Capítulo 25
Cuando terminamos el desayuno Richard recogió los platos y me pidió que le esperase en el salón, mientras se duchaba. Traté de obedecerlo, pero no pude reprimir mi curiosidad, quería subir, allí, explorar por mí misma y era mi oportunidad. Crucé el pasillo con rapidez, vacilando antes de entrar, preguntándome que podría hacerme si me pillaba; me reí, era inspectora de policía, tenerle miedo a ese hombre era absurdo, además, el hombre que había despertado a mi lado esa mañana y me había dado un masaje no parecía el monstruo que escribía contratos sobre sumisión que rozaban la esclavitud.
Abrí la puerta despacio, aún con la sensación de estar haciendo algo prohibido y entré. Era curioso cómo veía aquella habitación tras entrar por tercera vez. Ahora la miraba con otros ojos, no me parecía tan excitante como la noche anterior, aunque la situación y el ambiente tampoco eran los mismos. La cama estaba hecha, las sábanas de seda no presentaban ninguna arruga. ¿Había limpiado él la habitación después de dejarme en la suya? Acaricié el suave tejido, estremeciéndome al recordar lo diferente que lo había sentido mientras hacíamos el… follábamos, me corregí a tiempo. Ni siquiera en mi mente quería permitirme la estúpida idea de pensar que hacíamos el amor. Él no quería eso y yo, tampoco. Ya había tenido muchas relaciones en las que me había escondido, creyendo estar enamorada, a pesar de que muy dentro de mí sabía que no podía estarlo, puesto que desde hacía años tenía una especie de muro alrededor de mis sentimientos, un muro que nadie podía atravesar. Durante mucho tiempo viví con el temor de encontrar al hombre que tirase abajo ese muro, pero con él me sentía tranquila. Richard era el hombre con el que podía tener sexo, sexo fantástico, pero del que jamás me enamoraría.
Eché una ojeada a mi alrededor y mis ojos se posaron en la cómoda.
-Ábrelos
Su voz me sobresaltó. Estaba apoyado en el marco de la puerta. Sus labios se habían convertido en una fina línea, parecía enfadado y aun así, no me asustaba. Me había encontrado en su… su santuario. Suspiré, dispuesta a aceptar que descargase su furia, aunque teniendo muy presente que no le permitiría pasarse de la raya. Richard se acercó a mí, me cogió de la muñeca y apretó, sin mucha fuerza, sin querer hacer daño. Era su forma de recordarme quien era el amo en aquella habitación. Me llevó despacio hacia la cómoda y la señaló, aparentemente tranquilo.
-Vamos, ábrelos –ordenó, sin levantar la voz. Negué con la cabeza, dando un paso atrás pero volvió a sujetarme, con firmeza y a la vez, sorprendentemente, con suavidad.
Lo miré durante unos segundos y después, llevada por la curiosidad o por simple orgullo abrí el primer cajón casi violentamente, enfrentando mis ojos avellana a los suyos azules. Miré el interior del cajón y me quedé muy callada, no me esperaba eso.
-¿Decepcionada? ¿Esperabas esposas y más látigos? –preguntó, burlón. Asentí, se rio, parecía divertido –Hay más cajones –señaló.
-¿Debo preocuparme? –murmuré. Ver un botiquín en el primer cajón no me ayudaba a tranquilizarme. Se suponía que el BDSM era seguro, ¿no?
-No voy a hacerte daño. Pero siempre hay que prevenir. Pueden ocurrir accidentes y es mejor tener un botiquín cerca, ¿no crees?
-Cuando hablas de accidentes, ¿exactamente a qué te refieres?
-Pequeños cardenales o heridas, nunca nada grave –aseguró.
-Creía que no jugabas con objetos cortantes…
-Y no lo hago. Mira Kate, nunca le hecho daño a ninguna sumisa, tengo mucha práctica en esto y sé como azotar y como atar para que el cuerpo no sufra, el botiquín es sólo por si acaso.
-Vale… -respondí, aunque no muy convencida. Dentro del cajón había también botes con lubricantes, cajas de condones y más botes con crema calmante como la de la antes. Bueno, al menos se tomaba muy en serio el cuidado y la higiene, pensé.
-¿Segundo cajón? –sugirió; volteé los ojos, molesta por el tono burlón de su voz. Enseguida noté como se tensaba a mi lado -. Kate, ¿recuerdas lo que hemos hablado del respeto?
-Sí –repliqué con brusquedad.
-Poner los ojos en blanco forma parte de la categoría faltar el respeto –aclaró.
-Burlarse también –apunté. Nos miramos durante unos segundos, ambos tensos; al final aflojó, relajándose, señalándome el segundo cajón.
Lo abrí, más tranquila. Aquel cajón ya me pareció más normal. Consoladores y vibradores. Cogí uno de los juguetes eróticos sin pedirle permiso, examinándolo. Era un vibrador, plateado, nuevo, de pequeño tamaño. No pude evitar sentirme decepcionada de nuevo, la verdad es que me esperaba algo más espeluznante.
-¿Demasiado pequeño para ti? –comentó, con desdén.
-No parece muy temible.
-Preciosa… si hay algún vibrador que te parezca temible, tienes un problema.
-Sabes que quiero decir –repliqué. Él sonrió.
-No deberías juzgar por el tamaño, eso es lo de menos.
-Típico comentario de hombre acomplejado –hizo un ruidito de disconformidad, me sujetó de repente, acercándome a su cuerpo, haciéndome notar su erección. Dios, ¿desde cuándo estaba ahí? Apreté los labios para contener un gemido, pero no pude controlar la humedad que empezó a empapar mi entrepierna. Lo miré, con deseo, pero entonces me soltó.
