Jean (19.56): Estaré fuera el fin de semana. Necesito estar solo. Te quiero, pero necesito un tiempo.

Mikasa seguía mirando el mensaje que llegó a su móvil cuando ya llevaba una media hora fuera del apartamento de Jean. Ya de regreso en su propio hogar dudaba en su debía llamarlo o no. Si le decía que necesitaba un tiempo, debía respetarlo.

¡Nunca debió decirle la verdad! Levi le dijo que debía guardarse ese secreto hasta la tumba. Le advirtió lo que podía llegar a pasar.

Ya era cerca de la medianoche y seguía jmirando el móvil de tanto en tanto. Lo tomó entre sus manos y tecleó rápido. Debía demostrarle que era alguien madura, que podía manejar estas situaciones… pero no podía.

Mikasa (23.43): Lo entiendo. También te quiero. Mucho. Estaré esperándote.

La respuesta no se hizo esperar.

Jean (23.43): Gracias.

Tenía que ser honesta en aceptar que hubiese querido una respuesta diferente a ese escueto "gracias", pero no podía ni merecía algo más que eso. Conocía bien a Jean y sabía que debía estar muy enfadado o, peor, desilusionado. Soltó un trémulo suspiro y dejó el móvil sobre la mesita de noche. Se metió dentro de la cama y abrazó la almohada del lado de Jean cerrando sus ojos. Olía a él. Fue entonces que sus labios se volvieron temblorosos cuando su respiración se tornaba irregular y gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.

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Jean dejó el móvil de regreso en la mesa de centro del apartamento que Roger había rentado mientras estaba en Boeringa, un pueblo turístico cerca de Shinganshina.

Roger se lo quedó mirando, mientras el muchacho sacaba un cigarrillo y lo encendía.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó Roger.

Jean soltó una bocanada de humo y se reclinó en el sofá.

–Ordenar mis ideas de momento –respondió mirando a su cigarrillo.

Roger lo observaba en silencio. Nunca antes Jean había recurrido a él, no quería presionarlo y arruinar el atisbo de mejoría en su relación. Este era un gran primer paso.

–No soy o, más bien, no era alguien que enganchara con los enredos de mujeres. La verdad es que me desconozco –confesó Jean –Si fuese cualquier otra chica hace tiempo que la hubiese mandado al carajo. Pero…

–Estás enamorado, eso pasa –comentó Roger –Cuando eso pasa, uno lucha hasta el final. Pero hasta… que no das más. Cada uno sabe hasta cuando se puede pelear por una relación.

Jean caviló. No era que no quisiera seguir junto a Mikasa, realmente quería seguir adelante. Sin embargo estaba dolido. Sabía que Mikasa lo quería, lo sabía no porque se lo dijera, era porque se lo demostraba con cada uno de sus detalles. Pero…

–Quiero seguir luchando, no dudo de ello –dijo Jean y Roger le sonrió –Pero no me gusta… no quiero aceptar el como comenzó todo.

–Jean, no todo lo que comienza mal tiene que acabar mal. Siempre hay una excepción a la regla. Las razones que tuvo Mikasa para tomar esa decisión, es algo que tienen que hablar.

–Solo quería olvidarse del tipo del que estuvo enamorada por diez años. Uno que jamás la vio como algo más que una amiga.

Roger sonrió amigable.

–¿Es eso un pecado? –preguntó el hombre esperando una respuesta de Jean que no llegó –Vio en ti una oportunidad de amar y ser amada. Quizás el modo no fue el mejor y debió ser honesta, pero debió tener miedo.

–¿Miedo? Jamás tuvo miedo de hacerme saber su opinión. Mikasa no tiene miedo, al menos no de mí.

–Jean… a sus ojos eras la única persona que podía sacarla de eso. Piénsalo así. Tuvo miedo de perder a quien consideraba su única oportunidad.

Jean guardó silencio. ¿Él era su única oportunidad? Soltó un bufido. Mikasa podría tener al chico que quisiera. Era hermosa, inteligente, y podía ser muy agradable cuando quería. ¿Qué tenía él de especial? ¿Sería que Mikasa lo vio como una salida fácil? Siquiera pensar en ello le partía el corazón.

