25. El gato y el búho: Albus Potter

Buscando y rebuscando nos plantamos casi a finales de abril, que se dice rápido, ¿sabes? Casi dos meses y medio buscando el maldito Vals de Venus y a lo máximo que nos habíamos acercado era a que la Dama Gorda nos cantara ella misma un vals. Horroroso. Os resulta frustrante, ¿verdad? Pues imaginaos como me encontraba yo. Cuando lees libros de aventuras en el que los protagonistas dan con una solución al cabo de un par de días, se les olvida poner en la letra pequeñita que si tú tienes un problema aún mayor, la solución no te va a llover del cielo.

"Esperanza", qué palabra tan seductora... y peligrosa. Aunque todos queríamos encontrar el Grimorio y que el mundo volviera a ser seguro, con cada día que pasaba, la esperanza se disipaba más y más.

Sentía una mezcla extraña de emociones. Por un lado, sentía el alivio de que aún ninguno de los Labonair habían tomado represarías en contra de nosotros, ni siquiera ya Georges Labonair me molestaba en las clases. Tampoco es que tuvieran pruebas. Eileen seguía sin saber absolutamente nada sobre mi conversación con Marcellius Labonair, lo que me alegraba bastante, ya que, últimamente ella junto con Rose parecían ser las que desprendían energía para poder seguir buscando y buscando. Energía que le hacían falta a Scorpius y Logane, porque uno nada más que refunfuñaba y el otro transmitía una negatividad que en muchas ocasiones era contagiosa. Yo intentaba ponerme en su lugar, en su piel y me hubiera gustado que viviera la vida de otra manera. Pero por otro lado, sentía desesperación. Cuando me daba por pensar, comprendía en lo que nos habíamos metido, en que nos venía demasiado grande y que estaba literalmente cagado día y noche. Solamente me faltaba dormir con un ojo abierto. Si antes era paranoico, desde mi charla, miraba cien veces a mí alrededor antes de hacer cualquier movimiento.

Escuché cómo el resto de mis compañeros comenzaban a desplazarse por la habitación, yo estaba retumbado en mi cama con las cortinas echadas de par en par, pero decidí que era hora de dejar de ser un ermitaño y salir de mi cueva. Abrí las cortinas y lo primero que vi fue el culo blanco de George, que se ponía unos calzoncillos limpios y a Peter mirándose en el espejo mientras que hacía un comentario sobre el culo de George, todos se rieron y tengo que reconocer que me hizo gracia hasta a mí. No muy lejos de allí, Scorpius jugaba una partida de ajedrez mágico con Jackson. ¿Qué demonios? Pero si no eran ni las diez de la mañana.

Fui el último en terminar de vestirme con unos vaqueros y un jersey, era sábado y estaba tan empanado que aún cuando hube terminado de vestirme y lavarme la cara, seguía frotándome los ojos sumamente adormilado. Las horas que no dormía me estaban matando. Después de eso decidimos bajar a desayunar. Mis tripas (como no) rugían sin parar.

—¿Vamos a ir todos al final al partido de Quidditch? —preguntó George, bajando los escalones de dos en dos.

—Obvio que sí, quiero ver como pierde Gryffindor —dijo con malicia Scorpius, mientras poníamos un pie en la Sala Común de Slytherin.

—Nosotros dentro de poco jugamos contra Ravenclaw —recordé y mire mis manos, últimamente las tenía un poco agarrotadas del estrés, lo que me preocupaba por si me afectaba para el partido—, así que sería bueno ver cómo está el percal.

Observé con detenimiento la Sala Común que estaba casi vacía a excepción del grupo de la princesita de Slytherin que, llamaban demasiado la atención. Todas con sus minifaldas y sus labios perfectamente remarcados, susurrando y riendo revoloteando alrededor de su abeja reina. Espeso como sangre, más preciado que el petróleo. El gran cariño que desprendía todo el mundo por Megara Prynce llegaba a ser enfermizo. Desde el primer año había sido así. Su corona ya era parte de nuestras vidas diarias. Personas ricas o pobres, viejas o jóvenes. Todos consumíamos su presencia. Esa rica y dulce presencia que era ineludible.

—Espero que los de Hufflepuff estén en plena forma —intervino George, mientras lanzaba una sonrisa a una de las amigas de Megara Prynce, pero no me dio tiempo a ver de quien se trataba.

—Jamás serán tan increíbles como nosotros —alardeó Peter en voz demasiado alta. Revoloteé los ojos.

—Corrijo —escuché que decía Scorpius, ya saliendo por el muro—, jamás serán increíbles

Salimos de las mazmorras y comenzamos a subir las escaleras en dirección al vestíbulo. Nada más salir a la luz donde no reptaban las serpientes, vimos que casi toda la estancia estaba repleta de estudiantes de la casa Gryffindor vistiendo con los colores rojo y grana, la cara pintada y sin exagerar, todos, pero todos, haciéndole un corrito a mi hermano James, mientras él se pavoneaba y sonreía sin parar.

—Qué pereza —dije, mirando la escena por el rabillo del ojo y esperando que mi hermano no me viera, porque no tenía nada de ganas de escuchar sus gilipolleces.

—Vaya, vaya…, pero si las serpientes por fin han salido del nido…

Y contra antes lo pensaba… antes pasaba.

—Piérdete, James.

Cada vez que tenía que cruzar palabra con él, el veneno se acumulaba en mis glándulas salivales. No soportaba esa manía que tenía de mirarte con esa sonrisa petulante de "yo soy mucho más guapo y divertido que tú", tampoco esa pose de creerse el dueño del pasillo, era el mero hecho de que además de pensarlo, se creía su mentira, viviendo en su mundo paralelo.

—Creía que os gustaba jugar —se chuleó y justo como si fueran llamados por las peleas, sus amigotes aparecieron a su lado.

—Pero con gente que tiene cerebro —le explicó Scorpius tranquilamente, como si esa fuera una explicación a una lección y no un insulto.

—Que irónico que lo diga una persona que tiene a Kay como amigo —se metió por medio Richie Mantle.

Fred rió ante aquel chiste, pero a Peter no le hizo tanta gracia.

—Mantle, deja de suspirar por mí —se mofó Peter.

Después de eso, ambos se enzarzaron y se cogieron de las pecheras. A nuestro alrededor ya había un gran corro de personas que fisgoneaban que era lo que estaba causando tanto revuelo. La gente de Hogwarts era más cotilla que Rita Skeeter.

—Muchachos, muchachos —escuchamos por detrás, era la mismísima directora McGonagall. Mantle y Peter se separaron de inmediato—. Si no se quieren pasar el partido limpiando las jaulas de los animales que se han usado esta semana para Transformaciones y ya han vuelto a su hogar, mantengan los modales. Además, no creo que el señor James Potter quiera perder a un miembro de su equipo.

