Día a caballo
Los pocos minutos que separaban a los Mills de las caballerizas de Storybrooke fueron muy largos para los cuatro ocupantes del coche. Solo Graham parecía apreciar el viaje, alegrándose por el buen tiempo, entusiasmándose por la agradable temperatura de ese final de verano…Al llegar, los chicos marinaban su cólera, saboreando su próxima venganza. Regina tampoco había abierto la boca desde la salida de la mansión, sin tomarse siquiera la molestia de fingir que se estaba interesando en las bromas que lanzaba el sheriff sentado a su lado para relajar la atmosfera.
Ella solo recobró la sonrisa cuando llegaron a su destino y el olor tan característico de las caballerizas le penetró por la nariz. Amaba ese olor más que nada…Cada vez que aspiraba ese aroma animal, se remontaba a su infancia, junto a su adorado padre. Él le había transmitido esa pasión por la equitación desde su más tierna edad y ella había procurado hacer lo mismo con su hijo.
«Joder, ¿qué es ese olor? ¡Apesta!» lanzó Graham tapándose la nariz en cuanto hubo bajado del coche.
«¡LENGUAJE, Graham! Y "ese olor", como dices, es el olor a caballos. No haber venido si eres tan delicado»
Regina hervía de rabia. ¿Pero qué le había sucedido? ¿Por qué, simplemente no le había prohibido a Graham venir? Se echaba tanto en cara haber sido tan débil, y ahora hela ahí teniendo que soportar al sheriff todo el día…Suspiró, cansada ante el día que se avecinaba. Henry y Matthew, mientras sacaban las cosas del maletero, observaban la lucha verbal de los adultos sonriendo discretamente. ¡Si Regina también participa, su venganza sería mejor!
Cada jinete cogió su fusta y se colocó su casco. Con ternura, Regina comprobó la correa de los cascos de los niños, y esa atención conmovió a Matthew. Aprovechó que ella estaba cerca de él para hablarle en voz baja, algo avergonzado de lo que le iba a revelar.
«Euh…Regina, estoy algo avergonzado, pero realmente no sé montar muy bien. Monté un poco en el campamento con Henry, pero en absoluto tengo el mismo nivel que vosotros dos. No quisiera retrasaros…»
Regina le sonrió y le respondió amablemente
«No te preocupes, cariño…Vas a montar un caballo muy dócil. Solo tendrás que dejarte llevar, ya verás, es muy fácil»
«Pero…¿y si me caigo?»
«No te caerás. Henry y yo estaremos a tu lado para ayudarte. Y además, ¡no quisiera devolverte a tu madre completamente rasguñado!»
«¡Gracias Regina, estoy seguro entonces que todo va a ir bien!» respondió algo más tranquilo
«Yo también estoy segura, hombrecito. Venga, vamos, hay que ensillar los caballos»
Tras esas palabras, Regina agarró a Matthew por los hombros y se dirigieron a las cuadras. El muchacho apreció la amabilidad de la joven y pensó que, realmente, estaría muy contento de que fuera su segunda mamá.
«Bueno, ¿todo el mundo listo?» preguntó Regina, subida en su magnífico caballo, completamente negro.
A su lado, Henry tenía las apariencias de un verdadero príncipe, en su montura, derecho como un palo, montando un caballo casi tan grande como el de su madre, pero de un blanco inmaculado. Al lado de ellos dos, sobre un pequeño caballo oscuro, Matthew se sintió bastante ridículo. Se imaginó, por un instante, que era el sencillo escudero de la gran reina y su príncipe. Esa imagen le hizo sonreír. En ese caso, ¿qué personaje habría sido Graham, que estaba echando pestes en ese momento contra el caballo que se negaba a dejarlo montar, dando un paso hacia delante en cuanto el sheriff ponía un pie en el estribo? Sin duda el bufón de la corte, pensó Matthew, que se juró contarle sus ideas a Henry más tarde.
«¡Todo el mundo listo, mamá!» respondió con alegría Henry, ignorando completamente a Graham que aún no había escalado a su montura.