–Piénsalo. Dale una vuelta –dijo Roger con voz calma y actitud paternal –Entiendo que te sientas pasado a llevar y desilusionado. Pero has construido una bella relación con esa chica y se merecen la oportunidad de volver a comenzar, ahora con honestidad. Además –volvió a sonreírle –¿acaso no lograste quitarle a ese chico del corazón? Punto para ti. Lo lograste. Te quedaste con la chica. Diez años olvidados y pasados. No culpes a alguien por su pasado, piensa en el presente y en el futuro que pueden construir juntos.

Jean bajó la vista con una ligera sonrisa en su rostro. Construir un futuro juntos era lo que quería, pero tenían mucho que hablar. No le gustaba no tener la templanza para poder soportar eso. Odiaba sentirse débil. Era extraño que sus emociones lograran sobreponerse a su mente, pero en esta ocasión no podía detenerlos. Se sentía como un exagerado chico con una postura de víctima. Y él no era víctima de nada. Todo lo que estaba pasando era su responsabilidad.

Él se había involucrado con una chica que sabía que estaba herida. Él se había enamorado de una chica que amaba a otro. Él había aceptado cada acercamiento íntimo que tenían, aun sabiendo que ella solo buscaba sentirse valorada por alguien cuando realmente quería que Eren la valorara. Él toleró y desestimó cada insulto de ella. Había sido él quien había propuesto fingir ser novios con todo lo que implicó. Él se metió solo en ese enredo. Mikasa solo actuó desde el dolor… y él actuó creyendo que podía salvarla.

Si estaba ahora herido, fue porque él fue tan ingenuo en creer que en un mes de fingir ser novios, ella podía cambiar lo que sintió por diez años. Él fue el clavo y fue muy obvio desde el comienzo. Solo que no quería verlo, ilusionado en que finalmente la chica de sus sueños lo correspondía.

Y, en eso, él y Mikasa no eran tan diferentes. Ella no resultó ser su preciosa princesa, y bajo ese prisma, él no podía ser su príncipe gallardo que la rescatara de sus tribulaciones. Mikasa ya tenía a ese príncipe y el único que podía salvarla no era él. Ni Eren. La única persona que podía salvar a Mikasa era ella misma.

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Al despertar, lo primero que Mikasa hizo fue mirar a su móvil. Solo notificaciones de instagram, facebook y un par de whatsapp de los chicos del equipo de baile. Pero ni señales de Jean.

Se dispuso para comenzar ese nuevo día y prepararse para ir a la universidad. Nunca antes deseó tanto ver ese "buenos días, princesa". Temía tanto no volver a leerlo jamás. Solo podía recordar cuantas veces le dijo que odiaba ese apodo cursi y de mal gusto. Pero ahora solo quería que se lo dijera una y otra vez.

Sin embargo su ansiado saludo no llegó en todo el día. Al menos disimuló bien en la universidad y Sasha andaba premenstrual, así que estaba demasiado concentrada en sí misma como para notarla taciturna. Cuando en el equipo preguntaron por Jean durante el ensayo, ella respondió que había viajado a ver a su madre. Nadie cuestionó.

A las seis de la tarde se encontraba en la consulta del doctor Zeckley, el psiquiatra que Anka le había recomendado. Nunca había ido a un psiquiatra y temía que solo la mirara y le diagnosticara algo horrible.

Zeckley resultó ser un hombre mayor, de rostro severo y voz un poco seca. Su oficina era más sobria que la de Anka, con un sofá y un sillón. Un escritorio con algunos libros tras de él. El psiquiatra ya estaba sentado en el sillón cuando ella ingresó y siquiera la miró por sobre sus lentes. Le indicó con un gesto de mano que se sentara en el sofá frente a él.

Todo se trató de preguntas, algunas que Mikasa no sabía responder y otras que no sabía como hacerlo.

