"Tengo ganas de arrancarte esa ropa de ramera, y metido entre tus piernas disfrutar la noche entera..." — Marco Masini


•.: SEXPERIENCIAS :.•


| XX.- Mariposa Traicionera |


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Hey tú, ya deja de seguirme, ¿quieres?

Se quejó Karin parándose de golpe para encarar a Suigetsu quien iba tras ella.

—No te estoy siguiendo.

—Sí, claro. Ya te dije infinidad de veces que no he visto a Juugo —aclaró volviendo a caminar—. Quizás ya hasta se fue a su casa y tú perdiendo el tiempo buscándolo como idiota. Aunque bueno, idiota siempre andas.

—No, no se ha ido, le mandé un mensaje y dijo que aquí seguía.

—¿Y por qué no le preguntaste específicamente dónde estaba, pedazo de idiota?

—Lo hice, pero ya no contestó nada.

La chica rodó los ojos, y de brazos cruzados se detuvo con un gesto de fastidio a un lado de Tayuya y Kin, ambas amigas suyas.

—Seguro es porque no quiere verte, al igual que yo —se giró dándole la espalda—. Anda, piérdete tú también, el lugar es muy grande como para perderte lo suficiente y no tener que ver tu desagradable rostro por lo que resta de la noche.

Dijo e, ignorando por un momento al hombre, comenzó a platicar con las otras dos chicas. Tayuya continuó observando por encima del hombro de Karin, las reacciones de Suigetsu y cómo escribía en su celular.

—Este lugar es como un paraíso —contó Kin—, voltees a donde voltees, ves a puro hombre guapo.

—Más urgida no puedes escucharte, Kin —expresó Tayuya, molesta con la otra.

—Hey, si lo que necesitas es que te den mantenimiento, yo puedo sacarte del apuro —se apuntó de inmediato Suigetsu.

Kin lo vio con un gesto de repulsión.

Irritada, Karin volvió a encararlo, iba a gritarle algún improperio, muy seguramente, o bien cachetearlo, sin embargo, de insistente manera él le enseñó su celular pegándoselo prácticamente en la cara.

—¿Ves? Aquí sigue, dice que está por los establos —hizo como que leyó el supuesto mensaje—. ¿Pero dónde mierda están esas madres? —se rascó la cabeza, pensativo—. Bueno, supongo que no hay opción, Karin, ayúdame a buscarlo.

—¿Qué? ¡Estás loco! En primer lugar, ¿yo para qué quiero buscarlo? ¡Lárgate solo! Espero te pierdas entre los montes y nadie nunca te encuentre.

—Ay Karin, está claro que Suigetsu quiere perderse contigo. Anda, hazle el favor, que se ve que no sabe ni qué inventarse para llevarte.

Comentó Tayuya, viendo directamente al hombre con una ceja alzada y los brazos entrecruzados. Él sonrió. Karin, en cambio, inicialmente sonrojada, se acomodó con insistencia un mechón de cabello tras la oreja.

—Anda a checarte esos ojos, pendeja, estás igual de cegatona que ella —respondió Suigetsu—. ¿Quién en su sano juicio se fijaría en un palo de escoba?

—¡Idiota! —le cacheteó la aludida—. ¡Ahora lárgate a buscarlo tú solo, o ve a joder con tu molesta presencia a alguien más! —volvió a darle la espalda, claramente enojada.

Él se hundió en hombros e hizo un gesto de indiferencia.

—Ni hablar, iré a conocer a tu otra hermana.

Dijo entre risas con ganas de molestarla, comenzando a caminar en sentido contrario. Karin, al escucharle, rápidamente reaccionó y lo tomó del antebrazo evitando que diera un paso más. Como que la idea de que pudieran ser dos contra ella, no le agradaba

—Ni se te ocurra hacerlo —amenazó seria. Suigetsu en cambio, trató de no reírse en su cara—. Está bien, te ayudaré, pero una vez que lo encontremos, yo regresaré y tú dejarás de molestarme no sólo por hoy, sino por dos semanas más.

—Auméntale si quieres una semana más —aceptó de inmediato, victorioso.

Karin bufó con fastidio y, tomándolo aún del antebrazo, se alejó con él. Antes de perderse entre los jardines, Suigetsu volteó hacia atrás y les pintó el dedo medio a las otras dos. Tayuya le respondió de la misma manera empleando ambos dedos.

—¿Qué rayos fue eso? —preguntó Kin sin comprender.

—Ni idea —dijo la otra—, lo único que sé es que Karin estúpidamente y con toda intención, se puso a modo y ahora va camino a que se la cojan en algún lugar del bosque. Eso es obvio.

—¡Wuácala! ¿De verdad crees que le guste a Karin?

—¿La cogida? No lo sé —tomó de su bebida—. ¿Suigetsu? Tal vez.

Aunque lo cierto era que ni ellos mismos lo tenían claro. O si lo tenían, se hacían los desinteresados. Pero cualquiera que fuera la razón, si había o no tal atracción, ambos gustaban jugar ese extraño juego. Era como un estira y afloja, un: no me molestes pero tampoco quiero verte con otra.

Y, tal cual Tayuya había comentado, los dos iban camino a un encuentro a solas.

Anduvieron en silencio por los siguientes minutos. Karin aún le llevaba sujetado del brazo en lo que recorrían los jardines, alejándose cada vez más del bullicio del evento. Ella daba grandes zancadas, a como las zapatillas le permitieran. Él en cambio, parecía divertido. Desde atrás le echaba una descarada miradita al atuendo de la chica.

