Draco estaba seguro de que este era uno de los momentos en que incluso un Malfoy tenía derecho a demostrar el pánico que sentía.
Estaba convencido de que, en el caos causado por el ataque de los demonios, un hechizo había impactado contra él y aunque él había abierto los ojos en algún momento tras eso y descubierto que la batalla continuaba, poco antes de que pudiese estar consciente de por qué todo se veía al revés, algo que él no había logrado distinguir lo había halado, llevándolo a una velocidad inhumana a un espacio cerrado y oscuro.
Y ahora estaba ahí, sin su varita y rodeado por paredes cerosas que apenas le daban suficiente espacio para estirar los brazos y que estaban tan pegadas entre sí que impedían el paso de cualquier luz. Era prácticamente un milagro que pudiese respirar en esas condiciones, pero no podía alegrarse en verdad por ello cuando no sabía dónde estaba y quién lo había encerrado ahí y por qué.
¿Golpear las paredes y gritar por ayuda sería una buena idea o, por el contrario, podría empeorar la situación? ¿Siquiera había alguien afuera? Y si ese era el caso, ¿podría escucharlo o en lugar en el que estaba cautivo había sido encantado para que ningún sonido llegase al exterior?
Considerar eso aumentaba su terror; no obstante, al mismo tiempo, sentía que solo sus pensamientos impedían que la total oscuridad que lo rodeaba lo tragase vivo y lo atrapase por siempre en ella.
Llevar cuenta del paso del tiempo en tal situación era imposible, pero el que no se encontrase deseoso de dormir hacía que Draco sospechase que solo había estado allí un par de horas, como mucho, aun cuando le parecía que había estado ahí por toda una eternidad.
Tal vez la batalla de Hogwarts no había terminado y era por eso que su captor estaba ausente y también la razón por la que quizás nadie, ni siquiera Minamino y su amigo demonio, había notado su ausencia.
No era imposible que eso terminase jugando a su favor si lograba escapar, mas sin su varita, eso se le antojaba casi imposible.
Aun así, Draco tanteó de cuando en cuando las paredes, manteniendo la vana esperanza de encontrar un pomo o una hendidura o cualquier irregularidad que pudiese convertirse en un camino fuera de ese espacio oscuro; sin embargo, no tuvo ninguna suerte.
¿Acaso estaría ahí encerrado hasta su muerte, quizás porque su captor había muerto en la batalla?
Ese desolador pensamiento cruzó la mente de Draco en el mismo momento en que, por primera vez desde que había sido llevado hasta esa extraña prisión, un sonido desde un lugar arriba de él atrajo su atención.
Era un golpe, demasiado suave para poder ser comparado con el que alguien hace en una puerta antes de entrar, pero firme y se repitió dos veces, tras lo cual cesó por completo.
En parte, Draco quería gritar, anunciar su presencia y exigir ayuda; mas el no estar verdaderamente seguro de si afuera se encontraba un enemigo o no lo hizo dudar y al final, permaneció en silencio, sintiendo un nudo en su garganta mientras aguardaba a que algo más sucediese.
No tuvo que esperar mucho, pues pronto escuchó algo rasgarse tras su cabeza y tras eso, la oscuridad dejó de ser absoluta.
—¿Draco Malfoy? —preguntó una mujer cuya voz él desconocía, aunque con una inflexión tan neutra que no se le antojó amenazante.
Tragando saliva y esforzándose para verse calmo, aun cuando no lo había estado, Draco respondió.
—Estoy aquí.
—¿Puedes salir por ti mismo? —cuestionó la mujer esta vez.
Esa era una señal de que venía a ayudarlo, ¿no?
Queriendo convencerse de eso y suponiendo que la forma para salir estaba arriba, Draco estiró sus brazos y al sentir bajo sus dedos un borde ceroso, tal como las paredes, intentó impulsarse hacia arriba.
Eso no bastó para que lograse salir, mas la mujer tomó sus manos y lo haló, ayudándolo con ello a finalmente quedar fuera de su extraña prisión.
A pesar de que no había una luz notoria cerca, a Draco le tomó unos minutos, que pasó parpadeando, acostumbrarse al cambio de iluminación lo suficiente para poder distinguir con claridad sus alrededores.
No habían más que árboles cerca, la mayoría tan tupidos que sin duda impedirían el paso de la luz del sol si fuese de día, algo que Draco dudaba. La quietud y el aire frío, sin ninguna brisa, le recordaban el bosque prohibido de noche...
