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Gerald, había encontrado un nuevo lugar para que se reunieran en la escuela. Se trataba de una extensión de jardín ubicada entre los edificios de matemáticas aplicadas y cibernética. (absolutamente NADIE, ni los cerebritos como su chica, se acercaban ahí y es que esas materias eran el dolor de cabeza de la Preparatoria completa) se dirigieron hacia allá tan pronto recibieron la invitación. Arnold se extrañó de la naturaleza del mensaje, enviado en cadena y con una sola frase.
"Tienen que venir a ver esto"
Cuando llegaron Eugene, estaba recorriendo la parte central del jardín cantando a todo pulmón.
Libre soy,
Libre soy,
No puedo ocultarlo más...
Supusieron, por las expresiones divertidas y de bochorno de casi todos sus amigos que había hablado con Sheena y que la resolución de eso había sido el término de su relación. Al reconocerlos, el pelirrojo sonrió con coquetería y se robó a su novia. Enlazó su mano libre con la propia y tiró de ahí para envolverla en su exótica danza.
Libre soy,
Libre soy,
Helga, no pudo evitar unirse a la felicidad de su amigo. Lo recordaba "todo" y si era así, sabía que ellos dos podían bailar y cantar de manera fenomenal. Los que no lo sabían eran prácticamente "todos" Sus escapadas nocturnas sucedían en secreto y absoluta intimidad. Teatro, ballet, ópera y su favorito personal: musicales pertenecientes a toda época.
Libertad sin vuelta atrás...
En el momento que Eugene, quien por cierto era más alto que el promedio, delgado en apariencia pero poseedor de una fortaleza delicada y atlética, la hizo efectuar una vuelta de lo más dramática y compleja, la mirada de todos se heló por completo. Nadie creería que ese atractivo joven de cabellos anaranjados, pecas que apenas si sobresalían sobre la piel pálida, labios delgados y perversas intenciones en la mirada, fuera abiertamente gay.
Arnold, sintió la sangre calentándose en el interior de sus venas. ¡Helga no lo detenía! Al contrario parecía fascinada en aquel estremecedor abrazo y la cereza del pastel no era esa, sino que Eugene, seguía aproximándose a su rostro como si en cualquier instante pudiera llegarla a besar.
—¿Qué mas da? No importa ya, gran tormenta habrá. —pronunció el cantante, a punto de chocar sus labios con los otros. Gerald tuvo que sostener a Arnold donde estaba. Le recordó que el chico recién volvió del hospital y que recibió un impacto bastante fuerte en la cabeza.
"Quién sabe viejo, quizás se volvió loco"
"Si no la suelta ya, locura y esquizofrenia serán el menor de sus problemas"
Helga vaciló entre los brazos de Eugene. Había olvidado lo fuerte que era, lo intensos que podían llegar a ser sus ojos, lo delgadas y sugerentes que eran las líneas de sus labios, lo jovial de su tono de voz, además la frescura de su aliento cosquilleando contra la piel.
Frozen, la había hecho sufrir como condenada. Sí, amaba los musicales pero esa película contenía demasiada algarabía desbordante. Ella, requería de películas animadas como las de antaño donde la bruja malvada muere atravesada por el mástil de un barco, el villano se va en caída libre a la nada o los protagonistas sufren un mar de tormento presas de una maldición que convierte a la Princesa en Cisne cada vez que el Príncipe pretende enamorarla. Como fuera, la tuvo que ver tres veces. Primero con Phoebs, luego con Eugene y al ultimo con los dos. Se sabía la letra (en mas de un idioma) conocía a perfección los detalles del vestido de Elsa y que Dios la ayudara porque también se aprendió la bendita coreografía (que inventó Eugene)
"Pecas locas", no iba a soltarla hasta que cooperara. Si no lo hacía pronto, puede que en verdad la besara y no es que le preocupara demasiado pero ya había escuchado a Arnold bramar como loco no muy lejos de ahí. ¿Celos? ¿En verdad le costaba tanto trabajo entender que siendo tratada como niño buena parte de su infancia, creció y descubrió que se sentía más cómoda entre un montón de palurdos? ¡Claro que tenía más amigos que amigas! (siendo Phoebe la única) Y si nunca lo notó, es porque él era un idiota.
Idiota que besaba como fuego líquido y hacía temblar sus rodillas hasta convertir sus piernas en espagueti, idiota que ya estaba demandando a Gerald que lo soltara porque iba a matar a ese confianzudo desenfrenado.
Eugene, sonrió más ampliamente. ¿Recordó a caso que el seguro médico de la escuela era de cobertura global? ¿O estaba convencido de que Arnold Shortman no sería capaz de golpear a matar? No lo sabía, pero en esa postura ya se le estaba acalambrando hasta el alma, así que cantó.
El frío es parte también de mi…
Y como por arte de magia el abrazo se rompió. Eugene la hizo dar otra vuelta, menos compleja y mucho más abierta. La invitación a la humillación pública estaba en su sonrisa bobalicona, el movimiento de sus cejas y ni hablar de las caderas. Pensó, como la vez pasada que estaría bien. Johanssen les juró que podrían matar a alguien y enterrar el cadáver ahí, así que se animó a cantar y bailar el resto de la canción junto con él.
Como si estuvieran solos, despertaran de un sueño o efectivamente, fueran libres.
Ella necesitaba decir adiós al dolor, la angustia y las pesadillas.
Él, despedirse del chico inseguro y tímido que fue.
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A consecuencia del accidente, su mente regresó a los doce años de edad. Momento en que intentó obligarse a mirar más a las chicas que a los chicos (a pesar de que sus fantasías incluían bomberos, paramédicos e instructores sumamente sexys) Intervalo de tiempo en que a su vez, comenzó a coincidir con Helga en las taquillas de eventos artísticos.
Había funciones nocturnas en Hillwood pensadas para las personas que aman el arte pero que salen demasiado tarde de sus trabajos. Ellos, eran de los pocos jóvenes en asistir, aún así lo disfrutaban en grande. Conocían las letras de las canciones, partituras de las composiciones, los manuscritos originales y hasta las novelas de donde extraían los textos. Su relación, rápidamente se estrechó así, sus secretos se vieron revelados: el lado romántico de la mujer y el femenino de él.
Guardaron las apariencias. Nunca fue necesario decirlo, escribirlo o firmar alguna especie de pacto.
Ella no tenía por qué decir, que Eugene se negaba a practicar toda clase de deporte escolar porque respetaba la intimidad de sus amigos en los vestidores.