Y es que el vestido color violeta que usaba, sin espalda y ajustado de la cadera, le devolvía una vista muy sugerente de su amiga. Eso, además del curioso menear de caderas en su andar, tenían al albino muy entretenido dejándose arrastrar por donde ella le llevaba.

—Muévelas más y te las compro, Karin.

—¿Qué? —ella giró apenas el rostro sin detenerse, tomándolo entonces infraganti fantaseando con sus nalgas—. ¡Descarado pervertido! ¡Por eso venías tan calladito! Ya decía yo que no podía darte ni siquiera la espalda.

Exclamó, soltándole del agarre. Suigetsu caminó por delante de ella como si nada, notando por encima de una no tan marcada subida, el establo de la quinta.

—Apúrate Karin, anda, mueve más esas nalgas.

—Tarado, para ti es muy fácil decirlo, como tú no traes tacones ni vestido —se quejó, alzando en una mano parte del largo del vestido, batallando en cada paso.

Suigetsu se adelantó un tanto y, para cuando Karin le dio alcance, lo encontró de espaldas mirando hacia el corral donde tenían amarrados dos caballos. Él se acercó lo más que pudo a uno de ellos, y comenzó a acariciarlo.

—¡Woah! La familia de Sasuke debe cagar dinero, estos caballos son cuarto de milla, de esos que se usan para las carreras. Y allá dentro se ve que tienen más.

Karin observó a los animales sin gran interés. El caballo café se había dejado acariciar por él, mientras que el negro permanecía estático en su lugar.

—Ah, ok. Fíjate que no me interesa —dijo, posando una mano sobre su cintura—. ¿Y bien? ¿Dónde se supone que está Juugo? Háblale, que ya quiero largarme de aquí —pero Suigetsu continuó con el animal, ignorándola—. Hey, ¿me estás escuchando?

Alzó la voz.

—Sí, te escucho, aunque no sé para qué te haces la que no sabes. Creí que lo habías deducido, pero de verdad que estás bien tonta.

Ella ardió en rabia, por lo que molesta, se sacó una zapatilla y la lanzó hacia él con la intención de darle, sin embargo, ésta cayó dentro del corral, justo a un lado del caballo negro.

Suigetsu se carcajeó.

—¡Imbécil, ayúdame ahora a sacarlo!

—Tú lo lanzaste, tú lo sacas.

La pelirroja arrugó el ceño todavía más molesta y, susurrándole un par de maldiciones, rodeó el corral hasta acercarse lo más que pudo al lado donde había caído su zapatilla. Subió su vestido para arrodillarse y estirar el brazo derecho entre las rejillas, cuidando en todo momento que el animal no fuera a voltear.

—Karin, donde te dé una patada en la mera jeta, juro que me cagaré de la risa.

—Ni te preocupes en ayudarme, imbécil, yo puedo sola —tenía prácticamente la mejilla embarrada en la madera, estirándose lo más que podía para alcanzarla y, cuando sus dedos tocaron parte del calzado, Suigetsu la tomó de sorpresa asustándola por detrás, haciendo que diera un brinquillo en el suelo y se pegara en la cabeza con la misma madera—. ¡Eres un cretino de lo peor, Suigetsu, te odio!

Se quejó, llevándose con dolor ambas manos a la cabeza, dejando de lado el asunto de la zapatilla. Suigetsu comenzó a reír.

—Estás bien bruta, Karin —dijo, sobándole luego la cabeza, sentado en el suelo frente a ella—. Se te hará un tremendo chichón.

De mala manera, ella le apartó la mano con la cual hacía como que le sobaba.

—Todo esto es culpa tuya, me estoy perdiendo la fiesta por tus niñerías, además… —paró de pronto, abriendo grandemente los ojos, mirando dentro del corral—. No… no, ¡eso no! ¡Oh por dios, no!

Él miró en la misma dirección, notando cómo el caballo negro hacía sus necesidades y parte de éstas caían en la zapatilla plateada de Karin. De forma inmediata, Suigetsu se echó a reír.

—¡No mames, jodida suerte que tienes!

—¡Ay… te odio, te odio, te odio! ¡Quédate sin dientes, Suigetsu imbécil!

Comenzó a repetir entre gritos, pataleos y golpes que le propinaba. Él sólo se cubría, riéndose divertido por su rabieta.

Pero luego ella poco a poco fue dejando de golpearle y, humillando la cabeza, fingió tristeza, haciendo el gesto de querer llorar.

Preocupado, se acercó a ella. Esa reacción no se la esperaba.

—Oe… ¿de verdad estás… llorando?

Quiso alzarle el rostro para mirarla mejor, pero ella le apartó la mano y se puso en pie. Él la intentó sostener del brazo, poniéndose igualmente en pie, pero para pronto la chica giró y le metió un tremendo rodillazo en la entrepierna, dejándolo sin aliento, adolorido, y revolcándose, hecho bolita, en el piso.

Ella se dirigió al establo, a tan sólo un par de metros, retirándose en el camino su otra zapatilla, lanzándola lejos. Andaría descalza lo que restaba de la noche. Cuando regresó, Suigetsu apenas medio se recuperaba, pero ella, sin querer dar tregua, tras su espalda, y debajo de la camisa de vestir que usaba, le metió un puño de paja.

El albino comenzó a quejarse. Con urgencia se quitó la camisa y se sacudió la espalda.

—Merecido te lo tienes por ser un cabrón desconsiderado —se cruzó de brazos y le vio desafiante desde arriba—. Ahora tendrás que comprarme unos nuevos. ¡Me gustaban mucho esos y tú tenías que arruinarlos!

