Meridethaelin, antes de nada, muchas gracias por avisarme! :D

He tenido que despublicar el capítulo y publicarlo de nuevo... supongo que ha sido un fallo del servidor, cosillas que pasan a veces! :P

Espero que hayáis pasado unas vacaciones geniales! Siento muchísimo no haber podido actualizar antes. Este capítulo era largo y difícil, y además mi hija no me ha dejado mucho tiempo libre ^_^'

Espero que os guste! Y ya sabéis, cualquier comentario, sugerencia o crítica podéis hacérmelo llegar con los reviews, PM, etc. Intento contestar siempre uno por uno, siempre y cuando estéis logueados en FF.

Bueno, os dejo con el capi!

Disfrutadlo! :D


El sol ya había salido por completo, iluminando el enorme ejército de los rohirrim que partía formando grupos hacia el sur. Gamelin dirigía el éored de Éomer por órdenes suyas, ya que Théoden quería hablar con él.

El capitán de la guardia de Cuernavilla observaba impasible a los centenares de jinetes que marchaban al trote. No se oían conversaciones, ni murmullos, ni canciones, ni risas. Ni una palabra. El silencio dominaba el ambiente y los rohirrim dirigían la vista al frente, orgullosos, decididos.

Gamelin se cubrió los ojos al mirar hacia la loma donde Éomer y Théoden conversaban, ambos apeados de sus caballos. El sol brillaba con intensidad, tanta, que el capitán tuvo que apartar la vista del lugar y devolverla a los jinetes.

De ese modo no lo vio. Justo el momento en que el ahora heredero de Rohan caía sobre sus rodillas, con gesto completamente abatido y llevándose las manos a la cabeza.

Théoden había detenido su relato para permitirle recomponerse. Éomer acababa de recibir un mazazo difícil de digerir y levantó la vista hacia los ojos de su tío, incapaz de creer lo que estaba oyendo.

- ¿Asesinado por un grupo de orcos? ¡Pero si ni siquiera los vigías vieron nada! ¿Cómo pudo pasar algo así? Siempre pensé que se largó, sin más, dejando sola a madre, abandonandonos a nosotros… ¿Por qué no me lo dijiste? - El joven levantó las manos, implorando a su tío, que necesitó apartar la vista para continuar.

- Porque fui yo quien dio la orden de retirada a las tropas del páramo y de la frontera, y por esa causa los orcos pudieron pasar y llegar hasta vuestra casa. - Los ojos de Éomer se abrieron al máximo.

- ¡¿Qué?! - el joven escuchó, incrédulo, la confesión de su tío.

Pero Erethor les vio en la distancia, allí arriba, desde la torre más alta de la casa, y fue a detenerles. Fue culpa mía, Éomer - Théoden titubeó antes de continuar, su sobrino apartó la vista de su rostro - Erkenbrand fue quien halló su cadáver, tras la batalla, y tuve la suerte de que mi fiel amigo iba solo… Porque nadie más lo vio ni supo qué había pasado. Erkenbrand me explicó en su regreso que una partida de elfos recogió a Erethor y se lo llevó a Lorien, donde le dieron sepultura… - El rostro del viejo rey estaba trastocado, visiblemente afectado por el retorno de todos esos recuerdos. Humedeció sus labios antes de continuar, y miró a su sobrino. - Éomer... Yo causé su muerte y por consiguiente, la de tu madre también. Jamás te lo había dicho porque sentía vergüenza de mis actos… Porque tuve miedo de que me odiaras.

- … Odiarte… Ese sentimiento se queda corto, Tío - masculló Éomer. Théoden desvió la mirada hacia las tropas, en silencio, resignado. El rencor de Éomer estaba totalmente justificado. - Le traicionaste… Y aún así nos protegió… Nos salvó la vida aún estando solo… Aún sabiendo que nadie iba a acudir en su ayuda… - La voz de Éomer se partió en aquel momento y su puño se estrelló contra el suelo, explotando en un ataque de rabia que no pudo contener. Durante todos aquellos años, más de la mitad de su vida, le había estado guardando rencor y odiando a la persona a la que más debía en el mundo, su mentor, su primer maestro y lo más parecido a un padre que había tenido nunca. El elfo que le enseñó las primeras lecciones de esgrima, el guerrero que le enseñó a usar el arco. Un profundo pesar cubrió de sombras su corazón y durante unos minutos no pudo mirar a Théoden. Deseó que aquel maldito viejo desapareciera… Pero no. Necesitaba saber. Necesitaba conocer el motivo que llevó a su tío, quien luego le crió y quiso como a un hijo, a sentenciar de aquel modo a su madre y al amante de ésta. - ¡¿Por qué lo hiciste?!

- Le odiaba. - Contestó Théoden, con calma. - Odiaba todo lo que tuviera que ver con su raza. Antiguas supersticiones y viejos tratos mal avenidos en el pasado, además de escaramuzas de los rohirrim del norte con los elfos de Lorien… Tan orgullosos… Tan prepotentes y seguros de sí mismos... Todo infundado… Todo falso… … El día que entré en la casa de Éomund y ví a Théodwyn con un bebé y le ví a él, sólo ví en él un elfo silencioso, reservado, misterioso… Quería que Théodwyn escarmentara por desobedecer mi orden de regresar a Edoras. Quería que se diera cuenta de que cuando se vieran desprotegidos, Erethor huiría de regreso a Lorien. Quería convencerla de que aquel amor no era real, de que él la estaba engañando. Les dejé sin defensas, incapaz de prever lo que se avecinaría, cegado completamente por la rabia y el orgullo. Olvidé que era mi hermana la que permanecía allá, sin protección ante cualquier peligro, y jamás pensé que un batallón de más de setenta orcos cruzaría el Rimdath tras matar a los vigías con flechas envenenadas antes de que pudieran dar la alarma. Sólo veía a Erethor, un bello elfo rubio y fuerte que había conquistado a mi hermana, que tomaría las tierras de Éomund y las haría suyas una vez que Théodwyn no estuviera, que ampliaría la frontera de Lorien a costa de Rohan, una vez mi reinado llegara a su fin. Un elfo que conseguiría una parte de Rohan a costa del corazón de mi hermana… … … Exactamente lo mismo que ves tú cuando miras a Legolas. - Éomer levantó la vista entonces y miró a su tío, asombrado. Era cierto que él odiaba a Legolas, le odiaba con todas sus fuerzas. Y es que siempre había creído que todos los elfos eran iguales: traidores, orgullosos y falsos… Como había creído que fue Erethor. Se había equivocado, y un temor comenzó a asaltarle. Los ojos del rohirrim se posaron de nuevo sobre la hierba fresca que comenzaba a crecer en el pasto y se dio cuenta que la historia se repetiría. Théoden tenía razón.

- Sólo traté de poner a Érewyn a salvo. Sólo quería evitarle un sufrimiento asegurado. No quería que otro elfo se aprovechara de otra de las mujeres de mi vida. - Los pies de Théoden hicieron un ruido sordo al caminar por el tierno pasto y se detuvo frente a Éomer. La preocupación se reflejaba en sus ojos, el deseo de liberar su propia alma de la culpa y librar a su familia de un triste destino hacía arder sus azules iris, y cubría de más arrugas cansadas su rostro.

- La poca felicidad que Érewyn pudiera tener le ha sido arrebatada de las manos por su propio hermano. - Sentenció el rey, Éomer le miró, preocupado - Igual que yo le hice a Théodwyn. - Théoden se arrodilló frente a su sobrino y aferró sus hombros con energía. - Pero aún no es tarde, Éomer. Tendrás la ocasión de resarcir tus errores. Reescribe tu historia, sobrino, la tuya y la de tu hermana. Porque si no lo haces, la culpa te perseguirá el resto de tu vida, como me ha perseguido a mí, y el infortunio destruirá a Érewyn, igual que destruyó a tu madre.

Éomer se sacudió las manos de su Tío bruscamente y se dirigió a su caballo con presteza.

- Con franqueza, Tío. No creo que estés en posición de dar consejos. - Subió a su caballo y arrancó a galopar sin mirar atrás.

Théoden le observó alejarse con gesto apesadumbrado. De repente sintió el peso de todos aquellos años de mentiras echarse sobre él como una gruesa y pesada manta sobre un enfermo.


Tres sombras abandonaron la antigua cueva al sur de las Ered Nimrais. Viejas rocas se desprendieron a su paso, mientras las tres figuras descendían por la ladera a paso vivo.

En la lejanía, Erech se preparaba para el alba, y en su puerto fluvial, una serie de inquietantes barcos negros aguardaba para zarpar.

Aragorn se detuvo al verlos y se arrojó al suelo. Sus manos se entrelazaron en su cabello mientras escondía el rostro en el pecho, destrozado por no haber podido llevar a cabo los planes que tenía en mente.

Ahora sí, con aquellos barcos en su contra, Osgiliath y Minas Tirith sufrirían un devastador asedio que las llevaría a una derrota segura. Y Sauron sólo tendría entonces tiempo para buscar detenidamente a Frodo y el anillo.

Se mordió el labio, conteniendo los sollozos y una mano se posó en su hombro, agitándole y sacándole de sus tinieblas.

