Otra vez en el infierno
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Edward supo que algo iba mal apenas entró cabalgando en el alcázar inferior. Anthony no estaba allí para recibirlo, e Isabella tampoco.
Un súbito temor le oprimió el corazón. Espoleando a su corcel, galopó por el puente y entró en el patio.
Elisabeth salió del castillo como una exhalación cuando Edward y Garrett estaban desmontando. Se detuvo a unos metros de los dos hombres y luego, pareciendo tomar finalmente una decisión, corrió hacia Garrett y se lanzó a sus brazos. En cuanto lo tuvo abrazado, se echó a llorar.
Obtener alguna información de Elisabeth requirió paciencia y varios largos minutos.
El segundo al mando de Edward, un hombre corpulento pero de voz suave llamado Alistair, vino corriendo para hacerles su relato. Mientras Garrett trataba de calmar a Elisabeth, Alistair explicó que los soldados del rey habían venido a por Isabella.
—¿Llevaba esa misiva el sello del rey? —preguntó Edward.
Su pregunta hizo que Alistair frunciera el ceño.
—No lo sé, barón. No vi la convocatoria. Y vuestra esposa insistió en llevarse la carta consigo. — Después Alistair bajó la voz hasta dejarla convertida en un susurro cuando añadió—: No quería que nadie le leyera el contenido de la llamada a vuestra hermana.
Edward no estaba muy seguro de cómo debía interpretar la acción de su esposa. Finalmente llegó a la conclusión de que la orden tenía que haber incluido alguna clase de amenaza dirigida hacia Elisabeth, e Isabella estaba intentando proteger a su hermana de la preocupación.
El rey nunca hubiese amenazado. No, Aro jamás trataría de semejante manera a los barones que le eran leales. Edward tenía suficiente fe en su monarca para creer que Aro esperaría a haber oído todas las explicaciones.
La mano de James había tenido algo que ver con aquella traición. Edward hubiese apostado su vida en ello.
Gritó inmediatamente la orden de prepararse para volver a partir. Edward estaba tan furioso que apenas si podía pensar con lógica. El único pensamiento tranquilizador era el hecho de que Anthony se había ido con Isabella. Su leal vasallo se había llevado consigo a un pequeño contingente de los mejores guerreros de Edward. Alistair le explicó que Anthony no se había atrevido a llevarse demasiados soldados, ya que no quería que el rey pensara que no se confiaba en él.
—¿Entonces Anthony cree que la llamada provenía directamente de nuestro rey? —preguntó Edward.
—No me hizo partícipe de lo que pensaba —respondió Alistair.
Edward pidió que le trajeran una montura fresca. Cuando el encargado de los establos le llevó a Sileno, Edward quiso saber por qué Isabella no había escogido a su corcel para que la llevara a la corte.
Riley, que no estaba acostumbrado a hablarle directamente a su señor, balbuceó su respuesta.
—Temía que su hermano pudiera maltratar al caballo si descubría que Sileno os pertenecía, mi señor. Esas fueron sus palabras.
Edward asintió, aceptando la explicación. ¡Cuán propio de su delicada esposa el que se preocupara por el caballo!
—Exigió que se le diera uno de los caballos del rey —añadió Riley.
Elisabeth llegó al extremo de rogar que se le permitiera ir con ellos. Edward ya había montado, pero la histeria de su hermana hizo que se viera obligado a esperar unos minutos preciosos mientras Garrett se separaba de su prometida.
Después de que hubiese rechazado cortésmente la súplica de Elisabeth de que se le permitiera acompañarlos en su viaje, Garrett tuvo que jurar sobre la tumba de su madre que volvería a ella sin haber sufrido un solo arañazo, un juramento que Edward sabía era falso dado que la madre de Garrett aún vivía. Aun así no hizo ningún comentario acerca de aquella contradicción, por que vio la manera en que la promesa de Garrett había tranquilizado a su hermana.
—¿Podréis alcanzar a la señora? —se atrevió a preguntarle Riley a su señor.
Edward se volvió para contemplar al encargado de los establos desde lo alto de su montura. Entonces vio la expresión de temor que había en los ojos de aquel hombre, y se sintió conmovido por su preocupación.
—Llego una semana demasiado tarde, si es que no más —dijo Edward—. Pero traeré de regreso a tu señora, Riley.
