Ninguno de los personajes de Southern Vampire Mysteries o de True Blood me pertenecen. Son propiedad de Charlaine Harris y de Alan Ball.

AVISO IMPORTANTE: ESTE CAPÍTULO TIENE CONTENIDO SEXUAL.

Ahora es cuando yo debería dormir.

Eric no tardó ni veinte segundos en quedarse dormido. Yo también estaba agotada y la situación no podría ser más propicia para alentar al sueño. Estaba tumbada cómodamente junto a Eric, protegida por su hercúleo brazo, apoyada en su pecho, bajo un montón de pieles suaves y maravillosas bajo las cuales se concentraba el calor que surgía de nuestros cuerpos. Y desnudos. Era un tanto extraño estar así con él. Estoy demasiado y mal acostumbrada a que Eric esté siempre dispuesto a darme lo mío, pero este Eric es un hombre, y come y descansa y se cansa como yo. Buena prueba de ello es nuestra situación actual. Él roncando y yo ansiosa y agotada. Pero después de la promesa de Eric de lo que me esperaba al día siguiente, no era tan sencillo conciliar el sueño. Cerré los ojos y me concentré en su lento respirar, en el fuerte y rítmico latir de su corazón, en sus murmuraciones, en la manera en que mi pierna encajaba entre las suyas… pero era imposible. Es imposible dormirse, por cansado que se esté, cuando un espléndido ejemplar masculino de homo vikingo te dice lo que había dicho Eric. No se puede dormir sabiendo que el mejor amante del mundo, puede que incluso de la historia, lleva tiempo pensando en maneras de hacerte disfrutar como nunca.

Cuando me quedé dormida ya no hubo fuerza natural, antinatural, sobrenatural o divina que me despertara. Sólo el movimiento de Eric a mi lado consiguió hacerme abrir un ojillo soñoliento, que se abrió del todo en cuanto dejé de sentir el peso de su brazo y noté que se levantaba de la cama. No había amanecido aún y en la calle se podía oír el trajinar de los marinos que irían a buscar y a escoltar a las mujeres en los barcos. Murmuré algo y él se agachó, me besó los párpados y me mandó callar y volverme a dormir. Lo hice unos minutos, pero me desperté en cuanto oí la puerta de la entrada de casa volver a cerrarse. Deduje que Eric había vuelto de dónde quisiera que hubiera ido. Además, debía de haber pasado bastante tiempo, porque el sol ya había salido por el horizonte, aunque era muy temprano por la mañana.

Escuché a Eric empezar a preparar las cosas para su aseo matutino. Me espabilé y empecé a ponerme nerviosa. La noche anterior me había hecho una promesa muy seria. Había estado tentado de hacérmelo, pero estaba agotado y tendría que haber sido un visto y no visto y Eric consideraba que me merecía mucho más que un revolcón rápido como los que se daba con las taberneras al salir ebrio de las fiestas. Era un consuelo saber que le importaba más que todo eso y que además creía que me merecía una cosa limpia y dedicada. Me carcomía la anticipación. Y anticipando, anticipando, me di cuenta de una cosa: Nunca he hecho el amor con un hombre.

No con uno normal y corriente, al menos. Vale que Eric es un vikingo de dos metros y eso tampoco es precisamente común, y es cierto que le tengo bastante visto, pero siempre como vampiro.

Mi tara siempre ha sido mi gran obstáculo a la hora de relacionarme con los hombres y Eric ahora mismo es un hombre. ¿Y si empezaba a leer cosas en su mente que no me gustaban? ¿Y si cuando me viera pensaba que tenía el culo grande, las rodillas huesudas, o que no le gustaba cómo me movía? Empezaron a sudarme las manos y traté de calmarme pensando en que no era precisamente una novedad, y sobre todo, recordando todas las cosas que solía decirme Eric cuando estábamos juntos en la cama; antes, durante y después de hacer el amor. Dejaron de sudarme las manos y se me subieron los colores como a una tonta.