Él no tenía por qué decir que Helga seguía suspirando y llorando por el antaño amor no correspondido.
En la forma que lo entendían, cada uno escogió sus cadenas, la fatal penitencia. Aunque justo ahora, con diecisiete años de edad. Puede que llegara el momento de romperlas.
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Por eso, de camino a la escuela, Eugene decidió que no iba a quedarse con Sheena. No importaban las libertades que le concediera o la gratitud que tuviera para con ella.
De hecho, ni siquiera entendía por qué se enamoró de él. ¿Por qué insistía en que lo suyo podía ser "para siempre" si nunca le correspondió? Era amable, (como con todas) se sentía responsable de aquel amor unilateral y por eso tenía detalles como llevarle flores y chocolates en las fechas importantes.
Pero siempre con la aclaración, de que era como amigos y nada más.
¿Hacia mal, al acompañarla a su casa? ¿Aceptar sus besos? ¿Estar con ella cuando se encontraba, solitaria y deprimida? ¿Era tan terrible, intentar ser su amigo a sabiendas de que quería absolutamente todo con él?
Probablemente sí, aunque pensó que estaría bien.
Lila y Arnold, parecían llevarlo bastante bien y por eso tuvo sus dudas, cuando aparentemente "rompieron" intentó aclarar su mente en el chat de Gerald, pero las palabras de todos lo confundieron.
¿Se puede estar con alguien durante todo este tiempo y jamás ser su novio? ¿Se puede amar tanto, como para pretender que ese amor excesivo sería suficiente para los dos? ¿Se puede vivir una fantasía para siempre?
La respuesta es, no.
Y aunque no quería lastimarla, no pudo guardar silencio durante más tiempo.
En cuanto puso un pie dentro de la Preparatoria, todo su cuento se le vino abajo. Apréndelo bien, amigo lector. Si tu idea es fingir que tienes amnesia, no camines como el dueño del mundo dentro de un lugar que supuestamente, nunca has visitado.
Sheena fue la segunda en notarlo, acercarse a él y comprobarlo. La charla que compartieron fue breve, en uno de los laboratorios de química. Se metieron ahí y terminaron.
Su "novia" no quería aceptarlo, podían volver a donde lo habían dejado pero él. No iba a salir con chicos y después pretender que no le gustaba el helado napolitano. Ella se merecía algo mejor que eso, lo que tenía que hacer era romper el hielo, dejar de ser tímida y solitaria, conseguir amigos, tener citas.
Lloró.
Sheena se rompió en mil pequeños y diminutos fragmentos pero esta vez no los recogió. Le pidió ayuda a Lila, (aunque la porrista se había acercado a él de manera inicial para saber, si tenía idea de dónde estaba Arnold) A todos les sorprendió no verlo llegar a clases y aunque mandaron mensajes, su celular parecía estar siendo ampliamente ignorado.
Le dijo que estaba en el Hospital. No entró en detalles, tan solo comentó que los padres de Helga habían tenido que irse desde temprano y que el rubio, caballeroso como es, había decidido acompañarla y esperar que le dieran el alta. No obstante, le aseguró que no tardaría en llegar. No se perdería el examen final.
"Literatura, no es precisamente su fuerte"
"Oh, créeme cariño. Arnold comenzará a apreciar la literatura"
"¿Cariño?" —los ojos astutos de Lila lo evaluaron de cabeza a pies, él le sonrió con coquetería. No iba a fingir más. (lo que en realidad era un decir, pues en más de una fiesta de Rhonda se había puesto como una cuba y revelado su lado, sexy)
"Si, cariño. ¿Ahora puedes ayudarme con un problemita? Necesito que alguien consuele a Sheena"
Dejó a las mujeres sollozando en íntima confesión. Se disculpó con Larry (el novio de Lila ciertamente era apuesto) le guiñó un ojo como todo un galán de telenovela y después sintió la música haciendo vibrar cada una de sus moléculas. Avanzó por pasillos, escaleras y edificios hasta dar con el nuevo escondrijo de sus amigos.
Todos, habían sido realmente espléndidos con él, le consiguieron los exámenes, las tareas, lo visitaron más que en cualquier otro momento de su historia. Y quería celebrarlo, tanto que apenas llegó y ya estaba cantando.
Los dedos de Gerald, se movieron con avidez sobre la pantalla táctil de su celular, supo que estaría congregando a más audiencia pero aún así, no le importó. Lo dejó muy claro en el hospital. Se sentía como Elsa de Frozen, aunque ni operado del cerebro vestiría con vestidos, gasas y lentejuelas.
Le gustaba ser varonil y elegante en su atuendo. Cantar, como Von Smith y de hecho es a él a quien emuló. Ver a Helga llegar junto con Arnold, le hizo recordar sus correrías. Lo bien que sus cuerpos se entendían en el idioma más básico y elemental. Es decir, el baile.
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Y volviendo al inicio, bailando es como estaban.
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Rhonda gritaba en alguna parte del jardín totalmente histérica, Phoebe, Patty y Nadine también, Stinky tomaba fotos, Curly entonaba la canción a coro. Harold y Gerald decían que al fin se volvieron locos. Y el zoquete de Sid comentó que quizás, él pretendía a la Amazona y que por eso recibió el impacto de la bola de Béisbol que con toda seguridad estaba destinada a ella.
Rumores.
El pan nuestro de cada día en la sociedad escolar. No podían estar más equivocados. ¿Pero quién diría que bailaban así porque se sentían con derecho a comportarse como un par de locos? ¿A caso no habían perdido suficiente? ¿Sufrido? ¿Amado? ¿Entregado? ¿No merecían demostrarle al mundo, cómo eran en realidad?
Ambos creían que sí.
Al terminar su espectáculo (y es que se atrevieron a cantar la versión completa desde el inicio un par de veces más) Arnold estaba prensado entre las humanidades de Gerald y Harold. Las féminas así o más desatadas, demandando respuestas y no faltaron las presunciones por parte de Sid, de que quizás Helga G. Pataki si era una zorra que llegaba con uno y se apretujaba con otro.
Lo ignoraron.
Sus cuerpos volvían a estar en comprometedor abrazo, las frentes unidas, los labios tan cerca que se podrían devorar. El silencio se apoderó del espacio, todos miraban a la expectativa.
¿Se atrevería a besarla? ¿Se la bajó a Arnold? ¿Qué clase de "tratamiento" les dieron en ese hospital?
