Trampas de un amor prohibido.

Harry cayó al suelo con un ruido seco.

Tanteó en la oscuridad con rapidez, buscando sus gafas.

—¡Harry!— el moreno sintió como su amigo lo ayudaba a levantarse. —¿Estás bien?—

—Mi tobillo.— se limitó a decir haciendo una mueca de dolor y mirando a su alrededor.

—Harry, ¡yo también he soñado con este árbol!— susurró Ron ahogadamente. Tragó saliva y miró alrededor con ojos hipnotizados.

El interior de Franco parecía cualquier cosa menos un árbol. Una especie de pequeña cueva, húmeda y fría, parecía constituir el verdadero espíritu de éste.

—Será mejor que nos movamos.— comentó Harry con un ademán, recordando repentinamente la Banshee que dejaron tras ellos.

—He estado soñando con Franco todo este tiempo.— continuó el pelirrojo con insistencia. —En mis sueños, Hermione llegaba hasta aquí y observaba entre sus ramas a…. — Ron se cayó abruptamente, mirando al vacío. —¡Harry! Franco estuvo tratando de decírmelo todo este tiempo. Malfoy y Hermione…—

Harry no le estaba prestando atención. Dio varios pasos cautelosos, tratando de no pisar el barro negro que burbujeaba en el centro de la cueva. Bordeó la orilla, haciéndole indicaciones a su amigo para que lo siguiera, todo con tal de alcanzar un pequeño claro que brillaba al fondo. Alumbró lentamente con su varita, pero no era necesario, puesto que cuando enfocó bien la vista, un centenar de flores le devolvieron la mirada con su brillo, juguetonas.

Ron tragó saliva, inseguro.

—¿Has visto algo como esto antes?— El moreno negó lentamente con la cabeza y se acercó más al pequeño nicho floral. Arrugó la nariz con curiosidad.

—Son hortensias brillantes— Ron alzó una ceja. —Mis tíos…— intentó explicarse el Gryffindor. —Tienen lleno de hortensias el jardín.—

—Harry… no creo que sea buena idea…— Harry interrumpió la oración de Ron soltando un fuerte estornudo. —¡No las toques!—

—¿Por qué no?— quiso saber Harry al tiempo que arrancaba sin compasión un pequeño ramo de ellas.

—¿No sientes el peligro? ¿Qué nunca te leyeron Erlink, el come niños? ¿O la venganza de los snidgets? ¡No puedes solo perturbar un sitio porque si!—

—Pero ya lo hice. Y no pasó nada, no tienes por qué alterarte.—

—¿Por qué eres así? ¡Siempre queriendo arruinar el orden de las cosas!— explotó el pelirrojo al tiempo que le aventaba el racimo de hortensias de la mano. Harry pestañeó varias veces, sin comprender.

—Ron, ¿Qué…?—

—¡Viniste aquí a joder las hortensias solo porque podías!— lo acusó dando un paso hacia adelante. Harry retrocedió instintitvamente. Una pequeña nube de paranoia se cirnió sobre él al observar a su amigo y su corazón empezó a latir, desbocado. —Así como viniste y jodiste a mi familia porque tu llegada solo acrecentó nuestro fracaso.

Ron, basta. No se que te habrá hecho decir todo esto pero…—

—¡Los Weasley somos escoria por apoyar a chiflados como Dumbledore y tú! Y ni así me harán premio anual, seguro eso también lo mereces y…— Ron se detuvo abruptamente, abriendo los ojos como platos. El corazón de Harry también se detuvo al sentir que, al igual que Ron, estaban flotando a más de 4 pies del suelo. —¿Qué estás haciendo? ¡Bájame ya!—

—¡No soy yo!—

—¡Me estás inflando como a tu tía!— gritó el pelirrojo, entrando en pánico. Harry empezó a sentir su respiración entrecortada; sudaba a raudales, su corazón latía de manera desbocada, sentía la boca seca y estaba empezando a temblar de escalofríos. A su vez, flotaba.

Millones de pensamientos bordearon su mente en cuestión de segundos, mientras Ron no dejaba de lanzar alaridos de indignación y manotazos al aire.

¿Qué les estaba sucediendo a ambos? ¿Por qué Franco parecía más una cueva que un árbol? ¿Por qué Ron decía todas esas cosas? ¿Desde cuándo la amistad y el rencor se conocían?

Ron lanzó un grito ensordecedor y empezó a zarandearse frenéticamente en el aire.

—¡ARAÑAS! ¡QUITÁMELAS!— el chico parecía poseído por un demonio que arrojaba tarántulas imaginarias a su cabeza, puesto que, en mitad de la nada y flotando como estaba, no podía haber ningún arácnido que lo molestara.

