21- Un ejército
Como Starling había dicho, los efectos del tranquilizante se disiparon al cabo de una hora.
En cuanto pudo incorporarse, Sherlock salió como un rayo por la puerta. Dos ideas ocupaban su mente: descubrir el lugar al que Starling había llevado a John y cuánto tiempo le quedaba. Al llegar a la calle, un escalofrío recorrió su espalda y se estremeció. Era una fría tarde de finales de marzo. La estación le daba un poco más de tiempo, pues la luna saldría más tarde. Temblando bajo su abrigo, giró lentamente en torno a sí mismo, observando cada ventana, cada ladrillo, cada grieta del pavimento, mientras daba vueltas en su cabeza a los puntos clave de la conversación sostenida entre Starling y John.
Oh, cállate, Watson. Sólo hay una forma de curar tu licantropía, y no habríais tenido tiempo para hallar otra.
El cerebro de la operación.
¿Le invitamos a formar parte de la manada?
Inmóvil mientras la gente pasaba a su lado, con la mirada nublada perdida en el suelo de cemento, Sherlock comenzó a experimentar su epifanía.
Como John había dicho, había comenzado sus experimentos en Afganistán, y los únicos resultados satisfactorios de su trabajo parecían provenir de John, lo que explicaba su obsesión por él. Eso y el deseo de vengarse por haber destruido su laboratorio casero.
A Starling se le había escapado que había una cura y también que no era química. Debía tener algo que ver con el propio Starling. ¿Por qué, si no, estaba tan interesado en hacerse con las notas de Sherlock?
Operación. Starling pretendía llevarse a John y observar la fase final de su experimento: la transformación. Las espantosas imágenes que tal idea conjuraba perturbaban la agitada mente de Sherlock en la misma medida que debían excitar la de aquel chiflado, pero a medida que iba juntando las piezas se daba cuenta de que su plan era aún más osado.
La mención a una manada significaba que, o bien ya estaba creando a otro lobo, o estaba en camino de hacerlo. No se limitaba a un solo hombre. Apuntaba a algo mucho mayor.
Y entonces Sherlock lo entendió: aquel demente pretendía crear algo que el ejército británico no era capaz de hacer. Una fuerza invencible, sedienta de sangre, absolutamente imparable. Un ejército de hombres lobo.
¿Y el lugar? Starling era un militar, y hasta un punto enfermizo. Era obvio que iría a la base militar abandonada de la REME*, en las afueras de Northwood.
Sherlock levantó un brazo.
—¡Taxi!
* Siglas de la Royal Electrical and Mechanical Engineers, cuerpo del ejército destinado a la recuperación de vehículos.
