NOTA: Sé que estoy actualizando mucho últimamente. ¡Es porque quiero acabar el fanfic antes de que empiece la segunda temporada! (no puedo creer que esté escribiendo esto POR FIN). No sé si lo conseguiré, pero estoy en ello. Tampoco sé muy bien cuántos capítulos faltan, pero ya voy hacia la recta final, espero. ¡Muchas gracias por comentar y por disfrutar tanto esta historia!


Amanecía ya cuando Marinette terminó de recoger sus cosas. Había guardado en una mochila ropa para varios días, útiles de aseo y algunos otros objetos que necesitaba. Dudó sobre si llevarse los libros del colegio, pero después pensó que, de todos modos, no se sentía con ánimos para estudiar.

Sentado en el diván, Cat Noir la observaba con expresión desolada.

–Lo siento, Marinette.

Ella sacudió la cabeza.

–Deja de decir eso. No ha sido culpa tuya, ya lo hemos hablado.

Cat Noir no respondió. Solo desvió la mirada, y Marinette advirtió que continuaba con las orejas gachas.

Respiró hondo y echó una mirada a su alrededor. No sabía cuánto tardaría en regresar a su habitación, a su casa... a su vida. Pero sus padres ya no estaban allí tampoco y todo le parecía vacío y silencioso sin ellos. Habían echado el cierre a la panadería por tiempo indefinido... ellos, que abrían incluso en navidad o el día de su aniversario.

Marinette no podía enfadarse con Cat Noir por ello, porque una parte de sí misma se sentía culpable también. Después de todo, estaban en peligro porque ella era Ladybug. Lepidóptero podía haberlo descubierto de cualquier otra manera y el resultado habría sido el mismo.

Marinette había hablado con ellos por teléfono, pero no los había visto desde el día anterior. La policía los había alojado en un piso a las afueras de la ciudad; tanto el teniente Raincomprix como el alcalde Bourgeois le habían asegurado que estarían a salvo y con todas sus necesidades atendidas, pero la ubicación del lugar era un secreto para todos excepto para los policías directamente encargados de proteger a los Dupain-Cheng.

–¿Estás lista, Marinette? –preguntó entonces Tikki.

Ella volvió a la realidad.

–Creo que sí –respondió.

Cat Noir se levantó como un autómata, aún con expresión profundamente abatida. Marinette lo abrazó con fuerza, acariciándole el pelo hasta que comenzó a ronronear.

–Todo saldrá bien, minino –murmuró.

–Estoy preocupado por ti –dijo él, hundiendo el rostro en su cabello.

–No lo estés. Somos Ladybug y Cat Noir, ¿recuerdas? Al final siempre ganamos nosotros.

Él suspiró.

–Lo recordaré –le prometió–. Pero ahora tenemos que marcharnos, bichito.

Marinette asintió. Sabía que Cat Noir quería aprovechar la oscuridad de los últimos instantes de la noche, antes de que clareara del todo, para evitar en la medida de lo posible que nadie los viera mientras se dirigían a su nuevo refugio. Por esa razón habían acordado que ella no se transformaría en Ladybug para aquel desplazamiento; llamaría demasiado la atención.

Salieron al balcón. Marinette se puso la capucha de la sudadera negra que llevaba, se cargó la mochila a la espalda y se abrazó a Cat Noir. Él extendió su bastón y se la llevó de allí, saltando de tejado en tejado. Marinette se aferró a él con fuerza y cerró los ojos. Sentía que todo su mundo se desmoronaba a su alrededor, pero la presencia de su compañero le daba fuerzas y la animaba a seguir presentando batalla, incluso aunque él se encontrase decaído y preocupado. Pero ella le había dicho lo que sentía de verdad: que, mientras estuviesen juntos, todo acabaría por arreglarse.

Cat Noir se detuvo entonces, y Marinette abrió los ojos y miró a su alrededor. Se sorprendió al encontrarse en un lugar conocido.

–Esto es... ¿la habitación de Adrián? –exclamó alarmada–. Quiero decir... ¿la mansión Agreste? –se corrigió, volviéndose hacia Cat Noir para pedir una explicación.

Él se frotó la nuca, un tanto incómodo.

