Capítulo 21. …te hace Señor de la Muerte
Draco apenas había dado algunos pasos por el Callejón Diagon cuando no le cupo ninguna duda de que sólo se encontraba soñando. Se detuvo y miró alrededor. Estaba de pie en medio de la calle donde confluían varias esquinas de los comercios más emblemáticos, justo enfrente del banco Gringotts. El callejón estaba lleno de neblina y los colores se veían difuminados, pero lo más sobresaliente era que no había ni un alma: todo estaba completamente solo y abandonado; ni duendes, ni magos ni brujas, absolutamente nadie aparte de él. Draco levantó la vista hacia la construcción de mármol blanco y recordó lo que había sucedido ahí justo unos días antes, lo cual confirmó más que nada sus sospechas de que aquello sólo era un sueño: el banco estaba impecable e incólume, no tenía señal de que una mantícora hubiese atravesado y roto sus puertas principales, de que hubiese sucedido una matanza en su vestíbulo.
Draco volvió a echar un vistazo y se percató de que ese era el Callejón Diagon de hacía muchos meses, el de antes de la guerra, antes de que los negocios cerraran por miedo o por bajas ventas, antes de los secuestros y las desapariciones, antes de las ventanas tapiadas y las puertas con letrero de "clausurado", antes del miedo, la paranoia y los asesinatos.
Todo estaba muy lindo, limpio y normal con la excepción de que no había absolutamente nadie por las cercanías.
Draco suspiró y sonrió levemente; era genial mirar el Callejón Diagon así. Claro está que faltaban las multitudes pintorescas que le añadían vida y color, los niños entusiasmados rogando a sus padres que les compraran algo, pero, de todas maneras, a pesar de estar en completa soledad, Draco se sintió bien. Contento de que, al menos en su mente, las cosas estuviesen en paz.
Miró hacia un lado de Gringotts, a la tienda "Túnicas Para Todas Las Ocasiones" de Madam Malkin. Ese lugar le traía a la mente un recuerdo, o mejor dicho, un par de ellos, bastante contradictorios el uno con el otro y, ambos, relacionados con Harry Potter.
Caminó hacia el bonito edificio de dos pisos hecho de ladrillo gris con balconeras en forma circular, cuya madera en color violeta le daba un aire dulce y tranquilizador. Miró a través de la gran ventana que estaba en medio de dos puertas; no se veía nadie dentro, pero, por alguna razón, la situación no era tétrica ni daba miedo. El interior estaba bastante iluminado y era acogedor, tal como Draco lo recordaba.
Entró a la tienda y la campanilla de la puerta repiqueteó alegremente, trayendo al corazón de Draco un sinfín de nostalgia por los tiempos en que iba con su madre a comprar ahí. No obstante, la última vez que Narcisa y él habían estado en esa tienda, no había sido una ocasión agradable; incluso se habían peleado con madam Malkin después de haber discutido con Potter y su palomilla.
Draco apretó los labios y se llevó la mano derecha a su antebrazo izquierdo. A diferencia de aquellos días que ahora se le antojaban tan lejanos, cuando estaba recién marcado, el brazo ya no le escocía. Bajó los ojos y miró su mano izquierda intacta, entera, como si nunca le hubiese pasado nada; movió los dedos frente a su cara, no le dolía. ¿Eso era sólo parte del sueño o…? Él recordaba haber estado herido gravemente de esa mano, ¿qué no?
Un sonido de voces que sonaban muy lejanas, como un eco antiguo, llamó su atención. Parecían dos niños charlando. Miró hacia donde provenía el ruido pero no vio a nadie: hasta el fondo de la tienda, frente a unos grandes espejos que dominaban toda la pared, estaban, uno junto al otro, dos taburetes listos para subirse en ellos y dejar que te tomaran las medidas. Draco sonrió muchísimo.
Ahí, justo ahí, era donde había conocido a Harry, donde lo había visto por vez primera cuando ambos tenían sólo once años de edad. Sin saber que hablaba con el famoso niño-que-vivió, Draco se había comportado charlatán y presuntuoso buscando impresionar, y, según se dio cuenta después, el hechizo le había salido por el otro lado de la varita. Así que, lo que tendría que haber sido un recuerdo agradable, se había convertido en uno lleno de resentimiento y reproche para él mismo. Pero nada de eso importaba ya y Draco a veces creía que toda su enemistad con Harry y las peleas posteriores habían estado destinadas a suceder y que nada de lo que él hubiese hecho habría cambiado las cosas, y ese era su consuelo. Porque eso, todo eso, los había llevado al punto donde estaban hoy, al punto donde Harry y él no eran sólo amigos, sino muchísimo más, muchísimo…
Pero…
Entonces, Draco, sintiendo una gran angustia de repente, recordó todo lo que acababa de suceder. La pelea contra Voldemort y sus mortífagos en los terrenos de la Mansión Malfoy. Harry y él en el foso de los hombres lobo. La mu… la mu…
—¡No! —gritó Draco, cerrando los ojos y llevándose las manos a los oídos, como si tratara de acallar las voces de las memorias que estaban dentro de su cabeza. No quería recordar eso. Harry no podía haberse ido, tenía que estar bien. Draco iba a despertar de esa pesadilla en cualquier momento y estaría tirado en el bosquecillo aledaño a su casa y Harry estaría ahí junto con él, mirándolo con sus grandes ojos verdes llenos de preocupación, y todo estaría bien, todo estaría bien…
—Hola, Draco —lo saludó una voz masculina de manera muy suave y amable, y Draco, aun antes de abrir los ojos, sabía que no pertenecía a Harry Potter.
Se quitó las manos de la cabeza y respiró profundo para tranquilizarse, todo mientras miraba fijo a los ojos azules de Albus Dumbledore, quien acababa de entrar por la puerta de la tienda de túnicas. Repentinamente, Draco se sintió completamente enfurecido.
