¿Se nota que estoy de vacaciones, no? Bueno, aprovechando las vacaciones, quisiera subir al menos una vez a la semana, en vez de una vez al mes. Trataré de terminar rápido, antes de empezar el semestre. Pero me tomaré un descanso porque hace mucho calor donde vivo.

Disclamair: ¿Alguien se dio cuenta que no lo puse en el anterior capítulo? (Si acabas de revisar el anterior cap. para comprobar, pues, Ja-ja!)


Salió lo más pronto y temprano de su casa. A penas había desayunado, pero fue lo más rápido que podían sus piernas hacía la cabaña. Pudo haber tomado un taxi, pero estaba tan apurada que no pasó eso por su mente. Ni siquiera tuvo tiempo de peinarse correctamente en su rodete acostumbrado, llevaba la hebilla entre sus dientes pensando; "ya tendré tiempo para peinarme en la cabaña".

Esa mañana, llegó a su celular un mensaje de Stanley pidiéndole que viniera pronto, que tenía buenas noticias sobre el portal y así fue como inició su carrera hasta la cabaña. Llegó jadeando y muy temprano, porque ni siquiera Soos estaba, en su lugar, Stan la recibió sonriendo.

–¡Hey! ¡Hola, linda! ¿Te peleaste con el peine? Porque tu cabello es un desastre.

Winibel respondió rezongando y tratando de juntar su cabello para hacerse un rodete perfecto, pero fallando. Su cabello lucía como todo un desorden, parecido a como lo llevaba en su juventud.

–Dime ya lo del... tú sabes... el portal –susurró lo último para no ser oída.

–Claro, vamos abajo, pero primero, arréglate esos pelos, realmente se ve muy desastroso.

Ella volvió a suspirar de enojo y logró hacerse un rodete perfecto con todo su cabello, sostenido de la hebilla. Su cabello seguía siendo difícil de peinar y mantenerlo prolijo, pero lo arreglaba atándoselo de muchas formas, puesto que ahora se lo dejaba largo.

Ambos bajaron hacía el subterráneo, bajo la ya conocida contraseña. Recién llegó, algo raro pasó en en el lugar. Sintió que podía flotar, como si la gravedad estuviera cayendo, literalmente. Pero lo que más le impresionó fue la máquina que brillaba, estaba volviendo a funcionar.

–¡Stan! ¡El portal!

–¡Así es, Winibel! Después de treinta años, al fin vuelve a reaccionar –contestó orgulloso.

La gravedad volvió a su estado normal y ambos cayeron al suelo, por suerte no estaban tan lejos como para lastimarse.

–¿Cómo lo lograste? –preguntó impresionada sin poder cerrar la boca y a penas parpadeando.

–Bueno... fue gracias a estos dos traviesos –respondió el hombre sacando de un cajón los diarios dos y tres. Reaccionó tomando entre sus manos ambos diarios y mirándolos estupefacta. Tantos años y al fin estaban juntos.

–¡No puedo creerlo! ¡¿Dónde los encontraste?!

–El segundo lo tenía ese idiota de Gideon –contestó farfullando, Guinevere estaba consciente de su desprecio al joven "vidente"–. Y el tercero, no me lo creerás, pero todo este tiempo lo tuvo Dipper.

–¡¿Dipper?! –preguntó asombrada a más no poder, casi se le cayeron los diarios de los brazos–. Todo este tiempo... Eso explicaría muchas cosas. El sabe mucho sobre este pueblo gracias a ese diario, es como si Ford le hubiese estado enseñando en todo momento que lo leía.

–Ahora entendemos mejor su curiosidad acerca de Gravity falls ¿Quieres echarle un vistazo? Ya estuve leyendo algunas notas y son realmente raras como cómicas. Mi hermano es tan nerd, que me causa gracia.

–No lo creo, Stan. No sería correcto, Ford escribió muchas notas personales. Además de ser un diario de investigación, también era un diario privado. –respondió devolviendole los cuadernos.

–Oye, si Dipper y hasta el tonto de Gideon los estuvieron leyendo, ¿Por qué tú no lo harías? Después de todo, fuiste su novia –lo pensó algunos segundos antes de volver a negar.

–Él nunca me lo dejó leer y no debería aprovecharme de su ausencia.

–De acuerdo, no los leas si quieres, pero echaré un vistazo a las notas que habla de ti.

–¿Él escribió de mi? –rápidamente agarró el diario tres y lo hojeó un rato. Stan no pudo evitar reír–. ¿Qué? –preguntó desconcertada por aquella risa irónica.

–¿No era que no querías violar la privacidad de Stanford?

Guinevere se sonrojó y pensó en dejar el cuaderno sobre el escritorio, pero no deseaba soltarlo, era como tener a Stanford de vuelta, entre sus brazos.

–Solo lo hojearé por un rato –Stan rodeó los ojos sonriendo con sorna.

–Si, claro, un largo rato.

En efecto, se quedó toda la mañana leyendo algunas notas de los tres diarios, pero se salteó los códigos y algunos símbolos que no identificaba. Le llamaba mucho la atención cuando escribía sus comentarios hilarantes, y también sobre lo descubierto de Fiddleford.

–¿Él construyó un arma que borra la memoria? –se preguntó en voz alta–. Tal vez lo utilizó en si mismo y por eso no me recuerda.

–¿Quién, mi hermano?

–No, Fiddleford.

–¿Quién es él?

–Es más conocido en el pueblo como "el loco Mcgucket". Fue un gran científico.

–¿¡Qué!? –Stanley no ocultó su asombro en preguntar tan alto–. ¿El loco Mcgucket? ¿Un científico? ¿Un genio? Debes estar bromeando.

–Estoy hablando en serio, él fue un gran científico, como tú hermano. Eran muy amigos. De hecho, fue él quien construyó el Gobblenwonker.