«Entonces, vámonos» dijo Regina sin una mirada hacia el pobre sheriff que aún no había logrado subirse a su caballo «Al paso, para empezar. Querría ver cómo se desenvuelve Matthew»
«¿Y yo, mamá? ¿Puede ir rápido, por favor? Nos encontramos en el árbol, allí abajo, ¿de acuerdo?»
Uniendo el gesto a las palabras, Henry señaló con el dedo un gran sauce llorón a unos cien metros adelante. La hierba ante ellos era plana, no había ningún riesgo para Henry, que era un excelente jinete, así que Regina aceptó y le pidió que los esperase bajo el sauce.
Después, ella colocó su caballo al lado del de Matthew, y lo guio, dándole las indicaciones para que pudiera hacer avanzar al animal.
Henry echó una rápida mirada a su madre y a su hermano. Estaban ocupados, perfecto. Entonces, se acercó a Graham que finalmente había logrado montar a su caballo.
«Hey, Graham, ¿hacemos una carrera?»
«Wow, no, chico, hace mucho tiempo que no monto a caballo, ya no tengo reflejos para comenzar directamente al galope…»
«Bueno, mala suerte…»
Henry hizo amago de retirarse, pero en el último momento, avanzó hasta la grupa del caballo de Graham y le dio un leve golpe de fusta. El caballo respondió rápidamente a la orden y comenzó a galopar, seguido de cerca por el caballo de Henry.
«Aaaaaaah, pero, ¿qué le pasa?» gritó Graham «¡Reginaaaaaa, esto va demasiado rápiiiidooo!»
Regina alzó la cabeza al escuchar los gritos, y vio a los dos caballos a gran velocidad en dirección al árbol, punto de encuentro indicado. Al ver que Henry parecía controlar la situación, no se alarmó más y continuó guiando a Matthew.
Orgulloso de su golpe, pero tampoco queriendo herir a Graham, Henry agarró al caballo del sheriff e hizo que ralentizara poco a poco el paso.
«Wow, ¿pero qué es lo que ha pasado?»
«Oh, ya sabes, quizás esté un poco nervioso. Además, la llamada de la libertad, eso sin duda le ha dado ganas de correr…»
«¡Ya, bueno, menos mal que estabas ahí para agarrarlo!»
"Sí, menos mal que estaba aquí", pensó Henry. "Y esto no ha acabado, amigo…"
Matthew se sentía algo más confiado, gracias a los buenos consejos de Regina. Comenzaba a sentir las agradables sensaciones de libertad que había experimentado cuando había montado en el campamento. Así que, Regina lo empujó a tomar algo más de velocidad y al trote se reunieron con los otros dos jinetes que ya habían llegado al sauce. Al verlos llegar, Henry les salió al encuentro sonriente.
Todo el mundo parecía haberse adaptado, así que Regina propuso lanzar los caballos a un ritmo más ágil, propuesta acogida con alegría por los chicos…Pero Graham no puso cara de estar muy contento. Todavía no se había repuesto de la loca carrera que había sufrido unos instantes antes. Sin embargo, cuando vio a los tres jinetes partir en tromba, no le quedó otra elección que seguirlos a regañadientes. Al observar a Matthew sobre su caballo, Regina no pudo evitar pensar en que era bastante ducho. Le había bastado algunos minutos de consejos para que se sintiera perfectamente cómodo…Por un instante, se puso a pensar que de verdad formaba parte de su familia. Por supuesto, no tenían ningún gen en común, ni lo había educado…Pero Regina se sentía cercana a Matthew y comenzaba a quererlo tanto como quería a Henry. «Un día, le enseñaré todo lo que le he enseñado a Henry, un día también será mi hijo», se puso a pensar. Avergonzada, se obligó a pensar en otra cosa…¿Significaba eso que comenzaba de verdad a planificar su vida con él y con Emma? Sintió su corazón acelerarse ante esa idea…
