Capítulo XXI: Las dos Ginnys
La primera fase del plan no salió como esperaba.
Dominique caminaba cadenciosamente por la acera, pero su rostro expresaba una ligera decepción. Había pasado cerca de una hora y media en un café, apenas bebiendo de su infusión, apenas comiendo de su sándwich vegetariano, poniendo más atención a su entorno, esperando a que algún chico se le acercara. Pero no se sentía decepcionada a causa que nadie se hubiera sentado frente a sus ojos. Simplemente, las personas con las que habló eran demasiado babosas, la miraban a cualquier parte de su cuerpo menos a sus ojos y cuando hablaban, parecía ser que tuvieran un cubo de hielo atado a la espalda de tanto que les tartamudeaba la voz. Su instinto le hablaba al oído, guiándola en su búsqueda por el hombre perfecto para una noche inolvidable. Y, aunque a veces no entendía su propio comportamiento cuando se dejaba llevar por la más interna de sus voces, se sentía bien cada vez que descalificaba a alguien con poca testosterona en su sangre.
El aire nocturno acariciaba su piel maquillada, agitaba levemente su cabello rubio, el cual olía a azucenas, diseminando su olor como una estela invisible detrás de ella. Podía oír la música provenir de un edificio de corte clásico, como del siglo diecinueve, en cuya fachada las luces de neón se antojaban anacrónicas. Sin embargo, Dominique sabía que se trataba de una de las discotecas más exclusivas de Londres. Era imposible para la gente normal entrar allí, pues era necesario ser miembro de una especie de élite y para unirse a ese club había que pagar una cantidad con varios ceros a la derecha de un número uno. Y, desde luego, ella había pagado tal cantidad de dinero para ser parte de aquel selecto grupo y llevaba en su cartera una tarjeta de membresía que le daba derecho a pasar derecho a la enorme sala.
En cuanto puso pie en el interior del local, supo que la decepción sufrida en la cafetería era sólo pasajera.
Contrario a lo que solía suceder en la mayoría de las discotecas del planeta, había más hombres que mujeres, y la mayoría de ellos eran bien parecidos y relativamente jóvenes. Dominique no tuvo prisa alguna para escoger una mesa y sentarse en una de las sillas desocupadas. Estadísticamente, siempre al menos un par de hombres se acercaban a entablar conversación con ella y, minutos después de beber un trago ligero de forma despreocupada, alguien se sentó junto a ella, llevando una copa de ron añejo en su mano derecha. El recién llegado parecía no darse cuenta de quien ocupaba esa mesa antes que él.
Dominique carraspeó para dar a entender que estaba presente. El tipo dio un pequeño salto fingido de sorpresa antes de volverse hacia ella con ojos intencionalmente fuera de sus órbitas.
-¡Rayos! No me di cuenta que había alguien aquí. Disculpa.
Y el hombre hizo ademán de ponerse de pie y abandonar la mesa, pero Dominique, no esperando aquel movimiento, habló como si alguien más le hubiera puesto palabras en la boca.
-¿Por qué te vas?
El hombre giró sobre sus talones y la encaró casi con solemnidad.
-Bueno, creo que tu carraspeo al estilo ogro me asustó, de verdad –dijo. Él la miraba a los ojos, directo a ellos y no los desvió hacia ningún sitio. Ella pudo contemplar su cara salpicada de pecas, sus ojos de un intenso azul y un cabello de un rojo impactante. No era demasiado atractivo, pero había algo en su traviesa sonrisa que le llamaba la atención. Era como si se burlara de ella y, al mismo tiempo, le invitara a que confiara en él.
-¡Yo… yo no carraspeo como un ogro! –se excusó Dominique, sin evitar ponerse roja. Más que seducirla, el hombre parecía tener más de una excusa para divertirse con ella.
-¿Cómo un orco entonces?
Dominique se puso más roja si cabe.
-¡Eres un cretino!
El tipo se encogió de hombros.
-Debo admitir que lo soy, además de engreído-. Apenas terminó de hablar, comenzó a frotarse las manos, como anticipando algo muy emocionante-. Ahora me toca a mí.
-Perdón pero, ¿te toca qué?
-Eres una egocéntrica sin remedio.
El color en la cara de Dominique volvió con fuerza.
-¡No lo soy!
-Sí lo eres.
-¡Que no!
-Que sí
-¡Qué no!
