Maldición de amor
Capítulo 20
Hermione se puso de pie en un salto, intentando ocultar la preocupación que sentía. Abandonando la idea de arreglarse el pelo, buscó su bolso por la habitación, con cada una de las fibras de su cuerpo pensando en escapar antes de que él pusiera voz a una proposición imposi ble. Harry se levantó y la agarró por los hombros.
—Hermione...
Ella le colocó dos dedos contra los labios interrum piendo sus palabras. Intentando mantener la calma en la voz, dijo:
—No digas nada más.
— ¿Por qué no? —El dolor y la consternación se reflejaban en sus ojos.
«Porque sé que un simple no no te satisfará, sé que querrás más explicaciones. Y yo no puedo pensar en una mentira que te pueda convencer en mi actual estado de confusión. Y no puedo decirte la verdad. Y porque aho ra es obvio adonde nos conduce lo que dices: a mí tum bada boca arriba», pensó.
—Porque yo... yo no estoy dispuesta a oír nada más. Necesito tiempo. Tiempo para pensar, y eso no lo pue do hacer en tu presencia. Tú me... me distraes mucho.
Poco a poco la tensión fue abandonando el rostro de Harry.
—Tú me afectas a mí de la misma manera. Y por eso...
— ¡No! —gritó ella enrojeciendo de miedo, un mie do que se hacía aún mayor por la indudable pena y con fusión de la mirada de Harry—. Por favor, Harry. Por favor. No digas nada más. Ahora no.
Su mirada fija la ponía completamente fuera de sí.
—Tú sabes qué es lo que quiero pedirte, Hermione.
No se atrevía a aceptar lo que sabía hasta que él se lo hubiera confirmado.
—Sí. Pero no aquí. No ahora. Yo... necesito pensar.
Él se quedó estudiando su expresión durante unos minutos.
—De acuerdo, pero tenemos que hablar de esto, Hermione.
—Pero ahora no —dijo ella asintiendo con la cabe za. «No hasta que pueda poner en orden mis pensa mientos y pueda volver a levantar mis defensas contra ti», pensó.
—Volveré a buscarte en cuanto haya pedido que preparen el carruaje —dijo Harry abandonando la habi tación y cerrando la puerta suavemente tras él al salir.
En cuanto Hermione se quedó sola, escondió la cara entre las manos.
Por Dios, ¿qué había hecho?
Neville descorrió las pesadas cortinas de terciopelo azul y miró por la ventana del salón. Sin siquiera un rayo de luz de luna, nada diferenciaba de la negrura su propia silueta reflejándose en su mirada. Oyó el reloj de pared que anunciaba la medianoche. Seguramente miss Hermi estaría a punto de regresar de su cena en sociedad. ¿Se decidiría lord Godric por alguna de las muchachas elegidas para hacerla su esposa? ¿O se dejaría guiar por su corazón?
Una imagen de Ginny se formó en su imagina ción. Apretando los ojos reposó la frente en el frío cris tal y dejó escapar un largo suspiro. Hacía horas que ella había subido al piso de arriba para acostar a Hope y no había vuelto a bajar. Obviamente también ella se ha bía ido a dormir.
Al instante, la primera imagen desapareció y fue reemplazada por otra de Ginny tumbada en la cama, con su rubia cabellera desparramada sobre la almohada y destellos de luces sobre su dorada piel. Su cuerpo se estremeció y apretó los dientes tratando de borrar aque lla sensual imagen, pero sin conseguirlo. Alzando los brazos, ella decía «Neville...». Un gemido de deseo no satisfecho se le escapó de la boca.
—Neville..., ¿estás bien?
Sus ojos se abrieron como platos y miraron hacia arriba. Reflejada en la ventana, la vio a ella de pie en el pasillo.
El color le subió a las mejillas. Tragándose una mal dición, trató de aplacar su obvia excitación, pero no le fue posible. Y, por todos los diablos, se había dejado la chaqueta y el gabán en la habitación. No había manera de que ella no notara en qué estado se encontraba.
—Estoy bien. —Aquellas palabras le salieron con un extraño tono ronco.
Vio su reflejo, vio cómo ella dudaba, rogando con todas sus fuerzas que se marchara y le dejara solo, pero en lugar de eso, Ginny frunció el entrecejo y se encaminó lentamente hacia él.
—No pareces estar muy bien. Te oí lamentarte... ¿te has hecho daño?
—No. —Esta palabra salió de su garganta como un murmullo.
Su corazón se aceleraba más y más a cada paso que ella daba, y no paró de avanzar hasta que estuvo a su lado. Su delicado y exquisito perfume le envolvió, y él apretó los dientes y aferró los puños contra el cuerpo. Aunque ella se había ido a la cama hacía horas, todavía llevaba puesto su vestido gris de día. Gracias a Dios, porque si se hubiera levantado en camisón...
«Por todos los demonios, no pienses en ella en ca misón.» Se dio cuenta de que ella lo observaba fijamente y se quedó mirando con aire decidido por la ventana, pero no sirvió de nada, pues la podía ver perfectamen te reflejada en el cristal. Su encantador perfil. Sus labios gruesos. Su cabello suave. Sus curvas femeninas. Que Dios le ayudara. Quizá si la ignoraba ella se iría. Antes de que pudiera ver el efecto que le estaba produciendo.
—He bajado para prepararme una taza de té. ¿Quie res una?
—No.
Esta palabra le salió mucho más estridente de lo que habría pretendido, y ella le vio estremecerse; se dio cuenta de cómo la miraba de reojo y cómo se le ponía expresión de sorpresa al oír el tono de su propia voz. Maldita sea, estaba haciendo muchas cosas raras. Tenía que apartarse de ella. Inmediatamente. Al intentar esca par escaleras arriba se dio la vuelta demasiado rápido. Demasiado deprisa. Como le pasaba a menudo, trope zó con su maldito pie, y se habría dado de bruces en el suelo si ella no lo hubiera sujetado de los antebrazos para que no cayera.
Neville se enderezó y se encontró a sí mismo de pie a menos de medio metro de ella, quien lo sujetaba con fuerza por los antebrazos. El rubor por la humillación a causa de su torpeza se convirtió inmediatamente en un calor enteramente diferente, que irradiaba en él deseos y anhelos a través del lugar que tocaban aquellas manos. En algún rincón oculto de su corazón una vocecilla le gritó que se alejara de ella. Pero él, al contrario, se que dó parado mirándola a los ojos. A aquellos hermosos ojos grises que lo miraban fijamente con una expresión que no sabía definir, pero que hizo que se le cortara la respiración. Por Dios, la sensación de esas manos, inclu so a través de la camisa, encendían un fuego dentro de él. Estaba tan cerca. Y olía de una manera tan deliciosa. Y él la amaba tan desesperadamente. Y, que Dios le ayudara, la deseaba tan profundamente...
Él había intentado alejarse. Por supuesto que lo había hecho. Pero el anhelo y el deseo contra el que lle vaba luchando desde hacía tanto tiempo le venció, y dio un paso adelante. Tomó su pálido rostro con una de sus manos, la rodeó con la otra por la cintura para apretar la contra sí y, con el corazón golpeando contra las cos tillas, se acercó a ella hasta que pudo tocar sus labios con la boca, besándola con todo el amor que abrigaba en su corazón durante un eufórico momento. Hasta que se dio cuenta de que solo uno de los dos participaba en aquel beso. Interrumpió abruptamente su beso, y se quedó quieto y helado.
Ella no se movió en su apretado abrazo, pero el color de su rostro cambió y lo miraba con los ojos abiertos de estupor. Tan solo estupor. Ni calor, ni de seo, ni ternura.
El la soltó de su abrazo como si lo estuviera que mando y dio dos pasos atrás. Y entonces vio una expre sión nueva que inundaba los ojos de ella.
Compasión.
Cielos. Cualquier cosa menos eso. Enfado, disgus to, odio. Pero no compasión. No pena por el virginal lisiado que había hecho el más completo de los ridícu los. Y que había destruido años de amistad con un sim ple acto inconsciente. ¿Cómo había podido ser tan in creíblemente estúpido?
—Yo... lo siento, Ginny. Por favor, perdóname.