Se lanzaron una mirada chispeante y Mantle se unió de nuevo a sus amigos. James sonreía complacidamente y en ese momento le aborrecí completamente, pero oye, que luego el raro y el malo de la familia era yo. Mandaba cojones. En fin, era mejor seguir nuestro camino, tenía cosas más importantes de las que preocuparme. Cuando entramos en el Gran Comedor vi como Rose, nos esperaba pacientemente mientras miraba los relojes de arena, con un jersey rojo holgado y el emblema de Gryffindor bordado, se notaba a leguas que era obra de mi abuela. Se aproximo a nosotros cuando nos vio entrar.

—¡Ya era hora! —nos criticó con desaprobación, como si levantarse tarde un sábado fuera un pecado—. Quiero ir a coger buenos sitios para ver el partido. Thylane, Logane y Eileen nos están esperando para ir todos juntos.

—Deja que al menos desayunemos —rezongué, metiéndome las manos en los bolsillos, muriéndome por coger un par de bollitos y una manzana que estaba viendo en la mesa de Slytherin—. Te aseguro que con el hambre que tengo no vamos a tardar nada en desayunar.

Desayunamos y nos reunimos con los demás para ver el partido. Cuando llegué me sorprendí de ver allí también a Serena, ella jugaba en el equipo de Gryffindor. Todos juntos comenzamos a andar hasta el campo de Quidditch y no podía apartar los ojos de Eileen. Con el sol brillando entre sus cabellos rubios, estaba preciosa. Era increíble el cambio que había dado en el último mes. De ser una chica callada y reservada, ahora la veías riendo con facilidad y como ya dije, me parecía su mejor curva.

—¡Estoy ansiosa por jugar el partido! Este es el último de Gryffindor de la temporada —dijo Serena enfundada en su equipación—. Y luego ya solo queda el de Slytherin. Con ese veremos quién gana la Copa de Quidditch, estoy segura de que será para nosotros.

—Ni lo pienses —contestó George y Serena le sacó la lengua.

—¿Por qué no has ido con ellos, Serena? —le pregunté extrañado.

—Rose me había dicho que veníais todos juntos y me apetecía veros un rato—contestó con total naturalidad. Lo que me gustaba de Serena era eso, le daba igual todo y se quedaba tan pancha. Hacía lo que quería cuando quería.

Llegamos al campo de Quidditch y nos subimos a las gradas casi los primeros, por lo que encontramos un buen sitio sin problemas, nos despedimos de Serena y allí continuamos con una charla animada. Yo me senté al lado de Eileen y le presté unos prismáticos que mi padre me había comprado en un mundial de Quidditch. Vale, tonteábamos. Lo típico de te toco la manita, te rozo la cara y todo ese rollo, llevábamos con ese jueguito todo ese tiempo. ¿Quién no lo haría después de lo que pasó? Por un momento, el partido me hizo olvidar todo lo que teníamos sobre los hombros, de la pesada mochila repleta de problemas que me causaba dolor de cuello por las noches.

Finalmente ganó Gryffindor gracias a que mi hermano atrapó la snitch. Genial, ahora iba a estar más pesado que nunca y para nuestra desgracia, el ver a Georges Labonair al final del partido deambulando por los pasillos hacía ningún lugar, me hizo caer en la cuenta de que los problemas no desaparecían por un partido de Quidditch, que por mucho que sonrieras, cuando la curva se volviera recta, seguirían acechándote como viejos fantasmas.

Tuve miedo de estar perdiendo el tiempo. Miedo de que nos hiciera algo.

Miedo.

El miedo era y siempre será la sensación más primaria, más humana. De niños, todo nos da miedo. La oscuridad, el hombre del saco bajo la cama. Y pedimos que amanezca... para que esos monstruos se marchen... aunque nunca se van, no del todo.

{***}

El fin de semana siguiente, fuimos nosotros lo que jugamos el partido. No es por fardar, pero jugamos de fábula, ganamos por goleada y aún así nos faltaron unos puntos para poder hacernos con la copa de Quidditch, así que esperaba que por lo menos pudiéramos hacernos con la de la Casas. Scorpius estaba muy enfadado por haber perdido, era su primer año como capitán y la derrota no era algo que llevara bien. A pesar de eso, lo que tenía que tener claro, o al menos yo lo intentaba con mis repeticiones, es que lo había hecho genial como capitán. El año que viene, otra sirena cantaría.

El tiempo siguió pasando y para mi disgusto, en vano. Seguimos buscando entre todos los rincones sin encontrar nada, bueno, nada, nada, no. Últimamente fuéramos donde fuésemos, siempre había un gato negro con ojos de color ámbar siguiéndonos por cada rincón del colegio. Cada vez que le veíamos intentábamos ahuyentarle (sin hacerle daño), pero él solo sacaba los dientes y se daba la vuelta aireado.

La demás parte del tiempo la invertíamos en estudiar para los exámenes finales y, buena falta me hacía porque desde mi actuación en Defensa Contra las Artes Oscuras, en las clases (menos pociones), parecía un hipogrifo sin cabeza. Otro detalle, es que me fije en que día tras días los ojos del profesor Labonair parecían esferas negras. Absorbiéndolo todo y no ofreciendo nada. No me gustaba en absoluto lo que transmitía, todo era intranquilidad y temor; ya que no me había gustado desde el primer día lo que había visto en la superficie, dudaba que me fuera a gustar lo que se escondía en su profundidad y mucho menos después de todo lo que sabía. Además, cada vez que le veía me invadía la incertidumbre de si aún seguíamos buscando una cosa que no sabíamos ni siquiera si estaba en su poder.

Más días pasaron y necesitaba buscar todo el tiempo, pero no podíamos hacerlo. La culpa era de los exámenes que se echaban encima y, en lugar de holgazanear, los estudiantes tenían que permanecer dentro del castillo haciendo enormes esfuerzos por concentrarse mientras por las ventanas entraban tentadoras ráfagas de aire estival. La cuestión era que teníamos que hacer lo que haría un estudiante normal, porque si a nosotros nos veían haciendo otra cosa llamaríamos mucho más la atención, levantando sospechas que no queríamos.

Así, con las manos vacías y el maldito gato siendo nuestra sombra, comenzó la semana de exámenes y el castillo se sumió en un inusitado silencio. El alumnado de cuarto comenzamos los exámenes con el de Transformaciones el lunes a la hora de la comida, agotados y lívidos, comparando lo que habíamos hecho y quejándonos de la dificultad de los ejercicios, consistentes en transformar un candelabro en un conejo.

Rose nos irritó a todos bombardeándonos a preguntas de cómo nos había salido, que si creíamos que habíamos aprobado, que ella creía que sí, pero que no estaba segura y bla, bla, bla.