-Recuérdame que te deje dos horas atada con este vibrador sobre tu clítoris. Así aprenderás a no cabrearme.
Lo fulminé con la mirada, más por cómo me había dejado que por su amenaza. Dejé el vibrador y cogí otro objeto, más grande y terminado en una especie de bola.
-¿Prefiere eso, inspectora? –sonrió. Ignorándole le di al botón de encender y empezó a vibrar violentamente. Bien, ese sí que podría causar estragos.
-Me gusta.
-Si te portas bien te lo regalaré.
-¿Qué es para ti portarse bien?
-No poner los ojos en blanco y no volver a sugerir que la tengo pequeña.
-¿Nunca has oído eso de "quien se pica, ajos come"?
-Kate me está costando mucho no atarte a la cruz y cumplir mi amenaza –me avisó. Me encogí de hombros, fingiendo estar aburrida y volví a mirar el surtido de vibradores y consoladores. Uno tenía un pequeño añadido para masajear el clítoris, había también tres huevos de color lila, pequeños pero muy potentes y uno que llamó bastante mi atención. Era azul, largo y no muy grueso, también con un apéndice para el clítoris, pero tenía otro más en el lado opuesto. Lo miré con curiosidad. –Es para la zona anal –explicó al ver que no decía nada.
Asentí y lo dejé.
-Un cajón para cuidados e higiene y otro para vibradores y consoladores–observé- ¿Este es tu arsenal del dolor? –lo piqué. Él se limitó a sonreír, tranquilo.
-¿Por qué no abres el resto?
-A ver si adivino que hay en el tercero… ¿esposas de peluche? –me reí, mientras que lo abría. Me callé al instante. No había esposas, sino un amplio arsenal de juguetes para el sexo anal. Conté quince dilatadores, algunos pequeños y otros grandes, demasiado grandes. Al igual que los vibradores parecían completamente nuevos. Vi también varios rosarios anales y dos vibradores muy finos.
-¿Preferías las esposas? –se burló.
-Tenemos que hablar de esto –repuse, sin ningún humor en mi voz. Asintió y cogió uno de los dilatadores pequeños.
-Dijiste que los usarías –me recordó.
-Depende del tamaño… y sigo sin estar muy segura.
-Hablaremos de los límites después –dijo, con suavidad – ahora me gustaría que siguieras mirando.
-Está bien… pero ya te digo que no pienso usar uno de esos –señalé el de mayor tamaño. Richard devolvió el juguete y cerró el cajón, abriendo el cuarto.
-Tú decides siempre tus límites, Kate, pero yo decido que usar y que no. Tienes que aprender a confiar en mí como amo.
-Confío en ti –aseguré –pero no vas a meterme eso por el culo, ni de coña.
-Echa un vistazo al último, anda –contestó.
No sé si me arrepentí o no de obedecerle. Dentro estaban los objetos que esperaba. Pinzas para pezones, para los genitales, una especie de molinillo dentado, dos barras separadoras, esposas plateadas, bolas chinas, cuerdas, un antifaz, dos mordazas con pelotas rojas, más fustas y paletas y velas.
-¿Velas? –pregunté, horrorizada.
-La cera puede causar dolor al usarse como castigo, nada demasiado fuerte –recalcó –pero puede resultar también muy placentero sobre un cuerpo excitado.
-Lo dudo mucho…
-Piensa en tus pezones o en tu clítoris después de haber recibido una sesión de azotes con la fusta –los mencionados se endurecieron al instante al imaginarlo- ahora imagina lo que sería recibir unas gotas muy caliente de cera, sentirte arder y no poder evitarlo porque estarías atada.
-Dios… -jadeé, me dolían los pechos. Hacía calor, mucha calor.
-¿Lo notas? –Susurró –Siente como gota a gota la cera cae sobre tu clítoris, como el calor te atrapa, pero deseas más, ¿verdad preciosa?
-Sí –murmuré, intentando desanudar mi albornoz, pero me lo impidió.
-Tenemos que hablar de los límites primero.
Lo miré frustrada, quise replicar, pero me interrumpió dándome un beso en los labios.
-Cuando antes lo dejemos todo bien atado, antes empezaremos a jugar de verdad –señaló.
-Dame un minuto –le pedí; me temblaban las piernas y el calor empezaba a resultarme asfixiante. Dirigí la mirada hacia el segundo cajón. Él negó con la cabeza.
-Te quiero así, excitada, frustrada. Así te harás una idea de cómo puede ser un pequeño castigo…
-Pero –protesté.
-No discutas en esto –me recordó, con autoridad pero a la vez con cierta dulzura –soy el dueño de tu placer, preciosa.
-Aún no –puntualicé.
-Cierto. Aún no… pero esos juguetes sólo puede usarlos mi sumisa… así que, ¿bajamos?
-Eres un maldito manipulador.
-Gracias.
Me cogió de la mano y me llevó al piso de abajo. Fuimos a su despacho y se sentó tras su escritorio, sacando unos papeles. Me quedé de pie, no veía ninguna silla donde pudiera sentarme yo. Richard miró rápidamente los folios y guardó varios en un cajón, dejando los otros sobre la mesa.
-Siéntate –dijo, mientras que cogía un bolígrafo.
-¿Dónde? –repliqué, molesta. Arqueó las cejas, separando la silla del escritorio. -¿Me estás tomando el pelo?
-¿Acaso no quieres sentarte sobre el regazo de tu futuro amo?