- ¡Aragorn! - Dijo Legolas. El montaraz detectó la alerta en su voz y se levantó.

Tras ellos, Gimli esgrimía el hacha con manos temblorosas, y en la entrada a la gruta, una sombra permanecía de pie, inmóvil.

No podía alejarse de allí. No podía huir más allá de esa distancia de la maldición que le mantenía encerrado en aquella gruta, la que protegía con celo, junto a sus semejantes. Esperando. Aguardando una señal, un atisbo de esperanza.

Cientos de años habían pasado. Más de 20 generaciones de hombres habían nacido y muerto desde que se hallaban presos en el Sendero de los Muertos. Sin darse cuenta del tiempo que había transcurrido, sin recordar quienes habían sido, sin ser capaces de reconocerse como antiguos habitantes de las montañas. Sin vivir. Sin ser. Las ánimas sólo sabían quien podía liberarles, quien podía darles paz y descanso eterno.

Al fin, había llegado. El rey de las ánimas ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, aquellos inexistentes ojos que no le permitían enfocar bien, que no le dejaban admirar el rostro del que estaba destinado a salvarles. Del que había irrumpido sorpresivamente en su relativo descanso, en su limbo particular, para mostrarles el camino de la libertad.

Después de tantos años, décadas, siglos… Simplemente no lo había creído. Sin ser capaz de comprender, con su poder había provocado un alud de calaveras que habría matado a los tres intrusos de no ser por su rápida reacción y su huída por el camino del sur.

La buenaventura les acompañaba, y el destino ya estaba escrito, y él, el Rey de las Ánimas, no les podía hacer ningún daño.

Desde su posición vio que su esmero obtenía resultados, y el rostro de Aragorn le era ahora más visible, sus facciones más definidas. El montaraz se había acercado hasta el Rey, consciente de que su maldición no le permitía alejarse de la cueva, y ambos se observaron largamente.

El Rey levantó su etérea mano y tocó su rostro cansado. Podía palparle, podía sentir el calor de su sangre galopando por sus venas. Eso sólo podía significar lo que el joven le había dicho ya. Era el heredero de Isildur, y estaba dispuesto a liberarles. Miró los profundos ojos de Aragorn, su piel cetrina, su cabello enmarañado. No parecía un rey, pero sin embarlo su corazón era puro y valiente. Fuerte y decidido, aunque había estado a punto de desfallecer unos minutos antes.

Él no permitiría que pasara algo así.

- Lucharemos. - Su voz retumbó en la roca. Y sin más conversación entre ambos, el pacto quedó sellado, la oferta aceptada, y la pared rocosa no fue más una prisión.

Y las ánimas abandonaron el Sendero, rodeando a los tres forasteros y a su Rey.

- Y ahora, querido amigo… ¿Qué se supone que haremos? - Preguntó Gimli, con voz temblorosa, mientras miraba con sospecha a los espectros que les rodeaban.

Aragorn le miró, y luego miró a Legolas, que le sonreía, infuniéndole coraje. Ambos habían estado con él desde el principio. "Amigo mío" había dicho el enano, y así les sentía. Como buenos amigos, como hermanos. Sabía que le acompañarían hasta la misma muerte, sabía que en caso de fatiga siempre tendría un hombro en el que apoyarse y cuatro ojos más que velaban por él. Igual que él hacía con ellos. Les sonrió, y Legolas y Gimli vieron de nuevo ese destello de esperanza que por un momento le había abandonado. Los ojos de Aragorn se posaron sobre los negros barcos de Erech, y todos supieron entonces el siguiente paso.


Dos días habían pasado desde que abandonaran el Sagrario. De nuevo anochecía y el ejército de Rohan avanzaba a través de las llanuras del sur del país. En aquellas latitudes, el clima era templado y proliferaban los campos cultivados. Las verduras y hortalizas sustituían al verde pasto para los caballos, y las plantaciones de árboles frutales a los bosques de pinos. Érewyn sintió una débil punzada en el pecho al sentir el aroma de los manzanos. Dio un vistazo a los árboles, cuyas ramas estaban cargadas de pequeñas y verdes manzanas, las más dulces del país. En un par de meses más serían grandes, rojas y dulces. A Legolas le habría encantado verlos…

- Calma chico. - Dijo Érewyn, con voz suave, y su pensamiento se distrajo de la tristeza que sentía. - Dame un descanso, ¿quieres?

La princesa imploraba clemencia a su montura. Un caballo nervioso, alto, fuerte, que estaba permanentemente en tensión. Quizá sería su carácter, quizá el notar un nuevo jinete sobre su lomo, quizá, simplemente, su juventud, pero el caballito mantenía un paso retrotado que estaba matando a la joven princesa rohirrim.

Pensándolo bien, a su primer dueño siempre le había dado problemas, incluso le había tirado en varias ocasiones. Pero con Legolas todo fue diferente.

Arod se había mostrado siempre tan dócil en manos de Legolas, y el elfo hacía parecer tan fácil montarlo que Érewyn pensó que sería pan comido. Nada más lejos de la realidad.

La muchacha empezaba a estar cansada de aquel trote corto y nervioso del blanco caballito.

- Debe echar de menos a Legolas. - Comentó Merry, distraídamente. El hobbit montaba sobre Hoja de Viento, el pesado caballo de batalla de Éowyn, junto a la princesa, y observaba los vanos intentos de la hermana de su compañera por apaciguar a Arod, mientras su montura mantenía un paso largo y lento. Cómodo. - Las voces de los elfos son tranquilas y dulces… Al menos la de Legolas así es. - Érewyn hizo un gesto con la cabeza, dándole la razón a Merry. - A decir verdad, tu voz parece un graznido al lado de la de los elfos. - Finalizó el hobbit. Éowyn explotó en risas que no pudo contener, y Érewyn abrió los ojos como platos, y se dispuso a soltarle una fresca. Pero se detuvo. Miró misteriosamente a Merry y luego a Arod, y en un susurro dijo:

- La voz de los elfos…. ¡Claro! Arod, ¡Irosh! - Las orejas de Arod voltearon al oírla y, obedientemente, giró hacia la derecha. - ¡Adrun! - El caballo cambió de dirección hacia la izquierda. "Sire" fue la palabra que la joven dijo a continuación y al fin, Arod caminó al paso, provocando un profundo suspiro por parte de la princesa. Érewyn le guió de regreso junto a Éowyn, sonriente.

- ¿Qué son esas palabrotas, Érewyn? - Preguntó Éowyn, intrigada. Miró a su hermana detenerse junto a ella. Echaba de menos su suave cabello flotando al viento tras ella. Unos tímidos y cortísimos bucles asomaban apenas bajo la parte trasera de su yelmo.

- ¡Es élfico! - Respondió Érewyn, guiñándole un ojo. - Legolas me enseñó.

- Estoy segura de que no lo habría hecho si hubiera sabido que lo usarías para guiar a su caballo a Gondor… - Érewyn se sonrojó y frunció el ceño.

- Conociéndole… Me lo habría enseñado igualmente. Legolas no hace las cosas a cambio de algo…. Es una persona generosa. - Los ojos de Érewyn se mantuvieron firmes en el camino y su gesto permaneció tenso. Éowyn la observó y suspiró.

- Es muy probable que os volváis a ver en Minas Tirith, lo sabes, ¿verdad? - Preguntó, en un susurro.

- Lo sé. - Contestó simplemente, Érewyn.

Los capitanes ordenaron el alto y todos los jinetes desmontaron. Aprovechaban cualquier oportunidad para darles un descanso a sus monturas, y si era posible, que comieran un poco. Los descansos eran breves, apenas duraban un par de horas, y los jinetes aprovechaban para reponer fuerzas y dormitar si eran capaces.

En la vanguardia, a unos 300 metros de sus dos hermanas, los azules ojos de Éomer, fríos bajo su yelmo, observaban el bosque Drúadan, en el que el camino se internaba. Los rastreadores, que se habían adelantado, habían regresado sin noticias de los druedáin, los hombres de habitaban el bosque, antiguos habitantes de Gondor a los que se les había cedido esas tierras muchos años atrás, a cambio de la vigilancia de la frontera norte del país.

Pero los puestos de vigilancia estaban vacíos. Fastidiado, Éomer se veía obligado a cruzar los bosques, rogando que sus habitantes se hubieran desplazado al sur, la parte más cercana a Gondor, probablemente para vigilar la frontera más peligrosa.

Éomer debía solicitarles que se unieran al ejército rohirrim a su paso, y necesitaba encontrarles. Si no les hallaban en el sur, perderían la oportunidad de conseguir fuertes aliados. Los druedáin eran aliados, parientes lejanos de los montaraces del norte, y eran guerreros valientes. Sus arqueros tenían muy buena fama y eran muy temidos por las alimañas de Sauron.

Éomer esperaba que su ejército se ampliara hasta casi los ocho mil guerreros si contaba con el apoyo de los druedáin. Sólo podía cruzar los dedos para encontrarles al otro lado del bosque.

Unas voces a su espalda le distrajeron de la visión del bosque y se giró para mirar quién discutía a aquellas horas.