Él los hizo callar a todos, humedeciendo sus labios y haciendo salir su voz.
—Si yo no fuera tan gay y tú no estuvieras tan casada, te llevaría a mi cama.
—Si no fueras tan gay, te habría arrancado los brazos hace un buen rato.
—Admite que me amas, cariño.
—En tus sueños, cretino.
La liberó, aunque no sin antes besar la mano con que la había "arrebatado" tan pronto como lo hizo las chicas salieron en estampida a rodear a la Amazona y acosarla con toda clase de pregunta. ¿Dónde aprendió a cantar así? ¿Desde cuando bailaba? ¿Por qué nunca les dijo nada?
—Ustedes, asumieron desde que estábamos en primaria que por ser violenta y nada agraciada. Yo, debía actuar como un Orco en plena matanza. Bueno, ya vieron que no siempre es así. En cuanto a él, la voz de tenor y los pasos de Travolta le salieron junto a los pelos en la entrepierna.
—¡NO DIGAS ESO! —gritó Eugene, rojo al tono de sus cabellos y colocando ambas manos en la zona indicada.
—¿No tienes pelos?
—¿En la lengua? más que tú ¿Podemos cambiar de asunto?
—Bien, no me importa si a la próxima te liberan de la cárcel o terminas una relación de lo más autodestructiva. Esto que acaba de suceder ¡NO LO PUEDES VOLVER A HACER!
—Lo haré cuando yo quiera, cariño. Nadie tiene más química que nosotros.
—¿Quieres repetir eso?—se metió Arnold, al fin liberado.
Sus amigos, sabiamente se replegaron hacia atrás. La oscuridad de su mirada era tal que destruía a Eugene solo con eso y su andar firme y directo. Helga se abofeteó a sí misma de manera mental. —¿No se veía tremendamente sensual con ese gesto asesino?— ¡Sí, claro que sí! pero Eugene no era un mal tipo. Ella ni siquiera era su tipo. ¡Le gustaba por atrás! —¿Qué no escuchó lo que dijo?— En la biblioteca había un libro titulado "A Timmy le gusta Jimmy" si quería se lo buscaba.
—Arnold…—intentó mediar, colocándose entre los dos pero su novio le dedicó una expresión tan furiosa (y a consideración suya, ardiente) que terminó por hacerse a un lado con ayuda de Phoebe que la tomó por el brazo. Eugene, pasó saliva por la garganta. Curly, Harold y Sid, abrieron apuestas sobre lo rápido que acabaría la pelea.
"¿Dos de tres caídas?" —sugirió Sid
"¡Que va, lo destruirá a la primera!" —aclamó Harold.
"Se olvidan de que Arnold, es pacifista"—intervino Nadine
"¿¡Y eso qué!? Se metió con su mujer, Eugene es hombre muerto" —sentenció Curly y en su tono de voz, Rhonda detectó algo de acidez producto de su rompimiento. ¿Thaddeus no estaría pensando saltarle como araña a Lorenzo, verdad? ¿¡VERDAD!? las voces de su cabeza acallaron.
El pelirrojo comenzaba a abogar por su alma.
—Tt…técnicamente, nunca "me metí" o puse mis manos donde no se deberían poner. Solo fue danza, teatro...¿Algo meramente platónico y artificial?…—balbuceó esto último con la esperanza de obtener piedad.
—Es bueno que lo menciones. —comentó Arnold con el mismo tono que a todos hacía pensar que el pelirrojo volvería en camilla al hospital. —Porque ella es mi novia. Tú eres su amigo, entiendo que quieras invitarla a bailar o salir, pero si sugieres que tienes mejor química con ella, que yo. Entonces tenemos un problema. ¿Quieres tener problemas, Eugene?
—Nn…no…—lo acorraló contra la pared mas próxima colocando la mano izquierda sobre su pecho y cerrando con fuerza el puño de la diestra. Algunos de los espectadores ya estaban pensando en llamar a emergencias. Otros en sacar fotografías desde todos los ángulos. Phoebe miraba a Gerald, suplicando que detuviera lo absurdo de esa "pelea" pero el moreno entendía la importancia de marcar territorio con tu chica o al menos, eso es lo que creía que su hermano hacía.
El acusado, de un momento a otro descubrió que estaba en sincronía de pensamiento con Helga. Tal vez, no debieron pasar tantas noches de tragos juntos, de charlas sobre chicos y más específicamente "su chico" porque ahora que lo tenía casi encima de él. Advertía todas las cualidades que la rubia veía en Shortman. Era atractivo, malditamente arrollador y sensual con ese aire peligroso que ¿A quien no le iba a infartar? cerró los ojos, apretó los labios, comenzando a sentir la sangre helada ponerse cálida. ¡Este no era el momento de tener pensamientos sucios! ¡¿Pero, no acababa de hondear la bandera Gay?! ¡Proclamarse Reina! Si cantar el tema principal de Frozen, no les daba una idea de hacia donde "bateaba" los del problema eran ellos y no él, como sea. Su agresor dejó escapar un sonido por las cuerdas vocales que a él, le iba a arrancar otro y de lo más vergonzoso, le estaba costando trabajo concentrarse, respirar, mantenerse de pie.
Tranquilo, —se ordenó de manera interna— respira con pausa.
No era esta la primera vez que lo golpeaban, pero si estaba siendo la primera vez que tenía fantasías sexuales mientras lo golpeaban. La mano en su pecho agarró su camisa con mayor fuerza para ejercer presión. El grito vergonzoso que con todas sus fuerzas reprimía estaba a nada de hacer erupción. Se acordó de todos los Santos y Dioses que conocía.
¡Oh, recíbeme en tu lecho Dino Spumoni!
Pero el golpe que esperaban todos, nunca llegó. La chicharra que anunciaba el inicio de la ultima clase sonó. Eugene se desplomó en caída libre hacia abajo, Arnold lo soltó y como todos en general habían cerrado los ojos, temerosos de que desfigurara el rostro del inocente chico recién salido del hospital.
Asumieron que lo golpeó y bastante feo.
Helga gritó el nombre de su amigo, todos abrieron los ojos y lo vieron besando el pasto y con el trasero en alto. Las féminas corrieron a socorrerlo, los chicos miraron a Shortman, como si por primera vez lo estuvieran conociendo.
—¿Alguien más quiere tener problemas?—preguntó audaz, mirando a su audiencia.
