Capítulo XIX
"¿Mariela o Marinette?"

—Yo… lo siento.

—Está bien, no ha sido tu culpa, nunca lo fue.

Las manos me están sudando. Una presión en el pecho comienza a causarme pánico, miro a los lados como si estuviera esperando un segundo acto, pero nunca llega y dudo que lo haga. Sus ojos azules me miran con compasión y yo me siento muy arrepentido. Sé que muy dentro de mi corazón así estoy, pero lo único que quiero es alejarla.

Abrí los ojos sintiendo la penumbra de mi habitación caer sobre mi alma. Debí haberme dormido luego de llorar un amargo rato. Estoy consciente de que mi manera de actuar no fue la mejor. Fui cegado por mis emociones y al mismo tiempo traicionado por mi amor hacia ella.

Estuve intentando comprender razones, pero nunca pude llegar a algo cuerdo. Era como si faltara algo de lo cual no tengo conocimiento y a decir verdad es frustrante. Hubiera preferido no verme envuelto en esta situación, pero me temo que es todo lo contrario y debo tomar una decisión para seguir adelante. Amándola o no, hay consecuencias que uno debe afrontar.

Me pregunto, ¿me equivoqué de persona? Porque creía que ella era todo lo que buscaba.

Si íbamos a vivir un corto amor, hubiéramos empezado desde antes…


Me ahorré la molestia de ir a la escuela. Mi cabeza no se sentía preparada para afrontar razonamientos y secuencias numéricas, serían un dolor de cabeza que fácilmente podía evitar. La información que Chloé hizo llegar a mis oídos no tardó en hacer efecto, pues habría una audiencia dentro de algunos días con mi padre y con Mariela presente, como supuesta acreedora de los hechos.

Seguir pensando en su angelical sonrisa y al mismo tiempo imaginarla los tratos de mi padre, produce en mi estómago una sensación horripilante. Una sensación que me hace sentir mareado, con frío y adolorido.

Aún estoy trabajando en ello.

—Hola.

Me detuve en la acera girándome. Está ella con gorro de invierno azul en la cabeza y una bufanda café cubre generosamente su cuello. No puedo evitar pensar qué hace sola por aquí y tan temprano.

—Hey, hola —saludé.

—¿Puedo hacerte compañía?

—Claro.

Ambos comenzamos a caminar en silencio. Ninguno lleva trazado un camino, pero supongo que no es bastante raro. Nuestros pies no saben a dónde van, aunque nuestra cabeza nos haga pensar que sí. El vaho sale de nuestras bocas casi sin pedirlo. Las calles en estas fechas son sombrías, nostálgicas y apasionadas… con la persona correcta.

¿Me habré equivocado?

La miré de reojo observando las mejillas frías y rosadas por lo mismo. Sus labios están ligeramente partidos y sus pestañas son más largas que las de ella, aunque no tienen las mismas curvas. Podría confundirlas si nunca hubiera estado tan cerca del rostro de Mariela, si no hubiera apreciado sus pecas, sus cejas y la curvatura de sus labios.

—¿Por qué me miras así?

Tartamudeé negando con la cabeza. No había sido mi intención.

—Lo lamento, estoy algo distraído.

Desvié mi mirada de la suya que se posaba en mí y sólo por unos segundos me desconecté de mis sentidos. Se alzó a mi rostro depositando un beso en mis labios, tomándome de las mejillas mientras intenta que no me resista y por unos segundos casi dejo de hacerlo.

La separé tomándola de las muñecas desaprobando su reciente su acción. —Marinette… —murmuré dando pasos atrás, ella ni siquiera hizo el intento de que me quedara.

—Lo siento, yo creí que…

—Creíste mal.

Mi corazón late errático, está gritando un nombre que le duele mucho, pero extraña pronunciar e inundarse de la calidez que el mismo transmite a mi alma. Ni siquiera pude despedirme de ella porque me di la vuelta para seguir caminando a rápido paso.