—Usted —le escupió a Dumbledore, sabiendo que todo eso era sólo un sueño y que Dumbledore en realidad estaba muerto y que nada importaba, pero aún así—… Usted no tiene ninguna vergüenza de presentarse ante mí en mi propia mente. ¡Después de todo lo que nos hicieron, lo que usted nos hizo… a Harry y a mí! Manejarnos a ambos como viles peones en tablero de ajedrez… Sé que yo mismo no he sido una perita en dulce, director, pero al menos tengo la excusa de la edad y de que estaba siendo amenazado por un maníaco asesino con aires de grandeza. Pero, ¿usted? ¿Mangonear a una panda de adolescentes ocultándoles además información vital? ¿Mandarlos a ellos a una cruzada secreta para destruir artefactos de magia oscura disponiendo de un grupo de magos adultos dispuestos y mejor calificados? En serio, ¿en qué estaba pensando? Me da verdadero asco, Dumbledore —finalizó meneando la cabeza y caminando hacia la puerta de la tienda. A ver cómo diablos le hacía para despertar: tenía el presentimiento de que salir de ese establecimiento era una buena manera de intentarlo.
Pasó al lado de Dumbledore y éste le dijo con voz pausada y triste, y, oh, Draco no podía haberlo odiado más como lo odió en ese momento:
—Draco, me temo que tengo un mensaje de Harry para ti. ¿Tendrías la amabilidad de obsequiarme unos minutos para comunicártelo?
Draco se detuvo antes de traspasar el umbral de la puerta y apretó los puños. Volvió a negar con la cabeza mientras mascullaba entre los dientes cerrados:
—Joder, a usted no se le quita lo manipulador. Ni muerto, ni en sueños.
Para su sorpresa, Dumbledore soltó un pequeño resoplido de risa apenas perceptible.
—Y tú no has perdido tu astucia y tu singular e hiriente sentido del humor, querido Draco, a pesar de todo lo que has visto y sufrido. Pero necesito que sepas que no he venido aquí a pelear. He de decirte un par de cosas que son importantes y necesarias para ayudarte a cerrar este desafortunado y amargo ciclo.
A Draco no le gustó nada como sonaba eso. Se giró sobre sus talones tan lento que intuyó que se veía ridículo. Pero, en todo caso, no tendría que temer de lo que estuviera diciéndole ese Dumbledore, ¿o sí? Porque, ese Dumbledore no era el real, no era un emisario del más allá, ni un fantasma, ni siquiera un retrato… Era sólo un sueño loco y desagradable que estaba teniendo, ¿verdad?
—Desembuche, pues. Lo escucho —dijo en voz baja, no muy seguro de si quería escuchar lo que aquel producto de su mente iba a decirle, pero la verdad era que la curiosidad le estaba picando. Quería ver hasta dónde llegaba su propia y retorcida imaginación.
Dumbledore suspiró y se tomó una mano con la otra por enfrente de su cuerpo, abriendo un poco las piernas y parándose muy recto en la misma postura que usaba cuando se levantaba frente a todo el Gran Comedor para dar avisos importantes.
—Harry y yo hemos estado juntos hace poco en su propia mente, tal como tú y yo estamos en este instante en la tuya. Pasamos algunos agradables minutos hablando y aclarando algunos puntos. En un momento dado, él se dio cuenta de que podía haber retornado a la vida, pero estuvo postergando su regreso porque quería darte más oportunidades a ti de salir ileso.
—¿De qué… de qué está hablando? —preguntó Draco con el corazón dándole un doloroso vuelco. Aquel sueño ya no le estaba gustando: definitivamente se estaba convirtiendo en una pesadilla.
Dumbledore lo ignoró y continuó hablando como si Draco no hubiese dicho nada:
—Entonces, tú, de un modo totalmente sagaz y valeroso, conseguiste acabar con el último eslabón que unía a Voldemort con la vida terrenal, y sí, me estoy refiriendo a su propio cuerpo. Tú y Neville destruyeron sus dos últimos vínculos con la vida: él a Nagini, tú al mismo Voldemort, a ese cuerpo creado con una de las peores y siniestras magias oscuras conocidas. Extraerle la totalidad de su sangre… Fue una idea soberbia, tengo que reconocértelo. Un tanto… grotesca, pero soberbia sin duda alguna, y bastante certera pues no sólo eliminaste cualquier posibilidad de vida del cuerpo de Voldemort al desangrarlo, sino que suprimiste de golpe uno de los tres elementos que le habían devuelto su forma mortal: la sangre de Harry. Sin ella, el efecto mágico de la poción que había empleado en el cementerio, sencillamente se canceló. Harry se quedó bastante impresionado de saberlo, tengo que decírtelo. No dejaba de repetir: "¿ve usted lo inteligente que él es?", refiriéndose a ti, por supuesto.
En ese punto, Draco ya no podía quitarle los ojos de encima a Dumbledore y menos podía dejar de escuchar lo que estaba diciéndole. Muy en el fondo, intuía que eso no era sólo un sueño y que ese Dumbledore, tal vez, en contra de todo pronóstico, quizá sí era una visita sobrenatural.
¿Sería posible?
—¿Harry…? —comenzó a preguntar con el corazón acelerado—. ¿Harry va a…?
Dumbledore negó con un movimiento de cabeza y agachó los ojos.
—Harry no regresará a tu lado, si es lo que estás preguntando. Tuvo ocasión para hacerlo, como te expliqué antes, cuando todavía estaba ligado a Voldemort mientras éste continuara con vida gracias a su sangre que habitaba en ambos, pero desaprovechó la coyuntura por tu propio bien, Draco. Y entonces, al morir Voldemort, Harry también lo hizo definitivamente. Abordó un tren que lo llevó… mucho más allá, por así decirlo.
Draco abrió los ojos y sintió que se le llenaban de lágrimas. Meneó la cabeza, negándose a creer eso. Era sólo un sueño, era sólo… Tenía que ser. Pero, aun así continuó cuestionando con voz quebrada:
—¿A qué se refiere cuando dice que Harry perdió la ocasión de regresar a la vida por mi propio bien?
Dumbledore suspiró de nuevo y sonrió con ternura, como si estuviese muy orgulloso de las locuras que Harry Potter parecía no dejar de hacer aun después de muerto. A Draco no le sorprendería si repentinamente Dumbledore proclamaba que, gracias a lo que Harry había hecho, le otorgaba cincuenta puntos a Gryffindor. El anciano comenzó a explicarle:
—Cuando Harry permitió que Voldemort lo matara a él en tu lugar, te brindó una protección mágica de índole muy ancestral, similar a la que la madre de Harry le dio a él de bebé. Presumo que tienes conocimiento de ese asunto entre Lily y Harry Potter, ¿cierto? —Hizo una pausa y Draco afirmó con la cabeza, urgiéndole a continuar—. Pues bien, fue evidente que Voldemort no habría podido matarte a ti mientras ese sacrificio estuviera vigente. Por eso, Harry, al saberlo, decidió esperar. Prefirió darte toda oportunidad de salir totalmente a salvo e indemne de tu heroico, tengo que decirlo, verdaderamente heroico duelo contra Lord Voldemort.