—¿A parte de ti?—respondió Helga aproximándose a él, altiva y voraz. Ella se fijó en lo que hizo, supo que no lo golpeó pero aún así. ¿Pensaba hacerse fama de matón, amenazando a Eugene? eso estaba mal, ¡En más de un sentido! y si no lo entendía, se lo iba a informar.
—Deja de provocarme, Helga.—comentó de igual manera, acercándose a ella.
—¡Yo, hago contigo lo que me da la gana! —gritó colérica. Sus amigos pasaron saliva por las secas gargantas, las apuestas en esta ocasión no cambiaron de mano. Nadie apostaría en contra de la Amazona y a favor de Shortman. El objeto de su adoración, sonrió en contestación.
—¿Y eso puede ser recíproco?—preguntó, mirándola como sabía que le encantaba. Ella retrocedió lo mínimo, levantó el rostro furiosa y determinada. Arnold extrañó las marcas de sus besos en su cuello, evocó singular número de escenas pasadas. A mitad del pasillo escolar, el campo Gerald, la esquina en la calle…Dónde fuera que ellos dos se enfrentaran y la mujer lo intimidara con su afilada labia cuando él todo lo que quería, era besarla.
Lo hizo, sin pedir permiso o esperar contestación a la pregunta recién formulada. Esto era "segundo strike" porque sin importar lo que hiciera, lo volvía loco. Lo ponía al límite con cada una de sus acciones, los secretos que desconocía de su pasado, su pasión desbordante, sus amigos. Esos malditos amigos. Pataki se derritió entre sus brazos, gimió con hambre en el interior de su boca, el brazo enyesado se cerró al rededor de su espalda baja, el otro a la altura del cuello para que no fuera a escapar o peor aún, soltarla. Él no quería liberarla, quería doblegarla y tal era su afán que Gerald volvió a gritar.
"¿QUE NO PUEDEN PASAR UN SOLO DÍA, SIN DAR ASCO?"
Él pensó que no. Aunque de ser honestos, "esto" no era para dar asco, era para enfatizar, que era suya. La poeta, bailarina, cantante, la mujer mordaz.
Todas, suyas.
Al liberar su boca, tuvo que sostenerla con fuerza porque aparentemente olvidó como mantenerse en pie. Algunos de sus amigos seguían por ahí, diciendo estupideces sobre llegar tarde a clases, reprobar los exámenes. ¿Quiénes eran ellos y que habían hecho con los verdaderos Arnold y Helga? la rubia seguía saboreando sus labios húmedos de él, temblorosos por él. Lo miró a los ojos, había más que réplicas en su mirada azul transparente: anhelo, sorpresa y por supuesto, ira.
—Vas a reprobar el examen.
—¿Si te sorprendo, qué gano?
—Lo sabrás si me aseguras que ya te calmaste...—pronunció cerrando los brazos a la altura del pecho, levantando su busto de manera provocadora. Sus amigos volvieron a los cuchicheos y las pausas dramáticas. El la disfrutó de cabeza a pies, arrogante, desafiante.
Esa, era su chica y él, era su hombre.
Más vale que lo entendieran.
—Estoy calmado, Helga. No pretendo decirte como actuar o con quien compartir lo que quieras de tu vida. Tan solo apreciaría que todas esas cosas que te hacen feliz, también las disfrutes conmigo. —tomó su mano, la misma que Eugene había besado e imitó la acción como si con eso, pudiera borrar el recuerdo de aquel atarantado.
—De acuerdo...—pronunció con la voz ligeramente rota. Evocando el pasado. Aquel beso que Arnold le obsequió a Cecile. Primero en la mano, después en los labios.
Se besaron. Sus amigos ya se habían dispersado, Helga le hizo saber con ese ultimo beso que no pretendía enloquecerlo o cambiarlo. Tan solo fue algo del momento, ella hacía cosas impulsivas todo el tiempo. Enfrentar a Jake, llamarlo a las tres de la mañana, cantar y bailar con su mejor amigo, porque los dos necesitaban romper sus cadenas y gritar al cielo.
Shortman reconoció que tal vez, exageró un poco.
—¿Pero qué querías que hiciera, si ni siquiera yo, te he abrazado de esa manera?
—Es espectáculo, guapo. No química, romanticismo o lo que creas. Bailamos bien juntos, eso es todo. Pero si quieres volverte un verdadero bruto, ya te invitaré después a ver como bebemos, Alan, Brainy, Lorenzo y yo.
—¿¡Qué!?
—Lárgate, ya. Estás a cuatro minutos de perder los quince que tenemos de tolerancia.
—Está bien...mamá.
La dejó con Eugene que seguía desparramado en la exacta posición que había caído. Los dos necesitaban ir a Servicios Escolares para aclarar el tema de reposición de exámenes finales.
—¿Vives o tengo que buscar un palo para picarte un rato?—preguntó la Amazona a la masa de piel y cabellos de fuego ante ella.
—¿Se fueron todos?—inquirió como toda respuesta.
—Si
—¿De verdad?
—¡SI! ¿Qué haces ahí tirado? El zopenco apenas si te tocó.
—¡Y CON ESO BASTÓ!—gritó con vergüenza, dando la vuelta y mostrando a Helga una nueva bandera…
—¡AHHHHHHHHH! ¡ERES UN CERDO! ¡VOY A MATARTE!
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Ese grito asesino se escuchó hasta el lugar donde estaban Harold y Sid, otros estudiantes levantaron la vista al cielo extrañados, aves huían despavoridas de la zona y como es natural, hicieron lo mismo. Helga llevaba años de haber colgado los guantes pero aún así. Existían personas con un arraigado sentido de conservación. Los aludidos estaban mas relajados, confiados de no ser el objeto de su venganza. Iban al salón de informática y como si fuera cosa de todos los días, Arnold se metió en el medio y comenzó a charlar.
—Harold, ¿Recuerdas aquella vez en la carnicería, que te cubrí para que no supieran lo que pasó con ese enorme pedazo de costilla?
—Sip…
—Dijiste que me debías una, ¿Cierto?
—Y lo sostengo.
—Bueno, si escuchas que Sid vuelve a insinuar que alguien pretende a mi novia o insiste en llamarla "zorra" por favor, rómpele la boca. —Harold sonrió de oreja a oreja, absolutamente encantado con la idea. Tronó sus nudillos haciendo énfasis en la orden. Sid detuvo su marcha, pálido cual fantasma. Los tres iban a paso veloz y la zona donde debían separarse para llegar a sus respectivas clases estaba cerca, Arnold se despidió con sonrisa ladina.