—Te has quedado corta…

—Yo, lo lamento, no sé cómo hacerlo, él no me quiere —respondió la azabache encogiéndose de hombros, mientras desvía la mirada intentando contenerse.

—Pues has que te quiera, ¿quieres conservar esta vida? Entonces debes esforzarte, será más fácil si lo tienes de tu lado… ¿Crees que Mariela si sabe la verdad tendrá compasión de ti? No, no lo hará. Debes jugar primero antes de que te destruyan. Abandonar antes de que seas abandonado.

¿Antonio alguna vez dejaría de manipular a la gente? O mejor… ¿alguna vez la gente ya no dejaría manipularse por él? Bridgette acarició sus brazos al encogerse. A pesar de que estaba bien abrigada sentía que el aire frío chocaba en su espalda y sus manos enguatadas estaban como si tocaran el hielo constante.

—Espera mi llamada, tendré que organizar otros movimientos.

La francesa miró marchar aquel sujeto quedándose quieta y sola en la banqueta. Una parte de ella le decía que estaba mal, que estuvo mal desde un principio, pero otra parte quería mantener la esperanza de que existiera un mundo mejor para ella.

Con paso lento se dirigió a una de las bancas que se encontraban en los largos senderos de las avenidas tomando asiento. A pesar de que el mundo estaba paralizado para ella, para los demás seguía avanzando y cada segundo que transcurría era importante.

Cada una de las personas que observaba pasar tiene una batalla que está afrontando en ese momento. Interna, con alguien, con el mundo, no importa. Alto, bajo, moreno, de ojos azules o cafés. Todos tienen una historia que contar y todos merecen segundas oportunidades.

¿Por qué ella no podía tomar a gusto la suya?

Perdió a sus padres cuando tenía sólo cinco años y lo único que recuerda a partir de entonces son edificios grises con otros cientos de niños en la misma situación que ella. Algunos más afortunados que otros al abandonar las paredes manchadas y literas que rechinan y otros no tantos como ella que vivieron ahí hasta los dulces 16.

Conoce cada rincón de Francia porque cada rincón podía ser su hogar esa noche. Conoce en donde comprar barato, en donde cocinan rico y en dónde es mejor no meterse.

Bridgette no sabe hacer otra cosa más que vivir día a día, en donde el pasado no es más que un instante y el futuro ciertamente no existe.

Comía un hot dog cuando miró a Antonio por primera vez. Mantenía una expresión de sorpresa y emoción en su rostro que no podía explicar. Le invitó a comer en un lugar decente y al día siguiente le ofreció la oportunidad de su vida.

Al principio, no lo niega, fue emocionante. ¿Una cama? ¿Comida diaria? ¿El cariño de unos padres incondicionales? Todo por cambiarse el nombre y olvidarse de lo que sucedió o que no fue. Ellos necesitaban una hija, y ella necesitaba un lugar en donde ser recibida. Ambos eran todo lo que buscaban, ¿no es así?

Pero ya no pareció tan fácil cuando estuvo frente a ellos. Ahora es demasiado tarde para echarse hacia atrás. Es continuar o hundirse junto con todos y si era honesta… tenía miedo de volver a la oscuridad.


—Puedes salir, el señor Buorgeois ha pagado tu fianza.

—¡Gracias al cielo!

La rubia se puso de pie tan rápido como pudo y dirigió sus pasos a la salida más cercana de aquel hostil lugar. Había tantas cosas en las cuales pensar y qué hacer, pero, sobre todo, hay tanto camino libre hacia Adrien ahora.

No podía estar más contenta y lo demostraba con una enorme sonrisa en su rostro. Ahora la tal Mariela se pudriría en la cárcel y pagaría todo lo que le ha hecho a la familia Agreste. Su expresión se desvaneció cuando encontró a Valentina en el estacionamiento, recargada en un coche grisáceo de cristales polarizados.

