DESEOS DEL CORAZÓN
(Desires of the Heart)
Por Zapenstap
Traducido por Inuhanya
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Capítulo 21 - Dirección Perdida
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Relena escasamente podía darle sentido a todo. Era como si una pesada cortina negra hubiese sido cortada de una ventana alta y el material hubiese caído sobre su cabeza y estuviera sofocándola.
Era tan estúpida.
Sus dedos se apretaron en la mesa en su cocina donde se había servido una taza matutina de te. El vapor saliendo de la taza humedecía su rostro sólo lo suficiente para esconder las lágrimas en sus mejillas. Revolvió el líquido con una cuchara, mirando las manchas que hacía contra la pulida porcelana blanca en el interior de la taza, incapaz de beber una gota.
Se sentía extrañamente calmada por dentro, un poco como estar en el centro de un huracán. En su mente, reproducía su último encuentro con Heero como si observara una película muda, y a pesar de la forma en que el recuerdo perforaba su corazón, se encontraba incapaz de pensar cruelmente de él, incapaz de odiarlo o querer algo además de estar con él. Su aroma permanecía en su nariz, un plácido y atractivo olor que no podía desvanecer aún si quisiera. Su memoria recordó imágenes de su rostro y cuello que la hizo querer besarlo, por todos lados, sabiendo en ventaja cómo reacciona a su caricia, quería que reaccionara de esa forma porque sentía que merecía cualquier cosa y todo lo que pudiera darle. Pero él no la quería, y por como su rostro se había visto tan destrozado cuando le dijo, se clavó en su cabeza como una astilla de hueso en un punto justo detrás de sus ojos.
Desde que despertó, se sintió enferma del estómago. Su ducha había sido muy caliente, envolviéndola en un vapor que parecía claustrofóbico y sofocante. El agua fría sólo la hacía sentir adormecida, pero mantuvo su cabeza fresca y era la única forma en que había podido terminar de enjuagarse y salir de la pequeña bañera antes de vomitar. Incluso mientras se vestía, mecánicamente, se sintió como si fuera a vomitar en cualquier momento, aunque sabía que no estaba mal físicamente.
Tal vez no fue sorpresivo cuando bajó a la cocina que no sintiera hambre. Su te sólo lucía como agua descolorida. No podía soportarlo. Si esas eran las mariposas del amor no correspondido, no las quería, no otra vez! Amar tan profundamente, tan devotamente, sólo para ser usada y luego desechada… destruyó su confianza, su creencia en el amor. Si él no hubiese pretendido amarla, o dejarle creer que lo hacía, tal vez no hubiese dolido tanto. Verdad, él nunca le había dicho que la amaba, o dio alguna indicación de que iba a hacerlo, pero la había dejado asumir que era serio con ella, que no era algo casual… Se sentía como un objeto, una cosa que Heero había usado para satisfacer los recién despiertos deseos sexuales que su proximidad había producido en él.
Sus nudillos se tornaron blancos contra la mesa. Conteniendo las lágrimas, luchó en vez contra la rabia, con la pasión y la rabia. Heero no la amaba. Tal vez la había usado. Bueno, y qué? Si nunca cambió su opinión, tal vez en unos meses o en unos años, si nunca fue serio con ella, podría echárselo en cara. Una imagen se formó en su mente de gritarle, puños cerrados y ojos dementes, gritándole todas las cosas que nunca había dicho; cómo dolía que no notara cuando se vestía para él, que dolía la forma como la había presentado a Quatre, que la destrozaba un poco más cada día que había actuado distante, rehusándose a compartir su vida con ella, sus pensamientos, sus preferencias, su pasado, todo menos su cuerpo! Y que también era para su beneficio, lo sabía. Incluso complacerla realmente había sido para beneficio de su orgullo. Ella imaginó cómo se sentiría al escucharla decirle eso, cómo heriría en la amabilidad que sabía existía bajo ese endurecido exterior cuando le dijera cómo había abusado de su paciencia, roto su corazón, destruido sus sueños. Luego, sintiéndose medio molesta y medio aliviada, le diría cómo lo había amado. Había. Pero había destrozado su corazón, abierto una herida en su alma, y se sentía segura que nunca podría amar otra vez, nunca podría pasar por un sentimiento como este. Le diría que había llegado a odiarlo. Sí, odiarlo!
Su estómago se revolvió y ella se dobló en su silla, sosteniendo una mano en su boca mientras una ola de nauseas la atravesaba. Las imágenes pasaron por su mente en olas imparables, y ella las rodeaba como un bote en aguas tormentosas. La hacía querer retorcerse, vomitar sus adentros en el piso con cada emoción que poseía. Cerrando sus ojos, pensó en otras cosas, obligándose a calmar, cambiar sus pensamientos a algo menos perturbador. Pensó en el lugar donde había nacido, las colinas y bosques y estrellado cielo azul por el que había amado vagar en su soledad como niña. Lentamente, sus nauseas se tornaron más manejables, rondando el simple disgusto.