Harry blandió su varita al suelo, sin éxito. Pensó desesperadamente en Hermione, y en cuánto la necesitaban en realidad en esos momentos.

Sus pensamientos se vieron nuevamente interrumpidos cuando el moreno sintió una especie de frío congelarle el alma y millones de malos recuerdos empaparle el cerebro. Miró a todos lados, buscando nervioso lo que su instinto ya había advertido.

Expecto… Expecto…—

—¡QUÍTAME LAS MALDITAS ARAÑAS!—

Antes de desmayarse, Harry pudo sentir como ambos eran jalados hacia arriba. Con un arrebato de locura, sintió que estaban siendo tratados como títeres, sirviendo de entretenimiento y sucumbiendo antes los hilos imaginarios de Franco… o de las hortensias que habían tocado con anterioridad.

La cabeza la daba vueltas cuando abrió los ojos.

La cicatriz le palpitaba, alocada, cuando pudo porfin enfocar la imagen que tenía al frente.

Harry supuso que seguía dentro de Franco, aquel tronco que tanto parecía una cueva fría y olvidada. Cuando vislumbró el pequeño trono que se alzaba frente a él, sintió escalofríos.

Un envejecido Kodama se encontraba sentado allí, con una arboleada corona en su deforme cabeza. Cuando el Kodama abrió finalmente sus penetrantes y oscuros ojos, Harry entró en una especie de trance, sumergido y dominado por aquellos pozos negros.

El Gryffindor jamás en su vida se había sentido tan perdido, ya que nada de lo que estaba viviendo parecía real. Se preguntó en un arrebato de pánico si esto sería otra alucinación más. Sentía que su mente era presa de un cuerpo que no alcanzaba ver. ¿Estaría todo sucediendo dentro de su cabeza? ¿Acababa de desmayarse?

He visto tu corazón, y es mío.

Harry se sobresaltó al escuchar aquella voz ponzoñosa retumbar en su cabeza.

"¿Franco?"

Harry Potter.

"¿Dónde está Ron? ¿Por qué me has traido hasta aquí?"

Estás haciendo las preguntas equivocadas.

Harry intentó serenarse y decidió embestir de nuevo

"¿Qué verdad quieres decirme?"

Franco guardó silencio unos segundos. Miles de imágenes empezaron a zumbar frente a sus ojos. El chico reconoció al instante un niño enclenque con gafas rotas observando con envidia el juguete nuevo de Dudley Dursley por la rendija de la habitación.

Su carta a Hogwarts.

Su primer pastel de cumpleaños.

La primera vez que tocó el plumaje de Hedwig.

La sonrisa de Ron.

Una imagen de Hermione sumergida entre libros en la biblioteca.

Un colacuerno húngaro.

Cho Chang agarrada de manos a Cedric Diggory.

Un abrazo de Sirius Black.

Una pelea con Malfoy.

La horrenda figura de Voldemort dentro de un saco, sostenido por Peter.

La Madriguera.

Ginny encima de él.

Su mente se detuvo ante esta visión. Harry miró sin palabras como el recuerdo de Ginny se movía sobre él de manera incansable. Y, a pesar de que sentía la necesidad de seguir visualizando más escenas en su vida, solo ésa ocupaba su mente.

¿Esa es la verdad que anhelas?

Harry asintió, profundamente avergonzado.

Tu corazón es humilde y puro. Pero el de Ginny Weasley no lo es. Su amor por ti está cargado de anhelo y frustración. La sombra de un antiguo amor manchará todos y cada uno de los momentos que puedas llegar a tener con ella. Te comparará con aquel que la amó sin medida y no importa cuánto hagas para alegrarla, ella jamás será feliz a tu lado.

"¡Mientes!" Pensó Harry, tratando de olvidar todo lo que Franco le decía.

Yo no puedo mentir atajó simplonamente el kodama. Pero no debes preocuparte, Harry Potter. Amarás a otras mujeres, y muchas más te amarán. Compartirás tu eterno lecho con varias, brujas o no, más de lo que cualquier hombre podrá jamás. Porque a diferencia de lo que profundamente crees, mereces ser amado.

Sin embargo… continuó Franco con voz gruesa y clara. Era tan ruidosa como dos piedras golpeándose pero tan musical como un arroyo. Podrías gozar de un destino diferente si la profecía que te ata a Lord Voldemort no se cumple a tu favor.

La cabeza de Harry daba vueltas, sin embargo, intentó mantenerse más firme que nunca, escuchando al kodama con atención.

El único con poder de derrotar al Señor Tenebroso se acerca… Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo a concluir el séptimo mes…. Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce… Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida….