-Dejémoslo en que eres un poco egocéntrica. ¿Te hace sentir mejor?
Ella se limitó a encogerse de hombros. El hombre lo interpretó como un sí.
-Sabes, siento algo por ti, como si nos hubiéramos visto antes.
Dominique arqueó las cejas.
-No creo que nos hayamos visto antes.
-Tu tono de voz me es familiar –dijo el desconocido-. Pero hace tiempo que no la oigo.
-Me temo que no sé de qué estás hablando.
En ese momento, uno de los lentes de contacto de Dominique se deslizó de su ojo izquierdo. Ella corrigió la postura de éstos, bajo la atenta mirada del desconocido, quien tenía el ceño fruncido y los labios arrugados. Tenía la expresión de una persona que se hubiera dado cuenta de algo desconcertante y fuera de lugar.
-¿Qué estás haciendo aquí?
La pregunta tomó completamente desprevenida a Dominique.
-No entiendo…
Ella no alcanzó a completar la frase. El tipo había sacado de su bolsillo una varita y la impactó con un encantamiento aturdidor. Todo sucedió tan rápido que los demás asistentes creyeron que aquella hermosa chica se había desmayado sola. El hombre en tanto, la levantó del suelo y la acarreó sobre su hombro derecho, salió de la discoteca y desapareció.
A varios kilómetros de la discoteca, un equipo de Aurors entraba a una suntuosa mansión, guiados por una extraña carta cuyo autor era desconocido. Era la primera misión que le encomendaban al joven agente que encontró el mensaje tirado en la entrada a la oficina, y encabezaba la excursión a la casa del magnate Samuel Riggs.
Archibald Robson, apenas salido de la escuela de Aurors, había estado realizando labores de poca monta antes de esta redada. Sin embargo, su determinación por hallar algo de valor en la mansión era a prueba de todo, incluso al temor a ser ridiculizado si no encontraban nada. Sin embargo, su intuición casi nunca fallaba, y ésta le decía que las evidencias no iban a faltar en ese lugar.
La puerta estaba desprotegida, no había encantamientos defensivos en toda la mansión. Tampoco parecía haber nadie en la casa, pues nada ocurrió cuando uno de los Aurors realizó el hechizo para percibir presencias humanas en el lugar. Aquello era sospechoso. Tragándose el desconcierto, Robson instó a su equipo a que entraran y registraran todas las habitaciones, estancias, cobertizos y oficinas y, todos irrumpieron en el vestíbulo de la mansión como olas en una costa rocosa, dispersándose por las escaleras y los pasillos como hormigas en busca de alimento. Robson, guiado por su intuición, se dirigió al segundo piso y, con la ayuda de un colega suyo, registraron cada una de las habitaciones. Y, en el despacho del dueño de casa, hallaron algo que los dejó estupefactos.
La estancia había sido el escenario de una refriega. Varios cuerpos yacían desparramados sin orden ni concierto en el suelo alfombrado, incluyendo al obeso Samuel Riggs, tumbado de espaldas, con la boca ligeramente abierta, sin signos de haber sido atacado. Robson ordenó a su colega que revisara a los muertos mientras que él se dedicaría a revisar el escritorio del difunto acreedor de Gringotts.
En la primera bandeja había una gruesa carpeta en donde tenía currículos de personas. La mayoría de ellas habían sido ladrones, asesinos, estafadores… criminales en general, pero algunos de ellos fueron Aurors alguna vez. Cuando vio el título de la carpeta, casi se le caen los papeles al suelo de la impresión.
Miembros activos de la Rosa Negra
-Wilkins –dijo Robson, luego de asegurarse que había leído bien el encabezado de la carpeta-, ¿has oído alguna vez de una organización llamada La Rosa Negra?
El sujeto llamado Wilkins dejó de revisar el cuerpo de Riggs y miró a su colega con un rostro de entendimiento.
-He oído acerca de ella, pero lo hacen ver como si fueran un rumor o un mito. Nadie ha podido afirmar de forma concluyente que existen o si son parte de un cuento de hadas.
-Bueno, parece que nosotros tenemos pruebas bastante contundentes –dijo Robson, visiblemente emocionado. Puso la carpeta sobre el escritorio y vio los nombres de los currículos. Ninguno de ellos le había llamado la atención, excepto el último. Era el de una mujer, una mujer cuyo nombre era totalmente discordante con su apariencia en la fotografía. Se llamaba Dominique Bouchard, pero lucía como alguien totalmente diferente, lucía como la novia de uno de sus colegas más distinguidos, muerto hace ya casi un mes.