Ella no dijo nada, solo se quedó rígida, con los bra zos colgando a los costados, mirándolo con aquella misma expresión apenada y aturdida que era como un cuchillo clavándosele en el corazón. Neville dio media vuelta, cruzó la habitación tan aprisa como su pierna coja se lo permitía y no se detuvo hasta llegar a la segu ridad de su dormitorio. Sentado en el borde de su cama, apoyó los codos contra las temblorosas piernas y luego se agarró la cabeza con las manos.
Dios todopoderoso, nunca nada le había herido de aquella manera. Ni los puñetazos de Filch, ni su pier na, nada. Y cuando pensaba que ya nada podría mortificarlo más, las lágrimas se le agolparon en los ojos y empezó a temblar espasmódicamente. Maldita sea, no había llorado así desde que era un niño. Pero aquellas eran lágrimas de dolor. Y estas eran lágrimas de pér dida.
Otro espasmo lo sacudió, y una letanía de obsceni dades fue saliendo como un hilo de entre sus labios. Lo había estropeado todo. Ese beso de una sola parte, su expresión de repulsa y la más clara humillación poste rior se levantarían entre ellos como un muro. Cielos, ¿cómo podría siquiera volver a mirarla a los ojos? Ha bía traicionado su confianza. Seguramente pensaría de él que no era más que un salido mal nacido; el mismo tipo de hombre que ella había estado odiando todos aquellos años.
Alzando la cabeza, se colocó las manos bajo el ros tro. Tenía dos opciones. Podía intentar encontrar la manera de conseguir lo imposible: encontrar las pala bras para disculparse ante ella, y rezar luego para que pudieran superar lo que había sucedido esa noche. O bien podía marcharse de casa de miss Hermi.
Su corazón dio un vuelco cuando comprendió que solo había una posibilidad.
Ginny se quedó parada en la puerta del pasillo cuan do Neville desapareció, y fue saliendo poco a poco del estupor que la había embriagado desde el momento en que había tropezado contra él. Alzó una mano temblo rosa y apretó con los dedos sus labios. Labios que ha cia apenas un momento habían tocado los de él.
Un calor la recorrió, despertando unos sentidos que aquel inesperado beso habían dejado helados. Cerró los ojos y se permitió revivir esos pocos segundos. Nunca un hombre la había besado de aquella manera. Con dulce y arrebatado afecto. A pesar de toda la experien cia que tenía, no sabía que un beso podía ser tan... hermoso. No sabía que podía cortarle a uno la respiración. O dejarla paralizada. O hacer que su mirada se queda ra petrificada e inexpresiva.
Pero debería haber sabido que Neville la podía besar de aquella manera. Todo lo que venía de él era hermo so y bueno, tierno y dulce. Y que el cielo la ayudara, quería toda esa belleza y bondad para ella. Quería a Neville para ella. Y desde que él la había abrazado de aquella manera contra su cuerpo, desde que había vis to refulgir el deseo ardiente en su mirada, no podía ne gar que él también la deseaba.
La había sorprendido el hecho de que alguien como Neville pudiera haber puesto sus deseos en una persona como ella. Lo cual la llevaba a plantearse preguntas más inquietantes. ¿Por qué alguien como él iba a querer a una persona como ella? ¿Habría estado bebiendo? No, en su aliento no había ni rastro de alcohol. O acaso no era a ella a quien deseaba; acaso cuando ella apareció él estaba pensando en alguna otra mujer, una mujer a la que deseaba de verdad. Sí, lo más seguro era sencilla mente que se había cruzado con Neville en un momen to caliente. Bien sabía ella que los hombres tenían mu chos momentos así. Cualquier mujer podía conseguir calentar a un hombre.
En el momento en que esa idea rondó en su cabeza, su corazón la rechazó. No. Neville no era un hombre como los demás. Él era honesto. La había besado porque la quería. Y no era solo su cuerpo el que se lo había di cho. También se lo decía la manera como la miraba.
Pero eso aún no respondía al porqué. ¿Por qué un hombre joven y decente podría desear a una mujer gas tada, a una antigua puta? «Porque solo está buscando un revolcón, tonta. No has querido que te tocara ningún hombre durante cinco años. Ahora lo deseas. ¿Por qué no le das lo que él quiere? A los dos os pica lo mismo», pensó su voz interior.
No. Ella se tapó los oídos con las manos para no oír esa gutural voz de su pasado. Esa voz contra la que había peleado tanto, con la ayuda de Hermione, hasta llegar a enterrarla. Ella ya no era aquella mujer de antes. Había conseguido una vida decente para ella y para su hija. No, Neville era del tipo de persona que solo la be saría si él...
Estaba interesado por ella. Igual que ella estaba in teresada por él.
Todo en su interior se removía. Santo Dios, ¿sería posible?
No se había permitido pensar en un milagro de ese tipo. Apretó los ojos con fuerza recordando de qué manera tan fría se había quedado entre sus brazos, y rememorando la expresión afligida de él. Seguramente Neville había imaginado que su reacción fría se debía a que le repugnaba.
Pero antes tenía que saber si él estaba interesado en ella. Ahora bien, si no era así... Bueno, se tragaría aque lla bofetada como ya se había tragado tantas. Pero si él sí... Apretó sus dos manos contra el punto en el que el corazón le latía con frenesí. De una u otra forma, su vida estaba a punto de cambiar.
Tomando aliento de forma profunda y resuelta, cru zó la sala y se dirigió hacia las escaleras. Cuando llegó hasta la puerta del dormitorio de Neville, se detuvo. Le oyó dar vueltas de un lado a otro. Haciendo acopio de todo su valor, llamó a la puerta.
Pasó casi un minuto antes de que él la abriera. Sus miradas se cruzaron y ella entornó los ojos ante el sem blante sombrío de Neville. Cruzando el umbral de la puerta, dijo:
—Neville, yo...
Su voz se apagó ante la visión de una desgastada maleta de piel depositada encima de la cama todavía sin deshacer. Su mirada recorrió la habitación y el alma se le cayó a los pies. Incluso a la pobre luz de una sola vela, pudo darse cuenta de que todas las pertenencias de él habían desaparecido. Su peine, su navaja de afeitado. Los dibujos infantiles de Hope que él había enmarcado y colgado en la pared como si se tratara de cuadros del propio Gainsborough. El armario abierto daba testimo nio de que estaba vacío.
Un ensordecedor silencio los envolvió. Ginny se humedeció los labios resecos, y consiguió recuperarla voz.
— ¿Qué estás haciendo?
Un músculo de la cara de Neville se tensó.
—Me voy, Ginny.
Solo tres palabras. ¿Cómo era posible que solo tres palabras causaran tales estragos? ¿Que hicieran tanto daño?
— ¿Por qué?
El dolor centelleó en los ojos de él por un momen to, y luego esbozó una expresión fría. Bajando la vista hacia la maleta abierta, dijo:
—Simplemente... tengo que irme.
Un destello de esperanza se abrió paso en el pecho de Ginny, al ver la deplorable situación en la que se encontraba Neville. Seguramente no podría estar tan triste si no estuviera interesado por ella. «Es ahora o nunca, Ginny», se dijo.
Reuniendo cada gramo de valentía que tenía, le dijo:
— ¿Te vas a marchar por mi causa, Neville?
Él levantó la cabeza y la miró con unos ojos tortu rados. Como vio que él no iba a responder, añadió en voz baja:
— ¿Te vas a marchar por lo que acaba de pasar en tre nosotros?
—Lo siento, Ginny, yo... —dijo él enrojeciendo de repente.
—Lo que quiero no es una disculpa, Neville, sino una explicación. ¿Por qué me besaste?
—Perdí la cabeza. No sé en qué estaba pensando.
— ¿Estabas pensando en mí o tenías a cualquier otra en la cabeza?
— ¿Cualquier otra? ¿Qué insinúas?
Ella se apretó el estómago con las manos.
— ¿He sido yo la persona que ha inspirado ese beso o no era más que la sustituta de cualquier otra?
Una miríada de emociones cruzaron por la cara de él: confusión, comprensión, y también una inconfundi ble pizca de enfado.
—Nunca te habría utilizado a ti de esa manera, Ginny.
Las rodillas de Ginny flaquearon con alivio y la llama de la esperanza ardió aún con más fuerza.
—Ese beso...
—Fue un error terrible.
— ¿Por qué dices eso?