Deseando sinceramente que eso último no fuese cierto, Draco miró hacia abajo, donde se encontraba una abertura rodeada por cuatro hojas de aspecto rugoso, las cuales aparentemente habían ocultado la entrada al lugar donde lo habían confinado.
¿Cómo lo había encontrado aquella mujer?
Draco frunció el ceño al girarse hacia ella y el notar ahora su ropa inusual, que parecía una larga túnica recta y poco cómoda, y su inexpresivo rostro lo hizo considerar comenzar a correr; aun así, ella solo estaba ahí, luciendo sin intenciones de hacer algo contra él, y era un hecho que lo había ayudado.
—Me aseguraré de pagarte por tu ayuda —prometió Draco con seriedad tras de un rato de silencio, en el que tomó aire lentamente para calmarse, y estiró una mano hacia ella para sellar la promesa.
Ella no aceptó su apretón y apenas parpadeó antes de hablar.
—No creo que entiendas tu situación —afirmó.
—¿Situación? —repitió Draco, confundido y nuevamente temeroso.
¿Acaso, contrario a lo que podía parecer, era ella la que lo había encerrado allí y ahora planeaba chantajearlo?
Dividido entre intentar huir y exigir una explicación, Draco dio un paso hacia atrás al mismo tiempo que preguntó:
—¿A qué te refieres?
—Estás muerto.
Esas dos palabras eran, dichas en un tono neutro, eran sorprendentes, mas lo ridículas que eran permitieron que Draco se recuperase con rapidez.
—Por supuesto que no —replicó con un resoplido—. Estoy aquí.
—No, solo tu espíritu lo está —insistió ella y sacó de la nada un corto pergamino, el cual observó por unos segundos antes de mirarlo con sus ojos oscuros—. Tengo entendido que una maldición llamada "avada kedavra" fue la responsable.
Draco contuvo su respiración. Lo último que recodaba era la batalla, el escuchar rugidos y maldiciones, una de las cuales había sido justo aquella imperdonable, y aunque era cierto que algún hechizo lo había golpeado, el haber abierto los ojos tras ello probaba que había sobrevivido a lo que fuese que hubiese sido.
—Pero... —balbuceó, incapaz de pronunciar «No es posible».
Porque no lo era. Aun si ignoraba sus últimos recuerdos antes de ser apresado, él había percibido la textura de las paredes a su alrededor, sus brazos habían quedado adoloridos tras el esfuerzo que había hecho para salir y ahora sentía la dureza del piso bajo sus pies y el frío de la noche.
Y aun así, la seriedad de la mujer era tal que lo invitaba a creerle.
—¿Y ahora qué? —cuestionó Draco, queriendo encontrar una prueba adicional que lo ayudase a mantener su incredulidad—. ¿Soy un fantasma?
—No —dijo ella—. Y no hay nadie que sepa de tu muerte todavía y hay alguien negociando para que vuelvas a la vida.
Confundido, Draco parpadeó, entreviendo implicaciones que carecían de sentido.
—No usando magia, sino... —pronunció con lentitud, buscando confirmar lo que sospechaba. Ella asintió con su cabeza—. ¿Cómo...? —Draco no llegó a terminar de formular su pregunta, abrumado por la locura que estaba escuchando y el hecho de que había estado a punto de aceptar que podía ser cierto
—Hay ciertas circunstancia que lo pueden hacer más simple —explicó la mujer, quizás contestando el interrogante que Draco no había expresado—, pero este es otro tipo de excepción.
—Así que estoy muerto pero volveré a vivir —resumió Draco, deseando demostrar su renovada incredulidad —. Acaso crees que...
—Ven conmigo —lo interrumpió ella, haciendo aparecer en sus manos un remo alargado—. Sé que quieres saber la verdad.
No, Draco no estaba seguro de querer saber nada, mas la perspectiva de quedarse solo en lo que quizás era el bosque prohibido fue suficiente aliciente para aceptar la invitación de la mujer, quien se presentó como Ayame al tiempo que hizo levitar su remo como si fuese una escoba y le hizo una señal para que montara en el.
Receloso, Draco así lo hizo y se agarró con fuerza de la madera cuando comenzaron a volar entre los árboles, esquivando ramas de diferentes alturas a una velocidad considerable.
Solo el hábito de hacer lo mismo jugando quidditch y la habilidad que la llamada Ayame estaba demostrando al maniobrar hizo que Draco no se sintiese nervioso durante el vuelo y aun cuando en el momento en que salieron del follaje pudo ver a lo lejos el castillo, cosa que confirmaba que había estado en el bosque que temía, logró relajarse un poco.