Cuando sintió que era seguro moverse, se levantó inestable de la mesa y se dirigió hacia las escaleras, dejando su te donde lo había dejado e intentando no pensar en lo silenciosa que estaba la casa ahora que estaba sola nuevamente. Su mano viajaba por la pared mientras se tambaleaba hacia su habitación, sonriendo un poco triste, resignadamente. Siempre estuvo sola. Siempre había estado sola. Hasta que él llegó había pensado algunas veces que la soledad le quedaba. Las aburridas fiestas de su juventud, la falsa popularidad y las falsas amistades sólo la habían hecho sentir más sola. Se había metido en una concha por la que sólo podía comunicarse siendo amable, haciendo lo que era apropiado y lo que se esperaba de alguien en su posición. Su madre le había dicho que era muy seria, muy severa. Sólo Heero la había hecho sentir viva. En él había captado un vistazo de alguien que podía entender su severidad, que reconociera el fuego en su corazón y el potencial en su espíritu. Ella siempre había amado el conocimiento de su existencia. Con él, de alguna forma había sentido que alguien allá afuera estaba destinado para ella, algún día, y que sólo estaba esperando para cuando el momento fuera el correcto. Recordó con un toque de desdén cuán frecuente había permanecido en su ventana y miraba el cielo nocturno, pensando en Heero, siempre esperando que regresara. Y como una idiota, realmente había esperado.
Su cama la invitaba como cuando había estado enferma de niña quedándose en casa después de la escuela. Se había levantado de ella unas horas atrás, pero aún se sentía un poco enferma y no podía enfrentar el día. No había nada lo importante suficiente por hacer. Si hubiere algunas repercusiones, podrían tratarse mañana. Después de todo, era una persona importante. También podía tomar ventaja de su independencia por una vez. Sin duda preguntarían qué le había pasado, pero en el momento no le importaba.
Gateó sobre las cobijas y enterró su cara en su almohada, recibiendo la sensación que traía la oscuridad. Su estómago aún se sentía débil, su cuerpo temblaba a pesar de sus desesperados intentos para relajarse. Tomando profundos respiros, intentó vaciar sus ideas, pero vaciarlas sólo la llevaban a lo que trataba de mantener a raya.
Recordó la incomodidad de la primera visita de Heero y la forma como la había retrocedido contra una pared, la forma en que la hizo continuar la conversación en el teléfono, su primera cita, el paseo bajo las estrellas, la forma en que tocó su rostro y la abrazó y le dijo cómo había impactado su vida y lo que significaba para él. También recordó la forma en que ridiculizó sus esfuerzos para impresionarlo, la forma en que estaba tan callado y cerrado ante cómo lo había molestado. Pero ella nunca se molestó, o pidió nada de él, siempre comprendiendo, siempre pensando en sus sentimientos y sus necesidades. Había confiado en él con fe, creído en él como si realmente fuera una especie de príncipe de las estrellas. Nunca había cuestionado sus intenciones, o supuso que la trataría como algo menos que una princesa.
Sus ilusiones estaban destruidas. No era más pura o sagrada o nueva. No era virgen. Bueno, siempre había imaginado a Heero como el único que estuviera con ella en esa forma, así que tal vez era algo bueno. Al menos nunca se preguntaría y nunca tendría que pasar de nuevo por esa anticipación, la necesidad de sentirse amada y respetada y segura sólo para justificar sus deseos sexuales por un hombre. Y ella lo había amado, aún si él no la hubiese amado. Siempre podría decirle a la gente eso si preguntaban sobre su primera vez. Lágrimas llenaron sus ojos, sólo un poco. Al menos no importaría ahora. Después de todo, si la primera vez había sido una simulación…
Se sentía tan engañada.
Las imágenes de sus manos deslizándose bajo su ropa, su boca en su cuello, sus ojos en las curvas de su cuerpo… todas colisionaron en su mente. Trató de sacarlas, desvanecer las ideas, pero no podía. El recuerdo de Heero estando tan cerca, dentro de ella, tocándola tan amorosamente y ahora saber que todo fue una mentira… No pensaba que pudiera olvidarlo. Se dio cuenta que nunca lo haría realmente. No era como habían sido sus fantasías. Él siempre sería su primera experiencia, y esos recuerdos la seguirían por el resto de su vida, necesitando un recuento y una explicación sobre relaciones. Siempre sería su primer hombre. Y había sido engañada. Voluntariamente. Prácticamente la había forzado a pasar la noche esa primera vez, y todo lo físico progresó pulgada por pulgada desde ahí, pero nunca había protestado, nunca dijo lo que quería. Sólo había pensado que lo sabía. Era una idiota.
Quería morir.
"Olvídalo," susurró para sí, pero sabía que no podía. "Olvida que te preocupabas por él."
No había otra opción que pudiera ver, pero aunque tratara de odiarlo con toda su fuerza, sólo las lágrimas hablaban del desastre por adentro. Si sólo la hubiese amado… La forma en que se sentía ahora, no estaba segura de que realmente le hubiese importado. Ciertamente él no había escuchado muy bien, o trató de entenderla. Sollozó, el ruido cortaba el silencio en su habitación, repitiendo como se sentía por dentro. Levantó una mano hacia sus ojos, diciéndose dejar de llorar, componerse y olvidarlo, pero sólo lloraba más fuerte, y deseaba que pudiera escucharla. Lentamente, sus sollozos se tornaron ahogos y luego subsidiaron a sonadas. Con sus emociones agotadas, se recostó en su almohada por largo rato, mirando la pared en silencio.
Cuando sonó el teléfono, se asustó. Con el corazón acelerado, saltó de la cama para responderlo, tambaleándose en el desorden de su piso para tomar la bocina. "Hola?"