Draco cerró la boca: apenas se percató de que había estado manteniéndola abierta.
—¿Fue por eso que, cuando peleaba contra Voldemort y él me lanzó el Avada, mi patronus…?
Dumbledore asintió y sonrió como si estuvieran en el colegio y Draco hubiese respondido acertadamente a una pregunta académica.
—Exactamente, Draco. Fue por eso que tu patronus pudo salvarte de la maldición asesina de Voldemort. Creo que… Creo que jamás, en toda la historia de la magia, un patronus ha sido realmente un protector en toda la extensión de la palabra como lo fue en ese momento para ti. Y me atrevo a suponer que también la compañía y protección del sacrificio de Harry fue ese empujón extra de magia que te ayudó a ejecutar ese inverosímil encantamiento convocador que acabó con Voldemort y que, en otras circunstancias, estoy seguro de que no hubiera funcionado. Claro que también colaboró la circunstancia de tener dos varitas bajo tu mando y, una de ellas, sumamente poderosa, pero... Estoy convencido de que fue el cobijo del sacrificio de Harry lo que aumentó tu poder mágico de ese modo contundente.
Draco se mordió los labios, recordando claramente la manera en que había sentido un flujo de magia brotando desde su pecho y viajando hacia su mano y las varitas. Magia poderosa y abundante surgiendo desde su corazón…
De nuevo negó con la cabeza.
—Todo esto no es verdad. No puede ser verdad —dijo, intentando convencerse de ello—. Es sólo mi cerebro jugándome una mala pasada mientras duermo. Voy a… voy a despertar y Harry también lo habrá hecho y… Y todo estará bien, tiene que, porque…
No pudo terminar de hablar. Sentía la urgencia de salir de aquella pesadilla. Dumbledore lo miró con tristeza y continuó hablando:
—Tenía la necesidad de pedirte perdón por lo sucedido durante tu sexto año, querido Draco, si es que te sirve de algo la disculpa de este pobre viejo. Y quizá no entiendas esto, pero puedes comunicárselo a la señorita Granger y al señor Weasley y ellos te explicarán: Voldemort no va a regresar jamás. Todos ustedes consiguieron, en contra de todo pronóstico y apuesta, acabar con todos los arreglos que había hecho Tom Ryddle para procurarse la vida eterna. Puedo asegurarte, Draco, que Harry se marchó muy feliz de saber eso pues, me dijo y te lo cito textualmente: "Ahora me voy tranquilo sabiendo que Draco y todos estarán bien". También me pidió que te recordara lo mucho que te ama y que te dijera que estará eternamente agradecido porque cumpliste tu promesa de quedarte a su lado y porque le permitiste contar contigo hasta el último jodido momento. Así me lo dijo tal cual, lo siento —finalizó, encogiéndose de hombros y sonriendo condescendiente.
Aquello fue el colmo para Draco. Tuvo que apretar los labios para no gemir de dolor, para no dejar que el llanto brotara de sus ojos. Le dirigió a Dumbledore una última mirada llena de zozobra y salió corriendo de la tienda. Le pareció que el ex director gritaba algo, algo que sonó a que todavía quedaba un detalle sumamente importante que necesitaba informarle, pero Draco no se quedó a escuchar porque, si se quedaba ahí, iba a derrumbarse y no pensaba demostrar semejante debilidad ante ese viejo imbécil y cargante que ya lo había humillado tanto.
Despertó.
Con gran esfuerzo, Draco abrió los párpados y poco a poco fue recuperando la consciencia. El sueño que acababa de tener estaba sorprendentemente fresco en su memoria y, gracias a eso, también lo sucedido durante la batalla contra Voldemort y los mortífagos.
Le desconcertó encontrarse a él mismo en un lugar cómodo, tibio y seco: había creído que despertaría todavía tirado en el suelo lodoso en el bosque bajo la lluvia. Alguien lo había llevado hasta… Se incorporó un poco, dejando con pesar la suavidad de la almohada bajo su mejilla para mirar en dónde estaba. Fue entonces que descubrió que se encontraba en su propio cuarto de la mansión de sus padres. Y si la luz que entraba por la ventana no lo engañaba, ya estaba por atardecer y había dejado de llover.
¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde su desmayo?
Sintiéndose muy débil y tembloroso, se sentó en la cama y descubrió que estaba vestido con una de sus pijamas y tenía la piel y el cabello secos y limpios. Levantó la vista y se asustó al ver a Astoria acomodada en un sillón junto a la ventana, con un periódico desparramado sobre las piernas y profundamente dormida. A Draco le dio un vuelco el corazón, quizá ella no era ella sino…
—¿Harry? —masculló con voz ronca.
La chica despertó con un sobresalto y arrojó hojas de periódico por todos lados.
—Dios mío, Draco… ¡Despertaste! ¡Por fin! ¡Leapy! —llamó ella en voz alta y uno de los elfos más jóvenes de la casa se apareció en medio del cuarto. Distraídamente, Draco supuso que el sacrificio de Lucius había cancelado también el hechizo que impedía magia élfica—. Leapy, por favor, dile a tu ama Narcisa que el señorito Draco acaba de despertar.
El elfo miró a Draco con una mezcla de admiración y terror (un tipo de mirada que ningún elfo le había dirigido antes), hizo una reverencia y desapareció. Astoria, ignorando el montón de papeles que había desparramado en el suelo y el sillón, caminó hacia la cama de Draco y le tocó la frente.
—¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? ¿Quieres beber agua? ¿Recuerdas todo lo que pasó? Oh Draco, nos has tenido tan preocupados a todos, creíamos que no ibas a despertar jamás, pero el profesor Snape insistía en que sólo estabas agotado tanto física como mágicamente y necesitabas descansar. Madam Pomfrey, en cambio…
Draco le tomó la mano a Astoria, la que ella le había puesto en la frente, y la miró intensamente a los ojos.
—¿Eres Harry? —volvió a preguntar con el pecho reventándole de esperanza.
La mirada triste que le dirigió la muchacha le gritó la verdad aún antes que ella respondiera:
—No, Draco. Lo siento. Sólo soy yo, Astoria Greengrass. Harry Potter, él… Merlín, Draco, ¿no recuerdas qué fue lo que le pasó?
