparación. Con Rachel se sentía volar y al mismo anclada al suelo, sentía que podía reír y llorar, que podía ser ella misma sin miedo a que la otra persona se burlara de su forma de besar o saliera corriendo. Aunque, por la forma en que Rachel la sostenía, parecía todo lo contrario. Sentía la diferencia de calor entre las manos de la morena y la piel de su cintura pero no se quejaba de tal cosa ni del hecho de contacto piel con piel. Por primera vez, eso no le asustaba. Quería quedarse allí.
Quedarse una eternidad.
Lo único que evitaba que eso sucediera, era la falta de oxígeno.
«Maldito oxigeno necesario para vivir», escupió en su cabeza.
—No vuelvas a… —empezó Rachel robándole un beso corto y tierno. Quinn apretó el agarre en la cintura de la morena con los ojos cerrados y una sonrisa, mientras ambas recuperaban el aliento. Sus frentes en ningún momento se separaron—. No vuelvas a decir que esto está mal. Que tú y yo está mal. No cuando acabas de besarme de esa forma tan única, ¿Ok?
—Acabas de terminar con Brody —fue la respuesta de Fabray clavando sus ojos avellanas en los chocolates de Rachel nuevamente.
—Ya lo sé, y no te estoy pidiendo que te cases conmigo —replicó la morena pegándose más a ella. Quinn la miró interrogante, invitándola a continuar—. Tampoco te estoy pidiendo que ya seas mi novia. Lo único que te pido es que no salgas corriendo. Porque te conozco. Siempre que avanzamos dos pasos, retrocedemos quince. Y ya no tengo fuerzas para correr detrás de ti, Quinn. Ya no puedo más.
Ella tampoco podía más, y menos tras haber escuchado el ruego y la resignación en la voz de Rachel. Era muy probable que al día siguiente se arrepintiera de todo lo que estaba haciendo esa noche, de la manera en que se estaba rindiendo por completo a lo que sentía —sea lo que sea que estaba sintiendo además de atracción—, pero en ese momento no podía hacer otra cosa que no fuera abrazar a Rachel con fuerzas, sentir los brazos de la morena rodeando su cintura y su cuello siendo invadido por el rostro de la joven. Le dejó en beso en la cabeza a la camarera mientras se preguntaba si ésta vez saldría corriendo.
¿Lo haría? En el cumpleaños de Dani había sentido que en los brazos de Rachel estaba su hogar, ahora que había probado sus labios, sentía que allí estaba su vida. Allí estaba su paz, su tranquilidad, su armonía, su futuro. Entonces, por primera vez en su vida, su corazón y su mente se pusieron de acuerdo en algo: no iba a huir.
No esta vez.
La sonrisa en los labios y su mirada reflejaba la mezcla de felicidad y terror que sentía en su interior pero Rachel no dejaba que se perdiera en sus pensamientos. La morena paseaba sus manos de arriba abajo en su espalda de manera lenta, provocando la más profunda de las emociones en Quinn. Sus ojos, al igual que sus corazones, volvieron a encontrarse. Y fue entonces cuando Fabray dejó de pensar entregándose completamente a sentir. Los dos océanos marrones de Rachel la incitaban a perderse en ellos, y ella parecía no poder resistirse. Jamás se había sentido tan desnuda y vulnerable frente a ojos ajenos hasta ese momento.
El nerviosismo y el pánico la invadió por completo, y con muchísima más fuerza que antes, cuando Rachel se separó de su cuerpo lentamente y empezó a guiarla de regreso a la cama. La mirada chocolate en ningún momento abandonó el verde de sus ojos. Tragó con fuerzas una vez que la morena se dejó caer en la cama. ¿En qué demonios estaba pensando Rachel? No iban a… ¿O sí? Su desconcierto quizás se reflejó en su rostro porque la morena puso los ojos en blanco antes de tirar de ella hacia adelante. En cuanto sus cuerpos chocaron, la joven camarera le dejó un beso en la mejilla.
—No haremos nada, idiota —aclaró la camarera—. Es hora de dormir y,… y sinceramente no quiero darte tiempo a pensar demasiado en las cosas porque saldrás corriendo. Así que vamos a acostarnos, dormir y…
Los labios de Quinn fueron atraídos nuevamente a los de la morena acallándola. Quizás de esa forma, dejaría de pensar que huiría. ¿Cómo podría hacer tal cosa? Ya no tenía ni las fuerzas ni las ganas para seguir corriendo. Y menos después de haber besado a Rachel como lo había hecho. Debía admitir que jamás había besado a nadie de esa forma tan entregada. Rachel había sido la primera. Pero, por mucho que su cerebro estuviera en cortocircuito, no dejaba de pensar en qué mierda eran ahora, ¿Seguían siendo amigas pero con cierto derecho? ¿Solo amigas? ¿Pareja? No, eso ultimo no. Pensar que solo por un beso ya eran pareja, era algo completamente exagerado y estúpido. No debía ser tan ingenua. Solo había sido un beso y nada más.
—Saldrás corriendo, ¿Sí o no? —preguntó Rachel una vez que ambas estuvieron recostadas bajo las sabanas. Quinn la miró con los ojos entrecerrados—. Necesito saberlo para dejarte la puerta de abajo abierta, así puedes irte sin hacer ruido.
—Estoy aterrada, Rachel —confesó sintiéndose estúpida, por lo que miró a cualquier lado menos hacia la morena—. Pienso que esto es una locura. Acabas de terminar con tu novio, yo recién empiezo a saber qué es lo que quiero y no soy la mejor prueba de estabilidad ni de compromiso. No quiero arruinarlo contigo.