"¿Has pensado en quitarte la vida o sentiste que todos estarían mejor sin ti?"

"¿Te has cortado o has bebido imprudentemente poniéndote en riesgo o cometido actos sexuales compulsivamente para olvidarte de problemas?"

"¿Eres impulsiva?"

"¿Has abusado de sustancias ilícitas?"

"¿Alguien en tu familia tiene problemas psiquiátricos o tiene comportamientos extraños?"

Fueron muchas, y salió de la consulta con una receta para medicamentos y un diagnóstico de depresión y crisis de angustia. Por inercia fue hasta la farmacia y los compró. Angustia sabía que tenía, por lo de sus padres, por la partida de Jean. Que fuese una crisis… no podía asegurarlo, pero ella no era una profesional. Lo de la depresión… si estaba triste, pero no deprimida. Pero si esos medicamentos la iban hacer sentir más tranquila y, a la larga, poder enfrentarse mejor a hablar con su padre sobre su relación con mamá; incluso, poder hablar con ella… los tomaría.

Y los tomó, luego que tía Kuschel se marchó junto con Levi a eso de las diez de la noche, con varias copas de champaña encima, un par de comentarios desatinados y un "lamento haber hablado de tu amigo Eren delante de tu novio, espero que no te haya traído problemas". Mikasa solo fingió que todo estaba bien. No quería que nadie se metiera ya en sus cosas.

Abrió ambas cajas y sacó las pastillas para beberlas con un vaso de agua. Volvió a mirar su móvil.

Ayer. Jean (19.56): Gracias.

Nada más. Ya llevaban más de 24 horas sin hablarse. Abrió la foto de perfil de whatsapp de Jean. Era una de ambos cuando estuvieron en la costa. Ambos sonreían en medio de la playa, aun cuando hiciera frío.

–Háblame, por favor… –murmuró suave mirando la fotografía.

Pero nada nuevo hubo en su conversación hasta que ella se quedó dormida, ni tampoco el sábado. Día que se reunía con su padre a tomar el té. Generalmente su papá la llevaba al centro comercial, pero esta vez Mikasa le pidió que fuese a su casa. Se sentía mareada y adormilada, efectos secundarios de los medicamentos.

Se recostó en el sofá con el móvil entre sus manos revisando de tanto sus redes sociales, revisando que el estado sentimental de Jean en facebook pasara a un "soltero". Incluso preferiría un "es complicado". Fue entonces que timbre anunció la llegada de su padre.

No más ingresar en el apartamento, Albert notó el rostro cansado y ojeroso de su hija. Estaba pálida y demasiado abrigada, aun cuando la temperatura del invierno se hiciera sentir. De todos modos, en el apartamento estaba cálido.

–¿Cómo te fue con Anka? –fue la primera pregunta que hizo su padre, un par de cafés frente a ellos, ambos sentados en el sofá.

Mikasa caviló antes de responder.

–Hablamos… es agradable. Pero es extraño contarle mis cosas a alguien extraño.

–Te comprendo, en eso nos parecemos, no solemos hablar de nuestras cosas –dijo Albert y Mikasa asintió –Pero, a veces, es necesario escuchar una opinión externa.

–Anka quiere que hablemos con mamá… las tres –comentó Mikasa con cierta duda.

–Creo que es necesario –afirmó Albert –Tu madre está mucho mejor y te extraña muchísimo. En un ambiente neutro creo que podrían entenderse. Solían ser buenas amigas. Pero Maika debe entender que has crecido y ya no eres su pequeña. Eres una mujer, una joven, pero que puede ya exponer su opinión. ¿Sabes? A tu edad yo tenía muchas ideas y sueños. Es normal, el deseo de libertad. Por lo mismo, cuando terminé la universidad, lo primero que quise fue recorrer el mundo. Buscarme… –Mikasa se sorprendió –Todo joven necesita encontrar su lugar en el mundo.

Mikasa asintió suave.

–Papá… Anka me dijo que te preguntara sobre algo, pero me es muy incómodo hacerlo.

–Debe ser algo grave.

