Era temprano, siete de la mañana para ser exacta. Se suponía que, ahora mismo, debía estar preparando lo necesario para la última salida, en donde todas las personas de la mansión saldrían por fin en camino a Trost a volver a comenzar sus vidas. Se suponía, porque la realidad me mostraba a mí, abrazando la taza del inodoro y vomitando la cena de anoche.
Diablos, pensé cuando me incorporé pensando que ya no largaría más nada, pero las nauseas volvieron a invadirme, mostrándome lo equivocada que estaba.
Finalmente, cuando mi estómago ya estuvo vacío, me puse de pie, tirando de la cadena, y fui hacia el lavamanos, enjuagando mi boca hasta que ese asqueroso sabor se fue de ella. Acto seguido, me cepillé los dientes.
Por suerte, Levi se había ido a su habitación a cambiarse y no tuvo que presenciar cómo salí corriendo de la mía en dirección al primer baño que apareciera en mi camino.
¿Por qué?
Esa pregunta rondaba en mi cabeza desde hace dos días, cuando los mareos y vómitos comenzaron. Trataba de convencerme de que sólo me encontraba mal del estómago por algo que había ingerido, pero muy dentro de mí sabía cuál era la verdadera razón.
Estaba embarazada...
Y no tenía miedo de ello. No, nada de eso. Si bien, mi consciencia me reprochaba que no tendría que haber continuado cuando Levi me advirtió de que no tenía condón, muy en el fondo no me desagradaba la idea.
Entonces, ahí mismo, decidí que, una vez que llegáramos a Trost, se lo diría a Levi. Y si él no lo quería, yo seguiría adelante de todas formas. ¿Me dolería que lo rechazara? Sí, mucho. Pero no era momento de pensar en eso.
Abrí la puerta del baño, sorprendiéndome al ver a Hanji del otro lado, mordiéndose la piel de su dedo pulgar.
―Oh, ¡buen día, Mikasa! ¿Nerviosa por la última misión? ―preguntó alegre, dejando a un lado su estado de ensimismamiento de hace unos segundos.
―Buen día... ―dije despacio, confundida por su manera de actuar―. Y no.
―Claro, tú ya estás acostumbrada. Tiene sentido ―fingió que pensaba, algo claramente falso para mí. Yo ya estaba incómoda de su extraña actitud, así que intenté rodearla para irme a mi habitación a cambiarme―. ¡E-Espera! Quería preguntarte algo ―tomó mi brazo, cortando mi paso―. Bueno... Escuché unas arcadas hace unos minutos. ¿Todo en orden?
Levanté las cejas, tratando de ocultar mi sorpresa tras sus palabras.
―Sí, todo en orden. No te preocupes ―suavicé mi mirada con la esperanza de que no siguiera insistiendo.
―¿Segura? Estoy al tanto de lo que pasa contigo y Levi ―intenté disimular mi expresión cuando confesó aquello, pues no todos sabían de nuestra relación, salvo Eren, Armin, Isabel, Farlan, Nikolo y Sasha―. No te preocupes, no ha llegado a oídos de todos. Yo escuché hablar a Isabel y Eren de esto, pero no divulgué el secreto ―suspiré aliviada. Lo que menos quería era que todos en la mansión se enteraran y comenzaran a hablar como los perfectos chismosos que podían ser―. Mikasa, ¿tú no estarás...?
No la dejé continuar y me solté suavemente de su agarre, caminando hasta mi habitación e ignorando su pregunta. Ella no me persiguió, entendiendo que no quería tocar ese tema.
Apenas cerré la puerta de mi cuarto, vacié mi mente, despejando esos pensamientos que amenazaban con torturarme el resto de la mañana.
Sin perder más tiempo, me coloqué unos pantalones negros que se adherían perfectamente a mis piernas, una blusa de tirantes blanca, guantes sin dedos, botas de combate y una chaqueta negra. Até mi largo cabello en una coleta alta y me di unas pequeñas palmadas en la mejilla para espabilar por completo.
Acomodé un cinturón lleno de balas cruzando en mi pecho, la navaja dentro de una de mis botas, un rifle colgando en mi espalda y una pistola dentro de la chaqueta.
―¿Listo, Taffy? ―le pregunté a mi perro sentado a un lado de la puerta, esperando a que me terminara de preparar.
Recibí un ladrido. Eso significaba que sí.
~.~
Fruncí el ceño, moviendo impacientemente mi pie derecho y viendo a las personas que se encontraban frente a mí, sentadas en el piso de la camioneta y hablando amenamente entre ellas. ¿Cómo podían estar tan tranquilas?
―Mocosa, ya cálmate ―Levi me reprochó, golpeando levemente su rodilla con la mía.
―Es solo que... agh, no sé ni qué es lo que me molesta ―respondí en un murmullo.