—Valentina, ¿qué haces aquí? —preguntó haciendo su paso cada vez más lento. Para nada le temía a la morena, sin embargo, temía que tenía algo serio que decirle y esperaba que no fuera lo suficientemente grande para arruinar su felicidad—. Hay tantas cosas que debo decirte… —comentó intentando apaciguar la tensión que se sentía— Creo que al fin hemos sacado a la muchacha del camino.

—Has perdido la maldita cabeza —soltó la venezolana llevándose las manos a sus entrañas— ¿En qué has pensado? —exclamó en realidad.

—¿A qué te refieres? Estará lejos de Adrien y de todos en general, no habrá otra culpable y las cosas se acomodarán al fin, ¿no es eso lo que querían? Todos ganan algo.

—¡No Chloé, no! Antonio está muy disgustado y si se entera de ti, si se entera de nosotras ¡nos matará! Y no estoy bromeando. Sé lo que querías hacer, pero decirle lo de su madre era más que suficiente. ¡No declarar todo lo que sabías a la policía!

La rubia permaneció en silencio mordiéndose el labio. Poco a poco, comenzaba a reflexionar sobre lo que había dicho y hecho la noche anterior.

—Mariela presentará juicio con Gabriel Agreste presente ¿y sabes? Puede hundirnos a todos, porque, ¿qué más le da? Perdió lo único que tenía valor en su vida, Adrien.

Pero, en todo caso, ¿a Chloé qué? ¿Qué si atrapaban a Antonio o incluso a Brandon?

—Y no, no creas que te libras, no creo ni siquiera que tu padre acepte ayudarte. Tú eres cómplice de todo esto, te volviste mi cómplice desde que aceptaste trabajar conmigo. Sí, así es querida —dijo en canturreo al mirarle el pavor en su expresión— si el capitán se hunde, los marineros con él, y verás que me encargaré que tú también recibas lo suyo por lengua floja.

Ciertamente Mariela recibió su karma, pero ahora todos los demás tendrán el suyo.

—No —respondió la rubia negándose— las cosas no pueden terminar así, no cuando todo puede ir tan bien. ¡Debe existir alguna manera! Algo que podamos hacer. Yo… yo conozco algunos abogados muy buenos en el bufete preferido de papá, de seguro alguno podría ayudarnos, dar asesorías, hacer que ella pierda, ¡no lo sé!

—¿Hablas de involucrar a más gente? Estás loca —desaprobó la morena haciendo una mueca— tengo que ir a ver a Antonio, de seguro él ya debió pensar en algo inteligente. Pero por ahora, hazme el favor de irte a tu casa y no hablar con nadie ¿de acuerdo? Ninguna palabra a otra persona de esto, ni siquiera a Brandon, ¿entendido?

Chloé asintió despacio con la cabeza, para mirar a la chica subirse al auto en el que estaba recargada y acelerar como si no hubiera un mañana. Tenía que hacer algo para que las cosas terminaran bien para ella, no podía dejarse pagar por un tremendo error que ella misma cometió.

¿Por qué la vida es tan injusta? Ella sólo quería proteger a Adrien, ella sólo dijo la verdad y debían hacer justicia por ello. La gente debería estarle aplaudiendo… no amenazando.

—¿Chloé?

Se giró sobre si admirando aquellos cabellos que se pintan como atardecer y los ojos verde-azul que son inevitables de mirar.

—¿Nathaniel? —preguntó desconcertada— ¿Qué haces aquí?


—¿Hoy también irás? —preguntó Tom al mirar a su esposa empacar cosas en su gran bolso con cierta inquietud.

—Claro que iré Tom, esa pobre chica nos necesita. Está pasando momentos difíciles… —dijo ella juntando sus manos en su pecho y mirándole con dolor, acto a lo cual el hombre no pudo resistirse para darle un beso en su frente.