–No, no es más grave de lo que ya son las cosas. Solo es… quiero saber… ¿eres feliz con mamá? Honestamente. Si me dices que no, podría entenderlo. Si me dices que has estado estos años tolerándola solo por mí…

Albert bebió de su café pensativo.

–Amo a tu madre. Te lo he dicho muchas veces. No estoy obligado a su lado, si estoy con ella es porque la amo. La amo de muchas maneras diferentes.

–¿Y mamá…? Lo que dijo tía Kuschel…

–Tu tía Kuschel dice lo primero que se le viene a la cabeza y nunca se ha llevado con tu madre. Maika considera que Kuschel es una mujer vulgar y su falta de filtro es algo que Maika no tolera. Conoces como es tu madre –Mikasa lo miraba con atención –Mi vida marital con tu madre está bien y es cuanto voy a decir al respecto –dijo acelerado y avergonzado.

Mikasa se sonrojó violentamente. ¡Qué pregunta idiota! Su padre no iba a profundizar en eso y no correspondía.

–Una relación de pareja no se construye sobre el sexo, Mikasa –su padre estaba tan sonrojado como ella –Es mucho más que eso. Está la confianza, el ser un equipo. Tu madre es mi mejor amiga y confío en ella ciegamente. Es mi mejor fan y también la única que sin anestesia me dice cuando la estoy cagando.

–¿Y qué eres tú para ella? –preguntó Mikasa.

–Lo mismo, claro –afirmó con una sonrisa –Hemos construido una familia juntos. No todos deciden eso y es un paso muy grande lleno de baches… y de muy buenos momentos también –hizo una pausa –Cuando conocí a tu madre no estaba pasando por un buen momento. Pero hemos salido adelante juntos. Lo hicimos entonces y saldremos de ésta también. Como lo hemos hecho siempre.

–Sí… –caviló Mikasa –Levi me habló sobre Toshi.

–¿Toshi Nakamura? –preguntó Albert extrañado –Esa es una historia muy vieja y no es algo que deberías saber.

–¿Por qué no? –preguntó Mikasa –Es parte de la historia y le agradezco a Levi su honestidad. Me ha ayudado a entenderla mejor. Toda su obsesión por la perfección, por la pareja perfecta…

–Momento –la paró Albert –¿De qué hablas?

–De eso que Toshi le fue infiel a mamá con otra mujer…

Albert frunció el ceño un momento.

–Mikasa, las cosas no fueron así. Estás equivocada. Toshi y tu madre… era un matrimonio arreglado y tu madre tenía más ambiciones que convertirse en una mujer florero. Ella quería trabajar, ser independiente. Y es muy exigente consigo misma.

–¿Entonces porqué se divorció de él? ¿Fue por eso de la independencia? No me imagino a mamá contraviniendo a los abuelos en nada. Ella siempre hizo lo que ellos querían, es parte de su cultura, respetar a los ancianos.

Albert guardó silencio.

–Tu madre se divorció de Toshi porque tu madre le fue infiel conmigo.

Mikasa dejó caer su mandíbula en sorpresa absoluta. ¿Qué su madre qué? Le traía algo de tranquilidad saber eso… más que tranquilidad estaba ¡feliz! Su mamá había elegido a su papá. Eso significaba que lo amaba, realmente lo amaba. Y ella… ella no le arruinó la vida a ambos.

–Conocí a Toshi poco antes que se comprometiera con Maika. Unos seis meses antes, tal vez. Era un tipo amable y divertido. Pero… también conocí a tu madre, más o menos al mismo tiempo. Le daba clases. Estaba en una pequeña academia de idiomas. En ese tiempo ya tu madre tenía muchos sueños y ambiciones. Me enamoré de ella perdidamente. Fuimos novios a escondidas, cuando Maika iba a decírselo a tus abuelos, el compromiso con Toshi ya estaba saldado. Ella… no podía contradecirlos. Era su cultura, así fue criada. Decidimos terminar nuestra relación. Hasta que, un mes después Toshi me invitó a su boda. Podrás imaginar mi sorpresa y frustración cuando vi a Maika casándose con uno de mis amigos. Luego vino lo que se esperaba de ella… no podría trabajar. Una mujer japonesa tradicional no trabaja una vez que se ha casado. Se mudó a casa de los padres de Toshi. Su carácter comenzó a chocar con todos… nunca ha sido una mujer fácil de llevar –bromeó –Pero lo intentó.