Que fuera pacifista, no quería decir que no pudiera hacer que otros patearan traseros por él.
Ahora, ¿De dónde iba a sacar una bendita pluma o un lápiz?
No llevaba nada. Ni un cuaderno o una hoja y su casillero estaba demasiado lejos como para ir hasta el. Se resignó a ser cruelmente humillado pues al atravesar el umbral del salón de Literatura, Anabelle Beauvoir enarcó una delineada ceja y como si fuera Pitonisa, le entregó su estilizada pluma fuente.
—Otra forma útil de emplearla, Señor Shortman sería apuñalarse el oído con ella. Resérvelo en caso de que no tenga ni idea, de qué hacer con más de una pregunta.
—Lo haré.
—¿Su novia…—aquella palabra parecía causarle mal sabor de boca, así que se corrigió. —Helga G. Pataki, se encuentra mejor?
—Hace unas horas salió del hospital, volverá a clases la próxima semana.
—Me alegro, dele mis saludos. Ahora siéntese y cállese.
Obedeció, a sabiendas de estar siendo el centro del cotilleo por haber llegado veinte minutos tarde. Todos estaban ya con sus exámenes y tenía la seguridad, de que si no fuera por Helga, la profesora le habría cerrado la puerta en la cara y disfrutado al hacerlo.
La primera parte de la prueba tenía texto, la segunda preguntas sobre análisis, comprensión de lectura e interpretación del significado. —¿Qué quiso decir el autor con esto?— "Páguenme o moriré de hambre" pensó divertido para sus adentros. Reprimió el impulso de morder la pluma dorada de su profesora, más cuando comenzó a leer a profundidad, descubrió que por primera vez entendía.
Poesía, las palabras adquirieron un nuevo significado. Emociones, sentimientos. Comprendía la intención en lo que el autor plasmó, su dolor, conflicto y entendimiento. Como cuando Helga le explicó ¿Por qué había ayudado a la Señora Allaneu? Lo hizo principalmente porque le recordaba a Gertie pero también, porque jamás conoció a sus abuelos.
Siempre quiso tener una segunda familia. Una salida de emergencia, la mayoría de personas la tiene, pero ella no.
Presa de sus cadenas, flotando en el vacío, como una estrella sin su luz…
—Señor Shortman, no vaya a pensar que voy a quedarme por usted, los minutos exactos que llegó tarde. —la voz de su maestra lo sacó de profundas cavilaciones, aclaró su garganta y se dio un momento para contemplar que era el único que seguía en el salón.
—Lo lamento, ya estoy terminando.
—Eso espero, aunque si gusta podríamos hacerlo un poco más interesante…
—¿Perdón...? —colocó el punto en la ultima frase y se levantó.
—Voy a evaluarlo ahora y si vuelve a sacar su glorioso seis. Se lo pondré de calificación semestral y nos evitamos la molestia de seguir viéndonos.
—¿Le molesta algo sobre mi, en particular?—entregó su examen, junto con el bolígrafo a la profesora. Anabelle se acomodó en su flamante silla, ignorando las pruebas del resto de sus compañeros y continuó hablando.
—¿A parte del hecho, de que tomara mi materia como pretexto para cortejar?
—Yo, no…
—Shhh…—Beauvoir se concentró en su labor, él tomó asiento en el pupitre central de la primera fila y suspiró. Para no tener abuelos, Helga se daba a querer y proteger por los adultos mayores que pululaban a su alrededor.
—Vaya, puedo ver una agradable evolución en su entendimiento Señor Shortman, por fin analiza y reflexiona, sus conclusiones siguen siendo algo flojas pero al menos, hizo el intento.
—¿Saqué seis?
—Nada de eso, le daré un punto extra por resolverlo todo en menos tiempo que sus compañeros.
—¿Siete?
—Ocho, disfrute de estar en la media promedio. Pero le advierto, si baja el rendimiento de la Señorita Pataki a causa de usted. Voy a destruirlo… —la ultima parte la dijo con convicción y severidad. Él le creyó, recuperó su examen ya calificado y cuando salió, se encontró con Gerald.
Estaba bastante aburrido pateando un balón de baloncesto como si fuera de soccer.
—¿Qué tanto hacías ahí dentro, viejo? Todo el mundo salió hace siglos.
—La maestra me odia y aprovechó la ausencia de mi "abogado defensor" para reafirmar el hecho de que en cualquier instante, me podría aniquilar. —Gerald dejó el balón y lo miró con burla.
—¿Pataki, te defiende de la maestra? —preguntó sin creerlo, Arnold roló los ojos y le restó importancia a su situación.
—De acuerdo, ustedes dos son extraños. Y yo solo vine a dejar un mensaje. Pataki dice que te verá en su casa a las seis. Se llevó a Phoebs con ella, creo que van a preparar una sorpresa o algo así.
—¿De verdad?
—Pues...eso dijeron. —omitió la parte en que ambas féminas tenían miradas sombrías y sonrisas siniestras mientras lo decidían. A él le dio la impresión de que asesinarían a alguien y se bañarían en su sangre. No que viera demasiadas películas de terror y suspenso o que le agradara la idea de que ese par de locas, jugara con lo prohibido. Arnold se resignó a pasar buena parte del día solo, y como aún no quería enfrentar a su padre se animó a preguntar.
—¿Tienes planes para pasar el rato, Gerald?
—En realidad, no...—su idea era ponerse al día con los últimos episodios de NCIS
—¿Te molestaría ayudarme con algo?
—Nada que implique asesinar a alguien, ocultar un cadáver o termine contigo haciendo porquerías con Pataki.
—No tiene que ver directamente con ella. Es sobre tu tema favorito: "Leyendas"
—¿Ya olvidaste la historia de Hillwood?
—Querrás decir, San Lorenzo. Intento entender lo que significan algunas cosas, pero lo único que conseguí hasta ahora fue discutir con mi padre al grado de llamarlo, loco.
—WOW, ¿Tú discutiendo con Miles?
—Así es.
—¿Seguro que no estás pasando demasiado tiempo con ella?—Arnold lo fulminó con la mirada, él roló los ojos y levantó las manos en son de paz. —Pregunta Standard, no te pongas histérico, viejo.
—Solo escucha lo que tengo que decir y dame la interpretación que consideres adecuada.
—Bien.