–Es el sitio más seguro que conozco –se defendió.

–Simón Dice no tuvo muchos problemas para entrar –le recordó ella.

–Lo sé, pero desde entonces mi pa... el señor Agreste ha mejorado el sistema de seguridad. He hablado con él, le he dicho que eres el nuevo objetivo de Lepidóptero y está de acuerdo en que te quedes. Se siente además responsable porque... bueno, porque al despedir a Nathalie fue en parte el causante de su akumatización y...

–Pero no puedo quedarme en la habitación de Adrián, sería muy raro –objetó Marinette.

Los dos miraron de reojo la cama donde Cat Noir se había declarado a Ladybug y enrojecieron intensamente.

–No, no –se apresuró a responder él–. Hay una habitación de invitados, está todo arreglado. He entrado por aquí porque estaba la ventana abierta; no me parecía buena idea que te viesen entrar por la puerta principal. Nadie debe saber que estás aquí, Marinette. Solo los habitantes de la casa estarán al tanto, y ellos no van a decir nada a nadie.

–Entonces Adrián lo sabe también... –murmuró ella. No sabía cómo sentirse al respecto.

–No saben que eres Ladybug, solo que Lepidóptero ha amenazado a tu familia. Y... y Adrián está conforme con que te quedes en su casa, naturalmente –añadió, deprisa–. Po-porque eres su amiga y se preocupa por ti y...

Pero Marinette dio un respingo y alzó la cabeza para mirarlo, alarmada.

–No, no puedo quedarme aquí. Los pondría a todos en peligro, y especialmente a Adrián –añadió en voz baja.

Cat Noir avanzó hasta ella para abrazarla.

–Marinette, llevas mucho tiempo defendiendo a los habitantes de París –le dijo con dulzura–. Dales la oportunidad de devolverte el favor por una vez.

–No es eso –respondió ella negando con la cabeza–. Lepidóptero conoce mi identidad, así que mi familia no es la única amenazada; también mis amigos...sobre todo aquellos a los que más quiero... como Alya... o Adrián –concluyó en voz muy baja.

El corazón de Cat Noir comenzó a latir salvajemente en su pecho. Tragó saliva antes de atreverse a preguntar:

–¿Adrián... es importante para ti? Sé que vais juntos a clase, pero...

Ella lo miró de soslayo. Se había puesto colorada.

–Hay... algo que tengo que contarte –dijo por fin–. ¿Recuerdas que... en su momento te dije... que me gustaba un chico? A-antes de salir contigo, quiero decir.

–Sí, lo recuerdo –respondió Cat con prudencia.

Marinette se había cubierto la cara con las manos, muerta de vergüenza.

–Bien, pues... era Adrián Agreste –confesó por fin en voz muy baja.

Cat Noir alzó las orejas, sin estar seguro de haber oído bien.

–¿Estabas enamorada... de Adrián Agreste?

No podía ver la expresión de ella porque aún tenía el rostro cubierto, pero sus orejas seguían rojas como cerezas cuando asintió sin atreverse a mirarlo a la cara.

El corazón de Cat Noir se detuvo un instante.

–¿Desde cuándo, Marinette? –le preguntó con suavidad.

–Desde hace mucho tiempo. Prácticamente desde principio de curso.

Cat Noir trató de ordenar sus pensamientos. ¿Significaba eso que Marinette llevaba meses enamorada de su compañero de clase sin que él fuese consciente de ello, porque estaba demasiado obsesionado con Ladybug... con la chica que suspiraba por él desde el banco de atrás?

Y, por otro lado, si todo aquello era cierto...

–¿Me estás diciendo que has estado rechazándome todo este tiempo... porque te gustaba Adrián Agreste?

Ella volvió a asentir. Cat Noir dejó caer los brazos, anonadado. «Tiene que ser una broma pesada», se dijo. Marinette malinterpretó su expresión y lo tomó de las manos para obligarlo a mirarla a los ojos.

–Pero nunca ha habido nada entre nosotros –se apresuró a aclarar–. Él no siente lo mismo por mí, y probablemente ni siquiera sabe que yo... que yo...

Se le llenaron los ojos de lágrimas, y Cat Noir se sintió fatal. Impulsivamente, la estrechó entre sus brazos.