–¿Y tú? ¿Qué hiciste?

–Lo que todo hombre enamorado y decente haría. Mantenerme al margen pero acudir a ella cuando me necesitara. Fue un tiempo difícil. Sabía que no podía estar con ella, pero me era imposible alejarme. Entonces, Toshi fue trasladado a otra ciudad. Maika estaba desesperada, irse con Toshi era morir en vida… o eso decía. Maika tomó la excusa de permanecer un mes más en Tokio, para "arreglar" sus cosas. Después de ese mes supimos que no había vuelta atrás. Maika presentó el divorcio y Toshi no se opuso. Creo que siempre sospechó de nosotros, siempre lo supo. Además, una mujer libre no era lo que él necesitaba. Maika no podía volver donde sus padres, era deshonroso. Más deshonroso era vivir con un hombre, sobretodo extranjero. Pero no nos importó, nunca. Al poco tiempo supimos que vendrías y fue uno de los mejores momento de mi vida –dijo mirando a Mikasa con una gran sonrisa –También para tu mamá. Nos casamos antes que todos apuntaran aun más a tu mamá con el dedo. ¿Ahora entiendes porqué tus abuelos eran tan severos conmigo y tu madre? Son buenas personas y agradezco mucho todo lo que hicieron por nosotros. Aun cuando solo les trajimos deshonra, pudieron entender.

–Entonces… ¿por qué mamá fue así con Jean? Si…

–Cariño. Maika siempre quiso lo mejor para ti. No quería que pasaras por lo mismo que ella. Ella pensaba que Eren era tu gran amor de la vida y te incentivó a luchar por él, a esperarlo. Pero en esta vida todo se repite. Eren terminó siendo lo que Toshi, el elegido por sus padres. Pero, tal como Maika, elegiste tu propio camino. Por eso, no puedo sino apoyarte. Porque veo a tu madre en ti. Todo lo que me hizo enamorarme de ella, eres tú.

Mikasa estaba emocionada. Tuvo que limpiarse los ojos con disimulo.

–Debí preguntar… no explotar como lo hice.

–Si te lo hubieses tomado con calma serías más como yo… y eso sería muy extraño –bromeó –Tu madre solo tiene mucho miedo, por ti, por tu futuro. No tiene nada directo en contra de Jean, absolutamente nada. Incluso le agrada un poco. Dice que te trata bien y que te quiere. Pero… hubiese deseado alguien más…

–¿Más de mundo? –preguntó Mikasa.

–Alguien que le asegurara que podría darte una buena vida y no penurias. Quizás sí fue muy intensa con el tema de Eren… tal como tú lo eras. Se potenciaron, hicieron planes, le contabas todo con ilusión. Pero cuando llegó Jean, todo era un misterio, mentiras, enredos que nadie comprendía… Hasta que hace unas semanas recibí algo de parte de un colega.

Sacó su móvil y buscó algo para entregárselo a Mikasa. ¡Era el video! Miró a su padre con espanto.

–Todo fue tan precipitado entre ustedes que era sospechoso. Pero Maika y yo nos hicimos los desentendidos, sorprendidos, pero dejamos que siguiera su curso. Cuando recibí este video, entendí todo.

Mikasa apretó los labios.

–Fingió ser mi novio –admitió Mikasa –Ambos fingimos. Lo hizo para que nadie hablara mal de mí en la universidad cuando el video se hizo viral. Pero… lo que ves… no era tampoco la primera vez.

