20
Serena le mostró a Darién la habitación donde Kenji guardaba sus armas, y juntos seleccionaron un machete, un hacha y varias dagas con piedras preciosas en la empuñadura. Ella no dejaba de parlotear alegremente para que él no tuviera ocasión de volver a mencionar la Llave Absoluta. Cuando terminaron, ambos se materializaron en la cueva en la que habían dejado a Kenji.
Aunque Serena llevaba un traje térmico y un abrigo, notó un frío gélido al instante.
Demonios, se había acostumbrado al calor, y ya no estaba preparada para el frío. Se estremeció y miró a Darién. Su color era más saludable, y se mantenía en pie sin tambalearse, pero tenía unas profundas ojeras y arrugas de estrés alrededor de la boca.
Todavía no había recuperado todas sus fuerzas, y eso preocupaba a Serena. Además, él creía que iba a morir. Antes, ella había oído aquel eco en su mente. y había estado a punto de echarse a llorar como un humano patético.
—La cueva está vacía —dijo Darién, disgustado.
No sólo estaba vacía, sino también limpia, como si nunca hubiera habido nadie allí.
Como si la lucha y las muertes no hubieran sucedido. El miedo se apoderó de Serena.
—¿Dónde crees que está Kenji?
—O se ha ido a casa, o está de camino a la cima.
—Vamos a ver si ha continuado hacia la cima, ¿de acuerdo? —dijo ella.
Los dos se tele transportaron a la cresta de la montaña, y momentáneamente, quedaron asombrados por el brusco cambio de temperatura y luz. En la caverna de los
Cazadores hacía frío, pero allí... Aquello era terrible. Serena sintió que se le formaba hielo en el interior de la nariz y los pulmones; se le heló la sangre. El viento cortaba como un cuchillo, y sólo se veía un débil rayo de luna, que pintaba los picos escarpados de un matiz etéreo.
Serena miró a Darién, y se dio cuenta de que estaba muy fatigado. Materializarse debía de haberle costado un gran esfuerzo, y se sintió angustiada.
—No veo a Kenji —dijo él, para distraerla.
—¡Estoy aquí! —dijo una voz.
Serena se volvió y vio un pico plateado cuyo mango era asido por una mano enguantada. Kenji tiró de sí hacia arriba. Llevaba la cara cubierta por una máscara blanca que lo mimetizaba por completo con la nieve; salvo por los ojos. Brillaban mucho, tan azules y profundos como el mar.
—¡Un poco de ayuda! —exclamó.
Darién se agachó y lo agarró por la muñeca. Quizá estuviera mal por su parte, pero
Serena prefería que Kenji se cayera por el precipicio a que Darién corriera el riesgo de caerse. Serena se colocó detrás de su amante y lo asió por la cintura para mantenerlo en equilibrio. Entre los dos subieron a Kenji.
El guerrero se puso en pie, sacudiéndose la nieve de los hombros. Después se inclinó, intentando tomar aire.
—Hacía años que no escalaba.
—Deberías intentar tele transportarte —le dijo Serena.
Él la miró con el ceño fruncido. Serena se rió. Darién soltó un resoplido.
—Me asombra que no hayas vuelto a casa —dijo Serena.
—¿Y darte más razones para quemar mi libro o arrancarle las páginas? —Kenji se irguió y paseó la mirada por aquella vasta extensión de nieve. No había nada más que kilómetros de manto blanco. Después, el guerrero miró a Darién —. Tienes buen aspecto, a pesar de tus recientes heridas.
—¿Dónde puede esconderse un monstruo aquí?
—preguntó Darién, haciendo caso omiso del cumplido.
—Puede que sea un camaleón —sugirió Serena—.
Quizá sea del color de la nieve y esté aquí mismo ahora.
Los tres miraron hacia abajo. Pasaron unos minutos y no ocurrió nada; hubo un suspiro colectivo de desilusión. Kenji se concentró en ella, abrió la boca y después la cerró. Al ver el arma que llevaba a la espalda, frunció el ceño.
—Bonita espada —le dijo secamente.
—Gracias.
—Es una de mis favoritas.
—Si te portas bien, te la devolveré en uno o dos años.
—Oh, qué buena eres conmigo.
—Lo sé. Y ahora, creo que estábamos hablando sobre Berjerite.
Kenji hizo una pausa y estudió nuevamente el terreno.
—Bueno, ¿por dónde vamos ahora?
—Por allí. Manteneos alerta —dijo Dar, y los tres emprendieron el camino y avanzaron lentamente durante horas.
Al principio, Serena sentía todo el cuerpo entumecido a causa del frío. Aquello debería de haberle facilitado las cosas, pero no fue así. Mover los brazos y las piernas era como mover troncos de miles de kilos de peso. Para distraerse, preguntó a Kenji: —¿Sabes cómo es Berjerite? ¿Es buena luchadora?