—A mí me aterra la idea de que salgas corriendo —susurró la morena jugueteando con las manos de ambas—. Yo no necesito poner en orden nada porque llevo meses lidiando con todo esto, Quinn. Con verte y que todo en mí se paralice, con el deseo de acariciarte unos segundos de más, con que mi estómago se apriete cada vez que me sonríes. Y ni hablar de cuando me miras, mi corazón se ensancha hasta casi explotar. Me siento caer cada vez un poco más cuando haces algo por mí y me doy cuenta que con el resto no es así. Cuando pienso que no puedes hacerme sentir más única y especial, haces algo nuevo que me hace pensar que contigo jamás dejaré de sentirme de esa forma.
No sabía qué hacer ni cómo lidiar con todos los sentimientos repentinos que la invadieron al escuchar todas y cada una de las palabras que Rachel decía. ¿La morena llevaba meses sintiéndose de la misma forma que ella? ¿Lidiando con todos esos sentimientos encontrados? ¿Por qué no se lo dijo? ¿Tendría el mismo miedo que ella de hablar? ¿Estaría igual de perdida? Seguramente si, por eso no había ni siquiera comentado alguna cosa con ella. Un sentimiento de compañerismo y complicidad se instaló en su interior al darse cuenta que ya no era ella sola metida en toda esa locura, sino que tenía a Rachel a su lado.
Olvidándose de Brody, de sus pensamientos, de todo a su alrededor, tomó el mentón de la morena elevándolo hacia su rostro. Con una lentitud casi desesperante posó sus labios sobre los de Rachel una vez más. Su corazón nuevamente latió desbocado, y una de sus manos fue a parar a la nuca de la joven enredando sus dedos en la melena marrón que tan suave era a su tacto. Sintió las manos de Rachel en su espalda antes de deslizarse lentamente hacia abajo hasta anclarse en su cintura.
— ¿Qué haremos ahora? —preguntó en un momento de lucidez. Rachel debajo de ella se relamió los labios con los ojos cerrados antes de negar con la cabeza. Esperó a que la morena la mirase a los ojos para continuar—. No hablo de ahora, ahora, sino de… ahora —la camarera soltó una pequeña risa por lo bajo—. Qué bueno que mi torpeza te divierta pero hablo en serio, Berry. ¿Qué pasará cuando despertemos? ¿En la mañana cuando desayunemos con tus padres? ¿Qué pasará cuando te lleve a almorzar con mamá? ¿Qué seremos al despertar?
—Nada, no seremos nada —fue la respuesta de Rachel después de un largo silencio. Quinn trató de regalarle una mirada neutral, más que nada para que no se reflejara en su rostro el golpe seco que sintió en su estómago—. No seremos nada más que dos amigas que siente algo profundo por la otra y que buscan descubrir qué es. Porque buscamos eso, ¿Cierto? —Quinn, ya más aliviada por la aclaración, asintió con la cabeza—. Aún nos queda un camino largo por recorrer. No quiero ir con prisas y que tú salgas corriendo. Así que prefiero que nos tomemos esto con calma. Sin presiones ni malos pensamientos, que ya conozco como funciona tu cabeza. Ahora me besas pero mañana será todo un milagro si amaneces a mi lado. Y yo no quiero ilusionarme para que luego me rompas el corazón. Quiero ilusionarme para poder vivir esto conmigo. Porque lo cierto es que no quiero vivirlo con nadie más.
—Yo tampoco quiero vivirlo con nadie más —susurró antes de volver a besar a la morena.
No se detuvo a pensar en nada más porque no había nada que pensar. Rachel parecía tan entregada a esa locura como ella, ¿Cómo iba a retroceder al ver eso? ¿Cómo iba a resistirse a esa mirada chocolate que tanto poder tenía sobre ella? No, por primera vez en su vida iba a ser protagonista principal de una historia que recién empezaba a gestarse. Si iba a ser una comedia, un drama, una de suspenso, una de terror, no lo sabía; pero estaba dispuesta a averiguarlo. Siempre y cuando su co-protagonista fuera Rachel y nadie más.
Ella y la morena habían pasado parte de la madrugada robándose besos cortos pero sentidos. También se habían perdido en los ojos de la otra y, por sobre todas las cosas, habían hablado un poco más acerca de todo. Rachel quiso aclarar algunas dudas que tenía, más que nada saber cuándo empezó la atracción de Quinn por las mujeres. La rubia simplemente respondió un «Por ti» antes de evitar otra catarata de preguntas con un beso. Sabía que no había saciado la curiosidad de la joven entre sus brazos pero luego volverían a hablar y ella respondería todas las preguntas con honestidad y sin esquivos.
— ¿Lento pero seguro? —preguntó justo antes de quedarse dormida por completo.
Una de las manos de Rachel descansaba en su cintura por debajo de la camiseta, mientras que la otra se aferraba con fuerzas a la mano de Fabray que descansaba sobre el hombro de la camarera. Rachel elevó un poco la cabeza y se inclinó hacia adelante depositando un beso en los labios de la rubia que parecía estar esperando tal cosa.
—Lento pero seguro —fue la respuesta de la camarera quedándose dormida segundos después.
—Lento pero seguro —repitió Quinn con una sonrisa radiante antes de seguir los pasos de Rachel.
Con un poco de suerte se reencontrarían en los sueños. Tal y como se habían encontrado en la realidad.
Hola!
Creo que fue un capitulo demasiado corto, había olvidado lo corto que era. Me disculpo por eso. En fin, espero que el beso haya estado acorde a lo que esperaban, o como se lo imaginaban. Si no es asi, me disculpo nuevamente.
Hasta la próxima!
Buen inicio de semana para todos!