–Lo supuse –comentó Albert con tranquilidad –Ninguna chica sin experiencia se besa así con un muchacho –sonrió comprensivo –Hay tanto que no sabemos de ti. Tanto que escondiste, solo por no decepcionarnos. Por fingir que eras la hija perfecta, la estudiante perfecta, la chica perfecta que esperaba por su chico perfecto –le tomó la mano –No necesitas ser perfecta, te amamos así. Aunque creas que tu madre te odia, no es así. Solo se dio un golpe con la realidad… con su propio reflejo veintiún años después. Porque, lo tuyo con Jean pudo comenzar como una cortina, un juego… y terminó siendo bastante serio. Y un serio de ahora. Nadie sabe qué pasará después. Pero si es Jean u otro chico, eres libre de elegir. A quien tú creas que vale la pena entregarle tu corazón. Sé que sabrás elegir bien.

–Ay, papi –suspiró recostándose en su costado –La recagué.

–Hija, acostarte con un chico no es el fin del mundo. No es lo que esperaba de ti, claramente. Todos los padres sueñan con entregar a su hija de blanco al gran amor de su vida. Nos cuesta pensar en… esas cosas –dijo avergonzado –Pero es parte de la vida. Solo queremos que, cuando entregas algo tan importante, sea a alguien que te ame y te valore.

Mikasa soltó otro suspiro. Albert la abrazó con fuerza y la besó en la sien.

–No solo les oculté cosas a ustedes. También a Jean. Y ahora está muy enojado conmigo. No, no está enojado… está decepcionado. Creo que preferiría que estuviera enojado.

–Nadie nos enseña a estar en pareja –le dijo Albert y Mikasa se acomodó para verlo de frente –Te equivocarás muchas veces, también Jean. Van a discutir, van a llorar. Los hombres también lloramos –dijo en tono pícaro –Pero, si hay amor y respeto, saldrán adelante.

–Eso espero –suspiró Mikasa –Sentiría mucho perderlo por algo que no supe manejar en su momento.

–No hay mayor virtud que aceptar los errores y tener las ganas de resarcirlos. Háblenlo y verás que tiene solución. Lo sé –la confortó –¿Tienes alguna otra duda?

Mikasa negó, pero aun había algo que la apenaba.

–¿Crees que alguna vez mamá acepte mis decisiones?

–Es cosa de tiempo. Sabes que ella tiene una mente algo frágil y se deja llevar por sus emociones fácilmente. Cree que te falló y por eso eres rebelde. Se culpa… y se descarga contigo.

–Y vaya manera de descargarse…

–No me hagas tomar partido por alguna de las dos. Son los grandes amores de mi vida, pero… tú tienes quien cuide de ti. Tu mamá solo me tiene a mí.

–¿Y si Jean no quiere cuidar de mí?

–Siempre puedes volver con tu papi que te ama por sobre todas las cosas. Mi pequeña Micki–chan.

Mikasa le sonrió amplio antes de abrazarlo con amor.

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Su padre se marchó cerca de las ocho de la tarde y Mikasa solo tomó sus medicamentos antes de meterse a la cama. Estaba exhausta. Cayó pesadamente entre las sábanas, no sin abrazar la almohada de Jean.

Habían pasado unos veinte minutos desde que se durmió cuando llamaron a la puerta. Dos veces. Tres veces. Pero Mikasa estaba tan dormida que no escuchaba. Finalmente la puerta se abrió. Jean ingresó con su propia llave, no por invadir la propiedad ajena, ni para darle una sorpresa… sino que tuvo un mal presentimiento.

El apartamento estaba en completo silencio y las luces apagadas.

–¿Mikasa?

Pero nadie respondió. ¿Y si había cometido una locura? ¿Si desaparecerse por dos días logró desestabilizarla? Mikasa era lábil emocionalmente, lo había demostrado cada vez que acudía a él borracha y ansiosa de sentir afecto. Dios no permitiera que hubiese hecho algo que atentara hacia sí misma. ¿Cómo no pensó un poco en ella? Había jurado cuidarla, quererla y protegerla… y lo primero que hace es dejarla sola cuando más lo necesitaba.