―Te hace ruido verlos tan tranquilos cuando vamos directo a los últimos shindas que quedan ―contestó, seguro de lo que decía.
Ya no me sorprendía que él pudiera leerme tan fácilmente, me había acostumbrado a sus rápidos análisis sobre lo que me pasaba.
―No te comas la cabeza con eso ―suspiró, tomando mi mano enfundada en el guante―. Solo charlan entre ellos para ocultar los nervios que están sintiendo, para distraerse. Están asustados de haber vuelto a salir de la mansión y ver de nuevo a esos seres que les arrebataron a sus familias, pero intentan disimularlo.
―Lo sé... ―respondí luego de unos momentos, posando mi vista en dos personas en particular: Eren e Isabel.
Ambos estaban tomados de las manos, sonriendo como dos enamorados. Esa imagen me enterneció e impactó al mismo tiempo. Los verdes ojos de Eren tenían ese brillo característico que mostraban cuando algo le gustaba, y la sonrisa boba de Isabel indicaba claramente qué es lo que estaba pasando entre ellos dos. ¿Cómo es que antes no me había dado cuenta?
Levi siguió mi mirada, curioso del porqué me callé tan abruptamente y de la media sonrisa estampada en mi rostro. Pero su curiosidad se fue al carajo al ver lo mismo que yo. De inmediato, apretó la quijada y su mano hizo una leve presión sobre la mía.
―Ya cálmate ―repetí las palabras que él me había dicho hace unos momentos.
Levi me miró de reojo, largando uno de sus típicos «tsk», demostrando lo molesto que estaba por la situación.
―Lo que sea que pase entre ellos no nos incumbe por ahora ―le reté bajo, observándolo a esos hermosos ojos azules―. Ellos ya están grandecitos para decidir qué hacer con sus vidas. Además, si lo que te preocupa es Eren, te aseguro que él es una excelente persona. Lo conozco desde que tengo memoria y sé que respetará a Isabel en todo ―le pinché el hombro con mi dedo índice―. Así que te vas tranquilizando porque no quiero ver que armes alboroto.
Silencio por un momento.
―Wow, sonaste igual que mi madre ―soltó luego de mi pequeña reprimenda, haciéndome largar una risa tras sus palabras ―. De acuerdo, mocosa. Te haré caso, pero tendré una larga conversación con él cuando lleguemos a Trost.
―Como quieras, sólo no se te ocurra golpearlo. Te conozco y sé que serías capaz ―le advertí, colocando mi cabeza en su hombro, aprovechando que todos estaban distraídos.
―Nunca lo haría ―se hizo el desentendido, colocando ahora él su cabeza sobre la mía. Luego de unos minutos, rompió el silencio otra vez―. ¿Te sientes nerviosa?
―Siendo sincera, sí... ―hablé suavemente, tardándome en darle la respuesta―. ¿Y tú?
―Un poco ―exhaló sonoramente―. Pero confío en nuestras habilidades y sé que saldremos vivos de esta. Siempre lo hemos hecho.
―Tienes razón ―sonreí quedito cuando llevó mi mano a sus labios, depositando un beso en el dorso, por encima de la tela.
~.~
―Jodida mierda ―disparé en la cabeza de un shinda, mientras con la navaja le cortaba el cuello a uno que venía a mi derecha.
Por suerte, Taffy estaba a mi lado, ladrando cada vez que alguno se acercaba mucho a mi espacio, dándome el tiempo suficiente como para reaccionar y matarlo.
De reojo, vi cómo el grupo de cacería estaba batallando con todo lo que daba. La mayoría con armas de fuego, otros con navajas, y la única que usaba una ballesta era Sasha.
Tan cerca.
Hace tan solo unos minutos estábamos tan cerca de lograr salir de Shiganshina, hasta que una horda de shindas nos interrumpió el paso. Los demás se quedaron en las camionetas, a salvo, mientras que nosotros nos encargábamos del problema.
―¿Están todos bien? ―preguntó Keith en voz alta, sabiendo que lo escucharíamos, pues todos estaban al pendiente de cada sonido y movimiento que se realizaba.
Tras un rotundo «sí» volvimos a concentrarnos de lleno en las amenazas que teníamos al frente.
Tan solo unos pocos más...
~.~
Levi.
―¡Levi, a tu derecha! ―el grito de Jean me advirtió justo a tiempo del shinda que por poco me muerde. Lo pateé al segundo, mandándolo lejos y no demorando en apuntar a su cabeza, volando su cerebro.
―Vamos bien ―dije para mí mismo, convenciéndome.
La cantidad de shindas se redujo considerablemente en tan solo diez minutos. No nos quedaban muchas balas que digamos, pero sí las suficientes como para acabar con ellos si no las desperdiciábamos a lo tonto.
