Una libreta, cayendo del cielo. Seguramente era una alucinación producto del aburrimiento en clase.
— Yagami Raito, traduzca la siguiente línea por favor.
— Sí.
La libreta bajo su brazo, Yagami Raito caminando hacia casa.
"Una libreta que mata personas. Debo estar loco por sólo considerarlo… pero…"
Yagami Raito enciende un televisor. Las noticias reportan una crisis de rehenes en un preescolar.
"¿No es lo que he estado pensando este tiempo? ¿Que el mundo está podrido?"
El noticiero anuncia el nombre del criminal, que es replicado en la libreta.
Cuarenta segundos.
— ¡Los rehenes están saliendo! Sí, está confirmado…. ¡el sospechoso fue encontrado muerto en escena!
"Me convertiré en el Dios del Nuevo Mundo".
-o-o-o-
Asahi Soichiro corrió desde la cocina ante la escena que se generó ante sus ojos: el estudiante bajo protección había perdido la conciencia repentinamente y el sospechoso de su caso no tenía la fuerza suficiente para cargar con su peso. Ryuuzaki había pensado por una fracción de segundo que se trataba de una farsa, por lo que sus esfuerzos llegaron tarde.
Fue una caída inevitable, pero silenciosa.
— Ayúdame a recostarlo, por favor. ¿Qué ocurrió?
El detective intentaba sonar profesional, pero la preocupación era evidente en el tono resquebrajado de su voz. Los ojos vacíos de Ryuuzaki no recuperaron brillo mientras respondió con indiferencia.
— Fue confrontado con sus recuerdos. Si todo es tal como supongo, habrá un periodo de fiebre cuyo pico no excederá los 38 grados centígrados. — Ryuuzaki estaba en cuclillas mientras tomaba los hombros de Raito para recargarlo en el costado del sillón — Después de eso… ya veremos.
— ¿De qué estás hablando?
— Ya que mi fuerza física se ha deteriorado por las circunstancias recientes, no podré ayudarle a subir a Yagami-kun a la habitación. Le sugiero que lo dejemos en el sillón y lo cubramos con el edredón.
Al levantarlo, el detective notó un bulto cuadrado bajo la camisa del estudiante.
— ¿Por qué lo llamas así? — preguntó el detective una vez que el estudiante quedara tal y como Ryuuzaki había sugerido.
— ¿Eh? ¿Yagami Raito? Si yo soy L, y L persigue a Yagami Raito, el falso dios de la noche, ¿por qué no he de llamarlo así?
El detective no comprendió, pero intuyó que debía alejar a su sospechoso para inspeccionar a su protegido. El desmayo repentino no le daba buena espina, pese a saber que Ryuuzaki no llevaba ningún artilugio peligroso consigo. Suspiró.
— ¿Podrías traer el botiquín de emergencias que tengo en mi armario? Quisiera revisar su temperatura…
Ryuuzaki se levantó y subió por las escaleras sin decir nada. El detective no podía esperar. En cuanto su sospechoso desapareció, desabotonó la camisa y sacó una libreta.
Nada especial: cubierta negra, sin marcas.
Al oír los pasos que regresaban por la escalera, Asahi Soichiro guardó para sí la libreta.
-o-o-o-
— Soy Lind L. Tailor, también conocido como L.
"¿Quién es este sujeto?"
La televisión mostraba a un sujeto en traje y corbata. Ojos pequeños, cabello largo y peinado.
— Criminales son asesinados alrededor del mundo por un asesino serial. Considero a este asesino como el peor criminal de la historia. No descansaré hasta atraparlo y entregarlo ante la justicia. Kira, voy a cazarte…
Sí, seguro. El nombre quedó escrito en la libreta y los cuarenta segundos marcaron la cuenta final. Cuando Lind L. Tailor colapsó, Yagami Raito no pudo evitar reírse de lo cómico de la situación.
— ¿Qué pasa, no tienes nada más que decir?
La imagen del televisor cambió por una letra gótica impuesta en el fondo blanco. Una voz distorsionada cortó con el buen humor del dios del nuevo mundo.