—Mi conejo en vez de tener dos orejas, tenía las extremidades del candelabro —fue lo que contestó Serena Becher.

—Mi conejo echaba fuego por la boca —confesó George, carcajeándose un poco—, pero no creo que afecte mucho.

Después de una comida apresurada, nos tocó subir para el examen de Defensa Contra las Artes Oscuras.

El profesor Marin se las había apañado para aparte de hacernos un examen teórico, conseguir algo genial y era que pudiéramos enfrentarnos a otro boggart. Aquello me llevó de nuevo al principio de curso y me hizo pensar en que Eileen seguiría teniendo al profesor Labonair como mayor temor.

En mi caso, volvió a resurgir la mujer de negro con labios rojos. Aunque no la conocía de nada, verla ahí presente me hizo darme cuenta que a pesar de ser una persona totalmente desconocida, parecía que era quien mejor me conocía. Incluso me sentí conectado con ella. Cuando al fin salí de mi letargo, me deshice de ella, haciendo que se tropezara con la túnica.

—Estupendo, Potter —susurró Marin, cuando volvió a meter al boggart en el armario—. Nota máxima.

Después de cenar; me fui inmediatamente a mi Sala Común casi a regañadientes, estábamos perdiendo un tiempo muy valioso, pero no pude relajarme ni un momento, Cuidado de Criaturas Mágicas, Pociones y Astronomía me esperaban. Svens presidió el examen de Cuidado de Criaturas Mágicas, que se celebró la mañana siguiente, con su prominente presencia. Parecía tener la cabeza en otra parte. El examen consistió en intentar cuidar a los Bowtruckles durante una hora y luego hacer una redacción sobre los unicornios.

Por la tarde, vino el examen de Pociones, que fue el examen que más fácil me resultó. Mi poción engrandecedora salió a la perfección y espesó correctamente, por lo que Slughorn me felicitó al final del examen. A media noche, arriba, en la torre más alta, tuvo lugar el de Astronomía; el miércoles por la mañana el de Historia de la Magia, en el que escribí todo lo que me sonaba acerca de la persecución de las brujas en la Edad Media, y más que nada metí paja que me iba inventando según escribía.

El miércoles por la tarde, teníamos el de Adivinación, mientras que Rose tenía el de Runas Antiguas. Scorpius y yo, subimos juntos la escalera de mármol, cuando llegamos muchos vimos que todos estaban sentados en la escalera de caracol que conducía al aula de la profesora Trelawney, repasando en el último minuto.

—Nos va a examinar por separado —nos informó George, cuando nos sentamos a su lado. Tenía Disipar las Nieblas del Futuro abierto sobre los muslos, por las páginas dedicadas a la bola de cristal—. ¿Alguno ha visto algo alguna vez en la bola de cristal? —preguntó.

—Ni de coña—contesté.

El tiempo pasó muy despacio y la cola de personas que había fuera del aula se reducía muy lentamente. Cada vez que bajaba alguien por la plateada escalera de mano, escuchaba que los demás preguntaban entre susurros:

—¿Qué te ha preguntado? ¿Qué tal te ha ido?

Pero nadie aclaraba nada.

—¡Me ha dicho que, según la bola de cristal, sufriré un accidente horrible si revelo algo! —chilló Peter Kay, bajando la escalera con las manos en los bolsillos—. Así que no os puedo decir nada.

—Nos está mintiendo —refunfuñó Scorpius mientras veía como desaparecía Kay por la escalera—. Menudo patán.

—Sí—dije, mirando el reloj. Eran la una y media—. Ojalá se dé prisa, estoy cansado de esperar aquí sentado.

De repente, Margo Dunne bajó la escalera rebosante de orgullo.

—La profesora me ha dicho que tengo todas las características de una verdadera vidente —dijo a su corro de amigas—. He visto muchísimas cosas...

—Malfoy, Scorpius —anunció desde arriba la voz conocida y susurrante. Scorpius me hizo un guiño y subió por la escalera de plata.

Al rato bajó y me contó que lo único que había que hacer era soltarle cuatro tonterías sobre lo que quería escuchar y se ponía tan contenta. Predecible. Al cabo de veinte minutos más, era el único que quedaba por examinarme y al fin, llegó mi turno.

Me pareció una pérdida de tiempo.

El jueves, yo tenía un descanso porque era el día de las demás materias optativas, pero al día siguiente tenía Encantamientos y Herbología, por ello, estaba con Eileen repasando. Scorpius y Rose estaban cursando su examen de Aritmática. Dentro de la biblioteca cogimos una mesa en el primer nivel, cerca de la sección de Adivinación para las estrellas. Saqué mi pergamino y pluma y escribí lo primero que se me pasó por la cabeza. Al principio pensé en repasar para el último examen, sin embargo poco a poco, mis líneas comenzaron a escribir todo lo que habíamos recabado ese último año: los sucesos en York, los enmascarados con antifaces plateados, la Reedmoon, el solsticio de verano, el Grimorio de los Labonair, la familia Townshend, la planta que mató a Socrátes, la esencia perdida de los Labonair… Mis dedos parecían vomitar todo lo que pasaba por mi cabeza. Cuando me di cuenta, llevaba escritas dos cuartas partes de pergamino lleno de suposiciones y pensamientos, pero tenía tantas cosas en mi mente que pensaba que si no escribía iba a explotar.

A mi lado, Eileen, parecía mirar por encima del hombro todo lo que garabateada. Para mi sorpresa, cogió ella misma mi pluma y apuntó "suicidios encubiertos" y me la quedé mirando. Sus ojos se encogieron un poco, no obstante a diferencia de otras veces, siguió actuando normal, quizá la muerte de un padre no se superaba nunca, pero ella estaba aprendiendo a vivir con el dolor. Recogió de la silla contigua su mochila y del interior, sacó una bolsa de aperitivos de manzana secos que escondió debajo de un par de pergaminos para que no nos amonestase la pesada de Pince.

—¿Quieres? —preguntó, ladeando lentamente su rostro hacía mí—. Si no te las comes tendré que hacerlo yo, y no quiero hacerlo sola.

Y aunque estaba realmente agobiado, mí estomago rugió como contestación. No había nada que no se arreglase comiendo algo rico.

—Gracias —le dije, cogiendo una. Nunca las había probado, pero no estaba nada mal. Ella estiró el brazo y vi como una especia de mancha de color carne se derramaba por su muñeca—. ¿Qué es eso? —pregunté con interés, cogiendo otro pedazo de manzana, tocando, intencionadamente, claro, el dorso de su mano.

―Una marca de nacimiento.