–Eso explicaría muchas cosas –respondió pensativo el hombre.

A estas altura, si podía asumir que su hermano construyó un portal a otra dimensión, tuvo una novia, y sumado a todas las anormalidades de Gravity falls, podía asumir que el loco del pueblo fue una vez un genio.

Como todos tenemos en el interior un pequeño ser egocéntrico, a Guinevere le llamó más la atención las partes que hablaba de ella. Se sonrojó por algunos pensamientos y comentarios escritos hacía su persona que Ford había hecho.

–No sabía que a él le gustase tanto dormir sobre mi pecho –se ruborizó de solo recordar aquella tarde besándolo bajo suyo, en su sofá.

–Suponía que mi hermano tenía una parte pervertida. Je, sabía que lo habían hecho.

–Fue por otra razón, tonto, no por lo que piensas –Stan volvió a reír y Winibel a ignorarlo.

Ella es una mujer extraña, pero al mismo tiempo, muy normal, casi he encontrado una paradoja en ella misma. Sin embargo, me entiende como ninguna mujer antes me entendió (y si no me entiende, lo disimula muy bien), tal vez es por eso que la amo. Siempre me he burlado del pensamiento con casarme y formar una familia (pensamiento que mi padre siempre me insistió), pero con ella, casi logro imaginarlo.

[…] Puede ser infantil cuando desea divertirse, pero muy madura a la hora de tomar elecciones importantes. A veces me siento un poco mal escondiéndole tantos secretos, quiero revelarselos y lo haré algún día, pero todavía no me siento listo. Realmente G' es muy paciente, otra mujer ya me hubiese dejado, pero me alegro que sea ella y no otra mujer con la que comparta mi tiempo.

Reprimió como mejor pudo una lagrima, hecha por las palabras escritas de su novio. Casi sollozó, pero se contuvo, estaba cerca de Stanley, no quería que él la mirase de esa forma, como cuando se conocieron. Aun así, él notó su cara sonriendo y los ojos lagrimosos.

–Y eso no es todo –le comentó acercando una lampara de luz ultra violenta. Iluminó las paginas y más escritos en tinta invisible se leían.

–¿Tinta invisible? ¿Por qué Ford la usaría?

–Quien sabe, conoces lo raro que es mi hermano.

Ella asintió en silencio, nefelibata y ensimismada, meditando sus palabras hacía su persona. Si la amaba tanto ¿Qué fue lo que los separó? Recordó que Stanford una vez nombró a alguien llamado Bill, y ese triangulo de su sueño que la molestaba algunas veces ¿Tendrían alguna conexión? Mientras leía con la tinta invisible, le llamó la atención sobre las precauciones de portal y tembló por los escritos de advertencia.

–No creo que sea muy buena idea esto –comentó dubitativa.

–¿Por qué lo dudas?

–Leí en las anotaciones de Stanford que esto es peligroso. Tal vez no sea buena idea. Mejor piénsalo Stan.

–Winibel ¿Cuanto tiempo llevamos esperando?

–Treinta años.

–¿Y tú piensas que me detendré por unas estúpidas anotaciones, después de esperar treinta años?

–Pero la máquina podría destruir el mundo.

–¡Escuchame bien! Deseas respuestas ¿No? ¿Quieres volver a verlo? –antes de que pudiera replicar, meditó la pregunta de Stanley y asintió lentamente–. Entonces, debemos correr este riesgo. Piénsalo, la vida no es emocionante sin riesgos.

–Riesgos que no pongan en peligro tu vida, ni la del mundo.

–Si no lo intentamos, jamás lo sabremos, nos quedaremos con la duda ¿Quieres quedarte con la duda toda tú vida de que podría haber pasado, si hubiéramos usado el portal?

–¡Claro que no!

–Entonces... arriesguemos –dijo extendiendo su mano a ella.

Winibel lo pensó varios segundos ¿Destruir el mundo tratando de salvar a Ford, o quedarse con incertidumbre toda su vida, sin volverlo a ver? Ella asintió para si misma con decisión, de toda formas, ya sentía su mundo interior vacío desde hace tiempo. Estrechó la mano de su amigo sin duda.

–Arriesguemos –dijo con un semblante muy serio.

–Así me gusta –sonrió él y separó su mano para palmar su hombro–. Las mujeres si que son sentimentales. Oye ¿Vas a seguir negando que lo amas? –preguntó Stan infiriendo por la sonrisa que vio cuando ella leyó el diario o de su seriedad en usar la máquina a pesar de los peligros, solamente por traerlo.

–¿Para qué negar lo obvio? –respondió encogiéndose de hombros. Pensó en el hechizo contado por los gnomos, si era verdad, entonces nunca podría desistir de esos sentimientos y no tendría caso negarlo–. Si, amo a tu hermano. Lo amé antes, y lo amo ahora –Stan sonrió victorioso.

–¡Ja! Te lo dije. ¡Ah! Estuve esperando treinta años para decírtelo –suspiró con satisfacción–. Que bien se siente.

–Pero tú lo quieres y lo extrañas más que yo –replicó con una sonrisa más ancha. Stan inclinó su cabeza y en su cara se leyó una expresión de disgusto.

–¿De qué hablas?

–Hablo que desde mi punto de vista, creo que el amor fraternal es más fuerte que el romántico. Tú añoras más a Stanford que yo porque eres su hermano –él levantó una ceja incrédulo.

–¡Claro que no! Ese maldito cerebrito me ignoró por diez años ¡Diez años! –contestó furioso–. ¿Qué te hace pensar que lo extraño?