— Tenía que hacer la prueba, pero no creí que funcionaría. No lo creería de no ser porque lo acabo de presenciar. Kira, parece que puedes matar a alguien sin estar presente. Escúchame, Kira. Si en verdad mataste a Lind L. Tailor, el hombre que viste morir en televisión, debo decirte que era un prisionero cuya ejecución estaba programada para hoy. Ése no era yo.
Yagami Raito no podía contener el asombro. La voz modificada continuó.
— La Policía lo arrestó en secreto para que no supieras de su existencia por televisión o Internet. Parece que ni siquiera tú tienes acceso a la información de este tipo de criminales.
El shinigami Ryuk, a su lado, no pudo contener una risita.
— Te engañó.
— Pero una cosa te aseguro. L es real. Yo existo. Ahora, ¡trata de matarme!
Yagami Raito dejó que la ira fluyera a través de sus puños apretados mientras la voz del televisor seguía provocándolo, burlándose incluso. ¡Era un maldito!
— Bien, Kira. Parece que después de todo no puedes matarme. Así que hay personas que no puedes matar. Me diste información útil. Te devolveré el favor… Aunque ésta se anunció como una transmisión mundial, la verdad es que sólo estamos transmitiendo en la región Kanto de Japón. Pensaba transmitir este mensaje en cada región del mundo hasta encontrarte, pero ya no será necesario. Ahora sé dónde estás.
El shinigami parecía no haberse divertido tanto en años.
— Ese L es bastante bueno.
— La primera de tus víctimas fue un sospechoso en Shinjuku. La policía trató este caso como un incidente aislado. De todos los criminales que han muerto recientemente de un ataque al corazón, el crimen de éste fue por mucho el menos serio. Además, su caso sólo fue transmitido en Japón. Usé esa información para deducir esto. Estás en Japón, y la primera de tus víctimas fue sólo un experimento, lo que significa que no llevas matando mucho tiempo. Decidimos transmitir en Kanto primero por lo grande de su población, y por fortuna te encontramos. Para serte completamente honesto, nunca creí que las cosas saldrían tan bien… pero no faltará mucho para que pueda sentenciarte a muerte. Obviamente estoy muy interesado en saber cómo cometes estos asesinatos, pero no me importa esperar un poco más. Podrás responder a mis preguntas cuando te atrape. Volveremos a vernos pronto, Kira.
La transmisión se cortó.
Yagami Raito abandonó la furia que se apoderaba de él. ¿Había alguien dispuesto a perseguirlo? Bien. Sería un reto interesante.
Una vez que atrapara a L, quedaría claro quién es la justicia.
-o-o-o-
Ryuuzaki contemplaba al estudiante inconsciente desde el sillón opuesto. Aunque agradeció el tazón de chazuke que le sirvió el detective, había dejado que el plato se enfriara luego de probarlo. Pese a tener días sin probar bocado, no tenía hambre y era inevitable extrañar los panqueques de Raito-kun. Siempre quedaban perfectos y la conversación del desayuno solía ser interesante…
No. Era indispensable detener esa línea de pensamiento inmediatamente. Yagami Raito no había sido más que un mentiroso, un manipulador sin miramientos que hacía valer su narcisismo desmedido en cada una de sus acciones. Un asesino serial con complejo de dios…
Ahora lo tenía claro. Seis días de forzarse a recordar su propio pasado como criminal de cuello blanco no habían resultado para que él pudiera comprender su propia existencia actual. Ryuuzaki no tenía idea de cómo había terminado involucrado en casos de fraude cibernético, o sobre las razones que lo habían conducido a Akabane antes de ser víctima del ataque. Sin embargo, a punta de condicionamiento y meditación, otro tipo de recuerdos habían comenzado a surgir.