Como era la costumbre, los Mills había previsto su recorrido habitual: dos horas de paseo a ritmo tranquilo, seguidas de un pic-nic en lo alto de un acantilado, al borde el mar. Los chicos estaban extasiados por todo lo que descubrían: un paisaje, un animal que se les cruzaba por el camino, o alguien conocido al que saludaban con un gesto de la mano. Trotando tras los hermanos, Regina, enternecida, los miraba a los dos con emoción. Estaban tan apegados, tan cómplices…Se sentía orgullosa de ofrecerles ese momento tan particular. Y sobre todo se sentía privilegiada por poder compartirlo con ellos. Matthew no era su hijo, pero en ese momento no hacía ninguna diferencia entre ellos, los dos eran sus hijos, al menos en su alma. Solo faltaba en esa felicidad la presencia de Emma…Los pensamientos de la joven se dirigieron sin quererlo hacia la joven rubia. ¿Qué estaría haciendo en ese instante? Sin duda estaría encerrada sola en su pequeña habitación de motel, llorando con toda su alma. O bien en Granny's, echando pestes contra la morena, sola, rumiando su cólera…Sola, siempre sola…¡Cómo Regina se lo reprochaba!...Es ella, y solo ella quien la había metido en esa situación. Solo esperaba que no se lo reprochara tanto, aunque tendría toda la razón para hacerlo…Le hubiera gustado tanto compartir ese momento con ella, cabalgando a su lado…
Efectivamente, Emma había llorado. Tan pronto como el coche de Regina había desaparecido al final de la calle, se había precipitado a su pequeño coche amarillo y había dejado escapar algunas lágrimas silenciosas. Sin embargo, Emma no le reprochaba a Regina haberla dejado, fue ella misma la que le pidió que se marchara con Graham. No se reprochaba a sí misma haber hecho eso, era lo mejor para todos. Tampoco le reprochaba a Graham haberse impuesto, tenía tanto derecho como ella, si no más, de compartir ese día con los Mills. No, no reprochaba nada a nadie. Ni siquiera sabía por qué lloraba. Todo lo que sabía era que le estaba haciendo bien.
Tras un corto momento, decidió regresar a la habitación a acostarse. Después de todo, un Swan no se levantaba nunca antes de las diez, un sábado por la mañana. Así que decidió disfrutar de la ausencia de los niños para descansar. Pero su reposo fue breve, porque, algunos minutos solamente después de haberse quedado dormida, su teléfono comenzó a sonar. Asustada ante la idea de que algo le hubiera podido pasar a su familia, lo cogió rápidamente y leyó con sorpresa el nombre de Belle en la pantalla.
«¿Sí?»
«¿Emma? ¿Te despierto?»
«No, no, está bien…En fin, sí, pero no pasa nada…¿estás bien?»
«Sí, estoy bien, pero acabo de encontrar algo en la biblioteca y creo que estaría bien que vinieras a verlo…»
Si Belle se había tomado la molestia de llamarla tan temprano es que el descubrimiento debía estar a la altura. Impaciente, Emma se preparó a la velocidad del rayo antes de reunirse con la bibliotecaria.
Los caballos avanzaban desde hacía algunos minutos sobre un camino rocoso, una vez que ya habían abandonado las praderas de los alrededores de Storybrooke. Los cuatro jinetes se hundían poco a poco en el bosque cercano. Solo el sheriff no compartía el buen humor mostrado por los chicos y Regina. Le dolía la espalda, las nalgas, y la marcha renqueante de su caballo le daba mareos. No obstante, no se quejaba en alta voz, deseando mostrar, a toda costa, que le estaba gustando ese día. Sin embargo, Regina lo conocía bien y vio que algo no marchaba. Aunque su presencia no había sido realmente deseada, no quería, a pesar de todo, que él no se sintiera bien. Así que, ella se acercó a él y le preguntó si todo iba bien. Al sentir que su orgullo masculino le impedía confesarle que le dolía todo el cuerpo, ella tomó la delantera y llamó a los chicos, que estaban un poco más adelante.
«¡Chicos! Vamos a hacer una pausa en el claro de allí, ¿de acuerdo? ¡Esperadnos!»
«¡De acuerdo, mamá!» respondieron los dos a la vez.