–¡Esto! –señaló al portal y los diarios juntos–. Te pasaste treinta años buscando la forma de devolverlo. Yo no ayudé mucho, porque no sabía como, y francamente, me hubiese rendido. Pero tú nunca te rendiste y tuviste más esperanza que yo por regresarlo. Stan, tú tenías razón, la sangre es más espesa que el agua, tú unión a Ford es mas fuerte que la mía, lo conoces desde que ambos tienen uso de razón.

–Stanford es un idiota, un completo imbécil y todo lo que dices son estupideces.

–No son estupideces, es la verdad –Stan desvió su cara, ignorándola. Ella suspiró fastidiada y recordó algo que había escuchado hace tiempo–. Aunque me lo niegues, en el fondo sabes que es verdad. Eso me recuerda a que desde hace tiempo tengo internet en mi casa y me gusta aprovecharla escuchando muchas canciones.

–¿Eso que tiene que ver con esto?

–Presta atención a lo que te diré. Una vez escuché dos canciones que contaban una misma historia desde dos puntos de vista. Se trataba de una princesa y su hermano gemelo, su sirviente. Como la princesa fue muy caprichosa y despiadada con el pueblo, este se reveló contra ella. Planeaban ejecutarla de todos los males hechos durante su reinado. A última hora, antes de que la arrestasen, el sirviente intercambió las ropas con ella para que pudiera escapar y puesto que eran hermanos gemelos, nadie notó la diferencia. Él asumió toda su culpa, siendo ejecutado en su lugar ¿Sabes por qué lo hizo?

–¿Porque era un idiota?

–No, porque ella era su hermana, su familia, su sangre. Él la quería, sin importar el daño que ella le pudo causar. De la misma forma, tú y Ford comparten la misma sangre y eso los une más.

–Muy lindo tu cuento, Wini, pero es solo eso ¡Un cuento! La gente en la vida real no hace esas cosas, yo por lo menos no lo haría. Hacerme pasar por mi hermano para salvarlo, que tontería –bufó.

Ella negó moviendo su cabeza, Stanley podía llegar a ser más irracional que Stanford, ciertamente. Pero entonces, recordó algo importante que anteriormente dijo su amigo.

–¿Diez años te ignoró? –preguntó impactada, recordando que nunca se habían hablado del tema–. ¿Por qué tanto tiempo? ¿Qué pasó?

–Quedamos en que no nos diríamos nuestros secretos respecto a Stanford, hasta que el otro lo contase.

–Ya ha pasado mucho tiempo ¿No crees? Creo que ya es hora de contarnos nuestras respectivas historias.

Stanley suspiró resignado y acomodándose sobre la silla en que estaba sentado, Guinevere se hallaba sentada frente a él en un simple banquillo, observando sus movimientos, esperando por que él dijese algo.

–¿Empiezas tú o yo? –preguntó Stanley.

–Creo que tú.

–¿Por qué yo? ¿Qué pasó con lo de "las damas primero"?

–Lo tuyo sucedió primero, cronológicamente, creo que es correcto empezar por ti –Stan rezongó e inhaló.

–Bien, resumiré mi historia. Arruiné su oportunidad de entrar a su universidad soñada –ella alzó una ceja sin entender.

–¿Solo eso? –preguntó reticente.

–Bueno, también papá me echó por eso. Se suponía que si Ford estudiaba en un lugar prestigioso, podría llegar a hacernos ricos, pero... –Stan bajó su cabeza, su rostro reflejaba tristeza–. Pero cometí un error. Rompí, por un accidente quiero aclarar, un proyecto suyo de ciencia que presentaría como prueba a unos jueces de su universidad.

Guinevere inclinó su cabeza y arqueó las cejas. ¿Por qué sentía... que ya había escuchado eso antes?

–¿Te pasa algo, Winibel? –preguntó asustado por la mirada perdida de ella al pensar.

–No, nada Stanley –salió rápidamente de sus pensamientos negando con la cabeza–. Es que siento una rara sensación, como de Deja vú. Pero en tú lugar estaba Stanford quien me lo contaba, y en vez de aquí, estábamos en una playa.

–Eso suena bien, siempre nos gustaron las playas –sus ojos brillaron mientras recordaba su infancia. Luego, Stan llevó sus manos detrás de la nuca sonriendo con sorna–. ¿Y bien?

–¿Y bien qué, Stan? –el hombre acentuó más su sonrisa.

–¿Cómo fue su historia? –ella se ruborizó y frotó su brazo apenada. Hace tiempo, mejor dicho, nunca le había contado su "historia" a alguien–. Tomate tu tiempo, estoy esperando tranquilamente.

–Gracias –ella inhaló y trató de ir a lo más lejos de sus memorias–. Nosotros... lo conocí siendo yo... de un rango inferior a él, mucho más joven que él –escogió con cuidado sus palabras, le avergonzaba contar que había sido su alumna y de la secundaria–. Él era muy diferente a otros hombres y no me molestaba charlar consigo o estar a su lado. Al principio, pensé que era un amor platónico, pero con el tiempo nuestra amistad y relación se profundizó –ella sonrió enternecida de solo recordar aquellos viejos tiempos, cuando había una inmensa inocencia en su relación, y era a penas una adolescente.

–Y entonces... ¿Así empezaron a salir? –sacudió su cabeza negando.

–No. Un día me le declaré, pero luego me corregí diciéndole que era una broma. Casi un año después, volví a decírselo en serio y él me propuso que fuéramos pareja.

–¿Así nada más? –preguntó sorprendido de que su hermano fuera rápido. Ella rio recordando su declaración.

–No, en realidad. Tú hermano dijo un montón de tonterías antes de que yo entendiera que quería empezar una relación conmigo.

–Típico del buen Ford –comentó contagiándose de su risa. Después de reír, volvió a dirigir su vista al portal, ella también lo hizo.

–¿Cómo le contarás de esto a Dipper y a Mabel? –observó como la cara de su amigo expresaba seriedad y un poco nerviosismo.