Al principio, Ryuuzaki creyó que eran meras alucinaciones, pero la secuencia de hechos que emergían del pasado profundo era tan cohesiva que no pudo demeritarla. Había visto, finalmente, que L había sido un detective, el mejor del mundo. Su eficiencia había sido tal que sus definiciones de justicia eran respaldadas sin objeción cuando él lo requería. Descubrió que L se involucró en un caso de asesinato serial inverosímil cuya existencia a duras penas era reconocida y que, además, el autor de tales crímenes se valía de medios sobrenaturales.
Para ese momento, Ryuuzaki veía la presencia de la Death Note como algo obvio. ¡Pero había sido tan difícil cazar a Kira partiendo de la ignorancia total!
Alguien infantil, que odia perder. Un individuo con una egolatría y un intelecto sin límites.
"Alguien como yo", pensó.
Y Kira, el que retaba su percepción de la justicia pese a tantas similitudes, se hallaba en un disfraz de perfección que nadie más que él podía permear.
Yagami Raito.
El estudiante inmaculado, el hijo perfecto, el adolescente sin mella alguna y con una capacidad para el engaño que Ryuuzaki sólo había visto en sí mismo. Parecía que tal habilidad había trascendido a este nuevo plano de existir, como se demostraba en los cuidados que Ryuuzaki había puesto para disfrazarse anteriormente, cuando tenía recuerdos.
Ahora, en ese sillón, no podía más que esperar. Si Yagami Raito se fingía inconsciente, o todo esto era parte de un engaño más elaborado, Ryuuzaki debía comprobarlo. Y para ello, debería mantener una vigilancia ininterrumpida. No se daría el lujo de parpadear a menos que fuera necesario.
-o-o-o-o-o-
Raito se sentía atrapado en el vaivén de la memoria recuperada. Había creído – erróneamente, al parecer – que no tendría forma de recordar a Ryuuzaki en su existencia pasada, luego de que lo hubiera encontrado por primera vez y fuera su voz la que delatara su relevancia. Estos recuerdos se agolpaban en su cabeza con claridad, como si pudiera diseccionar cada recuerdo como si fueran láminas de cristal.
Desde un exterior indefinido, Yagami Raito se vio a sí mismo escribiendo nombres una y otra vez, renegando sobre cómo L pagaría por todas las molestias que estaba tomando para evitar ser atrapado. Angustiado, Raito quería despertar e ignorar al estudiante de mirada gélida y sonrisa triunfal que contemplaba al mundo como si fuera suyo. Quería escapar de esa versión de sí mismo con la que ya no podía identificarse… pero los recuerdos seguían desplegándose a una velocidad tan pasmosa que resultaba desesperante.
El alter ego que protagonizaba cada escena estaba listo para su examen de admisión a la universidad, mirando el cuadernillo con desdén. Apenas habían pasado unos minutos desde el inicio del examen cuando una voz lo impulsó a mirar atrás.
— ¡Estudiante número 162, siéntese correctamente!
A Raito le bastó escuchar esa frase para saber quién estaría a pocos lugares de distancia. Los dedos delgados, el cabello desordenado… y esos ojos huecos que se quedaron clavados en la espalda del estudiante.
Ryuuzaki estaba ahí… Y Raito no podía sino sorprenderse de que lo hubiera estado vigilando personalmente desde varios meses atrás. ¿Acaso Ryuuzaki no valoraba su vida lo suficiente? ¿Por qué asumía el riesgo de acercarse, así fuera a varios metros, al asesino más peligroso que había conocido la humanidad?
Ryuuzaki no habría hecho eso. No el chico que Raito ya conocía bien… pero, de algún modo, este nuevo primer vistazo de él lo conducía a creer que no eran la misma persona, porque la mirada era diferente. El pelinegro de estos recuerdos bien podría ser una cáscara vacía, con el alma evaporada e incapaz de reflejarse en la dureza de sus ojos negros.