"Sé que debo ser yo"

Uno de los dos deberá morir a manos del otro. No hay otro camino posible. Repitió la voz en su cabeza.

El chico sintió un extraño escalofrío al escucharlo y, por primera vez, un horrible pensamiento se materializó en su cabeza.

"¿De lo contrario no morirá?" Un fuerte pinchazo en la cicatriz le sacó unas cuantas lágrimas, mientras todo quedaba finalmente claro dentro de él. "¿Es bidireccional la profecía?"

Morir es la más preciada recompensa de un vivo. Si, Harry Potter. Sólo uno de los dos podría hacerlo.

Vence al Señor Oscuro, Harry Potter. Véncelo y jamás morirás, véncelo y serás para siempre El niño que vivió.

Harry intentó escapar de sus palabras, pero era preso de su propio cuerpo. Franco dejó escapar una carcajada venenosa que parecía acabar con él en cualquier momento. Se retorció sobre si mismo, haciendo un hoyuelo en el suelo, mientras intentaba dejar de pensar. ¿Desde cuándo era tan difícil no hacerlo?

—¡Harry!— el moreno creyó escuchar la voz de Ron en algún rincón de su cabeza. Pensó desesperadamente en Hermione, intentó enfocar con todas sus fuerzas el flujo de sus pensamientos para que todos estuvieran dirigidos a ella, como si la chica fuera una pequeña ancla para su cordura.

"—El diario, el anillo, el guardapelo, la serpiente, algo de Ravenclaw, algo de Hufflepuff… ̶ susurró la castaña contando con los dedos. ̶¡Estoy segura que es eso, Harry!—"

Harry abrió finalmente los ojos ante ese recuerdo. Volvió a fijarse en la pequeña corona que portaba Franco encima de la cabeza.

—¡HARRY!— El Gryffindor giró la cabeza y vio como Ron se acercaba hasta él, cojeando y con la varita en ristre.

—¡Hay que quitarle la corona, Ron!— el pelirrojo apretó los labios con fuerza, mientras sus ojos brillaban, decididos.

Esta vez, Franco arremetió contra Ron. Sus temibles y profundos ojos se posaron en él, haciendo que éste se congelara a medio camino con su varita aún levantada, cerrando sin previo aviso los ojos y cayendo al suelo.

—¡NO! ¡RON!— el chico empezó a retorcerse con fuerza, como en una especie de convulsión, negando frenéticamente con la cabeza ante lo que sea que el Kodama le estuviera diciendo.

Con rapidez, pero con la mente aún entumecida, el chico blandió con fuerza la varita.

¡Carpe Retractum!— gruesas y electrizantes cuerdas púrpuras salieron de la punta de la varita de Harry y se sujetaron con firmeza al pequeño trono de madera. Franco seguía con sus abiertos y gigantescos ojos, concentrado en hacer enloquecer a Ron. Las cuerdas del hechizo jalaron con un insólito impulso a Harry, cayendo sobre el trono de la criatura. Pero por mucha fuerza que el chico empleó para desprender la pequeña corona de Franco, nada daba resultado.

Ron finalmente abrió los ojos. El suelo y las paredes comenzaron a temblar con furia. Harry casi sentía las palpitaciones de su alocado corazón cuando Franco giró lentamente su deforme cabeza, dispuesto a mirarlo nuevamente a él. Harry cerró los ojos inmediatamente. El árbol estaba enfurecido, maniático y un fuerte ruido lo alertó al ver como el árbol empezaba a clavarse así mismo las gruesas ramas.

—¡Harry, hay que salir de aquí!— El moreno estuvo de acuerdo, pero seguía sosteniendo la corona en un vano intento por arrancársela a Franco.

Todo a su alrededor empezó a dar vueltas. Las ramas se clavaban, alocadas y con fervor en el tronco, dando paso a gigantescos huecos con hojas brillantes esparcidas por doquier; el árbol parecía estarse destrozando así mismo. A lo lejos, escuchó un grito de Ron, mientras éste intentaba esquivar una de las gruesas ramas que caían.

Por última vez, Harry sintió que estaba siendo observado. Se atrevió pues, a abrir los ojos ligeramente, solo para darse cuenta que cientos de kodamas, de todas las formas, colores y tamaños arremetían contra el trono de Franco.

Mientras las pequeñas creaturas parecían consumir al Kodama mayor, éste le dirigió una última y venenosa mirada a Harry. Inclusive el chico creyó ver una sonrisa antes de contagiarle su ponzoña.

Hagas lo que hagas por morir… vivirás para siempre, Harry Potter.

(. . . .)

Hermione apretó con fuerza su varita.

No sabía cómo, pero su plan había funcionado.