–Te quiero –le aseguró con fervor–. Siempre te he querido.

Marinette, con el rostro hundido en su pecho, ahogó un sollozo.

–Y yo también te quiero, Cat –respondió–. Y ya casi he superado lo de Adrián, pero...

–Estarás bien aquí, te lo prometo –le aseguró él–. Entiendo que puedas sentirte incómoda, pero esta casa es segura y...

–No es eso –cortó ella, separándose un poco de él; no se atrevió a mirarlo a los ojos, sin embargo, cuando le explicó–: Es que puede que Adrián esté en peligro también... por lo que significa para mí. Así que debería mantenerme alejada de él, igual que de mis padres, y de Alya, y de todas las personas que me importan... y que no tienen superpoderes para defenderse de Lepidóptero.

Cat Noir la contemplaba sin saber qué decir. Por un lado deseaba revelarle su verdadera identidad... pero, por otro, temía la reacción de Marinette. ¿Cómo podía mirarla a la cara después de lo que ella le había confesado? ¿Y si lo odiaba por no haber sido capaz de reconocerla, por no haber sabido ver lo que sentía por él? ¿Y si se sentía avergonzada por todo lo que acababa de revelarle? ¿Y si era cierto que Adrián estaba dejando de gustarle? ¿Y si Marinette llegaba a pensar que él había estado jugando con ella?

Llevaba mucho tiempo deseando mostrarle a Marinette quién era el chico que se ocultaba bajo la máscara... pero ahora, de pronto, se sentía lleno de dudas y temores.

En aquel momento llamaron a la puerta, y los dos dieron un respingo y se separaron, alarmados. La puerta se abrió y entró una mujer a quien Cat Noir conocía muy bien.

–¡Nathalie! –exclamó con alegría–. Quiero decir... señorita Sancoeur. –Carraspeó–. ¿Se encuentra mejor esta mañana?

–Sí, gracias, Cat Noir –respondió ella; los miró a los dos, sin mostrarse sorprendida por haberlos encontrado aquí–. El señor Agreste me dijo que vendríais, pero no esperaba que entrarais por... ¿la ventana? –aventuró, echando un vistazo al ventanal abierto.

Cat Noir se aclaró la garganta otra vez.

–Es por seguridad –respondió–. Nadie debe saber que Marinette está alojada aquí.

–Lo comprendo –asintió ella; miró a Marinette casi con timidez–. Yo... lamento mucho lo que les hice a tus padres, Marinette.

–No fue culpa suya –respondió ella–, sino de Lepidóptero. –Vaciló un momento antes de preguntar–. Entonces, ¿vuelve a trabajar aquí?

–El señor Agreste ha reconsiderado su decisión debido a las... circunstancias extraordinarias. Oh, y eso me recuerda que dijo que quería verte cuando llegaras. –Consultó su tableta y frunció el ceño–. Qué raro, Adrián debería haber vuelto hace ya un rato.

–Eeehhh, estará al llegar –se apresuró a responder Cat Noir–. Yo he de marcharme, pero volveré cuando pueda para... para... evaluar la situación. Señoritas –se despidió, inclinándose caballerosamente ante ellas.

Dirigió una intensa mirada a Marinette antes de encaramarse de un salto a la ventana y desaparecer de allí. No podía besarla ni abrazarla delante de Nathalie, aunque no le faltaban ganas. Ella se quedó mirando la ventana por la que se había marchado, sintiendo que una parte de su corazón se marchaba con él. A su espalda, Nathalie carraspeó para atraer su atención.

–¿Me acompañas, por favor? El señor Agreste te está esperando.

Marinette asintió y siguió a Nathalie fuera de la habitación de Adrián.

Recorrieron los pasillos de la mansión Agreste y descendieron por la escalinata hasta la planta baja. Nathalie se detuvo ante la puerta del despacho de su jefe y llamó con los nudillos.

–Señor, Marinette Dupain-Cheng ya está aquí –anunció.

–Que pase, Nathalie –se oyó desde dentro.

Ella inspiró hondo y abrió la puerta. Después se retiró a un lado, cediendo paso a Marinette. La muchacha entró en la habitación, intimidada.