Esas fueron las últimas palabras que pronunció hasta que ya se encontraban a medio camino de Londres Garrett pensó que si los caballos no hubieran necesitado descansar, Edward habría seguido adelante sin hacer ningún alto.
El barón de Masen se separó de sus hombres. Garrett dejó que estuviera solo durante unos cuantos minutos y luego fue a hablar con él.
—Me gustaría darte un consejo, amigo mío. Edward se volvió a mirarlo.
—Acuérdate de cuál fue mi reacción cuando vi a Demetri —siguió diciendo Garrett—. No permitas que tu rabia te controle, aunque he jurado que intentar protegerte la espalda mientras estemos en la corte.
Edward asintió.
—Volveré a ser dueño de mí mismo tan pronto como vea a Isabella. Ahora llevará lo menos una semana en la corte. Solo Dios sabe lo que le ha hecho James. Garrett, te juro por Dios que si la ha tocado entonces yo...
—James tiene demasiadas cosas en juego para; hacerle daño a Isabella, Edward. Necesita el respaldo de su hermana, no su ira. No, habrá demasiadas personas mirándolo. James fingirá ser el hermano lleno de afecto.
—Rezo para que estés en lo cierto —respondió Edward—. Yo... estoy muy preocupado por ella.
Garrett le dio unas palmaditas en el hombro.
—¡Qué diablos, hombre! —exclamó—. Lo que ocurre es que temes perderla, de la misma manera en que yo temía llegar a perder a Elisabeth.
—Estamos hechos un par de arrogantes —anunció Edward—. No te preocupes por mi ira. Cuando vea a mi esposa, volveré a mostrarme disciplinado.
—Sí, bueno, hay otra cuestión de la que es preciso hablar —confesó Garrett—. Elisabeth me habló de la carta que recibiste del monasterio.
—¿Cómo pudo llegar a saber de la carta? —preguntó Edward.
—Tu Isabella se lo contó. Al parecer encontró la carta y la leyó.
Los hombros de Edward se hundieron súbitamente. Sus preocupaciones acababan de verse multiplicadas, porque no estaba nada seguro de qué haría su esposa.
—¿Te contó Elisabeth cómo reaccionó Isabella? ¿Se enfadó mucho? Dios, espero que se enfadara.
Garrett sacudió la cabeza.
—¿Qué razones puedes tener para querer que se enfadara?
—Le mentí a Isabella, Garrett, y ahora espero que la mentira la llenase de furia. No quiero que Isabella piense que... la utilicé de mala fe. —Edward se encogió de hombros, dándose cuenta de lo difícil que le resultaba expresar sus sentimientos con palabras—. Cuando conocí a Isabella, ella intentó convencerme de que James no iría en su busca. Me dijo que no era merecedora de la atención de su hermano. Isabella no estaba intentando engañarme, Garrett. Juro por Dios que ella realmente creía en lo que estaba diciendo. Era James el que la hacía sentir de aquella manera, claro está. Isabella permaneció bajo su poder durante casi dos años.
—¿Dos años?
—Sí —dijo Edward—. Desde el momento en que murió su madre hasta que la enviaron con su tío, fue el único guardián de Isabella. Tú sabes también como yo de qué crueldades es capaz James, Garrett. He visto cómo Isabella se va haciendo un poco más fuerte cada día que pasa, pero sigue siendo... vulnerable.
Garrett asintió.
—Sé que desearías haber sido el único que le dijera que Laurance no era un verdadero hombre de Dios, pero piensa en lo poco preparada que habría estado Isabella para ello si hubiera sido James quien se lo explicara
Edward era un hombre atormentado. Su inocente esposa volvía a encontrarse en manos del diablo. Pensarlo le heló el alma.
Garrett no sabía qué palabras podía ofrecer para aliviar el sufrimiento de Edward.
—La luna nos proporciona suficiente luz para que podamos seguir cabalgando durante toda la noche —sugirió.
—Entonces sacaremos provecho de la luz.
Los barones no volvieron a hablar hasta que hubieron llegado a su destino.
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Isabella intentaba dormir. Se hallaba encerrada dentro de la cámara contigua a la habitación de su hermana Victoria. Las paredes eran tan delgadas como el pergamino, e Isabella trataba de no escuchar la discusión que James estaba manteniendo con Victoria.