El se la quedó mirando como si se hubiera vuelto loca. Luego escapó de su garganta una risa sin gracia.
—Tu reacción horrorizada así me lo hizo ver. No es que te culpe a ti, por supuesto. No tengo ningún dere cho a tocarte.
—No me quedé horrorizada —dijo ella notando que el corazón le daba un vuelco—. Estaba sorprendida. Realmente impresionada. No podía entender por qué me ibas a querer besar a mí. Y menos aún de esa manera.
— ¿De esa manera? ¿Quieres decir como un lastime ro principiante? —le espetó él.
—No. Quiero decir como un hombre besa a una mu jer por la que está profundamente interesado. Una mujer a la que... ama.
Neville quería que se abriera la tierra y lo tragara. Nunca, en toda su vida, se había sentido tan mortifica do. Por todos los demonios, ¿con su torpe beso había dejado ver tantas cosas?
— ¿Es así como me has besado, Neville?
Sus hombros se hundieron ante esa pregunta a me dia voz. Quería negarlo, para evitar ser de nuevo obje to de su compasión, pero ¿cómo esperaba mentirle con convicción sobre algo tan obvio? Además, no tendría que ver su compasión durante mucho tiempo. Se habría marchado de allí en cuestión de horas.
—Sí, Ginny, así es como te he besado.
— ¿Porque me amas? —dijo ella con una voz que era casi un susurro.
—Sí —contestó él asintiendo con la cabeza—. Esta noche mis sentimientos... se llevaron lo mejor de mí. Y ya que no puedo prometer que no volverá a su ceder jamás, tengo que irme de aquí. Por el bien de los dos.
—Oh... Neville, querido mío, ese beso ha sido el más maravilloso que me han dado jamás. No sabía cuan maravilloso podía ser un beso hasta esta noche.
— ¿Maravilloso?—preguntó él confundido—. ¿Es tás diciendo que te ha gustado?
—Sí, Neville, eso estoy diciendo. Pero me sorpren diste. No tuve el ánimo suficiente para reaccionar como debería haberlo hecho. No me quedaría tan sorprendi da si volvieras a intentarlo de nuevo... ahora.
Él se quedó de pie pensando que seguramente había oído mal.
— ¿Estás diciendo que quieres que te bese?
—Más que nada en el mundo.
No le habrían dado un golpe más fuerte si le hubie sen lanzado un ladrillo a la cabeza. Una parte de él es taba deseando abrazarla y aprovecharse de su obvio momento de enajenación mental, pero otra parte le de cía que tuviera cuidado. Y que se asegurara de que lo que acababa de oír no iba a transformarse luego en decepción.
— ¿Por qué quieres que te bese? —preguntó él con delicadeza, estudiando su expresión y aterrorizado por las esperanzas que empezaban a formarse en su corazón.
Los ojos de ella se llenaron de tal cantidad de incon fundible ternura que él se quedó sin aliento.
—Quiero que me beses porque te amo.
Por el amor del cielo, también él había perdido la cabeza. Estaba tarado, eso le pasaba. Oía cosas. El ma nicomio sería su última morada.
Seguramente su aspecto era tan aturdido como sus pensamientos, porque los ojos de ella le miraron con preocupación.
—Neville, ¿me has oído?
—No estoy seguro. Me parece imposible haber oído lo que creo que he oído. ¿Podrías... repetirlo de nuevo?
Una sonrisa tembló en los labios de ella. A conti nuación, se aclaró la garganta y le dijo con una voz len ta, alta y clara:
—Quiero que me beses porque te amo.
Dulce nombre de Dios, ¡no había perdido la cabe za! Tomó la cara de ella entre sus temblorosas manos. Ella se acercó a él y levantó el rostro, deslizando las manos alrededor de su cintura.
—Ginny...
Neville rozó la boca de ella con la suya, dulcemen te, temiendo que de un momento a otro se despertaría para descubrir que todo había sido un sueño, una mala pasada de su imaginación. Pero no había nada imaginario en la manera como la boca entreabierta de ella se le acercaba, o en la sensación de sus manos rodeándole la cintura.
Forzándose a terminar con aquel beso antes de que la creciente urgencia le pidiera a su cuerpo que abolie ra el pensamiento, él levantó la cabeza. Y se topó con la imagen más increíblemente bella que había visto ja más. Ginny. Entre sus brazos. Sus labios húmedos y enrojecidos por su beso. Su piel coloreada de excita ción por su contacto. Y sus ojos llenos de ternura y amor por él.
Parpadeó dos veces, no estando aún seguro de que ella no fuera a desaparecer, pero seguía estando allí, entre sus brazos. Dios sabe que no deseaba hacer o de cir nada que pudiera romper ese momento mágico, pero tuvo que preguntar:
— ¿Estás segura, Ginny? ¿Estás segura de que quieres unirte a un hombre como yo? —Él miró hacia su pierna y luego volvió a alzar los ojos hacia ella—. Tengo algunos desperfectos.
—Yo también. No puedo cambiar mi pasado, Neville.
—Tampoco yo puedo cambiar el mío. —Él le acari ció la suave mejilla asombrándose de poder hacerlo—. Yo solo estoy interesado en tu presente y tu futuro.
—Soy cinco años mayor que tú.
—No me importa. —Tomó una de sus manos y se la llevó a los labios besándole la parte de detrás de los dedos—. No puedo creer que estés aquí, que te esté acariciando, que tú me ames. Pero, por Dios, te asegu ro que no voy a dejar pasar esta oportunidad. Ginny, ¿quieres casarte conmigo?
Ella abrió los ojos como platos; luego, para alarma y desmayo de Neville, una lágrima se deslizó por su mejilla.
— ¡Maldita sea! No pretendía hacerte llorar. —Él secó aquella lágrima con sus dedos, pero otra, y otra, y otra le siguieron.
—No estoy llorando —susurró ella.
—Bueno, pues entonces es que tienes goteras, por que veo agua saliendo de tus ojos.
Un sonido que parecía a la vez un sollozo y una risa salió de la garganta de ella. A continuación, Ginny le rodeó el cuello con los brazos y enterró su cara contra el pecho de él. Sintiéndose completamente impotente, él le dio unas palmaditas en la espalda, le acarició el cabe llo y la besó dulcemente en las sienes.
—Ginny, por favor, no puedo soportar verte llo rar. ¿Por qué estás tan disgustada?
Ella alzó la cara y lo miró. Agarrándole el rostro con las palmas de las manos, le dijo:
—-No estoy disgustada. Estoy rebosante de alegría, impresionada. No sabes cuánto he deseado que me pi dieras que me casara contigo.
— ¿Cómo pudiste imaginar que no iba a querer ha cerlo? —En el momento en que formuló la pregunta pudo leer la respuesta en sus ojos—-. Yo no te deshon raría, Ginny.
—No soy el tipo de mujer con la que se casan los hombres.
—Qué demonios significa que no eres. Yo quiero que seas mi esposa. Quiero que Hope sea mi hija. La única pregunta es, ¿quieres tú que yo sea tu marido y el padre de Hope?
—Si tú nos quieres...
—Sois lo que siempre he querido.
Ella dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Entonces, sí. Sí, quiero casarme contigo.
Fue como si el sol acabara de abrirse paso entre un montón de nubes negras. Apretándola contra su cuer po, Neville la besó larga y profundamente hasta que no le quedó aire en los pulmones. Luego, volviendo a respirar, descansó su frente contra la de ella durante medio minuto.
—Hay algo que deberías saber, yo nunca... yo nun ca he estado con una mujer.
—Me gustaría poder decirte que yo nunca he esta do con un hombre. Pero sí te puedo asegurar hones tamente que nunca he hecho «el amor» con ningún hombre.
El le alzó la cara y sonrió.
— ¿Es cierto? ¿De verdad te vas a convertir en mi esposa?
Ella le devolvió la sonrisa:
—Sí. ¿De verdad te vas a convertir en mí marido?
—Sí. Y cuanto antes mejor. Yo, ejem, espero que no prefieras un largo noviazgo.
—Neville, no es necesario que nosotros esperemos a que estemos casados para...
Él la hizo callar con un beso:
—Sí, sí que lo es. Tú te mereces el mismo respeto que cualquier mujer decente, y yo no voy a mancillar tu honor tomándote antes de que nos hayamos casado. Nunca pensé que podría tenerte, Ginny. Ahora que ya eres mía, puedo esperar.
