Disclaimer: Ninguno de los personajes de Death Note me pertenece.


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¡️Aclaración!

Éste epílogo se ubica unos seis meses después del último capítulo. Que lo disfruten!

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La Promesa de Ryūzaki

Epílogo

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—Igor Petrovich consiguió un trato —Harold Hale extendió los documentos que llevaba en las manos, pero L ni siquiera los miró —¿L?

—Ya lo sabía —declaró el detective, contemplando fijamente la pantalla de su laptop. Harold parpadeó.

—¿Y por qué no fui informado?

—Interpol lo decidió apenas en la mañana.

—¿Y tú lo permitiste?

El más joven se encogió de hombros, indiferente.

—Petrovich ha robado secretos soviéticos durante décadas; además ha traficado para las mafias más grandes de Asia. Un trato a cambio de toda esa valiosa información me parece lo más sensato.

—¿Sensato? ¡Ése hombre mató a Watari!

—Y pagará por ello —sentenció el detective, mordiéndose el dedo pulgar —No van a ejecutarlo, pero aun así pasará el resto de su vida en prisión por sus crímenes. Es lo que Watari hubiera querido —anunció ante la mirada molesta de Harold, que, sin embargo, no emitió opinión al respecto.

—Espero que no te equivoques —fue todo lo que dijo el hombre antes de salir por donde había llegado, y solo entonces L se movió, doblando el cuello para contemplar la puerta que su nuevo asistente había cerrado tras de sí.

—También yo —murmuró, y sus palabras se perdieron en el aire.

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—¿Y cómo te sientes?

Mello parpadeó, desviando la mirada de las gotas de lluvia que golpeteaban la ventana, posándola con indiferencia sobre el anciano que estaba sentado frente a él, y casi de inmediato se encogió de hombros, sentándose con la espalda ligeramente inclinada.

—Bien, supongo. —contestó en un murmullo, frunciendo el ceño de inmediato —Aunque me aburro aquí. ¿Has sabido algo de L? Hace meses no nos da ningún caso. No sé cómo espera que lo sucedamos si no nos entrena. —declaró, cruzándose de brazos. Roger entonces enarcó una de sus blancas cejas, con gesto cansino.

—Mello, si él los necesita serán informados. —suspiró —Y en cuanto a lo otro, también volverá a asignarles nuevos casos a su debido tiempo. La muerte de Watari ha sido difícil para todos, y las cosas, me temo, tardarán un poco en volver a la normalidad.

—Lo sé. Está bien. Sólo dije que me aburro —Mello se encogió de hombros, restando importancia a sus propias palabras.

—¿Y cómo funcionan las cosas con tu nuevo compañero?

—¿Rowan? Es un imbécil, ególatra, megalómano y pretencioso, con una boca más grande que su cerebro —gruñó el adolescente, ganándose una mirada reprobatoria de su mentor.

—Sé que extrañas a Matt —musitó Roger, severo —, pero no debes expresarte así de tu compañero. No es su culpa que él ya no esté aquí.

—Te equivocas —Mello suavizó el sonido de su voz —Sí, extraño a mi mejor amigo, pero eso no quita que Rowan sea un idiota. Y por supuesto que sé que no es su culpa, pero no se lo digas o su diminuto cerebro no podría soportar saber que el mundo no gira a su alrededor.

—Esta bien. Veré que la señora Doubt los ponga en cuartos separados.

—Roger, le das demasiada importancia. El sujeto no me agrada, pero me divierte reírme de él sin que se dé cuenta —comentó Mello, esbozando una sonrisa, de esas que hacía tiempo no mostraba, razón por la cual Roger no pudo evitar sonreír también —¿Eso es todo?

El anciano parpadeó.

—Sí, es todo por hoy. Te veré el miércoles, ¿de acuerdo? Ya puedes regresar a tus clases.

—Está bien. Hasta luego.

Mello se levantó, emulando un desganado saludo militar mientras se acercaba a la puerta, y al abrirla se detuvo un momento, dándole paso a Near, que ya se preparaba para entrar en la oficina al tiempo que él salía.

—Quítate de mi camino, cabeza de algodón —gruñó, golpeando a propósito su hombro al pasar, pero Near ni siquiera lo miró mientras ingresaba en el estudio de Roger, ganándose una mirada de odio del adolescente mayor —Pequeño cretino —gruñó Mello. Todavía no perdonaba al niño albino, dudaba hacerlo algún día, y quería dejárselo bien claro a cada oportunidad. Sin embargo, sus pensamientos se dirigieron rápidamente hacia otro lado —Mi mochila...Diablos — gruñó, regresando sobre sus pasos hacia la oficina de Roger, e iba a golpear a pesar de que la puerta seguía entreabierta, pero se detuvo al escuchar la fría voz de Near.

—Creo que tiene mucho sentido —dijo su enemigo, y por la rendija Mello lo vio de pie frente a su mentor. Y no supo porqué se quedó allí, escuchando mientras Roger levantaba la vista de sus papeles, pidiéndole al niño albino con la mirada que continuara —Petrovich de todas formas pasará el resto de su vida en prisión. Es un castigo justo.