Ya había oído suficiente. Isabella sentía tal repugnancia hacia su hermana y su hermano que se había puesto enferma. Su estómago se negaba a retener ningún alimento, y la cabeza le palpitaba con un sordo dolor.
James no había podido ser más predecible. Le dio la bienvenida a Isabella ante los soldados del rey, besándola en la mejilla y llegando incluso a abrazarla. Sí, había interpretado el papel del hermano lleno de afecto, especialmente delante de Anthony. Tan pronto como estuvieron solos en sus cámaras, sin embargo, James se había encarado con Isabella. Le lanzó una furiosa acusación detrás de otra, poniendo fin a su letanía con un terrible puñetazo asestado sobre la mejilla de Isabella que la dejó tirada en el suelo. Era la misma mejilla que le había besado cuando la recibió.
Su hermano enseguida lamentó aquel arranque de mal genio, porque se dio cuenta de que el rostro de Isabella iba a amoratarse. Como sabía que algunos de sus enemigos llegarían a la conclusión de que el responsable había sido él, mantuvo encerrada a Isabella en su habitación y dio a todo el mundo la excusa de que su hermana había pasado por una prueba tan terrible a manos del barón de Masen que necesitaría unos cuantos días para poder recuperar sus fuerzas.
Pero si bien James se había comportado de acuerdo con lo que se podía esperar de él, Victoria había demostrado ser una terrible decepción para Isabella. Cuando dispuso de tiempo para pensar en ello, Isabella comprendió que había llegado a crearse una imagen totalmente falsa de su hermana mayor. Isabella quería creer que a Victoria le importaba un poco lo que pudiera llegar a ser de ella. Pero cada vez que envió mensajes a sus hermanas, ni Victoria ni Jane se habían molestado nunca en responderle. Isabella siempre había encontrado excusas para su conducta. Ahora por fin era consciente de la verdad: Victoria era tan egoísta como James.
Jane ni siquiera había ido a Londres. Victoria explicó su ausencia diciéndole a Isabella que Jane acababa de contraer matrimonio con el barón de Ruchiers y no deseaba separarse de él. Isabella ni siquiera había sabido que Jane estuviese prometida con alguien.
Isabella renunció a su intento de descansar. La voz de Victoria rechinaba en sus oídos como la estridente llamada de un gallo. La hermana tenía tendencia a protestar por todo, y eso era precisamente lo que estaba haciendo en aquel momento mientras se quejaba ante James de la humillación que le había causado Isabella.
Un fragmento de la conversación llevó a Isabella hacia la puerta que comunicaba con la otra estancia. Victoria estaba hablando de Renée. Su voz estaba llena de aborrecimiento mientras cubría tranquilamente de infamia a la madre de Isabella.
James había odiado a Renée, pero jamás pensó que sus dos hermanas sintieran lo mismo que él.
—Deseaste a esa perra desde el día en que entró por la puerta —dijo Victoria.
Isabella abrió la puerta una rendija. Vio a Victoria sentada encima de un cojín en el hueco de la ventana. James estaba de pie junto a ella, dándole la espalda a Isabella. Victoria alzaba la mirada hacia su hermano. Ambos tenían una copa en la mano.
—Renée era muy hermosa —dijo James, hablando con seca aspereza—. Cuando nuestro padre se volvió contra ella, yo me quedé asombrado. Renée era una mujer tan atractiva... Nuestro padre forzó el matrimonio, Victoria. Se daba por sentado que el barón de Charlie se casaría con ella.
Victoria soltó un bufido. Isabella vio cómo tomaba un largo sorbo de su copa. El vino de un color rojo oscuro se derramó por la pechera de su vestido, pero Victoria no pareció darse cuenta del estropicio y volvió a llenarse la copa con la jarra que sostenía en la otra mano.
La hermana era tan agraciada como James, con el mismo cabello de un rubio casi blanco y los ojos color avellana. Su expresión, cuando estaba furiosa, era igual de horrenda que la de su hermano.
—Por aquel entonces Charlie no podía medirse con nuestro padre —dijo Victoria—. Pero nuestro padre fue hábilmente engañado, ¿verdad? Al final Renée consiguió burlarse de él. Me pregunto, James, si Charlie sabe que Renée llevaba un hijo suyo en su seno cuando contrajo matrimonio con nuestro padre.