Suigetsu negó, limpiándose el sudor de la frente, ya recuperado y puesto en pie.

—Me engañaste —recogió parte de la paja—, me hiciste creer que te había hecho llorar.

—No te quejes, tú me engañaste primero, estamos a mano.

Pero él se le acercó peligrosamente, haciéndola retroceder un par de pasos hasta que su espalda pegó con la pared del establo.

Aproximó su rostro al de ella. Por efecto, Karin cerró los ojos y tragó saliva, esperándose quizás otra cosa, sin embargo, él por respuesta le lanzó en el pelo parte de la paja, encendiendo así nuevamente su molestia.

—¡Ja! Tonta, te pusiste nerviosa.

Se burló antes de refugiarse dentro del establo.

—¡Suigetsu, hijo de puta!

Bramó, corriendo tras él.

—¿Creíste que te iba a besar o qué? —dijo al ella entrar—. Ilusa, no tienes tanta suerte, Karin.

—Cobarde, sal y da la cara —ajustó sus anteojos y con un brillo malicioso le retó—: ¿Besarme? Eso fue lo último que se me vino a la mente. Ya te lo dije, eres un cobarde, no tienes el valor suficiente para alguna vez besarme.

Suigetsu chasqueó la lengua y salió a su encuentro, tomándola nuevamente por sorpresa desde atrás, abrazándola de la cintura, pegándosela al cuerpo y, así, tras su nuca, susurrarle:

—¿Cómo me llamaste?

Ella cerró momentáneamente los ojos y retuvo el aire.

—Cobarde. Eres un maldito cobarde.

Contestó, pero él guardó silencio. Ni el uno ni el otro separó el cuerpo, permaneciendo en la misma posición un momento.

—¿Quieres que te hable con sinceridad? —respiró duro y cálido sobre su nuca. Ella afirmó extasiada por la cercanía—. Toda la noche te he estado mirando.

De abrupta manera ella despertó de su ensoñación. Volteó el rostro hacia atrás y se echó a reír.

—¿Qué no habías dicho algo sobre una escoba?

—Sí, frente a esas zorras. Pero es la primera vez que te veo usando ropa femenina, no es mi culpa que tengas un muy mal gusto para vestirte el resto de los días.

Le hizo dar uno y dos pasos hacia el frente.

—¿Y exactamente eso qué quiere decir?

—Que hoy especialmente se te ve rico el culo.

Al dar un tercer paso, la hizo caer pesadamente en un montón de heno. Suigetsu se posó encima suyo.

—¡Eres un descarado! —le empujó del pecho—. Ibas tan bien, y tenías que salir con tus idioteces. ¡Quítate de una vez, pervertido!

Suigetsu le tomó la mano y se la detuvo por encima de la cabeza.

—Hey, todavía no termino.

—¿Aún hay más? —rodó los ojos.

—Sí —por su acercamiento, ella se sonrojó. Suigetsu de pronto tomó una actitud seria—. Karin, para ser honesto no tengo idea de dónde pueda estar Juugo; te engañé y te traje hasta acá por la simple y sencilla razón de que te quiero dar.

Soltó suave, sereno, sin la más mínima vergüenza reflejada en sus ojos. Y es que ella le había pedido que le hablara con sinceridad, y la verdad absoluta era esa. Su sinceridad rozaba los límites de lo admisible.

El rostro de Karin se tapizó de una amplia gama de colores. Parpadeó un par de veces y como reacción inmediata le lanzó en la cara un puñado de paja. Suigetsu únicamente se la sacudió.

—¡De verdad que eres un imbécil! ¡Qué manera tan más… estúpida de decirlo!

—Bueno, bueno, ¿cómo quieres que lo diga?

Ella desvió la mirada, aún sonrojada.

—No lo sé, como lo diría la gente común, quizás "hacer el amor" no sonaría tan mal.

—¡Pff! ¡No mames, Karin, qué cursi! —se burló. Ella le vio molesta—. Pero si es lo que quieres escuchar está bien —acercó más su rostro al de ella, poniéndola nerviosa. Deslizó los labios por lo largo de su quijada, remojó con la lengua el lóbulo de su oreja y sobre ésta susurró—: Karin… sabes perfectamente que en mi vida diría semejante tontería.

Sentenció.

—¡Oye, eso no…!

Quiso debatir, pero pronto él la tomó del rostro y le plantó un fugaz beso en los labios, silenciándola.

Al separar sus bocas, ambos se miraron fijamente. Suigetsu fue el primero en mostrar una sonrisa torcida.

—Dijiste que no tendría el valor de hacerlo. Retráctate ahora mismo.

—¿A eso le llamas beso? ¡Qué decepción! —fue el turno de Karin para sonreír—. Mira y aprende cómo se hace, imbécil.

Entonces ella, con la mano que aún tenía libre, lo atrajo del cuello hacia su rostro, pegó la punta de la nariz con la de él y suaves, muy suaves besos fue depositando sobre sus labios. Parecía como si estuviera tocando con insistencia una puerta para que le abrieran, pues poco a poco él cedía a su objetivo, aún con ojos a medio cerrar.

Cuando le concedió la libertad de hacer en su boca, ella rápido se hizo por completo de sus labios. Los relamió con la lengua para luego introducirla dentro.

Él cerró en su totalidad los ojos y dejó que ella le masajeara la nuca y estirara con demanda su blanquecino cabello. De un instante a otro comenzó a suspirar, pegó más el cuerpo al de ella, juntando así ambas caderas, subiendo por efecto parte del vestido de Karin.

