La tarde ha estado bien. Hemos dado una vuelta, tomado café, nos hemos reído. Maldita sea, y tanto que nos hemos reído. Durante un rato me ha dolido la tripa de enlazar unas carcajadas con otras, y a ella se le ha puesto toda la cara colorada, incluso se le han saltado las lágrimas. Hacía tanto tiempo que no me reía así, ni que sentía el pecho tan lleno y los pasos ligeros…
-Bueno, Sasuke – me dice entonces – Ha sido una tarde estupenda, de veras, pero me temo que es aquí donde dos separamos.
Estamos en una esquina. Ella tiene que girar y yo seguir recto. Me sé ambos caminos de memoria y tiene razón, me tengo que ir a mi casa, y ella a la suya, pero podría acompañarla. Caminar con ella hasta el portal. Incluso me subiría en un autobús o el metro si no quiere caminar. Lo que sea menos volver a casa, así que se lo propongo pero lo rechaza, que no me va a hacer dar una vuelta tan tonta, dice, como si para mí fuera un inconveniente. Como si alguna vez lo hubiese sido. Pero no me atrevo a replicar, a insistir ni un mínimo.
Entonces da un paso hacia mí y me abraza. Como antes, en la cafetería, cuando ha tomado mi mano al decirle por qué quería verla, una descarga eléctrica dolorosa y ansiada me recorre. Antes ha sido el brazo izquierdo, ahora es todo el cuerpo. Le devuelvo el abrazo y duele y duele y no me aparto. Como si cada latigazo eléctrico creara quemaduras, pero cuánto las ansío, cuánto necesito lo que siento ahora: su cuerpo, entre mis brazos, y el mío en los suyos. Cómo me aprieta un poco contra sí, su cabeza apenas asomando por mi hombro, qué bajita ha sido siempre. El olor a vainilla de su colonia. Duele pero me quedaría así para siempre y el pensamiento me resulta tan triste que tengo que cerrar los ojos para contener un llanto que pide a gritos brotar, pero que freno justo a tiempo y hago bajar hacia mi pecho.
Hinata se separa de mí, me sonríe, no sé ni cómo lo hago pero sé que pongo buena cara. Quizás un poco triste, porque me da un puñetazo suave y me dice "tuve que salir con el más sentimental, ¿eh?". Me hace reír un poco, asentir con la cabeza. "Anda, que todo irá bien. ¿No ves que ya va mejor?". Vuelvo a asentir.
Se despide con la mano y se marcha. La observo. Antes solía girarse tres o cuatro veces para ver si seguía ahí, y me sonreía todas ellas y agitaba la mano otra vez. Ahora no lo hace, sólo camina y se va mezclando con la gente, alejándose, alejándose, desapareciendo. Me ha dicho un único adiós y se ha ido, como hace todo el mundo.
El llanto contenido choca contra las paredes de mis pulmones, y mi tráquea, y contra el paladar y la lengua e invade mis ojos y tengo que caminar y fruncir el ceño. El motivo por el que he quedado con ella era éste, no el que le he dicho en la cafetería. Pensaba que no, pero joder, cuantísimo la quiero todavía.
A veces me gustaría ser distinto, como uno de esos protagonistas cargados de tanto drama que necesitan soltarlo por otras vías, que se refugian en el alcohol y el tabaco y el sexo. Que dan vueltas por una ciudad que les hace sentir solos mientras fuman un cigarrillo tras otro, que acaban en un bar y beben hasta emborracharse y conocen entonces una chica y bailan con ella, luego van a su casa o un hotel, qué más da, se usan el uno al otro y adiós, muy buenas.
También me gustaría ser, en ocasiones, de esos que descargan todo en el arte, que pasan el pincel con fuerza contra el lienzo, que se salpican la ropa y las paredes porque les da igual que todo acabe hecho un desastre. Que escriben durante horas, que componen o bailan y acaban, hagan lo que hagan, exhaustos pero liberados, aunque sea en parte.
O quizás sería de los que se centran en su vida, de golpe, en su trabajo y su familia, que lo dan todo y se olvidan así de los problemas. Avanzan a pasos agigantados durante una temporada y cuando se dan la vuelta y miran hacia lo que los hizo sufrir, parece tan lejano, tan ajeno, tan pequeño, que ya no les importa. Y se sonríen y vuelven a caminar en la dirección que ellos mismos se han marcado.