Me levanté de la cama y por un momento, cuando no le vi abajo, pensé que estaría ya en la calle. Pero no, estaba tras la cortina que yo misma había instalado. Los casi sesenta centímetros de nieve que rodeaban nuestra casa debían de haberle echado para atrás. Bajé la escalera y eché un ojo tras la cortina. Eric se echó el agua fría por encima, como siempre, aunque con un cazo. Le oí resoplar mientras se le ponían todos los pelos de punta, pero esta vez, antes de enjabonarse, se tiró otro cazo por encima, este de agua caliente, que le provocó un escalofrío y un gemido de placer. No necesité más, aparté la cortina y me acerqué justo cuando él iba a coger la pastilla de jabón.

-Ya lo haré yo-le dije. Él se giró y me miró de arriba abajo. Le quité el jabón de las manos y él las dejó caer a los lados. Introduje un pie dentro del lebrillo y luego el otro. El agua estaba templada y Eric tenía más agua caliente preparada. Estuve frotando el jabón hasta que salió espuma-Date la vuelta-le dije. Él obedeció, aunque estaba deseando colocar sus manos en mis caderas y avanzar. Me mordí el labio y empecé a frotarle la espalda. No podría haber sucedido de otra manera. Le estuve masajeando los hombros hasta que estuve segura de que eran los más limpios de la era vikinga, y después le lavé las puntas del pelo; los brazos, por detrás y por delante; el trasero, y aproveché que le lavaba el pecho desde detrás para arrimar mi cuerpo al suyo y mis senos se fundieron con su espalda-Vuélvete-le ordené. Eric se dio la vuelta despacio, todavía con las manos a los lados. Pero el señor feliz estaba más feliz que nunca.

Movió las manos, vacilando. Sé que se moría de ganas por tocarme. Le di la pastilla de jabón y repitió mi mismo proceso: Frotó hasta que sacó espuma y luego me pasó las manos por los hombros, los brazos, la cintura, la cadera, el trasero, la cintura de nuevo y el vientre. Luego nos aclaramos con agua caliente.

Me apartó el pelo de la cara, a la vez que yo le acariciaba las clavículas. Suspiré y mis senos rozaron el vello de su pecho, haciéndome cosquillas en los pezones.

Dios me bendijo con unos pechos generosos, pero en su infinita sabiduría, dotó a Eric de unas manos grandes que pudieran abarcarme. Primero me los acarició con un dedo, trazando su contorno, y luego los copó, primero uno y luego el otro. Sus manos rudas y encallecidas por el trabajo en contraste con mi piel suave. Me incliné y le besé una tetilla, y sabiendo lo mucho que le gustaba, usé mis dientes. Eric me apretó la cabeza contra su pecho, en éxtasis. Después me separó y me besó, nuestras lenguas chocando de manera frenética. Me tomó por la nuca y fue acomodándome a su beso. Yo temblé, por la anticipación y por el frío que empezaba a hacer presa de mí. Me cogió por la cintura y me levantó dos palmos, lo justo para sacarme del lebrillo. Él también salió, conmigo en el aire. Me depositó en el suelo y luego cogió una sábana de lino que usó para secarme con cuidado. Volvió a besarme la boca, aunque luego se apartó para besarme en la comisura, en la mandíbula, en el cuello y fue bajando hasta que su lengua calentísima se enredó alrededor de mi pezón. Gemí y le apresé la cabeza. Él no protestó y siguió besando, lamiendo, succionando y mimando mis pechos. Yo le recorría la espada con las manos, acariciando y apretando en los lugares justos. Eric bajó su mano hasta colocarla entre mis piernas, me acarició con un dedo, tanteando lo húmeda que estaba y este gesto me dejó sin aliento.