—Es invencible. Cada vez que le cortas una cabeza, surge otra en su lugar —dijo
Kenji con un suspiro —. ¿De verdad crees que podrás vencer a semejante criatura,
Serena? Eres fuerte, pero no tanto.
Uno de los crampones de las botas de Darién tocó con una roca de hielo que no se rompió, y él se tambaleó hacia delante. Estaba de nuevo debilitado, y pasó un momento hasta que pudo recuperar el equilibrio. Serena no quería que Kenji pensara que Darién era un guerrero menos valioso que él, así que se obligó a no ayudarlo.
—¿Ahora qué te pasa? —inquirió Kenji.
Darién se encogió de hombros.
—Si los enemigos piensan que estoy debilitado, me subestimarán.
Kenji lo pensó durante unos segundos, y después asintió.
—Cierto, pero yo no veo a ningún enemigo por aquí.
—El tiempo lo dirá —respondió Darién.
Serena experimentó una oleada de orgullo por Darién.
Mientras continuaban, otra ráfaga de aire helado los envolvió.
—¿Qué hiciste con los cuerpos de los Cazadores?
—le preguntó Darién a Kenji.
—Me ocupé de ellos —dijo el guerrero lacónicamente—. Eso es lo importante. Si alguien los encuentra, los humanos inundarán estas montañas para investigar su asesinato.
—Muy listo —dijo Serena—. Por los dioses, ¿dónde demonios está Berjerite? No veo huellas, y estoy empezando a sentirme confusa. ¿Y si se ha ido del Ártico? Eso me convertiría en una gran idiota, y dañaría mi reputación seriamente. Darién se acercó y le dio un beso rápido. Su fragancia sensual inundó la nariz de Serena y la embriagó de pasión.
—Tú no eres idiota.
—Puaj —dijo Kenji —. Esto resulta repugnante.
Entonces la miró con los ojos muy abiertos. —Os habéis unido, ¿verdad? Te has entregado a él a pesar de tu maldición. ¿Por qué?
—El amor no es repugnante, y es todo lo que voy a decir al respecto.
Con pena, se apartó de Darién y le dio una palmada a Kenji en el brazo.
—Espera a que te llegue el turno. Espero que tu media naranja te vuelva loco y no quiera tener nada que ver contigo.
—Quizá tenga esa suerte.
—Ya veremos —dijo ella misteriosamente.
Kenji se detuvo en seco.
—¿Acaso sabes algo? ¿Has oído algo? ¿Qué sabes, Serena?
—No sé nada —admitió ella.
Una semana antes le habría mentido y le habría dicho que sabía algo. Habría hecho que le suplicara antes de darle la información, y habría disfrutado con todo ello.
Darién debía de estar teniendo un efecto negativo en ella. Seguramente incluso iba a dejar de robar. Sin darse cuenta, sonrió. Lo más probable era que estuviera demasiado ocupada con el sexo como para molestarse en robar, así que el cambio era justo.
—Apestas —dijo Kenji con un suspiro, y continuó la marcha.
Aunque estaba muy cansada, Serena se las arregló para seguir su paso. Pronto, comenzó a tropezarse con todos los obstáculos del camino.
—¿Cuánto tiempo más vamos a buscar? —gimoteó—. No es que quiera dejarlo, ni
nada por el estilo. Sólo estoy preguntándome.
Darién le pasó el brazo por los hombros, ofreciéndole consuelo, calor y amor. A ella le dolían los pies y tenía un frío espantoso, pero teniendo a Lu cien tan cerca, no le importaba. Sólo le importaba encontrar aquella estúpida jaula.
De repente, Kenji se detuvo. Serena y Darién lo miraron con curiosidad.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Kenji con un jadeo. Había palidecido.
—¿Dónde? —preguntó Serena, a quien todo el terreno le parecía igual—. Yo no veo nada.
—Allí —dijo Darién con excitación, y señaló algo.
Ella siguió la línea de su dedo y, al principio, sólo vio jirones de nieve. Después, cuando un rayo de luna se reflejó contra los copos blancos, distinguió la silueta arqueada de... ¿una puerta?
Con un grito de alegría, le rodeó el cuello con los brazos a Darién.
—Es eso. ¡Tiene que serlo! ¿Adónde creéis que conduce?
—Quizá no sea nada —dijo Darién.
Kenji dejó caer la cabeza hacia atrás y miró al cielo como si rezara.
—Quizá deberíamos volver atrás.
—Por nada del mundo —respondió Serena. Soltó a Darién y avanzó—. Ve primero o apártate, Kenji. Vamos a entrar por esa cosa.