–Ya se enterarán, no te preocupes, se los diré –Stan rio intentando ocultar sus nervios–. Confía en mi, se los diré.

–De eso no dudo –respondió sonriendo fraternalmente–. Esos dos chicos son maravillosos, aunque hay algo que encuentro extraño.

–¿Qué cosa?

–Que ambos se lleven muy bien. Créeme, he trabajado con niños por mucho tiempo, y muy pocas veces encuentro esa confianza entre hermanos como ellos tienen.

–Dipper y Mabel son diferentes a los otros, ellos son... raros, por así decirlo. Seguro solo se han tenido uno al otro como amigos.

–Puede ser... ¿Cómo tú y Ford?

–Algo así –dijo lo último con aires nostálgico, pero sin sonreír. Al cabo de un rato, Stan se paró de su silla y estiró sus brazos–. Bueno, otro día y otra oportunidad para ganar dinero. Me voy arriba, no falta mucho para que abramos –ella lo siguió, pero su conversación continuó en el ascensor.

–Aún me sorprende que hayas podido hacerla funcionar –acotó sin poder borrar su sonrisa, pensando que, tal vez, pronto volvería a ver a Ford, sin importarle el riesgo que corrían.

–Muchas gracias, linda. Pero todavía no está completa.

–¿No? ¿Qué falta, si tienes los tres diarios?

–También necesito energía de químicos radiactivos nucleares ¿O creés que eso funciona con cascarás de banana?.

–¡¿Radiactivos nucleares?! –exclamó muy preocupada y sorprendida–. Stan, eso es peligroso... es... –ella suspiró sin encontrar palabra que decir–. Hagas lo que hagas, no te metas más en problemas de los que ya estas.

–Tranquila, ni que me fueran a perseguir unos libios ¿Entiendes? Libios, como aquella película que regresaban en el tiempo.

–Si, entiendo –contestó no muy convencida y sin ánimos de reír.

No pasó mucho tiempo para que Stan pusiera en funcionamiento la máquina más seguido. Winibel notaba las deformidades en la gravedad, a veces flotaba todo a su alrededor y bajaba de golpe, misteriosamente. Pero las cosas estaban más cerca de cambiar de lo que esperaba.

Todo empezó en un día normal. Todo día en Grvaity falls puede empezar normal; con un desayuno balanceado, prender la televisión y reírse de las absurdas películas o programas que pasaban. Así empezó un día Guinevere, absolutamente normal, hasta que llegó una llamada inesperada de Stanley a su celular.

–Stan ¿Qué sucede? –al fondo escuchaba uno que otro ruido.

Diez horas –él contestó. Obviamente, Guinevere no entendió esa declaración.

–¿Qué? ¿A qué te refieres?

En diez horas todo cambiará. El ya-sabes-qué está funcionando... –ella se levantó precipitadamente de su silla y dejó su café al lado.

–¡¿Qué?! ¿El portal? ¿Pero...

Espera que te explique. Ve a la cabaña en diez horas ¿Oíste? Diez horas. Pasado ese tiempo, la maquina tendrá suficiente energía para crear un gran portal que lo traerá devuelta –Guinevere no podía contestar, sentía un nudo en la garganta que la asfixiaba de alegría y susto–. Winibel ¿Estas ahí? –ella reaccionó.

–S-si, aquí estoy. Disculpa, pero es que... –ella ahogó un grito–. No puedo asimilar todo esto en tan poco tiempo.

Bueno, tienes diez horas, hasta entonces.

–Espera, ¡Stan! –pero él ya había colgado.

Ella cerró su celular y respiró agitadamente. De repente, el hambre se había esfumado de su estomago. Dio vueltas por toda su casa pensando y meditando con muchas incertidumbres en la cabeza. ¿Qué pasaría? ¿La máquina destruiría el universo como Ford lo escribió, o funcionaría? Y si funcionaba y traía a Ford de vuelta ¿Cómo él se lo tomaría? Treinta años sin verlo... ¿Qué le diría? ¿Qué diría él? ¿Qué palabras formular? ¿"Hola, ¿cómo estás?, te espero desde hace tiempo, todavía te amo, ¿me recuerdas?, ¿Recuerdas que te amo?, tengo preguntas que hacer y no me marcharé hasta que las respondas, pero primero, dejame decirte que te amo, Por cierto, ¿quién es Bill? ¿ya te dije que te amo y te extrañé?"? Eso sonaba ridículo y cursi en su mente, hablado sonaría peor.

–Tonto Ford –susurró para si misma–. Tonto y estúpido Ford, ¿Por qué de todas las secundarias en New England, tuviste que enseñar en la mía? –se lamentó en voz alta con las manos en su sienes.

Sintió un malestar en su cabeza y tomó rápido una aspirina antes de que empeorara, sin dejar de maldecir a su ¿Ex-novio?. Ya ni siquiera sabía que relación tenían desde su pelea. A pesar de los malestares causados por la noticia, Guinevere trató como pudo, de continuar su día normal. Pero no se puede ser normal por mucho en Gravity falls.

Cerca de la hora acordada, empezó a notar los defectos de la gravedad. Se puso frente a su puerta, dispuesta a marchar a la cabaña, faltaba media hora para que llegase el momento, pero algo en ella la negaba a irse. Cuando posaba su mano en el pómulo de la puerta, la retiraba al instante, como si quemara.

Vamos Wini, estuviste esperando treinta años para esto, no es hora de acobardarse.

Inhaló y abrió la puerta con decisión. La cabaña se encontraba a cuarenta minutos de su casa caminando y quince en auto. No tenía tanta prisa, por lo que decidió caminar, con el atardecer detrás suyo (¿Qué importaba si llegaba un poco tarde?).