"Vice Ministra Darlian?"
Su corazón se desaceleró a un seco golpe mientras escuchaba a su secretaria exclamar su pesar de que estuviera enferma y luego recitó su agenda para mañana, re-arreglando sus reuniones de hoy para que mañana no tuviera espacio para respirar. Relena escuchó y respondió y tomó notas mentales, un poco aliviada de tener algo más en qué pensar. Al menos estaría bien ocupada mañana. Pero entonces llegó el recordatorio que la llevó a un humor negro. Una inevitable fiesta, una fiesta formal de la embajada que era requerida en atender como una de los invitados de honor. Era algo que pudiera haber esperado la semana pasada, pero ahora era como un peso alrededor de su cuello. Necesitaba un acompañante.
"Sabe a quién va a llevar, Vice Ministra? Debo arreglar un escolta para usted?"
"No," dijo Relena tranquilamente. Sus manos deseaban a Heero. Se odiaba por eso, pero no podía imaginar tener que pasar una noche en una cita con alguien más en este momento, incluso un funcionario. Tal vez eso pondría celoso a Heero. Tal vez la quisiera si la veía con alguien más, pero no lo creía. Él la había visto en suficientes fiestas con un escolta, cuidándola desde las sombras, con frecuencia sin dejarla verlo. Odiaba esto. No podía soportar la idea de aprender a vivir así otra vez. "Yo resolveré algo."
Cuando su secretaria colgó, se recostó en la cama y de nuevo miró la pared, pensando en Heero. Lo extrañaba. No sabía cómo parar.
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La casa estaba silenciosa y oscura; las cortinas cerradas contra el sol matutino y sólo la lámpara en su escritorio estaba encendida para iluminar el computador con una luz suave.
Heero no estaba más en el computador. Ya había trabajado un poco en las tempranas horas de la mañana cuando fue incapaz de dormir, pero ahora estaba sentado perezosamente en el sofá, un libro abierto en su rodilla.
La soledad era tranquilizadora. Estaba acostumbrado a estar solo, a tener a otras personas en su vida sólo en el perímetro más externo y no quedarse por mucho tiempo. Nunca se había involucrado con el resto del mundo y nunca había tenido que hacerlo. Si se preocupaba por otras personas, era desde la distancia, haciendo lo que tenía que hacer mientras tanto, acostumbrado a no esperar ningún tipo de agradecimiento o preocupación a cambio.
Relena siempre había sido un enigma. Su preocupación por él nunca había tenido sentido, forzando los límites de su espacio personal, luchando por entender quién era por alguna razón que sólo ella entendía. Pero se había acostumbrado a eso lentamente, y aprendió a aceptarlo, y luego a esperarlo. No sabía por qué o cómo o cuándo su aceptación había cambiado a gusto, pero ese poco de lo que fuera tocó algo en él y ahora anhelaba su atención, como si hubiese estado sediento toda su vida y necesitado de algo que sólo ella podía darle. La había anhelado espiritualmente, y luego su cuerpo se volvió adicto al suyo, deseando la cercanía física, y el sexo, gozar de la plácida proximidad de otro ser humano lo inundó con nuevas sensaciones. Pensar en ella lo había hecho olvidarse de sí mismo. Por una vez, casi había vivido una vida normal, se había vuelto una persona diferente, y dejó sus recuerdos atrás.
Pero de alguna forma salió mal. Ella estaba muy cerca, y… diferente de cierta forma. Había sido como él en algunas cosas, solitaria, minuciosa, severa en su determinación para realizar sus ideales. En su cabeza era más fuerte que él. Pero entre más llegaba a conocerla en esta nueva forma más temía que no fuera la persona que había pensado. Miraba su rostro, toda la esperanza y adoración y expectación dirigida a él, y se sintió atrapado. La forma en que su rostro se sonrojaba en su presencia comenzaba a irritarlo. Trató de recordar por qué le gustaba, por qué la había observado por tanto tiempo y por qué continuó viéndola día tras día. Pero entre más pensaba en eso, más se daba cuenta que todo lo que quería era que se fuera. De alguna forma ella cambiaba cuando no estaba mirando, volviéndose algo que no entendía y no estaba seguro que le gustara. Sus humores y emociones eran una contradicción, capas de sentimientos rápidamente cambiaban a una palabra o una mirada, nunca consistentes, y nunca afuera sino siempre escondida bajo una carcasa exterior de alegría. No la entendía.
Odiaba no entender, pero entre más intentaba descifrarla más frustrado se tornaba. Levantando su cabeza, Heero miró la pared con ojos medio cerrados, dejando que sus pensamientos tambalearan suavemente. Extrañaba su suavidad, la forma en que se sentía cerca a él con el aroma de su perfume nublando sus pensamientos, pero tal vez sólo era el atractivo del sexo femenino. Su voz siempre golpeaba una cuerda, tan segura de todo lo que decía aún si estaba equivocada, pero él sabía que no era suficiente. No había querido lastimarla, por supuesto, sabiendo que la destrozaría, sabiendo lo que quería de él, pero ahora que se había ido, se sentía bien. Se sentía libre.