Fue hasta la habitación y la vio absolutamente dormida abrazada a la almohada y la televisión en una maratón de alienígenas ancestrales. Jean se sentó junto a ella. Por un momento tuvo miedo de si Mikasa estaría bien. Pero al verla dormida tan plácida, su corazón se tranquilizó. Le acarició el cabello suavemente hasta que al cabo de un rato, ella abrió los ojos perezosamente.

–Hola –susurró Jean.

–Hola –respondió Mikasa perdida entre la realidad y el sueño –¿Es muy tarde?

–No realmente. ¿Estás muy cansada? Te dormiste temprano.

–Ven a dormir conmigo –le dijo ella sin despertar del todo ni entender que no era un sueño, sin caer en la situación.

Jean pudo decirle que no. Que necesitaban hablar, que debían resolver las cosas antes de retomar la relación. Pero no pudo. La vio tan perdida e indefensa.

Se quitó pantalón y zapatos para meterse a la cama. Mikasa se le apegó y retornó a su sueño, profundo y tranquilo. Jean soltó un suspiro y la atrajo más hacia él, rodeándola posesivo entre sus brazos. Enterró su nariz entre el cabello de Mikasa, respirando el aroma fresco de su champú, mezclado con el dejo de perfume que podía percibir. Fue entonces que se quebró, todo en él se vino abajo. Todo lo que había acallado durante tanto tiempo, sus miedos, el dolor…

No quería despertarla, por lo que lloró en silencio escondido entre ese cabello negro que tanto le gustaba. Meses de angustia, de comerse las cosas, de tragarlas sin digerirlas. Todo salía fuera. Los hombres no lloran, Jean era de esos, eso creía. La última vez que lloró fue unos seis meses después que su padre murió. Nunca más. Porque nada se arreglaba llorando, había que actuar y resolver, con la cabeza fría. Llorar era para los sentimentales, no para él.

–Tranquilo… ya va a pasar –escuchó la voz de Mikasa mientras le acariciaba la nuca con las uñas ligero –Ya va a pasar.

En su sopor, Mikasa no distinguía la realidad de sus sueños. Por alguna razón Jean lloraba, no podía saber bien porqué, su mente estaba lenta y anestesiada. Solo podía sentir su tristeza y tratar de confortarlo. No solo él podía cuidarla, ella también podía cuidar de él. Realmente quería hacerlo.

No intercambiaron palabras, solo se quedaron quietos y abrazados hasta que el sueño los venció.

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Mikasa se refregó los ojos, la luz ya se colaba por entre las claras cortinas de su habitación. Estaba adormilada y tenía la boca algo seca. Se levantó de la cama para ir por un vaso de agua cuando finalmente puso atención a su acompañante de sueños.

Su corazón no podía más de dicha. Olvidando el vaso de agua, volvió a la cama, se le apegó y comenzó a llenarlo de besos, además de palabras dulces. Pensaba que anoche estaba soñando cuando dormía entre sus brazos. Su amor estaba de regreso y, con él, el calor en su corazón y su vida.

–Creí que estaba soñando –susurró con alivio –Gracias al cielo estás de regreso. Soy tan tonta, tan estúpida. Por favor, perdóname.

Se apartó de él para verlo a la cara, la miraba con un gesto tranquilo. Anoche no habían tenido momento para hablar y Jean no quería perder más tiempo. Necesitaba respuestas.

–¿Por qué lo hiciste? –murmuró Jean, no había razón de alzar la voz –Y no me respondas que porque eres estúpida, porque no lo eres.

Mikasa guardó silencio un momento, pero no desvió su mirada, la tenía clavada en el rostro de Jean. Nuevamente parecía tan calmado como cuando hizo la pregunta.

–No sé… quizás pensaba que te lo tomarías a mal…

–Quizás hubiese pensado mejor las cosas –dijo Jean tranquilo –Tal vez hasta te hubiese dicho que sí, que sí estaba dispuesto. Pero tampoco lo sé. Soy orgulloso y lo sabes.

–Lo sé –afirmó Mikasa.

–También sé que me quieres… ahora. Pero no había razón para engañarme.