Atisbó a un taxi que pasó a su lado contrario, con una gran rapidez, otros autos oscuros lo perseguían. No la hubiese perturbado aquello, de no ser porque escuchó a uno de los hombres que iba en un auto de los oscuros, gritar;

–¡Persigan y atrapen a Stan Pines!

Se paralizó mirando la escena y pensó preocupada ¿Que hiciste ahora, Stan?. No podía seguir a un paso lento, por lo que aceleró hasta correr. Debía llegar antes de que su amigo se metiera en más problemas. Sacó su celular y marcó el número de la cabaña, debía saber que ocurría.

¿Hola? –preguntó una voz detrás susurrando, ella la reconoció.

–¡Dipper! Soy yo, Winibel ¿Qué pasa en la cabaña? ¿Cómo y dónde está Stan?

Stan es... –no pudo escuchar bien sus palabras el chico musitaba mucho, como si no quisiera que lo oyeran hablar.

–¿Dipper? ¿Estas ahí? ¿Hola? ¿Qué pasa?

Stan no es... Stan –dijo al fin. Escuchó algunos ruidos de fondo, como de alguien sollozando.

–¿Que quieres decir con eso? ¿Mabel está contigo?

Quiero decir que Stan no es lo que parece. Es un farsante, nos ha engañado a todos, él... –pero otros ruidos se escucharon de fondo, como gente moviéndose–. Tengo que cortar, creo que todavía quedan algunos agentes, adiós.

–¡No, espera Dipper! –pero ya había cortado, ella refunfuñó, parecía que a los Pines le gustaba cortar desprevenidamente.

Se preguntó a que se refería con que "Stan no es lo que parece", ¿Había descubierto su identidad oculta? Y ¿Quienes eran los agentes? ¿La gente que perseguía al taxi? Decidió no pensar en eso, hasta llegar a la cabaña del misterio y consultarlo con él personalmente.

El sol caía detrás suyo, y no solo el astro rey, también la gravedad empezó a caer, literalmente, por varios segundos. Calculó que fue casi un minuto, o cerca. Estando a escasos metros de la cabaña, por largos segundos, vislumbró una luz cegadora que salía ahí y luego, todo cayó, la gravedad volvió a su estado normal.

Abrió sus ojos, después del impacto, adolorida de la caída, tal vez estuvo inconsciente por varios minutos. Por un momento, olvidó la razón de la que estaba allí, entonces recordó; ¡Stan, la máquina, Ford!. Se paró del suelo y observó que la cabaña estaba muy deteriorada, como si un huracán hubiese pasado allí. Oyó algunos sonidos viniendo, distinguió a lo lejos acercarse algunos autos negros, los mismos que perseguían al taxi... a Stan. Corrió hacía la cabaña y se detuvo frente a la máquina expendedora.

–¿Cuál era la clave? ¡Ah, la olvidé! Maldita memoria de anciana –rezongó golpeándose la cabeza, pero se detuvo. Cerró sus ojos, tranquilizó su mente y pensó con lentitud. De a poco, recordó los números indicados–. ¡Ya lo tengo!

Los tecleó rápido y la máquina expendedora se movió para mostrar el pasadizo. La cerró con cuidado de que no la descubriesen y corrió con el alma en sus pies; asustada, eufórica, impaciente y preguntándose si había funcionado.

–¡Stan! –ella gritó recién el ascensor descendió al último piso, el lugar también se encontraba en muy mal estado, casi destruido, pero en pie. Se preocupó por que su amigo estuviera a salvo entre esos escombros–. ¡Stan! ¿¡Funcionó!? ¿¡Funcionó!? –golpeó la puerta repetidas veces, en lo que separaba la sala de controles del portal de la habitación con la máquina. La abrió de golpe–. ¿Funci...? –si... había funcionado.

Allí yacían cinco personas. Una de ellas era Stanley, que estaba rodeado de la otras cuatro; lo hermanos gemelos, Dipper y Mabel, Soos y un hombre mayor, muy parecido a Stan, de cabellos grisáceos, aunque no tan canosos como los de Stanley. Vestido de trajes oscuros, en vuelto en un largo abrigo, una gabardina muy característica. Ella jadeó y mantuvo sus ojos abiertos como platos, sin poder cerrar su boca.

–Ford... –susurró en voz muy baja reconociendo a ese hombre mayor.

Recién había entrado a la sala, todos se voltearon a verla sorprendidos por distintas razones de que ella estuviera presente y en ese lugar, aparentemente, secreto. Él se sintió inmóvil, no podía dar crédito a lo que veía. ¿Esa mujer era...? Se parecían mucho, con algunas arrugas, el pelo bien peinado en un rodete, y unas cuantas canas apareciendo. En efecto, eran idénticas, debían ser la misma mujer, pero eso sería imposible, ella no debería estar ahí, las probabilidades eran escasas. Y sin embargo, aunque descartó toda posibilidad de que fuera ella, no pudo evitar pronunciar su nombre.

–Wini... –dijo con esperanzas de que fuera ella.

La nombrada sonrió y avanzó lentamente hacía él, sintiendo la alegría danzando en su corazón. El silencio se apoderó de todos. El viajero también avanzó, pero no mantenía una expresión de felicidad como ella, más bien de estupefacción y quizás... enojo.

Cuando estaban frente a frente, Guinevere esperó algo, no sabía qué, pero si algo de parte de él. Esperó varios segundos, que los sintió como una eternidad. Esperó por tal vez un beso, o al menos un abrazo, pero en vez de eso, solo tuvo una expresión de disgusto.

–¿Qué haces aquí? –espetó casi gritando. Ella retrocedió deformando su sonrisa a una expresión de susto.

–Yo... –no sabía que decir, de eso había temido todo el día. Tanto tiempo esperando por él, tantas preguntas y ahora se encontraba sin habla.