El corazón de Regina se aceleró. ¿Lo había soñado? ¿Matthew la había llamado "mamá"? Pero en un momento recobró la cordura. Evidentemente, había sido Henry quien la había llamado así…¿Y si un día Matt también la llamaba "mamá"? Sonrió dulcemente ante ese pensamiento, olvidando completamente que Graham estaba a su lado.
Aprovechando su ventaja con respecto a los adultos, los hermanos se concentraron rápidamente en lo que le tenían reservado a Graham. Estaban convencidos de que era ahora o nunca para hacerlo caer de una vez por todas. Así que, al llegar al claro, Matthew dejó a Henry ocupándose de refrescar a los caballos y él se alejó un poco, por el camino rocoso, al abrigo de las miradas de los adultos. Entonces, abrió su mochila y la llenó de grandes piedras. Una vez la mochila llena hasta la mitad, recubrió las rocas con las diferentes bolas del pic-nic y volvió al claro, justo a tiempo para recibir a Regina y a Graham que estaban poniendo el pie en el suelo. Los dos dejaron sus mochilas en el suelo y se sentaron un momento.
La pausa fue bien recibida. Aunque los chicos no lo demostrasen, estaban rendidos, y apreciaban poder estirar las piernas. Algo sediento ante esa deportiva mañana, Matthew sacó la cantimplora de su mochila y bebió algunos refrescantes sorbos. Al escuchar el ruido del agua, Graham, que estaba recostado en el suelo, pidió con voz de ultra tumba
«Hey, pequeño…¿me pasas un poco, por favor? No tengo fuerzas ni para coger la mía de mi mochila…»
«Sí, por supuesto…»
Matthew se disponía a pasarle la cantimplora cuando sintió la mano de Henry detener su brazo.
«¡Espera!» le susurró este
«¿Qué haces?» le preguntó su hermano bajito, al verlo darse la vuelta e inclinarse para coger algo del suelo.
Henry se levantó rápidamente con una extraña cosa verduzca en la mano, que dejó en lo alto de la cantimplora.
«¡Toma, ahora puedes dársela!»
Y acompañó el pedido con un guiño. Ambos sonrieron, cómplices, ante la sorpresa que le tenían reservada al sheriff.
Cuando Graham, aún cansado, se incorporó, no se tomó la molestia de abrir los ojos, y extendió la mano para recibir el agua, que rápidamente se llevó a los labios. Tras algunos sorbos, suspiró de satisfacción y finalmente abrió los ojos. Lo que vio le hizo lanzar un grito de susto: a pocos centímetros de su boca había, bien colocado en la boquilla de la cantimplora, un gran sapo brillante que le miraba con ojos amarillos. Asqueado, el joven soltó la cantimplora y al pobre animal, y comenzó a gritar.
«¡Aaaahhh, pero qué asquerosidad! ¡Joder, es horrible, casi entra en mi boca, ahhh!»
Ya no era Graham quien estaba delante de los otros tres, sorprendidos, sino una versión histérica de él: gesticulaba frénicamente chillando y frotándose la boca como si quisiera borrar toda huella del batracio sobre su cuerpo, que ni siquiera lo había tocado.
Los dos hermanos no escondían su alegría y se reían abiertamente de la «desventura» de Graham. Más sorprendente fue que la misma Regina parecía apreciar la broma y sonreía mirando al pobre sheriff debatirse contra el animal que había desaparecido desde hacía tiempo.
«¡Han sido ellos los que lo han puesto ahí!» rugió él de repente señalando con el dedo a los dos hermanos, sonrientes.
«¿Nosotros? ¡En absoluto! ¿Dónde piensas que íbamos a encontrar semejante sapo?»
«Es asqueroso…Nunca tocaría eso…»
Y se volvieron a echar a reír. Regina, evidentemente, no era tonta. Lo había comprendido todo. Y por nada del mundo los habría alentado en sus travesuras, sin embargo, extrañamente, apreciaba la situación.
«¡Regina! ¿Tú los has visto, no? ¡Han sido ellos!»