Suavemente, sin intención de verse brusco o malagradecido, Draco soltó la mano de Astoria y se dejó caer de nuevo sobre las almohadas, asistiendo con la cabeza.
—Recuerdo todo tan claro como el agua —dijo con la voz cargada de amargura—, pero pensé… Pensé que, tal vez…
Negó con la cabeza y no dijo más. Entonces, levantó la mano izquierda para observársela. Aparentemente alguien se la había curado ya: la tenía cubierta de vendas limpias y parecía estar de nuevo entera. Casi no le dolía y ya tenía más movilidad en los dedos.
—Fue Madam Pomfrey… —susurró Astoria mientras lo miraba con aprensión—. Dijo que en unos días ya estarás bien y podrás usarla en su totalidad, aunque quizá requieras de un especialista…
Draco asintió pero no dijo nada. No tenía ganas de hacer nada: ni de levantarse, ni de preguntar, ni de saber. Si todo seguía igual, si Harry no estaba bien, él ni siquiera se atrevería a formular la pregunta.
Estuvieron unos segundos así y, cuando finalmente la chica pareció no aguantar la tensión, le dio la espalda a Draco, se puso de cuclillas y comenzó a recoger y a ordenar el periódico que había tirado.
—Tu madre no debe tardar en venir, seguro está ocupada con tu padre y los sanadores que lo están viendo. Ellos querían llevarlo a San Mungo, pero la Orden del Fénix temía que algún mortífago de los que alcanzaron a escapar pudiera atentar contra su vida, así que decidieron mejor atenderlo aquí —hablaba rápidamente mientras acomodaba concienzudamente el periódico—, y como tu familia se ha vuelto tan popular por lo sucedido, parece que el hospital está haciendo todo su esfuerzo para darles la mejor atención. Justo estaba leyendo en El Profeta todo lo que…
—¿Cómo está mi padre? —la interrumpió Draco—. Sé que bebió algo, sospecho que fue Filtro de Muertos en Vida, pero no estoy seguro.
Astoria terminó con el periódico y se incorporó con él en las manos. Parecía un poco nerviosa al responder:
—Sí, creo que eso fue lo que tomó. Mejor que tu mamá te explique, la verdad es que yo no sé bien. Creo que los sanadores apenas lo están diagnosticando. Según El Profeta —continuó hablando, cambiando prestamente de tema—, el ministerio es un caos, hay un montón de gente arrestada y otra más desaparecida pero que, por supuesto, eran mortífagos o partidarios de Quien-tú-sabes y ahora han huido para evitar ir a prisión. Han nombrado al señor Shacklebolt como ministro de Magia, lo cual es una suerte porque, si no, ya estarían aquí todos los aurores queriendo arrestarte para interrogarte y… Bueno, también gracias a él todos están enterados perfectamente de qué fue lo que pasó ayer aquí en tu casa. Creo que me quedo corta al afirmar que tú y tu familia se han vuelto los nuevos héroes de la comunidad mágica como antes lo fue Harry Potter, imagina eso, Draco. Eres una verdadera celebridad. En Hogwarts, todo Slytherin está que arde de orgullo.
Diciendo eso, Astoria le enseñó a Draco la primera plana del periódico. Y era verdad. Ahí estaba Draco en una enorme fotografía escolar del año anterior, en medio de una nota que abarcaba las ocho columnas. Más abajo, se veía otra foto de él junto a sus padres. El titular rezaba: "Draco Malfoy: nuevo baluarte de esperanza en el mundo mágico acaba con Quien-no-debe-ser-nombrado en asombroso duelo. ¿Estamos ante el surgimiento del nuevo Niño-que-vivió?"
Draco contempló eso durante segundos enteros sintiéndose más atónito que halagado y, si no se hubiera encontrado tan deprimido y desganado, se habría reído con ganas de semejante titular ridículo. Quizá lo que más le dolía era que, hacía unas semanas, antes de enamorarse de Harry y de sentirse como verdadero miembro de la Orden del Fénix, aquella idiotez lo habría hecho incalculablemente feliz. Pero, ¿ahora? Ahora no había nada que pudiera importarle menos.
Astoria pareció querer pasarle las hojas impresas para que las leyera, pero Draco las rechazó.
—Estoy muy cansado para leer, lo siento —mintió—, pero dime tú: ¿ellos saben lo que pasó? ¿Todo… absolutamente todo?
Astoria afirmó lentamente.
—Sí. Más adelante también le dedican unas páginas a Harry Potter y su… A su… Bueno. A lo que hizo. Su sacrificio por ti y todo eso.
Señaló con un dedo un extremo de la primera plana con una pequeña foto de Harry y un texto que ponía: "Harry Potter muere en la batalla de la Mansión Malfoy. El nuevo ministro de magia ha declarado que el joven Potter falleció como héroe y además asegura que es inocente de todos los cargos falsos que se le imputaban. Para continuar leyendo, pase a la página 3." A Draco se le cerró la garganta y los ojos se le empañaron. No era posible que Harry no hubiese despertado, que siguiese… que siguiese… Joder, Draco ni siquiera podía pensar en la palabra. Se negaba a creerlo y nada lo convencería de que, de un momento a otro, aquel cabrón de cabello imposible entraría a su cuarto a arrojársele encima para besarlo como si no hubiese un mañana, pero… Si ya incluso eso había salido en los periódicos, quizá era porque realmente no quedaba esperanza y quizá fuera hora de resignarse. Derrotado, se acostó de lado y le dio la espalda a la chica que lo acompañaba.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde… desde que me desmayé? —preguntó con un hilo de voz.
—La batalla fue apenas ayer, Draco. Has estado dormido poco más de un día.
—Y todos… ¿Todos los demás…? ¿El profesor Lupin?
—Todos están bien. Hubo varios mortífagos muertos y muchos de ellos heridos, pero en tu grupo de amigos, los de la Orden del Fénix, sólo hubo algunos heridos y ninguno grave a excepción de ti y de tu padre. Y la única baja en tus filas fue… Potter, claro.
Draco cerró los ojos y no quiso decir ni oír más. Si Astoria volvía a repetir que Harry se había ido definitivamente, no sabía de qué iba a ser capaz. Estaba a punto de rogarle que dejara el tema, cuando, justo en ese instante, la puerta de su cuarto se abrió y entró su madre a toda prisa.