-Ahora no –contesté.
-Es una lástima… si tanto te molesta, te traeré una silla –dijo, levantándose. Suspiré con impaciencia, poniendo una mano en su pecho para que volviera a sentarse y me senté sobre él. Llevaba puesto un vaquero y notaba su erección. Richard me acomodó mejor, levantando el albornoz. Tenía ahora la piel desnuda sobre la tela vaquera, aumentando la fricción. Me retorcí, aquello no me ayudaba nada. –Quieta… -murmuró – aclaremos esto rápido, quiero follarte sobre esta mesa ahora mismo y me está costando mucho controlarme.
-Podríamos alterar el orden –sugerí, gimiendo. Dios, eso era una tortura.
-No. Lo primero es tu seguridad, quiero saber tus límites, empecemos.
Bueno, cuanto antes hablásemos antes follaríamos… traté de olvidar lo que su erección me transmitía y miré los papeles, tratando de atender.
-Bien –dijo en un tono muy profesionalidad –vayamos directamente a lo que nos interesa…
-Si fuéramos directamente a lo que nos interesa ya me habrías abierto de piernas –murmuré. Richard me dio un pellizco en el culo, como advertencia.
-¿Quieres que hablemos de tus límites infranqueables o prefieres que los averigüe yo a mí manera? Decide rápido, Kate, no me gusta perder el tiempo.
-Está bien, perdona –suspiré, dejando caer la cabeza sobre su pecho. Me sonrió y me dio un beso en la mejilla. Aquello me pareció muy tierno.
-No tardaremos mucho –prometió. No respondí, me sentía más relajada tras aquella muestra de afecto así que me limité a acomodarme y esperé a que hablase.
-Según tu contrato… dijiste que estabas dispuesta a probarlo todo en el sexo, salvo el fisting y la suspensión.
-Y el sexo anal –recordé.
-Eso lo tengo como dudoso –dijo, señalando el papel que teníamos delante -. Ahora lo hablamos, pero antes dime, ¿hay alguna posibilidad de que cambies de opinión sobre estas dos?
-No.
-¿Puedo saber por qué?
-Tus manos son enormes y sólo de pensarlo ya me duele. Y la suspensión me parece peligrosa.
-Sé cómo hacerlo para que no sufras, Kate –repuso, meloso –no te dolería tanto como crees y te daría mucho placer.
-He dicho que no. ¿Vas a respetar mis límites o debo vestirme y marcharme? –le espeté, con brusquedad. Él me miró durante unos segundos y después escribió algo en un folio aparte. Lo leí:
LÍMITES INFRANQUEABLES DE KATHERINE BECKETT
Fisting vaginal.
Fisting anal.
Suspensión.
Dejó de nuevo el boli sobre la mesa y repasó la lista con el dedo.
-Sí a la ingestión de semen… ¿estás segura con eso?
-Sí, pero con una puntualización.
-Te escucho.
Traté de buscar las palabras adecuadas para decirlo sin parecer una ordinaria, pero la verdad es que no se me ocurrían.
-Puedes hablar sin tapujos, Kate.
-Bien. No quiero que te corras en mi cara, es asqueroso.
-Vale. ¿Algo más sobre ese tema?
-Sí. Si en cualquier momento mientras que te folle con la boca quiero parar, me dejarás apartarme o yo misma me aseguraré de que pares. –Quise que sonara como una amenaza y lo conseguí.
-De acuerdo –repuso -. Pero creo que ahora soy yo quien debe aclarar algo –asentí, a la espera –cuando te digo que te daré órdenes y tú obedecerás me refiero a que te daré órdenes y tú, obedecerás. No te pediré nada que sea un límite infranqueable, pero por lo demás… en otras palabras, si te digo que me la chupes, lo harás, sin dudar. Si te digo que no te muevas, te sujeto la cabeza mientras que te follo, Kate, lo aceptarás. Tu forma de decir no, como dijiste cuando me enviaste el contrato será tu palabra de seguridad y si la dice pararemos toda actividad sexual. Piensa bien lo que intento decir y piensa si podrás con ello. No quiero obligarte a hacer nada que no quieras, necesito que estés segura de esto.
-Sé lo que quieres decir y sé lo que quiero hacer. Pero… -suspiré, las sutilezas habían quedado atrás –la tienes muy grande, Richard, tanto que me preocupa llegar a lastimarme, en el sexo oral no puedo decir la palabra de seguridad, estaré indefensa.
-Si necesitas parar, parar de vedad, dame un pellizco en la pierna y me apartaré.
-Siempre puedo mordértela… -dije, divertida. Hizo un gesto de horror.
-Prefiero el pellizco, gracias. ¿Tema cerrado?
-Creo que sí.
-Bien.
Volvió a tomar el folio donde escribía mis límites y con letra clara puso "Eyaculación en el rostro"
-Sólo nos queda hablar del sexo anal.
-Y de los métodos de dolor.
-También. A ver, explícame exactamente qué tienes en contra del sexo anal y que es lo que te preocupa.
-Nunca lo he hecho –contesté, con franqueza. Me miró con sorpresa.
-Aquí dice que no es tu práctica favorita… supuse que al menos lo habías probado.
-Lo intenté, hace años, cuando aún estaba en la universidad… a mi novio le encantaba y yo sentía curiosidad, pero cuando quiso meterla, no hubo manera, apenas fueron unos milímetros y me dolió muchísimo.
-Entiendo… ¿lo hicisteis bien?
-Es sexo. Puede ser aburrido o satisfactorio, ¿pero cómo se puede hacer mal?