Justo en ese momento Megara Prynce, la única estudiante de todo el colegio que podía formar todo el barullo que quisiera en la biblioteca y salir de rositas por sus palabras, se sentó. Me di cuenta que Marcellius Labonair estaba justo a su lado, en la esquina de nuestra mesa. Su cabello castaño estaba recogido en un moño y, como siempre, no estaba en ningún lugar por casualidad y que tendría algo que decirnos. Y touché, ahí estaba.

―¿Has visto eso, Marcel? ―le dijo en un susurro, pero demasiado alto para que lo escucháramos. Eileen a mi lado se tensó de inmediato.

—No hace falta solo verlo, también se puede oler... —contesto Labonair.

—Tienes razón, huele como a...

—¿Os podéis ir a otro lado y dejarnos estudiar? —pregunté, apretando demasiado mis dientes.

—¿Gente como vosotros tiene cerebro cómo para estudiar? —me contestó Marcellius con un tono jocoso.

Sentí como poco a poco se me apelotonaba un reguero de ponzoña sobre los incisivos, pero no podía montar ningún número, por ello, aunque no e lo creí ni yo, aplaqué toda mi hiperactividad y contesté pacientemente:

—Tengo más cerebro que tu dignidad.

—Chevaliers… —intervino Prynce, meneando sus pestañas delicadamente y batiendo la mano en la que tenía una sortija de color esmeralda—. Basta ya, no queremos llamar la atención de la pobre bibliotecaria.

—¿Entonces por qué no os perdéis?

―No seas melodramático, Potter, solo estaba definiendo la situación y me da igual lo que quieras o no, lo importante es lo que quiera yo ―dijo, levantándose con toda la parsimonia del mundo y luego, siguiendo su camino con Labonair tras sus faldas―. Y por cierto, Rousseau.. Si se pusiera de moda ser una pringada, no podrías con la fama. Au revoir.

Prontamente, me fijé que a medida que se iban alejando, entrecerrando mis ojos poco a poco fui vislumbrando a la lejanía que Rose y Scorpius estaban acercándose a nosotros.

Eileen se me quedó mirando, pensé que estaría afectada por lo sucedido, pero en cambio tomó mi mano rápidamente antes de que llegaran a nuestro lado, garabateó algo en ella antes de que se me ocurriera apartarme, cosa que obviamente no iba a hacer. Bajé la vista, leí lo que ponía e hice un puño a su alrededor. Quería decirle que sí, que yo también quería quedar con ella el domingo. Quería decirle que quería repetir lo que pasó. Quería un montón de cosas, pero me limité a quedarme allí como si no supiera cómo abrir la boca y la asentí mientras ella me sonrió.

El domingo haríamos algo juntos, solos ella y yo. Estábamos a miércoles y no podía esperar a ese momento.

El viernes, el profesor Flitwick puso en el examen los encantamientos estimulantes. Tras terminarle, fuimos a comer y luego antes de examen de Herbología, dimos una vuelta rápida por el castillo para preguntar un poco más, como siempre, no había ni rastro del Vals de Venus.

A la hora indicada, fuimos a los invernaderos, bajo un sol abrasador. Hicimos el examen con la nuca quemada por el sol y finalmente cuando terminamos, me sentí libre en ese aspecto. Era un peso que nos habíamos quitado de encima. Ahora la última semana que quedaba para terminar Hogwarts, podía invertirla en investigar día y noche.

―Albus, ¿puedes quedarte un momento? Quiero hablar contigo ―me llamó mi padrino, aún enfundado en su túnica de color tierra, quitándose los guantes que acababa de utilizar para analizar el examen.

Asentí y me di la vuelta para encarar a mis amigos.

―Luego os busco ―les dije, ellos asintieron y salieron del invernadero seis.

Cuando me di la vuelta, no me encontré con la expresión afable que solía tornarse en el rostro de Neville, era una más bien entre el enfado y la preocupación. Arqué las cejas confuso, casi nunca le había visto con esa cara.

—¿Ocurre algo? —terminé por preguntar ante su abrumador silencio. Lentamente se retiró los guantes antes de contestarme.

—Sígueme —contestó escuetamente. Su forma de actuar estaba comenzando a ponerme nervioso. ¿Quizá se había enterado sobre el tema de la poción Multijugos? ¿O qué sabíamos cosas sobre el Grimorio Labonair?

Le seguí bordeando los invernaderos, zigzagueando entre ellos, observando como el sol comenzaba a crear una espesa capa de humedad sobre los plásticos duros que los envolvían. Si seguía así, muchos de los ingredientes que se utilizaban para la elaboración de pociones se iban a echar a perder. Después de deambular, llegamos al invernadero que conformaba su despacho, donde guardaba plantas peligrosas y delicadas.

Nada más llegar, se arremangó plantándose cual mandrágora frente a mí.

―¿Crees que falta algo aquí? —dijo, dejándome totalmente descolocado.

Haciendo caso a su pregunta, me metí las manos en los bolsillos y comencé a inspeccionar el invernadero. Al final del todo, seguía habiendo una fila entera de plantas carnívoras, que dejaban entrever lo contentas que estaban de tener a la vista carne fresca, sus colmillos asomaban por su verdosas bocas y un hilillo de babilla se deslizaba por sus tallos, no mucho más lejos, los bubotubérculos desprendía pus a mansalva. También miré al cielo, la gama de colores que formaba la sudada del plástico, atraída por el sol, creaba diferentes tipos de arcoíris frente a un hermoso verdor.

Entonces caí, faltaban las plantas tan extrañas que me había enseñado mi padrino hacía tiempo. Las que podían incrementar los resultados de una poción. De inmediato ladeé mi cabeza y me le quedé mirando, él me observaba con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados. Ya empezaba a olerme por donde vendrían los flipendos.

―¿Y las plantas? ―le pregunté, relajadamente, aunque si tenía razón estaba comenzando a mosquearme.

―Las han robado ―contestó, escuetamente de nuevo. Me sentía examinado, pero no le retiré la vista ni un momento, estaba siendo muy injusto conmigo.

―¿Estás pensando que he sido yo?

―No he dicho eso, Albus ―dijo, aún así su voz me pareció todo lo contrario.

―No, pero lo estás insinuando ―le acusé, sacando las manos de mis bolsillos, comenzando a impacientarme y enfadarme de verdad. Me urgía la necesidad de dar vueltas por el invernadero con la intención de tranquilizarme, pero eso lo único que haría sería darle un motivo más para pensar mal de mí.

―No es eso, yo te creo, pero los únicos que lo sabíais eráis la directora McGonagall y tú ―confesó finalmente, sin retirar tampoco su mirada, aclarando así mi sospecha de que se pensaba que había sido yo—. Y cuando el claustro se enteró del robo, más robos salieron a la luz. El profesor Slughorn aseguró que a él le habían desaparecido ciertos ingredientes para realizar una poción Multijugos. Y el profesor Labonair, nos confesó que alguien se hizo pasar por su hijo y sus amigos utilizando dicha poción... Entonces recordé que...