Verla fue como verter un bálsamo fresco y reconfortante sobre una herida; Draco se sintió tan aliviado de verla a salvo y tan reconfortado porque sabía que ella lo cuidaría, que creyó que podría soltarse en llanto.
—¡Mamá! —exclamó con voz ahogada, sentándose de nuevo sobre la cama.
—¡Draco, mi querido Draco! ¡Merlín santo! —gritó ella y corrió a sentarse a su lado para arroparlo firmemente entre sus brazos. Draco clavó su rostro en el perfumado y suave cuello de su madre e intentó controlar sus ganas de llorar—. ¿Estás bien, hijo? ¿Recuerdas qué fue lo que pasó? Estuviste grandioso, tan valiente, tan poderoso… Estoy sumamente orgullosa de ti y… —Soltó el abrazo y alejó a Draco lo suficiente como para verlo a los ojos antes de decirle—: Y quiero que sepas que no te reprocho absolutamente nada de lo que tuviste que hacer para librarnos de esa pesadilla, ¿te queda claro, hijo? Sé y entiendo que no te quedó ninguna otra alternativa.
Draco, con un nudo en la garganta y comprendiendo que su madre se refería al hecho de que tuvo que matar a su propia tía, asintió agradecido.
—Señora, si me permite… —dijo una voz femenina detrás de Narcisa, y ella se separó a regañadientes de Draco, dirigiéndole una mirada cargada de amor antes de levantarse de la cama y permitir que Madam Pomfrey, quien había entrado detrás de ella, pudiera revisarlo—. Hola, Draco. Volvemos a encontrarnos, hijo —le dijo la señora con una cálida sonrisa que Draco no pudo corresponder, más que nada, porque estaba al borde del llanto. La enfermera de Hogwarts siempre se había portado bien con él, eso no podía negarlo; siempre lo había atendido solícitamente cada vez que Draco tenía accidentes y caía en la enfermería (la última vez, por el sectumsempra de Harry Potter), y jamás había mostrado preferencia por ningún alumno. Si estaba ahí en la Mansión seguramente era por petición y orden de Snape, quien quizá seguía siendo…—. El director me pidió personalmente que estuviera al pendiente de tu estado de salud —dijo ella confirmando su línea de pensamiento—, y le agradezco que pueda brindarme esa oportunidad. No puedo creer lo que has pasado, mi niño. Tú y los demás, tan jóvenes, tan inocentes… Nunca tendrían que haber tenido que enfrentar algo como esto, ya tendríamos los adultos haber sido quienes nos hiciéramos cargo… —fue bajando la voz hasta enmudecer. Draco observó el rostro descompuesto de la enfermera y se dio cuenta de que la mujer había estado llorando y parecía a punto de hacerlo otra vez… Por lo que le había pasado a Harry, seguramente. Pero entonces madam Pomfrey suspiró y, armándose de valor y profesionalismo, comenzó a hacerle a Draco preguntas y peticiones mientras lo revisaba con el fin de dar un diagnóstico. Estuvo agitando su varita por encima de Draco durante algunos minutos y finalmente pareció darse por satisfecha. Se giró hacia Narcisa y Astoria, quienes esperaban paradas al pie de la cama.
Madam Pomfrey asintió con la cabeza y sonrió levemente.
—¿Todo bien? —preguntó Narcisa.
—Todo bien —respondió Pomfrey aunque miró a Draco con tristeza—. Al menos, en lo que al bienestar físico respecta. Su mano tardará algunos días en recuperar movilidad total, pero estoy casi cien por ciento segura de que todo ya está en orden. La cicatriz de la cara... Bueno, lamentablemente creo que será imposible desaparecerla porque fue hecha con magia negra. Lo siento, Draco, aunque me atreveré a decirte que no te quita nada de lo guapo que siempre has sido —dijo y volvió a sonreírle con cariño—. Aparte de eso y de una leve deshidratación, todo lo demás parece estar en perfecto estado de salud. Dadle ya alimentos sólidos y muchos líquidos —le dijo a Narcisa y ésta asintió—. Creo que puedo regresar al colegio ya mismo, pero volveré en la noche para otra revisión y ver si es necesario administrar alguna poción para… Ya sabe usted, para dormir sin soñar.
Narcisa volvió a asentir y Pomfrey salió a toda prisa. Draco la vio irse sintiendo una terrible nostalgia por el colegio: a la enfermera seguramente se le cocían las habas por regresar a atender a los niños de la escuela y, sobre todo, alejarse de ese sitio donde había muerto tanta gente y sucedido tanta desgracia. Donde probablemente seguía estando el cuerpo de…
—¿En dónde está? —preguntó Draco abruptamente. Su madre lo miró sin comprender.
—¿Te refieres a…?
—A Harry, sí. ¿En dónde lo tienen? ¿No lo habrán enterrado ya, o sí? —comenzó a entrar en pánico.
Pero su madre negó con la cabeza, devolviéndole el alma al cuerpo.
—Claro que no, hijo. Ellos, los de la Orden del Fénix, me explicaron que entre ustedes dos había un lazo muy fuerte, algo que yo ya sabía de todas formas y, bueno… Él dio su vida por ti. Creímos conveniente esperar un poco a que tú despertaras y pudieras despedirte como se debe, estar presente en su funeral —dijo ella en voz baja y Draco asintió, sintiendo que no podía soportarlo más. Dos lágrimas gruesas y ardientes resbalaron a toda velocidad por sus mejillas y él bajó la cabeza, intentando tragar el espantoso nudo que tenía en la garganta y que ya le impedía pronunciar ninguna otra palabra más. Narcisa y Astoria intercambiaron una mirada pero ninguna dijo nada al respecto. Su madre continuó informándole—: Está aquí mismo en la Mansión, hijo. Lo tenemos en uno de los cuartos de huéspedes y sus amigos se han estado turnando para velar su cuerpo y visitarlo. Ahora están con él los que eran sus mejores amigos, Ron Weasley y la chica despeinada y mandona que creo que es su novia… —Draco sonrió y agradeció a su madre en silencio porque sus palabras le dieron el consuelo suficiente para dejar de llorar al menos momentáneamente—, quienes, por cierto, me dijeron que necesitaban hablar contigo a solas en cuanto te sientas con disposición. Dicen que es importante.