-Te lo preguntaré de otra manera, ¿usasteis alguna técnica de dilatación?
-Pues… -negué con la cabeza mientras que recordaba aquella desastrosa noche.
-Dime que por lo menos usó algo para lubricar.
-No.
-Ese tío fue un completo imbécil –dijo, cabreado -. Y tú fuiste un poco estúpida, Kate.
-No me insultes –le advertí, indignada.
-No te enfades –me pidió, más calmado -. No debiste dejar que te lo hiciera, no así, podría haberte hecho daño.
-Tenía dieciocho años, no sabía nada del sexo anal –me defendí- confiaba en él –aclaré.
-Está bien, dime, ¿quieres probarlo o no?
-No lo sé. No creo que pueda soportar un dilatador como el que me enseñaste antes.
-No tengo la menor intención de usar uno así contigo, al menos no aún. Sólo quiero saber si mientras que dure tu doma me dejarás estimular y entrenar tu culo, nada más.
-Mi… ¿mi doma? –Me levanté de golpe, furiosa -. ¿Qué coño te crees? ¡No soy una yegua!
-Es una forma de nombrar al entrenamiento de una sumisa, no es un insulto –dijo -. Si tanto te molesta el nombre lo llamaremos entrenamiento, cálmate, por favor.
-Aquí nadie va a domar a nadie. Quiero que te quede claro –dije, aún en el mismo tono.
-Vale, nada de domas, ahora ven aquí.
-Estoy bien de pie.
-Kate, lo siento, ¿vale?, no era mi intención molestarte.
Lo fulminé con la mirada antes de sentarme sobre su regazo de nuevo; su erección había desaparecido y yo ya no me sentía excitada, ahora me sentía muy molesta y también confusa.
-No soy una yegua… hacer esto no me convierte en un animal, ¿no? –musité, afectada. Me cogió las manos y me las acarició, antes de colocar un dedo bajo mi barbilla y obligarme a mirarlo a los ojos.
-No eres un animal. Eres una mujer, una increíble mujer. Lo que vamos a hacer, lo que estamos hablando… nada de esto atenta contra tu dignidad, tú eres la que aceptas someterte, tú decides cuando parar y cuando acabar, en realidad, tú tienes todo el poder. Lo sabes, ¿verdad?
Asentí en silencio, aunque me sentía insegura… ¿Cuántas personas creerían que estoy atentando contra la dignidad de la mujer? Yo misma lo pensaba a menudo, pero Richard no me hacía daño, no me obligaba a hacer nada que no quisiera, me respetaba, me cuidaba. Se había puesto hecho una furia cuando le hablé de mi primer intento en la facultad, realmente parecía que se preocupaba por mí.
-Sigamos… -murmuré.
-¿Segura?
-Sí. Hablábamos de sexo anal… has dicho algo de entrenamiento, ¿cómo sería?
-Como el resto. No puedo coger una paleta y empezar a azotarte, no sentirías el menor placer y te haría daño, tampoco puedo ponerme un condón y hacértelo por detrás de repente. Si tanto le gustaba a ese imbécil debería haberlo sabido –gruñó. - Primero quiero conocer tu cuerpo. Empezaremos despacio, como ayer, aumentando poco a poco el ritmo y la intensidad, nada de juegos demasiado intensos hasta que no sepa donde podría hacerte daño y donde te daría más placer. Con tu culo será igual, primero jugaremos con los dilatadores más pequeños, con mis dedos… hasta que poco a poco lo aceptes y empiece a gustarte de verdad.
-¿Y si no me gusta?
-Lo dejamos como límite infranqueable. Déjame intentarlo primero, cariño, te prometo que cuidaré de ti. Estoy seguro de que te va a encantar.
-Está bien, lo intentaré… pero como te pases de la raya lo probaré yo contigo –le avisé. Me miró sorprendido y soltó una carcajada.
-Podrías ser una buena ama –comentó, con humor.
-Si quieres probar…
-Lo siento, nena, no me va la sumisión.
-¡No me llames nena!
-Perdón… -sonrió, apaciguador -. Ya sólo queda hablar del dolor…
-¿De verdad los castigos son necesarios? –me quejé.
-Muy necesarios. Pero deja de verlos como si fuesen algo malo, no es para tanto.
-Se nota que no eres tú el que los va a recibir.
-Tú tienes una forma de castigarme mucho más cruel y no me refiero a tu pistola.
Lo miré con sorpresa, ¿a qué diablos se refería? Fui a decir algo, pero colocó dos dedos sobre mis labios y me obligó a mirar el folio donde venían los métodos de causar dolor.
-Los castigos serán una especie de juego, con dos rondas. Una primera donde te administraré dolor, que servirá para corregir tu falta y una segunda donde recibirás los mimos y el placer. En la segunda notarás que a pesar del dolor, no querrás que pare el castigo, piensa en los azotes que recibiste ayer y en como deseabas correrte. Dolor y placer, preciosa, así va esto.
-¿Entonces siempre recibiré las dos cosas?
-A no ser que hagas algo terriblemente grave, sí, siempre.
-¿De qué clase de castigos estamos hablando? Aparte de los azotes.
-Negación del orgasmo durante cierto periodo de tiempo, pinzamiento de pezones o genitales, estimulación con hielo, con cera… hay cientos de formas para castigar. Algunas son como juegos, que serán las que tú y yo usaremos y otras son verdaderas torturas.
-¿Por ejemplo?
-Los varazos que le propiné a Celia… aunque lo que más suele joder a una sumisa es que la estimulen hasta la locura y luego le nieguen el orgasmo. Luego se siente vacía… apática…
-Eso es cruel.