—Es lo mismo que L dice —comentó el anciano, sorprendiendo a Mello al mencionar al detective —Perdonarle la vida a cambio de años de secretos militares le parece lo más sensato.

—¿Y se hará un anuncio oficial?

—No. Interpol quiere mantenerlo en secreto para no comprometer la seguridad del convicto —anunció Roger, soltando un suspiro de decepción. Near separó los labios para hablar, pero se quedó callado, y entonces, como Roger, miró hacia la puerta, directamente a Mello, que se sobresaltó en el acto al verse descubierto.

—¿Mello?

—Olvidé mi mochila —se excusó el adolescente, adentrándose en la habitación y tomando sus cosas antes de volver a salir.

—Cierra la puerta, por favor —pidió el mayor, y Mello lo hizo, recargándose sobre la madera de roble después.

¿Petrovich no será ejecutado?, pensó, pero antes de que pudiera profundizar en ese pensamiento, sintió que algo vibraba en su bolsillo.

Hola, Mihael. ¿Quieres jugar?😉

...

—¡Misa, Misa! ¡Mira aquí por favor! ¡Misa!

Misa saludó y sonrió a todos los fotógrafos y reporteros antes de que Matsuda la sacara de entre la multitud y la subiera a la camioneta blindada que la gente de Yotsuba había dispuesto para ella.

— ¡Cielo santo, qué locura! —rió, nerviosa, viendo las cientos de manos golpeteando las ventanillas del coche y todavía gritando, y saludando a pesar de que las personas de afuera no podían verla. Entonces escuchó a Matsuda bufar.

—Te has vuelto aún más popular desde el secuestro, Misa. Fue una noticia mundial.

—Lo sé —suspiró, sentándose con la espalda recta sobre su asiento mientras fuera los guardias de seguridad del canal empujaban a periodistas y fanáticos para permitirles el paso —Quiero mucho a mis fanáticos, pero se vuelven algo aterradores a veces...

—Me preocupan más los fotógrafos que te siguen las 24 horas del día —Matsuda volvió a bufar, escribiendo algo en su celular— Son como parásitos rastreros. No sé qué esperan encontrar...

—Algún escándalo, supongo —Misa se encogió de hombros —Muchos programas todavía me llaman "la amante del mafioso". Con esa mentira que Roger inventó para justificar mi secuestro, de que ese hombre horrible era un fanático loco. Todavía lo recuerdo y me da escalofríos.

—Lo importante es que todos se lo tragaron. Detente, Mogi — ordenó el policía, y su compañero detuvo el coche antes de salir del estacionamiento. Segundos después, otra camioneta, idéntica a la suya, pasó por su lado —Espera cinco minutos y avanza.

—¿Qué era eso? —preguntó Misa, curiosa. Matsuda observó la otra camioneta alejarse y sonrió.

—Un señuelo. Nos ordenaron que nada de fotógrafos.

—¿Quiénes?

—Es una sorpresa...—Matsuda amplió su sonrisa y entonces la camioneta volvió a andar, avanzando sin problemas, pues todos los fanáticos, fotógrafos y reporteros, como esperaban, habían corrido detrás del señuelo.

Recorrieron las calles de la ciudad durante unos diez minutos, llegando a una urbanización de casas grandes y elegantes, pero que Misa no conocía.

—¿A dónde vamos? —preguntó con insistencia. No era que desconfiara de Matsuda y su compañero, pero tenía verdadera curiosidad.

—Aquí a la izquierda, Mogi —ordenó el policía al conductor, Mogi, y ninguno respondió a la pregunta de Misa. Entonces la camioneta dobló y se detuvo frente a una enorme mansión, cuyas luces automáticas se encendieron en ese mismo instante, antes de que las pesadas rejas se abrieran para darles paso. El vehículo recorrió un corto trecho desde la calle hasta la entrada de la majestuosa casa, deteniéndose entre ella y una portentosa fuente de agua. Matsuda le abrió la puerta y Misa se maravilló con el hermoso jardín iluminado por modernas luces de led, para finalmente observar la fuente con curiosidad. Era una pieza extraña, parecía ser arte moderno, ya que tenía una rara forma estirada del símbolo del infinito por donde salía el agua que caía con gracia a los lados. Era muy bonita.

—¿Dónde estamos? —insistió la Idol, confundida. Como respuesta, su representante y amigo señaló la puerta de la mansión mientras ésta se abría de par en par, revelando la figura de un hombre, alto y delgado, a través del umbral; el hombre les sonrió, y Misa lo miró con ojos bien abiertos, quedándose estática en su lugar.

—Buenas noches, Misa —saludó el joven, dando un paso hacia la escalinata de piedra que los separaba, acercándose a ella.

Misa parpadeó y retrocedió un paso, impactada.

—Midō-san —suspiró, primero mostrando sorpresa, luego algo de enojo mientras ponía las manos en las caderas —Así que regresaste.