La gratitud y el amor que se reflejaban en los ojos de ella casi lo hacen caer de rodillas a sus pies.
—No puedo esperar a contarles nuestra noticia a Hope y a Hermione —dijo él—. ¿Te imaginas lo que se sorprenderá cuando sepa que mientras ella estaba en una cena festiva, intentando encontrar la pareja perfecta para lord Godric, aquí hemos encontrado una pareja perfecta por nosotros mismos?
—Una noche de gran éxito, al menos en lo que a mí concierne —contestó ella sonriéndole—. Y solo espero que miss Hermi haya tenido el mismo éxito que nosotros.
A la mañana siguiente, Harry salió de su dormitorio y se dirigió al comedor con la intención de desayunar rá pidamente y salir hacia el almacén. Esperaba encontrar a Ronald allí, para que le pusiera al corriente de los avances de la investigación. Dobby estaba de pie en el vestíbulo, y Harry notó que en su cara se traslucían sig nos de una noche sin haber dormido.
— ¿Una mala noche? —preguntó estudiando el ros tro de Dobby.
Algo centelleó en los ojos de obsidiana de Dobby, pero se desvaneció tan rápidamente que Harry no tuvo tiempo de darse cuenta.
—Me costó dormir —contestó Dobby.
—Sí, sé exactamente cómo te sientes —murmuró Harry. En realidad, para él había sido completamente imposible dormir—. Quería agradecerte de nuevo todas las molestias que te tomaste preparando y llevando a cabo la cena de anoche. —Colocó una mano en el hom bro de Dobby, con un gesto de amistoso agradecimien to, pero el hombrecillo hizo una mueca de dolor.
—Perdona, no quería hacerte daño —dijo Harry retirando inmediatamente su mano.
—Dolorido de llevar material al estudio.
—Oh, sí, claro. Imaginé que estarías cansado, aunque te quería dar las gracias. Me refiero a anoche, cuan do regresé de acompañar a miss Jane-Granger, pero no te encontré. —Harry sonrió a Dobby—. Me pareció raro no verte aquí esperándome, pero con todo el trabajo extra que hiciste, supuse que te habrías ido ya a descansar.
Algo centelleó de nuevo en los ojos de Dobby.
—Como usted dice, un trabajo extra agotador. ¿Le gustó a ella? —dijo Dobby inclinando la cabeza.
—Sí. Fue una noche maravillosa. —Hasta que dejó que sus pasiones le dominaran y la asustó como si fue ra un ratón perseguido por una cobra. Para acabar com partiendo un incómodo y silencioso viaje de regreso a su casa.
— ¿Se va a casar con ella? —dijo Dobby estudiando su reacción.
—Eso espero.
— ¿Qué dijo ella cuando le preguntó?
—No se lo pregunté. Pero pienso hacerlo. La próxi ma vez que la vea.
—-La próxima vez podría ser demasiado tarde.
Harry pensó en decirle que explicara ese comentario críptico, pero sabía que el testarudo carácter de Dobby no le permitía decir ni una palabra más. Además, Dobby —a su reticente manera— le había dado a entender su preocupación por algo que Harry no había logrado sacar se de la cabeza. Había invitado a Hermione para pedirle que se casara con él, pero desde el primer momento ha bía temido que ella le contestaría hablando no sobre las razones por las que hacían una buena pareja, sino sobre las excusas por las que no podía casarse con él.
Sospechaba que él sabía por qué no se había atrevi do a preguntárselo. La información que había descu bierto acerca de ella, de manera fortuita mientras preguntaba por Filch en las tabernas, era seguramente lo que le había hecho detenerse. Quizá tendría que haberle dicho a ella lo que sabía. Pero quería darle la oportuni dad de que fuera ella la que se lo contara. De que ella le dijera la verdad. Había intentado conversar sobre el pa sado la noche anterior, pero ella había hecho todo lo po sible por cambiar de tema. Puede que ahora que él le había hablado de su doloroso pasado, ella tuviera más ánimos para confiar en él.
—Acaba de llegar esto —dijo Dobby alzando una mano.
Harry tomó el sobre de vitela, rompió el sello de lacre y echó un vistazo a la misiva.
—El Sea Raven ha sido visto cerca de la costa. Se espera que atraque en los muelles esta tarde. Desde mañana, la búsqueda del pedazo de piedra desapareci do podrá extenderse a las cajas que hay en el Sea Raven. —Metió el mensaje en el bolsillo de su chaqueta—. ¿Se ha levantado ya Ronald?
—En el comedor.
Dándole las gracias con una ligera inclinación de cabeza, Harry se dirigió al pasillo. Entró en el comedor y se sorprendió por el aspecto de Ronald, cuyo rostro normalmente alegre mostraba una mandíbula arañada y un labio hinchado.
— ¿Duele tanto como parece? —le preguntó.
—Hace que comer sea algo menos placentero —dijo Ronald con una mueca de dolor—. Pero me duelen tanto las costillas que esto casi no lo siento.
— ¿Es ese el resultado de tus investigaciones?
—No estoy seguro. Te lo contaré en cuanto te sien tes delante de mí. Hablar de un lado al otro de la habi tación requiere mucho más esfuerzo.
Frunciendo las cejas, Harry se acercó al mostrador y se sirvió un huevo y unas lonchas de jamón, y a con tinuación se sentó en la mesa delante de su amigo.
—Te escucho.
—Primero cuéntame cómo te fue anoche con miss Jane-Granger —dijo Ronald haciendo aspavientos mientras examinaba el rostro de Harry—. No parece que te haya dejado heridas.
—Bueno, no llegó a golpearme.
—-Al menos no fí sicamente.
—Supongo que eso es una buena señal. ¿Es tan bue na como las noticias que le siguen?
—Me temo que no. Después de un comienzo un poco agitado, las cosas iban bastante bien hasta que se dio cuenta de lo que pretendía proponerle. Entonces se sintió atemorizada. Y me pidió que no hablara de eso, que le diera tiempo para pensárselo.
—Una reacción curiosa, ¿no crees? —dijo Ronald arqueando las cejas.
Sin demasiadas ganas de seguir con esa conversa ción, Harry le contestó encogiéndose evasivamente de hombros:
—Es muy cauta. Y con ese maldito maleficio pen diendo sobre mi cabeza, sin mencionar lo que se rumo rea sobre mi incapacidad para... cumplir (a la que no se deja de aludir cada día en el Profeta), no soy precisamente el mejor partido que se pueda encontrar. No como tú.
Una inexorable expresión de tristeza nubló el sem blante de Ronald, y Harry se sintió culpable por haber herido los sentimientos de su amigo con sus frívolas palabras.
—Pero yo abandonaría con gusto mi estado de sol tería si pudiera conseguir a la mujer que amo —dijo Ronald en voz baja.
Amor. Ese era un tema al que, junto con otros mu chos, había estado dando vueltas Harry en su larga no che de insomnio. Y Ronald era precisamente el hom bre que podía ayudarle.
—Me aseguras que amas a esa mujer —dijo él—. ¿Cómo lo sabes?
Ronald estudió sus ojos con seriedad.
—Lo sabes porque el corazón se te sale del pecho cuando la ves, cuando oyes su voz. Tus pensamientos se confunden cuando ella está a tu lado. Hagas lo que hagas, estés donde estés, ella está siempre en tu cabeza. Tanto si estáis juntos como si estáis separados, siempre la tienes en tu pensamiento. Lo sabes porque harías cualquier cosa para conseguirla. Cualquier cosa por es tar con ella. Y cuando piensas en tu vida sin ella, los años por venir te parecen como un negro túnel vacío.
Harry se echó hacia atrás en su silla, absorbiendo las palabras de Ronald con una sorpresa cada vez más cre ciente. Por Dios, todas esas cosas eran las que él sentía por Hermione, y muchas más. Aquello no entraba sola mente en la categoría de «se siente atraído por ella» o «hacen buena pareja» o «está bien en su compañía». No, aquello era...
—Por todos los demonios. Estoy enamorado de ella.
—Bueno, por supuesto que lo estás —rió Ronald—. Pero estoy seguro de que no te sorprende tanto.
— ¿Tú ya lo sabías? ¿Antes que yo? —preguntó Harry mirándole fijamente.