Al chocar sus sexos, ella también suspiró.

—Uhm… parece que te está gustando —se refirió al sentir la erección de Suigetsu palpitando encima de su cuerpo.

—No te confundas, ya la traía dura desde hace rato —confesó sobre su boca.

Ella rió y le mordió el labio inferior.

—Ah, ¿sí? ¿Y se puede saber qué te la puso así?

—Adivina…

Meneó la cadera haciéndole sentir con más fuerza el tremendo paquete que se alojaba entre sus piernas. Con una mano se abrió espacio para manosearle las tetas por encima del vestido, introduciéndola luego para sentírselas.

—¿Y por qué no me lo dices mejor tú? —jadeó al notar con borrosos ojos cómo él le bajaba el escote del vestido, dejando sus senos al aire.

—Veo que no me equivoqué, de verdad no traías sostén.

—¿Te diste cuenta desde antes? Vaya, qué observador.

—Se te notaban duritos los pezones, fue muy evidente.

—Y yo que creí que pasaría desapercibido ese detalle, pero ya me doy cuenta que verdaderamente estuviste observándome con atención toda la noche.

Le acusó, pero él ya no dijo nada pues su boca de pronto se llenó por completo de los pechos de Karin, disfrutando con precisión de los pequeños y rosaditos botoncitos que tenía por pezones. De un lado a otro viajaba la boca de Suigetsu, le ensalivaba un pezón y luego hacía lo mismo con el otro.

Ella amplió su sonrisa y mordió su propio labio.

Karin siempre había mostrado su gusto porque Suigetsu se mantuviera callado, pero ese particular silencio, al su boca ser empleada en algo mejor que palabras, sin duda le agradó aún más.

De tanto remolineo entre ambos cuerpos, el vestido de Karin poco a poco fue subiendo. Ya lo traía por encima de la rodilla, y cada vez iba más en ascenso.

—¿Puedo suponer que tampoco traes calzones? —dejó momentáneamente de chuparle, alzándole suavemente el vestido para verle.

—Te equivocas, eso sí traigo. ¿Pues por quién me tomas?

—¡Qué más da, igual y te los pensaba quitar!

Dijo llevando hasta la cadera de la chica sus manos con la intención de apartárselos, pero ella le dio un manotazo.

—Hey, ¿quién te crees? En primer lugar, no me has respondido lo que te pregunté.

Una mueca extraña se dibujó en el chico. De momento se apartó de ella y, arrodillado, aún entre sus piernas, se desabrochó la hebilla del cinturón, manteniendo un contacto directo con el rostro de la otra.

—¿Por qué no vienes y se lo preguntas?

Señaló, al bajar sus pantalones y mostrarle la firmeza de su erección. Su verga se hallaba completamente dura, apuntando hacia el techo.

Karin trató de disimular su fijación.

—¡Estás loco!

—Anda, sólo una chupadita —se la sujetó con la mano, jalándosela un poco—. Mira, ya hasta la hiciste llorar.

Se tocó con el índice la punta, embarrándose la gotita que apenas le salía.

Ella rió por su comentario y, haciéndose la indiferente, fue llevando la mano hacia él. Suigetsu acercó más la entrepierna y, aprovechando esa inicial aceptación, le hizo que se la tocara.

—Sigo esperando tu respuesta, no te hagas el tonto —insistió ella, no atreviéndose a verle, dejando únicamente que su tacto viajara por lo largo del palo.

—¿Quieres escucharme decir que me pusiste bien caliente? —soltó un sonido burlesco—. Eso es más que obvio. Tú misma lo estás sintiendo, me la pusiste durísima, ¿qué cosa más honesta puedes tener que esa?

Por vez primera ella giró a verle. Había acaparado su atención.

—Qué poco tacto tienes para decir las cosas.

—Soy sincero, que es diferente. Además, ustedes las mujeres siempre andan diciendo que quieren un hombre honesto, y yo lo estoy siendo. Por eso, con toda la sinceridad del mundo te lo digo: Karin, ábreme tus piernas que quiero meterte la verga.

Ella se carcajeó y negó en un movimiento de cabeza, enderezándose luego, llevándose pronto a la boca el sexo del albino, sorbiéndole sabrosamente la cabecita, limpiándole las gotitas.

Él ahogó un suspiro y la sostuvo de los hombres.

—Ohh… Karin, lo reconozco: la mamas muy rico.

La chica introdujo más la blanca y venosa carne, haciendo una que otra mueca de satisfacción para que él lo notara y más se excitara.

—Seguro es la primera vez que te la chupan. Agradécemelo luego.

Suigetsu rió y con urgencia la apartó de su carne, empujándola nuevamente al montón de heno, haciendo que se pusiera en cuatro. Le subió el vestido hasta la cintura y sin mucho cuidado le bajó la ropa interior.

Le acarició las nalgas tal cual si frotara una bola de cristal con el deseo de adivinar su suerte, y con el dedo pulgar e índice abrió sus labios vaginales, mirándole con excitación el interior.

Karin se quejó, aunque despistada, pasó la punta de la lengua sobre sus dientes.

—¡Uff! ¡Qué sabrosa se te mira esa almejita!

—¿Qué…? —quiso escucharle al no comprender, pero sin darle más tiempo a reclamos, él hundió su rostro entre las piernas de Karin, dándole un largo lengüetazo desde abajo hacia arriba, precisamente en la abertura de su vulva.