—Sí... —Shingo se pasó una mano por el cuello, terminando de descender por la escalinata —Lamento lo que... —el ejecutivo de Yotsuba se vio interrumpido al recibir una bofetada que resonó en toda la propiedad.

Matsuda y Mogi decidieron en ese momento regresar dentro de la camioneta, y Misa, aunque también parecía sorprendida de su propia reacción, frunció el ceño de inmediato.

—¡¿Cómo te atreves a aparecerte así?! —le reprochó, entre chillidos de enfado —¡Desapareciste sin dejar rastro! ¡¿Tienes una idea de lo mucho que me preocupé por ti?! —lo acusó. Shingo parpadeó.

—Lo sé.

—¡No me hablaste ni diste señales de vida en meses!

—Lo sé. Lo siento. Pero, si me dejas...

—Creí que de verdad querías ser mi amigo —lo interrumpió ella, bajando la cabeza con tristeza por un momento —, pero te fuiste y me dejaste como si nada. ¿No pudiste al menos decir adiós? —preguntó. No estaba enojada realmente, sino dolida, e infinitamente decepcionada.

Durante las semanas posteriores a su secuestro Shingo había demostrado ser un amigo comprensivo y leal, y así, de la nada, había desaparecido del mapa; la gente de Yotsuba solamente le decía que se había tomado vacaciones, pero nadie sabía a dónde, ni cuándo regresaría; Midō no atendía su teléfono, ni devolvía las llamadas. Nadie sabía nada de él, ni siquiera en Yotsuba, en donde había dejado a un representante, y para Misa fue como si alguien en quien confiaba la hubiera abandonado una vez más.

—Lo siento... —la voz de Shingo sonó suave y cargada de arrepentimiento, pero Misa no dio su brazo a torcer. Seguía demasiado molesta como para hacerlo.

—¿Para eso me trajiste a tu casa?

—Por favor, déjame terminar —pidió el ejecutivo con calma, entrelazando los dedos tras la espalda mientras suspiraba, mirando un momento al suelo y luego fijamente a los ojos de Amane Misa —Lo intenté, Misa —le soltó, encogiéndose de hombros —, de verdad intenté ser el amigo que necesitabas... Pero no pude, y no puedo.

Misa parpadeó, confundida.

—¿Por qué?

—Nunca he sido del tipo se persona que sabe hablar de sus sentimientos, pero desde la primera vez que te vi... —Shingo suspiró y bajó la mirada una vez más, volviendo a levantarla en el acto, con más seguridad que antes —Nunca antes me había enamorado, no sabía cómo actuar al no ser correspondido, por eso debía irme.

Misa parpadeó. Sabía de sus sentimientos, después de todo él mismo se los había confesado meses atrás, pero aún así sintió sus mejillas arder.

—P-Pero...

—No podía tolerar quedarme cerca de ti y limitarme a ser solamente tu amigo. Quiero decir, pensé que sí podía; me aterraba la idea de perderte también como amiga, pero me aterraba mucho más el hecho de que un día te enamoraras de otra persona, y yo no pudiera hacer nada para evitar que te alejes de mí.

—¿Por eso te alejaste primero?

—No. Bueno, tal vez sí al principio. Quería descubrir si mis sentimientos por ti eran reales, ¿y sabes lo que descubrí?

—¿Qué cosa?

Él dudó durante unos segundos, abriendo y cerrando las palmas con nerviosismo mientras daba algunos pasitos errantes; era tierno, pensó Misa, y por un segundo deseó que la rabia pasara. Shingo estaba de verdad nervioso, y sin embargo, lo siguiente que dijo lo dijo con una seguridad abrumadora:

—Que te amo más de lo que alguna vez he amado a alguien, y más de lo que estoy seguro de que llegaré a amar a otra persona —confesó, mirando al suelo con vergüenza por un momento, aunque casi de inmediato volvió a levantar la vista hacia ella, con esa misma mirada de ejecutivo profesional que Misa tantas veces lo había visto usar en el trabajo —Por eso volví. Ya no tenía sentido escapar de lo que siento. Y yo... —Midō parpadeó, confundido, y guardó silencio cuando la mano de Misa, inesperadamente, volvió a estamparse contra su mejilla, pero esa vez, más que molesta, la modelo pareció horrorizada por su propia reacción.

—¡Oh, por Dios! ¡Lo siento! —exclamó rápidamente, esbozando una sonrisa nerviosa —¡No sé porqué hice eso! ¡Pero tú te apareces y dices todas estas cosas...! —Misa se cubrió la cara con ambas manos, tomándose unos segundos para calmarse y analizar la situación; luego suspiró, bajando la mirada un momento —Y no es justo, porque te extrañé mucho, y cuando te fuiste me sentí muy sola otra vez —admitió, avergonzada. Shingo, tras la sorpresa inicial, sonrió.