—Pues claro. Tu amor por ella es obvio. Yo no sé cómo no eres capaz de darte cuenta, puede que todos esos pequeños cupidos flechadores revoloteando alrede dor de tu cabeza te oscurezcan la visión. Para mí fue obvio desde la primera vez que os vi juntos a ti y a miss Jane-Granger.
Maldición. ¿Desde cuándo se había hecho tan trans parente?
—Ya veo. Y Hermione... ¿sufre esos pequeños oscu recimientos de visión, esos cupidos flechadores revolo teando alrededor de su cabeza? —preguntó Harry
Ronald se tocó la barbilla e hizo una mueca de do lor cuando su mano rozó la mandíbula.
—Miss Jane-Granger no es una mujer fácil de interpretar. Sin duda se siente atraída por ti, y a mí me parece que le interesas bastante. Lo que es difícil de predecir es si se dejará o no arrastrar por los sentimien tos que alberga hacia ti. Sin embargo, si es como la mayoría de la gente, puede ser persuadida si se dan las condiciones adecuadas. —Un músculo se movió en la mandíbula de Ronald—. Te envidio, Harry, porque eres libre para perseguir a la mujer que amas.
—Soy libre de perseguirla, pero ¿para qué? A menos que logre liberarme del maleficio, no seré libre de casar me para ella.
Sus palabras cayeron sobre él como si fuera un ne gro sudario de oscuridad. Si no encontraba la manera de librarse de aquel maleficio, perdería a Hermione. Ya era bastante malo que le hubiera dado su palabra a su padre, lo cual le llevaría a perder su honor y su inte gridad. Y ahora también se arriesgaba a perder su corazón.
—En cuanto al maleficio, tengo buenas noticias del Sea Raven —dijo Harry. Extrajo la nota del bolsillo de su chaqueta y se la entregó a Ronald, quien leyó las pocas líneas—. Estoy pensando ir al muelle esta tarde para supervisar el desembarco y el traslado de las ca jas. Mañana mismo podremos empezar a buscar en ellas.
Ronald asintió con la cabeza y devolvió la nota a Harry. Este se la guardó de nuevo en el bolsillo y dijo:
—Ahora, háblame de la interesante noche de ayer.
—Pasé todo el día y toda la noche en los muelles, interrogando a los miembros de la tripulación del Dream Keeper. Desgraciadamente, no he descubierto nada que nos pueda servir. De camino a casa, me paré en el club de caballeros Jackson, esperando aliviar par te de la decepción que me habían provocado mis infruc tuosas investigaciones.
—Conociendo de primera mano tus cualidades pugilísticas, me parece increíble verte con la cara llena de moratones y magulladuras.
—La verdad es que les di una buena paliza a varios elegantes caballeros en el cuadrilátero, sin sufrir más que un par de rasguños. Fue mucho más tarde cuando reci bí estos recuerdos de la noche.
— ¿Después? —preguntó Harry mirándole por en cima de su taza de café.
—Sí. Fui atacado poco después de salir del club Jackson. Aquel mal nacido se me echó encima por la espal da. —Poniéndose de píe se tocó la espalda e hizo un gesto de dolor—. No llegó a dejarme sin sentido, pero me golpeó lo suficientemente fuerte como para hacer me caer al suelo. Me estaba dando patadas en las costi llas con sus botas, cuando varios caballeros se acercaron. El muy mal nacido salió corriendo, por suerte antes de poder hacerme más daño.
Un incómodo escalofrío recorrió la espalda de Harry.
— ¿Lo llegaste a ver?
—No. Los caballeros que lo ahuyentaron me lleva ron de nuevo al club Jackson para curarme las heridas. Luego alquilé una calesa y volví a casa.
—Por todos los demonios, Ronald, ¿por qué no me lo dijiste anoche?
—Dobby no estaba en el vestíbulo cuando regresé, de modo que supuse que se habría ido a dormir. Ante la duda de si tú estarías aún, eh, ocupado con tu invita da, preferí no molestarte. No había nada que pudieras hacer.
—Esto no me gusta en absoluto, Ronald. Primero fue atacado Draco , y ahora tú, solo al cabo de unas pocas horas después de que interrogaras a la tripulación del barco. —Las palabras de la segunda nota hicieron eco en su mente: «El sufrimiento empieza ahora»—. No se trata de una coincidencia. De hecho...
Sus palabras fueron interrumpidas por la llegada de Dobby a la puerta.
—El señor Bínsmore —dijo Dobby. Se apartó de la puerta y entró Draco .
—Buenos días, Harry, Ronald —dijo Draco diri giéndose a la silla más cercana.
Harry se dio cuenta enseguida de que su amigo an daba con dificultad.
— ¿Estás bien, Draco ?
—Sí, por supuesto. ¿Por qué lo preguntas?
—Me parece que cojeas.
— ¿De veras? Me temo que todavía estoy magulla do por el ataque de la otra noche en el almacén.
—Ah, bueno. Lamento que todavía te duela. Pero me alegro de que no te hayan vuelto a atacar otra vez.
— ¿Volverme a atacar? —Se sentó en una silla al lado de Harry retorciéndose en una mueca de dolor—. ¿Qué quieres decir?
—Atacaron a Ronald anoche.
Los ojos de Draco se abrieron como platos y se dirigieron hacía Ronald.
—Es verdad. Tienes toda la cara magullada, ¿estás bien?
—Sí, solo estoy un poco dolorido.
— ¿Te robaron? —preguntó Draco .
—Puede que fuera esa la intención —dijo Ronald negando con la cabeza—. Pero el asaltante tuvo que salir corriendo antes de poder robarme.
Harry apretó los puños con enfado.
—Dobby debería echarle un vistazo a vuestras heri das. A los dos.
—A mí ya me ha visto hace un momento —dijo Ronald—. Fue lo primero que hice esta mañana. Me ha vendado las costillas como si fuera un ganso a punto de ser metido en el horno.
—Y yo estoy bien —añadió Draco rápidamente—.Excepto por un ligero entumecimiento de la espalda, lo único que todavía me molesta es esto —dijo mostrando el vendaje de la mano—. Me quité el vendaje ayer y des cubrí varios trozos de cristal todavía clavados en el dor so de la mano. Me los saqué y volví a ponerme una ven da limpia. Ahora ya empiezo a sentirme mejor.
—De acuerdo —dijo Harry asintiendo con la cabe za—. Dime, Ronald, ¿tu atacante te dejó algún tipo de nota, como hizo con Draco ?
—No.
— ¿Crees que el responsable puede ser la misma persona? —preguntó Draco frunciendo el entrecejo.
—Me temo que sí.
Dobby apareció de nuevo en la puerta, con los labios apretados de una manera que hizo que Harry se estre meciera.
—Su estudio —dijo Dobby a Harry—. Venga ense guida.
Harry, Ronald y Draco se miraron, y los tres sa lieron disparados por el pasillo detrás de Dobby. Harry entró el primero. Los restos de la cena del día anterior habían desaparecido —junto con los opulentos tejidos y los mullidos cojines, sin que de ellos quedara ni el más mínimo indicio. Su mirada se dirigió hacia el escritorio y se le heló la sangre.
Cruzando deprisa la habitación se situó al lado de su escritorio de caoba. Sobre la mesa había un cuchillo plateado, con la punta clavada sobre la mesa atravesan do un sobre de papel de vitela.
— ¿Qué demonios...? —murmuró Draco mientras se acercaba a la mesa junto con Ronald y Dobby.
— ¿Cuándo has encontrado esto? —le preguntó Harry a Dobby con un tono de voz ronco, mientras sus ojos revisaban la habitación para ver si había algo más fuera de lugar.
—Hace un momento.
—-¿No lo habías visto esta mañana al limpiar la ha bitación?
—La limpié anoche. Empecé cuando se fue a acom pañar a la dama.
— ¿A qué hora acabaste?
—A las tres.
— ¿Y luego te fuiste a la cama?
Dobby asintió.
—Lo cual significa que esto lo dejaron en algún mo mento entre las tres de la madrugada y ahora. —Rodean do con los dedos el mango del cuchillo, Harry extrajo el arma de la mesa y luego colocó la brillante hoja bajo la luz que entraba por la ventana—. Es idéntico al que encontré en el almacén después del robo.