―¡Preparen todos sus municiones! ―Zeke estaba al frente, liderando el grupo―. Daremos el golpe final.
Asentí, aún cuando sabía que nadie me estaba viendo. Y, a continuación, todas las armas fueron cargadas casi al unísono.
Una vez más y acabaremos con todos ellos.
Exhalé, concentrándome en mi objetivo, levantando el rifle y relajando mi cuerpo. Entonces, lo único que llegó a mis oídos fue el fuerte y molesto ruido de decenas de balas ser disparadas. Uno tras uno fueron cayendo, como si fuesen simples muñecos de trapo, perdiendo por completo su miserable vida. Mis esperanzas iban creciendo en demasía a medida que, mentalmente, hacía la cuenta regresiva de los que estaban en pie.
Diez...
Disparé en la cabeza, derribándolo.
Nueve...
La saeta de la ballesta de Sasha dio limpiamente.
Ocho...
Siete...
Mikasa cortó el cuello de dos shindas en un movimiento preciso.
Seis...
Connie disparó varias veces, dando en el blanco a la tercera oportunidad.
Cinco...
Cuatro...
Jean acertó en la frente de dos más, con ambas armas en sus manos.
Tres...
Annie derribó a uno de una patada, y Farlanterminó con la existencia de esa basura que alguna vez fue un humano.
Dos...
Mikasa y yo clavamos nuestras navajas al mismo tiempo en el penúltimo.
Uno...
Todas las armas estaban dirigidas al último en pie. La escena pasó en cámara lenta ante mis ojos. Doce balas y una saeta volando hacia el mismo objetivo.
Y, así, el último shinda fue derribado, su cuerpo moviéndose en todas direcciones por el impacto de las municiones.
Silencio.
Las respiraciones agitadas no tardaron en llegar y hacerse escuchar. Me permití tragar aire, liberando mi cuerpo de ese estado de tensión y alerta.
―¿Lo logramos? ―preguntó Connie, viendo a todos los muertos en el piso.
Fueron segundos en los que nadie más habló, la pregunta repitiéndose en mi cabeza ―seguro en la de todos―, resonando en las paredes de mi mente como un eco. «¿Lo conseguimos?» «¿En serio lo conseguimos?».
―¡Wuju! ¡Lo hicimos, chicos! ―Sasha dio un grito en victoria, saltando en su lugar y levantando la ballesta al aire.
Sonreí de medio lado al escuchar los gritos de festejo, al ver las lágrimas de felicidad, y de cómo salían las demás personas de las camionetas, uniéndose a los abrazos.
Taffy también estaba muy feliz, ya que comenzó a dar vueltas por cada una de las personas (incluidas Alma y Petra) y se detuvo a jugar con Matteo e Historia, quienes no se veían muy afectados de ver a más de cien shindas sin vida, regados en el pavimento.
De reojo, vi a Mikasa acercarse a mí, corriendo a mis brazos con el alivio plasmado claramente en ella. Sonriendo, me abrazó fuertemente, rodeando mi cuello y repitiendo que por fin podríamos salir de la ciudad.
Le devolví el abrazo, envolviendo su cintura y levantando su cuerpo levemente en el aire, dando una pequeña vuelta. No pude evitarlo, también estaba demasiado contento de que hubiésemos terminado con toda esa mierda.
Lentamente, se despegó de mí y fue buscando mis labios entre tanteos. No le negué nada y dejé que me besara a su antojo, disfrutando de la suavidad de sus labios y de la sensación de la victoria asegurada. Mis manos soltaron su cintura y se enredaron en su cabello, mientras que las suyas fueron a parar a mis hombros. Nos tocamos con suaves caricias que ambos disfrutamos.
―¡Uhh! ¡Que vivan los novios! ―se podían escuchar varios silbidos y risitas dirigidas a nosotros que no identifiqué de quiénes provenían, pues estaba muy ocupado.
Mikasa sonrió contra mi boca, afianzando más su agarre y pegando su cuerpo al mío. Su cercanía me estaba matando, joder. La chica que me besaba con tanto amor me encantaba, no podía negarlo.
―Oye, Levi ―dio un par de besos más y se despegó apenas unos centímetros de mí. Planteé mi mirada en sus ojos, esperando a que continuara―. Yo tengo que decirte al...
La miré confundido cuando dejó de hablar, extrañado de que haya cortado la oración de manera tan abrupta. Seguidamente, Mikasa se aferró a mis hombros con fuerza, enterrando sus uñas en ellos. Una expresión aterrada adornando su rostro.
―L-Levi... ―su respiración se agitó de un segundo a otro, su voz salió entrecortada, como si le costara horrores hablar.
La separé de mí y la realidad chocó contra mí con tanta fuerza que, en ese momento, pedí que todo fuese una maldita y jodida pesadilla de mierda.