-o-o-o-o-o-
Asahi Soichiro aprovechó que Ryuuzaki se había quedado a ojos fijos frente a Kobayashi Satoshi para subir a la habitación que había estado sitiada durante casi una semana. Ante la futilidad de abrir la puerta, pasó a través del hueco y se detuvo a contemplar el desordenado panorama. Las hojas que Ryuuzaki había sacado de la caja en el armario estaban regadas por el piso, tal y como habían quedado cuando Raito irrumpió en el cuarto para recuperar a su compañero. Por un momento, Asahi Soichiro imaginó que Ryuuzaki había aprovechado la expedición por el botiquín para esconder o destruir la información que había vertido en el papel y, a pesar de no comprender sus motivos, se alegraba de haberse equivocado.
Sobre el pecho del detective y entre la tela de su atuendo, se resguardaba la libreta que quería revisar sin vigilancia. Se sentó en la orilla de la cama y abrió la libreta de forma aleatoria. Ante la críptica escritura, pasó las páginas a toda velocidad, esperando encontrar algo que pudiera leer sin tener que decodificar. Una vez que vio que tal esfuerzo sería en vano, optó por revisar los papeles que Ryuuzaki había escrito en seis días de encierro… para encontrar lo que él deducía como contenido encriptado de la misma manera.
Infortunadamente, Asahi Soichiro no era un experto en criptología. Consiguió que un asistente técnico de la NPA encriptara los archivos que compartió con Satoshi y su amigo, a sabiendas de que no sería un problema para ellos. Sus experiencias descifrando mensajes codificados era escueta y, al observar los apuntes, intuía que la decodificación no sería suficiente, porque – dada la ausencia de kana o kanji – era casi seguro que la información estaría dispuesta en un idioma extranjero.
Una vez que juntó todos los papeles, el detective se sentó en el escritorio de su hija y dejó los papeles a su izquierda. Tomó la primera de las hojas y comenzó a estudiarla, rogando que – si su suposición era correcta – la información estuviera en inglés.
-o-o-o-o-o-
Desde el exterior, Yagami Raito se veía volver de la ceremonia de ingreso a la Universidad. Indiferente a las felicitaciones de su familia, subía ecuánime a su habitación. Ponía el seguro a la puerta. Tomó asiento en su escritorio y finalmente dejó escapar la ira contenida.
— ¡Maldición, me atrapó!
Su arrebato fue tal que el shinigami se petrificó.
— ¡Maldito L! ¡No me habían humillado tanto en la vida!
— Oye, ¿por qué no haces el trato de los ojos shinigami? Así podrías matarlo.
— ¡¿Y de qué me sirven los ojos?! Aun si pudiera matarlo, si resulta que no es él, le estaría anunciando al verdadero L que yo soy Kira. A diferencia de los shinigami, las personas tenemos que preocuparnos si matamos a alguien… Y para colmo, no puedo hacer que alguien mate a L por mí. ¡Esa es la falla de la Death Note!
Raito apenas era capaz de creer lo que veía. Todo su ser reflejado en el individuo sentado en el escritorio no reflejaba más que frustración y un odio inconmensurable hacia el que ahora era su aliado incondicional. Y el alumno modelo seguía maldiciendo su suerte por la defensa perfecta de Ryuga Hideki, el falso estudiante universitario.
Finalmente, una carcajada perforó el ambiente.
— Esto es perfecto… ¡significa que no tiene nada! No tengo de qué preocuparme. Seguro que Ryuga volverá a la universidad y conviviremos, fingiendo ser dos buenos amigos. Bien, Ryuga, si quieres mi amistad con gusto la tienes… pero en cuanto obtenga tu nombre te mataré… con mis manos si es preciso.
La habitación se desvaneció, dejando a Raito en el vacío. Nadando en el mar de recuerdos que comenzaba a arremolinarse de nuevo, con la imagen de L y él mismo en diferentes contextos, Raito llegó a una primera conclusión.
Su alter ego había sido un ser aterrador.
-o-o-o-o-
Habían pasado ya siete horas, veinticinco minutos y diecisiete segundos desde que Raito había caído inconsciente. Si se trataba de un engaño, Ryuuzaki tenía que reconocer que excedía las capacidades actorales que había visto en el estudiante hasta el momento. No había conseguido una reacción luego de cambiarlo de posición, picar sus párpados con un dedo, pinchar sus costillas con los palillos y arrancar treinta y dos cabellos.