—Misa... Volví por ti, para estar contigo... Y si he de ser honesto, no quiero obligarte a nada, ni mucho menos quiero apresurar las cosas. Será como dicidas, a tu propio ritmo, pero no puedo seguir siendo solo tu amigo —admitió —, tal vez no sea el hombre que amas, pero quiero la oportunidad de poder ser al que ames en el futuro. Y no sé a dónde nos llevará todo esto, ni siquiera su va a funcionar, pero prefiero fallar contigo que intentarlo con cualquier otra...

—¿De verdad?

—Pocas veces he sido tan honesto en mi vida —Shingo esbozó una nueva sonrisita nerviosa; luego respiró profundamente, y tras un momento de duda añadió —¿Te gustaría tener una cita conmigo?

Misa, sorprendida, parpadeó, conteniendo la respiración un segundo.

—¿Qué? ¿Te refieres a ahora?

—Sí —Shingo caminó un par de pasos, señalando la entrada de la mansión —Mandé preparar una cena especial para ti, con solo lo mejor de lo mejor, en mi casa —explicó, con una sonrisa —Solo di que sí. Por favor. Será como una cita. Pero sin compromiso —pidió, y la modelo sintió sus mejillas enrojecer.

Era extraño siquiera pensar en la idea de salir con alguien después de tanto tiempo; además, lo que sentía por Shingo era todavía confuso, aunque ciertamente sabía que no estaba enamorada de él, y el ejecutivo, lo sabía, y estaba bien con eso. Eso también era extraño.

Misa ya había amado antes, y muchas veces le habían roto el corazón, porque su amor casi nunca era recíproco, o siquiera posible. Y entonces pensó en todos los pro y los contra de aceptar los sentimientos del Director Financiero de Yotsuba, en cómo sería dejarse querer por primera vez, aceptar los sentimientos de alguien en vez de esperar que los suyos fueran aceptados. Quizá darle una oportunidad a Shingo sería el primer paso para definitivamente dejar de ser la Misa de antes, dejar atrás esa etapa tan dolorosa de su vida, la muerte de sus padres, la de Light, L... Misa sabía que debía seguir adelante, y tal vez ya era el momento.

Pero si iba a cambiar, entonces Amane Misa daría un giro totalmente nuevo a su vida.

—Está bien; acepto cenar contigo, sin compromiso —dijo, esbozando una pequeña sonrisa —, pero no nos quedaremos aquí.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Todos los fotógrafos creen que estoy del otro lado de la ciudad —explicó ante la cara de incredulidad del joven ejecutivo —; tengo pelucas, ropa y maquillaje en la camioneta, vamos a salir de paseo.

—¿Paseo? ¿Salir? —él siguió mostrándose confundido y algo reacio, pero Misa solo le sonrió.

—Sí. Es mi condición. Nunca pude tener un noviazgo normal, así que, si dices que quieres ser mi novio, entonces la condición es esa: seremos siempre normales, sin cenas lujosas a escondidas, ni secretos. Seremos solo Shingo y Misa. Nosotros dos y nada más. Ya me he escondido por mucho tiempo—murmuró, bajando la vista un momento, pero luego su pequeña mano buscó la de Shingo, y sus ojos se encontraron una vez más, viendo toda la profundidad de los sentimientos del otro —Y no sé si esto vaya a funcionar, Shingo-san...pero ya no quiero esconderme nunca más.

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Mello bufó, cerrando su computadora tras leer el expediente que había hackeado de la Interpol.

Roger estaba en lo cierto, Petrovich había hecho un trato a cambio de su vida, comprometiéndose a delatar a antiguos socios para no ser ejecutado, asegurando tener fechas, nombres y direcciones importantes para arrestar a media Asia. Todo parecía concordar con él, pero aún así Mello frunció el ceño. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no había hecho el mismo trato diez años atrás, la primera vez que L lo había capturado y una corte lo había sentenciado a muerte? No tenía sentido haber esperado tanto tiempo para hacerlo, ¿qué buscaba ése hombre ahora? No supo porqué, pero se sentía casi como si hubiera sido planeado. Como si Petrovich estuviera tramando algo.

El adolescente tamborileó los dedos sobre su laptop durante varios minutos, sin llegar a ninguna conclusión viable; miró la hora en su teléfono celular y bufó, arrojando su vaso de Starbucks a la basura. Tomó su mochila, los archivos que había robado del estudio de Roger y abrió su computadora una vez más para apagarla. Sin embargo, el sonido que anunciaba la llegada de un nuevo correo lo detuvo.

Hola, Mello, ¿estás listo para jugar?

El adolescente bufó. Era un mensaje igual a los que había estado recibiendo en los últimos días, de un usuario anónimo y de una dirección irrastreable, tal vez de la misma persona. No obstante, en vez de solo ignorarlo como las otras veces, Mello puso las manos sobre el tecleado y respondió:

¿Quién eres? Déjame en paz. No quiero jugar contigo.

Escribió, y esperó unos segundos a que hubiera una respuesta, pero como no la hubo dio por finalizada la conversación. Pero de pronto, su teléfono sonó.