«¿Pero qué dices? No los he visto, no…Y además, ya sabes, estamos en un bosque, pequeños animales encontrarás por todos lados…Lo más seguro es que haya saltado a la cantimplora en el momento en que la cogiste en tus manos…»
«Ya, claro»
«Bueno, ¿y si seguimos el paseo?» preguntó ella, para cortar toda discusión «Me gustaría poder llegar al acantilado para el almuerzo. ¡A los caballos todo el mundo!»
Regina y Henry recogieron rápidamente sus mochilas, y Matthew cogió a propósito la de Graham. Después de todo, todas provenían de la casa de Regina y eran exactamente iguales. Una confusión podía ser posible. Así que dejó a Graham que recogiera la que estaba llena de piedras. Aún conmocionado por el encuentro con el sapo, no se dio cuenta del error y se la puso a las espaldas. Después todo el mundo subió a las monturas y retomaron el camino por el bosque.
Los cabellos de Emma estaban aún mojados cuando abrió la puerta de la biblioteca. El sitio parecía desierto: ni un ruido, ni una luz traicionaba la presencia de algún visitante. Llamó a su amiga con voz fuerte
«Belle, ¿estás aquí?»
«Sí, estoy al fondo, en la sala de archivos» le gritó con voz lejana
Emma se encaminó hacia la sala en cuestión y le costó distinguir a la joven entre el amasijo de documentos que la rodeaba. Algunos le llegaban incluso hasta la cabeza, y amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. Al escuchar a Emma, no alzó la cabeza, absorta por la lectura.
«Ven a ver lo que he encontrado, Emma…»
«Pero espera, ¿desde cuándo estás aquí?» se inquietó Emma
«Viene a la hora de la apertura, esta mañana. Pero hace varios días que llevo estudiando estos archivos y, creo que he dado con algo. Toma, mira»
Belle le pasó un gran libro a Emma. Estaba cubierto de polvo y parecía el grimorio de una vieja bruja, o un libro de cuentos de hadas de tiempo antiguos. Cuando le echo un vistazo a la página abierta por Belle, casi se sorprendió al no ver antiguas fórmulas mágicas o bellas ilustraciones, sino solo un artículo de periódico amarillento y carcomido por los años.
«Pero…¿qué es esto?»
«Son los archivos del Storybrooke Daily Mirror, el periódico local» respondió Belle orgullosamente «Todos sus números están archivados aquí para la posteridad, en caso de que alguien quiera hacer alguna investigación sobre la historia del pueblo o sus habitantes. ¡Y parece que hoy nos va a servir de gran ayuda!»
Emma observó la página con atención. El titular FALLECIMIENTO DEL ESPOSO DE LA SEÑORA ALCALDESA estaba escrito a lo ancho de la página. Bajo ese titular se extendía el artículo, una media página. Ocupaba casi toda la portada del periódico. Una gran foto en blanco y negro mostraba en primer plano a una joven con expresión altanera sosteniendo la mano de una pequeña de cabellos negro azabache. Si la expresión de la joven era indescifrable, Emma pudo claramente leer en el rostro de la pequeña una gran tristeza. Su hermosa mirada le hacía pensar en alguien, pero no lograba dilucidar quién. A su lado, estrechando de forma posesiva los hombros de la mujer, había un hombre. Cabellos a medio corte, pequeñas gafas redondas en el extremo de la nariz, parecía estar sosteniendo a la mujer y a la niña en su dolor. Pero Emma sintió un escalofrío al observarlo. Su sonrisa parecía falsa.
La mirada de Emma se desvió finalmente de las tres personas y observó el decorado trasero de la foto. Una gran mansión de un blanco luminoso se encontraba tras ellos. Habría reconocido ese porche entre miles…¡Esa casa era la de Regina!
Sin contenerse más, leyó en voz alta el artículo
»El esposo de la señora alcaldesa desde hacía más de treinta años, marido fiel y cariñoso, Henry Mills, ha muerto esta noche de…»
Ella se detuvo y miró a Belle, con expresión interrogativa
«Espera…Henry Mills, como Regina Mills, como…¿el abuelo de mi hijo?»