Quizás Yagami Raito no mentía. Al menos no esta vez.
En realidad, si era objetivo… no había evidencia de que Raito le hubiera mentido desde el día en que se conocieron, en esta nueva vida. A pesar de haber evitado poner todas sus cartas sobre la mesa, el chico jamás había tergiversado la situación, ni siquiera en referencia al caso por el que cualquier otro individuo lo habría juzgado loco. Tal vez Yagami Raito había cambiado, finalmente…
"Pero las probabilidades son menores al 1%".
Con sus recuerdos, la imagen de Kira se imponía a la de Yagami Raito. No sentía compasión alguna hacia ese individuo megalomaníaco que había sometido a la humanidad a un yugo de terror disfrazado de purificación divina. Kira había sido capaz de disfrazarse en piel de cordero para acercarse a la investigación y había engañado a todos, excepto a él, con mentiras.
"Atraparemos a Kira", le había dicho.
Vaya broma.
Desde el sillón, Ryuuzaki intentaba que la amargura del caso Kira dominara su razonamiento. Se esforzaba por ver al peor asesino de la historia en el sujeto que yacía frente a él. A cada segundo, evocaba los recuerdos que había forzado, a fin de detestar al artífice de tantas desgracias colectivas.
Recordaba a Yagami Raito tratando de preguntar a Amane Misa por su nombre real, sin contar con que él ya había tomado medidas.
Recordaba a Yagami Raito en su confinamiento, y el cambio repentino que tuvo su mirada. La inocencia que se hallaba confusa en un entorno hostil. Ahora comprendía que el adolescente era una persona diferente cuando no contaba con su memoria.
Recordaba a Yagami Raito encontrando el nexo entre el caso Kira y el grupo Yotsuba, con tal de mejorar el estado de ánimo del detective.
Recordaba a Yagami Raito gritando de dolor cuando tocó la libreta de nuevo.
Recordaba esos ojos cafés volviendo a su dureza original. Recordaba el dolor de su pecho al haber intuido que Yagami Raito volvía a ser su enemigo.
Recordaba a Yagami Raito sosteniéndolo en sus últimos momentos, justo cuando estaba a punto de cerrar el caso más difícil de su trayectoria.
¡Cómo quería odiar al chico! Que pagara, por lo menos, todo el dolor que había causado gratuitamente.
Pero no era capaz de detestarlo, porque esa última sonrisa triunfal que vio en el rostro de Yagami Raito jamás se había replicado en esta existencia.
-o-o-o-o-o-
— ¿No oyes las campanas, Raito-kun? Han estado sonando todo el día. Tal vez sea una boda… o un…
Llovía. La tormenta era tan poderosa que el cielo ennegrecido no dejaba escapar un poco de luz solar. En el techo de un edificio, Yagami Raito se enfrentaba a un nuevo recuerdo. Pero, a diferencia de todos los anteriores, éste no era visto desde el confuso exterior.
— ¿De qué estás hablando, Ryuuzaki? Vamos, hay que regresar.
Entonces comprendió que se hallaba encarnando a Ryuuzaki. Y ahora veía a su alter ego frente a él, con la falsa expresión de cordialidad que ocupaba para engañar al mundo.
— Lo siento… Nada de lo que digo tiene sentido. Si fuera tú, no creería una palabra de ello.
El alter ego sonrió.
— Tienes razón. No sé qué sería de mí si te tomara en serio todo el tiempo.
— Pero podría decir lo mismo de ti.
Una confusión auténtica se manifestó en el rostro del alter ego.
— ¿A qué te refieres?
— Dime, Raito-kun: desde el día en que naciste, ¿hay algún momento en tu vida en el que hayas dicho la verdad?
Yagami Raito sintió que su interior se incendiaba ante su alter ego transmitiendo en sus ojos la ira de verse descubierto.