—No —respondió James—. A Renée nunca se le permitió llegar a ver a Charlie. Cuando nació Isabella, nuestro padre ni siquiera la miró. Renée fue severamente castigada por su locura.
—Y tú esperabas que entonces ella acudiría a ti en busca de consuelo ¿verdad, James? —Preguntó Victoria, echándose a reír cuando su hermano se volvió hacia ella para fulminarla con la mirada—. Estabas enamorado de ella —se burló Victoria—. Pero Renée te encontraba repugnante, ¿verdad? Si no hubiera tenido a esa mocosa suya para cuidar de ella, creo que realmente podría haber llegado a quitarse la vida. Renée no se cayó por aquellos escalones después de todo, querido hermano. Podría haber sido empujada.
—Siempre estuviste celosa de Renée, Victoria —replicó James secamente—. De la misma manera en que ahora estás celosa de su hija, legítima o no.
—¡No estoy celosa de nadie! —Gritó Victoria—. Dios, qué ganas tengo que todo esto haya terminado de una vez. Juro que entonces le contaré lo de Charlie a Isabella. Puede que incluso llegue a contarle que tú mataste a su madre.
—¡No dirás nada! —Gritó James, haciendo caer la copa de entre los dedos de Victoria con un súbito manotazo—. Eres una estúpida, hermana. Yo no maté a Renée. Ella resbaló y se cayó por aquellos escalones.
—Y cuando cayó estaba intentando escapar de ti —se burló Victoria.
—Bien, entonces que así sea —chilló James—. Y nadie debe llegar a saber jamás que Isabella no es uno de nosotros. La vergüenza te afectaría tanto a ti como a mí.
—¿Y la pequeña perra hará lo que tú quieres que haga? ¿Piensas que Isabella se comportará ante nuestro rey de la manera en que tú has decidido que se comporte? ¿O se volverá contra ti, James?
—Isabella hará todo lo que yo le diga —alardeó James—. Me obedece porque me tiene miedo. Ah, qué cobarde es... Sigue teniendo exactamente el mismo carácter que cuando era una niña. Además, nuestra pequeña Isabella sabe que si no hace lo que yo quiero, mataré a Billy.
—Es una lástima que Demetri haya muerto —dijo Victoria—. Habría pagado generosamente a cambio de Isabella. Ahora nadie la querrá.
—Te equivocas, Victoria. Yo quiero que Isabella sea mía, y no permitiré que nadie se case con ella.
Isabella cerró la puerta sobre la obscena risotada de Victoria, y luego consiguió llegar al orinal de la cámara justo a tiempo de echar la bilis que se había acumulado dentro de su estómago.
Había oído el nombre del barón de Charlie de labios de Edward, y sabía que ambos eran aliados. Se preguntó si el barón de Charlie se encontraría en la corte. Quería ver qué aspecto tenía. ¿Habría llegado a casarse? James tenía razón. Nadie debía saberlo nunca... y sin embargo, Isabella también sabía que le contaría la verdad a Edward. ¡Vaya, pero si probablemente él se sentiría tan complacido como lo estaba ella!
Pasado un rato, consiguió recuperar el control de sus emociones. Necesitaría ser capaz de pensar con claridad. Sí, tenía que tratar de proteger al padre Billy y a Edward. James creía que Isabella traicionaría de buena gana a uno para salvar al otro. También estaba el problema de Elisabeth, por supuesto, pero lo que realmente preocupaba ahora a Isabella no era la hermana de Edward. No, Garrett no tardaría en casarse con Elisabeth y cuando eso hubiera sucedido, el rey difícilmente podría amenazar con entregarle Elisabeth a James.
Finalmente cerró los ojos para dormir. Y entonces recurrió al mismo fingimiento con el que solía jugar cuando era pequeña. Siempre que temía que James fuera a llevarla de vuelta a su casa, Isabella se imaginaba que Odiseo estaba junto a ella, vigilándola y custodiándola. Pero ahora el fingimiento había cambiado, porque quien montaba guardia ya no era Odiseo sino Edward.
Sí, había encontrado a alguien más poderoso que Odiseo. Ahora Isabella tenía a su lobo para que la protegiera.
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La tarde siguiente Isabella acompañó a James a su encuentro con el rey. Ya estaban llegando a los aposentos privados de Aro cuando James se volvió hacia ella y le sonrió.