La bibliotecaria asintió silenciosamente, alentándola, con un movimiento de cabeza, a que continuara leyendo
«…Henry Mills ha muerto esta noche del jueves al viernes. Las circunstancias son, por el momento, desconocidas, pero parece ser que habría muerto de un ataque al corazón. Llamados rápidamente por su mujer y alcaldesa de Storybrooke, la señora Cora Mills, la ambulancia llegó rápidamente al 108 de Mifflin Street, residencia de la familia Mills. Desgraciadamente nada pudieron hacer a su llegada, el corazón de Henry Mills había dejado de latir unos minutos antes
Durante toda su vida, Henry Mills había elegido apoyar a su mujer, a la que amaba. Había pasado de esa forma su vida a la sombra de su mujer, la poderosa Cora Mills, mucho antes de que los electores de nuestro pequeño pueblo decidieran elegirla como cabeza de la alcaldía. Hijo de una trabajador agrícola y de una…»
Emma se detuvo de nuevo, para digerir la información que acababa de descubrir. Entonces, esa pequeña niña de la foto no era otra que Regina. No debía tener más de cinco o seis años. La continuación del artículo presentaba sucintamente la vida del padre de Regina…al descubrir la vida de ese hombre de quien ella ignoraba todo hacía unos minutos, Emma se sintió incómoda, como si acabara de descubrir un secreto que la morena no le había revelado. Así que, en silencio, recorrió lo que seguía rápidamente, no retomando la palabra sino para leer a Belle la última frase, con una emoción en su voz que no logró esconder «Henry Mills dejó tras él una vida de sacrificios, una mujer inconsolable y una pequeña de seis años, Regina Mills. Toda la redacción del Storybrooke Daily Mirror le damos nuestras más sentidas condolencias. No hay ninguna duda de que el pueblo de Storybrooke pierde uno de sus más ilustres habitantes»
Tras un breve, pero necesario momento para registrar todos esos nuevos detalles, preguntó a Belle
«Ok, entonces, Regina es hija de la antigua alcaldesa y perdió a su padre a la edad de seis años. Es una desgracia, pero eso no nos ayuda mucho…»
«Lee el pie de la foto, lo comprenderás» le respondió Belle, señalando con el dedo la pequeña línea bajo la foto que había pasado desapercibida para Emma
«La señora Cora Mills y su hija Regina sostenidas en su terrible dolor por su amigo de muchos años, el señor…Rumple Gold. ¿Gold? ¿De verdad es él? ¿Conoce a Regina desde hace tanto tiempo? ¿Sabes qué, Belle? Estoy segura de que estamos por el buen camino para encontrar lo que le asusta tanto de ese Gold. ¡Continuemos la búsqueda!»
Motivadas como nunca, Emma y Belle se repartieron por igual los archivos del periódico y comenzaron a hojear metódicamente todas las páginas, rúbricas necrológicas, artículos políticos, estado civil…incluso los aburridos artículos que hablaban de los trabajos urbanos. Si supieran al menos lo que estaban buscando…encontrar un punto en común entre Gold y Regina era tan difícil como encontrar una aguja en un pajar…
«Aahhh, cómo me duele la espalda, no es posible…¿habéis traído un pic-nic para tres días o qué?»
Regina suspiró discretamente. ¿Graham no podía sencillamente apreciar el paseo? ¿O al menos callarse por cinco minutos? No había hecho sino quejarse desde que habían bajado del coche, y ya empezaba a molestarla.
«Ya casi hemos llegado al sitio donde vamos a comer. ¿Puedes aguantar diez minutos o va a hacer falta que llame a una ambulancia?»
El sheriff sonrió, creyendo que era una broma, pero el rostro de Regina estaba impasible. No iba a dejar que estropeara ese momento con los niños. Así que, dejando a Graham, apresuró el paso de su cabello y llegó a la altura de estos
«¿Todo bien, chicos? ¿Os gusta el paseo?»
«Oh, sí, es realmente genial. Además, mi caballo es muy dócil» respondió Matthew con una alegría no disimulada
«Es el que montaba Henry cuando era pequeño, ya está algo viejo, pero es muy manso con los principiantes. ¡Mirad, hemos llegado!»