— ¿Qué quieres decir? Reconozco que en algunas ocasiones he alterado la verdad, pero no hay persona que no haya mentido jamás. Los seres humanos no somos tan perfectos. Todos mentimos de vez en cuando e, incluso así, hago un esfuerzo consciente por evitar que mis mentiras dañen a otros…
— … Sabía que dirías algo así.
Entraron y se pusieron bajo resguardo. Yagami Raito se vio sacando unas toallas del armario de servicio más cercano, extendiendo una al estudiante. Se sentaron en uno de los amplios escalones.
Y en un acto que Yagami Raito no podía comprender, veía desde el interior cómo Ryuuzaki se inclinaba para secar los pies de su alter ego.
— ¿Pero qué haces?
— Creí que podría ayudarte. Estabas ocupado secándote, de todos modos.
— No es necesario.
— Puedo darte un masaje también. Es lo menos que puedo hacer para redimir mis pecados.
— …Está bien.
El alter ego se cruzó de brazos. Era una situación incómoda, Raito lo sabía bien. Ocupado en secar a su sospechoso, Ryuuzaki se había olvidado de sí mismo y ahora Raito veía a través de sus ojos negros cómo escurrían unas gotas…
— Todavía estás empapado.
El alter ego se había acercado con su propia toalla, para contener la humedad del cabello negro. Yagami Raito no comprendió su motivación, pero sentía en su pecho – o el de Ryuuzaki, más bien – la resignación de una derrota inevitable.
— ¿Será solitario, no es así?
— ¿Eh?
— Tú y yo nos separaremos pronto.
Si Yagami Raito hubiera podido, habría comenzado a llorar.
-o-o-o-o-
Habían pasado cuatro horas y Asahi Soichiro comenzaba a entender. Luego de una larga llamada con su equipo técnico, había alcanzado el objetivo de conocer el método y llave para desencriptar los apuntes de la libreta. Eso le había costado hora y media, dados los impedimentos prácticos para que un código visual fuera transmitido solamente por vía telefónica. Aunque se extrañaba de no haber oído ruido alguno, asumió que Ryuuzaki estaría cuidando a Kobayashi Satoshi y que no había cambios en su condición. Si fuera un caso distinto, ya se habría enterado.
El detective ya había pasado una transcripción preliminar de las primeras notas y apenas daba crédito a lo que estaba leyendo. Por lo visto, su protegido había pasado un año muy difícil, cargado de alucinaciones y delirios de referencia que se manifestaban a través de sus sueños. No era de extrañarse que tales notas hubieran sido codificadas. Cualquier persona que las leyese asumiría que el chico había perdido el juicio.
Incluso al detective le costaba trabajo creer lo contrario.
Porque, ¿qué individuo en sus cabales decide que existen las reencarnaciones y que él fue un criminal en una vida pasada?
Absurdo completamente.
No obstante, el chico actuaría con base en su percepción, aunque ésta fuera errónea. Tal vez en ese delirio suyo radicaba la razón de ser perseguido por un criminal de orígenes dudosos. Tenía que desentrañarlo todo.
Por el bien del caso.
Por el bien del chico.
-o-o-o-o-
Una base de operaciones. Pantallas y equipos de cómputo por todos lados.
— Estamos muy cerca de lograrlo. Si hacemos esto, cerraremos el caso.
Se oyó el ruido de un trueno y se activaron sirenas de emergencia. Las personas en la sala entraron en pánico y confusión.
— ¿Watari?
— ¿"Todos los datos se han eliminado"? ¿Pero qué significa esto?
Desde la perspectiva de Ryuuzaki, sólo había una posibilidad. Yagami Raito sintió el frío conteo de los cuarenta segundos.
— Instruí a Watari para que eliminara toda la información en caso de que le pasara algo. Todos… ¡la shinigami…!
Oh, no.
Ryuuzaki cayó de su silla, y la conciencia de Yagami Raito con él. Sintió las manos del alter ego sostenerlo mientras yacía en el piso. Imágenes confusas de Raito y Ryuuzaki pasaban, entremezclándose y diluyéndose en un caleidoscopio acelerado.