—Sí —confirmó Draco —. Y eso significa que no tiene ninguna señal especial. Es el típico cuchillo que lleva la mayoría de hombres.
Harry recogió el sobre y sacó la nota de su interior. «Aquellos a los que quieres están sufriendo. Y tú tam bién sufrirás.»
A Harry se le heló la sangre.
— ¿Qué dice la nota? —preguntó Ronald.
Con la cabeza dándole vueltas, le pasó la nota.
—Es la misma escritura de las otras dos notas.
— ¿La reconoces? —preguntó Ronald.
—No.
—Lo cual significa que se trata de alguien a quien no conoces —dijo Draco .
—Quizá —dijo Harry—. O puede que se trate de alguien a quien conozco, pero que ha cambiado la letra para que no pueda reconocerle. —«Aquellos a quienes quieres están sufriendo», pensó—-. Primero Draco , ahora Ronald, por todos los demonios... ¿a quién es tará planeando hacer daño ahora? —En el momento en que estas palabras cruzaban sus labios, Harry se quedó helado—. Maldición. ¿Planea hacer daño, digo? ¿Habrá hecho daño ya a alguien a quien amo? Tengo que hablar inmediatamente con Luna, con mi padre y con Hermione.
Sonó la campanilla de la puerta de entrada. Los tres intercambiaron una rápida mirada y salieron de la habi tación con Harry a la cabeza. Pasando rápido por el vestíbulo, Harry se lanzó hacía la puerta. Luna es taba en el porche. Al ver su cara pálida sintió que algo andaba mal.
En el momento en que ella cruzó el umbral, Harry la agarró por los hombros.
— ¿Estás bien, Luna?
—Sí. —Pero su labio inferior temblaba y apareció un brillo en sus ojos que dejaba claro que mentía.
—Pero ha pasado algo —dijo Harry, con las entra ñas encogidas de preocupación.
—Eso me temo. ¿No te ha enviado nuestro padre una nota esta mañana?
—No. —Harry miró a Dobby interrogativamente y su amigo negó con la cabeza.
—Sin duda habrá pensado que ya te habías ido al almacén. Yo he preferido pasar por aquí de camino a su casa esperando que no te hubieras marchado todavía. Nuestro padre fue atacado anoche cuando volvía a su casa desde el club.
Las manos de Harry se apretaron sobre los hombros de su hermana y luchó para controlar la rabia que aumen taba en él. «El muy mal nacido», pensó.
— ¿Son graves las heridas?
—Tiene un brazo roto. El doctor le ha colocado el hueso en el sitio, pero es muy doloroso. También tiene un gran chichón en la parte de detrás de la cabeza. En la nota que me envió me decía que acababa de salir del White cuando alguien le atacó por la espalda. Recuerda que le golpearon en la parte posterior de la cabeza, y luego nada más, hasta que volvió a despertar, en un sillón del White, donde era atendido por el doctor. Un caballero que salía del club se encontró con papá tirado en la calle. —Ella arrugó la barbilla y parpadeó—. Con su frágil salud, ha sido una suerte que sobreviviera.
La mirada de Harry se posó en Ronald, cuyos la bios estaban apretados formando una delgada línea. Draco y Dobby también les miraban preocupados.
—Me temo que hay algo más —dijo Luna lla mando de nuevo su atención—. Anoche entró un intru so en mi dormitorio.
Harry se quedó helado hasta los tuétanos, y por un momento no pudo decir nada mientras una cólera feroz fluía por sus venas. Antes de que pudiera volver a hablar, su hermana continuó:
—Me desperté al oír un ruido en el balcón. Prime ro pensé que debía de ser el viento, pero entonces vi una sombra negra entrando en el dormitorio por la puerta del balcón.
— ¿Y tú qué hiciste? —preguntó Harry sintiéndose golpeado por el ultraje que alguien, fuera quien fuese la persona que quería hacerle daño, estaba consiguiendo infligirle. «Si me quieres a mí, ven a buscarme, maldito mal nacido», pensó.
—Salté de la cama, agarré el atizador del fuego y le golpeé con todas mis fuerzas. Pero como estaba muy oscuro no sé dónde le di, aunque creo que debí de gol pearle en la parte superior del brazo. Cuando volví a levantar el atizador para golpear de nuevo, él salió co rriendo. Saltó del balcón al jardín y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. —Ella colocó una mano sobre el pecho de Harry—. Deja de mirarme tan preocupado. No llegó a hacerme nada, te lo aseguro.
A pesar de la tensión que le encogía el estómago, la sombra de una sonrisa apareció en sus labios.
— ¿Así que le atizaste con el atizador? Buena chica, diablillo. Siempre has sido un fierabrás.
Luna dejó escapar una risotada.
—En aquel momento quizá, pero al cabo de unos instantes estaba temblando y, me da un poco de pena decirlo, bastante llorosa. No podía dejar de pensar en lo que podría haber pasado si no me hubiera despertado en aquel instante.
Ella se estremeció y Harry la abrazó con cariño be sándole la frente.
—Siempre has sido la muchacha más valiente que he conocido. Y ya sabes que hasta los guerreros más va lientes lloran después de haber ganado la batalla.
— ¿Está usted segura de que no le han hecho daño, lady Zabini? —preguntó Ronald con voz suave.
Luna se volvió hacía él.
—Sí, yo... —Separándose del abrazo de Harry, se acercó hacia Ronald con la mirada llena de sorpresa y preocupación—. Por Dios, señor Weasley, me parece que esa pregunta se la tendría que haber hecho yo a usted.
—También atacaron a Ronald anoche —comentó Harry.
En pocas palabras le contó lo que había sucedido y las notas amenazadoras que había recibido. Justo cuando es taba acabando su relato, volvió a sonar el timbre de la puerta. Dobby fue a abrir, y al momento volvió con una nota para Harry, quien después de romper el sello leyó las pocas líneas que contenía y se sintió mucho más aliviado.
—Es de Hermione; dice que piensa pasar a visitarme esta mañana, dentro de una hora —explicó sacando el reloj del bolsillo y consultando la hora—. Dice que Longbottom la acompañará hasta aquí, de modo que esta rá a salvo y bien acompañada, gracias a Dios. —Vol viéndose hacía Draco , Ronald y Dobby, dijo—: Voy a acompañar a Luna a casa de nuestro padre, para ver cómo se encuentra. Vosotros tres podéis ir al alma cén y continuar con la búsqueda en las cajas que quedan allí, y que de paso así protegeréis. Yo me reuniré con vosotros más tarde, después de hablar con Hermione. Cuando hayamos acabado con las cajas que quedan en el almacén, iremos juntos al muelle a esperar la llegada del Sea Raven.
— ¿El Sea Raven? —preguntó Draco .
—Sí. He recibido un mensaje esta mañana que dice que llegará a puerto esta tarde.
Mientras todos se ponían aprisa los abrigos, Harry dijo:
—Ronald, vosotros podéis utilizar mi carruaje.
— ¿Y tú cómo vas a venir? —preguntó Ronald.
—Yo iré con el coche de Luna hasta casa de mi padre y desde allí tomaré un coche de alquiler. —Aga rró su bastón del estante de porcelana del vestíbulo y salió hacía la calle—. Tened cuidado, nos veremos pronto —les dijo a sus amigos, y a continuación salió con Luna hasta el coche, que los esperaba en la puerta.
Como la casa de su padre estaba a poca distancia, el camino lo recorrieron en apenas cinco minutos. Duran te ese tiempo, Harry no dejaba de sostener la mano de Luna entre las suyas, a la vez que daba gracias a Dios por que no la hubiesen herido. O algo peor.
Cuando llegaron a casa de su padre, Luna fue inmediatamente acompañada por el ayuda de cámara hasta el dormitorio, mientras Harry se detenía un mo mento a hablar con el mayordomo,
—Avise al personal de que no dejen entrar en la casa a nadie salvo a mí mismo, Charles. A nadie. Bajo ningún concepto. Y tampoco quiero que lady Zabini o mi padre salgan de aquí.
Charles se quedó pálido.
— ¿Cree que corremos algún peligro, señor?
—No, Charles, «sé» que corremos peligro.
Le explicó rápidamente lo que había sucedido, los ataques y el intruso en casa de Luna de la noche anterior. Charles se puso firmes.