Le había logrado tender una trampa a Malfoy, y éste ahora no podría escapar de ella y lo haría pagar por todas y cada una de las cosas que le hizo, pensó en un arrebato de impotencia.

Su corazón sangraba, y se sentía tan herida que no podría ver qué había más allá de su dolor. Cuando sus grises ojos se posaron ferozmente en ella, recordó cada una de sus hirientes palabras, acompañadas como aguijones de la cruel verdad que había dicho.

No lo dejaría escapar.

No lo dejaría abandonar el castillo y reunirse con Voldemort.

No permitiría que el secreto de Harry y Dumbledore, ese que ella se empeñó en confiarle, abandonara los recintos de las Mazmorras.

Porque Draco Malfoy era un mortífago, lo quisiera o no.

—¡Estás cometiendo un error, suéltame!—

—¿Un error? ¿Un error?— gimió, encolerizada. — Él único error aquí eres tú, Malfoy.—

—¡Suéltame, Granger!— es lo único que siseaba Malfoy, mientras se retorcía fervientemente en el suelo, serpenteando a sus pies.

—¡No! Gracias por dejarme en claro que eres mi enemigo, y que nunca me quisiste.— la catsaña interrumpió su discurso cuando percibió un ruido fuerte y metálico a su izquierda. El sonido llegó hasta ser melodioso para ella. Luego de esto, una carcajada aguda pero desquiciada invadió el lugar.

Hermione sintió como todo el color se le iba del rostro. Desfalleció ligeramente al escuchar aquella voz.

—¿Alguien está jugando sin mi? ¡Yo también quiero jugar!— chilló la voz de Bellatrix desde el mismo fondo de la pared.

En ese mismo instante, Hermione sintió como vibraban las paredes, y un crujir intenso proveniente de ningún lado en particular la hicieron mirar confundida hacia a Malfoy, quien supo interpretar su expresión interrogante.

¿Cómo había sido tan tonta? Al mirar el rostro del Slytherin, comprendió lo mucho que el chico conocía, a diferencia de ella, su morada.

Draco Malfoy giró sobre si mismo en el piso al mismo tiempo que el crujir se hizo más intenso y un pasadizo angosto y rectangular se materializó entre el suelo y la pared izquierda.

—¡No!— gritó la castaña, al ver horrorizada como el cuerpo del rubio desaparecía por el hueco de la Mazmorra.

No pudo reaccionar a tiempo porque la carcajada socarrona de Bellatrix Lestrange la hizo palidecer nuevamente, y su figura, alta y demacrada se alzó frente a ella, blandiendo su varita con decisión. Hermione esquivó el hechizo echándose para atrás y, olvidándose de Malfoy, empezó a correr a toda la velocidad que le permitían sus piernas por el pasillo. Los pasos de ambas brujas retumbaban escandalosamente por el recinto.

—¡El gato se metió solo en el nido de ratas!— habló cantarinamente, mientras Hermione lanzaba miradas desesperadas a todos los corredores del pasillo, entendiendo porfin que había entrado en un mortífero laberinto que solo conocían las serpientes. Cuando el retrato de un vampiro abrió su marco de par en par, la chica no tuvo que pensarlo demasiado. Pero el atajo la condujo a otra ala de las Mazmorras, donde los pasillos que se alzaban frente a ella se cruzaban entre si, desafiantes. El fuego de las antorchas onduló fantasmagóricamente cuando Hermione pasó a toda velocidad cerca de ellas. Sudaba a raudales y con cada pasó que daba, sentía que se iba perdiendo más y más dentro de aquellos calabozos. En realidad, la castaña jamás pensó que aquellos pasillos húmedos, silenciosos y endemoniadamente iguales jugaran con su mente hasta el punto de quebrarle los nervios, como estaba pasando.

Cuando las paredes volvieron a vibrar con violencia, y un crujido que parecía ascender de la misma tierra volvió a manifestarse, Hermione pegó un brinco de impresión al entender que dicho ruido anunciaba algún cambio mágico en las Mazmorras. Esta vez, al ver como las paredes empezaban a rotar de posición, se encaminó con decisión hacia una y rotó con ella, quedando estancada en otra área, totalmente nueva.

Pero la risa de Bellatrix volvió a materializarse también. Había quedando en el mismo pasillo que ella. Cuando la bruja lanzó un hechizo hacia Hermione, ésta gritó, esquivando el relámpago de luz verde que casi le toca una pierna. La Gryffindor empezó a llorar, mientras se disponía a escapar nuevamente de Bellatrix.

Jamás saldría de aquel laberinto. Al menos, no con vida.