Una desconsolada sensación lo torturaba preguntándose cómo se sentía ella en este momento, pero sabía que no había nada más que pudiese hacer. Decirle que no la amaba había sido un alivio. Había estado tenso de pensarlo, sabiendo que tenía que decirle y no seguro de cómo hacerlo o qué decir. Realmente no había nada que decir. No había querido lastimarla. Aún se preocupaba por ella, pero querían y esperaban cosas diferentes. Se dio cuenta ahora que no estaba listo para fusionar su vida con alguien más. Había mucho en el camino, golpes y heridas de su pasado y personalidad que no podía olvidar aún si ella lo distrajera por un tiempo. No era mejor de cierta forma que lo hubiese terminado? Había tratado de enterrar su descontento y ser quien quería que fuera, para enfocarse en las cosas positivas, pero cuando forzó su mano, tuvo que decir algo, y ahora podía admitirse que se sentía mejor por eso. Pero estaba herida. Sabía que lo estaría. Imaginó que ahora sería mejor alejarse de ella. Era fuerte. Sobreviviría.
El silencio en su casa era como un cementerio.
Su perro se levantó de su lugar en el fuego y llegó a acostarse a sus pies, mirándolo con ojos consoladores.
"No estoy molesto," dijo Heero, y se agachó para rascar las orejas del perro para convencerlo de que nada estaba mal. Una ola de emociones lo sorprendió. Asustado, la obligó a descender, tragando y levantándose rápidamente del sofá. Intentando no pensar cómo estaba sintiéndose, hizo ejercicios mentales, añadiendo números y planeando estrategias tácticas que lo distrajeran. Tenía que dejarla ir. Tal vez las cosas habían salido mal, pero no había nada que pudiera hacer ahora. Su corazón palpitaba rápidamente mientras se paseaba por el piso, tomando profundos respiros y mirando cosas para mantener su atención singularmente enfocada.
El suave pero firme golpe en su puerta lo sorprendió.
"No es un buen momento!" dijo él, levantando su voz para ser escuchado a través de la puerta.
"Pareces estresado," vino una voz suave.
"Dije que no es un buen momento," repitió Heero, deteniendo su caminata para mirar la puerta. "Qué estás haciendo aquí?"
La puerta estaba abierta y Mandred la abrió, asomándose con ojos que parecían asimilar todo menos a él en un instante. "Noté que no te había visto en un tiempo y estaba en el vecindario. Me disculpo por no haber llamado. Si realmente no es un buen momento, puedo regresar más tarde." Él miró alrededor. "Estás solo?"
"Relena y yo terminamos," dijo Heero estoicamente.
Su voz era cuidadosamente neutral, pero tal vez algo se registró en sus ojos porque la expresión de Mandred cambió mientras entraba, cerrando la puerta detrás. "Qué pasó?"
Heero titubeó, observando al hombre cruzar el salón para encender las luces que Heero había mantenido apagadas por la comodidad de la oscuridad. Sabía que no tenía que decirle nada a Mandred. El hombre sólo era un viejo caballero que había conocido a su madre y había tenido una extraña fascinación en verlo de vez en cuando. Se había voluntariado para proveerlo de cuidados hasta que llegara a la mayoría de edad, para aliviar su camino en un mundo pacífico después de la guerra, y ofrecer consejo si lo necesitaba. En el momento, Heero resintió su interferencia, pero parte de él quería hablar, si sólo para aliviar su mente y sacar las cosas para poder verlas más claramente.
"Me fui una semana por algunos asuntos," explicó Heero, relajándose mientras hablaba aunque su voz permanecía oscura y fría. "Las cosas se estaban deteriorando antes de irme y una vez que estuve solo, me di cuenta que era más feliz sin ella."
Mandred no dijo nada por un momento, simplemente miraba a Heero por el rabillo de su ojo. "Así que le terminaste?"
"Hablamos después de que regresé. Me dijo que me amaba. Le dije que yo no."
Sus entrañas se retorcieron cuando las palabras dejaron sus labios, recordando el sincero timbre en su voz cuando dijo que lo amaba, y la forma en que se había sentido por un momento cuando lo dijo. Se había sentido regocijado, como si un viento hubiese entrado en su cuerpo y luego terrible de repente, una terrible sensación alertándolo de sus propios sentimientos y el conocimiento de que iba a destruirla. Entonces había sido frío con ella, casi brusco, pero no había sabido cómo más reaccionar. Era lo que siempre hacía cuando tenía que hacer algo desagradable que necesitaba hacerse.
La expresión de Mandred era extrañamente suave, casi compasiva, pero no insultante o contemplativa. Tal vez compasiva. "Lo siento. No es fácil… ningún final. Ella está bien?"
"Salió corriendo," dijo él, y la amargura se elevó en su garganta cuando recordó cómo había huido de él. Nunca había huido antes. La había llamado pero no se había detenido, no había querido nada de él. No podría mirarlo. Se sintió extraño ante la idea, casi enfermo.
Mandred reaccionó un poco, desviando la mirada de Heero alrededor del salón, colocando sus ideas en su mente como lo hacía cuando estaba molesto. "Esto pasó esta mañana?"
"Anoche."
"Tal vez debas hablar con ella cuando se calme."
"Por qué?" Ya la había lastimado. Qué bien haría?
"Ella no es alguien que podrás evitar por el resto de tu vida," le recordó Mandred. "Probablemente te llamará si tú no la llamas, eventualmente, y probablemente irás con ella en algún punto."
"Por qué me llamaría?" preguntó Heero. No veía ninguna razón de por qué llamaría. Todo lo que necesitaba decirse fue dicho.