—Eres una mujer muy dulce, mi vida.

—Yo sé que sí… ¿Marinette aún no llega? —preguntó ella arqueando la ceja y volviendo a lo que estaba, pues no quería tardarse demasiado para regresar temprano.

—No, no debe estar por llegar, ¿quieres que le llame de cualquier manera?

—Ya llegué.

Se escuchó la puerta principal cerrarse y pasos por el pasillo. Sabine terminó de alistar sus cosas y permaneció algunos momentos estática. Si iba a descubrir la verdad, lo mejor era que lo hiciera ahora.

—Hola querida, ¿estuvo bueno el paseo? —preguntó Tom al abrazar a la chica y besarle su frente muy amorosamente. Cosa que no desagradó a la joven quien correspondía ese abrazo y le reía.

—Sí papá, aunque hace frío allá afuera. —comentó percatándose de su madre— ¿Saldrás… mamá?

—Así es querida, y a decir verdad te esperaba. ¿Crees que puedas acompañarme? Tengo que hacer unas compras. —le comentó ella con una pequeña sonrisa.

—Pero pensé que irías a…

El viejo Tom se quedó callado al recibir aquel codazo en su amplio estómago. Entendió la referencia, pero no el porqué de ella. Marinette, o debería ser, Bridgette, asintió con la cabeza colocándose mejor su gorro de invierno.

—Claro, vamos.

Así, ambas chicas se despidieron del hombre de la casa con un beso en la mejilla y sacudiendo su mano. La francesa intentaba mantener la compostura y estar normal frente a su madre postiza, pero el semblante de ella era serio y penetrante. Se preguntaba si algo la había hecho enojar…


—Tío Demian…

—Ha pasado algún tiempo, Mari. De todos nunca creí que te llegaría ver aquí…

Ambos se miraban tras el cristal sentados en unos bancos de madera viejos. Al menos Mariela aún no portaba uniforme, pues aún no estaba dictada su sentencia, pero el señor sí y parecía ya hasta parecérsele cómodo.

—Tío Demian, ¿qué está pasando? ¿Qué es todo esto? No puedo entenderlo. Es muy confuso y estoy muy asustada. Sé que hice mal, sé que he hecho muchas cosas mal, pero no puedo. No quiero… al principio era para sacarlo a usted de aquí, pero después… era como mover fichas a lo tonto. Sin pensar en qué podría pasar, a dónde íbamos, qué necesitamos… Y al final, me tengo merecido este lugar… aunque hubiera querido un poco más de libertad.

El señor miró a la azabache.

Odiaba tanto caer ante su ángel. Claro que él deseaba su libertad, y claro que él siempre estuvo enterado del plan, pero ¿cuánto tiempo más dudaría su engaño? ¿Cuánto tiempo más la verdad soportaría estar oculta? Le miró apacible y contempló su semblante caído. Lo pensó algunos momentos más, ¿había algo que perder?

Su vista se desvió cuando se percató que metros atrás llegaba una cabellera rubia. Sacó aquel papel doblado del bolsillo de su pantalón y se lo pasó por debajo del cristal.

—Debo irme, tenemos poco tiempo… Después veré si puedo volver a hablar contigo.

—Tío Demian…

Cuando menos lo pensó, él ya había desaparecido por el pasillo con dos guardias caminando detrás de él. Ella miró aquel pedazo papel doblado y cuando pensaba en echarle vistazo reconoció su voz. Su cabeza se giró poco a poco pues quería verlo con sus propios ojos. Tal vez era un producto de su imaginación.

Se quedó pasmada ante la figura de Adrien tras el cristal, sentado y esperando impacientemente. Podía sentir su corazón latir con fuerza y la respiración agitarse.

—Señorita, la buscan.

Ella parpadeó algunos instantes y asintió con una pequeña sonrisa en el rostro. Es él, y vino a verla. Se alisó la ropa y pidió porque por estos dos días que no se había dado una ducha, no oliera tan mal. Avanzó con paso tembloroso hacia la puerta divisora y salió hacia las mesas en su dirección.