Pero a todas esas imágenes que consolidaban sus recuerdos de L, se imponía una de ellas.
Una sonrisa.
La sonrisa de quien había triunfado, venciendo a su único obstáculo hacia su visión de un nuevo mundo.
Su mundo.
La voz del alter ego le rogaba que no se fuera, que resistiera. Pero ambos sabían que era una actuación.
Yagami Raito sabía que nadie más vería esa sonrisa, pero sentía que su corazón explotaba no sólo por el designio de la Death Note, sino por el dolor de que esa expresión sardónica y cruel hubiera sido lo último que Ryuuzaki vio antes de cerrar los ojos para siempre.
Obscuridad.
-o-o-o-o-
El aeropuerto de Sapporo carecía de la fuerza característica de los aeropuertos de Haneda y Narita, en Tokio. En esta ciudad provinciana se imponía la tranquilidad y todo el tráfico aéreo era local. Por ello, apenas había algunos viajeros transitando por los pasillos del edificio.
— Quiero una manzana.
El shinigami se retorcía y caminaba con las manos, haciendo todo un espectáculo. Afortunadamente, sólo había un espectador posible alrededor. Kobayashi Teru se dirigía a la central de taxis arrastrando una maleta pequeña. La bufanda gris que llevaba consigo cubría la mitad de su rostro, como una precaución ante las cámaras de seguridad.
— Hasta que lleguemos al hotel, ¿cuántas veces debo repetirlo?
— No eres divertido.
— El camino de un dios no lo es. No creí que tendría que llegar a ensuciar mis manos con esto.
Las piernas del shinigami se movían hacia el frente y atrás, como si caminara sobre el aire. Desde que Mikami Teru había recuperado todos sus recuerdos, se había vuelto más taciturno que antes. Había cortado el suministro de manzanas y la situación empezaba a exasperar al dios de la muerte, pero no había nada que él pudiera hacer. Después de todo, siempre sería un espectador.
— ¿Qué harás ahora?
— Necesito que no quede rastro — Teru llegó a la cabina de servicio y solicitó un vehículo. Después caminó a la sala de espera. — No quería hacerlo, pero necesito su nombre… O el nombre que me permita disponer de él sin problemas.
El shinigami se detuvo y descontorsionó.
— Vaya, vaya, ¡hasta que dices algo con sentido! Entonces, ¿hacemos un trato?
Mirando al horizonte, Teru asintió.
o-o-o-o
Yagami Raito no comprendía nada. El caleidoscopio finalmente se había detenido, dibujando un nuevo entorno. La luz rojiza de lo que parecía el atardecer se filtraba por los cristales rotos de alguna ventana. Había tuberías oxidadas y desperdicio metalúrgico alrededor, por lo que dedujo que se trataba de una bodega abandonada.
Parecía… no, estaba seguro. Era la bodega en la que había escuchado la voz de Ryuuzaki por primera vez. El primer recuerdo que había recibido de Ryuk.
Tendido en las escaleras, apenas soportaba el dolor punzante en un costado y en su hombro derecho. Alcanzó a palpar para corroborar que, en efecto, había sido víctima de varios disparos. La sangre emanaba lenta pero implacable, tiñendo su ropa.
Una vez más, lo sintió. El impulso de la muerte irremediable que llegaría en cuarenta segundos… Pero nada importaba ya. Ryuuzaki se había ido. Él había sido vencido en su propio viaje de convertirse en dios. Era, como decía su persecutor del presente, un falso dios de la noche.
A cada segundo, la espera de volver a ver a Ryuuzaki, aunque fuera en este último instante, se tornaba más angustiosa. Quería creer que todo era una equivocación y que L había hecho gala de su fama fingiendo su muerte para ganar el caso. Pero sabía bien que no era así.
En su afán de conquistarlo todo, había destruido a todos a su alrededor. Amane Misa había trastornado su vida con tal de seguir a su lado. Yagami Soichiro había muerto bajo los planes desquiciados de su hijo. Y L, el que hubiera declarado no tener ningún otro amigo en el mundo…
L había muerto por culpa suya.