—Quédese tranquilo, señor; no pienso permitir que nadie vuelva a hacer daño a su padre o a su hermana.
—Lo sé, Charles. Ahora quisiera ver a mi padre. —Cuando Charles hizo el gesto de acompañarle, Harry dijo—: Conozco el camino. Es mejor que usted hable con el servicio y después siga ocupando su puesto en la entrada.
—Por supuesto, señor.
Harry subió los escalones de dos en dos, luego giró en el pasillo a la derecha y se dirigió hacia el dormito rio principal. Llamó a la puerta y una voz apagada le invitó a pasar. Entró en la habitación, cerró la puerta a su espalda y cruzó la alfombra persa de color azul turquesa hasta llegar a la cama. Luna estaba sen tada en una silla de brazos al lado de la cabecera de la cama, sosteniendo entre sus manos una de las de su padre.
Harry se sintió tenso por dentro cuando vio la ven da blanca que rodeaba la cabeza de su padre y el brazo en cabestrillo que llevaba también un grueso vendaje blanco. En su cara pálida e hinchada y en el color de sus ojos se podía ver reflejado el dolor, pero su padre se las arregló para sonreír.
—Me alegro de verte, hijo.
Harry le rozó una mano con la punta de los dedos, y luchó por dejar a un lado el sentimiento de culpabili dad y la ira que le estaban apuñalando.
—También yo me alegro de verte, padre. ¿Cómo te encuentras?
—Un poco peor que ayer, me temo, pero el doctor Dumbledore me ha asegurado que me recuperaré completa mente. —Apretó los labios—. Maldito hombre impertinente. Me ha dicho que soy afortunado por tener una cabeza tan dura. Cuando le pregunté si recordaba con quién estaba hablando, tuvo el atrevimiento de «guiñarme» un ojo y añadir: «Con su afortunada Excelencia que posee tan dura cabeza, señor». ¿Os podéis imaginar tanto atrevimiento? Me parece que se cree que solo porque nos conocemos desde que éramos niños se pue de tomar ciertas libertades verbales. Bueno, ya le dije que en cuanto me sintiera con ánimos iba a retarle y le iba a hacer polvo en una partida de ajedrez.
Harry se tragó el nudo que tenía en la garganta. A pesar del dolor, estaba claro que su padre intentaba quitarle importancia al asunto, por él y por Luna, lo cual era algo que a Harry le hacía sentirse aún peor. Forzando una sonrisa, y en un tono de voz que preten día ser de broma, dijo:
—Estoy seguro de que el doctor Dumbledore te contes taría que estaba preparado para ese desafío.
—Pues la verdad es que esas fueron exactamente sus palabras.
—Ya, claro, es que puedo leer la mente. Esa es una de las muchas habilidades que aprendí en el extranjero, ¿no te lo había mencionado?
—No —dijo su padre—. Y me gustaría señalar que no soy un hombre de cabeza dura.
—Por supuesto que no —dijeron al unísono Harry y Luna.
Su padre hizo una mueca clara de dolor y malestar, y la poca calma que le quedaba a Harry se desvaneció. Tomando las manos de su padre entre las suyas, le con tó brevemente los demás ataques y concluyó diciéndole:
—Creo que existe una conexión entre estos ataques y mi búsqueda del pedazo desaparecido de la «Piedra de lágrimas». Alguien pretende hacerme sufrir hiriendo a quienes están a mi alrededor. Y, por desgracia, lo ha conseguido. Por el momento. —Miró a su padre fija mente a los ojos—. Voy a descubrir quién es el responsable de esto y haré que lo detengan. Te doy mi palabra, padre.
Se cruzaron una profunda mirada. Luego su padre asintió con la cabeza y le apretó la mano.
—Eres un gran hombre, hijo. Y estoy convencido de que podrás mantener tu palabra.
Un suspiro que ni siquiera se había dado cuenta que retenía en los pulmones salió entre los labios de Harry; un suspiro que se llevaba con él un poco del peso que había sentido en su corazón desde que muriera su ma dre. Y como ni su padre ni él eran muy habladores, el silencio había ayudado a aumentar la distancia que se había ido abriendo entre ellos dos durante todos esos años. Pero ante aquellas sencillas palabras que su padre acababa de proferir, él sintió que se acababa de levantar un puente entre ellos dos. Y tenía toda la intención de cruzar aquel puente. Y esperaba dar el primer paso con la noticia que tenía que comunicarle.
—Padre, al respecto de mi matrimonio... Quiero que sepas que estoy más determinado que nunca a re solver el problema del maleficio, porque he encontrado a la mujer con la que quiero casarme, y me parece im pensable la idea de no tenerla a ella por esposa.
Luna se puso ambas manos sobre el corazón y un sonido de maravillada sorpresa salió de entre sus labios.
—Oh, Harry, estoy tan contenta de que hayas en contrado a alguien que te interesa.
Antes de que pudiera decirle a Luna que sentía algo más que simple interés por su futura esposa, su padre dijo:
—Excelentes noticias. Por lo que se ve la velada de la otra noche fue un éxito. Sabía que miss Jane-Granger sería capaz de conseguirlo. Una muchacha muy inteligente, a pesar de que la primera boda que concer tó se hundiera como una piedra en un lago. Bueno, ¿y quién es la jovencita que has elegido? Debo decirte que las apuestas en el White están claramente a favor de lady Penélope.
—En realidad, se trata de miss Jane-Granger.
— ¿Qué sucede con ella?
—Ella es la joven elegida.
—Ella es la joven elegida para que te encontrara una novia adecuada, ¿y?
—No. Ella es la joven que yo he elegido para que sea mí futura esposa.
En la habitación se hizo un profundo silencio. Lue go Luna se levantó de la silla. Sin decir una palabra, caminó alrededor de la cama hasta que se paró delante de Harry.
—Tengo una pregunta que hacerte —dijo ella en voz baja, con sus ojos llenos de preocupación buscan do los de su hermano—: ¿Estás enamorado de ella?
—Completamente.
Algo de la tensión que reflejaban sus ojos se relajó.
—Y ella ¿está enamorada de ti?
—Eso son dos preguntas, Luna.
—Discúlpame. —Alzó una mano y le acarició la mejilla—. Solo deseo tu felicidad, Harry. —Bajando más la voz hasta convertirla en un suspiro, añadió—: No quisiera verte cometer el mismo error que yo cometí, ni ver que te casas con alguien a quien no le importas.
Un borbotón de odio hacia lord Zabini atravesó a Harry, y renovó la promesa que se había hecho a sí mismo de mantener una larga conversación con su cuñado, una vez hubiera solucionado sus propios pro blemas.
—No te preocupes, diablillo —le susurró al oído—. A ella le importo mucho. Y me hace feliz. Y yo la hago feliz. Y los dos te vamos a hacer tía varias veces.
Ella le ofreció una radiante sonrisa —una sonrisa que podría ya no existir si el mal nacido de anoche hu biera llegado a poner sus manos sobre ella.
—Entonces, quizá debería felicitarte. Os deseo a ti y a miss Jane-Granger mucha felicidad, Harry.
—-Gracias —dijo él contestando entre dientes.
Desde la cama, se oyó el sonido de un carraspeo de su padre.
—Debo decirte, Harry, que tu noticia me coge un poco desprevenido. —Miró a Luna—. ¿Te impor taría dejarnos solos un momento?
—Estaré en el salón. —Después de dar un apretón de brazos a Harry, Luna salió de la habitación, ce rrando la puerta tras de sí con un sonido apagado.
—Me temo que en este momento no tengo tiempo para una larga discusión, padre. Y de hecho, no tenemos nada que discutir, ya que estoy decidido. Voy a casarme con Hermione.
El rostro de su padre se puso rojo, un color que resaltaba aún más a causa del blanco vendaje que le cu bría la cabeza.
— ¿Cómo se te puede haber ocurrido algo así, Harry? Me habías dado tu palabra...
—De casarme. Y lo haré. En cuanto haya roto el maleficio.
Los labios de su padre se apretaron formando una delgada línea de desaprobación, borrando de un pluma zo la frágil unidad que apenas hacía un momento habían conseguido mantener los dos.