Ella suspiró tan candente, que fue evidente lo mucho que lo disfrutó. Sus piernas perdieron un poco de firmeza.

Suigetsu, sin hacerse esperar, remojó su miembro en los jugos vaginales antes de metérsela de un solo empujón. Karin gimió y él hizo lo mismo, cerrando los ojos, nalgueándola luego.

—¡Ahh… desde cuándo quería hacer esto! —confesó fuera de sí.

Karin empuñó sus manos, tratando de mantener lo más que podía la misma postura.

—¿Desde hace tiempo que vienes viéndome con ojos de pervertido? ¡Eres un enfermo!

Él le hizo pegar la mejilla en el suelo, teniendo aún su trasero alzado.

—¿Tú crees? —los ojos de él se veían pequeñitos y brillosos, con ese toque malicioso, propio de deseo. Ensalivó su dedo pulgar para luego introducirlo en la cavidad anal de Karin. Ella exclamó desconcierto—. Si supieras lo que quiero hacer con esto —movió su dedo—, me llamarías peor que enfermo.

—¡Estás loco! ¡Por ahí ni se te ocurra, Suigetsu!

—¿Por qué no? —continuó preparando el área. Escupió desde arriba e introdujo un dedo más.

—¡Porque nunca lo he hecho por atrás!

—Oh… —sonó como una agradable sorpresa—. No debiste haberme avisado, Karin. Ahora tengo más ganas de metértela por el culo.

—¡Imbécil, no te atrevas!

—Sólo la puntita, ¿sí?

—¡No pienso caer en esa…! —debatió, pero pronto él inclinó el cuerpo, besándole parte de la espalda, clavándose todavía más en su vagina, al tiempo que con una mano tocaba su clítoris, masturbándoselo. Ella gimió más alto, humedeciendo aún más su coño—. ¡Ahh… Suigetsu, no!

—Poquito, Karin, sólo será poquito… —sin dejar de masturbarle el coño. Sacó chorreando su verga, apuntando hacia su poco dilatado culo. Le escupió una vez más y acercó la punta. A ella le temblaban las piernas—. Anda, regálame tu culito.

Y, perdido en el placer que le provocaba aquello, ignoró las quejas haciendo más de un intento por abrirse camino entre las nalgas de su amiga.

Cuando sólo la cabeza de su verga estuvo adentro, él suspiró como no lo había hecho hasta ese instante. Pues como dirían: con saliva y mucho amor, todo entra mejor.

—¡Ahh… imbécil, sácala, me está doliendo, uhm… se siente ahh… extraño!

Comenzó a remolinearse, moviendo por efecto la cadera del albino. La punta de su verga había quedado, literalmente, atorada en la entrada del culo, como un corcho en una botella, ajustada. De ahí ya no pudo meterla más.

—Uhm… ahh, Karin, ¡qué sabroso! Entre más te mueves más me la aprietas —con ojos cerrados, mordiéndose los labios, continuó masturbándole el coño—. Dices que no quieres, pero mira —sacó la mano, mostrándole cómo de sus dedos se escurrían sus jugos—, estás chorreándote tan rico.

—¡Ahh, Suigetsu idiota! —suspiró, excitada, aunque aún quejosa—. ¡Cállate, cállate y sácala de una maldita vez!

—No puedo, tu culo me la está apretando tan sabroso, pareciera que no quiere que salga —miró la unión de ambos cuerpos, saboreándose—. Uhm… ahh, Karin, ya no puedo, me estás apretando tanto que voy a correrme adentro —avisó con voz entrecortada

—¡Ni se te ocurra! ¡Imbécil!

—Si te los echo adentro no pasa nada, recuerda, es por tu culito por donde te estoy dando.

Y, tomándola de la cadera y echando la cabeza hacia atrás, lanzó un gutural gemido al tiempo que se corría en el interior de la chica.

Ella ya no pudo decir nada, se quedó halando todo el aire posible una vez que la erección del albino fue perdiendo firmeza y la extrajo de su cuerpo. Cansada, se dejó caer de medio lado y en posición fetal sobre la paja. Suigetsu igualmente se recostó, extendiendo ambos brazos, aún perdido.

Sin girarse a verle, ella le lanzó un montoncito de paja.

—Imbécil, claramente te dije que no. ¡Ahora por tu culpa me duele todo!

Se quejó molesta luego de algunos instantes en silencio en donde ambos buscaron relajarse. Él entonces se incorporó e inesperadamente le besó la mejilla y buscó su boca para igualmente besársela. Ella le correspondió por un par de segundos el beso, apartándose luego.

—Estuvo rico.

—No pienses que te perdonaré con un triste beso.

—No, si no buscaba tu perdón. Sólo se me antojó besarte y ya. Pero está bien, para que estés contenta pídeme lo que quieras.

Propuso, poniéndose en pie. Ella sonrió de medio lado.

—Lo pensaré.

—Como digas —y le extendió la mano para ayudarla a pararse. De un estirón la atrajo a su cuerpo y la sujetó de la cintura, plantándole sin más otro beso en la boca, esta vez más intenso. Ella, inicialmente sorprendida, le siguió el ritmo—. ¿Qué tal? ¿Aprendo rápido?

Karin le dio un golpe en el pecho.

—Más o menos, aunque aún te falta —dijo y se giró comenzando a caminar—. Ahora apúrate, tengo que lavarme y después me tendrás que ayudar a arreglarme bien. Traigo paja pegada en todas partes.

Suigetsu la miró desde atrás.