–¿Ustedes dos, se conocen? –preguntó Mabel que se puso en medio de ambos. Antes de que pudiera responder Winibel, Ford se adelantó.

–Si, ella era una conocida, amiga mía, que conocí en mi trabajo.

La aludida sintió una ola de decepción y tristeza invadirla ¿Por qué la presentaba como una simple conocida? Lo peor de todo, es que ella se sentía muda para replicar, demasiado asustada y abstraída.

–No esperaba que ahora estuvieras aquí, en Gravity falls –continuó Stanford.

–Este es un lugar atrayente, debo admitir –dijo mintiendo, como él había hecho hace rato.

–Oye, disculpame Wini, pero estaba a punto de contarles mi historia –interrumpió Stanley, en el medio.

–Lo siento, Stanley.

–¿Stanley?... Espera ¿Lo conoces? –preguntó estupefacto el científico–. ¿Desde cuando?

–Desde hace casi treinta años –respondió rodando los ojos, como si eso fuese lo más obvio del mundo.

–¡Un momento! –interrumpió Dipper–. ¿Sabías su verdadera identidad? –preguntó señalando a Stan–, ¿Conociste al autor de los diarios? –interrogó en señal a Stanford–. ¿¡Y nunca nos los dijiste!?

–Tú nunca me preguntaste –se defendió la mujer.

–Te dije que debíamos preguntarle a Winibel –dijo Mabel sonriendo burlonamente.

–Es que... me era difícil confiar en alguien de Gravity falls, era muy sospechoso que supieras tantos secretos.

–Pero, aunque lo hubieses hecho, yo no te habría contado la verdad, no toda –continuó la maestra–. Debía ayudar a guardar el secreto de Stan a toda costa.

–¿Pero, cómo es que sabes de la identidad del tío Stan y de esta sala secreta? –preguntó señalando a todo lo que quedaba del portal, estaba casi destruido.

–Me parece que es mejor que Stan empiece su historia –el aludido asintió.

–Ahora, si ya no tengo más interrupciones... –dijo enfocando sus ojos en Soos, por si acaso, antes de tomar respiración y empezar–. Todo comenzó en mil novecientos cincuenta y algo...

Mientras Stan contaba su historia y la intercalaba con Ford, Guinevere dedicaba muchas miradas a este último, pensando en el por qué de su comportamiento tan frío hacía su hermano, le recordaba al tiempo en que fue su alumna y también se comportó distante con ella. Parte de la historia conocía, pero la otra no. El contar la experiencia de su separación, también revivió el resentimiento entre los dos hermanos y aunque Mabel deseaba que ellos se reconciliasen con un abrazo, era difícil, el ambiente se sintió tenso. Por suerte, Mabel, Dipper y Soos tranquilizaban el entorno.

La historia tomó largo tiempo y cuando terminó, se escuchó a gente hablar arriba.

–¡Oí voces y vienen de allí abajo! –dijo alguien.

–¡Oh, no! Los agentes vienen por nosotros –exclamó Stanley.

–¿Agentes? –preguntó Guinevere.

–Es por lo de los químicos radiactivos –ella rodeó sus ojos. Otra vez, Stan no pudo evitar meterse en más problemas de los que ya estaba.

–Creo que los vi venir cuando llegaba.

–¿Que haremos? –preguntó asustada Mabel.

Los dilemas con los agentes se resolvieron rápido y gracias a Dipper y Ford. El primero ocultaba en su mochila una rara pistola, parecida a la que estaba dibujada en el diario respecto a un invento de Fiddleford. Ford logró modificar su disparo para que fuera de audición, y a través de su sonido borró la memoria de los agentes. Todos se retiraron luego de un informe falso de Stanford y la cabaña quedó sola y tranquila, otra vez.

–¡Oye tío Stanford, eso fue increíble! –exclamó Mabel cuando todos se fueron a su nuevo tío abuelo descubierto.

–¿¡Te molesta si te hago un par de millones de preguntas sobre Gravity falls? –interrumpió Dipper a Mabel mucho más impresionado que ella.

Los niños quedaron encantados con Stanford, y hubiesen estado charlando toda la noche con él, de no ser porque Stanley los mandó a la cama temprano, le susurró a Guinevere de que los siguiera para acostarlos y que no se desviasen del camino para espiar. Soos se retiró tranquilamente mientras llamaba a Wendy.

Guinevere siguió a los niños arriba, en el ático, y ayudó a acomodar sus camas, antes de retirarse, dedicó una última mirada a Stanford, que él apenas correspondió.

–¿Por qué no podemos hablar con el tío Ford? –preguntó Mabel decepcionada, ya puesta en su piyama.

–El tío Stan no lo quiere así –respondió la mujer con un peine, dispuesta cepillarle su cabello–. Además, ya es tarde.

–No es tan tarde –refunfuñó Mabel.

–Pero él es el autor, esperaba tener una gran y larga charla con él cuando lo conociese. Y ahora que sé que es mi tío –el chico jadeó intentó contener tanta emoción–. Realmente, no puedo creerlo.

–Tranquilo Dipper, tendrás mañana y todo lo que queda del verano para conocerlo mejor –lo tranquilizó Guinevere cepillando el cabello de Mabel.

Luego de recostarlos a ambos, apagó las luces y los despidió con una amable sonrisa.

–Descansen, niños. Hoy fue un día muy movido –estando a punto de cerrar la puerta, alguien la llamó.

–¡Espera! –la detuvo Dipper–. ¿Por qué sabías de todo? ¿Y cómo te enteraste?

–¿Y qué relación tenías tú con nuestros tíos abuelos? –continuó Mabel.

–Es una historia también muy larga esa. Solo les diré que conocí a su tío Ford desde hace tiempo, y decidí ayudar a su tío Stan a traerlo devuelta, porque él me debía algunas respuestas.