Él aún no parecía notarla pues miraba hacia otra parte. ¿Qué iba a decirle? ¿Estaba dispuesto a escucharla? Guardó aquel papel en el bolsillo de su pantalón. Estando cada vez más cerca.

—¡Mariela!

Su vista se giró ante la mujer que entraba con un gran bolso y una sincera sonrisa en su rostro. Por un momento estuvo confundida.


Mi rostro se giró por toda la habitación hasta que la vi, casi en frente de mí. Me quedé paralizado ante su presencia y al parecer ella estaba igual de desconcertada que yo. Sabine estaba aquí junto con Marinette y me pregunté por qué. No creo que haya venido a ver a mi padre, no justo en el día que yo decidí hacerlo.

—¿Adrien?

Las tres féminas reaccionaron ante la potente voz, y, a decir verdad, yo también. Al parecer bajó de peso y su rostro reflejaba cansancio. Definitivamente no era así como planeaba volver a verlo.

—¿Qué hace ella aquí? ¿Qué haces hablando con ella?

Supe al instante que se refería a Mariela, quien ahora estaba encogida de brazos y se quitaba del camino de mi padre, quedándose a un lado de la señora Sabine y su hija.

—No quiero que le vuelvas a hablar, ¿de acuerdo? Ni que la lleves a la casa, y prácticamente ningún contacto contigo.

—Pero padre…

—¡Nada Adrien! ¡Ella me metió aquí! Y prometo que pagarás junto con los tuyos cada uno de tus atracos, señorita. Yo me encargaré de eso.

Mi corazón se rompió al mirar su expresión de terror en el rostro. Las lágrimas contornearon sus mejillas y sólo desvió la mirada. Sabine no se molestó en decir algo, conocía a mi padre y sí, era mejor dejarlo así. Cada grupo se sentó en un extremo diferente, pero ahora lo único en lo que podía pensar era ella, otra vez.

Ella y su completa incapacidad de decirme la verdad, ella y sus misterios, secretos detrás de esa preciosa sonrisa.

Fui timado, como mi padre, como… ella.

—Haz dicho… ¿junto con los tuyos? —pregunté a mi padre al tomar asiento y mirarle.

—Sí. Dudo que esa niña haya sido la mente maestra, debe tener a alguien detrás, y mis abogados ya están trabajando con esto. Me han dicho que uno de sus familiares está aquí también, y… —el guardó unos momentos de silencio. Me miró y enarcó su ceja, de seguro cambiaría el tema—. Estoy muy agradecido de que tengas como amiga a Chloé. Ella realmente se interesa y preocupa por ti, por nuestra familia.

Me tomó la mano y la acarició en el acto mientras yo pensaba. Mi vista se desvió hacia la mesa de la esquina observando la comida que Sabine había traído. Pude percatarme de que Mariela traía su pulsera, aquella misma que tiré a la nieve tan sólo algunas horas atrás. ¿Cómo la habrá recuperado? Es un misterio, uno de los muchos que tiene.

Miré a Marinette y no pude evitar pensar en el beso que me dio en la mañana. ¿En qué estaba pensado? Y lo peor de todo, ¿en qué pensaba yo? ¿Cómo podría engañarme a mí mismo? Es la peor infidelidad que uno mismo puede hacer.

—Oye… —escuché a mi padre decir lo que me hizo centrarme en él de nuevo— sé que tenías interés en ella, y no puedo imaginarme todo el dolor y sufrimiento que debes estar experimentando en estos momentos, pero debemos estar unidos, hijo. Debemos estar unidos y juntos proteger a Scarlet. Sobre todo, debes entender que, ella debe pagar por lo que hizo Adrien. Un delito, no deja de ser un delito…

—Es fácil para ti decirlo… —murmuré por inercia.