En los últimos instantes, la figura borrosa de Ryuuzaki apareció frente a él. Una tubería cubría la mitad de su rostro, por lo que Yagami Raito no pudo volver a encontrarse con el infinito resguardado por sus ojos negros.
Tosiendo un poco de sangre, Yagami Raito cerró sus párpados.
-o-o-o-o-
— ¡No!
El grito agónico de Yagami Raito sobresaltó a Ryuuzaki, provocando que cayera de espaldas. Raito se retorcía en el sillón, en lo que parecía una crisis convulsiva. El pelinegro se movió con rapidez, acercándose a Raito y colocándolo de costado. Su debilidad dificultaba atender la crisis, pero sabía lo que tenía que hacer. Aflojó cinturón y desabotonó los puños de su camisa. Colocó sus manos en los hombros, a fin de evitar que Raito cayera al suelo.
No podía hacer más que esperar, ¿verdad?
Aun así… había algo que quería intentar.
— Estoy contigo, Raito-kun — murmuró mientras se acercaba a su oído.
La intensidad de las convulsiones disminuyó y poco a poco el estudiante recobró la calma. Su respiración se normalizó, pero no despertó.
Fue hasta ese momento que Ryuuzaki notó las cascadas que se derramaban por las mejillas del chico.
— Raito-kun, despierta.
No hubo respuesta.
— Yagami-kun, por favor…
El cuerpo seguía laxo e inmóvil. Ryuuzaki enjugó las lágrimas con el dorso de su mano. Por un momento, creyó que el grito sería la señal de que Raito recuperaría la conciencia. Ahora, contra su pronóstico, el estudiante volvía al limbo inexpugnable del que no podría salvarlo.
— ¡Vamos, date prisa! ¡Despierta ya!
Ryuuzaki no sabía qué hacer. A diferencia del episodio de fiebre que desencadenó sus recuerdos de Misa, Raito no daba señales de volver en sí en esta ocasión. Según la última medición de Ryuuzaki, su temperatura ni siquiera se había elevado. Sus pupilas sí reaccionaban a la luz, pero más allá de eso y del llanto ininterrumpido no había ninguna otra respuesta sensorial y el chico no encontraba medio para hacerlo volver.
Poco importaba ya si Yagami Raito había sido el artífice de su destrucción.
Ahora sabía que la promesa que había hecho trascendía las fronteras de la vida y la muerte.
¿De qué otro modo explicarse a sí mismo que hubiera visitado los sitios comunes de Yagami Raito antes de conocerlo? Aunque no recordara su pasado inmediato, Ryuuzaki sabía que no se habría tomado la molestia de disfrazarse a menos que se tratara de algo importante. Estaba convencido, pese a no tener elementos para comprobarlo.
Ryuuzaki había llegado a Japón para encontrar a Yagami Raito. No tenía duda de ello.
Y ahora el objeto de su búsqueda, esa alma con la que se había unido por los engranajes del karma, yacía en un mundo al que él no podía llegar. Sin importar lo que hiciera, no había garantía alguna de que volviera a encontrar la lucidez de aquellos ojos castaños. Y si eventualmente regresaba, ¿qué garantía había de que volvería Yagami Raito y no Kira?
Con los puños temblando de frustración, Ryuuzaki soltó un débil quejido acompasado por la humedad filtrada en su mirada. Consideró las posibilidades. Si al despertar, era Kira quien regresaba, la alianza entre ellos dos se habría deshecho irremediablemente. Si Kira volvía, Ryuuzaki tendría que desaparecer por su propia seguridad, o aceptar que moriría gratuitamente.
Y si Kira volvía, ya no habría otra manifestación del cariño que amenazaba con reventar su pecho.
Ryuuzaki no quería pensar más. El beso que dio fue húmedo y triste, con sabor a despedida y cargado de resignación.
Yagami Raito no despertó.