Pero jamás he sido de esos. Yo salgo a pasear solo, como hoy, me siento en un banco, refugio las manos en los bolsillos de la chaqueta y ya está. Me dedico a ver cómo la gente camina y a pensar en cosas como éstas. Y siquiera me siento en el respaldo del banco, no, si no donde debo hacerlo, como un buen ciudadano haría. Supongo que salir conmigo era tan aburrido como contar piedras.
He pensado en llamar a Ino. De hecho, caminé hasta su casa tras despedirme de Hinata. Estaba seguro de que pulsaría el timbre y sería una visita rara que nadie esperaría, que entraría en su cuarto, podríamos charlar un rato, podría contarle mis cosas y luego me iría, más tranquilo, para afrontar la cena con mi familia. Pero no. Llegué a su portal y no me atreví a llamar. No quería molestar a nadie. Me di la vuelta y fui a casa.
Mi madre se quejó un poco porque había llegado más tarde de lo que le dije. Me disculpé mientras calentaba en el microondas lo que había de cena y entonces se dio cuenta de que algo no andaba bien. Pero no quería hablar con ella, ni con nadie, y todavía no quiero hacerlo. A veces es mejor no hablar en absoluto, de nada, a nadie.
-¿Sasuke?
Miro en dirección a quien me ha llamado. Encuentro a mi hermano con un tío que lleva el pelo todo engominado en punta.
-¿Qué haces por aquí?
-He salido a dar una vuelta.
-Eso ya lo sé, pero dar una vuelta implica caminar, no sentarse en un banco. Además saliste hace cuatro horas.
-¿Qué? – frunzo el ceño, confuso.
-Son más de las nueve de la noche, Sasuke.
Miro a mi alrededor durante un instante, y resulta que ha anochecido y siquiera me he dado cuenta. Resulta que ya casi no hay gente por aquí, que la farola al lado del banco está encendida y que hace más frío que antes.
-¿Te pasa algo? – me pregunta Itachi.
-No – contesto de inmediato, mirándole de nuevo - ¿A dónde vas?
-Voy a salir con mi gente de la uni. ¿Has cenado?
-No.
-Mira, avisa a mamá y vienes con nosotros. Te compro algo de cena en el McDonald's y te la comes por el camino.
Me levanto para decirle que no me interesa ir, es mi primer impulso, pero enseguida cambio de opinión. Me digo que por qué no. Que para qué voy a ir a casa a encerrarme en mi cuarto e intentar leer cuando soy incapaz, intentar dibujar cuando la única imagen posible es Hinata con su café, intentar llamar a Ino cuando sólo siento que acabaría por molestarla. No necesito otra noche así.
Saludo al amigo de Itachi y comenzamos a caminar mientras le cuento a mi madre mi nuevo plan. Todo transcurre como Itachi lo ha planeado: me compra una hamburguesa de las baratas y simples y unas patatas, me las tomo por el camino mientras él y su amigo charlan, llegamos a un pub cualquiera.
Nada más entrar, descubro que el resto de sus amigos ya está allí. Me presenta a todos ellos, luego nos sentamos alrededor de una mesa que hace esquina.
-¿Y tú qué quieres tomar? – me pregunta Itachi. Me limito a encogerme de hombros y decir que, supongo, un refresco – Venga hombre, estás cerca de los dieciocho, y si me dices que quieres una cerve-
-Quiero un destornillador – digo entonces.
-¿Un qué? – me pregunta.
-Joder, tío – le dice entonces una chica de pelo azul – Un vodka con naranja de toda la vida. Tiene tela que tu hermano pequeño lo sepa y tú no.
-Perdóname por no ser un alcohólico, Kanon – le contesta.
-Sabes que así también estás llamando alcohólico a tu hermano, ¿no? No sólo a mí – replica ella. Itachi decide ir a la barra a pedir las bebidas resoplando con sonoridad, mientras sus amigos se ríen y la tal Kanon hace como que se quita el polvo de los hombros.
Las horas pasan y esta vez me doy cuenta. Observo a sus acolegas, hablo de cuando en cuando, a más trago el vodka, un sorbo del cóctel de uno y de los botellines de cerveza de mi hermano, otro destornillador para mí… sonrío más, me río más, intervengo más. Resulto caerles bien a todos, sobre todo si cuento alguna anécdota de cuando Itachi era pequeño. Suele replicar con alguna sobre mí, pero bueno, conmigo no se meten tanto.