Entonces, ¿quieres que hablemos de tus padres?

Mello abrió los ojos con sorpresa, y apretó el pequeño aparato entre sus dedos. El mensaje debía ser del mismo usuario, así que otra vez respondió:

¿Quién demonios eres? ¿Y qué sabes de mis padres?

Escribió y esperó; ésta vez la respuesta tardó un poco más en llegar:

No puedo decirte

Pero puedo mostrarte

Mira en tu computadora.

Mello se sobresaltó ua vez más, mirando rápidamente hacia todos lados, pero no vio nada sospechoso. En ése momento su computador volvió a sonar. Había recibido un mensaje encriptado con unos documentos que no podía visualizar.

Su teléfono también volvió a sonar casi de inmediato.

Ábrelo.

Ordenó el desconocido, y entonces el joven Keehl sintió su pulso acelerarse, y dudó. Esperó que otro mensaje le diera una orden, pero el usuario desconocido no dio más señales. Y tras unos minutos de silenciosa introspección al fin se decidió a desencriptar los archivos, y lo primero que apareció en la pantalla después fue la fotografía de una hermosa mujer de cabello rubio, vestida con un uniforme del Ejército Ruso, y bajo la fotografía leyó un nombre: Illona Keehl, espía de clase A de la KGB, retirada y asesinada. La misma suerte había corrido su esposo, Millovich Keehl, comandante del Ejército Rojo, asesinado. Mello retuvo el aire de sus pulmones. Esas personas eran sus padres.

Mareado a causa de la sorpresa, abrió los ojos con horror al ver a sus padres sonreír para la cámara junto a un tercer hombre, cuyo rostro estaba ampliado a un lado del documento, con la palabra: Buscado escrito en letras rojas bajo él. Sus padres reían junto al mismísimo Igor Petrovich, la persona que, según decía en el párrafo continuo, era el acusado de sus muertes. Su compañero, la persona que los había asesinado.

Pero eso no era lo único que los archivos decían. En las siguientes páginas se nombraban más víctimas de Petrovich, cientos de nombres y caras, la mayoría agentes activos o retirados, todos asesinados de la misma forma. Todos ellos. Incluso Mazer y Veela Jeevas. Los padres de Matt. En los documentos había pruebas, fotografías, detalles de todas las muertes, de sus padres y del señor y la señora Jeevas; las páginas iban pasando una a una, y Mello no podía dejar de leer, incapaz de hacer nada más al descubrir que todo lo que creía saber sobre su vida era una mentira.

Y cuando las náuseas empezaban a invadirlo recibió un nuevo mensaje. Con manos temblorosas sacó su celular y leyó.

¿Qué se siente saber que Watari y los suyos te mintieron toda tu vida?

¿Que la persona que asesinó a tus padres nunca lo pagará?

Mello apretó los dientes, pero, en lugar de explotar, de algún modo mantuvo la calma y escribió:

¿Qué quieres de mí?

Del otro lado no hubo respuesta por un buen rato, hasta que el teléfono sonó una vez más:

¿Ahora quieres jugar?

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Near colocó el último LEGO para terminar el castillo, sobresaltándose levemente con un relámpago que sacudió los vidrios de la sala de juegos.

Despistado, miró la hora en el reloj de pie que había al otro lado de la alfombra; ya era tarde, y, a juzgar por el silencio que reinaba en la mansión, dedujo que todos los demás habitantes de la mansión dormían; con excepción de Mello, que había desaparecido durante todo el día y no había llegado ni siquiera a dormir.

Eso no era muy extraño. A veces Mello se perdía por las calles, viajando de una ciudad a otra en busca de algún caso, pero siempre volvía a más tardar a las 48 horas, con excepción de la vez que habían huido juntos para salvar a Matt, pero ese incidente no había vuelto a pasar. De hecho, Mello llevaba varios meses de un comportamiento ejemplar, aunque Near no profundizó mucho más en esos pensamientos.

Tomando más bloques empezó la construcción de otra fortaleza cuando un nuevo relámpago cayó, pero en esa ocasión el niño albino levantó la mirada con el ceño fruncido.

La lluvia golpeaba las ventanas con la violencia habitual de septiembre, pero aún así Near logró escuchar, por sobre el ensordecedor sonido de las gruesas gotas cayendo, un sonido inusual, como algo quebrándose.

¡Crash!

Y ahí estaba el sonido otra vez.

Near se levantó, sin sentir miedo, sino más bien curiosidad, y se asomó a las escaleras, escuchando algunas groserías de una voz bastante familiar.

—¿Mello? —murmuró, pisando un charco de agua sobre la alfombra que mojó su calcetín, haciéndolo retroceder. En ese momento, a pesar de la oscuridad de la planta baja, se dio cuenta de que una de las ventanas de la entrada estaba rota, y que lo que había pisado no había sido solo agua, sino algo que había teñido la lana de sus calcetines de rojo.

Era sangre.