–¿Qué respuestas? –preguntaron los gemelos al unísono.

–¿No han tenido suficiente historia por hoy? –preguntó desviando la conversación, no tenía muchas intenciones de revelar ese secreto de su pasado a los chicos, al menos no tan pronto–. Duerman chicos, es tarde –dijo sin más y cerró la puerta. Sin que ella lo sepa, Dipper prendió la luz y Mabel acercó su oído a la puerta para escuchar la conversación entre sus dos tíos.

Guinevere bajaba las escaleras lentamente, conmocionada de todo lo ocurrido y también porque la casa estaba un poco destrozada -por lo del portal- como para moverse rápidamente. A mitad del escalón, escuchó una discusión.

–Nunca vas a agradecerme ¿Cierto? –dijo la voz de Stanley. Se detuvo en su caminata y agudizó el oído para escuchar mejor. Atisbó en como Ford le dedicaba una mirada cargada de molestia–. Alejate de los niños, no quiero que corran peligro, porque en lo que me concierne, son la única familia que tengo ahora.

Mientras escuchaba sus palabras, la profesora hizo una evidente expresión de disgusto y decepción. La llegada de Ford no había sido en nada a como se la esperaba, ni para ella, ni para Stan. Después de la discusión, el dueño sustituto de la cabaña se dirigió escalera arriba. En su camino, ambos amigos se encontraron y se dirigieron una simple mirada de preocupación, uno por el otro.

–Hola, Wini –saludó Stan–. ¿Ya dormiste a los niños?

–Si, pero estaban decepcionados de no hablar más con Ford.

–Mejor así. –Stan notó como Guinevere llevaba una mano a su cabeza–. ¿Te sientes bien? ¿No te duele la cabeza?

–No, no me pasa nada, es solo un reflejo. Iré a casa, buenas noches –se apresuró en contestar y bajar las escaleras rápido, pero sin querer chocó con la espalda de Ford, que no se había movido de su posición después de la conversación con su hermano–. Lo sien... –quiso disculparse ella, pero cerró su boca al verlo,

–No, yo... –contestó al darse la vuelta, pero tampoco terminó su frase.

Era el primer momento que tenían para hablar a solas desde que se reencontraron, desde que él volvió, después de tantos años. Pero a ninguno le salía las palabras.

–Ford... hola –musitó. Era difícil hablarle. Su expresión era una mezcla de miedo con un poco de nostalgia.

Lejos de responder a su saludo de la misma manera amable, Stanford arrugó sus facciones a una amarga.

–No deberías estar aquí –sentenció en un semblante muy serio.

–¿Por qué no? –preguntó, esta vez denotando enojo y desafío.

–Gravity falls no es seguro y menos para alguien como tú.

–He vivido por treinta años en esta ciudad y nadie ha tratado de lastimarme, robarme o hacerme algún otro daño. Al menos, estuve a salvo dentro del pueblo.

–¿Qué? ¿Estuviste viviendo treinta años aquí? –se leía el desconcierto en su cara al preguntar–. ¿Por qué?

–Yo... necesitaba saber que fue lo que te pasó la última vez que nos vimos –inició lo más tranquila posible, pero le era difícil, el corazón le palpitaba a mil y casi podía sentir su mano temblar. Inhaló y continuó–. Te comportaste como un loco. Ya no podía aguantar más, quería saber que te sucedió. Necesito las respuestas a eso.

–¿Respuestas? –continuó su interrogante incrédulo. Le parecía ridículo su petición–. ¿Eso deseaste todos estos años?

–¡Si! Eso deseé todos estos últimos treinta años –exclamó y sintió que un pequeño peso del pecho se iba, aunque quedaba otro casi igual de pesado.

–¿Quieres respuesta y por eso esperaste? –ella asintió en silencio, sin apartar su ojos con un fuego decisivo, de los suyos–. Pues... esperaste en vano. –el silencio era preponderante, pero Winibel casi pudo oír algo desquebrajarse dentro, por tal declaración dura.

Stan escuchaba la conversación desde las escaleras. No pudo evitarlo, la curiosidad lo invadió por saber que le diría su hermano a la novia tan paciente como Penelope, pero nunca esperó un trato tan frío. Molesto, bajó rápidamente y encaró a Stanford, para sorpresa de los dos presentes.

–Escucha cerebrito, nerd, cuatro ojos de seis dedos. Esa mujer –la señaló a Winibel que todavía estaba inmóvil, tras suyo–. ¡Exacto! Esa mujer de ahí, estuvo esperando por treinta años ¡Treinta años! Y no por tus respuestas, sino a ti ¡Así, es! Estuvo esperándote por treinta años ¿Escuchaste? Si eso no es amor, entonces no se lo que es.

Ford se sintió paralizar de la sorpresa. ¿Todos esos años... ella lo había estado esperando? ¿A él? Desvió su mirada de su hermano y se enfocó en Guinevere. Ella, por su parte, mantuvo su cabeza gacha luego de que Stan dijera su declaración. Se reflejaba en su cara un poco de rubor, como si hubiese sido recientemente maquillada.

–¿Estuviste esperándome... estos treinta años? –preguntó atónito. Winibel asintió lentamente, sin decir alguna palabra o cambiar su expresión de vergüenza–. ¿Ni siquiera te casaste o algo así? –negó continuando con la misma cara.

Stanford estaba estupefacto, pensaba que a esa altura de su vida, ella ya se había hecho otra vida, con otro hombre y ya teniendo una familia, pero no. No sabía si sentirse conmovido, estúpido o peor, arrepentido de todo. A pesar de la enternecedora declaración acertada de Stanley, Stanford negó con su cabeza y se marchó como en señal de desinterés.