¿Será posible?
Si la posibilidad que se le acababa de ocurrir fuera cierta, entonces estaría frente a un caso único, una ocurrencia de una en mil millones. Debía averiguar más acerca del pasado de Bouchard, pero primero, debía ocuparse del asunto que lo trajo a ese lugar en un principio. Dejó la carpeta encima del escritorio y revisó el contenido del segundo gabinete, el cual escondía otra carpeta, la cual decía "Operaciones Encubiertas" Robson abrió el fichero y vio un montón de documentos que hablaban acerca de reemplazos de personas, asesinatos sigilosos, sobornos a contrabandistas y extorsiones hechas en la más densa de las sombras. Eran informes que contenían resúmenes de las operaciones realizadas por la organización, fotografías de los objetivos, descripciones de los lugares en los que las acciones tendrían lugar y el nombre del o los agentes que participaron en el hecho. El joven Auror notó que muchos de los movimientos de la organización contra miembros clave de la estructura de poder del Ministerio de la Magia habían sido realizados, y con rotundos éxitos, por Dominique Bouchard. Era evidente que esa mujer era la favorita de Samuel Riggs.
Pero había más, mucho más.
-Robson, será mejor que veas esto.
El Auror despegó los ojos de la carpeta con los operativos de la Rosa Negra para mirar a Wilkins, quien había hecho un Priori Incantatem a la varita de Riggs y vislumbraba, con ojos asombrados, la figura de una mujer idéntica a Dominique Bouchard, pero el eco del hechizo mutaba de ella a la figura obesa de Riggs. Robson jamás había visto un Priori Incantatem comportarse de esa forma. Sólo había una explicación para aquello, aunque dudaba que tuviera algún fundamento.
Riggs conjuró un maleficio asesino, pero éste rebotó en la víctima y lo asesinó a él.
Era la única forma de describir lo que había acaecido. Sin embargo, el hecho que un maleficio asesino rebotara en la víctima era casi totalmente inverosímil. Sólo se conocía de un caso en el que algo parecido tuvo lugar, la noche en la que un bebé de un año derrotó al hechicero tenebroso más temible y poderoso de cuantos se hayan tenido memoria. ¿Habría ocurrido algo similar? Sin embargo, el por qué Harry Potter pudo sobrevivir a tal maleficio todavía estaba bajo especulación.
-¿Se te ocurre algo? –quiso saber Wilkins, quien contemplaba el semblante pensativo de Robson.
-Sólo conjeturas disparatadas –respondió el aludido, bajando los hombros en señal de resignación-. Pudo haber sido algo similar a lo que ocurrió en Halloween de 1981, ya sabes, cuando El Niño que Vivió derrotó a Quién-Tú-Sabes.
-¿Sabes? El nombre ya no es tabú, así que no tengas miedo de pronunciarlo –le recordó Wilkins, sonriendo a su colega amigablemente-. De todas formas, creo que es la explicación más razonable al asunto, aunque no tengamos pruebas que respalden nuestra teoría.
Unos pasos velados y presurosos se escuchaban cada vez más nítidos. Segundos después, un Auror entró al despacho de Riggs, casi sin aire a causa de haber recorrido casi todo el primero piso y subido las escaleras. Parecía traer noticias urgentes.
-La Oficina acaba de informar que han capturado a Ginevra Weasley. La encontraron en una discoteca del centro de Londres.
La noticia no tenía ningún sentido, ni para Wilkins ni para Robson. Ambos sabían que Weasley estaba dentro de una celda en Azkaban, imposibilitada de escapar hacia ningún sitio.
-¿Estás seguro? ¿No estaba ella en prisión?
-No hemos ido a registrar Azkaban, pero un equipo va en camino para asegurarse que está allí. Si es cierto que esta allá, entonces puede tratarse de una impostora bajo una poción multijugos o una metamorfomaga.
-¿Y por qué alguien se haría pasar por una interna? –quiso saber Wilkins.
El Auror no dijo nada. Sólo se limitó a encogerse de hombros.