Piensa, Hermione, se suplicó así misma, cuando creyó haber perdido a Lestrange de vista. Pero el hecho de ser perseguida dentro de un laberinto como un maldito ratón de prueba, sabiendo que si dejaba de correr moriría, quebrantaba toda su capacidad mental hasta entonces, intachable.

—¡Buuuuuu!— Bellatrix, con su cabello largo y negro pegado al cráneo y su rostro demacrado, apareció frente a ella nuevamente. ¿Cómo era posible esto? —¡Cruc…!—

¡Impedimenta!— la fuerza del hechizo empujó a Bellatrix hacia atrás quien casi se cae por andar en tacones. Bellatrix contraactacó con otro hechizo, e inmediatamente empezaron a batirse en un duelo del que Hermione dudaba que pudiera salir bien parada, tomando en cuenta que la mortífago solo usaba maldiciones imperdonables o encantamientos oscuros y ella en cambio, no podía hacer otra cosa además de esquivarlos o defenderse.

Cuando las Mazmorras empezaron a crujir nuevamente, y Hermione sintió las vibraciones en las paredes, supo que este era su momento.

Miró por encima del hombro de Bellatrix hacia algún punto lejano.

—¡Harry, no!— la mujer abrió los ojos de par en par y giró sobre si misma. Hermione apuntó con decisión la varita a sus pies. —¡Tarantallegra!— el haz de luz le dio de lleno a la bruja por culpa del engaño, y sus piernas empezaron a bailar descontroladas, siguiendo el ritmo de los crujidos de las paredes. Cuando otra abertura angosta y rectangular se abrió frente a ella, Hermione se agachó con rapidez y se entregó como pudo a la profundidad del pasadizo, mientras escuchaba el fuerte taconeo de Bellatrix.

Hermione quedó frente a un pasillo mucho más ancho de los que había visto hasta ahora. Esta vez, estaba repleto de calabozos. La chica hasta pudo alcanzar a ver los grilletes del fondo, que yacían oxidados y llenos de telarañas, consumidos por el olvido. No solo eso; cuando alzó la vista hacia arriba, en cada marco del techo podía ver gruesas púas negras que sobresalían de unas rejas, lo que la hizo entender que el mismo pasillo también podría servir del celda.

La única puerta que observó al fondo era también más grande y alta de lo normal y estaba encadenada. Cuando Hermione, utilizando su varita, abrió la puerta con un fuerte chirrido y la atravesó, dispuesta a esconderse allí, no pudo evitar soltar un grito, impresionada.

Más allá, en el fondo de la recamara, un troll alzó su deformada cabeza y la miró. Vestía harapos que le cubrían a duras penas las piernas y sostenía un grueso mazo en su mano derecha. Además, la sala olía increíblemente mal. Hermione empezó a retroceder lentamente para cerrar la puerta, preguntándose así misma que podría estar haciendo un troll ahí. Éste, se levantó pesadamente y gruñó, mirándola con expresión interrogante. El recuerdo la golpeó con furia, casi haciéndola caer. Con una oleada de terror, se preguntó así misma si sería posible que ésta no fuera la primera vez que se veían. ¿Qué tal si él era el mismo troll que la atacó en el lavabo de niñas hace ya tantos años? ¿Qué tal si nunca abandonó el colegio?

Los diminutos ojos del troll brillaron cuando escudriñaron algo que estaba más allá del hombro de Hermione. Cuando la chica se volteó, la figura de Bellatrix la apuntaba firmemente con la varita, bastante divertida.

—¿Y Harry?— preguntó con voz risueña. —¿Dejará que su amiga sangre sucia muera hoy?— el troll lanzó un gruñido más aterrador y dio un paso al frente. Los dientes de Bellatrix se ensancharon al ver como el terror dominaba el cuerpo de Hermione. A espaldas de ésta, el troll siguió dando unos pesados pasos, directo hacia la salida, mientras Bellatrix levantaba finalmente su varita, dispuesta a acabar con Hermione. Cuando la castaña vio como el pasillo entero se iluminaba de un verde resplandeciente, supo que moriría, atravesada por el impacto de tan potente embrujo; más su muerte jamás llegó, pues el cuerpo de Bellatrix cayó con un ruido sordo al suelo, con el pecho iluminado por el hechizo y el rostro constorsionado de impresión.

Al otro lado del pasillo, el pecho de Draco subía y bajaba notoriamente, su rostro brillaba en medio del oscuro recinto como producto del sudor perlado y sus ojos pestañeaban con impresión, indudablemente asustado por lo que había hecho.

Ambos chicos se miraron un segundo, como dos desconocidos.

—Dra..Draco…— empezó la castaña, demasiado conmocionada como para pensar con claridad.