Caminaron por el pasillo en dirección del estacionamiento. Gerald tenía el balón aún en su mano, intentaba hacer algunas suertes con él, a la vez que escuchaba el parloteo incesante de Arnold, al doblar en una esquina su hombro chocó con el de alguna persona, su balón terminó en el piso, le dio persecución visual hasta que chocó con el zapato de otra.
Stinky.
Aunque él, no se percató de nada porque estaba demasiado entretenido platicando con Sheena. Chismoso como él solo, intrépido como sus ancestros decidió ir por la pelota, Arnold intentó detenerlo. —el bueno de Shortman, como si fuera a escucharlo ahora. Ja!— Llegó junto a ellos, su charla ciertamente parecía intensa. De lo que alcanzó a escuchar, esto era una sutil presunción de que, quizás.
"Dos corazones rotos, pudieran formar uno entero"
—No creo que pueda olvidarlo tan pronto...—comentaba Sheena, llevando un mechón de cabello rebelde a la parte trasera de su oído.
—Y no espero que lo hagas. Yo tampoco, la he olvidado pero creo que ambos tenemos mucho para dar...
—Viéndolo así. Estar juntos, tal vez nos ayude a avanzar...
Gerald tomó su balón y volvió con el rubio que tenía el ceño fruncido, además de los brazos doblados a la altura del pecho. Esta noticia era tan fuerte que se moría de ganas por compartírsela a él, lo omitió al segundo en que recordó que Helga G. Pataki era a la que Stinky no podía olvidar.
—¿En serio, no podías concederles un poco de intimidad?
—Lo dice el que por años, se ha metido en los asuntos de los demás.
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CENTRO COMERCIAL DE HILLWOOD.
15:00 hrs.
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—¡No puedo creerlo! ¡Por fin tendrán su primera cita! —gritó Phoebe emocionada, colgada del brazo de su mejor amiga.
Helga comenzaba a tener problemas para disimular el tic nervioso sobre la sien, para olvidarlo se recordó a sí misma que esto es una guerra y todo soldado necesita una armadura apropiada. Un escudero o en este caso, una chica que supiera del tema.
Phoebs, no era exactamente la Emperatriz de la moda pero vestía femenina conservando su estilo y sobretodo personalidad. Esa era la parte que más preocupaba a Helga, no quería ser una ridícula princesa, flor de la primavera o que la compararan cual ramera. Necesitaba algo que la definiera como "emparejada" (No que fuera propiedad del Cabeza de Balón, pero sí que hiciera saber a los demás que Helga G. Pataki estaba enamorada y quería lucir linda para su señor) porque es cierto. Quería verse bonita para él y Phoebe tenía que ayudarla.
—¡Ya suéltame Heyerdahl, me vas a dislocar el hombro!
—Lo siento. —Atravesaron las enormes puertas de cristal y miraron los ríos de personas, aunados a las tiendas departamentales dispuestas de par en par. —De acuerdo, ¿A que clase de lugar irán?
—Creo que es un sitio algo rústico. Elegante y romántico, imagino que preserva el estilo de los años cuarenta.
—¿Dónde encontraste un lugar así en Hillwood?
—Es una larga historia.
—Tenemos tiempo, para que me cuentes eso y mentalices otra cosa.
—¿Qué clase de cosa…?—preguntó porque el tono de su amiga no le gustó. El aura de Phoebs se oscureció de pronto, sus gafas se empañaron y se acercó a ella sonriendo como un ser de lo más desalmado.
—Lencería...
—¿¡Ehhhh!? —gritó, totalmente escandalizada.
—La necesitas o a caso quieres que "tu primera vez" sea con Arnold, viendo que usas pantaletas tipo bóxer y sostenes deportivos. No es que no tengas buen relleno pero, créeme. La lencería adecuada levanta oscuras y deliciosas pasiones. —la asiática saboreó sus labios y se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz como toda una experta dominatrix.
—¡PHOEBE! —gritó aún más escandalizada. —¡NO...NO ME DIGAS QUE TÚ...! ¡GERALD Y TÚ!
—Si, Gerald y yo…—concedió angelical, completamente calmada.
—¡¿Pero…?! ¡POR QUÉ NO ME DIJISTE NADA! —gritó, colgándose de la humanidad de su hermana. Phoebe sonrió taimada y la llevó a un lugar apartado, donde no escucharan los detalles de su charla.
—Porque no hay nada que decir, aún. Nos ponemos al punto, muchas veces nos arrancamos la ropa, pero aún no culminamos el acto.
—¿Por qué…?—Helga, estaba mas sonrojada que Phoebe, la pequeña encarnación del mal. En realidad, parecía muy orgullosa de sus avances con el moreno.
—Pues, porque somos jóvenes, románticos. Aún no decidimos el lugar o momento ideal para hacerlo.
—¡Oh, Phoebe! —Helga se abrazó a ella, su amiga la estrechó con fuerza.
—Pero, claro. Esos somos nosotros. Ustedes, van a mil revoluciones por segundo y estoy segura de que esta noche, necesitarás lencería.—le guiñó el ojo sintiéndose sumamente traviesa, Helga gritó aterrada y colérica.
—¡YO NO USO LENCERÍA!
Transeúntes que pululaban por ahí, las miraron con interés y burla.
—Felicidades Helga, acabas de instalar la idea de que vas desnuda en la mente de todos los hombres a veinte kilómetros de distancia.
—¡CÁLLATE! No voy a cambiar mi guardarropa. ¡Soy una mujer, pero también soy Atleta! Tan pronto me quiten este estúpido yeso, volveré al gimnasio. El peor error de mi vida, fue dejar de entrenar.
—Lo sé, —Phoebe sonrió complaciente. —Y no estoy diciendo que cambies tu guardarropa, solo ten algo para ocasiones especiales. Cuando sepas que pasarás toda la noche con él. Sedúcelo, tortúralo. No sabes lo divertido que es, ver como devora con la mirada cada milímetro de tu piel y tú decides, si puede tocarte, besarte, acercarse o no…
—Dios...,eres la diminuta y sensual encarnación del mal.—determinó convencida. Su amiga volvió a sonreír con sabiduría y ternura.
—Aprendí de la mejor. Ahora, ¿Qué te parece un vestido largo? corte griego o quizás prefieras un corte imperio.
—No tengo ni idea de lo que estás refiriendo.
—¿Quieres reafirmar la idea de la Guerrera Amazona o usurpar el trono de Lord Wellington?
—Pensaba en algo más clásico. Años cuarenta.
—Lencería con varillas y encajes.
—¡PHOEBS!