—De acuerdo —respondió Draco en un susurro todavía con la cabeza inclinada sin ver a nadie a la cara—. ¿Y Lucius, cómo está?
—Todavía lo están revisando. Parece que enfrentamos ciertos problemas para revertir los efectos porque el Filtro que se tomó era demasiado fuerte y tenía años de elaborado, lo cual hace que se fermente y aumente su potencia, pero los mejores sanadores de San Mungo lo están atendiendo —explicó su madre y Draco asintió, sintiendo una punzada de preocupación pero intentando no dejarse dominar por el miedo.
Manifestó su deseo de ir a hablar con Weasley y Granger, pero su madre no dejó que hiciera absolutamente nada si no comía y bebía primero, así que Draco, sin tener nada de apetito, permitió que un elfo le llevara una bandeja con comida y sólo picoteó un poco hasta que su madre se dio por satisfecha y le permitió levantarse de la cama.
Astoria, tremendamente triste, se despidió de Draco y le aseguró regresar para asistir al funeral de Harry Potter.
Draco sólo agachó la cabeza, le agradeció con palabras escuetas todo lo que había hecho por él y evitó mirarla a los ojos cuando le dijo adiós.
Estando ya a solas en su cuarto para vestirse y salir, Draco descubrió que alguien le había dejado las dos varitas, la de espino y la de saúco, en la cómoda de su cuarto. Las estuvo observando unos segundos mientras se acomodaba la túnica: había evitado a toda costa mirarse en el espejo; no tanto por la cicatriz enorme que le atravesaba toda la mejilla izquierda, sino porque presentía que no iba a soportar mirar el reflejo de su expresión desolada. Cuando estuvo listo, sin pensárselo mucho y dejando la decisión para después, tomó las dos varitas y se las guardó en su túnica.
Salió al corredor, caminó al cuarto que su madre le había indicado y estuvo un par de minutos de pie ante la puerta cerrada sin atreverse a tocar.
Temblando como hoja al viento y respirando profundo para no derrumbarse, levantó el puño de su mano derecha y, estando a punto de golpear la puerta, se arrepintió y regresó por donde llegó.
—¡Leapy! —exclamó cuando ya se encontraba bastante lejos de ese cuarto, y el elfo se apareció frente a él. Continuaba viéndolo con arrobo e inquietud y Draco intuyó que era porque estaba enterado de todos los mortífagos que Draco había tenido que asesinar, ya fuera por accidente o a propósito, incluyendo al Cara de Serpiente en persona. Suponía que eso tendría que dar miedo—. Busca a Ron Weasley y a Hermione Granger y condúcelos a la biblioteca. Diles que estoy esperando por ellos ahí… —Leapy desapareció para ir a cumplir su encargo y Draco agregó para él mismo—: Porque soy un grandísimo cobarde que no puede enfrentar el cadáver del chico que amé y que dio su vida por mí.
Granger y Weasley no demoraron mucho en encontrarse con él en la grande y acogedora biblioteca de la Mansión. Ese era uno de los sitios favoritos de Draco. A esa hora del día, el sol vespertino no entraba directamente por los ventanales, pero sí lo hacía de modo oblicuo y suficiente como para iluminar el lugar de manera que te invitaba a pasar un rato agradable leyendo tu libro favorito.
—Hola, Draco —lo saludó Hermione con voz apagada y triste. La chica tenía el rostro rojo e hinchado de tanto llorar y a Draco se le encogió el corazón al verla así. Ron también tenía rastros de estar sufriendo la pena de su vida. Apenas los miró traspasar el umbral de la puerta y, al verlos así de acongojados, Draco exclamó casi sin pensar, con la voz quebrada por el dolor:
—Perdónenme, por favor.
Hermione derramó más lágrimas silenciosas y se abalanzó a abrazar a Draco. A éste, sorprendentemente, no le molestó. No lo confesaría ni bajo tortura, pero aquel cálido abrazo lo reconfortó a niveles inimaginables.
—Tú no tuviste la culpa, Draco, no seas tonto… —decía la chica en medio de su llanto desgarrado—. Harry es… Harry era así. Siempre salvando a los demás a costa de todo.
Ron asintió como si fuera incapaz de decir palabra pero estuviera de acuerdo con su novia. Le dio una palmada en el hombro a Draco, quien estaba pasando un momento muy duro para contener el llanto que pugnaba por derramarse.
Pasaron muchos segundos y Hermione no soltaba a Draco. Éste comenzó a sentirse cómodo, querido y acompañado gracias a ese gesto y, finalmente, también levantó los brazos y rodeó el torso de la chica. Eso la hizo sollozar más. Ron, aparentemente, no pudo soportar ser sólo espectador y también se unió al abrazo: envolvió a Draco y a Hermione con sus muy largos brazos y los apretó hasta casi asfixiarlos.
Los tres se quedaron un momento así.
Pudiera ser cierto que aquella pareja de mago y bruja no eran los mejores amigos de Draco y quizá nunca lo serían, pero en ese instante estaban en condiciones similares de sufrimiento pues, probablemente, eran las tres personas vivas que más habían amado a Harry Potter. Irremediablemente, los unía su cariño hacia él y su pérdida que se sentía insoportable.
Finalmente, Ron los soltó y luego Hermione se separó de Draco. Mientras la chica se limpiaba el llanto del rostro, Draco se dirigió al chico pelirrojo, carraspeó y le dijo, sonrojándose un poco porque jamás habría creído que le debería algo a un Weasley, de entre toda la gente:
—Weasley, te debo una muy grande. A pesar del fragor de la batalla, me di cuenta perfectamente de que, si mis padres están vivos, es gracias a ti. Primero los sacaste de la casa, y luego los protegiste todo el tiempo que duró esa refriega. Yo... he contraído una deuda contigo y con tu familia que me costará pagarles pues mis padres significan todo mi mundo. Muchísimas gracias.
Ron sonrió de lado la sonrisa más triste y volvió a darle una palmada a Draco, tan fuerte que éste estuvo seguro de que le hizo un moretón.
—Estoy convencido de que tú habrías hecho lo mismo por mí y mis padres, así que déjalo así, Malfoy. No lo hagas más incómodo de lo que ya es —dijo Ron con los ojos brillantes por las lágrimas que no dejaba correr—. Por cierto, bonita cara —agregó en tono de broma quizá para quitarle tensión al momento—. Te ves todo rudo y muy macho.
Hermione resopló de risa y Draco sonrió.