—¡CORRE!— Inmediatamente, sintió a sus espaldas como el aire se partía en dos una vez que el troll blandió su mazo contra Hermione.

La chica empezó a correr, pasando por encima del cuerpo de Bellatrix y aceleró aún más, mientras era liderada más adelante por Malfoy. El troll gruñía y lanzaba manotazos a diestra y siniestra por el pasillo. Ambos chicos corrieron endemoniadamente por los corredores, lánzadole cosas que de alguna manera obstaculizaran el avance del troll. Cuando doblaron la última esquina, el corazón de Hermione dio un vuelco al vislumbar el pasillo que daba hacia la entrada del vestíbulo.

No entendía como Draco había encontrado la salida, pero no estaba interesada en volver a pisar las Mazmorras jamás.

Hermione en medio de la carrera y los gritos del troll apuntó su varita al suelo de los calabozos. —¡Glacius!— sin previo aviso, parte del pasillo se congeló, haciendo que el troll se resbalara y cayera estrepitosamente al suelo, lastimándose su grotesca cabeza hasta alcanzar la inconsciencia. El ruido seco hizo temblar el pasillo, el cual empezó a crujir nuevamente, hundiendo a Hermione de nuevo en un peligroso estado de pánico. Con un ruido metálico, la chica admiró con horror como las púas del último marco se salían de su sitio, dejando caer una gruesa y pesada reja a toda velocidad hasta el piso. La reja cayó en el camino de ambos, separando su huida de la de Malfoy; convirtiendo el pasillo en una celda para ella.

Hermione chocó contra la reja y la zarandeó frenéticamente, intentando escapar. En ese instante, Malfoy porfin detuvo su carrera, se giró y la miró. Dio varios pasos temerosos hacia ella con la mano degollada levantada en su dirección, cuando dos figuras se alzaron del otro lado, en el vestíbulo, de espaldas al Slytherin.

—¡Draco!— el rubio volteó al instante ante el llamado de Snape. El hombre lucía apurado, y estaba acompañado de una figura encapuchada de menor tamaño y más delgada que él. —¡Deprisa! Potter no está en el castillo.—

Hermione pudo ver como Draco parecía haber desatado una pelea interna dentro de él. Sintió como éste le lanzaba una mirada indescifrable, carente de brillo o expresión, y sin decir nada, le daba la espalda, emprendiendo finalmente y a toda prisa su huida; dejándola atrapada y sola en las Mazmorras.

Hermione quiso creer que sus iris grises la miraron suaves, como la niebla; pero entendió, con un arrebato de remordimiento, que ambos se habían traicionado esa noche.

Los dos habían sido unos tramposos.

(. . . .)

Como era de esperarse, Hogwarts no abriría nuevamente sus puertas.

La noticia de lo sucedido se había extendido con extrema rapidez, y la mayoría de los alumnos habían desalojado el castillo esa misma mañana. Muchos se quedaron, sin embargo. Había un número considerable de fallecidos que habían sido velados y enterrados en los terrenos del castillo, más allá del Sauce Boxeador.

Harry no quiso asistir a ningún velorio. Tenía miedo de descubrir quien había perdido la vida por su culpa. La noticia de lo que había sucedido mientras él y Ron estaban ausentes había calado en lo más profundo de su ser. Y lo que era aún peor: Dumbledore no estaba allí para verlo.

Dejaría lo que fue su hogar para siempre, con la esperanza de que por lo pronto, el final llegaría antes de lo esperado.

Luego de recuperar la corona de Franco, pudieron salir con vida del bosque prohibido gracias a la intervención de Dumbledore. Éste, les ordenó claramente callarse todo lo que habían visto u oído esa noche, les informó lo que había sucedido en el castillo y trató de tranquilizar a Harry, con la esperanza de saber que tendría que volver a Privet Drive una sola vez más. Luego desapareció, debido a su condición de prófugo. Pero Harry sospechaba firmemente que en realidad su director estaba buscando al muggle que había huído del castillo.

No habían tenido chance de dormir, a pesar de que Madame Pomfrey le había hecho beber una pócima para ello. Permaneció largas horas en su cama, aislado, intentando ignorar la realidad en la que estaba. Pero su mente tampoco era un sitio seguro. Desde que había mantenido aquel dialogo con Franco, sólo podía oír una y otra vez las palabras de éste cuando cerraba los ojos. Al principio no lo creyó, pero luego, cuando un cabizbajo Ron cambió sus horas de sueño por ir a hacerle compañía a su hermana, se enteró del horrible destino que había deparado para Marcus Flint.

Y todo había sido literalmente, su culpa.