-Los castigos dependen de las faltas cometidas. Los orgasmos son la manera que tiene el amo de decir que está contento con su sumisa y también de agradecerle todo el placer que ella le proporciona a él. Si en cambio le ha molestado mucho o le ha hecho daño… ya sea faltándole el respeto gravemente o traicionando su confianza… bueno, entonces le muestra cómo se siente. Por supuesto nunca se llega al daño físico.
-A veces el daño psicológico es mucho peor –dije, con frialdad.
-Si la sumisa sufre demasiado el castigo, hasta el punto de serle insoportable, sólo tiene que decir la palabra de seguridad.
-A no ser que sea como Celia y le importe más su amo que ella misma –comenté con amargura.
-Por eso hay que tener cuidado y estar pendiente del estado emocional de la otra persona. Yo jamás permitiría que una mujer hiciera por mí algo que no pudiera soportar. Sería abusar de su confianza y dañarla.
-Tu amigo lo hizo.
-Lo sé. Y aún se arrepiente.
-No parecía muy arrepentido entonces –recordé.
-Hablé con él después de aquello, discutimos. Celia debió haberle parado pero él debió haber estado atento. Ambos se equivocaron.
-Todo esto es tan… complicado…
-No más que una relación de pareja normal. Se trata de confiar, respetar y hablar las cosas. Si algo te molesta, me lo dices y ya está. No debes tenerme miedo.
-Hace apenas unos minutos me has hablado de aceptar todo lo que me exijas.
-En el sexo –puntualizó –y dentro de lo que puedas soportar. Si hago o voy a hacer algo que no te parezca buena idea, sea por el motivo que sea, di la palabra de seguridad y hablaremos de ello.
-Está bien. Hablemos de los métodos.
-Primero dime tu opinión sobre la mordaza y los ojos vendados –repuso.
-No me importa que me vendes los ojos, pero te pediría que lo dejases para más adelante… cuando…
-¿Confíes más en mí?
-Confío en ti. Pero todavía es demasiado pronto para algunas cosas.
-Bien.
-Y sobre la mordaza… la verdad es que no me hace mucha gracia que me pongas esa pelota en la boca –reconocí.
-Podemos usar esparadrapo u otra cosa –contestó.
-No sé, deja que lo piense.
-Está bien. Ahora sí. Iré enumerando los métodos de castigo y dolor, dime simplemente sí o no.
-De acuerdo.
-¿Azotes?
-Sí.
-¿Azotes con pala?
-¿Con cuidado? –Él asintió- ¿Cuándo me haya acostumbrado al… dolor? –Movió de nuevo la cabeza, afirmativamente –está bien, sí.
-¿Latigazos?
-No lo sé.
-Serán como los de ayer, sólo que más fuertes.
-Vale...
-¿Azotes con vara?
-Ni hablar.
-¿Mordiscos?
-Sí.
-¿Pinzas para pezones?
-Supongo que podría intentarlo –contesté, poco convencida.
-Las pinzas genitales las dejamos entonces, no creo que puedas con eso. ¿Hielo?
-Sí –respondí con seguridad. Ambos sonreímos, con el mismo pensamiento en la cabeza.
-¿Cera caliente?
-Preferiría que no la usases como castigo…
-No suelo hacerlo, la prefiero para causar placer, después del dolor, claro.
-Está bien -suspiré.
-Perfecto, pues ya hemos terminado con esto.
-Genial. Aunque me gustaría preguntar algo más.
-Dispara.
-¿Qué hay de lo de la protección?
-Me gustaría no tener que usar condones.
-Tendré que pedirle a mi ginecólogo que me recete la píldora de nuevo –observé -. ¿Puedo confiar en ti?
Por toda respuesta me enseñó unos análisis médicos sobre ETS. Todo estaba bien.
-Son de la semana pasada –aclaró –me gustaría que tú te los hicieras también.
-De acuerdo.
-Hasta entonces seguiremos con los condones –murmuró, con poco entusiasmo – Presiento que tienes más preguntas.
-En el contrato se hablaba de una segunda palabra.
-Sí y tenemos que hablar de eso. Manzana será rojo; si la dices, pararé enseguida, sin dudar –asentí –amarillo es una forma de decirme que empiezas a llegar al límite, que necesitas un descanso o que no te sientes bien… si necesitas beber agua, si las cuerdas te aprietan demasiado… ¿lo entiendes?
-Es mi forma de decir que necesito hablar contigo –resumí.
-Sí, pero recuerda que lo que vamos a hacer se basa en el dolor, el poder y la sumisión. Usa las palabras sólo si realmente lo necesitas.
-¿Me castigarías por usa a menudo las palabras de seguridad?
-No, pero si las usas a cada minuto para evitar que te haga algo será como decir que no te gusta lo que estoy haciendo y que no te gusta esta forma de… jugar. Y si no te gusta, simplemente puedes marcharte.
-Vale…
-No querrás usar amarillo, así que dime, ¿cuál?
-Pues… ni idea.
-Piensa en otra fruta –sugirió.
-¿Cerezas? –probé, él negó con la cabeza.
-Ni hablar, piensa en algo que no tenga que ver con el sexo.
-¿Qué diablos tienen que ver las cerezas con el sexo?
-Por tu culpa cada vez que pienso en las cerezas se me pone dura. Tú no te das cuenta, pero ese champú que usas es…
-Vale, entendido, nada de cerezas. ¿Plátano? –probé de nuevo, divertida, haciéndolo reír .