—Cuento con tu honestidad, Isabella. Lo único que has de hacer es contarle al rey lo que le ocurrió a tu hogar y a ti. Yo me encargaré del resto.
—Y la verdad condenará a Edward, ¿no? ¿Es eso lo que crees? —preguntó Isabella.
La sonrisa de James se ensombreció de repente. El tono que acababa de emplear su hermana con él no le había gustado nada.
—¿Te atreves a recuperar la valentía perdida precisamente ahora, Isabella? Acuérdate de tu querido tío. En este mismo instante, tengo hombres preparados para partir al galope. Bastará con que yo dé la orden para que le corten el cuello a Billy.
—¿Cómo sé que no lo has matado ya? —Argumentó Isabella—. Sí —añadió cuando James la cogió amenazadoramente del brazo—. Eres incapaz de controlar tu mal carácter, James. Nunca has podido hacerlo. ¿Cómo sé que no has matado ya a mi tío?
James enseguida demostró que el comentario de Isabella acerca de su mal carácter era muy cierto. Su mano salió disparada, golpeándole la cara. El anillo enjoyado que llevaba le abrió el borde del labio, y un hilillo de sangre empezó a bajar inmediatamente por la barbilla de Isabella.
—¡Mira lo que me has hecho hacer! —gritó James. Volvió a arquear la mano para infligir otro golpe, y entonces se encontró súbitamente incrustado contra la pared junto a Isabella.
Anthony había surgido de entre las sombras. Estaba indicando a Isabella que iba a estrangular a hermano.
Isabella había provocado deliberadamente a su hermano para hacerle perder los estribos.
A decir verdad, ni siquiera estaba agradecida por la interferencia de Anthony.
—Suelta a mi hermano, Anthony —ordenó. Había hablado con voz bastante áspera, pero suavizó la orden poniendo la mano en el hombro del vasallo—. Por favor, Anthony.
El vasallo reprimió su ira, soltó a James y contempló sin inmutarse cómo el barón caía al suelo presa de un súbito ataque de tos.
Isabella sacó provecho del estado de debilidad en que había quedado sumido su hermano para ponerse de puntillas y susurrar en el oído de Anthony:
—Es el momento de que ponga en acción mi plan. Haga lo que haga o diga lo que diga, no intentes detenerme. Estoy protegiendo a Edward.
Anthony asintió para que Isabella supiera que la había entendido. Anhelaba preguntarle si su plan consistía en impulsar a James a que la matara. ¿Y por qué estaba pensando en proteger a Edward? Al vasallo le pareció evidente que su señora no se preocupaba en lo más mínimo por su propia seguridad.
Un instante después tuvo que recurrir a toda su determinación para no mostrar reacción alguna cuando Isabella ayudó a ponerse en pie a su hermano. Anthony no quería que Isabella tocara a aquel bastardo.
—No creo que le hayas hecho daño al tío Billy, James —dijo Isabella cuando su hermano intentó llevársela lejos de Anthony—. Resolveremos este problema aquí y ahora.
James quedó muy asombrado por la osadía de Isabella. Ahora su hermana ya no se comportaba de manera tímida o asustada.
—¿Qué piensas decirle al rey cuando vea las señales que hay en mi cara, James?
—¡No vas a ver al rey! —Chilló James—. He cambiado de parecer. Te llevaré de regreso a tus aposentos, Isabella. Y luego hablaré de tu comportamiento con nuestro monarca.
Isabella se soltó de la presa con que la estaba sujetando su hermano.
—El rey querrá verme y escuchar mi explicación —dijo—. Hoy, mañana, o la semana que viene, James —añadió—. Lo único que has hecho es prolongar la espera. ¿Y sabes qué es lo que le diré a nuestro rey?
—La verdad —se burló James—. Sí, tu honestidad atrapará al barón de Masen. —Su anuncio le hizo tanta gracia que llegó a celebrarlo con una carcajada—. No puedes evitar ser como eres, Isabella.
—Si hablara ante el rey, le diría la verdad. Pero no voy a decir una sola palabra. Me limitaré a quedarme quieta allí, y cuando el rey me haga sus preguntas entonces te miraré fijamente. Juro por Dios que no diré una sola palabra.
La amenaza de Isabella enfureció hasta tal punto a James que poco faltó para que volviera a golpearla.