Robson, para tener algo que hacer, examinó el tercer y último gabinete. Se trataba de un informe acerca de Dominique Bouchard, el cual era voluminoso y no parecía ser escrito por algún miembro de la Rosa Negra. Extrajo el documento y lo comenzó a hojear, leyendo de forma superficial, mirando fotografías y comenzó a entender que, más que un informe cuyo propósito era dar a conocer los detalles del pasado de Dominique para tener en cuenta sus debilidades, se trataba de una inteligente maniobra para exculpar a la susodicha de todos los crímenes cometidos. Quienquiera que fuese el autor de aquel informe, sabía que Samuel Riggs no era un buen lector e incluyó notas al pie, las cuales no pasaron desapercibidas para Robson. Y, a medida que profundizaba en la lectura, más se iba dando cuenta que Dominique había sido sometida a una intensa presión por parte de la Rosa Negra para que hiciera el trabajo sucio. Y, entre ellos, estaba el asesinato de Harry Potter, quizá el hombre mejor protegido del mundo de la magia. Y, si su sospecha era correcta, entonces aquella muerte cobraría sentido de inmediato, lo cual significaría que Ginevra Weasley pudo no haber matado a su propio novio.
Dos horas más tarde, sus elucubraciones tendrían respuesta.
-¡Pero esto es imposible!
Pius Thicknesse, el jefe de la Oficina de Aurors, apenas podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. Dos de sus subordinados sostenían a una mujer de intenso cabello rojo liso, la cual miraba desapasionadamente al mandamás del departamento. Según el último reporte de la prisión, ella estaba en cautiverio en una celda del último piso, siendo visitada por una amiga de ella. Era prácticamente imposible que hubiera viajado miles de kilómetros sólo para ir a divertirse a una discoteca.
-¿Cómo puede estar Ginny Weasley en Azkaban y en Londres al mismo tiempo? –refunfuñaba Thicknesse, crispando los puños y paseándose de un lado a otro de su despacho, visiblemente trastocado por el hallazgo-. ¡Hace cinco minutos recibí un informe diciendo que ella estaba presente en su celda!
Los Aurors parecían haber perdido la capacidad del habla. A decir verdad, también se habían quedado de piedra cuando un hombre, quizá un pariente muy cercano de ella, sostenía a la mujer inconsciente sobre su hombro. Alegaba decir que ella había escapado, de algún modo, de prisión y que trataba de hacerse pasar por otra persona.
Thicknesse tomó un saco de uno de los gabinetes y lo arrojó a las llamas de una chimenea. Exclamó el nombre de la prisión como con saña cuando el fuego pasó de un color anaranjado a un verde esmeralda. Los Aurors esperaban como enraizados al piso, sin siquiera atreverse a mover un pie. No podían escuchar lo que su jefe estaba diciendo, pero podían notar cómo su cuerpo se volvía tenso, sus brazos temblaban y sus pies parecían tener vida propia. Después de varios instantes, en los cuales los dos agentes que sostenían a quien ellos creían que era Ginny ni siquiera dieron un suspiro, Thicknesse emergió de las llamas con un rostro neutro.
-¿Cuánto tiempo ha pasado desde que la capturaron? –inquirió, repentina y bruscamente.
-Hace una media hora señor –dijo uno de los Aurors como si hubiera recibido autorización para respirar libremente después de contener el aliento por varios minutos.
-Bueno, queda otra media hora más para saber quién es ella en realidad.
-Pero señor –objetó el compañero de quien había respondido con anterioridad-, declaraciones de testigos aseguran haberla visto hace como unas dos horas y media-. Es imposible que haya ingerido poción multijugos.
-¿Y cómo explicas su apariencia entonces? –rugió Thicknesse. El Auror no dijo nada más.
-En cinco minutos más me aseguraron los carceleros de Azkaban que Ginny Weasley iba a llegar aquí. Ojalá que esto explique la situación que tenemos –decía Thicknesse, sentándose en su escritorio de madera de cedro lustrado, llevándose una mano a la frente. No había tenido tantos problemas desde que varios grupos terroristas se habían propuesto la meta común de asesinar a Harry Potter. Y ahora, la persona que lo había asesinado podía estar frente a él y no en una celda de Azkaban.
Esperaba que la visita ayudara a resolver el problema y no a hacerlo más complicado de lo que ya era.