Y otro relámpago iluminó el corredor a través del ventanal, haciendo visible el rastro de huellas mojadas sobre la alfombra.

—¿Mello? —repitió Near, siguiendo las pisadas hasta la habitación de Mello y Rowan, empujando la madera y haciendo que el primero se sobresaltara al verlo en la puerta, observándolo fijamente mientras trataba de meter algunas prendas dentro de su empapada mochila; luego Near encontró a Rowan, atado y maniatado sobre su cama, también algo golpeado y temeroso —¿Qué haces?

Mello se quedó muy quieto durante un segundo mientras Near lo miraba, con su expresión neutra habitual. Y de repente, el adolescente de cabello rubio lo sujetó por el cuello de la camisa y estampó su espalda violentamente contra la pared, haciendo que Near soltara un pequeño gemido a causa del dolor.

—¡Tú lo sabías, ¿verdad?! —bramó el mayor, sacándose la medalla de oro que colgaba de su cuello —Por eso tenías la medalla. ¡Tú siempre lo sabes todo!— le gritó, lleno de rabia, y estampó su puño contra la pálida mejilla del otro niño, soltándolo para dejarlo caer mientras los truenos seguían tapando sus gritos y los quejidos de Rowan. Y aunque Near sintió perfectamente bien la carne de su labio partirse, no esbozó la menor mueca de dolor cuando levantó la mirada desde el suelo, enfrentando a Mello una vez más —Tú sabías cómo murieron mis padres —le soltó el otro chico, temblando, ya fuera de frío debido a sus ropas mojadas o a la rabia que su rostro mostraba en esos momentos.

Y Near, sin dejar de mirarlo, no vio necesidad de ocultar la verdad.

—Sí. Lo sabía —admitió, limpiándose la sangre del labio con la manga de su camisa, pero antes de que pudiera terminar de hacerlo Mello volvió a sujetarlo por el cuello, obligándolo a ponerse nuevamente de pie para enfrentarlo.

—Todo éste tiempo...el asesino de mis padres... ¡El bastardo que arruinó mi vida estuvo tan cerca y tú lo sabías!

—No había nada que pudieras hacer —Near no temió en contestar con la lógica que siempre lo caracterizaba; pero ni la lógica parecía capaz de dominar a la fiera.

—¡Pude haber hecho justicia! ¡Ese maldito merecía morir! —exclamó el joven Keehl, levantando el puño para golpearlo nuevamente, pero se detuvo.

Near sólo lo miró, sin el menor atisbo de miedo en sus ojos oscuros a pesar de la amenaza del puño que Mello seguía levantando en el aire. Y de pronto, el segundo sucesor de L arrojó su cuerpo a un lado de la habitación, recuperó su mochila y la cerró, saliendo por la puerta sin decir nada más, haciendo crujir la madera de las escaleras mientras descendía a toda prisa por ellas. Y Near reaccionó poniéndose de pie, sintiendo el extraño deseo de seguirlo, pedirle que no se fuera, de decirle que lo necesitaba para poder ser incluso mejores que L, porque ambos eran las dos caras de una misma moneda, pero no hizo nada. Sabía que la ausencia de su familia provocaba un gran vacío en Mello, y que ahora mismo el compañero que conocía estaba demasiado roto para estar en aquel lugar.

Mello necesitaba exorcizar esos fantasmas del pasado para poder seguir adelante, y él no podía hacer nada para evitarlo, aún sabiendo lo peligrosa de esa nueva cruzada que estaba emprendiendo.

Y entonces escuchó la puerta de calle abrirse, y el sonido de la lluvia resonando con más intensidad en los desiertos pasillos de la mansión.

Desde el ventanal del segundo piso pudo ver que Mello corría fuera, aún bajo la lluvia, sólo con una mochila en la espalda, cruzando todo el jardín hasta perderse y desaparecer en la oscuridad.

Y así de fácil fue.

Así de fácil Mello se había ido.

...

—¡Vamos, Matt! ¡Corre, corre, corre!

El público enloqueció cuando Matt anotó el segundo gol, y Sayu fue la primera en levantarse y aplaudir, gritando con todas sus fuerzas.

— ¡Goool!— celebró la joven Yagami, saltando y aplaudiendo mientras el árbitro hacía sonar su silbato y terminaba el juego, entonces él la miró festejar por su causa y le sonrió, intentando acercarse cuando todo el equipo lo levantó a modo de festejo.

Y Sayu sonrió otra vez.

—¡Matt! —Sayu corrió hacia él, colgándose a su cuello apenas el arbitro dio por finalizado el juego —¡Felicidades, jugaste muy bien!

—Viniste —le sonrió Matt, pasándose una mano por el cabello empapado por el sudor.

—Claro que sí. No me lo hubiera perdido por nada, y lo sabes —le sonrió. Matt entonces se le quedó viendo y ella también.

—Tengo algo que decirte —le soltó de pronto. Sayu parpadeó —¿Quieres ir por unas hamburguesas?

—Sí, claro.