- Cumplirás mis órdenes, y no se hable más. - Rugió Erkenbrand, alejándose del lugar y sin dejar que su interlocutor le respondiera.

- ¡Padre! - Le llamó Alheim, nada de acuerdo con lo que su padre disponía. El viejo mariscal hizo oídos sordos a la llamada de su hijo y se acercó al ujier de armas del rey, para pedirle audiencia.

Éomer siguió con la vista al fiel amigo de su padre. No era que no confiara en él, pero siempre había visto en su forma de tratar a su único hijo varón un exceso de prepotencia, de orgullo, de disciplina. Tanto que jamás había sido testigo de que Erkenbrand escuchara con atención la opinión de Alheim. Sonrió. Exactamente igual que Théoden con Érewyn. Pero en el caso del rey, de lo realmente abusaba era de la sobreprotección.

Se acercó a Alheim. El muchacho le daba a su caballo de comer algo de alfalfa en un pequeño fardo que cargaba en la parte trasera de la montura. Algo de lo que debería deshacerse antes de llegar a Minas Tirith. El rostro del joven, contrariado, se torcía en un gesto de impotencia. La rabia contenida hacía que la cicatriz de su rostro se marcara más intensamente.

- ¿Qué ocurre, Alheim? - Preguntó Éomer. El chico se sobresaltó al oír la voz del Mariscal y se giró rápidamente. El gesto de su rostro se calmó al ver a Éomer y suspiró, derrotado.

- Lo mismo de siempre, mi señor… - Explicó, cansado, mientras se volvía de nuevo hacia su caballo. - Mi padre y su confianza en mí… Dice que necesito dos hombres más en mi destacamento… Es decir, en el destacamento que tú… quiero decir, vos me habéis asignado. - Éomer sonrió.

- Puedes dejar a un lado las formalidades Alheim. Somos amigos desde niños. - dijo Éomer. Alheim sonrió sin girarse. - La cuestión es, ¿los necesitarás? - Preguntó.

- ¡No! - Contestó de repente Alheim. Casi instantaneamente dudó y desvió la mirada al suelo. - Es decir… Creo que no… ¡Aargh! ¡Hasta hace media hora estaba seguro de lo que quería, de lo que necesitaría! ¡Ahora estoy lleno de dudas! - Se quejó el chico.

- En ese caso, recluta a dos soldados más. - Comentó Éomer. Alheim se giró para mirarle, sin entender que Éomer se pusiera del lado de Erkenbrand. - Dos jinetes más o menos, no son un gran cambio. Pero si escoges a los adecuados y les das las órdenes correctas, puedes hacer una gran diferencia. - Explicó el joven Mariscal. Alheim sonrió vagamente. Si al menos su padre se hubiera dignado a explicarle los motivos en lugar de mandarle sin más… Éomer se acercó a él y posó su fuerte mano, escondida en el guantelete, sobre el hombro de Alheim. - Resérvalos para la vanguardia. Búscalos pequeños y ágiles, y con monturas fuertes y resistentes. Dos con esa descripción valen por 10 soldados de a pie, y por supuesto, valen más que 50 orcos. - La mano del Mariscal le golpeó la espalda afablemente y Éomer se alejó de allí, en dirección a Gamelin, cuyos rastreadores acababan de regresar del bosque.

Alheim le vio irse y suspiró. Éomer tenía razón, visto así, con un par de jinetes rápidos su destacamento podría hacer mucho daño. Ahora debía encontrar un par de soldados, de entre los cientos de jinetes rasos que formarían parte del batallón central, a dos que cumplieran con esos requisitos. Una tarea nada fácil.

Retiró el morral a su caballo, quien no se mostró muy contento con el gesto, y montó, dispuesto a aprovechar aquellas pocas horas de descanso nocturno para buscar dos voluntarios. Y debía hacerlo antes de entrar en el bosque. Una vez salieran de allí, las formaciones debían estar ya establecidas y aclaradas.


La tela de la sencilla tienda que resguardaba al rey se movía suavemente al compás de la brisa nocturna. La calma reinaba, los soldados dormían, y los guardias hacían sus turnos tranquilamente. La paz antes de la tempestad.

Éomer pesó que no les venía mal una noche de descanso, de sueño profundo, aunque aquella noche fuera a ser muy corta.

Quedaba menos de una hora para que levantaran el campamento y todos los hombres aprovechaban el poco tiempo que se les había brindado para descansar y vaciar las mentes. Todos menos él.

Ya no era el mismo Éomer. Imperturbable, sí, silencioso, también, y el mismo letal jinete de Rohan al que las hordas de Saruman habían temido, a pesar de su juventud. Pero bajo aquella piel algo se había resquebrajado. Un sólido pilar sobre el que durante años había sostenido su orgullo y su templanza, sobre el que había asegurado su desconfianza y su carácter orgulloso amenazaba por hundirse y llevarse con él la mitad de su ser.

Y es que en la convicción de que Erethor les había abandonado había levantado el muro que le había rodeado, cegándole y tratando de encerrar entre las gruesas e invisibles paredes también a sus hermanas, sin lograrlo. Ahora nada tenía sentido, pero, a la vez, le parecía ver una tenue luz al final de un oscuro túnel.

En la soledad de sus estancias, de niño, había deseado que Erethor regresara, lo había ansiado tan fervientemente que creía que había gastado de golpe los deseos que un hombre tiene derecho a formularle al Gran Jinete.

Y más tarde, con los años, aprendió a odiarle intensamente.

A pesar del dolor y la rabia de saber la verdad, de saber que su madre enfermó sin saber de ella. A pesar del rencor que no podía dejar de guardarle a su Tío, a pesar de ser consciente de que su yo se había formado a partir de una mentira, sentía un gran alivio. Sentía alivio de poder creer, al fin, en su madurez, que Erethor no les dejó, y quizá sentía encenderse en él la esperanza de pensar que su "Ada" (como él le llamó una vez, sacando de Erethor una genuina sonrisa), de haber podido, le habría criado, entrenado y cultivado como a un hijo propio.

De haber podido. De haber tenido la oportunidad.

Y de nuevo le invadía el dolor y la rabia, la impotencia de saber que el orgullo de su tío le había impedido cumplir ese deseo. Vivir con Erethor, con su "Ada".

Erethor le enseñó muchas cosas: sobre caballos, sobre esgrima, sobre rastreo, sobre supervivencia... Le enseñó a tirar con el arco, no en vano ya era uno de los arqueros más hábiles de Edoras con sólo 12 años. Le enseñó nociones de élfico. Le enseñó a guiarse por la luna y las estrellas, de noche. Erethor fue para Éomer el padre que Éomund no tuvo tiempo de ser, y el que Théoden no fue jamás.

Suspiró y sintió la brecha en el alma. ¿Cómo librarse de aquel dolor? ¿Cómo afrontar una batalla, mirar a la muerte a los ojos, con semejante revelación en su mente?

Debía sacar las fuerzas de donde fuera, sólo él podía guiar a sus jinetes a la batalla. Sólo él, Éomer de Rohan, podía sacar de ellos lo que ni ellos mismos sabían que tenían. Así se lo enseñó Erethor, y así pensaba hacerlo.

A título póstumo, Éomer necesitaba brindarle a "Ada" el homenaje que injustamente jamás le dio.

Las paredes de su viejo muro comenzaban a caerse, y la luz, traspasaba las rendijas.

Y aquella luz era la verdad, mostrándole el verdadero camino.


Mientras Éomer hacía guardia en silencio, con la mente llena de pensamientos, un jinete con el rostro cubierto totalmente por un yelmo se desplazaba a paso vivo entre los soldados que dormitaban o parlamentaban a voz queda, en aquel campamento improvisado que abandonarían en poco rato.

Arod se había acabado su forraje y necesitaba encontrar los mulos que acompañaban al ejército, que cargaban con víveres para los soldados y los caballos. Sólo necesitaba llenar su morral y el de su hermana y poner en una bolsa algo de carne seca y pan duro. Sus odres de agua ya estaban llenos. La experiencia les había enseñado que lo primero que debían hacer en una parada para descansar era buscar un lugar donde abastecerse de agua.

Encontró un grupo de mulos pastando tranquilamente la verde hierba de los márgenes del bosque, cerca de donde el camino se introducía en la espesura. Miró los árboles. Tenía curiosidad por saber cómo pensaban su Tío y su hermano introducir un ejército de más de seis mil hombres y sus respectivos caballos por aquel bosque, sin arrasar todo a su paso.

Suspiró al pensar en su hermano y su Tío. Lo que daría por abrazarles y besarles antes de la batalla. Ansiaba decirles que les amaba una última vez. Pero no era posible. Ni ella ni Éowyn podían mostrarse ante ellos, si lo hacían, su plan se iría al traste. Y ya no podían hacer marcha atrás. Habían cubierto más de la mitad del camino a Minas Tirith.

Sólo podía rogarle al Gran Jinete que protegiera a su familia del peligro. Que les mantuviera con vida.

Sus manos temblaron al pensar en la muerte. Era una posibilidad más que factible en la batalla. Un paso en falso, una casualidad fatal y un ser querido caería en la batalla.