–Solo quería darme una oportunidad. Demostrarme que podía… Estaba desesperada y tú estabas ahí. Con todo lo que eres…eres maravilloso y todo lo que alguna vez pedí.

Jean esbozó una sonrisa y se tendió de espaldas en la cama, las manos tras la nuca en actitud pensativa:

–Desde principio esto comenzó torcido –dijo Jean mirando al techo.

–No debí mentirte y estoy muy arrepentida…

–Desde antes, Mikasa –la interrumpió y escuchar su nombre y no uno de sus apodos le clavó un cuchillo en el corazón –Desde que terminamos en la cama hace un año, cuando te enteraste que Eren estaba de novio –soltó una espiración larga –Estaba tan ebrio y tú tan ebria que ninguno de los dos supo poner freno.

–Jean, eso ya pasó –murmuró Mikasa con voz suave.

–Me rogaste que te quisiera. Y lo hice, incluso desde antes y lo sabes. ¿Sabes qué se siente entregarle tu corazón a alguien y luego que te acusen que la violaste, renegando todas tus palabras? Que me trataras como la basura más grande… Pero lo dejé pasar. Esa vez y todas las otras. Porque quizás, en algún momento, decidieras cambiar de opinión. Que no huyeras al día siguiente y me dijeras que también me querías… y cuando finalmente lo hiciste era una maldita mentira. ¿Cómo quieres que me lo tome?

–Ahora no miento. Te quiero… mucho.

–Lo sé. Y odio sentir esto y no poder convencerme que es verdad… que realmente es verdad. Sé que lo es, pero no puedo evitar sentirlo.

–¿Sentir qué? –preguntó Mikasa sin comprender.

–Decepción, ego herido, tristeza y miedo.

Mikasa podía comprender eso y sabía lo difícil que para Jean era reconocerse débil, tal como anoche. Podía entender que ya no tuviese la fortaleza de continuar luchando por esta relación.

–¿Quieres… terminar esto? ¿Dejar lo nuestro hasta acá? –la voz de Mikasa tembló.

Jean guardó silencio un momento.

–No. Quiero intentarlo. Quizás no soy tan diferente a ti –ladeó la cabeza para verla –Tú esperaste por años a Eren, aguantaste sus desaires, su indiferencia. Yo hice lo mismo. Y temo que si Eren algún día correspondiera a esos sentimientos, tú correrías hacia él, dejándome solo con los recuerdos de lo que pudo ser.

–Eso no va a pasar. No voy a correr hacia él, aun cuando Eren llegara a corresponder los sentimientos que alguna vez tuve por él. Yo… estaba enamorada de una idea de Eren. Una persona que existía en mi cabeza, una ensoñación. Me costó un poco entender que ese Eren que tanto añoraba tenía otro rostro y otro nombre. Lo que soñaba, lo que quería realmente era alguien como tú… a ti. Todos mis sueños, todo lo que deseaba… eres tú. Yo… no quiero que todo esto acabe aquí. No quiero. Y si decides finalmente que yo no soy lo que quieres, no te lo dejaré tan fácil –su tono se volvió más animado –Nunca te dejaré ir. Solo –le acarició el brazo –solo te quiero a ti. Y te lo demostraré todos los días. Si eso necesitas para perdonarme, seré lo más perfecta que pueda… para ti.

–No necesitas ser perfecta, solo sé tú. ¿Vale? Sin mentiras.

Mikasa asintió con seguridad.

–Sin mentiras –afirmó.

Jean rodó hacia ella y la miró un momento largo, como si reflexionara en algo. Mikasa le sonreía con un gesto de esperanza y falsa inocencia.

–Estás pensando en lo mismo que yo, ¿verdad? –preguntó Jean sugerente.

–¿Sexo de reconciliación? –respondió Mikasa con ilusión.

–Más bien pensaba en unos panqueques para desayunar, pero me gusta tu propuesta, princesa.

Nunca ese feo apodo se había sentido tan bien. Eso pensaba Mikasa mientras los desacuerdos e inseguridades se perdían entre caricias.