—Oh, vaya, el profesor Labonair, pobrecito —le espeté con ironía—. ¿El qué recordaste?

—Eso mismo... tu tirria hacía ellos... —dijo, con un tono de voz significativa que no me gustó nada.

—¿Y qué? ¿Vas a castigarme? ¿A escribir a mi padre para acusarme junto a él?

—Debería... —amenazó, cosa que me sacó de mis casillas totalmente.

—¡Pero yo no he robado tus plantas! —exploté, alzando los brazos con exasperación. El enfado no se fue, sino que acrecentó y además le acompañó un sentimiento de decepción que hacía mucho tiempo que no sentía―. Parece mentira que pienses así de mí, sabes que yo nunca te haría eso.

No quería hablar con él, por eso, comencé a andar hacía la puerta a paso raudo retirando por fin la mirada de él. Estaba muy dolido y cabreado, creía que Neville siempre iba a confiar en mí. No supe si me paró o no, o si tenía intención de hacerlo, porque en un abrir y cerrar de ojos ya había salido de los invernaderos y tomaba rumbo al castillo. Era consciente de que con mi huida parecería aún más culpable, pero me daba igual.

Sin darme cuenta llegué al castillo y comencé a caminar sin rumbo, tan solo para calmar mi corazón encabritado. Me había sentido como cuando intentaba hablar con mi padre y él no intentaba comprenderme y eso, me había dolido. Lo que me gustaba de la relación que tenía con Neville, es que él nunca me había juzgado y, por supuesto, jamás había desconfiado de mí. Por ello, la conexión que creía tener con él, se acababa de romper como un espejo al caer al suelo.

Zigzagueaba por un pasillo serpenteante cuando escuché un ruido a mis espaldas, desconfiado, llevé la mano a la varita del bolsillo mientras me daba la vuelta, esperándome encontrarme con Labonair padre o hijo, pero tan solo había dos animales: el gato negro de siempre acompañado esta vez por un búho negro.

—Idos de aquí —les chille, cansado de todo lo que me rodeaba. Me acerqué al gato para espantarle, porque que me siguiera mirando con esa cara jocosa, estaba poniéndome de más mal humor, con la mala suerte de que en vez de alejarse a medida que me acercaba, esperó el momento adecuado para soltarme un zarpazo en toda la mano—. Joder…

Me miré la mano, el maldito gato me había dejado las garras marcadas. Le miré con rencor y él siguió lamiéndose las patas sin inmutarse mientras el búho aleteaba encima de mi cabeza poniéndome de los nervios. A veces, me parecía que estaba tratando con un humano.De repente frente a mí, justo doblaban la esquina Scorpius, Rose, Eileen y Logane. Parecía que estaban haciendo nuestra típica ronda de preguntas sin respuestas, irritantes y totalmente desesperanzadoras.

—¿Albus? ¿Se puede saber que haces? ¿Por qué estás sangrando? —me preguntó Rose, al verme en el suelo acuclillado frotándome la mano, por la que corría un hilillo de sangre, mientras que el búho se escapaba por uno de los balcones abiertos justo al lado y el gato se escabullía por la esquina. Me pareció hasta una mala burla que me cabreó aún más.

—De nuevo ese maldito gato… —contesté de malas pulgas, levantándome. Eileen se acercó a mí con un pañuelo y me envolvió la mano.

—Es tan solo un gato —contestó Scorpius, apoyándose sobre la pared—. Ignórale.

—Los dueños deberían de hacer más caso a sus gatos, los animales no son peluches, me parece un acto totalmente irresponsable —comenzó a refunfuñar mi prima.

—Bueno —la cortó Scorpius—, ¿nos vas a decir por qué tienes ese humor de perros?

—Le han robado unas plantas muy raras e importantes a Neville, y él ha insinuado que he sido yo. No me puedo creer todavía como puede pensar así de mí. Sabéis que jamás le haría eso —comencé a decir. Las palabras brotaban de mis labios como vómitos de tragababosas.

—Tienen que encontrar esas plantas lo antes posible —dijo Rose—. Si se sabe cómo usar de buena manera esas plantas, pueden hacer mucho daño.

—Lo sé —contesté de inmediato—, pero eso no es lo peor de todo... El claustro hizo una reunión y Slughorn dijo que le faltaban ingredientes para hacer la poción Multijugos, entonces el profesor Labonair aseguró que alguien se había hecho pasar por su hijo.

—Eso es horrible, menos mal que no nos han descubierto, que tan solo son sospechas, pero no te dejaremos solo. Y de verdad, Albus, confío en que Neville entrará en razón. No te preocupes —me dijo Rose.

—Yo también lo creo Albus, además, pronto conseguiremos desmantelar todo —secundó Scorpius.

Me quedé escuchando las palabras de ambos. Ojala tuvieran razón.

{***}

Estaba esperando a Eileen cerca del viaducto para ir a los terrenos; cuando alcé la vista, la vi caminando hacia mí, su coleta se balanceaba ligeramente y atraía casi todos los rayos del sol. Tenía un rostro resplandeciente cuando llegó a mi altura..

Comenzamos a caminar bajo el sol resplandeciente, la mayoría del alumnado había tenido también la idea de salir a los jardines, así que si lo que buscaba era intimidad, había elegido el momento erróneo. La miré de perfil mientras hablaba sobre el examen de pociones y, no sé por qué, pero sin pensarlo, sin haberlo planeado, sin preocuparme por el hecho que cincuenta personas estuvieran alrededor, la besé. Llevaba queriendo hacerlo desde la última vez y sentía que el tiempo se me estaba escapando de las manos.

Después de algunos segundos... o bien pudiera haber pasado media hora... o quizá varios días... nos separamos. De pronto todo nuestro alrededor parecía haberse quedado muy silencioso, ni siquiera escuchaba a los pájaros cantar. Entonces, escuché varios aullidos, me di la vuelta y vi como George y Peter sonreían, Serena a su lado, sonreía radiante, pero no todo era estupendo, el grupo de las divas también andaba por allí y escuché varios "ugh", pero no me importaba, porque sentía que mi pecho rugía de triunfo. Ignoré a todos a mi alrededor y sonreí a Eileen y sin palabras seguimos andando, pensaba ir lo más lejos posible de allí, así que una larga caminata por los jardines es lo que me pareció la idea indicada y así pasó el domingo con Eileen, durante el cual... si es que tuvimos tiempo... pudimos hablar entre beso y beso.