Cuando levantó la mano, Anthony dio un amenazador paso adelante. El apremiante impulso de tomar represalias que había estado sintiendo James fue dejado de lado inmediatamente.
—Ya hablaremos de esto más tarde —dijo, y luego miró significativamente a Anthony antes de seguir hablando—: Te prometo que te haré cambiar de parecer en cuanto estemos solos.
Isabella ocultó el miedo que sentía.
—Vamos a hablar de esto ahora, James, o de lo contrario enviaré a Anthony ante nuestro rey para que le cuente cómo me estás maltratando.
—¿Piensas que a Aro le importaría mucho eso? —gritó James.
—Soy tan súbdita suya como tú - replicó Isabella a su vez—. También ordenaré a Anthony que le diga al rey lo mucho que me preocupa el que vayas a matar al tío Billy. Dudo que a Aro vaya a gustarle demasiado la manera en que reaccionará la iglesia al hecho de que un barón asesine a uno de los suyos.
—El rey nunca te creerá. Y sabes muy bien que tu querido sacerdote está vivo. Pero si insistes en esta rebelión, lo haré matar. Sigue provocándome, perra, y te juro que...
—Me enviarás a vivir con el tío Billy. Eso es lo que harás.
James abrió mucho los ojos y su cara se convirtió en un manchón rojizo. No podía dar crédito al cambio tan radical que había tenido lugar en la manera de ser de su hermana. Isabella le estaba haciendo frente, y además delante de testigos. La preocupación empezó a infiltrarse en la mente de James. La cooperación de Isabella era imprescindible si iba a convencer a su rey de que dictaminara en contra de Edward. Si, él había contado con que Isabella relataría cómo Edward había destruido su fortaleza y la había tomado cautiva. De pronto Isabella se había vuelto impredecible.
—Esperas que responda únicamente con ciertas verdades, ¿no? ¿Y si doy comienzo a mi relato contando cómo intentaste matar al barón de Masen?
—¡Solo responderás a las preguntas que se te formulen! —aulló James.
—Entonces accede a mi petición. Permite que vaya con mi tío. Me quedaré con él y dejaré que tú te ocupes de este problema con el barón de Masen.
Las palabras que Isabella había escogido de una manera tan deliberada cuando habló hicieron que le entraran ganas de llorar. Un problema, ciertamente. James pretendía ver destruido a Edward
—Te juro que puedo causarle mucho más daño a tu petición si se me hace comparecer ante el rey. La verdad podría condenar a Edward, pero mi silencio te condenará a ti.
—Cuando esto haya terminado...
—Me matarás, supongo —anunció Isabella con un encogimiento de hombros lleno de forzada indiferencia. Su voz carecía de toda emoción cuando dijo—: Me da igual, James. Haz lo que quieras conmigo.
James no necesitó pensar en la amenaza de Isabella, porque llegó inmediatamente a la conclusión de que era preciso sacarla de la corte. No había tiempo para obligarla a someterse mediante los golpes y la fuerza. Solo hacía dos días que había sabido que acababa de fracasar en su intento de matar a Edward. Demetri estaba muerto, y ahora sin duda Edward llegaría a Londres en cualquier momento.
James pensó que quizá debiera dejar que su hermana se saliera con la suya, y decidió que su partida serviría muy bien a su propósito.
—Te irás antes de que haya transcurrido una hora —anunció —. Pero mis hombres te escoltarán, Isabella. Los hombres de Masen — añadió, ahora mirando a Anthony — no tienen ninguna razón para seguirte. El barón ya no tiene nada que decir en lo que hacer referencia a tus asuntos. El ha recuperado a su hermana, y ahora tú me perteneces.
Isabella se mostró de acuerdo antes de que Anthony pudiera protestar. El vasallo intercambió una rápida mirada con su señora y luego inclinó la cabeza en señal de aceptación.
No tenía la menor intención de honrar aquel acuerdo, claro está. Anthony seguiría a Isabella adonde quiera que James la enviara. Pero sería muy discreto, y permitiría que James creyera que sus deberes para con Isabella habían llegado a su fin.
—Entonces regresaré a la fortaleza de Masen —anunció antes de dar media vuelta e irse.
—Ahora he de ir a hablar unos momentos con el rey —musitó James—. Aro nos está esperando. Cedo ante tu capricho, Isabella, pero tú y yo sabemos que llegará el momento en que debas contarle a Aro todo lo que ocurrió.