—Draco, tenemos que irnos, pero necesitamos darte algo que te pertenece —susurró Hermione entonces. Miró hacia su novio. Ron traía un bulto de cosas bajo un brazo y Draco no lo había notado hasta ese momento. El chico pelirrojo caminó hasta una mesita que estaba a un lado de ellos y depositó ahí dos cosas: la capa invisible de Harry, pulcramente doblada, y el feo monedero peludo que el moreno siempre cargaba colgado del cuello. Hermione suspiró hondamente y explicó—: La capa la encontramos tirada junto a Harry, creo que se te cayó a ti antes de que fueras detrás de Voldemort... Por suerte la vimos antes de marcharnos del lugar.
Draco asintió, recordando que había tenido la capa puesta porque Harry se la había echado encima antes de que Voldemort los descubriera en la mazmorra. Pero...
—¿Por qué dices que me pertenece? —preguntó asombrado sin entender nada.
—Harry… Harry no tuvo tiempo de hacer testamento, pero te dejó a ti todas sus pertenencias, las cuales son estas y la casa de Grimmauld Place —dijo Hermione. Draco abrió la boca para decir que él no quería ni necesitaba nada, pero Hermione levantó una mano y lo obligó a callarse—. Fue su última voluntad, no hay nada que discutir al respecto, Draco. No tengo idea de los trámites legales que se necesitan para hacerte dueño legítimo de una propiedad mágica, pero puedo averiguarlo si quieres. Después de todo... creo que tendré mucho tiempo libre —dijo en voz baja y rota. Suspiró, miró a Ron y continuó hablando—. La capa, la casa, el monedero y lo que tiene en su interior, todo es tuyo. Ahora, hazme un favor. Ábrelo y saca lo que está dentro.
Draco se extrañó ante la petición; miró a la chica con una ceja arqueada, pero le hizo caso: tomó el monedero que era feo como pata de troll, tiró del cordón para aflojarlo y abrirlo, y metió la mano. Sintió varias cosas dentro, pero lo primero que sacó fue la snitch dorada que ya había visto en otra ocasión. La retiró del monedero y la dejó flotando entre ellos; los tres chicos se quedaron callados durante un minuto completo, simplemente observando aquella, la primera snitch atrapada por el que una vez fue el buscador de quidditch más joven en el último siglo. Draco sonrió con melancolía y suspiró. Metió la mano de nuevo en el monedero para sacar más cosas, pero Hermione se la tomó y lo detuvo.
—Con eso es suficiente, Draco. La verdad, sólo se trató de una prueba. Prueba que sí pasaste, si te interesa saberlo —dijo ella y sonrió. Se giró a ver a Ron y éste se encogió de hombros y le susurró:
—¿No te lo dije?
Draco los miró intrigado.
—¿Serían tan amables de explicarme de qué hablan?
Hermione suspiró.
—El monedero está hecho de piel de moke: tiene la habilidad mágica de ocultar su contenido a cualquiera que no sea su dueño y solamente el propietario puede sacar lo que guarde dentro. Lo que quiere decir, sin lugar a dudas, que...
—Oh —fue lo que dijo Draco, mirando alternadamente entre aquel monedero manufacturado con tan poco gusto estético y la snitch que, mansa y tranquila, zumbaba entre los tres. Los rayos de sol que alcanzaban a colarse por las ventanas que daban al oeste arrancaban hermosos destellos dorados de la snitch que volvían todo mucho más irreal de lo que ya era.
—Sí, exacto —confirmó Ron—. No hay duda de que eres el heredero legítimo de Harry Potter, ¿eh, hurón? Ya sabes, palabra de mago, contrato mágico.
Hermione puso los ojos en blanco.
—¿Ese dicho existe realmente o te lo acabas de inventar? —preguntó con una sonrisa torcida.
Ron se encogió de hombros otra vez y le pasó un brazo a Hermione, atrayéndola hacia él y dándole un leve beso en la mejilla.
—Creo que es hora de dejar a Malfoy a solas. Ven.
Sin decir nada más, los dos mejores amigos de Harry salieron a paso triste de la biblioteca, dejando atrás a Draco, a la snitch volando a su alrededor y al misterioso contenido del monedero. Draco pasó saliva y miró lo que contenía dentro: estaba todo oscuro y no distinguía nada, así que, lleno de curiosidad, de nuevo metió la mano.
Sacó la varita rota de Harry y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tragando con dificultad, colocó las dos mitades de aquella varita de acebo encima de la mesita junto a la capa de invisibilidad. Volvió a meter la mano y sacó ahora un pequeño pedazo de espejo y un pergamino grande, cuadrado y bastante viejo. Miró con extrañeza ambos objetos: no tenía idea de qué significaban, pero estaba convencido de que si, Harry los cargaba consigo, algo tendrían que valer al menos para él. Quizá después podría preguntarle a Hermione, seguramente ella estaría enterada de qué eran.
Los dejó también encima de la mesa.
Continuó revisando pero ya no encontró nada.
Entonces, se dejó caer pesadamente encima de un sillón junto a la mesita donde reposaban los objetos y los estudió detenidamente, sintiendo cómo el agujero en su pecho se hacía más grande y más doloroso conforme no dejaba de pensar en lo mucho que amaba al chico que había cargado aquel pequeño tesoro consigo.
No tenía idea de cómo iba a continuar adelante sin él.
Intentando distraerse a él mismo para no derrumbarse, para no caer de cabeza en un pozo de desesperación y desolación del que quizá no podría salir, comenzó a divagar en tonterías como en que ahora era un mago poseedor de tres varitas. Claro, la de Harry estaba rota, pero...
De pronto se le ocurrió algo. Voldemort, en medio de toda la vorágine ocasionada por su locura, había afirmado hasta el cansancio que aquella varita que le robó a Dumbledore y que, por pura casualidad le pertenecía a Draco, era sumamente poderosa. ¿Qué tan cierto sería? Invadido por un presentimiento, Draco se metió la mano al bolsillo interior de su túnica y sacó aquella infame varita de saúco. La observó un rato pensando en lo fea que era y, entonces, apuntó hacia la varita rota de Harry y susurró:
—Reparo.
Y así, sólo con eso, la varita de Harry volvió a unirse en una sola y hermosa pieza, demostrando su efectividad lanzando unas pequeñas chispas rojas a través de la punta antes de volver a quedarse quieta.