Nos fuimos empujando hacia la escalera que subía a la cama. Di con mi espalda en la madera, le di un último beso, me giré y procedí al ascenso. Eric me besó los hombros primero; me dejó subir unos cuantos peldaños y me besó la cara interior de la rodilla, las pantorrillas y los tobillos. Me deshice de él y seguí subiendo. Giré sobre mí misma una vez arriba, sin saber si debería esperarle al pie de la escalera o tumbarme en la cama para recibirle ahí. Me esperé y Eric me abordó en cuanto puso los pies sobre la plataforma. Me besó y yo le conduje hasta la cama, tirando de él. Me dejé caer sobre el suave manto de pieles, revueltas todavía, y entreabrí las piernas, invitándole a acompañarme. Eric se tumbó encima de mí y me sentí dichosa. Su peso seguía siendo su peso; su presencia, seguía siendo su presencia; pero era maravilloso sentir el calor emanando de su carne e invadiendo la mía. Me acomodé debajo de él intentando frotarme lo más posible. Eric parecía dispuesto a seguir besándome, pero yo no estaba satisfecha sólo con eso. Estiré la mano y le acaricié, sólo un segundo. Él gruñó y yo le guié hacia mí. Él me cogió la mano y la apartó. Hice un pequeño ruido de protesta, pero Eric lo silenció con su boca. Seguí provocándole con la cadera, hasta que él se decidió. Se colocó en mi entrada y me mordí un gemido mientras me penetraba lentamente.

-¿Estás bien?

-¡Oh, vamos!-le tomé de la nuca y le obligué a que me besara. Fui tan brusca e impaciente que me hice daño cuando su boca chocó con la mía. Eric se rió y se movió dentro de mí, y los dos gemimos a la vez. Me besó por donde alcanzaba su boca y después me abandonó para mi frustración. Fue besándome de arriba abajo, desde el cuello, por la clavícula, los senos, el vientre… se incorporó y se colocó de rodillas, mirándome. Descendió de nuevo y me besó la cara interior de los muslos. Me arqueé y levanté las caderas a la vez que trataba de cazarle con las manos para hacerle ir a donde quería que estuviese ahora mismo su boca. Eric me evitó, riendo. Me introdujo un dedo y luego el otro, y me acarició el clítoris con el pulgar. Me mordió y luego me lamió. No tenía la destreza con las manos que mi vampiro había adquirido con los siglos, pero seguía siendo muy hábil con la lengua. Llevaba demasiadas semanas esperando esto como para contenerme. Durante una fracción de segundo, durante mi orgasmo, me quedé esperando un mordisco que no llegó. Pero es que este Eric era un hombre y no un vampiro. Temblé y traté de cerrar las piernas juntando las rodillas, porque no aguantaba tanto placer, pero él no me dejó. Me sostuvo las piernas y me acercó a él, se tumbó sobre mí y me penetró con un movimiento rápido que nos dejó sin aliento a los dos. Eric me apartaba el pelo con brusquedad mientras la presión en mi interior se iba haciendo mayor. Me concentré en sus jadeos, en el sudor que le recorría la espina, en la manera en que su nuez bajaba y subía en su garganta conforme tragaba saliva. Me lamió el cuello y la barbilla mientras ralentizaba sus embestidas. Gemí su nombre y él se incorporó, quedándose de rodillas sobre el lecho, sin dejar de follarme. Después de un rato disfrutando de la vista, me cansé de tener su cuerpo lejos del mío. Levanté la espalda de la cama y le abracé, quedándome enredada con él, vientre contra vientre, pecho contra pecho, cara contra cara, aliento contra aliento. Le oí pensar que estaba a punto de eyacular y saberlo me puso tan caliente que me quedé al borde del orgasmo.

-Me corro -le susurré con la esperanza de que saberlo le excitara tanto como a mí. Y surtió efecto, porque segundos después Eric echó la cabeza atrás y también se vino.

Nos quedamos unos momentos abrazados, luego Eric salió de mí (y ambos dejamos escapar un sonido entre gemido y suspiro lánguido) y nos tumbamos en el lecho.

Eric me rodeó con el brazo y yo me apoyé en su pecho. Canturreé mientras jugueteaba con el vello de su vientre y de su torso. Él también jugaba con mis mechones rubios. Nos quedamos traspuestos un rato, perdidos en la comodidad, hasta que nos quedamos dormidos. Ni siquiera me desperté cuando cambié de posición.

Espero que os haya gustado y que no os haya parecido ni demasiado fuerte, ni demasiado light, ni demasiado vulgar.