—Déjame planearlo. No vamos a repetir el horror del esmalte de uñas.
—¿Alguna vez lograrás olvidarlo?
—No hasta que me expliques, ¿Cómo consigues que te dure menos de un día?
—Soy nerviosa, me muerdo las uñas.
—Eso no era morder, tus dedos parecían los de un Gollum, por cierto. ¿Ya descubriste lo que sucede con los anillos que tienen la desgracia de caer en tus manos?
—Me temo que eso sigue siendo un misterio…(todos acababan rotos, doblados y desfigurados. Helga era horriblemente violenta y descuidada con sus manos)
—¿Qué harás con tus sortijas de compromiso y matrimonio?
—No lo pensemos por ahora, ¿Quieres?
—De acuerdo, pensemos en los Años cuarenta, deberías levantar tu cabello en una serie de bucles y decorarlos con tiras de perlas o tal vez una pluma...
—¡SUELTA MI CABELLO! NO SOY UNA BARBIE
—Brincos dieras, aunque jamás tuve una...
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CASA DE LA FAMILIA JOHANSSEN.
16:00hrs.
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—¿Interpretación…?—comentó el moreno que para estas alturas estaba recostado sobre la alfombra de su cuarto.
—Si, —insistió. —¿Qué crees que significa? ¿Qué piensas que…?
Gerald lo mandó a callar levantando la mano diestra para hacer silencio, luego cerró los ojos y frunció el ceño como si estuviera esperando una revelación divina o reflexionara sobre algo demasiado intenso. El reloj de su cómoda seguía avanzando, Arnold tenía que marcharse pronto porque Caroline dijo que al "Anemone" se debía ingresar de etiqueta y él no tenía ni la mas remota idea de si alguno de sus trajes aún le quedaba.
—Hablando hipotéticamente, viejo. Suponiendo que existen más cosas de las que observamos y comprendemos. Mi interpretación para ti, es la siguiente.
La vida eligió al chico "milagro" para devolverle el aliento, darle una oportunidad de estar aquí existiendo. Tal vez le conmovió el profundo amor de tus padres, el hecho de que Miles, aceptara morir junto a ustedes en lugar de abandonar a su esposa sangrante y a su hijo dormido.
Eso, mi buen amigo. De alguna manera te convirtió en un ser extraordinario pues al parecer, tu furia está ligada a la del volcán. No digas que no, porque no fuiste el único que viajó a San Lorenzo en esa ocasión.
Todos notamos algo diferente entre Helga y tú.
—¿Qué…?
—¿No lo recuerdas? —Gerald, ni se molestó en mirar a Arnold, seguía con los ojos cerrados como si no quisiera perder el hilo de lo que estaba hilvanando. —No es importante que pienses en eso ahora. El punto es, que sentimos como la selva parecía darte la bienvenida y Pataki estaba totalmente deslumbrada por ti. Siempre quise saber el motivo, ahora sé que estaba enamorada y totalmente decidida a devolverte a tus padres. Pero me sigo yendo por las ramas.
Se supone, que toda tu vida has estado siguiendo una especie de manual para controlar tus impulsos y emociones, que irradias una especie de energía que hace que nos sintamos mas cómodos en presencia tuya, real majestad.
—Gerald…
—Sigo hablando, grosero. Puedo con todo eso, en realidad le encuentro bastante sentido. La cosa escabrosa y que hasta a ti, te debería dar miedo es la otra.
Tú, eres de la vida y perdóname por decirlo pero no creo que seas ninguna especie de reencarnación divina.
Despertaste, fin del milagro. Pero hay una chica que aparentemente tiene la otra mitad de tu historia.
Muerte, el final de la línea en todas las civilizaciones, mitos, leyendas y culturas. A no ser que sigas la idea, de que su papel no es otro mas que acompañar a las almas en el camino a la resurrección. Personalmente, me agrada más esa idea, me parece platónica, incluso romántica. Pensar que hemos sido amigos en más de una vida sería perfecto.
Pero, por lo que mencionas de esa chica, parece que está más rodeada de la oscuridad que de la luz.
—¿Por qué lo dices? —Gerald se sentó al fin, en posición de loto y miró a su amigo de manera directa.
—Te da un obsequio extraño a ti, su persona amada. Y esa cosa, según Miles, los conecta a los dos a través de la sangre.
No sé, si sería suya o de esa criatura.
—¿Perdón…?
—La que mató a sus padres.
—¡¿Estás loco?!
—Es una idea. Sólo escucha, perdió a sus padres a los diez años. Esa es la edad en que visitamos por primera vez San Lorenzo.
No la conociste entonces pero quizás, ella si te conoció a ti. Tal vez te esperaba, intuyó tu presencia o sintió que estabas de vuelta como toda la maldita Selva. No pudo acercarse a ti porque éramos demasiados y además, estabas siendo custodiado por el Terror Pataki.
¿Recuerdas lo indomable, furiosa y letal que era Helga en aquella época?
—Sí…
—No profundicé en eso hasta ahora. Pero Helga y tú, de alguna manera. Se conectaron en San Lorenzo, se volvieron uno. Tan deslumbrada estaba por ti, como tú por ella.
—¿¡Qué…!? —esos recuerdos le eran borrosos. Sabía que Helga tuvo un papel determinante en la recuperación de sus padres pero se le escapaban los detalles. Las imágenes que retenía eran vagas, confusas, como si alguien se las hubiera llevado.
—Lo que digo, es que si yo lo noté cualquiera pudo hacerlo. Al terminar la "aventura" por referirlo de alguna manera, vi que te alejabas con ella. Pensé "qué locura" está enamorado, va hacer algo idiota como pedirle que sea su novia pero no era mi asunto.
Me repetí mil y una veces.
"No es mi asunto" "Quédate tranquilo" "No es el fin del mundo"
Pero, para alguien más, sí lo era.
—¿¡Quién…!?
—¡ELLA! No diré su nombre por respeto a tu novia. Pero lo siguiente que supe es que los dos estaban K.O. Tus padres los encontraron desmayados sobre la hierva, viajamos de regreso y su estado de salud se atribuyó al exceso de calor o la enfermedad del sueño.
—¿Por qué pensarían eso?
—¿Tal vez porque durmieron como dos días completos? —Arnold, no daba crédito a lo oído. Gerald lo miraba como fuera lerdo pero aún así continuó. —Al despertar, ninguno de los dos volvió a hablar de San Lorenzo. Su relación parecía ser la de siempre: la matona y el incrédulo.