Al día siguiente llegó el lunes y con ello la última semana antes de volver a casa, todavía seguíamos sin ninguna pista, también seguía muy enfadado por la falta de confianza de mi padrino, y además tenía una infinidad de deberes para el verano, yo no era muy partidario de ello, pero Rose insistía que ya que estábamos en el cuarto piso, revisándolo de arriba abajo en un pequeño descanso entrásemos a la biblioteca a zambullirnos en un sinfín de pergaminos que no sabía por donde coger.

Estábamos a punto de entrar en la biblioteca cuando escuché a Scorpius decir lo que nos salvó de llevarme las manos a la cabeza el día que volveríamos a casa.

—Si lo que estamos buscando es un libro, ¿no estará en la biblioteca? —preguntó con obviedad, desaflojándose la corbata mientras andábamos. Ya había perdido la cuenta de las veces que habíamos preguntado por ahí. Entre sus manos y con movimientos ágiles y delicados, acomodó el trozo de tela verde y plata para que dejara de molestarle.

—Malfoy, espera un segundo… eso es brillante —dijo Rose, a la que se le iluminó completamente el rostro, pero coincidía con ella, tenía mucha lógica.

—¿Cómo no se me ha podido ocurrir? Vamos allí ahora mismo — agregué, dispuesto a comenzar la búsqueda.

—¡Quieto ahí! —exclamó Rose—. ¿Estás loco? Si lo hacemos ahora mismo a plena luz del día, podemos levantar un montón de sospechas.

—¿Y pasearnos por los pasillos preguntando a todo el mundo no es llamar la atención? —pregunté molesto.

—Rose tiene razón, Albus… Quizá podamos usar lo que tú sabes —sugirió y yo alcé la cejas satisfecho, nada me alteraba más la adrenalina que una salida con mi capa de invisibilidad.

—Entonces iremos esta misma noche —adjudiqué, no pensaba esperar ni un momento más.

—Estoy de acuerdo contigo —me apoyó Scorpius, con cara de satisfacción.

—Avisaré a Logane en la cena —intervino Eileen.

—Espero que no nos pille ninguna autoridad… —gimió Rose por lo bajo. Yo miré a ambos lados asegurándome que nadie me estaba escuchando.

—Creo que es un poco tarde para preocuparte por eso, cuando has suplantado hasta otra identidad.

Rose se enrojeció hasta las orejas y no abrió la boca en lo que quedaba de tarde, seguramente reprendiéndose a sí misma por tirarse todo el curso saltándose las normas.

Decidimos irrumpir en el interior de la biblioteca para inspeccionar un poco el interior. No era la primera vez que íbamos a sumergirnos en su interior una vez pasada la media noche, pero la última vez que lo intentamos, casi fuimos descubiertos por el Conde Drácula. ¿Quién nos diría que no volveríamos a toparnos con él? Era lógico al fin y al cabo, yo también aprovecharía mi estatus como profesor para deambular por los pasillos en busca del Grimorio cada vez que me viniera en gana, y sin tener a Filch o la pestosa de la gata Norris pisándome los talones, o incluso a la pesada de la señora Pince detrás con el plumero.

Quedamos en no investigar tan solo la Sección Prohibida, sino fijarnos en cada detalle que nos pudiera ofrecer la biblioteca. Yo sabía que Hogwarts era mágico y no solo porque en él se dieran clases de magia, sino por todos los misterios que aún quedaban por descubrir del castillo. Mientras que hacíamos los deberes del verano, me pasé más tiempo fantaseando con las andanzas que nos esperaban a la noche que en memorizar cosas que podría hacer más tarde. Era nuestra última oportunidad antes de volver a casa.

Después de salir de allí, fuimos a cenar y más tarde, en la oscuridad de la habitación, mientras que esperaba que dieran las doce de la noche, me quedé frito.

Andaba observando el cielo hasta detenerme en la esquina que colindaba con Duncan Street, una de las calles cerca de mi casa en Londres. Hacía un calor de mil horrores. Del sorbete que tenía en la mano goteaba un jugo verde que me bañaba la muñeca, aunque apenas me daba cuenta.

Calle abajo vi la bicicleta que Rose y yo utilizábamos en La Madriguera cuando éramos pequeños, pulcramente apoyada sobre su pie, pero por más que buscaba, no encontraba a Rose por ningún lado. Moviéndome con lentitud —por algún motivo aquello me da mala espina—, andé hasta la bicicleta. Por el camino, me percaté en lo que antes era un sorbete se había convertido en una tarrina empapada de un pegote fundido. Seguramente el calor me estaba confundiendo. La arrojé a una papelera cercana y seguí mi camino en busca de mi prima. Cuando llegué a la bicicleta, supe que era la nuestra. Imposible confundir la Schwinn verde de cincuenta centímetros con manillar alto y la calcomanía de los Chudley Cannons que puso Rose en el costado.

Examiné la escena, acordándome de todo lo que había leído sobre Sherlock Holmes y volcada de lado junto a un seto vi una única zapatilla. Esparcidas a su alrededor había una serie de relucientes hojas verdes. Me quedé mirando la zapatilla con los ojos muy abiertos. Tenía la sensación de que Rose había sido arrastrada a través del seto, dejando atrás la bicicleta... y una zapatilla... una única zapatilla de lado.

—¿Rose? —llamé—. ¿Estás de broma o qué? Porque si lo estás será mejor que lo dejes ya. Sal de donde estés.

No obtuve respuesta. Rose no estaba de broma. De alguna forma, lo sabía. De repente en mi mente comenzó una súbita explosión de imágenes que terminaban en oscuridad. Oí (o imaginé oír) pisadas furtivas al otro lado del seto: lo que fuera que estaba tras del seto, ya se había asegurado la comida y había vuelto a por el postre.

Intenté gritar, pero no pude. La garganta se me había quedado reducida a un mero agujerito. En lugar de gritar, una fuerza se apoderó de mí, di la vuelta en redondo y empecé a correr a contra de mi voluntad. No podía dejar allí a Rose, necesitaba ayudarla. Intenté resistirme, en vano, quería deshacerme de esa oscuridad que sentía que me perseguía. A medida que avanzaba, me di cuenta que iba dejando un rastro oscuro y reluciente sobre el pavimento. Parecía sangre, y lo era, estaba en mis manos, pero no era mía. En algún sitio cercano graznó un cuervo que, sonó igual que una risa.

Sin saber cómo, entré en el interior de una casa, no sabía dónde estaba, pero supe que había estado allí antes. Al fondo, había una mujer encapuchada, tenía un libro en el regazo con unas piedras preciosas de diferentes colores bordadas en el lomo. En el suelo, junto a ella, había una taza medio llena de café que humeaba.

De repente se alzó y retiró su capucha. Vi su pelo negro que, como si la noche sin luna, fluía un cuerpo blanco débilmente visible, y se disolvía en la oscuridad...