Draco apretó los labios para ahogar un sollozo. No pensaba usar la varita de Harry jamás, pero la guardaría como el más valioso de sus tesoros o quizá podría sugerir que lo correcto sería que la enterraran junto con su dueño. La tomó con gran cariño y la guardó en el monedero. Hizo lo mismo con cada uno de los otros objetos: el pedazo de espejo, el pedazo de pergamino viejo... Se giró a buscar la snitch con la mirada. Aquella pequeña pelotita alada volaba dando círculos alrededor del sillón donde estaba sentado: Draco esperó a que pasara por enfrente de él y entonces la atrapó con un suave movimiento de mano. La snitch plegó sus alas y se quedó quieta, y fue cuando Draco leyó lo que estaba escrito en ella:
—"Me abro al cierre"...
Harry le había dicho que había un objeto adentro, que él sospechaba de algo en particular aunque nunca volvieron a tener tiempo para hablar del tema. Draco intentó ahogar el amargo resquemor que le ocasionaba pensar en que habían sido tantas las cosas que no se habían dicho, tanto lo que no habían hablado o hecho, tanto futuro que tenían ante ellos... Pero no iba a pensar en eso ahora, no... Los ojos le escocieron y, para evitar llorar, le susurró a la snitch:
—No entiendo a qué te refieres con cierre, pelota tonta, pero tu amo se fue y jamás te abriste para él. —Tu amo se fue, le había dicho a la snitch, un eufemismo como todos los que había estado usando durante aquellas horas para no pensar o decir en voz alta la palabra horrible que marcaba todo como definitivo, la palabra que se sentía como si, al pronunciarla, sentenciara las cosas de manera permanente, como si no hubiera marcha atrás. Muerto. Harry estaba muerto, ¿por qué no podía decirlo?—. ¡Harry está muerto, maldita pelota hija de puta, y nunca te abriste para él! ¿ESCUCHAS? ¡HARRY ESTÁ MUERTO! —le gritó a la snitch y cerró los ojos, los cuales, por más que los apretaba, no dejaban de derramar lágrimas ardientes y desesperadas—. ¡El cierre llegó, el final llegó, él ya no está más aquí! ¡HARRY MURIÓ Y TAMBIÉN PARA MÍ ES EL FIN!
Se levantó del sillón hecho una furia y arrojó la snitch lo más fuerte que pudo: su sorpresa fue mayúscula cuando, en vez de extender sus alas y volver a volar, la snitch se abrió a la mitad y cayó al suelo como peso muerto.
Draco dejó de berrear y de llorar al instante. Caminó el par de pasos que lo separaban de la snitch tirada y miró, con asombro, que efectivamente, como Harry había afirmado, tenía algo dentro. Parecía una joya... Draco se hincó sobre la alfombra y recogió una piedra de color oscuro de tamaño muy pequeño. Tenía varios bordes angulosos, estaba resquebrajada y tenía un grabado en su parte superior. Draco sabía lo que significaba: era el símbolo de las famosas Reliquias de la Muerte, una leyenda derivada de un cuento infantil, la Fábula de los Tres Hermanos.
Le dio varias vueltas en su mano, azorado y sin saber a ciencia cierta qué pensar. Se suponía que Dumbledore le había dejado eso a Harry, ¿entonces...? ¿Qué tan valiosa era, qué hacía exactamente? ¿Qué era, para empezar?
—Ey, Draco... —dijo una voz que sonó extraña: se escuchaba dentro de esa misma habitación pero lejana.
Draco elevó el rostro para ver quién le hablaba, extrañado porque no había escuchado a nadie entrar. Vio a Harry parado ante él, apenas a unos metros de distancia, y soltó un aullido de espanto. Se levantó de golpe y caminó hacia atrás, casi tropezándose con sus propios pies, mirando con los ojos muy abiertos a ese Harry que no estaba totalmente vivo pues sus contornos se veían borrosos pero que tampoco era un fantasma como Draco los conocía.
—¿Qué eres? —le gritó, apretando aquella piedrita bien firme en su puño cerrado. Harry, quien vestía la misma túnica negra con la que había muerto pero que se veía limpio y sin rasguño como si nunca hubiera estado en medio de una batalla, le sonrió cálidamente. Draco no pudo evitarlo: las lágrimas surcaron sus mejillas de manera silenciosa pero abundante ante la mera oportunidad de volver a mirar aquellos ojos verdes que él amaba tanto. No entendía nada, pero tampoco dudó—. Eres Harry... —afirmó, pronunciando su nombre con todo cariño, y el chico de cabello negro asintió con una sonrisa.
Harry caminó un par de pasos hacia Draco y señaló la snitch partida y el puño cerrado de Draco antes de soltar una carcajada de triunfo.
—¡Ja! ¡Lo sabía! ¡Sabía que era la Piedra de la Resurrección, miles de veces se lo aposté a Hermione y ella no me creía! —exclamó muy contento y ufano. Luego suspiró mientras Draco no podía dejar de observarlo, embelesado—. En fin, creo que eso ya no importa. Draco —susurró Harry con gran cariño en la voz, acercándose más a él—. Qué suerte que la hayas encontrado y la estés usando, realmente yo necesitaba venir a hablar contigo para pedirte que tuvieras cuidado. Sé que Dumbledore quiso advertirte pero no lo escuchaste.
—¿De qué... de qué estás hablando? —masculló Draco al borde de un ataque de histeria. ¿Cómo era posible que tuviera a Harry ahí enfrente hablándole, casi terrenal, casi fantasmal, una bizarra combinación de ambas cosas? ¿Qué significaba?— ¿Cómo es que estás aquí, así, en primer lugar?
Harry suspiró y se rió bajito.
—Y luego decían que el lento era yo. ¿No te has dado cuenta? Draco, tienes las tres antiguas Reliquias bajo tu poder: la piedra, la capa, la varita. ¡No sólo eres el mago más poderoso con una varita invencible: también eres el Señor de la Muerte!
Draco abrió muchísimo la boca.
—¿Qué? —jadeó.
Harry soltó una larga carcajada y Draco oyó, con el corazón hecho pedazos, aquella risa, la cual era su sonido favorito en todo el mundo y la que, había pensado, jamás volvería a escuchar.
—Siéntate, Draco Malfoy —le ordenó Harry con una sonrisa pícara y los ojos desbordantes de amor y orgullo—. Te lo voy a explicar detalladamente porque, créeme, es muy importante.