Le miré después un tanto apenado encogiéndome de hombros. Él me dedicó una sonrisa paciente y me frotó la espalda, acción que me sorprendió un tanto.

—Las cosas difíciles las experimentamos todos, hijo.

Suspiré rendido. No hay cosa más dura que aceptar que la realidad. De igual manera, no pude evitar mirarlas. Había algo en ellas que seguía llamando mi atención.

Miré que Marinette traía su pulsera también. Era curioso que ambas tuvieran el mismo diseño… el mismo en un millón.

Si mi padre tenía razón y Mariela no era la única involucrada, ¿cuál es la posibilidad de que la hayan obligado a hacerlo? ¿Cuántas fuerzas tuvo ella para tener que hacerlo contra de su voluntad? Acaso, ¿podía mantener esa esperanza?

Me exalté al escuchar el fino ruido de los cubiertos caer al piso. Todos nos giramos hacia el origen del desastre y entonces pude verla. Las lágrimas se escurrían por sus mejillas y parecía no reaccionar ante los llamados de Sabine. De inmediato me levanté de mi asiento y corrí hacia ellas tomando a Mariela de los hombros.

—Mari, Mariela, ¿me escuchas? Mari, ¡responde! —le decía buscando su mirada perdida mientras Marinette recogía lo que estaba en el piso.

Ella no detenía su llanto, pero su habla tampoco era presente.

—Pero ¿qué ha ocurrido? —pregunté exasperado.

Podía sentir la mirada penetrante de mi padre desde su lugar.

—Sólo le di del pastel para que lo probara. No entiendo qué pudo estar mal, siempre checo las fechas de caducidad, que los huevos estén en buen estado…. Es terrible —comentó Sabine angustiada.

—¿Eso le dijo?

—Le dije que es el pastel favorito de Marinette, se lo preparaba a cada rato cuando era niña y apenas lo probó se puso así. ¿Sigue sin reaccionar? ¿Deberíamos llevarla al hospital?

—M-Ma…ri…Ma-ri..nette.

Mis ojos vieron a los suyos luego de escuchar su murmuro. ¿Sí escuché bien?

—¿Qué dijo? —preguntó Sabine por detrás.

—No entendí bien, tal vez sí deberíamos pedirle atención médica —comentó la otra azabache poniéndose de pie.

—Nette… —musitó Mariela desviando la mirada a diferentes partes y sacudiendo su cabeza a los lados suavemente. Parecía estar volviendo en sí y eso me tranquilizaba bastante. Alcé mi mirada para buscar a mi padre, pero me encontré con que él ya se había ido.

Suspiré y le di espacio a Mariela para que respirara y poco a poco ella entrara en razón. Sabine parecía estar más alterada que yo, pero por su parte, Marinette tenía un semblante algo difícil de explicar.

—Cariño, ¿estás bien? —le preguntó ella posando su mano en el hombro de Mariela.

—Sí, lo lamento… —comentó con voz ronca y posó su mirada después en aquella rebanada de pastel que tenía al frente.

—No es necesario que te lo comas, está bien…

Volví a mirar a Marinette que estaba callada en su asiento jugando con su plato. Nos quedamos algunos momentos así. Parecía que nadie tenía las palabras para introducir a una nueva plática.

—¿Has venido por tu padre?

—Así es —le respondí a la señora Sabine, quien me ofreció una pequeña sonrisa.

—Lamento que se haya ido.

—Descuide, no es raro.

Sus zafiros se posaron en mi rostro y por inercia le miré. Una parte de mi ser aún la rechazaba y la recriminaba por todo lo sucedido, pero otra parte sólo quería acercarse más y poder comprender el resto de la historia.

—Nosotros debemos irnos, mi esposo Tom se adelantaría al negocio y aún hay muchas por hacer —explicaba la mayor al ponerse de pie y comenzar a guardar todo—. Mariela, ¿estás segura de que estás bien? ¿No quieres que te revise un médico?