Gabriel Agreste avanzaba hacia ella desde el fondo de la sala. Siempre le había parecido un hombre muy serio y severo, pero aquella mañana la recibía con una media sonrisa cortés.

–Señorita Dupain-Cheng... bienvenida a mi casa.

–Gracias, señor Agreste –respondió ella–. Yo... no quería causar molestias, y el caso es que no... no sabía que Cat Noir planeaba traerme aquí...

Agreste le restó importancia con un gesto de su mano.

–Cat Noir ha tomado la decisión correcta. No hay lugar más seguro que este en todo París. Propuse también alojar a tus padres, pero al parecer la policía se ha tomado muy en serio su labor de protección y no desean interferencias.

Marinette, abrumada por la inesperada amabilidad de Gabriel Agreste, no supo qué decir.

–Yo... yo... no sé cómo agradecérselo, señor...

–No es necesario. Todos debemos colaborar contra Lepidóptero y, por otro lado, soy muy consciente de nuestra... hum... involuntaria implicación en los lamentables sucesos de anoche. –Nathalie desvió la mirada, incómoda–. También sé que eres compañera de clase de mi hijo Adrián.

–Es una amiga por la que siento un gran aprecio, padre –dijo de pronto la voz de Adrián junto a Marinette, sobresaltándola.

Cuando ella se volvió hacia él, Adrián le regaló una amplia sonrisa y le pasó un brazo por los hombros antes de dirigirse de nuevo a su padre.

–Te agradezco mucho que le permitas quedarse aquí. Cat Noir me ha dicho que Lepidóptero la atacó a ella y a su familia con algún propósito, y que probablemente lo volverá a intentar...

–No es problema –cortó Agreste–. Pero acuérdate de explicarle cuáles son las normas de esta casa, y asegúrate de que las cumple.

Adrián tragó saliva.

–Sí, padre.

–Y acompáñala a su habitación. Sin duda estará agotada y necesitará descansar.

–Sí, padre.

–Nathalie, necesito que hagas unos cambios en mi agenda para hoy...

Adrián y Marinette abandonaron el despacho, dejando atrás a los adultos. Una vez en el vestíbulo, el chico se volvió hacia su compañera con una tímida sonrisa.

–Estarás muy bien aquí, ya lo verás. La habitación de invitados es un poco impersonal, quizá, pero es grande y bastante cómoda.

Marinette respiró hondo. Sentía que todo estaba pasando muy deprisa y aún no había asimilado el hecho de que iba a pasar una temporada en casa de Adrián. Todavía no comprendía por qué Cat Noir había tomado aquella decisión sin consultárselo. Era cierto que la mansión Agreste contaba con grandes medidas de seguridad, pero no resultaba práctica como cuartel general porque no podría transformarse libremente. Tendría que seguir ocultando a todo el mundo que era Ladybug, y le sería más difícil entrar y salir a voluntad.

–¿Estás bien? –le preguntó entonces Adrián, un poco preocupado ante su silencio.

Ella reaccionó.

–Sí, gracias, solo... estoy un poco aturdida. De verdad que no quiero resultar ninguna molestia, Adrián.

Él sonrió.

–Al contrario, estoy muy contento de que estés aquí. Esta casa es muy grande y a menudo está muy vacía. Será agradable poder compartirla con alguien de mi edad, para variar.

Ella le devolvió una tímida sonrisa.

–Aunque quizá sea muy egoísta por mi parte –añadió Adrián entonces, súbitamente inquieto–. Quiero decir... después de todo, te han separado de tus padres y...

–No, no, no pasa nada. Mis padres estarán mejor sin mí. Quiero decir... que será más seguro para ellos y... y... y supongo que también para mí, pero tampoco me-me gustaría poneros en peligro a vosotros...

–Esta casa es una fortaleza, Marinette –le aseguró Adrián, colocando las manos sobre sus hombros–. No te pasará nada, te lo prometo.

Marinette desvió la vista, incapaz de soportar la intensidad de su mirada. No sabía qué decir, de modo que cambió de tema.

–¿Y qué hay de esas normas a las que se refería tu padre? –preguntó.

Adrián resopló.