Pero no quería pensar como Legolas, no estaba dispuesta a que la sombra tiñera de negro sus esperanzas. No. Los caminos de ambos seguían sendas distintas, y la de Érewyn no sería cubierta de tinieblas, no si podía evitarlo.

Cerró los ojos un instante y trató de no imaginar nada de aquello. Sus pies la llevaron casi sin pensar, hasta los sacos donde se guardaba la alfalfa. Abrió uno y se dispuso a llenar los dos morrales.

- ¡Oye tú! ¿A qué batallón perteneces? - Gritó una voz a su espalda. Era una voz conocida para Érewyn, pero nunca había oído en ella ese timbre de seguridad y autoridad. El miedo a ser reconocida la invadió de repente y fue incapaz de girarse. - Te estoy haciendo una pregunta, rohirrim. - Insistió la voz, esta vez más amenazadoramente. Érewyn cerró los ojos, derrotada, al reconocer el sonido de unos pies que aterrizan en el suelo, bajándose del caballo, y unos pasos que se acercaban a ella por la espalda. Sus manos siguieron con la tarea de llenar los morrales hasta que le sintió tras ella. - ¿Acaso estás sordo?

- No, mi señor. Sólo vine a llenar los morrales para los caballos. - Respondió Érewyn, bajando la cabeza para esconder el rostro y poniendo la voz más ronca que supo.

- ¡Mírame a la cara cuando hables, soldado! - Insistió el otro. Érewyn se giró poco a poco. La noche era oscura y esperó que las sombras ocultaran sus facciones. - Eres pequeño… Demasiado para ser un soldado. ¿Cuántos años tienes? - Preguntó.

- Diecinueve. - Contestó Érewyn, con voz gutural.

- ¿Sabes montar? - Preguntó. Ocultos tras el yelmo, los ojos de Érewyn rodaron en un gesto de hastío. ¿Cómo podía preguntarle eso a un rohirrim?

- Sí, mi señor.

- Perfecto. - Concluyó. - Cabalgarás junto a mi batallón en la vanguardia. Muéstrame tu rostro, rohirrim. - El corazón de Érewyn se detuvo. No era posible que aquella aventura fuera a acabar así. No podía ser descubierta. Éowyn marcharía sola… - ¿De nuevo estás dudando? No pienso confiar en nadie cuyo rostro no conozca. ¡Sácate el yelmo! - Insistió. Y ante la pasividad de Érewyn, chasqueó la lengua y él mismo agarró el yelmo de la muchacha y estiró de él sin ningún cuidado. El corto cabello castaño y el dulce rostro de Érewyn se mostraron ante él. Y los ojos de la muchacha permanecieron cerrados. - ¿Qué estás haciendo Ery? ¿Quieres morir? - La voz de Alheim no resonó en la ensenada como ella esperaba, fue un simple susurro ahogado que contenía sorpresa y miedo. Érewyn abrió los ojos y el rostro preocupado y anhelante de Alheim se mostró ante ella. Ya no pudo reprimir las lágrimas, y estas comenzaron a rodar por su rostro.

- Lo siento. - Dijo con voz quebrada, sin poder reprimir un sollozo. - Jamás lo entenderíais. Ninguno de vosotros lo entendería.

- ¿Por qué haces esto? - Preguntó de nuevo Alheim. El muchacho no era capaz de comprenderlo. ¿Por qué su amiga se ponía en peligro tan fácilmente? ¿Por qué esas ansias de participar en una batalla que causaría tantas bajas? - ¿Es que acaso deseas la muerte? ¿Qué puede ser tan importante como para morir por ello. - Érewyn le miró, sus verdes ojos implorándole en silencio que respetara su decisión, y sólo una palabra salió de sus labios.

- Rohan. - Dijo ella, simplemente. - Moriría por Rohan. ¿Acaso tú no, Alheim? - El muchacho no contestó. Por supuesto que moriría por su tierra. Rohan era para Alheim uno de los dos motivos válidos para perder la vida.

El otro estaba plantado frente a él, con gruesas lágrimas rodando por su rostro. Ya no podía enviarla de vuelta a casa, estaban demasiado lejos y no obtendría comida o víveres suficientes ella sola. Y no sabía si sería capaz de hacerlo, igualmente.

Nadie había escuchado sus palabras, lo sabía. Sabía que nadie se había dignado a escuchar los deseos de Érewyn. Pero él sí que lo haría. Sus ojos se movieron por su rostro y recorrieron el corto cabello que lo enmarcaba, una corta melena ondulada que no llegaba a los hombros. Alheim le sonrió, y tomó su cabeza entre sus grandes manos. Su cabello era sedoso al tacto, y los ásperos dedos del joven limpiaron de lágrimas su rostro.

- Por supuesto que sí. - Contestó él. Érewyn se sintió comprendida por primera vez y enterró el rostro en el pecho del joven, aferrándose con fuerza a su coraza y ahogando los sollozos que oprimían su pecho. Alheim miró atrás, temeroso de que alguien pudiera fijarse en la escena y reconociera a la chica. La rodeó con los brazos y la arrastró tras los sacos de alfalfa, donde ambos se sentaron en el pasto y Érewyn pudo recomponerse. - Escúchame Érewyn. Esto no es ningún juego. - La joven asintió con la cabeza y tragó saliva mientras le miraba. - El único modo que tengo de ocultarte y protegerte, si puedo, es reclutarte en mi destacamento. Así podré estar cerca de ti si me necesitas.

- ¿Qué tal si te protejo yo a ti? - Bromeó ella, con voz amarga. Las cejas del chico se alzaron, en un gesto de sorpresa.

- Aún no me has visto usar el arco… - Se defendió él. - Ahora en serio. Tu hermano y mi padre me han sugerido que reclute a dos jinetes más. Dos jinetes pequeños. Ven conmigo, lucharemos en la vanguardia, y desde allí escogeremos qué flanco atacar. - Alheim tomó el rostro de Érewyn entre sus manos y susurró. - Ve a por tu caballo. Yo te esperaré aquí.

- Dices que necesitas a dos jinetes pequeños. No puedo guardarlo en secreto, es mejor que lo sepas… Éowyn me espera en el campamento. Vamos juntas. - Dijo la muchacha. No se separaría de Éowyn por nada del mundo. Se dispuso a levantarse, y el chico la detuvo.

- ¡¿Éowyn también?! - Masculló, incrédulo. La miró a los ojos, Érewyn no titubeaba. Finalmente, el joven resopló. - De acuerdo. Mantenéos juntas. - La chica se puso en pie y Alheim la detuvo por segunda vez. - Y procura ocultarte mejor. - dijo. Manchó de tierra húmeda sus manos y frotó el rostro de Éowyn con barro, dejándole la blanca piel oculta tras una fina capa de suciedad. También manchó sus manos y su cuello. Luego le tendió el yelmo, y la muchacha lo tomó.

- Gracias Alheim. - Susurró. Besó su mejilla, se puso el yelmo y se levantó portando los dos morrales, alejándose a paso firme entre los jinetes dormidos.

Alheim se apoyó sobre el saco de alfalfa, completamente derrotado, y se tapó el rostro con las manos.

¿Qué diantres estaba haciendo? No podía dejar que se pusieran en peligro. No podía correr el riesgo de que salieran heridas… No sería capaz de vivir si a ella le pasaba algo.

Pero no podía dejar que sus sueños cayeran en un saco roto.

Sólo podía protegerlas lo mejor que sabía. Y para ello, el muchacho iba a tener que poner en práctica todo lo que había aprendido.

- Te quiero, Ery. - Susurró, con la vista perdida en la espesura del bosque Drúadan. Y la noche, en la que ya apuntaba el alba, cubrió de sombras su secreto.


La Ciudad Blanca parecía haberse teñido de gris. A sus puertas y rodeándola cuán grande era, millares de orcos la sitiaban, amenazando con invadirla en cualquier momento. Las catapultas trabajaban desde hacía horas, y los enormes cascotes que caían de la hermosa muralla eran reutilizados como proyectiles, aún más destructivos, contra la misma ciudad.

Las torres y casas se derruían y las gentes trataban de proteger a los suyos huyendo hacia los niveles interiores.

No había escapatoria. No había modo de salir de la Ciudad Blanca sin ser masacrados. Solo podían encerrarse más y más, y retrasar a la muerte lo más que podían.

Las estrechas escalinatas que daban acceso al segundo anillo se colapsaron rápidamente y los habitantes de Minas Tirith se atropellaban para salvar sus vidas.

Gothmog, el primer lugarteniente de Minas Morgul, estaba nervioso. Mucho tiempo les estaba llevando la invasión de la ciudad, demasiado, y ni siquiera habían conseguido entrar en el primer nivel. La gran puerta de Minas Tirith les cerraba el paso, tal y como su señor, el Rey Brujo, había dicho que ocurriría. La voz de Gothmog, irritado, rugió entre los bramidos de los orcos cuando gritó:

- ¡Traed la cabeza del lobo!