Mandred pareció sorprendido de que no entendiera, aunque su voz no lo reflejó. Nunca lo hacía. Heero se preguntaba algunas veces cuánto control usaba Mandred para mantener su tono tan suave todo el tiempo, sin importar cuál fuera el tema de conversación o las emociones involucradas. "Porque te ama," explicó Mandred. "Te ha amado por mucho tiempo. Aún si entiende que no la ames, no quiere que desaparezcas de su vida."
Heero absorbió esta información, pero no respondió inmediatamente. Algo en él no quería llamarla, aún si lo que Mandred dijera fuera verdad. Temía que pudiera malentender y pensar que no había sido en serio lo que había dicho. No quería arriesgar tener que decirle otra vez que no podía ser lo que quería que fuera. Heero consideró a Mandred por el rabillo de su ojo mientras pensaba esas cosas, preguntándose qué había esperado el hombre. Mandred sólo lo miraba, paciente y calmado como siempre, tan seguro de todo. En cierta forma, irritaba a Heero. Mandred lo había hecho hacer esa primera llamada telefónica.
"No estás decepcionado?" preguntó Heero. "De la forma en que resultó esto?"
"Por qué debería?"
"Tú me incitaste a comenzarlo."
La sonrisa del hombre era un poco triste. "Nadie puede prever esas cosas. De cualquier forma no me corresponde. Pensé que ella podría ser una buena compañera para ti, pero tienes mejor juicio. Si lo intentaste y no funcionó, no hay causa a mi objeción."
Heero no dijo nada al principio. Pensó en su relación con Relena, en la forma que se había sentido al principio comparado con la forma en que se había sentido recientemente. Recordó sus luminosos y comprensivos ojos, azules como el cielo y tinturados con verde, como un lago pacífico invitándolo a bajar sus brazos y descansar. Había sido poesía en los primeros meses, e intensificó su deseo por algo más profundo, más dulce y sensual. Su cabello y labios y la suave belleza de su piel eran potentes, afectándolo en formas que no había pensado posibles, haciéndole sentir cosas que nunca había esperado sentir. El sexo era inolvidable. Le gustaba la forma en que se sentía cuando estaba dentro de ella y ella era lo único en su mente hasta la dulce y sensual ruptura que traía esos momentos a un rápido y repentino final. Pero no había sido así la última vez. Había llegado a darse cuenta que ella había cambiado. El descanso que le ofreció parecía muy bueno para ser verdad, y sus sonrisas y constante acomodación de sus necesidades lo hicieron perder su fe en la simplicidad de su bondad. Todo lo que podía pensar de esa última vez era que lo molestaba, y aún cuando todavía se sintió bien y terminó igual, se odió en ese momento.
"No puedo entender por qué huiría," estaba diciendo Mandred, su voz como un zumbido en la distancia, "pero si ese es el caso, debe haber estado muy perturbada. Aún creo que debes llamar para asegurarte que está bien."
Heero pensó en las batallas. Casi siempre lo hacía si no se distraía con algo más. Algunas veces sentía que esa era la forma en que estaba viviendo esos días, sólo buscando algo para distraerlo y descartarlo cuando no funcionaba más. A veces lograba dejar ir su pasado y pretender ser normal, pero algunas veces el mundo se sentía vacío. Por primera vez, la voluntad de luchar era lo único que lo mantenía viviendo, porque tenía que pelear aún si no tuviera que vivir. Sus días de soldado eran como puntos negros en su memoria, carcomía su alma, una parte de él que ambos odiaban y de la que estaba orgulloso. Objetivamente, sabía que estaba loco, depresivo y peligroso. Pensando en eso, algunas veces sentía que se sentiría más natural encerrarse del mundo, alejar a todos y estar solo, donde sólo pudiera lastimarse él mismo.
Normalmente, evitaba esas ideas, pero en este momento era lo único que sentía lo suficiente para bloquear el rostro de Relena.
"Es más amable dejarla ir," dijo Heero tranquilamente, y la obligó a salir de su mente. Miraba más allá de Mandred hacia la pared, las sombras y formas que sólo él podía ver.
"Sólo alégrate de que no fuera muy serio," dijo Mandred tranquilamente.
"Cuándo es tu boda?" preguntó Heero. Sabía que Mandred estaba comprometido con una mujer llamada Immilie, aunque no había escuchado noticias desde el anuncio. Le molestaba que este hombre presumiera darle consejo sobre cortejar chicas cuando él era casi de mediana edad (parecía más joven, pero tenía que ser al menos así de mayor) y había estado prometiendo casarse con la misma mujer por años sin hacerlo en realidad.
"Aún hay complicaciones con eso," respondió Mandred, "mayormente por mi pasado."
Heero no respondió. El pasado de Mandred mayormente era un misterio para él, salvo que fue educado con una distinguida carrera en filosofía pero era conocido por su investigación en ingeniería mecánica. Sabía cómo fueron construidos los gundams, tal vez uno de los pocos en el mundo que había visto los planos originales y siempre hablaba como un profesor, lo cual era familiar para Heero, aunque Mandred no era como el Dr. J en lo que parecía pensar de la lectura, la moral y la educación que en las causas políticas. En todo, con frecuencia sentía que Mandred pertenecía a una biblioteca, no al mundo real.
Ted levantó su cabeza desde donde había pretendido dormir, mirando a Heero como si esperara por algo.