Hermione acababa de salir de la casa de Bernard Stockbroker, con una amplia sonrisa en la cara. Acababa de hallar la clave para la libertad de Ginny en las amables y gentiles palabras de su representante. Ahora, el siguiente paso era ir al Ministerio, más específicamente a la Oficina de Aurors para dar una declaración a favor de su amiga. Sabía que, pese a haberse acabado el juicio contra ella, el periodo de investigación se había ampliado debido a un hallazgo reciente y, gracias a ello, podía aportar nueva evidencia al caso. Sin embargo, aunque su rostro expresase alegría, era imposible sacarse de la cabeza el hecho que Dominique hubiera jugado tan sucio con ella, utilizándola para sus propios fines. Y, aunque la organización responsable de la muerte de su mejor amigo yacía desbaratada y sin cabeza, la autora material del asesinato todavía seguía sin cadenas, libre y sin agentes de la ley persiguiéndola.
No quería volver a sentir la pestilencia de la entrada al Ministerio, por lo que optó por ingresar a éste a través de la cabina de teléfonos, el cual era la entrada para visitas. Cuidadosamente, ingresó los números y una voz femenina se escuchó dentro de la cabina.
-Buenas noches. Por favor mencione su nombre y el propósito de su visita.
-Soy Hermione Granger y vengo a prestar declaración en el caso de Ginevra Weasley.
-Muchas gracias.
Una moneda cayó de donde usualmente caía el cambio, la cual decía "Hermione Granger, Testigo" Ella la tomó y se la colocó encima de su suéter, mientras oía la voz decir algo acerca de un cacheo y, de improviso, la cabina de teléfonos se sacudió y comenzó a descender. Hermione tamborileaba con los pies, pues tenía mucha prisa y la cabina descendía a velocidad de tortuga. Para cuando pudo ver el Atrio, casi no había gente caminando de aquí para allá, aunque se podía ver al oficial con el extraño instrumento en forma de balanza para identificar varitas y lo que parecía una antena de televisión de color dorado sostenida por una de sus manos. Apenas las puertas se abrieron, Hermione salió de la cabina, dando pasos largos pero sin lucir apresurada; estaba acostumbrada a caminar de esa forma, pues lo hacía cada vez que se presentaba en un desfile de moda.
El oficial a cargo de los cacheos vio andar a una mujer de cabello castaño como sólo las modelos caminaban, contoneándose como por instinto, y se preguntó qué buscaría alguien como ella a las tres de la mañana en el Ministerio de la Magia, cuando casi todos los trabajadores estaban en sus casas y sólo los agentes de la ley y los Aurors de turno permanecían en sus oficinas.
-Buenas noches, señorita… mmm… -el oficial miró la ficha que colgaba en el suéter de la chica, y se sintió ligeramente sonrojado, creyendo que a ella le molestaba que los hombres le miraran los pechos muy a menudo-… señorita Granger. –El empleado recobró la compostura casi de inmediato-. Por favor, necesito que me entregue su varita mientras le inspecciono con este sensor de ocultamiento. No se preocupe, no es invasivo.
Desde luego, Hermione sabía todo esto, pero le causaba un indigno placer incomodar al pobre oficial de seguridad. Entregó su varita y miró como el hombre la depositaba sobre una balanza de un plato y un pedazo de pergamino salía de una ranura en la máquina.
-¿Veinticuatro centímetros, cedro, pelo de cola de unicornio?
Hermione asintió por toda respuesta.
-Bien, señorita Granger, puede pasar.
Hermione sonrió al oficial antes de recuperar su varita y dirigirse a uno de los ascensores. Mientras tomaba uno a su antojo, se recreaba en su mente la escena en la cual Ginny saldría libre y exonerada de todos los cargos. Imaginaba una corte, como las que había cerca del Departamento de Misterios, donde el juez pronunciaba la libertad de su amiga, la cara encolerizada de Dominique y ambas se abrazaban y se iban a celebrar, solas, a la casa de la castaña. ¿Y qué mejor celebración que experimentar, por primera vez, con Ginny, con la de verdad?
Un Auror con un rostro de cansancio visible a millas despegó su vista del café que sostenía torpemente con una mano y fijó su visión en la mujer que acababa de plantarse delante de él.
-¿Se le ofrece algo, señorita?
-Tengo entendido que el caso de Ginny Weasley fue reabierto a causa de nuevas evidencias que han sido encontradas.
El Auror asintió débilmente.