—No mames, Karin, camina bien, no seas tan obvia.

—¡¿Qué camine bien?! Eso hubieras pensado cuando te dije que no lo hicieras. ¡Me duele, idiota, qué quieres que haga!

Le volteó la cara, saliendo del establo en busca de la llave de agua.

Figuraba estar molesta, aunque era más notoria su satisfacción. En sus labios se había instalado una sonrisa que durante toda la noche no pudo ocultar.

Sobraría decir que Suigetsu por su parte no cabía en su dicha. No sólo había tenido sexo casual con su amiga, sino que había encontrado algo mejor que hacer con ella además de discutir por la nada y molestarla.

De esa manera, esa noche marcaron el inicio de un cambio en su relación, quizás no tan notorio para el resto, pero al menos sí para ellos.

Por otro lado, en la fiesta, el tiempo dedicado para la cena estaba llegando a su fin. Y en la mesa destinada a Akatsuki, ya prácticamente todos habían terminado.

Hidan se recargó en su silla, llevándose ambas manos a su estómago, suspirando satisfecho, para luego eructar larga y sonoramente.

—¿Podrías alguna vez en tu vida ser más discreto? —comentó Kakuzu, a su lado, irritado por su comportamiento frente al resto.

—¡Madres! ¡De verdad que me dejé caer! —dijo viendo los platos enfrente suyo, estirándose en su lugar, para luego ponerse en pie.

—¿A dónde vas? —le llamó Pain al suponer sus intenciones de marcharse—. Te recuerdo que todavía hay cosas por bajar de la camioneta.

—Hey, sólo iré a caminar un poco, no tardo. Necesito bajar todo lo que tragué, luego me cansaré muy rápido y mi voz no sonará muy bien, y supongo que no quieres eso, ¿verdad, jefecito? —dijo realizando un par de estiramientos en su mismo lugar.

—En todo caso deberías dejar de hacer eso —sugirió Sakura. Hidan, con los brazos flexionados a la altura del pecho, y el torso a medio girar, le miró curioso—. Por todo lo que consumiste, sin contar el alto grado de grasas, tu cuerpo no está ni cerca de hacer su correcta digestión. El que te sigas estirando de esa manera tan brusca sólo conseguirá como mínimo que te den náuseas o que se te acalambren algunos músculos del cuerpo, o, en el peor de los casos, desencadenar algún problema gastrointestinal futuro.

Hidan volvió el cuerpo a una postura de reposo, con la atención puesta en la chica.

—Eh… mmm… no entendí ni madres de lo que dijiste —anunció—. Oye, controla a tu mujercita —se dirigió a Sasori—. ¿Anda borracha o qué? Dice cosas extrañas.

—Dijo que a como sigas tragando como cerdo, te morirás a la verga —respondió el susodicho, sin siquiera verle. Sakura rió bajito.

—¡Ah! Ándale, eso sí lo entiendo —alzó el pulgar derecho—. En fin, ya vuelvo.

Se despidió, con la mano sobre su frente, perdiéndose entre las mesas.

—Y tú… ¿por qué no te comiste todo? Apenas probaste bocado —preguntó Sakura a Sasori al ver su plato prácticamente sin tocar—. ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?

Él negó, apartando el plato.

—No tengo hambre —contestó simple. Ella hizo una mueca, no muy convencida.

Partió entonces un trozo de carne y con el tenedor hizo el gesto de dárselo a comer en la boca. Él, al tener la carne enfrente, volteó a ver a la chica como si creyera que se trataba de una broma, sin embargo, ella se veía seria.

—Anda, come al menos algo —pidió viéndole directamente. Él también le sostuvo la mirada—. Abre.

Y como si la insistencia de ella hubiera podido sobre su propia resistencia, él fue abriendo la boca obediente, pero al sentir la atención de sus camaradas puestas sobre ellos, especialmente de Deidara y Kisame, quienes le observaban burlones sin poder creérselo, rápido se apartó.

—Olvídalo, de verdad no tengo hambre —mencionó poniéndose en pie—. Iré a ayudar con las cosas.

Y se retiró sin más. Tras él le siguieron Deidara, Kisame y Kakuzu, luego de que Pain les arrojara las llaves de la Van, para igualmente acompañarles.

Sakura soltó el aire y dejó caer el tenedor sobre el plato.

—No le des tanta importancia a eso, quizás de verdad no tenía hambre —argumentó Konan, sentada frente a ella, una vez que se quedaron solas en la mesa.

La otra torció la boca.

—No es tanto por eso, sino que… no sé, lo siento extraño —recargó la mejilla sobre su brazo.

Konan comenzó a juntar los restos de comida de su plato con el de Pain, apilándolos.

—¿Tú crees? Yo lo veo igual que siempre.

—Bueno, a lo mejor estoy exagerando —rió nerviosa—. No importa, son ideas mías.

La peliazul alzó una ceja.

—Como quieras.

Pero luego de unos segundos de pensárselo y morderse con preocupación el labio, una vez más sacó el tema a flote.

—¿Pudiera hacerte una pregunta? —Konan entornó sus ojos ámbar hacia ella, afirmando—. Tú lo conoces desde hace mucho tiempo y tal vez sepas qué clase de relación tuvieron él y la hermana de Amaya.

—Entonces eso es lo que te incomoda —sonó más bien como una afirmación—. ¿Él no te ha mencionado nada?