A su alrededor el bullicio se multiplicó, y tras él, los orcos se movían, apartándose para abrir paso a una de las herramientas más terroríficas que el Rey Brujo podía haber concebido. "Grond" el gran ariete llegó portado por trolls hasta la misma puerta de Minas Tirith, y la superficie de gruesa y regia madera vibró como la cuerda de un arpa al recibir el primer golpe.

Los arqueros del primer nivel descargaron sus flechas sobre los portadores de "Grond" pero los trolls tenían la piel muy dura y gruesas corazas les protegían, así que las flechas de los humanos disparadas desde tan lejos apenas les hacían raspaduras.

No pasó mucho tiempo hasta que la Gran Puerta recibió el segundo golpe. Aquella vez, los soldados de la ciudad sintieron un crujido en la madera que les llegó hasta los huesos.

Gothmog, el primer lugarteniente, sonrió, satisfecho. Muy pronto llegaría su señor, y vería que la tarea encomendada a las huestes de infantería estaba siendo cumplida. Una vez que la Gran Puerta cediera del todo ante el ariete, entrarían como auténticas hordas en Minas Tirith.

- ¡Preparáos para atacar! - Resonó la ronca voz de Gothmog. El horrible ser empuñó su retorcida espada y se mantuvo firme mientras observaba a los trolls retomar la carrera de nuevo, ariete al hombro, hasta la Gran Puerta.

Con un gran estallido, las oscuras artes del Rey Brujo surtieron efecto y la pesada y enorme puerta de la ciudad, que hasta entonces había sido infranqueable, se astilló como si de una fina tablilla de madera se tratara.

Los orcos entraron por fin en el primer nivel y las catapultas comenzaron a disparar de nuevo, hacia las torres de la muralla del segundo nivel.

La alegría de Gothmog duró poco, ya que la muralla del segundo nivel, el siguiente paso, era igual o más alta que la muralla exterior. Pero ya no había gruesas puertas que les impidieran el paso entre niveles. Tan sólo intrincados corredores y un camino zigzagueante a través de las calles de la ciudad, que terminaba en la Torre de Ecthelion, el último reducto a conquistar. Si llegaban hasta allí, la victoria sobre el primer reino de los hombres estaría conseguida, y su gran Señor de seguro le recompensaría con honor.

Gothmog se abrió paso a bestiales espadazos, arrancando vísceras y mutilando cuerpos con cada golpe.

Pero no iba a ser tan fácil como el lugarteniente tenía calculado. Minas Tirith no estaba sola. Los guerreros de Dol Amroth habían llegado hacía días y desde los niveles interiores, sus arqueros disparaban auténticas andanadas de flechas que hicieron retroceder de nuevo a Gothmog hacia el exterior. No podían enfrentarse a aquellos arqueros mientras estuvieran en niveles superiores, las bajas serían demasiado acusadas y la situación no complacería al Rey Brujo.

Gothmog enseñó los dientes y ordenó de nuevo el uso de las catapultas, atacando las murallas del segundo nivel. Sólo de aquella forma podían reducir el número de arqueros. Los bordes superiores de la muralla se resquebrajaban como el yeso con cada impacto y el lugarteniente sonrió de nuevo, ordenando con un gesto retomar el ataque.

Pero aquella vez, su pesada espada fue detenida en seco. Gothmog miró furioso al mequetrefe que había osado detenerle. No era más que un simple humano, no muy alto, moreno y de mirada hostil. Sus ojos, oscuros, le plantaban cara sin un ápice de miedo y su pulso no tembló cuando rechazó a Gothmog con un brusco gesto de su brazo, empujándole hacia atrás y haciéndole caer sobre varios de sus orcos.

El valiente soldado permaneció en su sitio sin dejar de mirar con odio a Gothmog. Él y sus hombres se habían propuesto dar tiempo al resto de soldados a bloquear los corredores que atravesaban el púlpito y que conducían a las escaleras del segundo nivel.

Con lo que no contaba Gothmog era que dentro de Minas Tirith encontraría al príncipe Imrahil, de Dol Amroth.

Sólo una señal de su príncipe bastó para que los soldados de Imrahil saltaran de entre los huecos de las murallas, donde se habían ocultado para emboscar a los confiados orcos que sabían que no tardarían en entrar.

Y por segunda vez, Gothmog se vio obligado a retroceder dando un rugido.

- ¡No aguantaremos mucho tiempo más, mi señor! - Exclamó uno de sus hombres a Imrahil. - ¡Esto va a ser una carnicería! ¡Sólo es cuestión de tiempo que accedan a los niveles superiores! ¡No podremos contenerles eternamente!

- ¡Les contendremos! - Rugió Imrahil, apretando con fuerza la empuñadura de su espada. - ¡Lo haremos porque no habrá un mañana si no lo logramos!

- Pero, ¡estamos solos, mi Señor! ¡No lo conseguiremos!

Antes de que Imrahil volviera a hablar, el suelo bajo sus pies comenzó a temblar. Les había parecido notarlo cuando la puerta se rompió, y lo acusaron a los numerosos pies de los orcos que entraban como una marea a través de la muralla del primer nivel. Pero cada vez era más notorio el temblor y su procedencia era desconocida.

Gothmog, al otro lado del muro, y observando fieramente a Imrahil, también notó el temblor del suelo, y, con aires de suficiencia, miró a su reciente enemigo, sonriéndole antes de gritar:

- ¡Llegan los refuerzos!

Con calma y seguro de sí mismo, el primer lugarteniente de Minas Morgul observó el cercano horizonte. Más allá de las ruinas del Rammas Echor, el muro defensivo que había protegido en primera instancia a la Ciudad Blanca, y que el ejército de Minas Morgul había derruido a su paso como se aplasta una mosca, en las colinas del norte, desde donde nadie esperaba ningún ataque. Donde la frontera de Gondor con Rohan estaba tan próxima, allí vio Gothmog el brillo de una armadura bajo el sol de la tarde. Y luego otro. Y luego una decena más.

Imrahil se encaramó a las ruinas del muro, con cuidado de no colocarse a tiro de ningún arquero orco, y la sonrisa que se dibujó en su cara contrastó con la mueca de incredulidad de Gothmog.

Y por fin, el legendario cuerno de Rohan resonó en los campos del Pelennor.

- ¡Rohan ha venido! ¡Los jinetes están aquí! - Resonó una voz en el segundo nivel. En seguida, un grito de esperanza y alegría acompañó a la voz, mientras, en la colina, al norte, la silueta de miles y miles de jinetes se dibujaba, amenazadora.

- Por fin. - Susurró Imrahil. Cerró los ojos y se permitió suspirar de alivio.


- ¡Éomer, forma a tus éored en el flanco izquierdo! - Théoden daba las últimas órdenes a sus mariscales y capitanes antes de la batalla. La visión de la Gran Puerta de Minas Tirith destrozada le había encogido el corazón. La rabia y un antiguo fuego que hacía tiempo que no sentía le invadían.

- ¡Flanco listo! - Gritó su sobrino. Éomer se limitaba a obedecer las órdenes de su tío, con quien había evitado hablar demasiado desde que le confesara la verdad sobre Érethor.

- ¡Erkenbrand, sigue el pendón del rey hasta el centro! - Continuó Théoden, acercándose al segundo de sus Mariscales. Erkenbrand asintió con la cabeza y comenzó a formar a sus hombres justo detrás de la guardia del Rey. - ¡Gamelin, coloca tu compañía a la derecha en cuanto superéis el muro!

Los caballos, nerviosos, comenzaron a patear el suelo, a sabiendas de que se acercaba el momento de arrancar a galope, y en uno de los éored de Éomer, el que estaba más alejado del Mariscal y cuyo control Éomer había cedido a Alheim, dos pequeños jinetes observaban, boquiabiertos, el horroroso espectáculo de la Ciudad Blanca, asediada por el ejército de Sauron.

- Quedáos en el flanco izquierdo, pegáos a la montaña, no os acerquéis al centro, allí están las catapultas. Esperad a que superemos a los lanceros y manteneos juntas. - Masculló Alheim. Mirando de reojo a las dos hermanas, menudas en sus monturas. Érewyn frunció el ceño y le miró. No sabía cómo iba a proteger a su hermana. Los campos del Pelennor eran demasiado extensos… Debía haberlo previsto.

- ¡Avanzad sin temor a la oscuridad! - Resonó de nuevo la voz de Théoden. El Rey galopaba frente a las filas de sus hombres, infundiéndoles ánimos. - ¡Luchad, luchad jinetes de Theoden! - Éowyn giró el rostro cuando su tío se situó justo en frente de ella. Pero la rabia le cegaba y, para alivio de la princesa, no vislumbró sus facciones bajo el yelmo. - ¡Caerán las lanzas, se quebrarán los escudos. Aún restará la espada! - Théoden dió media vuelta y trotó en dirección contraria, alejándose de ellas.

Érewyn echó mano a la espada de su cinto y se aseguró de que la funda de su segunda espada estaba bien sujeta a la montura de Arod. Le temblaban las manos y sentía un sudor frío caer por su frente. Cerró los ojos y respiró profundamente dos veces para calmarse, los abrió y trató de localizar a su hermano. No quería separarse de ninguno de los dos. Resopló, protegerles a ambos iba a ser lo más difícil que había hecho nunca, y si Éomer se internaba en el centro del campo, sólo podía hacer una cosa, desobedecer a Alheim, y seguir a su hermano. Sólo esperaba no perderle de vista.