"Entonces vas a llamarla?" preguntó Mandred.
Heero no respondió, de repente no seguro de cómo se sentía. Mandred sonaba un poco molesto, tal vez porque Heero estaba ignorándolo, pero Heero no podía permitirse interferir. Era como si estuviera observándose desde un lugar distante, frío y desatado de todo: aislado. Pensó de nuevo en las batallas, en su propio pasado, o los asesinatos y las muertes y casi-suicidios. Se recordó que aún si hubiese amado a Relena, siempre lo habría hecho. No había querido lastimarla, pero al menos sabía que estaba siendo consistente. Observando a Mandred, supo que estaba siendo pesado, y que su guardián se estaba molestando con su falta de respuesta. Heero sintió una repentina urgencia para desaparecer. Recordó la reacción de Mandred cuando le había dicho que Relena se quedaba por las noches, y también la sensación de su cuerpo cerca al suyo mientras dormía, sus brazos alrededor de su torso y su cabello extendido por sus almohadas.
"Fue serio," dijo Heero oscuramente, y captó el ojo de Mandred cuando comenzó el otro hombre. "En cierta forma. Dormí con ella."
La expresión en el rostro de Mandred hizo a Heero sentir como si hubiese anotado un punto, aunque no se preocupaba mucho por los juegos. Mandred se vio en shock por un momento, y luego simplemente confundido, como si estuviera intentando resolver un rompecabezas. "Fallo en entender. Has estado viéndola por un tiempo, pero de lo que me has dicho, parece que pensó que era más serio de lo que tú lo hiciste."
"Lo tomé seriamente," dijo él tranquilo. No podía detectar emoción en su tono, aunque una especie de emoción en él luchaba por ser escuchada. La encerró, ignorándola, observándose reaccionar desde afuera. "Me preocupo por ella y siempre estaré ahí para protegerla. Traté de ser lo que ella quería, pero no pude amarla. Aún así, esa primera experiencia significó algo para mi."
La expresión de Mandred lo detuvo. Sus ojos tomaron una dura mirada, como si descubriera que una pieza en un rompecabezas hubiese sido encontrada bocabajo bajo la mesa y su lado pintado fuera la pieza central en la imagen. "Está bien," dijo él. A su voz le faltaba juicio, sorprendentemente, pero Heero podía sentir reproche en ella, podía verlo en su expresión. La voz de Mandred era tan calmada que era como si estuviera logrando mantenerla de esa forma. A Heero no le importó. Se sentía auto-destructivo. "Cuándo pasó esto?"
"Antes de irme para la misión. El fin de semana pasado."
"Sólo una vez?"
No era algo que normalmente hubiese discutido con alguien, pero por alguna razón se sintió llevado, tal vez porque sabía que sorprendería a Mandred. "Unas cuantas veces, pero sólo fue físico."
"Pensé que dijiste que significó algo."
"Sí. Pero no así." Él no podía describir cómo se sentía. Significó algo estar tan cerca a alguien, sentir a alguien en la forma en que la había sentido. Por primera vez en su vida había sido capaz de olvidarse de sí, olvidar todo excepto lo que sintió en el momento, como si todos sus recuerdos hubiesen sido lavados para dejar una cruda y plácida sensación. La bienvenida calidez de su cuerpo era hermosa. Significó algo, pero no podía decir qué exactamente. "No puedo explicarlo."
Mandred sacudió su cabeza, no en reproche, sino como una especie de gesto de comprensión. Ambos entendieron sin tener que hablar de eso.
"No fue amor," dijo Heero indefenso. "No sé." Realmente no sabía. No había pensado en eso.
Por un momento Mandred no dijo nada, y sólo gradualmente salió de sus pensamientos personales, parpadeando lentamente, su expresión apretada. "Hablaste con ella sobre esto?" dijo él, y aquí el control sobre su voz se deslizó un poco, la fuerza asustó a Heero más de lo que estaba preparado. "No parece ser el tipo de arreglo que esperaría. Si era virgen…"
"No dijo nada sobre eso." Su propia voz aún estaba tranquila, pero era el tipo de tranquilidad mortal que lo dominaba cuando expresaba poca emoción que resultaría en expresar demasiado. Heero se sentía defensivo, y un poco en pánico. No le gustaba el extremo en el tono de Mandred, el profundo ceño o la forma en que sus ojos parecían llenos de decepción y preocupación. Heero recordó sus noches con Relena, la sonrisa en su rostro y la bienvenida en sus ojos. Recordó el placer que le dio, la forma suave y sin aliento en que había dicho su nombre, la forma en que se sentía… "Ella quería." Se sentía tan bien. No había vociferado ninguna queja.
Mandred sacudió su cabeza. "Necesitas llamarla," dijo firmemente.
Los dientes de Heero se apretaron y fijó su quijada mientras respondía. "No quiero llamarla."
La enferma sensación en sus entrañas fue más fuerte, haciéndolo sentir débil, inestable y vulnerable. Mirando a Mandred, sólo quería que se fuera.
"Heero," comenzó Mandred. Su tono era sermoneador, justo comenzaba a entrar en un sermón.
"Se terminó entre nosotros," dijo Heero. Él estaba muy viejo para esto, muy manchado de sangre y amargado y aislado para enfrentar a alguien más que señalara sus errores. "No era lo correcto para mi." Odiaba cometer errores. Se rehusaba a creer que había cometido uno. "Aún estaré ahí cuando me necesite. Las cosas serán como lo eran antes. Era mejor de esa forma."