Aunque me excuso un rato después y salgo del ambiente cargado, notando mis pasos algo torpes. No me he puesto la chaqueta y la temperatura, de pronto fría, me eriza la piel. Saco el móvil del bolsillo del pantalón, me apoyo en la pared y miro un par de segundos el nombre de Ino antes de llamarla.
-¿Otra vez observando la luna y sintiéndote melancólico? – me pregunta, susurrando. No sé ni qué hora pero su susurro es un indicativo más que decente.
-No. Es que tengo que comentarte algo.
-A ver.
-Quedé el otro día con Hinata.
-¿A solas?
-Sí.
-Anda, ¿y eso?
-Le dije que era para ir restableciendo contacto y tal, poco a poco, pero no era por eso.
-Sasuke, eres consciente de que es muy raro que me cuentes esto sin que tenga que usar un sacacorchos, ¿verdad? -. Me río y le confieso que he bebido – Vale, ahora todo tiene más sentido. De todos modos, no me voy a quejar. Me ahorras trabajo.
-Aprovecha – nos volvemos a reír, pero mi semblante se vuelve serio deprisa – En realidad quería quedar con ella para comprobar si todavía, bueno, si aún la quería. – Apoyo la cabeza contra la pared mientras me tomo unos segundos para seguir hablando – Y bueno, así es.
-Sasuke, está bien, o sea, no pasa nad-
-Claro que pasa, Ino. No me entiendo. ¿Sabes el daño que…? Bueno, claro que lo sabes -. Casi puedo verla asentir – Y aun así, aquí estoy, enamorado. Y lo peor es que también me gusta Sakura, ¿pero cómo voy a estar con una cuando sigo arrastrándome por la otra? -. Me callo un instante e Ino comienza a decir algo, pero su voz se disuelve en el camino del tímpano al interior de mi cabeza, donde se agitan demasiados pensamientos. Acabo por interrumpirla - ¿Sabes qué?
-¿Qué?
-Que le den. Me da lo mismo. Lo que no puedo hacer es negar lo que siento todo el tiempo. Si la quiero, pues la quiero, y si a la vez me gusta Sakura, pues me gusta. Me da igual.
-Quizás sea lo que tengas que hacer, dejar las cosas fluir, como te dije, y ya pasará lo que tenga que pasar. Deja de ser la piedra en tu propio camino.
-Espero pensar lo mismo cuando esté sobrio.
-Ya me ocupo yo de eso.
Levanto la vista al cielo negro, me sonrío. Le doy las gracias a Ino y vuelvo dentro del pub, esperando no haberla despertado y pasar un rato más con esta gente. Quizás beber una cerveza, y hay un billar. Podría darle una paliza a cualquiera de ellos en el billar. Pocas cosas se me dan tan bien. Todas aquellas reuniones de trabajo de mi padre a las que me tocó ir, con Itachi, en las que lo único que había aparte de tipos trajeados, copas de cristal y mujeres aguantando su peso en tacones afilados eran mesas de billar. Itachi y yo nos escabullíamos y jugábamos durante horas hasta que nuestro padre volvía a por nosotros.
Así que me acerco a la mesa donde están sus colegas, apoyo las manos y les reto a todos a jugar un rato. Puede que mañana, cuando esté sobrio, los problemas vuelvan, pero esta noche me merezco ser feliz.
Nota de la Autora:
¡Un miércoles más, es un capítulo más! ^^
En los dos últimos capítulos no me habéis dejado comentarios y no os voy a mentir, me gustaría saber qué opináis y un comentario, aunque sea corto, siempre es un empujón de ánimo para seguir publicando esta historia, pero entiendo que, como yo misma, todos tenéis vida y quizás no habéis podido :3 Los esperaré con la misma ilusión que todas las semanas, eso sí. De hecho, gracias a todas los que habéis comentado alguna vez, y también gracias a los que sólo leéis (¡pero animaos a comentar, que no muerdo!).
Dicho esto, en este capítulo, tras varios encuentros con Sakura en los últimos, vemos a un Sasuke más solitario, pero ante todo a un Sasuke que quiere cambiar su actitud y afrontar las cosas de otra manera. A ver qué pasa con eso.
Espero que os haya gustado, y nos leemos a la semana que viene ^^
¡Un abrazo!
Misora