—¿De quién es la sangre que tienes en tus manos?

El miedo me arrancó del sueño volviéndome a la habitación en la que Scorpius Malfoy estaba de pie junto a mí, encima de sus hombros tenía una capa negra y un enorme libro entre las manos. El marcador indicaba que ya se había leído las tres cuartas partes.

—Estabas gimiendo —me dijo, analizándome con ojo crítico, era consciente de que había tenido una pesadilla, pero no quiso decirme nada al respecto—. Ya es la hora de irnos, te has quedado dormido.

—Tuve una pesadilla —le dije yo al fin, pasándome las manos por la cara. Las sienes me latían frenéticamente, aún parecía que era real.

—¿De qué se trataba? —me preguntó en susurros, sentándose al borde de la cama—. Sabes que me puedes contar lo que quieras.

—Lo de siempre —contesté vagamente, levantándome de la cama, quería borrar la estela y el sabor amargo que se retorcía en el interior de mi boca después de la pesadilla—. Es mejor que nos vayamos ya, queda poco para que pase la medianoche y… tengo un mal presentimiento.

A hurtadillas nos colamos a la biblioteca sin, honestamente, conseguir nada en absoluto las tres primeras noches. Barrimos el lugar de arriba abajo, casi hasta que salió el sol. La segunda noche no fue mejor y la poca esperanza que estaba depositando en ello, se disipaba como las algas que se veían desde la Sala Común. Como se había hecho costumbre, mientras caminábamos por los pasillos de camino a la biblioteca, pude ver al gato negro, lamiéndose una de sus patas en una esquina. Me observó en todo momento con esos ojos ambarinos que me transmitían una sensación turbia que no terminaba de agradarme.

La tercera noche, después de debatir hasta hartarnos, llegamos a la conclusión que la respuesta tenía que estar en la Sección Prohibida.

Nos deslizábamos por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba por los altos ventanales. En cada esquina, esperaba chocar con Filch, la Señora Norris o el mismísimo Georges Labonair, pero tuvimos suerte. Pasamos rápidamente por el cordel y entramos de puntillas en la Sección Prohibida.

—No me gusta ni un pelo colarme aquí —decía Rose mientras entrabamos en los pasillos repletos de libros espeluznantes y miraba la penumbra que elaboraba la varita en la oscuridad—. Cada vez que rompemos esta norma estamos a punto de ser descubiertos, y bastante suerte hemos tenido hasta ahora. Es raro que la señora Pince todavía no haya sospechado, cogéis todos los libros y los cambiáis de lugar.

—Lo estamos haciendo por una buena causa, Rose, así que es justificación de sobra.

—Tenemos que darnos prisa… mañana es el solsticio de verano —recordó Eileen, que caminaba muy cerca a mi espalda.

—Me preguntó que estará haciendo el profesor Labonair ahora mismo… —bisbiseé, mientras nos zambullíamos de nuevo entre estantes de libros que me transmitían mal rollo. Estar escuchando una especie de susurros no era para nada placentero.

—Yo solo espero que no se le ocurra tener la misma idea que a nosotros —intervino Scorpius, con las manos en los bolsillos, guiándose por la luz que emanaba de mi varita.

—Mirad, ahí está la sección de plantas y ungüentos venenosos… Podríamos echar un vistazo, creo que tengo una idea —anuncié astutamente siguiendo todas las pistas que tenía y que había recabado durante todo este tiempo. Fuimos directitos a aquella sección. Una vez en ella, suspiré con la varita en alto y dijo—: intentad dar con algo que tenga que ver con la planta que mató a Sócrates, esta puede ser nuestra última baza.

Los quince minutos siguientes, nos los pasamos rebuscando entre polvorientos libros que me daban ganas de estornudar, con la esperanza de encontrar la palabra cicuta en alguna de sus páginas. Repito, que no era tan fácil como en las novelas, hasta me dolían los brazos de mantenerlos alzados todo el tiempo e incluso use un hechizo para poder levitar a Eileen y pudiera echar un ojo a los estantes de arriba. Logane con los ojos abiertos y un tanto nervioso, rebuscaba con Rose en uno de los estantes más cercanos y Scorpius, miraba con interés en otra de las estanterías un libro que parecía estar hecho de carbón. Buscar en absoluto silencio, me resultaba mortalmente difícil, no solo porque algunos de los libros parecían obras musicales tan escandalosas como un grito de mandrágora, sino por el movimiento de pies, varitas y a veces, la poca coordinación. Lo único bueno era que, cuando soltabas un libro al lado de su lugar, se colocaba solo en su respectivo hueco.

Tenía la vaga sensación de que ya no íbamos a encontrar nada, cuando Eileen me señaló uno de los libros que estaban sobre mi cabeza. Alcé la mirada y la poca luz que entraba del exterior, pude leer el lomo la palabra "Sócrates", sentí un cosquilleo en el estomago, como cuando te acabas de montar en una montaña rusa. Con urgencia estiré el brazo y le atrapé entre los dedos, le abrí y ahí estaba "Cicuta" y la explicación.

—¡Aquí está! —les alerté, sin menear mucho el libro, me daba miedo de que se pusiera a gritar, me envenenara o vete tú a saber que podría hacer.

—Déjame ver —pidió Rose, situándose rápidamente a mi lado y quitándome el libro.

Scorpius se puso a su lado y le ayudó a leer con la varita. Me fijé en ambos, los dos concentrados, con el mismo movimiento de ojos rápidos, engullendo las palabras que a mí tanta pereza me daban a veces. Tal vez conocía muchos hechizos de magia, pero no conocía ninguno que fuera tan fuerte como la amistad que sentía por ellos. Cuando les miraba o les tenía delante, sabía que podía confiar en ellos, sentía que íbamos a ganar, que estábamos a punto de tocar la victoria con nuestras manos.

—¡Por Dumbledore! No puede ser…¿Veis esto? —dijo Rose de repente, enseñándonos una especie de símbolo en el dorso de la página, muy pequeño y garabateado de una forma casi desgastada, dando la sensación de que llevaba allí una infinidad de años.

Estaba formado por rasgos alargados que tenían apariencia de colas, de arriba abajo. Me le quedé observando, parecía el cabello de un hada en movimiento como consecuencia del viento y el viento era la imagen representada por los dos primeros rasgos. Lo que parecían alas de hada (dibujadas hacia arriba) conformaban otros rasgos, como la cola de la criatura que parecía estar construida por otro trazo, el cual estaba finalizado por una especie de flecha en la punta. Las piernas estaban representadas por el trazo que aparecía del lado opuesto al trazo que representaba la cola y la flecha en la punta me recordaban a unos pies colocándose para aterrizar en el suelo después de un vuelo.