Detrás de Mikasa había un shinda mordiéndole la pierna. Este no estaba de pie, sino que le faltaba la parte inferior de su cuerpo; se había arrastrado hasta nosotros y no nos habíamos dado cuenta.
―¡Mikasa! ―grité, tomándola del brazo y separandola varios metros de esa mierda.
No, no, no...
Mi grito fue escuchado por todos, quienes voltearon a nuestra dirección y exclamaron sorprendidos al ver lo que sucedía.
―Mikasa... ―sus piernas flaquearon y cayó al piso, las lágrimas se habían acumulado en sus ojos, pero no salían de ellos.
Me arrodillé a su lado, desesperado, y la tomé en mis brazos sin saber exactamente qué hacer. Sabía a la perfección que no había vuelta atrás y que, mis intentos por ayudarla, no servirían de absolutamente nada.
―Vas a estar bien. Mikasa, nosotros... ―vi atento cómo su piel pálida comenzaba a tornarse de un color gris y azulado―. N-nosotros íbamos a salir de aquí...
―¡Levi, no, aléjate! ―escuché la voz de Isabel acercarse a mí y a todos venir detrás de ella.
Jean llegó antes que los demás y le disparó al shinda que se arrastraba. Luego observó a Mikasa con tristeza y no se acercó, dejándome mi espacio, pues yo estaba reacio a soltarla.
―Mocosa ―tomé su rostro. Ella me contemplaba atenta, pero esa mirada plateada desapareció cuando sus ojos se fueron hacia atrás, volviéndose blancos―. Por favor, no...
Sentí que me tomaron de atrás, colocando mis brazos contra mi espalda y separándome de mi mocosa. Eran Erwin y Mike, quienes luchaban para que yo no me soltara.
―¡No! ¡Déjenme, maldita sea! ―vociferé, intentando quitarme del agarre, pero hicieron mucha más presión, susurrando un «lo siento» ―. ¡MIKASA! ¡DÉJENLA! ¡NO QUIERO! ¡NO TE VAYAS, JODIDA MOCOSA!
Mikasa se levantó, pero estaba al tanto de que ya no era ella.
Su piel se hallaba completamente descompuesta, diferente a la que acariciaba todas las noches con mis dedos. Sus ojos blancos dejaban apreciar las pequeñas venas rojas, sin dejar rastros de ese precioso iris de plata que tanto me gustaba mirar. La tierna sonrisa que me había dedicado hace unos minutos desapareció y una línea recta ocupó su lugar. Ya no se acercaba a mí con intenciones de abrazarme, sino que quería venir claramente para morderme. Noté que sus movimientos eran algo torpes, dejando atrás la sutileza que ella cargaba siempre.
¿Por qué?
Vi cómo Zeke dirigió una pistola hacia su dirección, con una expresión melancólica pero decidida en su cara. Abrí mucho los ojos, adivinando lo que se aproximaba e, inconscientemente, comencé a protestar.
―¡NO! ―las lágrimas se me escaparon sin permiso. Me solté del agarre de Erwin, pero rápidamente volvieron a tomarme, esta vez tirándome al piso y sosteniendo mi cabeza contra el cemento. Los ladridos de Taffy me taladraban la cabeza; el perro estaba siendo igualmente sostenido por un grupo de personas para que no fuese con su dueña―. ¡NO LO HAGAN! ¡No lo ha...!
La bala se disparó hacia su cabeza y la figura de Mikasa cayó al piso de golpe, levantando una fina capa de polvo. Me quedé congelado, mis ojos clavados en su cuerpo inerte, en el charco de sangre que se formaba en la calle y en su mirada perdida.
Mi mocosa...
Comencé a llorar, gritando y maldiciendo como nunca había hecho antes. ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Mierda!
Mi garganta raspaba y sentía que iba a explotarme en cualquier momento, sin embargo no me importaba. Yo la quería de vuelta. Quería a Mikasa de vuelta. Nosotros íbamos a comenzar nuestra vida en Trost, íbamos a ser felices juntos. Nosotros...
Finalmente, Mike y Erwin me soltaron. Por inercia, mis manos se estrellaron contra el sólido pavimento, sangrando por los fuertes golpes.
Ella no...
Percibí que alguien se arrodilló a mi lado, y me incorporó con sus manos, abrazándome desesperadamente. Era Isabel.
―Lo siento tanto... ―susurró, acariciando mi espalda y mi cabello, luchando por las ganas de llorar para no hacerme sentir peor.
Yo solamente la rodeé con mis brazos, escondiendo mi rostro en su cuello y dejando que las lágrimas salieran libres.
Dicen que nunca hay que festejar antes de tiempo. Y hoy lo había confirmado de la peor manera.