Le parecía extraño que, a pesar de todo lo que había ocurrido y todo lo que deberían hablar, el trío de oro estaba dividido, cada uno ahogado por sus propios demonios. Sabía que Ron necesitaría tiempo, sobretodo después de lo que Franco le había dicho. Harry sospechaba que había sido algo tan malo como las verdades que él había escuchado.

Cuando salió del entristecido castillo para buscar a Hermione, la encontró inerte frente a una serie de tumbas.

Harry se aproximó con cautela, divisando varias cabezas cabizbajas que lloraban a los suyos. Cuando alcanzó a su amiga, pudo contemplar las pequeñas lápidas que sobresalían de la tierra, todas con una pequeña serpiente de plata pulcramente tallada.

Las tumbas pertenecían a Flint, Zabini, Parkinson, Pucey y Malfoy.

Harry tragó saliva con fuerza, sin percatarse que los entristecidos y acuosos ojos de Hermione lo estaban examinando desde hacía segundos.

—Lo siento mucho, Hermione.— La castaña sonrió sin ganas, y negó lentamente con la cabeza.

—Malfoy está vivo. Lo ví huir con los suyos. Sospecho que Parkinson y Zabini tampoco yacen aquí.— explicó con calma. Ambos chicos contemplaron las lápidas unos segundos más, en un apacible pero palpable silencio.

El moreno suspiró con fuerza, preparándose mentalmente. Luego lo intentó, de nuevo.

—No te estaba dando el pésame.— intentó explicarse. Luego, al ver la cara interrogante de Hermione, sacó un pequeño tulipán del fondo de su capa y se lo extendió. A pesar de que estaba modestamente orgulloso de haber logrado el encantamiento, se sentía un tanto avergonzado de aquel recuerdo.

—¿Qué…?—

—Ron y yo recibimos una buena dosis de verdad anoche. Es hora de que tú recibas la tuya.— Hermione sujetó con confusión el tulipán y dándole vueltas con la varita, cada pétalo empezó a abrirse lentamente.

La noche parecía ser fría y solitaria. El viento soplaba con su fuerza habitual, mientras Harry descendía por los terrenos del castillo, persiguiendo a un Kodama que lo instaba hacia el bosque prohibido.

Pero detuvo su trayecto cuando un crujir de ramas lo alertó y lo obligó a agarrarse con fuerza de su capa de invisibilidad. Se acercó sigiloso, al ver con asombro como de las entrañas del Sauce Boxeador salían dos figuras. O mejor dicho, una figura que mantenía atada mágicamente a otra.

La luna hizo brillar el platinado cabello de Malfoy, quien, concentrado por aquella tarea, no se dio cuenta de quien acababa de materializarse a su lado. Sus, en ese momento oscuros ojos, solo tenían interés en guiar firmemente al muggle que lo acompañaba.

Era una chica.

Su cabello era color caoba y su piel, tan blanca como la nieve. Vestía atuendos extraños y estrafalarios, mayormente negros. Ella era la clase de persona a la que Duddley y sus amigos molestarían hasta lograr su suicidio.

Aunque parecía perpleja ante todo lo que veía y se movía con torpeza, de lejos se veía que estaba embrujada por algún hechizo.

—Nunca pensé que caerías tan bajo.— Draco se sobresaltó ante su voz y miró a Harry, aterrorizado.

—¿Qué…?— El rubio se calló abruptamente y, desenfundando su varita la blandió sin pensar contra Harry. Pero el chico sostenía la suya desde que lo vislumbró saliendo del árbol.

¡Confundus!— El hechizo le dio a Malfoy de lleno en el pecho. La muggle gritó.

Gritó tan fuerte que pudo haber sido escuchada hasta en la última torre del castillo. El Slytherin rodó en el suelo y su varita cayó lejos de él. Mientras la buscaba a gachas en el oscuro césped, confundido, no se percató de que Harry se aproximó y le dio una fuerte patada en un costado, tumbándolo en el suelo.

—Maldito seas, Potter.—

—¡Hermione cree en ti!— habló el moreno, invadido por la rabia. Sus gafas brillaron con la luz de la luna, amenazantes. —¡Yo mismo, a pesar de todo, decidí creer en ti por ella!— Otra patada que hizo que el chico se retorciera de dolor en el piso. —¡Pensé que la amabas!— Draco intentó alejarse de Harry, mientras se arrastraba por el suelo. —¡Todo este tiempo he dejado a mi mejor amiga, mi hermana, tontear con un mortífago!—

—Puedo explicarlo Potter… por favor… basta… ¡Tengo una explicación!—

—Nunca las has querido. ¿Cómo supiste el atajo del Sauce? ¿Te lo dijo ella?—

—¡DEJA DE METERLA EN ESTO!— Rugió Draco finalmente, intentando levantarse. Pero Harry lo empujó con facilidad, haciéndolo caer nuevamente a sus pies. Abatido, y con lágrimas en los ojos, sus iris brillaron llenos de ira hacia aquel que siempre había sido su enemigo.