—Le daré mi honestidad —replicó Isabella. Cuando James la miró con suspicacia, se apresuró a añadir—: Y eso respaldará tu causa, naturalmente.
Sus palabras parecieron apaciguar ligeramente a James.
—Sí, bueno, quizá el que visites a tu tío sea lo mejor después de todo. Volver a verlo te recordará lo débil de tu posición.
La muy perra necesita que le recuerden lo importante que es su tío para ella, decidió James. Isabella obviamente había olvidado cuán viejo y frágil era Billy, y lo imposible que le resultaría protegerse a sí mismo. Sí, Isabella necesitaba volver a ver al sacerdote. Entonces James volvería a tener a su tímida y temerosa hermana allí donde él quería que estuviera.
—Siempre existe la posibilidad de que tenga que ocuparme de Edward antes de que se te pida que regreses a la corte, Isabella —le dijo—. Ahora vuelve a tus aposentos y recoge tus míseras posesiones. Enviaré a unos soldados para que te escolten hasta el patio.
Isabella fingió humildad. Inclinó la cabeza y murmuró su agradecimiento.
—He pasado por una prueba realmente terrible —le dijo a su hermano—. Espero que el rey no se oponga a tu petición de que se me permita marcharme...
—¿Mi petición? —James se rió, un sonido obsceno y rechinante—. El rey ni siquiera sabrá que te vas, Isabella. No necesito pedirle nada a Aro en lo tocante a asuntos de tan escasa importancia.
James dio media vuelta y se fue después de haber alardeado tan odiosamente. Isabella lo siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido detrás de la curva del pasillo. Entonces se volvió y echó a andar hacia sus aposentos. Anthony esperaba entre las sombras y se apresuró a interceptarla.
—Corréis demasiados riesgos, mi señora —musitó el vasallo—. Vuestro esposo no se mostrará nada complacido.
—Ambos sabemos que Edward no es mi esposo —dijo Isabella—. Es importante que no interfieras, Anthony. James debe creer que realmente ha recuperado a su hermana.
—Isabella, ya sé que solo piensas en proteger a Elisabeth, pero el deber de Garrett...
—No, Anthony —lo interrumpió Isabella—. Solo estoy pensando en ganar tiempo. Y he de ir con mi tío. Es como un padre para mí. James lo matará si no lo protejo...
—Debes protegerte a ti misma —arguyó Anthony—. Y en vez de eso, lo que haces es tratar de proteger al mundo. ¿No quieres avenirte a razones? Si sales del recinto del castillo serás vulnerable.
—Soy mucho más vulnerable aquí —susurró Isabella. Le dio una palmadita en la mano a Anthony y luego dijo—: Seguiré siendo vulnerable hasta que Edward haya resuelto este problema. Tú le dirás a Edward adónde he ido, Anthony, y entonces la decisión será solo suya.
—¿Qué decisión? —quiso saber Anthony.
—La de venir o no en mi busca.
—¿Realmente dudas de que...?
Isabella dejó escapar un prolongado suspiro.
—No, no dudo de ello —dijo, sacudiendo la cabeza para dar más énfasis a sus palabras—. Edward vendrá en mi busca, y cuando lo haga, dejará soldados para que protejan a mi tío. Solo rezo para que venga lo más deprisa posible.
Anthony no pudo encontrar ningún defecto al plan de Isabella.
—No te voy a perder de vista en ningún momento —juró. Solo tienes que gritar y yo estaré allí.
—Debes quedarte aquí y decirle a Edward...
—Dejaré a otro para que se encargue de cumplir con ese deber —dijo Anthony—. Di mi palabra a mi señor de que protegería a su esposa —añadió, haciendo hincapié en la palabra "esposa".
Aunque no lo admitió, Isabella se sintió aliviada al saber que contaría con la protección de Anthony. Cuando hubo terminado de recoger su ropa, se aprestó a ir al patio que había junto a los establos del rey. Tres de los soldados de James la habían escoltado, la dejaron sola en el patio mientras iban a preparar sus monturas.
Isabella agradeció que no hubiera vuelto a encontrarse con Victoria. Y James todavía estaba hablando con su rey..., llenándole la cabeza de mentiras acerca de Edward, como bien sabía Isabella.