—Hmp…
—Ahora no sé, si hice bien en dejar las cosas así. En no presionarte porque mis sentimientos hacia Pataki también estaban en juego. Nunca le he deseado el mal, pero en ese entonces me daban ganas de asesinarla con sobrada facilidad.
—Entiendo…—comentó deseando poder apartarse y meditar más profundamente al respecto. Si no recordaban nada, ni ella ni él. ¿Entonces sus padres también mintieron? Por eso Miles insistía tanto en que le diera la carta. ¿Desde siempre supo que era Helga a quien amaba? ¿Y el encuentro entre ella y su madre, aquel día en el parque? Se dio bajo esas circunstancias o existieron otras.
Que él recordara, cuando volvieron de ese viaje, sí se abrió una brecha entre los dos.
Helga, comenzó a ser como es. Menos violenta, más madura y discreta. Dejó de arrojarle papeles en el cabello, de llamarlo con sobrenombres y aparecer en cualquier lugar por casualidad.
¿En verdad, dejaría de amarlo por convicción o algo más la obligó a frenar en su acción?
Gerald carraspeó cambiando de postura sobre la alfombra y levantando la voz.
—¿Ahora, ya me crees que esa chica pudo haberte visto con Helga y decidido hacer algo al respecto?
—¡No! me niego a creer que sea mala. Lo que le pasó a sus padres fue un accidente.
—¿Y si es así, por qué conservar un colmillo aunado a un par de piedras preciosas?
—Para honrarlos.
—De lo que me enseñó mi abuela. Se honra a los que perdemos, predicando, conservando el recuerdo o compartiendo su conocimiento. Los pactos con criaturas malignas, por el contrario. Requieren ofrendas.
Sacrificios.
—¡NO!
—¡Pero es lo única forma en que tiene sentido! Cuando sucedió esa tragedia, se convirtió en un ser imparable, comenzó a entrenar con los hombres de la tribu, enarbolando una lanza y utilizando ese extraño collar atado a su cuello.
—Es un recuerdo.
—¡O un sello! Hasta donde sé, algunos animales pueden convertirse en familiares de aquellos que practican la magia negra.
—¿A cambio de mi? ¿Tú crees que sacrificó a sus padres para tenerme a mi?
—Si Pataki es tu Destino, debe requerirse algo extraordinario para romper ese vínculo.
—No lo creo. ¿Por qué haría algo como eso? Milagro o no, yo no soy un gran partido.
—Lo sé viejo, lo sé. Si lo fueras no estarías tan feo. Pero volviendo al punto. ¿Cómo te lo explico? Tú viviste en Hillwood, tus abuelos y padres te dejaron decidir el rumbo que llevaría tu vida, pero apuesto a que a ella no.
Por años debió escuchar que sería tu Destino. La razón de su vida era esa. Luego apareces y resulta que te enamoras de otra. Descubres, que quieres compartir tu vida con otra.
—No es otra, es Helga.
—Bien, lo que sea que los une empezó desde entonces y esa chica evitó que cometieras algo idiota. Que te declararas o no sé que diablos fuera lo que pensaras. Luego volvimos a Hillwood, la vida continuó y ella debió prepararse para ganar tu corazón, confiando en que la olvidaras.
—No…
—Los tiempos coinciden. Según tu historia, te convertiste en hombre y debías elegir "tu destino" Miles te sugirió meditar y mientras lo hacías, esa cosa trató de meterse contigo. Se te insinuó, te sedujo pero que Dios me perdone por decirlo. Tú estás coladito de amor por Pataki, se eligieron. Cosa, no pudo convencerte con su cuerpo, así que te dio esa figura de arcilla.
No sirvió de nada porque hasta ahora, tú no habías decidido nada. Pero de pronto, Jake ataca a tu chica, descubrimos que de la furiosa guerrera que fue, queda poco menos que nada. Tu ausencia, la de sus padres, todo le ha causado estragos durante los últimos años.
La muerte es paciente, Arnold. Nos da toda una vida de ventaja porque está segura de ganar la batalla.
—¿Y que hago? ¡¿Cómo protejo a Helga, si se está metiendo en sus sueños y en su cabeza?!
—Apégate al plan, con algunas modificaciones, claro está. Sal con tu chica, disfrútala, enamórala. Pero tienes que decirle de la existencia de esa cosa.
—Se llama Anthea…
—Me importa una m-i-e-r-d-a. —deletreó las palabras con burla. —Pataki, te dejará si descubre que has estado mintiendo. Hasta ahora cree que son solo sueños, pero créelo aún si no puede luchar es bastante lista y la cosa es astuta.
¿Vas a permitir que cuando estén intimando se meta en su cabeza y le haga creer que piensas en ella?
—¡NO!
—Entonces, sé hombre. No permitas que las dudas creen fisuras en su relación.
—Se lo diré.
—Después de que vayan a ese lugar de ancianos y den mucho, pero mucho asco.
—Gracias, Gerald.
—No hay problema, hermano. —Gerald, volvió a tirarse de espaldas a la alfombra. Arnold recibió un mensaje de texto, de un número desconocido.
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"Phoebs insistió en regalarme este costoso y fabuloso teléfono celular por mi cumpleaños. No tiene mucha batería, te veo en tu casa a las 6:00pm"
"¿Qué sucedió con tus padres?"
"Iremos, es solo que no quiero perderme tu cara cuando me veas"
"¿Te arreglaste para mi?"
"Para anotar un Home Run, hombre de la Selva"
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—¿Qué es tan divertido?—preguntó Gerald que notó la vacilación de su amigo.
—Helga cree que puede anotarme un Home Run
—¿Usan metáforas de Béisbol? —Arnold se encogió de hombros, Gerald se preguntó ¿Por qué le sorprendía que lo hicieran?
—¿Me prestarías uno de tus trajes?
—Toma lo que quieras de mi armario con la condición de que jamás lo devuelvas. No quiero prendas con aroma a Helga.
—¿De qué te quejas? Siempre, huele bien.
—A cada perro, le gusta su hueso…—Arnold le arrojó el celular en la cara, Gerald ni se inmutó.
Así que Dioses, mitos y leyendas. Se lo contaría a Brainy, seguro encontraba una forma de incluirlo en su cómic.
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Continuará...
Sé que me odian por prolongar tanto la historia pero la parte de Eugene, tenía que escribirla. Besitos a los que comentan y x lo demás, se me cuidan. :D