-Quiero, si la hora no es tan intempestiva, proporcionar una declaración que podría ayudar a resolver la situación.
El Auror dio un bufido de impaciencia.
-¿Podría volver en la mañana? Lo que sucede es que estamos ocupados con un asunto que nos vino encima de forma inesperada. Además, no creo que haya alguien que pueda recibirla, no a estas horas.
Hermione hizo un gesto de resignación y se disponía a agradecer al oficial, justo en el momento en que un hombre alto y de facciones toscas apareció junto a la ventanilla.
-¿Qué sucede?
-Era sólo una cosa sin importancia –dijo el Auror de la ventanilla con voz melosa.
-Acabo de escuchar que esta mujer tiene información que podría esclarecer el caso de Weasley. No me diga que se trata de algo sin importancia.
-Pero señor –protestó el hombre de la ventanilla-, son las tres y media de la mañana…
-Me importa un pepino la hora Burton –interrumpió la voz del recién llegado-. El caso de Weasley es muy confuso y cualquier información que ayude a desatar esta madeja de acontecimientos es bienvenida, no importa si es al desayuno, a la cena, o mientras tratas de mantenerte despierto en tu ronda nocturna.
El Auror de mayor rango hizo caso omiso de la mueca de indignación de su colega e instó a Hermione a que pasara a la oficina. Ella, sonriendo ante la amabilidad del hombre, avanzó hacia la puerta y atravesó el umbral.
-Soy Archibald Robson. Disculpe el comportamiento de nuestro agente; es que no le gusta trabajar de noche y se vuelve un tanto irritante después de la una de la mañana.
-Gracias, señor Robson –dijo Hermione, dedicándole una sonrisa.
El Auror la condujo por un par de pasillos antes que ambos entraran a una sala pequeña cuyas paredes estaban recubiertas con encantamientos aisladores de ruido. La estancia era austera; sólo una mesa de metal y dos sillas, también de metal, iluminada por una araña con velas en el techo. Robson invitó a Hermione a que tomara asiento, mientras que él se ubicaba en una de las sillas, con los brazos apoyados en la mesa, juntando las manos y mirando a la mujer, esperando por sus palabras.
-¿Puedo comenzar? –preguntó Hermione tímidamente.
-Cuando usted quiera. Ah, y recuerde que su declaración será grabada.
Hermione se sintió más confiada.
-Bueno –comenzó ella, carraspeando un poco, pero antes que pudiera decir algo más, un empleado golpeó a la ventana de la sala de interrogatorios, con una cara que expresaba claramente una sorpresa más allá de todo límite. Robson captó el mensaje y, sin evitar fruncir el ceño, se puso de pie.
-¿Podría esperarme un momento, señorita Granger? Parece que hay una emergencia.
-No se preocupe.
-Si quiere algo, un café por ejemplo, hay una máquina expendedora al lado de la entrada a la oficina.
-Gracias, señor Robson –dijo Hermione. Él hizo un gesto afirmativo con la cabeza y salió de la sala, con un aire entre preocupado y molesto. Ella salió de la sala de interrogatorios y buscó la máquina expendedora de café, para ver si podía tomar un poco para sacarse de encima el sueño que la comenzaba a atenazar en esos instantes.
Mientras tanto, en el despacho de Thicknesse, un verdadero dolor de cabeza asaltaba al jefe de la Oficina de Aurors. La imagen que se desplegaba ante sus ojos era imposible y, sin embargo, allí estaban las dos, exactamente iguales, como si entre ellas hubiera un espejo. Ya habían pasado como cuarenta minutos y ninguna de las dos había dado muestra de algún cambio. Thicknesse supuso mal: la mujer que capturaron en la discoteca no bebió en ningún momento poción multijugos. La única posibilidad que se le ocurría, era que al menos una de las dos fuera una metamorfomaga, pero sólo existía una forma de saber si lo era una, o ambas o ninguna, y no le gustaba mucho la idea, pues involucraba dialogar con duendes, quienes no siempre estaban dispuestos a ayudar a los magos.
-¿Me llamó, jefe? –dijo una voz grave en la entrada del despacho.
Thicknesse había olvidado que mandó llamar a Robson. Tardó unos segundos en reaccionar.
-Ah, sí. Quiero preguntarte algo.
Robson se sentó frente a su superior.