–Lo siento, Guinevere –susurró antes de retirarse de la sala y dirigirse a su antigua habitación.

–Stanford... –llamó ella en un hilo de voz, mientras él pasaba a su lado, ignorándola.

–¡Oye cerebrito, vuelve aquí! –gritó Stan, pero la mujer posó una mano en su hombro, antes de que él pudiera hacer otro movimiento.

–Déjalo, Stan, ni que fuera algo tan... importante –le dijo en una voz quebrantada.

–Pero... tú esperaste tanto y ese maldito... –el hombre rezongó irritado–. Es un ingrato mi hermano, ya lo sé.

–Tranquilo, Stan. Ya hablaré con él otro día –dijo para tranquilizar al hombre, pero él no se sintió muy convencido de sus palabras.

Ella avanzó a paso lento hacía la habitación de Ford, quien ahora si se encontraba allí, después de tantos años. Posó una mano sobre la estructura de madera e inclinó su cabeza, hasta que su frente tocara la puerta. Suspiró, debatiéndose si lo que le dijeron los gnomos era verdad. Stanford no parecía tener los mismos sentimientos que ella había albergado por años, mientras lo esperaba.

–Lo siento, Wini –musitó el hombre detrás de la puerta, tocándola con su frente y mano, en la misma manera que ella–. Pero no quiero causarte más daño del que ya te hice

Se separó lentamente de la puerta y suspiró resignado. Cuando planeó prepararse para ir a dormir, oyó las voces de su hermano y ella hablando. Estiró su cuello para escuchar un poco, no es que fuera chismoso, pero le fue tentador escucharlos.

–Él no te merece –dijo la voz de Stan–, en serio, mi hermano es un idiota que no sabe apreciar lo que tiene. Le interesan más los misterios, que sus seres queridos.

–Gracias por intentar darme ánimos, Stanley.

–Deberías salir con alguien que te mereciera. Alguien mucho mejor.

–¿Estas hablando de ti? –preguntó la voz de ella en un tono burlón.

Ford sintió algo surgir en su interior, como un fuego molesto por aquella pregunta. Si ya estaba enojado con Stan, lo estaría más si tratara de salir con ella.

–¿Qué? ¿Yo? –el hombre bufó–. ¡Ja! Se que soy perfecto, pero aunque quisieras, me temo que no será posible, querida. Eres linda y todo, pero te veo como una hermanita.

El fuego del interior de Ford se apagó después de que Stan dejara en claro sus intenciones. Suspiró tranquilo de que no se le insinuara, ni nada parecido.

–¡Basta, Stan! Desordenarás mi cabello –contestó la voz de ella entre risas. Afuera, Stanley no dejaba de desordenar sus cabellos mientras los acariciaba afectuosamente y de manera divertida.

–No puedo evitarlo, es lo que le gusta hacer los hermanos mayores a sus menores, molestarlos –contestó él riendo–. Por cierto, ordena tus cabellos, son un desastre –dijo en un tono de cinismo.

–¡Eso es porque tú los desordenaste! –gritó fingiendo indignación.

–¡Ja, ja! Eres tan ingenua.

Un sentimiento de celos volvió a surgir en Stanford, pero no uno parecido al anterior, sino otro diferente. Eran celos porque Stan tenía una manera más fácil y simple de llevarse bien con ella, mientras que a él siempre le costó mucho ser afectivo. Además, a él si le gustaba sus cabellos desordenados, aun si fueran un desastre –algo que él discrepaba con su hermano–, suspiró congojado, recordando que nunca tuvo el valor para decírselo. No deseaba escucharlos más, le producía incomodes, por lo que se apartó de la puerta y se preparó para dormir.

–¿Segura que no quieres que te lleve a casa? –preguntó Stan, estando en la puerta de la entrada de la cabaña–. Mi auto no es el mejor, pero es estable.

–No te preocupes, estaré bien. Se que llegaré a casa a salvo. De todos modos, gracias, Stan. Hasta luego.

El hombre saludó con la mano antes de cerrar la puerta y dirigirse a su cuarto para dormir.

Stanford daba vueltas en su cama-sofá. Hace mucho que no dormía en ella, pero esa no era la razón de su perturbación. Pensó en todo lo que lo rodeaba, hace tanto tiempo que no estaba allí, que todo parecía irreal, un sueño. Nunca creyó que volvería a su casa, a su cama, a dormir en la comodidad de su hogar, al menos no sin antes derrotar a Bill.

Pensó en su hermano, Stanley, por un lado estaba feliz por verlo, pero el rencor no abandonaba sus sentimientos. Ahora tenía más motivos para enojarse más, después de lo que convirtió su casa, en esa estupidez de "La cabaña del misterio". Aunque también encontró motivos para alegrarse y saber que valió la pena volver, como conocer a Dipper y Mabel. Realmente sintió una calidez inigualable cuando conoció a esos dos niños encantadores.

Luego... estaba Guinevere. Sintió un escalofrío cuando pensó en ella. Jamas creyó que lo esperaría, aunque, sinceramente, él nunca la había olvidado y sus sentimientos... No los deseaba admitir, pero eran mutuos, todavía eran recíprocos, aún después de tantos años. Cuando creía que la había olvidado, volvía a su mente el calor que produjo en su corazón toda vez que estuvieron juntos, como si fuera una maldición.

Se acomodó a otro lado en su cama y sonrió levemente. Verla en el subterráneo donde pelearon, después de tantos años, fue raro e imprevisto. Pero algo era innegable y es que sintió un atisbo de felicidad de que ella estuviera allí.


No se si alguien conoce la saga de canciones Story of evil. Pero si la conocen, creo que más de uno habrá notado la familiaridad y el paralelismo de sus personajes principales (la princesa y el sirviente) con Stan y Ford (al menos, yo si)