—¿Qué pensabas hacer? ¿Qué pensabas hacer antes de que yo llegara?— Draco respiraba con dificultad, negado a hablar inmediatamente.

—Romper el Estatuto Internacional del Secreto.—

—¿Eres un mortífago?— la pregunta estaba de más. Pero la sangre de Harry hervía y necesitaba extraer la verdad del chico directamente. Draco asintió, lleno de odio. —¿Desde cuándo?—

—Desde el verano pasado.— siseó, desvergonzado. Harry frunció el ceño con cólera. —Potter… por favor.— como el Gryffindor no decía nada, Malfoy continuó. —No se lo digas… No se lo digas a Granger.—

—¿Desde cuando estás en posición de exigir?—

—¡Te lo estoy implorando!— pidió, dejando escapar un miserable gemido. Harry permaneció silencioso unos cuantos segundos, mientras veía como Malfoy lloraba a sus pies, como un perro pateado.

—Guardaré tu secreto si a cambio te alejas de ella.— Draco dejó de llorar y sorbió fuertemente por la nariz. Harry suspiró. —Te frustré tus planes. Pero puedo guardar tu secreto de todos. Escúchame bien, Malfoy… Si te veo con Hermione de nuevo, absolutamente todo el castillo, incluido Dumbledore, sabrán la verdad.— Draco asintió frenéticamente, limpiándose las lágrimas y acercándose a los pies de Harry.

—Gracias, Potter… Gracias.—

El recuerdo se desvaneció rápidamente, dando paso a una habitación más iluminada, llena de todas las necesidades que requería una persona para vivir.

La muggle que había salido del fondo del Sauce boxeador exhibía la misma expresión de torpeza absoluta, pero yacía recostada sobre una cama, aparentemente interesada en un libro. Draco permanecía sentado al borde, mirándola con una expresión calculadora.

Cuando Harry entró por la puerta con un cargamento de comida, junto con Dobby a su lado, Hermione porfin entendió que estaban en el séptimo piso, en la sala de Menesteres. Dobby dibujó una expresión arrepentida cuando se acercó a Draco, su antiguo amo. Malfoy sin embargo, lo ignoró olímpicamente. Al ver a Harry, se enderezó más en su asiento y apretó los labios, intentando contener las palabras.

—¿Cómo le fue a Granger en Transformaciones?— preguntó finalmente. Hermione pudo reconocer un casi imperceptible tono de intranquilidad en la voz.

Harry no respondió. Lo miró con cara de pocos amigos y el entrecejo fruncido, haciendo que Malfoy se callara, ligeramente avergonzado.

—Dobby dice que puede traerle el desayuno mañan a Marianna. ¿Puedes cuidarla a la tarde? Presentaremos Encantamientos.— Draco asintió de mala gana, sus ojos aún perdidos en la pregunta que no le habían respondido y dándole la espalda, volvió a contemplar a Marianna, la muggle que estaban cuidando.

Hermione jadeó cuando el recuerdo cambió nuevamente. Esta vez, desde el punto de vista de Harry, vio claramente como se dirigía al séptimo piso, a la Sala que viene y va, a suplantar puesto con Draco y vigilar a la muggle por lo que quedaba de noche. Su rostro se impregnó de cólera cuando reconoció los indomables bucles de Hermione, hundidos dentro de un abrazo con Malfoy. Un abrazo que siguió a un apasionado beso.

La última escena finalizó cuando Draco corrió tras él. Pero era demasiado tarde, pues la decisión estaba tomada. Dumbledore y Harry tendrían una conversación esa misma noche.

La cara que dibujó Hermione cuando el recuerdo finalizó fue indescifrable para Harry. A pesar de que empezó a llorar silenciosamente, sus ojos en realidad bailaban, divertidos.

—Muchas gracias por mostrarme esto, Harry. Ahora, ya se la verdad.— murmuró, complacida.

El moreno suspiró y pozó una mano sobre su hombro, intentando darle ánimos.

—Atraparemos a Malfoy, descuida. Deja de llorar, él ya no merece ni una sola de tus lágrimas.— Habló Harry sabiamente, confiando en que su amiga se sobrepondría algún día de este desaire amoroso. Sin embargo, Hermione sonrió y le lanzó una mirada cargada de regocijo.

—No entendiste nada, ¿no es así, Harry?— y sin decir más, emprendió camino hacia el castillo, con una inusitada alegría que dejó espasmado al chico.