Había escapado, seguía a salvo y todo indicaba que iban hacia un lugar bien conocido para él: Hogwarts.
La tranquilidad que eso le proporcionó no duró mucho, pues el recuerdo del peligro que lo estaba aguardando allí lo hizo estremecerse y desear que Ayame estuviese volando en otra dirección.
—¡Pero allá están los demonios! —gritó para hacerse oír.
Ayame giró su cabeza hacia él con parsimonia antes de responder.
—La batalla ya terminó.
Eso no bastó para que se relajara. Incluso si era cierto, todavía estaba la incógnita de quién había vencido, si todavía habían demonios posando como estudiantes esperando para matarlo o si había ocurrido un milagro y finalmente estaba realmente seguro.
La respuesta a la primera de sus dudas llegó a su vista cuando sobrevolaron los terrenos cercanos a las entradas, donde grupos de magos con insignias del ministerio se encontraban montando guardia en la afueras.
No habían demonios, ni marcas tenebrosas a la vista e incluso, dentro del castillo, se veía la usual luz de las velas amplificada mágicamente que le era tan familiar.
La creciente esperanza que eso le dio incluso llevó a que Draco se permitiese una pequeña sonrisa, la cual desapareció de su rostro en el mismo momento en que Ayame entró por la puerta principal, volando sobre las cabezas de los aurores, y nadie los notó.
No era que eso fuese imposible, pero todo lo que Draco había escuchado de magia relacionada con invisibilidad indicaba que era imperfecta y aunque el Ministerio nunca había sido perfectamente competente, le costaba creer que no hubiesen tomado más medidas para proteger el castillo aparte de pararse como idiotas y confiar en sus ojos, especialmente luego del ataque de los demonios.
Su desesperanza incrementó cuando no solo pasaron sobre pequeños grupos de estudiantes en los corredores sin ser detectados, sino que también volaron cerca de candelabros sin siquiera lograr con su paso que la llama de las velas se moviese; mas la prueba definitiva llegó cuando, ignorando el grito de advertencia de Draco, Ayame se dirigió hacia una puerta cerrada, la cual atravesaron sin ninguna resistencia y las tres personas que se encontraban en el lugar continuaron con sus asuntos como si ellos no estuvieran allí.
—¡Papá! —exclamó Draco al reconocer a uno de ellos, quien se encontraba sentado en un asiento en la mitad de lo que parecía un salón abandonado, y bajó de un salto del remo.
Los otros dos, aurores del ministerio, estaban de pie a cierta distancia de Lucius, observándolo fijamente. Ninguno de ellos pareció escuchar su voz.
—¿Están culpando a un padre que luego de enterarse de lo que está pasando vino en busca de su hijo? —reclamó Lucius, su indignación tan evidente que uno de los aurores se removió como si quisiese dar un paso hacia atrás.
—No puede negarnos —dijo el otro— que es una gran coincidencia que usted esté aquí.
—Coincidencia —repitió Lucius con disgusto—. Si hubiese sabido, habría llegado mucho antes. Y hay testigos que pueden confirmar cuándo llegué.
Los aurores intercambiaron una mirada.
—¿Qué está pasando? —cuestionó Draco y se giró hacia Ayame al ver cómo una vez más era ignorando.
No era que no pudiese deducir parte de lo que había llevado a que Lucius terminase en Hogwarts, aunque el porqué lo estaban interrogando a pesar de ser un Malfoy era algo que lo inquietaba más de lo que quería aceptar. Pero el mayor misterio era el continuo fenómeno de invisibilidad. Incluso los fantasmas eran visibles y audibles, al fin de cuentas, por lo que esto solo podía ser obra de un mago experto; o quizás, las insensateces dichas por Ayame eran la verdad...
—Tenemos que irnos —indicó Ayame en lugar de responderle.
—¿Adónde?
Ayame no le contestó, limitándose a indicarle que volviese a subir al remo, cosa que Draco hizo con cierta reticencia.
Esta vez, Draco no se sorprendido de atravesar una puerta ni de ninguno de los otros incidentes poco naturales durante el recorrido, el cual terminó en un corredor casi desierto, salvo por dos personas, una que Draco reconoció como Pansy y otro que no conocía, pero que podía saber de qué casa era gracias a su bufanda amarilla.
—¿Has visto a Draco? —preguntó Pansy, deteniendo al Hufflepuff en medio del corredor al pararse en medio de su camino.