Pero ella sólo negó con la cabeza.

—Muchas gracias por la comida, estuvo… deliciosa.

Marinette también se puso de pie, tampoco se atrevía a mirarme a los ojos y lo mejor sería mantener distancia. Podría decir que se fueron casi de adrede para dejarme sola con ella, pero no sabría decir si eso me alegraba o sólo me entristecía más.

Me percaté de que jugaba con un trozo de papel y con las manos en los bolsillos le pregunté: —¿Qué es eso?

—No lo sé —me respondió sin verme— me lo… ha dado un familiar.

Ella comenzó a desdoblar lo que parecía ser una fotografía. Sus dedos acariciaron lo largo del papel y sonrío un poco para mirarme después, apenada.

—Es una fotografía —me comentó y me pasó esta sobre la mesa para que la viera— creo que soy yo de niña… la verdad es que no me acuerdo mucho de mi infancia y casi no hay fotos en casa.

Estiré mi mano para apreciar mejor la imagen. ¿Era ella? Demasiado pequeña, pero la misma nariz y las pecas podía notarlas a pesar de que la foto estaba arrugada y manchada, pero lo que más me sorprendió de esta fue el vestido que portaba.

Un vestido que ya había visto antes.

En el reflejo de mi pupila se reflejó aquella fotografía que se cayó de mi cuaderno, esa misma que encontré junto con Scarlet y que no entendí cómo y de dónde. Una foto en donde, el señor Tom estaba presente, el señor Tom y otra pequeña con la cual daba como su hija.

Eran iguales, pero es imposible.

—¿Estás segura de que eres tú?

Ella se encogió de hombros, dejándome con una enorme intriga.

—Pues me la ha dado mi tío.

"Me han dicho que uno de sus familiares está aquí"

"No recuerdo mucho de mi infancia"

"Hace tiempo del accidente en la pastelería"

¿Cuál es la probabilidad de que Mariela sea en realidad… la hija perdida de los Dupain? De que, por extraños y alocados motivos del destino ella haya terminado hasta aquí, en frente de mí, con un nombre equivocado y una reputación que deja mucho que desear. ¿Qué me faltaría para comprobar esa tan improbable teoría? O qué me falta para negarla de una vez por todas.

—¿Adrien?

Le devolví la fotografía y me puse de pie sacudiéndome el pantalón, debía irme.

—Adrien, espera yo…

Me detuve para mirarla. No me dijo nada, sólo permaneció mirándome y por unos segundos yo también lo hice.

—Debiste habérmelo dicho.

—Te hubieras ido de cualquier manera. Sólo quería pasar más tiempo contigo, me importas Adrien.

Bajé la mirada, había algo que quería decir, pero no sabía cómo. Volví a caminar a la puerta que se abría por el guardia que estaba ahí.

—Yo… prometo que arreglaré todo esto, lo haré de verdad.

—¿Arreglarlo? ¿Cómo puedes arreglarlo?

Mi tono de voz reflejaba molestia, mi rostro estaba rojo por lo mismo y le miraba con decepción.

—Me usaste, ¿cómo puedo creer en tus sentimientos por mí? ¡Le hiciste daño a mi familia! Y ya no se trata de mi madre, yo entiendo, ¡créeme que lo hago!, pero no entiendo por qué hiciste lo que hiciste con mi padre. ¿Qué te hemos hecho?

Permaneció enmudecía y podía sentir odio en mi interior por mí. Por lastimarla de esa manera. Con los nudillos me limpié las pequeñas gotas que se escurrían por mis mejillas.

—Sólo quiero que sepas que, probablemente sea la última vez que nos veamos y…

¿Y?...

—Espero que algún día me perdones.

De repente, la que se terminó yendo fue ella, dejándome con el nudo en la garganta y terrible dominio de mis sentimientos por ella en todo mi ser.