–Oh, nada importante. Básicamente, que no hay que interrumpirlo cuando trabaja, y eso incluye no hacer ruido en toda la casa. Ah, y respetar los horarios de las comidas y las cenas. Pero esta última es flexible; si quieres comer a una hora determinada o prefieres que te lleven la comida a tu habitación, basta con que avises con cierta antelación.

–Como en un hotel –sonrió Marinette.

Él le devolvió una sonrisa triste.

–Sí, como en un hotel –respondió a media voz.

Marinette advirtió un destello de melancolía en su mirada y reprimió un súbito deseo de abrazarlo.

–Bueno, no nos entretengamos más –dijo Adrián antes de que ella encontrase algo apropiado que decir–. Te llevaré a tu cuarto para que te instales.

La condujo hasta una habitación que estaba en el mismo pasillo que la suya propia. Tal y como le había anticipado, era amplia y cómoda, pero algo fría. Como la de un hotel, advirtió Marinette.

–No es tan agradable y acogedora como tu habitación –farfulló Adrián, un poco avergonzado–. Solo espero que...

–Todo está bien, Adrián –cortó ella–. Tu padre y tú sois muy amables al invitarme. Y la habitación es perfecta. De verdad, no necesito nada más.

Él sonrió, y Marinette se derritió por dentro. Adrián siempre se había mostrado amable con ella, pero aquello iba más allá de lo estrictamente cordial.

–Te dejo sola para que descanses un poco –dijo él–. ¿Tienes hambre? Desayunaremos dentro de media hora, pero si prefieres dormir avisaré al cocinero de que no vas a bajar.

El estómago de Marinette protestó ante aquella posibilidad. Ella se puso colorada, pero Adrián se rió.

–Creo que eso responde a mi pregunta –comentó–. No tienes que esperar al desayuno si no quieres. Puedo pedir que te suban algo.

–No es necesario, de verdad. Esperaré.

–Y también puedo traerte antigripales o leche caliente para el catarro –siguió diciendo él–. O cualquier otra cosa que te haga falta. –Marinette se quedó mirándolo, y él se frotó la nuca, incómodo–. ¿Te parece que soy muy pesado? No quiero agobiarte, de verdad. Es que nunca... –Iba a decir que nunca había tenido una chica alojada en su casa, pero se lo pensó mejor–. Es que mi padre nunca me ha dejado invitar a un amigo a casa, ni siquiera a Nino. Y me siento un poco mal porque estoy contento de que estés aquí, pero no debería, porque ayer un akuma atacó a tu familia y...

Marinette no pudo más. Siguiendo un impulso, se arrojó sobre él y lo abrazó con fuerza. Adrián se quedó un poco sorprendido, pero la abrazó a su vez.

–Gracias por todo –murmuró ella.

–No hay de qué –susurró él–. Te lo debía.

–¿Me lo debías? ¿Por qué?

Adrián estuvo a punto de inventar cualquier excusa para alejar de sí el fantasma de Cat Noir, pero finalmente decidió que no tenía por qué hacerlo.

–Por muchas cosas –respondió al fin.

Marinette vaciló un instante y después se separó de él, un tanto avergonzada. Adrián comprendió enseguida lo que le pasaba por la cabeza.

–Cat Noir me dijo que volvería por la noche para ver cómo estás –dejó caer, y observó que ella enrojecía levemente–. Se preocupa mucho por ti.

–Lo sé –murmuró Marinette.

–Ah, y... se me olvidaba: me pidió que te recordara que no debes contarle a nadie que estás aquí. Ni siquiera a Alya o a tus padres, para no ponerlos en peligro a ellos también.

–Lo comprendo –asintió ella a media voz.

Sobrevino un silencio incómodo, y finalmente Adrián concluyó:

–Tengo que dejarte. ¿Nos vemos después en el desayuno? Tengo un horario apretado pero quiero pasar todas mis horas libres contigo –se le escapó; Marinette abrió mucho los ojos, y él se apresuró a añadir–: Pa-para que no te sientas sola, porque después de todo soy tu anfitrión...

–Claro –asintió Marinette–. Muchas gracias por todo, Adrián.

–No hay de qué –respondió él con una sonrisa.

Solo cuando hubo salido al pasillo y cerrado la puerta tras de sí, murmuró:

–Haría cualquier cosa por ti, milady.