Mandred sacudió de nuevo su cabeza. "Las cosas han cambiado, Heero. No pueden ser como lo eran antes. No puedes encenderla y apagarla como un interruptor. Tienes una responsabilidad con la chica. Podría estar esperando un hijo tuyo."
Esa declaración lo tomó desprevenido. La idea era ridícula. Lo enojó. "Ella no está embarazada. Estaba planificando."
"El principio es el mismo," respondió Mandred, y la intensidad de su tono no alteró un cabello. "Me alegra que al menos uno de ustedes lo estuviera planificando. No estoy diciendo que tengas que casarte con ella o estar con ella, pero necesitas hablarle. No estoy seguro de lo que pasará ahora. No creo que te hayas dado cuenta de lo que esto significa."
"No necesito que me sermonees," dijo Heero, y el gruñido en su voz fue más de lo que quiso mostrar. Le dijo que estaba molesto con Mandred. "Actúas como si hubiese cometido un crimen. No hay nada inusual en eso."
"Bajo esas circunstancias…"
"Creo que debes irte," dijo él abruptamente. Sus ojos ardían. Mandred lo miraba como inseguro de lo que había escuchado, pero Heero no desvió la mirada. Miró los ojos de Mandred con cara firme. No iba a llamar a Relena para hablar sobre cómo había roto su corazón y por qué lo había hecho. "No quiero tu consejo."
"Por qué te comportas de esta manera?" preguntó Mandred, y el reactivo destello en su ojo pareció derribar la forma cuidadosa en que había estado manejando la conversación. "Lo siento, Heero, pero si no amabas a la chica y lo sabías, y sabías que ella te amaba, debiste haber sido más cuidadoso con sus sentimientos."
"No quiero hablar de eso."
"Esto tiene que ver con la guerra?" preguntó Mandred, sonando sorprendido y de cierta forma seguro. "Qué pasó en tu misión?"
"Nada!" Espetó Heero. Relena había preguntado lo mismo. Por qué todo tenía que referirse a la guerra? "Esto no tiene nada que ver con la misión. No pasó nada en la misión. Cualquiera podría haberlo hecho. Acepté ese trabajo como una excusa para alejarme de ella."
"Heero…"
"Estaba sofocándome."
"Ahora estás tratando de justificarlo."
"No la amo," dijo él. "Sé que ella lo quería, pero no puedo. Su fe en mi estaba desubicada." Pausó. "Así como la tuya."
"Heero…"
El ruido en su garganta era el único tinte de rabia que sintió hervir a la superficie. "Sólo déjame solo."
"No me eches."
"Nunca te pedí que entraras."
"Heero, si esto tiene que ver con la guerra…"
"No!" Sus músculos se tensaron y luces explotaron tras sus ojos. Furia como fuego trajo recuerdos que pasaron por su visión, campos de batalla inundados con partes rotas y cuerpos rotos esparcidos infinitamente por la ensangrentada tierra. "Nadie dejará de mencionarlo?" gritó él. Toda la locura, la confusión, la soledad, el sentido de saber que la paz sólo podría encontrarse en la muerte, lo llenaba en cada partícula de su ser. Se sentía atrapado, sofocado, nauseabundo y perdido. Había sido tan difícil dejarlo ir. "No sé por qué estás tan interesado. Deja de hablar de eso!"
"Heero, sé que es difícil…"
"No puedes referirte a mis experiencias," interrumpió él. "No sabes por lo que he pasado." Él apretó sus ojos, inhalando aire entre sus dientes. Cuando abrió sus ojos, se sintió más calmado, una fría pared lo envolvía en una capa de protección, aunque una tormenta atacaba su alma. Sacudió su cabeza ante Mandred y habló oscuramente, aunque más para sí. "Has hecho mucho por mi y aprecio el esfuerzo, pero no eres mi padre. Tal vez sientes que has perdido tu oportunidad o algo, pero no necesito ese tipo de caridad. Estoy cansado de los consejos. No sé qué crees que te da el derecho a decirme cómo tratar con la guerra o resolver mi vida personal. La guerra no es un estudio académico y mi vida personal no es tu asunto. Sólo déjame solo. No te quiero más aquí."
Él se tornó consciente de un cambio en Mandred, y el cambio fue como un manto de oscuridad cayendo por todo el salón. No podía recordar haber visto a Mandred así antes. Su quijada estaba fija y sus hombros tensos, su expresión apretada en una forma que Heero nunca había imaginado o esperado ver.
"Hablaremos cuando estés de mejor humor," dijo Mandred, y por alguna razón la tensa calma en su voz dolió más que la indignante furia que sintió, pero Heero sólo observaba, su propia quijada estaba apretada con rabia. "Puedes encontrarme si quieres hablar."
"No," respondió Heero.
Heero podría haber cortado la tensión en el aire con un cuchillo. Cuando Mandred habló después, su voz tembló, con emoción apenas controlada. "No creas que es fácil para mi venir aquí. Hago tanto como puedo por ti."
"No tienes una esposa, o hijos, o la culpa de la muerte en tu conciencia, así que molesta a alguien más."