Miró a Éowyn, estaba claro que no podía desdoblarse. Si ella se mantenía lejos del principal peligro, tenía muchas posibilidades de salir airosa, pero si Éomer se internaba mucho en el fragor de la batalla, las posibilidades de este se verían reducidas.

- Ante todo, quédate cerca de las ruinas del muro, Éowyn. No te acerques a la ciudad. - Dijo Érewyn, acercándose a su hermana para no ser oída. Éowyn la miró, sorprendida. su hermana miraba el perfil de Éomer en silencio, y en sus ojos, que apenas se apreciaban bajo el yelmo, reflejaban la profunda preocupación que sentía. De repente, Éowyn supo lo que su hermana pretendía hacer.

- ¡¿Estás loca?! ¡¿Crees que no sé lo que pretendes?! - Se quejó Éowyn, indignada. - No pienso separarme de vosotros dos. Si no quieres que entre en el campo, entonces dile a Éomer que no lo haga. - Érewyn sonrió ante el "enfado" de su hermana. Debía haberlo supuesto. Estaban hechas de la misma pasta. Una pasta muy cabezota. Merry se estremeció entre sus brazos. Casi había olvidado al pequeño hobbit que acariciaba el puño de su menuda espada, tratando de infundirse valor a sí mismo. Deseó haberle dejado en El Sagrario, pero ya era tarde, y Merry era su responsabilidad ahora. Se inclinó hasta su oído y susurró: - Pase lo que pase, quédate a mi lado, yo cuidare de ti. - Estrechó con cariño el hombro del hobbit y Merry se sintió un tanto reconfortado.

- ¡Rojo será el día, hasta el nacer del sol! - Continuó Théoden. Su discurso llegaba al final. El viejo rey encaró una última vez a su ejército, al que se habían sumado, tal y como Éomer había esperado, los arqueros druedáin, que componían filas en la retaguardia, aguardando las órdenes de sus capitanes con sus arcos largos preparados. Miró a Éomer, su querido sobrino, imponente, enorme sobre su valiente caballo de batalla y le recordó acercándose a Cuernavilla como una furiosa tempestad. El joven le miró, bajo su yelmo, y vio en sus ojos el reproche, la rabia que Théoden sabía que jamás le abandonaría. El anciano le miró con gesto cansado, deseándole en silencio una buena batalla y una larga vida, y luego se volvió hacia Minas Tirith, con su ejército a sus espaldas y gritó una última vez. - ¡CABALGAD! ¡CABALGAD! ¡CABALGAD HACIA LA DESOLACiÓN Y EL FIN DEL MUNDO! ¡MUERTE!

- ¡MUERTE, MUERTE, MUERTE! - Repitieron a coro miles de voces rohirrim que comenzaron a avanzar sobre sus caballos, helándoles la sangre en las negras venas a los orcos que veían cómo los temibles hombres de Rohan avanzaban hacia ellos, primero al paso, luego al trote y luego a galope tendido.

La mitad de los orcos retrocedieron a la carrera de vuelta a Osgiliath, y Gothmog les amenazó con fiereza, instándoles a que no abandonaran sus posiciones.

Los caballos de Rohan saltaron sobre las afiladas lanzas que los orcos levantaban. Algunos murieron, otros salieron heridos, pero las lanzas se rompieron en pedazos y miles de jinetes invadieron los campos del Pelennor, barriendo a las fuerzas de Sauron, y recibiendo gritos de bienvenida desde dentro de la ciudadela.


- ¡Mantened las posiciones! - Gritó Alheim. - ¡Se retiran! ¡No les dejéis escapar!

Tras dar las órdenes y matar unos cuantos orcos, Alheim buscó con avidez entre sus hombres a los más bajitos de todos, las dos hermanas.

A medida que pasaban los minutos y no las veía, sentía el calor abandonando su cuerpo. Desesperado, se separó de su propio destacamento, que perseguía orcos en dirección a Osgiliath, y avanzó, abriéndose paso a espadazos en dirección opuesta, el centro de los campos del Pelennor.

- ¡No puede ser! - Masculló al no poder encontrarlas. Miró atrás y tras vacilar unos segundos arrancó a galope en dirección a la Gran Puerta. - ¡Mierda! - Volvió a exclamar.

Erkenbrand vio la maniobra de su hijo, y entrecerró los ojos. El muy inútil creía que tenía posibilidades luchando junto a los más fuertes. El viejo mariscal había conseguido que el pequeño destacamento al mando de Alheim fuera destinado a los flancos, para mantenerlo lejos de la batalla. Éomer había entrado hasta el centro de la misma atacando desde un flanco, y así, Alheim se había quedado separado del peligro rápidamente.

El muy cretino podría estar descansando en aquel momento, aguardando órdenes y manteniéndose cómodamente con vida, pero no. Se había desvinculado de su grupo y galopaba hacia Éomer, deseoso de ser partícipe de la victoria, según creía Erkenbrand.

El viejo escupió una maldición y llamó a un grupo de hombres que se acercaron a él con presteza.

- Tal como hemos hablado. Si es necesario dejadle sin sentido, pero ¡sacadle de allí! ¡Deprisa!

Los jinetes localizaron a Alheim que se abría paso hacia la Gran Puerta buscando desesperado a Érewyn y a Éowyn, y salieron tras él.


Llegaron rápidamente a las catapultas. La rapidez de los caballos no permitió a los orcos armarlas de nuevo y utilizarlas en contra de los jinetes. La orden de Gothmog llegó demasiado tarde, y su vacilación le costó cara. Al darse cuenta de que no tenían nada que hacer, el primer lugarteniente del Rey Brujo arrojó su espada al suelo y echó a correr como alma que lleva el diablo hacia Osgiliath.

El acero de Érewyn se hundía con facilidad en los cuellos de los orcos, y desmembraba sus cuerpos como si fueran de mantequilla. La espada corta había sido afilada a conciencia por los herreros de Edoras por órden de Éowyn, Érewyn no recordaba que aquella arma funcionara tan bien en Cuernavilla. De haberlo hecho se habría ahorrado unas cuantas situaciones peligrosas.

O quizá era el hecho de atacar a caballo. Era como si se hubiera dedicado a luchar toda su vida. La altura, la fuerza y la rapidez de los caballos les dotaba de una ventaja añadida sobre los pequeños y torpes orcos. Pero aún así no podían confiarse. El ejército de Sauron era tan numeroso que no podían relajarse ni un minuto. Y tampoco podían dejar de desplazarse. Un blanco inmóvil era un blanco fácil en una batalla. Así se lo había enseñado Théodred.

- Esto es pan comido. - Susurró la joven rohirrim, sonriendo bajo su yelmo, mientras daba un espadazo más, sin apenas esfuerzo, acertándole a un horrible orco en medio de la cara.

El cráneo de éste se partió como un huevo. Érewyn tuvo que realizar un movimiento seco para desclavar el filo de su espada del hueso. La negra sangre cubría el filo por completo y salpicaba sus botas y el blanco pelaje de Arod.

Frente a ella, Éowyn luchaba sin tregua, y Hoja de Viento soportaba el peso de los dos jinetes, la muchacha y el hobbit como si sólo llevara a uno. Los cascos de los dos caballos pisaban con fuerza el suelo, sin tropezar ni una vez, pasando por encima de los cadáveres cada vez más numerosos, y arrojando espadazos a izquierda y derecha sin parar.

Éomer se hallaba apenas 50 metros más adelante, el largo penacho rubio de su yelmo le hacía inconfundible, y Érewyn tenía especial cuidado de no perderle de vista mientras ella misma atacaba.

Su hermano barría el campo de batalla como una horda entera. Éomer era en verdad temible, y, la chica sintió un profundo orgullo por su hermano al observarle luchar. Su maestro era el mejor. Incluso se habría atrevido a afirmar que Éomer era mejor guerrero que Théodred.

Éowyn miró en aquel momento hacia atrás apenas un segundo y su dulce voz sonó fuera de lugar entre los gritos que las rodeaban.

- ¡¿Estás bien ratoncito?! - En seguida, la princesa retomó el ataque y clavó su espada en la garganta de un enemigo.

Érewyn sonrió y levantó su espada en señal afirmativa, para dejarla caer en seguida sobre el hombro de uno de los orcos que había manejado las catapultas.

- ¡Esto está hecho! - Exclamó la más joven, eufórica.

Así parecía verlo también Théoden, que no se encontraba mucho más lejos de los tres hermanos.

- ¡Proteged la ciudad! - Ordenó. - ¡Vamos a liberar Minas Tirith!

Pero nada más lejos de la realidad.

El viejo rey, puso la vista en el horizonte durante un instante justo después de acabar con todos los orcos que le rodeaban, y la sonrisa de tranquilidad se borró de sus labios.

En la lejanía, igual que había sonado el de Rohan, un cuerno sonó largamente, con un timbre agudo y variando ligeramente el tono. El silencio se apoderó de los campos del Pelennor. Un silencio aterrador.