—No, en realidad no tenía idea, aunque curiosamente se podría decir que ya la conocía. En su cuarto él tiene unas pequeñas figuritas que… —paró de golpe la explicación, poniéndose de pronto roja—. Yo… eh, omite eso del cuarto, ¿sí? De verdad no fue nada, es decir…

—Ellos dos fueron pareja hace años —comenzó a contar Konan—, se podría decir que ha sido la única oficial que le hemos conocido, antes de ti, por supuesto —Sakura tosió—. Estuvieron viviendo juntos un tiempo, pero de un día para otro de repente ella se fue a la capital, supuestamente por trabajo, o eso fue lo único que Amaya dijo.

—Ya… entonces… ¿crees que haya habido otro motivo?

—No lo sé, él nunca ha dado su versión. Jamás ha hablado del tema. Es muy reservado con sus cosas —contó con calma—. Lo único que sé, es que desde que se fue, esta es la primera vez que ella vuelve a la ciudad, aunque supongo que sólo está aquí por el asunto de la boda.

—Entiendo…

Sakura bajó la mirada. Konan la observó por unos instantes, ablandando luego el semblante.

—Creo que no deberías preocuparte por eso, pese a saber que era más que obvio que ella vendría, él te trajo a la fiesta. Eso dice mucho, ¿no lo crees?

Sonrojada, Sakura asintió, aunque con ciertas dudas. La primera: había sido ella quien le propusiera ir juntos a la boda. Y la otra: ¿de verdad debería de sentirse segura sobre su situación con Sasori? Después de todo, seguían siendo nada.

Pero, aun así, llegada a ese punto, en ese lugar y en la posición en que había quedado como "la otra", sólo le restaba tener que afrontar con firmeza y madurez cualquier eventualidad que pudiera presentarse.

—Tienes razón —aseguró—. Yo vengo con él esta noche.

Sonrió ampliamente, aún sonrojada, haciendo pequeñitos los ojos. Konan le devolvió el gesto con una pequeña pero cálida sonrisa.

Al menos parecía realmente convencida.

Sin embargo, por otro lado, con total picardía, como un niño que planea una travesura, Hidan se alejó de sus camaradas yendo hacia una de las mesas de los extremos, en las cuales los invitados podían servirse a placer alguna bebida en especial o bien tomar algún aperitivo. Su interés en sí era precisamente Anna, quien, aprovechando un poco la lejanía, hacía una llamada telefónica.

—Ya deja de preocuparte —habló a la otra persona, viendo luego cómo Hidan se acercaba—, todo está bien, pequeño cowboy de dulces intenciones. Nos vemos mañana.

Y colgó rápido la llamada.

—¡Pero qué tremenda sorpresa! ¡Si es la mismísima Annita! Dichosos los ojos que te ven, preciosa —dijo el recién llegado, pero ella ni volteó a verle, guardando su móvil y sacando luego de su bolso el encendedor para prender su cigarrillo. Hidan lo tomó, y con una fingida caballerosidad le ayudó a encenderlo—. ¿Acaso no sabes que fumar en exceso es malo? Te hará daño con el paso del tiempo.

Ella le echó el humo en la cara.

—¿Qué quieres, Hidan? —arremetió con calma, sin gran interés.

Una notoria característica de Anna era su manía por inventarse y hacer un juego de palabras en cuestión de segundos para hablar y dirigirse a otras personas. Era como su manera de demostrar simpatía. Con todos lo hacía, pero Hidan era la excepción en su lista.

—Hey tranquila, sólo vengo a saludarte —respondió éste—, después de todo tenemos años de no vernos, y quería saber qué ha sido de la vida de mi vieja y querida amiga —ella se encontraba mirando hacia los invitados—. ¿Planeas quedarte?

—Sólo vine para la boda. Mañana temprano sale mi vuelo de regreso.

—Es una lástima que tengas que irte tan pronto. Justo pensaba invitarte a una fiesta que tengo la próxima semana.

Ella se burló irónica, y por primera vez le vio por escasos segundos, para nuevamente desviarle la mirada. Hidan le veía divertido.

—¿Para qué? ¿Quieres drogarme de nuevo y luego grabarme teniendo sexo?

Hidan se llevó una mano a la cara, negando con un exagerado gesto de ofensa.

—No me lo puedo creer que aún sigas molesta conmigo por eso. ¿Ya hace cuánto tiempo desde que eso pasó? —chasqueó la lengua—. Además, no podrás negarme que bien que lo disfrutaste. Es fecha que recuerdo aquella escena y se me pone dura la verga. ¡Cabrona, gimes como una perra!

Una vez más, ella rió sin mirarle.

—¿Aún se te para? Por un momento creí que esa cosa te iba a quedar inservible de por vida.

—Pues sí, aún funciona y muy bien, aunque a veces duele, pero tengo que admitir que esa patada en las bolas fue una justa venganza por haberte engañado de aquella manera —señaló. Ella hizo un sonido en burla, como si a la lista de confesiones aún le faltara—. Y bueno, también por haberte montado a aquel tipo de la fiesta. Aunque acá entre nos, tengo que confesar que en más de una ocasión me pajeé recordándolo.

Cacheteó su misma cara, como queriendo borrar las imágenes de su cabeza.

Anna en cambio, se había girado, comenzando a servir en dos copas un poco de whisky.

—Lo que tú digas, Hidan —le extendió una copa—. Sabes que tus comentarios me son irrelevantes.

Y en efecto, pues la peculiar simpatía con la que se hablaban, no era más que una farsa. Ni el uno ni el otro se soportaba. Desde el momento en que Hidan la conoció, Anna no había sido santo de su devoción, y cuando supo, después de algún tiempo, que Sasori y ella tenían algo más que sólo sexo, aquello se volvió aún peor. Hidan no la aceptaba en su círculo de amistades, mucho menos que por ella su camarada algunas veces se ausentara.