Mandred se vio sorprendido, su expresión dolida. Parecía luchar por palabras. Se miraron mutuamente en silencio por varios minutos y Heero de repente sintió una dominante urgencia de disculparse pero no sabía cómo o por qué. Lo que hizo en vez fue mirar, orgulloso y voluntarioso, colgando en su orgullo mientras esperaba con vaga pena algún tipo de explosión.
De repente, Mandred se giró y salió, la puerta golpeó en sus talones.
El silencio se tragó todo.
Por un momento Heero no hizo nada, sólo miraba la puerta cerrada como si fuera un enemigo, odiándolo y necesitándolo al mismo tiempo. Sus pensamientos eran vacíos, escasamente concibieron lo que había pasado. Girándose, entró en la cocina, enrollando calmadamente sus mangas para comenzar a lavar los platos que había rechazado la noche anterior. Por un tiempo no pensó en nada sino el agua caliente y el jabón pegajoso en sus manos. Se sentía un poco molesto por haber perdido su temperamento, y un poco enojado de que se hubiese salido por la tangente sobre la guerra, un lugar al que no había necesitado ir. Era irrelevante para su actual situación, algo del pasado. No había estado bien decirle a Mandred nada de esas cosas, aún si fueran ciertas, como se sentía en el momento, y sabía que había ido muy lejos. Por primera vez realmente se preguntó por qué Mandred tomó un interés en él.
Mientras trabajaba, la enredada red de sus emociones se desenredó hasta que no sintió mucho de nada.
Heero siempre había tenido un fuerte sentido de responsabilidad. En la guerra tomó la responsabilidad por las personas que mató, aún si le ordenaban hacerlo porque ese era el trabajo de un soldado, porque ese era el tipo de persona que era. Era aún peor cuando cometía un error, pero cuando el error era claro para él se rompería el cuello para tratar de corregirlo. No podía soportar ser menos que perfecto, o hacer algún trabajo menos que perfectamente. Pero sin importar cuán amable trató de ser, algunas veces no podía decir la diferencia entre lo bueno y lo malo. Seguía sus emociones lo mejor que podía, intentando sentir a su manera por una indistinta niebla de valores en conflicto. En el momento, no podía sentir nada excepto algo horrible.
Cuando sonó el teléfono, lo respondió desanimadamente.
"Heero?"
La voz de Relena tembló leve y débil como un titubeante pájaro. No sonaba nada como a ella. Sonaba como si hubiese estado llorando, o estuviera a punto. Tal vez ambas.
"Qué quieres?" preguntó suavemente. "Estás bien?"
Estaba callada. Muy callada.
"Relena," dijo él. "No quise lastimarte. Aún te quiero en mi vida."
"Está bien," dijo ella apresurada. No podía leer sus emociones a través del teléfono, pero sonaba como una caótica mezcla de cosas que ningún hombre ha tratado de entender. "Lo siento, Heero. No sé por qué llamé. Fue estúpido. No debí haberlo hecho."
También estaba sorprendido de que hubiese llamado, pero no entendía por qué era estúpido. "Relena, en tanto como entiendas cómo me siento…"
"Entiendo," dijo ella rápidamente, y dejó de hablar otra vez.
Él miró sus pies, sosteniendo el teléfono en su oído y respirando tranquilamente, dejando que emociones más suaves y gentiles fluyeran dentro. "Aún voy a estar en tu vida," dijo él tranquilamente. "No voy a desaparecer cuando prometí que te protegería."
"Tomas las promesas seriamente, Heero?"
"Sí."
Ella se calló de nuevo, y se preguntó si estaba pensando en la otra promesa que le había hecho tiempo atrás.
"Quiero que al menos seamos amigos," aventuró Heero, no seguro realmente de lo que quería decir, pero sabiendo que quería algo de ella. "No podremos evitarnos. No quiero eso. Me preocupo mucho por ti."
Se calló de nuevo. Por un momento él entró en pánico, realmente no pensando que pudiera decir no. "Está bien," dijo ella, y él se relajó, aunque aún no pudiese leer sus emociones en su voz. Hubo otro momento de silencio mientras intentaba pensar en algo más que decir. "Escucha, Heero," dijo ella de repente, y él prestó atención, escuchándola más de lo que realmente había hecho. "Tengo un problema. Tengo que atender una fiesta embajadora este fin de semana y necesito llevar a alguien. Sé que no estamos juntos y probablemente es muy pronto para pedirte favores, pero esperaba que para el próximo fin de semana nos hayamos estabilizado un poco. Es sólo que no sé a quien más llevar y es el tipo de cosas que normalmente harías, para cuidarme quiero decir, aunque probablemente no te hubiese visto."
Él sabía de lo que estaba hablando. No podía decidir si sería más fácil cuidarla desde las sombras o como su cita, pero tenía razón. De cualquier forma estaba pensando ir. Al menos de esta forma no habría tenido que fraguar una invitación. "Está bien." Le debía mucho.
Pensó que podría sentirla sonriendo, aunque un poco triste tal vez. No podía estar seguro. Su tranquilidad lo perturbaba. "Gracias," dijo ella. Había una contención en su voz? No tuvo suficiente tiempo para analizarlo. "Tendrás que vestirte. Es un asunto formal."
"No te preocupes por eso."
"Heero?"
Él esperó de nuevo, escuchando por todo lo que valía. "Qué?"
Hubo un momento de silencio en el cual la sintió pensando. "No importa," susurró ella.
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Continuará…