—¡Matt! ¡Date prisa! —gritaron los chicos del equipo, interrumpiendo el momento. Matt estiró el cuello para asentir y después volvió a mirar a Sayu, sonriéndole en el acto.

—¿Me esperas? Voy a ducharme y regreso —avisó, a lo que la joven Yagami asintió antes de que él corriera detrás de sus compañeros.

Sayu lo vio desaparecer dentro de la escuela, y luego tomó asiento en una banca, con las mejillas encendidas, pensando en que ese podría ser el día en que Matt al fin se le declararía para poder definir su relación.

No eran novios, pero se veían todos los días, y se enviaban textos a cada hora, salían juntos y comían juntos en la escuela, eso debía significar algo.

Matt le gustaba mucho, le había gustado desde el primer momento, y no solo porque a veces le recordaba a Light, le gustaba porque era dulce, amable, divertido y había perdido seres queridos en el pasado, por eso ambos se entendían y se ayudaban mutuamente. Matt entendía su dolor, y ella el suyo; eso los volvía cada vez más cercanos.

Pasados unos minutos, lo vio salir de los vestuarios, ya cambiado y con su teléfono celular en la mano. Desde hacía varios meses Matt parecía algo triste cada vez que miraba su móvil, así que decidió que era su deber animarlo.

—¡Aquí estoy! —Él guardó su teléfono y esbozó una sonrisa sincera, aunque nostálgica —¿Estás bien?

—Sí. Es sólo que Mello no ha llamado en semanas, y... No, olvídalo. Hoy quiero celebrar.

—Pues claro. Yo te invito el almuerzo, y después podemos ir a mi casa, si Misa no tiene problemas.

—Ummm... Suena bien, pero primero hay algo que me gustaría preguntarte...

El corazón se Sayu empezó a latir a toda prisa, igual que el de Matt.

—¿Qué es?

Matt pasó saliva y vaciló durante unos segundos; luego tomó las manos de Sayu entre las suyas, mirándola fijamente a los ojos.

—Sayu...Fuiste la primera persona que me habló cuando llegué a Japón, y mi única amiga verdadera. Te quedaste a mi lado aún después de lo que pasó... Tú me gustas —le soltó, sonrojando a Sayu— Me gustas mucho, y me gustaría que aceptaras ser mi...—de repente, Matt sintió algo golpeándole la nuca, y guardó silencio para darse la vuelta y mirar al piso, dándose cuenta de que lo había golpeado una bola de papel aluminio, el mismo que siempre envolvía a los...

—¿Mello? —Matt parpadeó, levantando la mirada hacia el muchacho que estaba recargado contra un árbol, con una sonrisa de autosuficiencia en el rostro pálido como el hueso.

—¿Quién más? —Mello se sacó las gafas oscuras, mirándolo. Lucía diferente, más alto y fuerte que la última vez que lo había visto, y vestía jeans azules con las rodillas rotas y una sudadera color burdeos en vez de su acostumbrada ropa negra.

Si Matt lo hubiese visto en la calle no hubiera podido diferenciarlo de otra persona, y ese cambio le sorprendió, pero no se dio tiempo de pensar en ello. Casi de inmediato corrió a abrazar a su mejor amigo, pero se detuvo, empujándolo por los hombros.

—¡Idiota! ¡He intentado contactarte por semanas! ¡Creí que te había pasado algo! —exclamó, cambiando la expresión al caer en cuenta de algo —¿Qué haces aquí? ¿Te volviste a escapar? —bromeó, pero la mirada de Mello repentinamente se ensombreció.

—Me fui de Wammy —admitió, quitándose la capucha de la sudadera y pasándose una mano por el cabello para peinarlo nuevamente hacia atrás, también sorprendiendo a Matt al notar que se había cortado el cabello, el cual siempre había usado largo, como un militar; eso fue lo que más le sorprendió de su nueva imagen —Esta vez es para siempre.

—¿Qué? —Matt rió, sin poder tomarse sus palabras con seriedad —¿Es broma? ¿Qué te pasó en la cabeza?

—Estuve en Rusia, en el Ejército, pero olvida eso. Matt...—Mello titubeó. Parecía perturbado, incluso un poco nervioso, Matt lo notó, y sintió algo frío recorrerle la espina, como si fuera un mal augurio.

—Matt, ¿qué pasa? —Sayu se acercó a él y tocó su hombro con suavidad, llamando tanto su atención como la de Mello, que de inmediato volvió a cubrirse la cabeza, mirando a Sayu mientras fruncía el ceño con desagrado.

—¿Quieres darnos espacio, vaca? —respondió, grosero, y para Matt fue un alivio ver que no todoen él había cambiado tanto como su apariencia, sentimiento que Sayu no compartió.

—¡¿Vaca?! ¡¿Pero quién es éste idiota?!

—Sayu, por favor —tratando de volver a lo realmente importante, Matt apaciguó el cruce de insultos y se dirigió a su amigo una vez más —Mello, ¿qué es lo que pasa? Dime la verdad...