Unas desconocidas y gigantescas siluetas se recortaban en la distancia, acercándose amenazadoramente hacia la batalla. El polvo fue quedando atrás, y los mumakils hicieron su aparición.

Érewyn no podía creerlo. Siempre había creído que las historias y los relatos que había leído sobre los mumakils eran sólo leyendas, simples cuentos para aterrorizar a los niños. Los grabados que había visto en la biblioteca, representando a aquellas criaturas, no les hacían justicia.

Su imponente y enorme tamaño, altos como castillos, con colmillos gigantes armados con pinchos en sus extremos… No parecía cierto. No podía ser.

Los cánticos de los haradrim resonaron cada vez más cerca y los mumakils avanzaron con mayor velocidad hacia ellos.

Théoden tenía pocas opciones y ninguna de ellas le aseguraba una victoria sobre aquella nueva amenaza. Las bajas que había sufrido su ejército eran numerosas, y la ciudad aún no estaba fuera de peligro. Ante aquellas enormes bestias poco y nada aguantarían los muros de la ciudad y Minas Tirith quedaría arrasada. Los mumakils avanzaban en una sola fila, de ese modo tenían más probabilidades de cargar contra la Ciudad Blanca.

Théoden no había guiado a sus hombres hasta allí para fracasar. No les había guiado para ceder ni para huir. Les había traído a Gondor para proteger Minas Tirith, y eso era precisamente lo que haría.

- ¡Volved a formar filas! - Exclamó el rey.

Las dos hermanas se vieron rodeadas de jinetes, encarando a los mumakils que se acercaban peligrosamente. Todos trataban que los caballos mantuvieran la calma. Éowyn entendía los planes de Théoden. Si les atacaban por separado, si se retiraban y les disparaban desde la distancia, había pocas probabilidades de poder detener aquellas bestias antes de que destruyeran las murallas de la ciudad. Era un plan disparatado el de Théoden, pero era la única manera de entorpecerles el paso lo más posible.

- ¡Aguantad! - Gritó Éomer. Érewyn dio un respingo al escuchar la orden de su hermano mayor, la fiereza en su voz. Y se dio cuenta de que temblaba, de que no sabía qué pasaría a continuación y el miedo la invadió. Respiró profundamente dos veces y cerró los ojos antes de abrirlos de nuevo y desenfundar su segunda espada. - ¡CARGAD!

La orden de Éomer se escuchó en medio campo y los jinetes obedecieron sin dudar ni un instante. Pronto se hallaron bajo las enormes patas de los mumakils, aplastados, o volando por encima de las cabezas de los monstruos, golpeados por sus colmillos.

Como una exhalación, Éomer se internó hábilmente entre los mumakils, con la espada en la funda y disparando certeras flechas que tiraban de las monturas a los hombres de Harad. El pánico invadió a Érewyn cuando perdió de vista a su hermano. Un enorme mumakil se interpuso entre ella y Éomer y la princesa no pudo más que esquivarle para salvar su vida.

- ¡ÉOMER! - Gritó la joven, buscando con desesperación entre el polvo que las bestias levantaban.

Arod resoplaba, asustado, notando como el suelo vibraba bajo sus cascos. Otro mumakil cargó contra el grupo en el que Érewyn se encontraba y la chica tuvo que reaccionar. O luchaba o moría. Ya nada podía hacer por Éomer si no rezarle al Gran Jinete para que le protegiera.

Guió a Arod hacia la izquierda alejándose del peligro, pero viendo cómo otra fila de mumakils se acercaba hacia ella desde la derecha.

Y allí, entre un grupo reducido de jinetes, vio a Éomer empuñando una lanza que acababa de desclavar del suelo, y que aguardaba valientemente a que el monstruo se acercara más a él.

El jinete del mumakil le sonrió y cargó con más decisión hacia él. Aquel penacho en el yelmo brillante se mantenía inmóvil, desafiándole inconscientemente.

- ¡ÉOMER! - Gritó entonces Éowyn, de nuevo. La muchacha acababa de alcanzar a su hermana pasando por debajo de uno de los mumakils y esquivando su ataque.

Las dos contuvieron el aliento cuando su hermano arrojó la lanza y dio en el blanco. El jinete que guiaba al mumakil, el que poseía el cuerno, cayó con el pecho atravesado por la lanza de Éomer, y su cuerpo quedó colgando de la oreja de la bestia, desgarrándosela.

Así fue cómo Sûladan el Rey Serpiente, el rey de los Haradrim, perdió la vida a manos de Éomer.

El mumakil cayó hacia el costado sin poder evitarlo y arrolló a otro congénere que se desplazaba junto a él. Los tripulantes de los dos mumakils murieron o quedaron gravemente heridos, y las filas de los haradrim sufrieron un cambio que no esperaban.

Ahora estaban divididas en dos grupos más pequeños que ya no podían atacar directamente a la ciudad.


Los barcos de los corsarios navegaban silenciosos por el Anduin. Osgiliath ya estaba a la vista.

Legolas guardaba silencio y observaba desde la cubierta la silueta de la ciudad. Estaba completamente en ruinas. Sauron había colocado allí su avanzadilla. El elfo se dio cuenta de lo cerca que estaba ya de su posible final, aquel para el que se creía tan preparado desde un principio. La batalla, donde estaba seguro que yacería protegiendo su tierra y su gente desde Gondor.

No era capaz de ver más allá. ¿Un futuro para él? ¿Una esperanza? Era imposible. Y la visión de la otrora rica y feliz Osgiliath se lo corroboraba.

Suspiró. Gimli se acercó a él, más tranquilo ahora que las ánimas habían desaparecido de la vista. Les habían acompañado durante todo el viaje y el enano estaba harto de encontrárselas de sopetón al girarse en la cubierta o al salir al camarote desde donde Aragorn había estado preparando el ataque.

Según le había confirmado el montaraz, las ánimas aguardaban, invisibles, en la bodega. Esperaban el momento de desembarcar.

Pese a que Gimli no les temía ya, ya que eran aliados, no podía negar que había estado evitando bajar a la bodega desde que Aragorn le había confesado aquello.

Escudriñó en los ojos del elfo y no vio resolución en ellos. Tan sólo desánimo.

- No creí que te rendirías tan cerca del final, Orejas Picudas. - Comentó Gimli. Legolas se giró para mirarle. Por un momento, el enano tuvo la impresión de que le había sorprendido, pero cualquier pista que le corroborara aquello fue oculta hábilmente por el elfo que volvió a envolverse en su invisible halo de inexpresividad. - ¿No vas a dar ni siquiera una batalla memorable? ¿Por qué no te arrojas al agua y te ahogas de una vez? Así adelantarás la hora de tu muerte y nos evitarás a los demás verte morir sin luchar férreamente, como has hecho hasta ahora. - Legolas sonrió débilmente y volvió a centrar su vista en el puerto, cada vez más cerca.

- Yo no he dicho que no vaya a luchar tal y como lo he hecho hasta ahora.

- Entonces ¿cuál es el problema? ¿Qué te hace dudar? - Preguntó Gimli, golpeando la barandilla de roble con fuerza. - Todo aquel que te haya visto luchar sabe que si lo haces como lo has hecho hasta ahora, la muerte tardará mucho en alcanzarte. Además, - Continuó el enano, en un tono más serio. - ¡Me debes el desempate de Cuernavilla! - Legolas levantó las cejas y volvió a mirar al enano.

- ¿El desempate? - Preguntó, extrañado. Una sonrisa se dibujó en su rostro y frunció el ceño. - Tú mismo dijiste que el último ya estaba muerto.

- ¡Y tú dijiste que no lo estaba! ¡Quien gane esta vez será el vencedor!

- ¿El vencedor de qué? - Preguntó el elfo, divertido.

- ¡De un barril entero de cerveza! ¡Es suficiente motivo para mantenerte con ganas de vivir, maldito seas, paliducho! - Exclamó Gimli.

- ¡Ssssshhh! - Siseó Aragorn, haciéndoles señas desde el puente de mando para que se agacharan.

Los dos amigos obedecieron instantáneamente y, oculto tras la barandilla de roble, Legolas sonrió, y dijo:

- Es suficiente motivo.

Gimli le devolvió la sonrisa y palmeó con afecto el hombro de Legolas, antes de retirarse hasta una posición más privilegiada para su altura.

Legolas se quedó pensativo mientras Aragorn vislumbraba, a lo lejos, la batalla en Minas Tirith. Los campos del Pelennor eran un horrible caos de muerte y destrucción, pero la ciudad aún parecía resistir. Sonrió, su aguda vista le permitió ver a los jinetes de Rohan luchando valientemente contra… Mumakils.

Frunció el ceño y la sonrisa se borró de su rostro. La situación era más delicada de lo que esperaba, pero esta vez, Aragorn, Legolas y Gimli traían refuerzos.

Y, en silencio, el plan que habían trazado se puso en marcha solo. Los barcos se acercaron al puerto de Osgiliath, movidos por las ánimas. Jugarían con el miedo de su lado desde el principio. Conseguirían que los guerreros de Sauron se retiraran, aterrorizados.