Una multitud de curiosos se había reunido para presenciar la partida. Las señales que había en el rostro Isabella eran claramente visibles, y no pudo evitar los comentarios especulativos que se estaban haciendo a espaldas de ella.
Una rubia muy alta se separó del grupo y viró hacia Isabella con paso rápido y decidido. Era muy hermosa, de un porte elegante y majestuoso y bastante más alta que Isabella, así como también más opulenta en cuanto a la figura. No sonrió a Isabella, sino que dirigió una mirada llena de hostilidad.
Isabella le sostuvo la mirada y preguntó:
—¿Hay algo que deseéis decirme?
—Estoy corriendo un gran riesgo al hablaros de abiertamente —comenzó diciendo la mujer—. He de pensar en mi reputación, comprendedlo
—¿Y hablar conmigo la manchará? —preguntó Isabella.
Su pregunta pareció sorprender a la mujer
—Por supuesto que sí —admitió. Sin duda debéis saber que ya no sois deseable como... -Isabella cortó bruscamente aquel velado insulto.
—Decid lo que queráis decir y marchaos.
—Soy lady Tanya. —Isabella no pudo ocultar su sorpresa—. ¿Entonces habéis oído hablar de mí? Quizá el barón de Masen os ha hablado de...
—Si, he oído hablar de vos —murmuró Isabella. Le temblaba la voz. No podía evitar sentirse un poco inferior ante la mujer. Lady Tanya iba espléndidamente ataviada, mientras que Isabella llevaba un sencillo vestido de viaje de un azul ya bastante descolorido.
La antigua prometida de Edward parecía ser todo lo que Isabella creía que no era ella, tan impresionantes eran la compostura y la dignidad que irradiaban de su persona. Isabella dudaba que aquella mujer pudiera haber sido torpe jamás, ni siquiera cuando era pequeña.
—Mi padre todavía tiene que llegar a un acuerdo formal con el barón de Masen acerca de la fecha de nuestra boda. Yo solo quería decirte que cuentas con mi compasión, pobre niña. Pero no culpo de nada a mi futuro esposo. Lo único que hizo fue responder a lo que se le había hecho. Pero me pregunto si el barón de Masen te ha maltratado.
Isabella oyó la preocupación que había en la voz de lady Tanya y se puso furiosa.
—Si tenéis que hacerme esa pregunta, es que no conocéis nada bien al barón de Masen.
Le volvió la espalda a la mujer y montó en el caballo que uno de los soldados acababa de conducir hasta ella, Cuando se hubo acomodado sobre la grupa, bajó la mirada hacia lady Tanya y dijo:
—Él no me maltrató. Ahora vuestra pregunta ya ha quedado respondida y es mi turno de preguntaros algo. -Lady Tanya asintió con una seca inclinación de cabeza.
—¿Amáis al barón de Masen?
Después de un largo momento de silencio, resultó evidente que lady Tanya no iba a responder a la pregunta que acababa de hacerle Isabella. Enarcó una ceja, y la expresión de desdén que había en su rostro le dijo a Isabella que la pregunta no le había gustado nada.
—No soy una pobre niña, lady Tanya —anunció Isabella, permitiendo que la ira que estaba sintiendo resonara en su voz—. Edward no se casará con vos. No firmará los contratos. Tendría que renunciar al mayor de sus tesoros para poder contraer matrimonio con vos.
—¿Y cuál es ese tesoro? —preguntó lady Tanya sin alzar la voz.
—Oh, yo soy el mayor de los tesoros de Edward. Sería un estúpido si renunciara a mí —añadió Isabella—. Y hasta vos tenéis que saber que Edward puede ser cualquier cosa excepto un estúpido.
Isabella hizo avanzar a su montura. Lady Tanya tuvo que apartarse de su camino para evitar ser pisoteada por los cascos del animal, y una nube de polvo se elevó hacia el rostro de aquella mujer tan tonta.
Ahora no parecía tan superior. Sí, lady Tanya estaba claramente furiosa. Su ira complació considerablemente a Isabella. Se sentía como si acabara de ganar una batalla muy importante. Para la manera de pensar de Isabella aquello era una victoria: infantil y nacida de la descortesía, cierto, pero victoria al fin y al cabo.
Me encanta la contestación de Bella a Tanya… jajajaja… y que fuerte lo de James… realmente es un hijo de p… esperemos que Edward no tarde… un besote nos leemos.