—Te necesito, Matt. Necesito de tu ayuda —soltó Mello, mirando hacia ambos lados con nerviosismo, casi como si estuviera paranoico.

Matt parpadeó.

—¿Para qué? ¿Qué es lo que sucede? ¿En qué te metiste ahora?

—¡No soy yo! —Mello perdió la compostura, asustándolo brevemente, también a Sayu, que ahogó un gritito de sorpresa —¡Es Petrovich! ¡Debemos asesinarlo! —le soltó sin rodeos; Matt volvió a reír, sin tomárselo en serio.

—¿De qué estás hablando? ¡¿Cómo que quieres matar a Petrovich?!

—¡Se lo debo a mis padres! —gritó Mello, sorprendiendo nuevamente a Matt; luego bajó la voz, mirando fijamente a su mejor amigo, que empezaba a sentirse confundido y perdido —Y tú también.

—¿Yo? Mello...

—Nos mintieron Matt, nos han mentido toda nuestra vida —exclamó el joven Keehl, volviendo a perder la calma; de pronto parecía psicótico, tanto así que se había llevado ambas manos a la cabeza, histérico.

—¿De qué demonios estás hablando? ¿Quién nos mintió? —Matt, a pesar de todo, intentó calmarlo, pero Mello se veía más y más alterado.

— ¡Watari, Roger, L, todos ellos, maldita sea!— estalló, tensando tanto la mandíbula que su rostro había adquirido un rictus de completa desesperación.

—¡Mello, tranquilízate! ¡No entiendo lo que...!

—Nuestros padres no murieron en accidentes —le soltó Mello, hablando de forma rápida y algo torpe debido a las emociones que comenzaban a desbordarlo —Fueron asesinados, los cuatro.

—¿Qué?

—¡Nos mintieron! ¡Ellos fueron asesinados por Petrovich! ¡El mismo bastardo que asesinó a Watari! —gritó Mello, que después volvió a tensar la mandíbula, abrazándose a sí mismo como si fuera un adicto en abstinencia.

Matt abrió los ojos con sorpresa desmedida, haciéndose hacia atrás por la impresión.

—¿Te...te volviste loco? —preguntó en un hilo de voz, y como respuesta Mello le tiró una carpeta llena de papeles a la cara.

—Si no me crees mira esos documentos. Ahí está todo —le dijo, y su amigo rápidamente se acuclilló para recoger la carpeta, leyendo las primeras hojas con febril interés mientras Mello lo observaba —Mis padres era del Ejército Soviético, y los tuyos eran espías. Ahí tienes fechas, fotografías, interrogatorios... Todas las pruebas que necesitas.

Matt, todavía sin salir de su asombro, y aún en medio de la calle, miró la fotografía suya y de su familia. Eran las personas de sus sueños. Sus padres. Y no supo por cuánto tiempo estuvo leyendo esos papeles, ni siquiera se dio cuenta de que ni Sayu ni Mello se habían movido de su lado.

—¿Matt...? —El joven Jeevas sólo reaccionó cuando Sayu puso una de sus cálidas y pequeñas manos sobre su hombro —¿Estás bien?

—¿De dónde sacaste esto? —balbuceó, ignorando a su amiga y mirando directamente a Mello, que, más calmado pero todavía abrazándose a sí mismo, le sostuvo la mirada.

—Son documentos robados de una de las casas de seguridad del orfanato. Un...amigo los robó para dármelos.

—¿Amigo? —Matt frunció el ceño, pero Mello no hizo caso.

—Mira las firmas y los sellos. Son reales. Todo lo que hay ahí es cierto.

—Pero...—Matt respiró agitadamente, quedándose sin palabras. Su cabeza era un caos.

—Matt...—repitió Sayu, como queriendo decirle algo, pero Mello no se lo permitió.

—Ven conmigo, Matt —le dijo, de nuevo sin rodeos; y Matt se tomó varios segundos para contestar, sin despegar la mirada de la fotografía de una bonita mujer pelirroja y su hijo frente a la Torre Eiffel; y la voz le salió apenas como un arrullo estremecido:

—¿A dónde? —preguntó, pasando sus dedos sobre la imagen de la sonriente mujer, la misma que muchas veces había visto en sus sueños, y que aún veía en recuerdos que hasta entonces creía que eran fantasías. Todo tenía tanto sentido que era abrumador, tanto que le costaba respirar.

Y Mello lo supo, porque él se había sentido de la misma forma al descubrirlo, pero no podía dejar que Matt se derrumbara, no en ese momento, porque tenían mucho que hacer todavía. Debían vengarse de quien había arruinado sus vidas. Pero debían hacerlo juntos.

—Vamos a rastrear, encontrar y asesinar a Igor Petrovich —anunció. Matt se levantó del suelo, y con lágrimas en los ojos, incapaz de decir nada más, asintió.

oOo

Y al fin, éste fic está completamente terminado.

Gracias por haberme acompañado durante todo este tiempo.

Nos vemos en la segunda parte!

H.S.