—¿Qué significa? —cuestioné, observando el símbolo, que me parecía precioso.

—Es el emblema de la casa Townshend, Ophalina debió de dejar esto aquí como una especie de pista para encontrar el cuadro que está custodiando el Grimorio —contestó Rose inmediatamente.

—Tienes razón, nosotros hemos visto ese emblema durante años —dijo Logane, examinándolo más de cerca, alzando la varita en dirección a las páginas del libro—. No es raro que aún se vean por York, como os contamos, los Townshend al lado de los Labonair eran hasta buena gente.

—Entonces tiene que haber algo en ese libro que nos explique donde está el Grimorio —dijo Scorpius—. ¿Alguna idea?

—Déjame inspeccionar un poco más… —convino Rose.

Nos quedamos en silencio esperando por Rose. Relajé un poco los brazos. Estaba intranquilo, que tan solo quedaran horas para la Reedmon y el solsticio de verano y Georges Labonair no diera ninguna señal de búsqueda o alerta, estaba dándome muy mala espina. Tampoco podía creerme que la suerte estuviera de nuestro lado.

—Ya lo tengo —anunció inesperadamente Rose, sacándome de mis oscuros pensamientos—. Es el número de la página. Esta página es la doscientos tres, estoy segura de que ahí, en ese número de estantería, tiene que estar la respuesta.

—¿Estás segura? —pregunté.

—Por supuesto que sí —me contestó dejando el libro de nuevo en su estante con suma delicadeza.

—Entonces pongámonos en marcha —ordené, confiaba plenamente en el juicio de Rose y si ella estaba segura de que allí obtendríamos alguna respuesta, lo haríamos—. ¿Sabes dónde está la estantería?

—Yo sé donde está —contestó Scorpius adelantándose a Rose—. Seguidme.

Nos pusimos en camino con las varitas en alto y la luna siendo testigo de nuestros grandes esfuerzos por conseguir cambiar las cosas. Como ya nos había repetido incansablemente Rose un millón de veces, sacar los libros de la biblioteca sin permiso, estaba prohibido. Yo pensé en arrancar el dibujo por si acaso daba alguna pista, pero recordé en ese instante que, también haría saltar una alarma y ahora que estábamos tan cerca, no tenía intención de echar nada a perder.

Llegamos formando una hilera para que nuestras sombras no se proyectaran en los grandes ventanales, por ello, cruzar la Sección Prohibida entera se nos hizo aún más pesado. Hubo un momento de tensión en el que nos pareció escuchar el sonido de la puerta de la biblioteca entreabriéndose, pero al no escuchar ni una sola pisada, sacamos la conclusión de que había sido obra de nuestra imaginación.

Cuando llegamos, tan solo vimos una enorme estantería repleta de antiguos libros sobre Historia de la Magia. Casi cien tomos de la lectura más aburrida que te podías echar a la cara, era la única pista que Ophalina había dejado para quien quisiera que ella tenía pensando que lo encontrara. Solo esperaba no tener que leer todos los libros, porque en esa noche no nos iba a dar tiempo ni de coña, aunque no podía seguir viviendo con la incertidumbre de si Labonair se había hecho ya con el Grimorio.

—Aquí no hay nada —comentó Logane desalentado. Su pelo rubio del color de la paja, le caía sobre uno de los ojos pero supe que estaba decepcionado—. Solo muchos libros de historia.

—Tiene que haberlo, estoy segura de que Ophalina dejó ahí el símbolo de su familia por algo —alegó Rose, acercándose a la estantería para husmear.

No sé cómo se me ocurrió la idea, pero me acerqué llevado por el impulso y comencé a sacar libros y libros de la estantería. Quizá llevado por la desesperación, pero esa desesperación, nos hizo encontrar lo que buscábamos. Al principio no ocurrió nada, tan solo se vía la pared rocosa que revestía las paredes, hasta que al fin, vi los colores de un lienzo. No me lo podía creer, me di la vuelta henchido de libertad.

—Está aquí, Rose tenía razón, ayudadme —ordené, con la respiración acelerada a cusa de la excitación.

Y codo con codo, comenzamos a sacar libros hasta que hicimos un hueco lo suficientemente grande para que se vieraun marco excesivamente grueso, bañado en polvo y con alguna que otra telaraña bailoteando al son de la brisa invisible, nos mostraba el retrato de un anciano barbudo que nos miraba con asombro, situado en una pista de baile y un cuadro de un busto de Venus justo al final de la sala, apareció frente a nosotros.

—¿Eres el hombre del Vals de Venus? —pregunté, incrédulo de que por fin hubiéramos dado con él. Ahora lo único que esperaba es que no se hubiera topado ya con Georges Labonair.

—En efecto, jovencito —contestó, observándonos con una sonrisa torcida maliciosa. Yo que pensaba que iba a ser un viejo huraño que nos echaría a patadas de allí, y nuestra presencia parecía divertirle en desmesura.

—¿Ha pasado por aquí alguna otra persona? —preguntó de pronto Logane, justo a mi espalda. Era una pregunta lógica, así descubriríamos por fin si Georges Labonair ya tenía en sus manos el Grimorio, siempre y cuando nuestras sospechas de que estaba custodiado por el Vals de Venus, no fueran erróneas.

—Sois los primeros que pasáis en mucho tiempo.

El suspiro de alivio que se resbaló por nuestros labios se pudo escuchar de Hogwarts a Maohutokoro.

—¿Será tan amable de dejar que pasemos por el retrato? —escuché que le cuestionaba Scorpius, con los brazos cruzados. La luz de la luna que se filtraba a través de los ventanales de la Sección Prohibida resaltaban sus cabellos rubios.

—Os diré un acertijo… solo si sois capaces de adivinarlo, podréis acceder a la sala que custodia mi retrato… Solo tendréis una oportunidad… Como falléis no accederéis al interior jamás… ¿Estáis de acuerdo?

—Nos arriesgaremos —dijo Rose convencida de que podríamos hacerlo y se aferró a mi brazo, algo acongojada.

Habíamos llegado demasiado lejos como para perder todo por un acertijo.

—¿Estáis preparados? Muy bien…

La tensión me estaba reconcomiendo y la desconfianza hacía el hombre barbudo comenzó a acrecentar desorbitadamente, mi pecho latía a toda prisa. Pasó sus brazos por su espalda, hinchando su pecho, como un caballero de la Edad Media. Seguidamente carraspeó sonoramente y aún en la pintura me dio la impresión de que sus ojos brillaban maliciosamente. Después, comenzó a recitar el acertijo despacio y con tono silbante:

"Se abre devorando todas las maldades;
pájaros, bestias, árboles, flores, hombres;
se dice que titila rojo y caliente como una llama que no quema, pero su fuego es infernal…"