-¿Qué tal naranja? Algo completamente asexual.
-Bien, naranja y manzana –asentí, guardando bien esas palabras en mi mente; no debía olvidarla - . Una cosa más. ¿Por qué no puedo tocarte?
-Puedes tocarme –contestó, sorprendido.
-Pero en el contrato ponía…
-¿En qué idioma tengo que decirte que ese contrato no era para ti? Puedes tocarme, pero tampoco te hagas ilusiones, la mayor parte del tiempo estarás atada.
-Eso suena bien –repuse, de repente volvía a sentir el calor que un rato antes reinaba en aquel despacho. Él asintió, conforme.
-¿Eso te gustaría, preciosa? –Susurró sobre mi cuello -¿Te gustaría que te atase y te follase, con fuerza, igual que ayer?
-Mmm…
-¿Tienes alguna pregunta más? –inquirió, mientras que deslizaba el albornoz por mis hombros y me obligaba a incorporarme unos centímetros, quitándomelo. Estaba completamente desnuda, sentada en el regazo de ese hombre.
-Sólo una… -murmuré, entrecerrando los ojos por el placer cuando me pellizcó un pezón. Me apoyé contra su pecho, superada por la deliciosa sensación.
-Dime… -tenía toda su atención o al menos parte de ella, el resto se dedicaba a jugar con mis pechos.
-Ah… -traté de concentrarme, apenas recordaba que era lo que tenía que decirle.
-Te noto empapada –sonrió -. ¿Es por mí, inspectora?
-Puede ser… -contesté; apretó con fuerza el pezón entre sus dedos.
-Joder.
-Shhh –me regañó haciendo un gesto con el dedo -. Debería castigarte por esa boquita tan sucia, ¿no crees?
-¿Por qué no puedo tocarme sin tu permiso? –solté de golpe, recordando cual era mi última pregunta. Me miró, desconcertado, hasta que entendió. Sonrió, perverso.
-Porque soy tu amo –contestó, como si no necesitase más explicaciones, pero yo no quedé muy satisfecha con la respuesta -. Soy el dueño de todo tu placer, ya no te pertenece, preciosa. Tus gemidos, tus suspiros, tus gritos… esos orgasmos que te llevan a otra dimensión, son míos. Yo administro tu placer, porque tú me has dado el consentimiento para hacerlo. Aunque… -añadió, en voz muy baja, justo sobre mi oído- siempre puedes saltarte las reglas y recibir un castigo…
-Quizás no te des cuenta… -repuse, en el mismo tono. Él se rio.
-Conozco tu cuerpo como nadie, preciosa. Sé cuando estás satisfecha y cuando no. Además, no vas a necesitar tocarte, te daré todo el placer que necesites y más.
-Ya…
-Y ahora… si mi bella sumisa no tiene más preguntas… -negué con la cabeza -. Mejor, porque no puedo aguantar más.
-Yo tampoco…
-Levántate –me ordenó, con voz firme. Obedecí automáticamente; él tenía razón, yo me había prestado a jugar y jugar significaba obedecer. Me miró, complacido por mi rápida respuesta -. Muy bien. Ahora quiero que vayas arriba y traigas un condón y unas esposas, no tardes –dudé unos segundos, él arqueó las cejas; me di la vuelta y fui rápidamente a por lo que me había pedido, sorprendida por la reacción de mi cuerpo. Nunca había soportado que los hombres me dieran órdenes, pero aquello era… diferente. Me ponía cuando estaba en ese plan de amo dominante e inflexible.
Abrí los cajones y cogí lo que me había pedido; vacilé unos segundos mirando el tercer cajón. Lo abrí y saqué uno de los dilatadores más pequeños, negro. ¿Podría con ello? Richard seguía abajo, esperando y supuse que empezaba a perder la paciencia. Cerré el cajón y bajé rápidamente, cargada con los tres objetos.
-Has tardado mucho –dijo fríamente, pero no parecía enfadado. Era un papel, un papel de hombre frío, dominante, autoritario y sexy que representaba a la perfección. Se había quitado la camisa y desabrochado la cremallera de los vaqueros, dejando libre su erección. Decidí representar mi parte del guion.
-Lo siento, señor.
-Cierra la puerta y ven aquí –me ordenó. Obedecí y me acerqué. Me fijé en que había despejado el escritorio y había acercado una silla, colocando el respaldo en un lateral. Sobre la mesa sólo había un bolígrafo y una regla, pequeña, de madera. Tragué saliva, preocupada, pero mi clítoris se endureció sólo de verla. Mi cuerpo me traicionaba. -¿Qué traes ahí?
-Esto… pensé que podríamos empezar el entrenamiento anal… hoy –respondí, nerviosa. Parpadeó un par de veces, por la sorpresa pero se recuperó enseguida. Parecía satisfecho con mi propuesta.
-¿Eso quieres? –preguntó, con amabilidad. Me encogí de hombros -. Recuerda que yo decido que hacer, Kate, siempre –dijo, pero luego sonrió –pero me gusta que tomes la iniciativa –aprobó.
-Me alegro…
-Me alegro, ¿qué?
-Señor.
-Buena chica. Vamos a empezar con tu entrenamiento, arrodíllate en la silla e inclínate sobre el escritorio.
Obedecí sin dudar, por fin dejábamos atrás la teoría y empezábamos la práctica. Me arrodillé tal como me había pedido, dejándole una perfecta vista de mi trasero desnudo. Se acercó a mí, y frotó su mano contra mi clítoris, que se encontraba terriblemente necesitado. Gemí, histérica, pero cuando mi primer orgasmo empezaba a nacer dentro de mí, paró.