—No es de nuestra clase, Harry. Por Dios, esa mu jer es comerciante. ¿Qué sabes de su familia? ¿Qué sa bes de su procedencia? ¿Quiénes son sus padres? —Antes de que Harry pudiera decir una sola palabra, su padre añadió—: Yo no conozco el nombre de sus pa dres, pero sé una cosa de ellos. Son don nadie. Personas sin importancia.
—Eso no me importa. Puede que no sea una hija de la clase alta, pero es completamente respetable. Además, es una persona buena, generosa, interesante y, como tú has dicho, inteligente, y sobre todo me hace feliz.
—Estoy seguro de que esa muchacha es un encan to. Hazla tu amante y cásate con una mujer apropiada.
Harry agarró una mano a su padre y comprobó su temperatura.
— ¿Con «apropiada» quieres decir alguien que apor te dinero, prestigio y quizá algunas propiedades al ma trimonio?
—Exactamente —dijo su padre mirándole aliviado.
—Me temo que no tengo la intención de sacrificar mi felicidad para aumentar la ya bastante abultada lista de propiedades familiares, padre.
Se hizo el silencio entre ellos durante varios se gundos.
—Los años que has pasado en el extranjero te han cam biado, Harry. Nunca pensé que serías capaz de deshon rar tu herencia de esa manera.
—No veo ningún deshonor en casarme por amor en lugar de hacerlo por dinero. Y ahora, aunque no quie ro parecer brusco, debo dejarte; y considero que este asunto queda así zanjado. Lamento que te hayan heri do y me siento más aliviado de verte bien.
—Créeme, este asunto no se ha zanjado en absoluto.
—Está entera y completamente zanjado. Me voy a casar, y me temo, padre, que tú no tienes nada que ob jetar a la persona que yo haya elegido. Aunque me gustaría mucho que nos dieras tu bendición, tengo la inten ción de casarme con ella, tanto si lo apruebas como si no. Te volveré a visitar en cuanto me sea posible.
Harry salió rápidamente de la habitación y bajó apresuradamente las escaleras hacia el salón, donde se despidió de Luna y recordó a Charles las instruccio nes que le había dado de que no dejara entrar a nadie en la casa. Se puso el abrigo y salió a la calle con el bastón bajo el brazo. Su casa estaba solo a un pequeño paseo de la de su padre, y se dirigió hacia allí a pie para encon trarse con Hermione.
Que Dios ayudara a aquel mal nacido si se le ocu rría acercarse a Hermione. «Si lo haces, maldito mal na cido, te aconsejo que disfrutes de tus próximas horas, porque esas serán las últimas para ti», pensó mientras caminaba.
Sentada en un banco de piedra en su sendero favorito de Hyde Park, Hermione respiraba la brisa fría de la maña na, que transportaba un aroma de flores y tierra y ani maba a los pájaros a cantar. Su mirada se paró en Ginny, Neville y Hope, quienes estaban mirando un grupo de mariposas que volaban formando una madeja de co lores a poca distancia de ellos.
Los ojos de Hermione se llenaron de lágrimas ante la visión de sus amigos. Lágrimas de alegría, porque esta ba claro que Ginny y Neville se amaban profundamente, y era obvio lo felices que eran juntos. Y si tenía que ser completamente honesta consigo misma, lágri mas de envidia, porque ella también quería sentir ese tipo de amor, pero nunca podría hacerlo realidad.
Cuando esa mañana le dijeron que estaban planean do casarse, ella se había quedado por un momento asombrada y en silencio. ¿Ginny y Neville? ¿Por qué nunca se le había ocurrido pensar en algo así? Pero enseguida, dándole vueltas a la idea en la cabeza, se dio cuenta de lo buena pareja que hacían. Tenían muchas cosas en común, ambos conocían y aceptaban el pasa do del otro, y Neville no habría podido querer más a Hope si hubiera sido su propia hija. De repente recor daba las miradas que los dos se dirigían a escondidas, miradas que ella había creído que eran de preocupación o cansancio, pero en las que se reflejaba una tensión muy diferente. Ni en una sola ocasión se le había ocurrido pensar que podría tratarse de ese «otro» tipo de preocupación. Por el amor de Dios, ¿qué tipo de casa mentera era si no era capaz de descubrir el amor cuan do lo tenía delante de sus propias narices?
Una risa fría escapó de entre sus labios y parpadeó varías veces para contener las lágrimas. Obviamente, ella no era en absoluto una buena casamentera, porque una buena casamentera nunca habría estado tan loca como para enamorarse del hombre para el cual se suponía que debía encontrar una esposa apropiada.
A lo largo de la noche de insomnio del día anterior había estado enfrentándose con frialdad y serenidad a los hechos, pero no había encontrado el valor para esconderse detrás de montañas de racionalidad, o miran do hacia otro lado.
El hecho inquietante era que se había enamorado —aun a su pesar— como una loca. Y por si el hecho de por sí no fuera lo suficientemente preocupante, además se había enamorado de un vizconde, del heredero de un condado, lo cual entraba en la categoría de «inequívo camente estúpido».
Harry necesitaba una esposa, y le parecía evidente que había planeado pasar por alto sus diferencias de cla se y pedirla en matrimonio. Su corazón dio un brinco sintiéndose enfermo de pérdida y remordimiento. Ella habría dado cualquier cosa, cualquiera, con tal de poder aceptar. Pero, como dolorosamente sabía, había entre ellos mucho más que las claras diferencias de clase, y eso la dejaba muy lejos de ser una esposa apropiada para Harry. Y aunque le dolía tener que hacerlo, era el momento de decirle que, incluso si era capaz de romper el maleficio, ella no podría ser nunca su esposa.
Se puso de pie y caminó junto a Neville, Ginny y Hope hacia la calesa que habían dejado al lado de la entrada del parque, casi enfrente de la casa de Harry. No tenía más que cruzar la calle para encontrarse con él.
— ¿De verdad no quiere que la esperemos? —pre guntó Neville mientras subía a Hope al asiento de la calesa.
—No, gracias —dijo Hermione con una expresión que pretendía pasar por una sonrisa jovial—. No sé cuánto tiempo voy a estar hablando con lord Godric.
—Pero ¿cómo volverás a casa tía Hermi? —pregun tó Hope.
—Le pediré a lord Godric que me busque un medio de transporte. —Cuando parecía que Neville iba a objetar algo, ella añadió rápidamente—: Estoy segura de que lord Godric planea ir al al macén para continuar con la búsqueda, y seguramente tendré que acompañarle. —Se sintió un poco culpable de haber dicho aquella mentira, porque sabía que después de su conversación con Harry no volvería a verle nunca más.
Cuando los tres se hubieron acomodado en la cale sa, Neville tomó las riendas.
—Bueno, nos veremos más tarde —dijo Ginny con la mirada radiante de felicidad.
A Hermione se le hizo un nudo en la garganta y, desconfiando de su voz, simplemente le contestó con una sonrisa e inclinando la cabeza.
—Adiós, tía Hermi —dijo Hope saludando con la mano.
—Hasta luego, cariño —consiguió decir, y luego le lanzó un beso.
La calesa avanzó por Park Lake, y Hermione se que dó mirándola hasta que se perdió de vista. Se quedó allí de pie durante otro buen minuto, inconsciente del movimiento de los transeúntes que pasaban a su lado, tra tando desesperadamente de reunir el valor suficiente para no escuchar la voz interior que le decía que todo lo que quería estaba dentro de aquella casa. Y que nunca podría tenerlo. Y dado que nunca lo tendría, ya era hora de aclarar todas sus mentiras con Harry.
Tomando aire con resolución, miró hacia su desti no y empezó a cruzar la calle. No había dado más de media docena de pasos cuando oyó que una voz fami liar le gritaba desesperada:
— ¡Hermione!
Sorprendida, se detuvo. Miró a su alrededor y vio a Harry corriendo hacia ella, con la cara convertida en una mueca de pánico.
— ¡Hermione, cuidado!
De repente oyó el retumbar de unos cascos de caba llo sobre los adoquines y miró por encima de su hom bro. Un carruaje, tirado por cuatro caballos negros lanzados a pleno galope, se dirigía directamente hacia ella. Se asustó tanto al ver el coche que se le echaba encima que el terror la dejó paralizada durante varios segundos. Unos segundos que, como se dio cuenta en un destello, podrían haberle costado la vida.
Continuara…
N/A: disculpen la tardanza pero aquí les dejo el nuevo cap.