Los tres jinetes habían, en efecto, salido del bosque y ante ellos se extendía un magnífico paisaje: acababan de llegar a lo alto de un acantilado recubierto por una extensión de hierba de un verde profundo. El mar se extendía en el horizonte y abajo, el ruido de las olas chocando contra las rocas resonaba con fuerza. Todo en ese paisaje daba la impresión de grandiosidad y majestuosidad.
Regina inspiró profundamente el aire puro y enseguida se giró hacia Matthew.
«Este es nuestro lugar secreto, el de Henry y mío. Estoy muy orgullosa de que hoy también lo conozcas, Matt…Espero que este lugar te sea un día tan familiar como a nosotros. Y espero un día venir también con tu madre…»
Matthew miró a Regina que ahora tenía la mirada en el vacío, perdida en el horizonte.
«¿La quiere…a mi mamá?» se atrevió tímidamente el muchacho
«Sí» respondió sencillamente ella
Henry no había abierto la boca durante la conversación entre su madre y su hermano, pero su corazón latía muy fuerte en ese momento.
Una vez los caballos fuertemente atados a un tronco, los muchachos se ocuparon de darles algunas zanahorias y otras verduras con las que ellos disfrutaron. Graham se quitó su mochila de la espala, no sin una última queja.
«Bufff, ¿pero que habéis metido aquí? Está super pesado…»
«Son solo los pic-nics, Graham. Y en el futuro, te rogaría que no te quejaras tanto, comienzas a hacerme lamentar haberte propuesto venir»
«Ohhh, ¿es que mi Gina está algo enfadada?» dijo acercándose a ella, yendo a cogerla inmediatamente en sus brazos
Ella se soltó rápidamente, y la mirada interrogadora de Graham hablaba bien alto sobre su incomprensión.
«¿Qué? Solo quiero algo de consuelo tras la dura mañana que acabo de pasar…»
«No es el momento, Graham, eso es todo»
«Ok, ok, me pregunto por qué he venido…»
«Sí, también es lo que yo me pregunto…» respondió ella tan bajo que él no lo escuchó
Tras el almuerzo de los caballos, llegó la hora del almuerzo para los humanos y cada uno abrió su mochila, hambrientos e impacientes de morder su bocadillo. Pero cuando Graham abrió su mochila, y sacó los bocadillos, y vio con horror las piedras en el fondo, no pudo impedir gritar.
«¿Qué ocurre ahora?» preguntó, visiblemente enervada, la madre de Henry
«¡Piedras en mi mochila! ¡Han metido piedras en mi mochila! ¡Pero están locos estos chicos!»
«Graham, cálmate, ¿entendido?» dijo Regina, y después se giró hacia los chicos «¿Habéis sido vosotros quienes habéis metido piedras en la mochila de Graham?»
Aunque se morían de ganas de echarse a reír, los muchachos no se atrevieron a soltar su alegría, al ver la mirada furibunda de Regina
«Sí, fui yo» respondió honestamente Matthew «Pero, es porque…¡las colecciono!»
«¿Coleccionas piedras?» gritó Graham «Pero, ¡qué tontería! ¡Es una barbaridad! Me destrozan la espalda por una colección de piedras…No, ¿en serio…?»
Matthew, con la cabeza gacha, no se atrevía a sostener la mirada de Regina. Sin embargo, cuando elevó los ojos, vio en los de la morena un resplandor particular. Aliviado, comprendió que no se lo echaba en cara, pero ella para mantener las apariencias se lo reprochó.
«Tienes derecho a coleccionar lo que quieras, Matt. Pero podrías haber prestado más atención a tu mochila y no dejar que Graham la cargara»
«Sí, perdón Regina. Perdón Graham…»
«Venga, incidente cerrado. ¡Buen provecho a todos!» concluyó Regina
Matt, aliviado, lanzó una mirada cómplice a su hermano. ¡Iban por el buen camino, Graham no tardaría en derrumbarse!