Y ella lo sabía, compartía incluso el mismo sentir. Hidan tampoco le caía. Y es que ambas personalidades chocaban entre sí cada que se encontraban, por lo que los comentarios malintencionados y en doble sentido no faltaban entre ellos. Se trataban con tal hostilidad apenas se veían, que ya aquello parecía ser más bien una necedad de los dos de pelear por la nada.

Molestarla era como un hobby para Hidan. Lo mismo que era para ella devolvérselas todas.

—¿Y no vas a preguntarme por tu ex? —soltó suave, como quien quiere rascar con cuidado una herida.

—No —respondió sin pensárselo—, y si quisiera hacerlo serías la última persona a la cual le preguntaría.

Él rió.

—Oye, oye, espera, deja traigo mi cerveza para que me la enfríes, eres sádica e insensible, Annita —expresó entre risas—. Aunque de verdad, es una pena que hayan terminado, eran una bonita pareja, enserio. Y ahora si vieras al pobre —suspiró—, anda de mal en peor, buscando entre puta y puta alguna que se te parezca. Porque eso sí, tengo que reconocer que como tú, ninguna.

—Vaya, ¡qué tremendo problema! Y supongo que de alguna manera tú estás metido en eso, ayudándole en la dura tarea —Hidan le hizo un guiño.

Anna entonces entornó los ojos hacia otro extremo del lugar, a la mesa que estaba cercana a la plataforma, y en la cual Sakura esperaba sentada junto a Konan mientras los hombres terminaban de sacar todos los instrumentos de la Van.

La pelinegra en todo momento se había mantenido serena, su fisonomía no reflejaba gesto alguno, salvo las escasas sonrisas burlonas con las que se dirigía al albino.

Hidan miró en la misma dirección.

—Oh no, no, no, ella es punto y aparte, es digamos… "la oficial". Ya sabes, a la que saca a pasear, a quien le compra cosas —apuntó a Sakura—. Lo trae todo pendejo, más o menos como cuando andaba contigo.

Ella volvió a rellenarse la copa de la manera más simple y tranquila.

—Me parece bien —y le dio un trago—. Se ve que es una buena chica, algo joven, pero si a él le agrada supongo que lo demás no importa.

Hidan casi escupió el último trago de whisky, sorprendido por sus palabras.

—¡Qué! —gritó—. ¡¿Qué mierda le hiciste a mi Annita?! ¿Dónde dejaste a la cabronaza que conocí y con la que me encantaba discutir por tonterías?

Le tocó la frente y mejillas. Ella se lo quitó de encima de un manotazo.

—Anda a buscarla y deja de joder.

Y se apartó, dándole la espalda.

—Claro, ahora entiendo, estás así porque sabes que ya no eres su centro de atención. Pero así es la vida, y ni hablar, se te fue tu minita.

Ella rodó los ojos con fastidio.

—¡Ay… ya cállate, Hidan!

Le gritó irritada de escucharle, sin embargo, él rápido le dio alcance y, posándose a su lado, la detuvo. Rodeó con una mano su cintura y se acercó a su oreja izquierda para hablarle.

—¿Sabes? La última vez que mencionó tu nombre lo hizo de una manera tan… peculiar… —ella le observó de soslayo. Un diabólico destello se vislumbró en la mirada de Hidan—. Oh… ahora sí parece interesarte.

—¿Y ahora con qué pendejada saldrás? —repitió con calma, remarcando cada palabra, quitándoselo de encima.

Él se encogió en hombros y negó, tomando para sí mismo la copa de Anna.

—No, no es ninguna pendejada —aseguró rápido—. En realidad, él nunca ha dicho nada de ti, en todo este tiempo ni te ha mencionado aún y cuando le hemos preguntado por ti, es como si jamás hubieras existido —soltó el aire—. ¿Pues qué le hiciste, Annita? ¿Tan poco le duró el amor o de plano nunca tomó enserio lo que sea que tuvieron? Aunque conociéndolo, coincidirás conmigo que lo segundo es lo más obvio. Y bueno, preciosa, ni hablar, con eso queda claro que para mi camarada siempre valiste para pura verga, nunca fuiste nada.

Dijo y le lanzó un beso a modo de despedida.

Lo que vino a continuación me dejó desconcertado e intrigado, pues luego de que Hidan hiciera ese comentario malintencionado y se alejara llevándose la copa de whisky de Anna, ella se quedó en el mismo lugar, siguiéndolo con la mirada, sus ojos se clavaron como cuchillas en la espalda de él.

Apretó la mandíbula y pasó saliva.

Instantes después, una lágrima rodó por su mejilla derecha y, aún sin mover un músculo de su rostro, con el puño izquierdo la limpió con tal fuerza que su piel quedó roja.

Mentira o no, le habían tocado un punto sensible: su historia con Sasori.

.


Continuará...


Notas de la Autora: ¡Ah... cómo me divertí escribiendo el SuiKa! ¡Simplemente me encantan!

Y bueno, ahí les dejo un claro ejemplo de cómo cada persona interpreta las cosas. Mientras Konan relaciona el silencio de Sasori con lo callado y reservado que siempre ha sido, Hidan lo interpreta muy a su manera. En fin, dejo abierto a debate esto. ¿Qué opinas al respecto?

¡Espero leer sus opiniones!

¡Gracias por todo, y hasta la próxima!