-¡No pares! –protesté. Recibí en respuesta a mi osadía un fuerte azote, que resonó en la habitación.
-No vuelvas a darme órdenes –me advirtió.
-Lo siento, señor… -no me sentía arrepentida en absoluto.
-No me creo esa disculpa… pero lo dejaré pasar. Ya llevas demasiado azotes para hoy.
-¿Me vas a castigar? –pregunté, asustada.
-Sí, por supuesto.
-Pero… ¿por qué?
-Veamos… diez por entrar en mi reino sin permiso; cinco por sugerir que la tengo pequeña y quince por discutirme esta mañana cuando lo único que quería era cuidarte.
Dios. Esos sumaban treinta. Era imposible que pudiera con ello y más con esa regla de madera.
-Serán quince con la regla y otros quince con la mano –añadió.
No contesté, había un bolígrafo frente a mí y lo cogí, sujetándolo con fuerza.
-Relájate, Kate –murmuró, acariciándome la espalda, frotando con ligereza.
-Lo intento, señor…
-Empezaremos con suavidad –dijo, sin dejar de acariciarme, esta vez con las manos sobre mi culo. Al igual que la noche anterior no tuve tiempo para asimilar cuando su mano dejaba de estar ahí y regresaba de golpe, con un azote fuerte y a la vez, tierno. Sujeté el bolígrafo con más fuerza, no por el dolor, porque no era para tanto, sino por la extraña sensación. Dolor y placer. Dolor porque había hecho algo malo. Placer porque en este mundo el dolor significaba placer. Un segundo azote, más fuerte que el anterior, pero de nuevo, dulce. No entendía entonces como podía haber ternura en aquellas manos, pero la había, sin duda. Los tres siguientes fueron rápidos y secos, apreté los dientes con fuerza, no iba a gritar, me negaba.
Cinco. Habían pasado ya cinco y no sabía cómo me sentía. ¿Quería que parase como me indicaba el dolor y el escozor? ¿Quería que siguiera, como me pedían mis pezones y mi clítoris? Me moví un poco, intentando aliviar la sensación. Tras los cinco primeros azotes me acarició, rozando apenas mi centro, empapado.
-Por Dios… -gemí.
-Te gusta, lo sé –murmuró. Y continuó.
Cada azote era una pequeña muestra de dominación y de cariño. No tenía nada que ver con el maltrato; Richard no era como esos hombres que golpeaban a sus mujeres y luego les pedían perdón, diciéndole que lo hacían por su bien. No. Esto era muy diferente. En cada roce de su mano sobre mi piel sentía lo mucho que le importaba. Primero el dolor, fuerte y a la vez estimulante, después el exquisito placer, sublime. Pero en aquel momento yo aún no podía comprender como mi cuerpo deseaba aquello, como podía llegar a gustarme. Creía que debía odiarlo, pero no podía; me encantaba lo que me estaba haciendo. La humedad entre mis piernas, los pezones, erectos, los suaves gemidos que escapaban de mis labios… aquello me gustaba y no podía evitar sentirme culpable por ese placer.
Cuando llegó a los quince se colocó a mi lado y me tomó de la barbilla, evaluando mi expresión. Nos miramos fijamente mientras que él acariciaba mis enrojecidas nalgas. Hice una mueca de dolor, pero después jadeé cuando introdujo dos dedos dentro de mí, de golpe.
-Quince más, preciosa –dijo, sin dejar de moverlos.
-No… no creo que soporte… la regla, señor –balbuceé. Mi cuerpo tenía un límite, ya no sólo por el dolor, sino por el placer que sentía. Richard golpeaba mi punto G con sus dedos, aquello era una tortura, necesitaba correrme.
-Podrás –aseguró -. Lo has soportado muy bien, cariño, mereces un premio. Puedes correrte cuando quieras.
Y me corrí, así de simple. Richard introdujo un tercer dedo, los movió, curvándolos y estallé. Le empapé la mano con mis fluidos; grité, retorciéndome con sus dedos en mi interior y mi cuerpo se relajó después de tanta excitación. Me dejé caer agotada sobre el escritorio. Él sacó los dedos de mi interior y los acercó a mis labios.
-Límpialos –ordenó. Me introdujo los dedos en la boca, noté el sabor, mi sabor y lamí, hasta eliminar todo rastro de mi placer. Aquello era tan crudo, tan erótico… llevé mi mano hasta su pene, pero la sujetó, negando.
-Aún no he terminado contigo –tomó también la otra mano y las llevó a mi espalda, sujetándomelas allí con las esposas. Me ayudó a apoyar mejor mi cuerpo sobre el escritorio, para que no perdiese el equilibrio.
Tras atarme volvió a meter un dedo en mi vagina. Lo movió, dentro y fuera, varias veces.
-Ahh…
Sacó el dedo con la misma brusquedad con la que lo había metido y lo llevó hasta mi ano, rozando la zona con movimientos circulares. Poco a poco, utilizando mis fluidos como lubricante lo introdujo dentro, dándome a la vez una fuerte nalgada.
-¡Joder!
Todas las terminaciones nerviosas de aquella zona despertaron dentro de mí. Empezó a sacar y meter el dedo tal como había hecho antes en mi vagina, pero mucho más despacio. Apoyé mi mejilla contra la fría superficie del escritorio, mordiéndome el labio con fuerza.