-¿Estás completamente seguro que la foto de Dominique Bouchard coincide perfectamente con la apariencia de Ginny Weasley?
-Cien por ciento seguro –afirmó Robson con aplomo.
Thicknesse resopló de resignación.
Pero el dilema de quién era quién no era el único drama en ese lugar.
Ginny no comprendía del todo lo que estaba ocurriendo.
Recordaba cuando, sentada en su fría celda, dos hombres llegaron donde ella cumplía condena y la instaron a que pusiera atención a lo que iban a decir. Sólo tenía en su memoria algunas palabras de la perorata de los tipos desconocidos y, como si nada, la sacaron de su celda y la condujeron a las puertas de la prisión, donde era posible aparecerse y desaparecerse. Un viaje incómodo después, y tenía los pies en un lugar lúgubre e inhóspito. Los hombres ni siquiera se habían molestado en brindarle un atuendo más apropiado para el clima, pues la lluvia y el viento eran como látigos del demonio y el cielo hacía pensar en tragedias griegas.
La compañía tuvo que desaparecer y aparecer varias veces antes de finalizar aquella pantomima en una casa abandonada, donde una chimenea era lo único intacto. Todo lo demás crujía y se desmoronaba a pedazos, el olor a moho era penetrante y las tablas del piso eran tan firmes como las teclas de un piano. Uno de los hombres arrojó unos polvos verdes al fuego, después de encender la pila de leña húmeda apiñada en el fondo de la chimenea, pronunció unas palabras que Ginny no oyó por estar más pendiente del retumbar de los truenos, y la empujaron hasta las flamas.
Giraba y giraba, sin control, borrones desfilando delante de sus ojos, otras chimeneas, otras habitaciones pasando a velocidad absurda… un golpe en un suelo alfombrado. Su cabeza giraba como una peonza, luchando por componer la imagen que tenía delante de ella. Podía discernir un elegante escritorio, dos hombres sentados frente a frente… y una mujer, una mujer pelirroja. La miraba con curiosidad, se le hacía extrañamente familiar. Lucía como el reflejo de ella misma en un espejo, solo que con otras ropas, otra expresión en su rostro… otra persona.
Y comprendió. Y al mismo tiempo no entendía nada.
Se había imaginado esta escena por más de un mes, pero vivirla en toda su descarnada extensión era una experiencia completamente diferente. La asesina de su novio, del hombre con el que pretendía compartir su vida, la observaba con la curiosidad de un científico a punto de realizar un experimento. Ella, Dominique, pero con la apariencia de Ginny, era la responsable de la miseria que había caído como un telón de acero sobre ella y sobre Hermione. Había jugado deliberadamente con el corazón de su mejor amiga, sólo para ver derrumbarse en trizas la sociedad que una vez le brindó un hogar y algo parecido a amigos.
Pero no comprendía por qué todos la apuntaban como la culpable de la muerte de un hombre que amaba más que a ninguno. Todo ese tiempo se había hecho las mismas preguntas: si ella era tan distinta a Dominique, si la diferencia en sus personalidades era tan radical, ¿cómo era posible que la inculparan a ella en lugar de a Dominique? ¿Tanto importaba la apariencia? ¿Y por qué existía alguien exactamente igual a ella y que, más encima, no tenía ninguna relación con su familia? ¿Qué la había hecho ser tan retorcida y malvada?
Se puso de pie.
Pius Thicknesse estaba atónito. Vestían distinto, pero eran idénticas. Era imposible diferenciar la buena de la mala. Incluso las características de sus varitas eran iguales; la misma longitud, estaban hechas del mismo árbol y tenían los mismo núcleos, provenientes del mismo animal. ¿Qué demonios estaba sucediendo aquí?
Un empleado entró de súbito en el despacho del jefe. Llevaba unos papeles en sus manos.
-Todo está arreglado –dijo con voz agitada, como si hubiera trotado una maratón olímpica-. Los duendes han accedido a hacerlo. La fecha y la hora del procedimiento ya están fijadas: mañana, a las doce del mediodía.
Thicknesse sonrió por primera vez en la noche.
-Bien. Pronto sabremos la verdad acerca de estas dos señoritas.
Y mientras tanto, Ginny y Dominique estaban frente a frente, mirándose como si quisieran matarse entre ellas. Ambas tenían la impresión que, para mañana en la tarde, una de las dos no vería las estrellas jamás en su vida.