Y en Osgiliath, los orcos de Sauron que aguardaban el desenlace de la batalla de los campos del Pelennor, protegiendo el bastión, no tenían ni idea de lo que estaban a punto de presenciar.

Desde la distancia, habían observado acercarse a los barcos negros. La madera crujía y, en el puerto, de pie, esperándolos, los orcos sonreían, autosuficientes y seguros de sí mismos. Convencidos de que con aquellos refuerzos de última hora la batalla estaba del todo sentenciada.

Y tan seguros estaban de sí mismos que hasta que los barcos no se detuvieron del todo no repararon en que en su interior no había nadie, y que nadie había al timón.


Los rohirrim tenían que mantenerles separados, los mumakils se ponían nerviosos y se descontrolaban si no tenían a sus hermanos cerca, y para los haradrim era difícil guiarles entonces.

"Tan grandes y tan cobardes", pensó Éomer, empuñando de nuevo su arco y atacando desde los flancos traseros.

La confusión envolvió a las dos hermanas y mientras Éowyn se desviaba galopando hacia la derecha, para evitar a un desorientado mumakil, Érewyn lo hacía hacia la izquierda.

La más joven luchaba por mantenerse cerca de Éowyn pero con tantas bestias alrededor era tarea imposible, y mientras veía cómo sus compañeros de batalla caían sin parar bajo las patas de los monstruos, decidió que ya era hora de que hiciera algo ella misma.

"Eres pequeña, eres ágil. Utilízalo en tu favor". Le pareció oír de nuevo los consejos de Théodred cuando se dio cuenta de que una de las bestias cargaba contra ella.

- ¡Arod, Noro lim!

Las orejas del caballo se inclinaron hacia atrás al oír las palabras en élfico y automáticamente se arrojó a galope tendido directamente bajo las patas del mumakil, justo donde ni sus colmillos ni su trompa podían llegar, justo al lugar desde donde Érewyn podía lanzar un temible ataque que menguaría el ejército de los Haradrim de forma drástica…

Y una vez estuvo debajo, por un segundo no supo qué hacer. Sólo se le ocurrió una cosa antes de salir de debajo de la criatura, se levantó sobre los estribos todo lo que pudo y alzó su espada cortando la cincha que sujetaba la estructura sobre la que viajaban los haradrim en el lomo del mumakil. El filo del acero cortó la carne de la bestia y su sangre y sus vísceras la salpicaron por completo. Érewyn quedó cegada unos instantes, en los que decidió que si la descubrían a esas alturas tampoco sería algo tan grave. Más grave era estrellarse contra uno de aquellos bichos o morir aplastada por sus patas por no poder guiar al caballo. De modo que se despojó del yelmo y se limpió la sangre de los ojos con el dorso del guantelete tan rápido como pudo.

Se oyó un estruendo tras Érewyn, pero la muchacha no tuvo tiempo de girarse a admirar su obra, el galope de Arod la llevó derechita hacia otro mumakil. Esta vez tuvo que agacharse para no ser golpeada por los colmillos y se salvó de un pelo.

Se alejó de la criatura y halló a Éowyn en la distancia. Su hermana pasaba por debajo de otro mumakil y le hizo profundos cortes en las patas que le arrojaron al suelo cuán enorme era.

- ¡Pues claro! ¿Cómo no se me ha ocurrido? - Masculló Érewyn entre dientes. Volvió sobre sus pasos y se introdujo de nuevo bajo las patas del mumakil que acababa de esquivar, y blandiendo sus dos espadas le cortó los tendones de las patas. - ¡Irosh, Irosh, Arod!

El caballo giró bruscamente hacia la derecha justo antes de que el mumakil se desplomara… Y lo que vió Érewyn a continuación dejó su mente en blanco.

A unos 100 metros de distancia, Érewyn vió a su hermana, inmóvil, observando el preciso momento en que una negra criatura alada, con enormes alas de murciélago se arrojaba contra su tío Théoden sin que este pudiera evitar el impacto.

El grito ensordecedor de la criatura se introdujo en los oídos de las dos jóvenes, y ambas se encogieron sobre sus monturas.

La criatura agarró entre las fauces a Crinblanca y a Théoden como quien sujeta un pedazo de pan, y los arrojó violentamente contra un grupo de jinetes de Rohan.

Érewyn vio cómo el cuerpo de su tío volaba como una marioneta y se estrellaba brutalmente contra el suelo con el cadáver de Crinblanca sobre él.

- ¡NOOOO! - Gritó la muchacha.

Cómo una exhalación, Érewyn dirigió velozmente a Arod hacia Théoden, pero otro mumakil se cruzó entre ellos y Théoden, y el caballo no pudo esquivarlo a tiempo. Érewyn estiró de las riendas hacia su derecha violentamente, torciendo el cuello de Arod y provocando que ambos se fueran al suelo aparatosamente. La violenta caída se produjo antes de que llegaran a las patas del mumakil, de modo que se salvaron de una muerte segura por aplastamiento.

Arod se levantó rápidamente, y, asustado, comenzó a galopar sin rumbo fijo, buscando salir de la batalla.

Aturdida, y con la cadera magullada, Érewyn se puso de pie, comprobando que su rodilla derecha le dolía horrores. Se la había chafado el peso de Arod en la caída, y, aunque no estaba rota, debía tener un buen esguince.

Cojeando, corrió lo más rápido que pudo hacia el lugar donde había visto caer a Théoden. Pero el polvo de la batalla le impedía ver nada.

Tuvo que defenderse de los ataques de los haradrim que iban a pie, avanzando tras las criaturas que les acompañaban. Y mató a varios de ellos antes de que el polvo del paso de las bestias se difuminara un poco, y viera, no muy lejos, a su hermana plantándole cara a una criatura cuya sola visión le provocaría pesadillas el resto de su vida.

En Rey Brujo de Angmar se alzaba, enorme, frente a su hermana y su tío. El mismísimo Rey Brujo que plagaba los cuentos de terror que siempre había escuchado. Su sola visión haría flaquear al más valiente de los hombres.

- ¡ÉOWYN! - El peso del mangual que el Rey Brujo empuñaba destruyó el escudo rohirrim de madera de roble con el que su hermana se cubría. Éowyn cayó al suelo por el impacto, y en aquel instante, Érewyn echó a correr en dirección a ella, esquivando a sus atacantes, sin perder el tiempo en defenderse o en matarles. No podía permitirse algo así. A Éowyn no podía pasarle nada.

En su frenética carrera vio cómo el Rey Brujo se acercaba peligrosamente a su hermana, y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

No podía creerlo.

¡No iba a llegar a tiempo!

Soltó una de las espadas y empuñó solamente su espada corta, para liberarse del peso que le impedía ir más rápido y ágil. Saltó por encima de los cadáveres de los jinetes de rohan que yacían, cubriendo espantosamente los campos del Pelennor. Pero les esquivó como si se trataran de meros obstáculos en el camino.

Corrió y corrió, como nunca antes los había hecho, y un grito desgarrador de desesperación abandonó su garganta cuando vio al Rey Brujo levantar a su hermana por el cuello como si se tratara de una pluma, para darle el golpe de gracia. Apenas 10 metros la separaban de Éowyn.

Y no iba a llegar a tiempo…

El Rey Brujo se retorció de dolor y cayó de rodillas, de repente. Érewyn abrió los ojos todo lo que pudo y trató de ver a través de las lágrimas. Y vio al pequeño Merry, tumbado tras el señor de Miras Morgul, sujetándose el brazo y gritando de dolor, con su pequeño puñal ardiendo, en el suelo. Y su hermana se levantó, empuñó de nuevo a Fréwif y desde donde estaba, Érewyn escuchó su voz dulce y clara, sonando amenazadora por primera vez.

- ¡Yo no soy un hombre!

La hoja de Fréwif se hundió en el yelmo vacío del Rey Brujo, y Éowyn soltó su empuñadura, presa de repente de un intenso dolor. Érewyn llegó junto a ella en el preciso momento en que el Rey Brujo se consumía entre gritos espeluznantes. La abrazó y cubrió su rostro, protegiéndola.

Sólo se separó de ella cuando el grito del Rey Brujo se apagó por completo. Miró el rostro de su hermana y comprobó, aliviada, que estaba a salvo. Los ojos de Éowyn la miraban, confusos, como si no fuera consciente de dónde se hallaba en aquel momento.

Érewyn se dio cuenta de que, al igual que habían hecho todos con ella misma, siempre había subestimado a Éowyn.

Su hermana acababa de destruir al Rey Brujo de Angmar.

Éowyn de Rohan, había vencido al Comandante de Minas Morgul, el segundo al mando del ejército enemigo, sólo superado jerárquicamente por el mismo Sauron.


atalantis10191, Supernoobxx, Seleneko, y todos los que firmáis como Guest: muchas gracias por vuestros comentarios! Me alegra mucho que os guste el fic y vuestras palabras me llegan al corazón. Seguid dándome vuestra opinión! Es muy importante para mi.

En el siguiente capitulo pasarán cosas muy interesantes, ya lo tengo empezado y espero poder actualizar antes de un mes.

Espero vuestros reviews!

Besos!