-Eso es, bonita… siéntelo, disfruta el placer que te doy –me animó con la voz ronca, penetrándome con el dedo aún más profundamente. Me temblaban las piernas, no aguantaría mucho más. De repente sus manos me abandonaron y cogió el dilatador que yo había cogido de la cómoda. Lo metió con cuidado dentro de mi vagina, estaba frío, me estremecí. Lo giró un par de veces y lo sacó, rozando después mi ano con la punta –vamos a jugar con esto… no va a dolerte, preciosa, ya estás dilatada y no te hará daño.
Asentí, ansiosa, moviendo mi trasero, incitándole. Me sujetó con una mano, acariciándome y poco a poco introdujo el juguete. Dolía un poco, era una sensación extraña, fuerte pero a la vez muy placentera. Empezó a acariciar mi clítoris con la mano que tenía libre y continuó metiendo el dilatador, despacio. Al tener forma cónica el tamaño iba aumentando, dilatándome lentamente. Solté un gritito cuando lo metió completamente, quedando en el exterior la base plana.
-Así… -murmuró -. ¿Te gusta?
-Sí… pero dame un minuto, por favor –le pedí. Amablemente me acarició las nalgas y la espalda, acercando después su rostro al mío para besarme.
-No te haces una idea de cómo estoy en este momento. Estoy deseando follarte, ahora estarás mucho más estrecha por el dilatador y estás tan húmeda… -gemí, capturando sus labios con mis dientes, haciéndole gemir a él –…estás preciosa con la piel tan roja por los azotes, es algo tan erótico… volverías loco al más cuerdo de los hombres…
Mientras que hablaba llevó su mano hacia la base del dilatador y lo presionó suavemente, haciéndomelo notar allí y también en mi clítoris. Me dolían mucho los pechos, necesitaban atención.
-Señor… tócame… por favor… -supliqué. Siguió presionando, estaba a punto de correrme de nuevo.
-¿Dónde quieres que te toque, cariño? –preguntó, solícito.
-En los pechos, por favor –respondí, agitada.
-¿Te duelen, Kate? –Insistió, rozándolos, aumentando la sensación de dolor y placer -¿Quieres que los pellizque? ¿Qué te los muerda?
-Sí, sí.
-Pobrecita… pero no puedo, cariño, aún no ha terminado tu castigo… -dijo, con falsa pena, presionando de nuevo la base del juguete.
-Oh, por favor… -sollocé.
-Voy a follarte, cariño. Ahora. –escuché el sonido del aluminio al romperse y se colocó detrás de mí, cogiendo la regla con una mano y sujetando mi cadera con la otra -. No te corras, no tienes permiso para acabar hasta que yo te lo diga.
Rozó varias veces mi intimidad con su erección, me retorcí, pero me sujetó con más fuerza. Me penetró lentamente, aquello era parte del castigo, darme pequeñas dosis de placer, despacio, queriendo alargar la agonía. Traté de moverme hacia atrás, acelerar la penetración, pero me gané un reglazo por aquello.
-¡Ahhhhh!
-¿Quién es tu amo, Kate? –preguntó, exigente, empezando a moverse en mi interior, aumentando el ritmo.
-Tú, tú eres mi amo –me dio tres veces más con la regla, rápido pero suave, doloroso pero placentero.
-¿Te gusta esto, Kate? ¿Te gusta que te domine? –dos azotes más seguidas con dos embestidas rápidas y profundas. Un siguiente golpe, esta vez justo sobre la base del dilatador, grité.
-¡SÍ, SÍ, ME GUSTA! –Dios Santo, necesitaba correrme. No podría soportar los quince reglazos, era imposible.
Tres palmetazos más, uno en cada nalga y el tercero de nuevo sobre mi ano. Joder.
-¿Aceptas entonces ser mía? ¿Serás mi sumisa, Kate? ¿Para mi placer y para el tuyo?
-Sí, soy tuya, tu sumisa, haz conmigo lo que quieras –siguió dentro de mí con movimientos potentes, duros, fuertes, crudos. Sexo salvaje y animal. El que él quería. El que yo deseaba.
Llevó sus manos hasta el juguete y tiró de él, sacándolo y metiéndolo, esta vez rápido, mi cuerpo lo acogía encantado, sintiendo el placentero tirón con fuerza.
-Por Dios Richard necesito correrme –supliqué. Cuatro azotes más, dos en cada nalga, duros y exigentes. El placer más crudo y brusco que pudiera exigir. El dilatador de nuevo presionando, mis músculos internos contrayéndose a su alrededor, mi vagina apretando su pene. No aguantaría más, ya sentía como todo mi cuerpo temblaba, como se tensaba.
-¿Cómo me llamo para ti, Kate? –inquirió.
-Señor, señor.
-Eres mía, Kate. Tu placer es mío.
-Sí, es tuyo –asentí; ya no sabía ni lo que decía, me sentía en otra dimensión, notaba el placer en mi clítoris, en mi vagina, mis pechos, el ano, en todo el cuerpo. Me poseía, me atrapaba, le pertenecía.
-Entonces dámelo, quiero ese orgasmo –una última embestida y un último azote y los dos nos corrimos. Los dos sentimos los espasmos del otro, oímos los gritos del otro, notamos el temblor. Richard me sujetó con fuerza hasta que las últimas olas de placer nos abandonaron. Salió de mí y retiró el dilatador lentamente, soltándome las manos después; me dejé caer sobre su cuerpo, no tenía fuerzas. Richard se sentó en la silla y me abrazó, rodeándome con sus fuertes y acogedores brazos. Apoyé mi cabeza en su torso, exhausta.
-Eres extraordinaria –susurró.
-Gracias por esto –respondí.
-Descansa, yo cuidaré de ti.