—N-no —balbuceó el Hufflepuff luciendo aterrado, mas segundos después pronunció en un tono suave—: Lo siento...
Pansy lo ignoró y reanudó su andar mirando de un lado a otro, sin duda con intenciones de seguir con su búsqueda.
Y así fue. Debido a que Ayame decidió seguir a la Slytherin, Draco tuvo que ver escenas parecidas una y otra vez, todas terminando con un «No sé», «No lo he visto» u algo parecido y con Pansy negándose a rendirse.
—Ya tuve suficiente —ordenó Draco tras un rato, cansado ya y con una creciente pesadez que lo llevaba a creer que realmente él estaba muerto.
Ayame giró su cabeza para verlo por encima de su hombro y esta vez se voló en dirección opuesta a la que iba Pansy.
En esta ocasión, Draco prefirió cerrar los ojos en lugar de ver hacia dónde iban.
Lo que antes le había parecido ridículo ahora se le antojaba más y más real, llenándolo con un frío miedo sobre lo que pasaría después.
¿Realmente podría volver a la vida? ¿Quedaría estancado como un fantasma invisible? ¿O tendría que vivir su muerte en lo que fuese que fuere el más allá?
La tentación de preguntar al respecto estaba ahí, pero el no querer exteriorizar su temor y el dudar que Ayame le contestaría llevó a que Draco se aferrase al orgullo que le quedaba y se mantuviese en silencio y prefiriendo no ver, al menos hasta que Ayame se detuvo y un sonido de voces picó su curiosidad lo suficiente como para hacerlo abrir los ojos.
Lo que vio, sin embargo, no fue de su agrado.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —cuestionó Draco con el ceño fruncido, viendo a Potter, los amigos de éste y a tres de los japoneses, incluyendo el demonio que lo había amenazado, reunidos en la enfermería.
¿Si el Señor Oscuro no había ganado, por qué Jaganshi seguía vivo y en Hogwarts?
Ayame solo señaló en dirección al grupo sin decir nada.
—¿Y Malfoy? —interrogó Potter, logrando con ello que todos los presentes lo observasen con evidente confusión— ¿Alguien lo ha visto?
—No más —pronunció Draco, apretando sus dientes y sus puños.
No quería escuchar qué le respondían, no quería ver cómo reaccionaban ante semejante pregunta. Era bastante malo que Potter, de todas las personas posibles, decidiese preocuparse por su paradero por razones que él desconocía y no necesitaba nada que empeorara su de por sí humillante situación.
Ayame obedeció y esa vez salió por la ventana —cerrada— más cercana y sobrevoló Hogwarts en lugar de llevarlo a ver a alguien más que no podía verlos.
—Eso llena las condiciones —dijo Ayame en voz baja, soltándose de su remo para sacar de la manga de sus ropajes un pergamino, el cual estampó con un sello que sacó inmediatamente después.
—¿Qué condiciones? —interrogó Draco de manera automática, incapaz de ignorar las implicaciones de lo que Ayame acababa de decir.
Contrario a lo que él esperaba, Ayame sí contestó, reacomodándose en el remo para poder verlo a los ojos.
—Para que puedas volver.
—¿No dijiste que alguien estaba negociando por mi? —Draco se cruzó de brazos, indiferente a si llegaba a caerse o no al no estar agarrado del remo. Ya estaba muerto, así que no haría ninguna diferencia, ¿no?
—No es tan simple —suspiró Ayame—. Incluso en este caso, no podemos revivir a alguien aunque queramos si no se cumplen ciertas condiciones.
—¿Podemos? —repitió Draco con incredulidad, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda—. ¿Quiénes son ustedes?
—Los enviados del mundo espiritual.
Ayame se negó a hablar después de eso y se limitó a sobrevolar el colegio y sus alrededores, luciendo como si no tuviese ninguna prisa para ir a ningún sitio.
El no recibir ninguna contestación sobre qué ocurriría ahora y el no poder pensar en ninguna otra opción salvo esperar, llevó a que Draco pasase el tiempo distraído con sus preocupaciones, incapaz de disfrutar del vuelo nocturno que terminó convirtiéndose en uno matutino.
¿Cuánto más tendría que esperar?
La impaciencia se estaba apoderando de Draco cuando el sol ya estaba brillando sin mucha fuerza mientras recorría el cielo hasta su ápice, a ratos siendo tapado por las nubes que prometían lluvia o quizás incluso nieve en el futuro próximo.
—Ya está todo listo —dijo Ayame de repente con su vista en el horizonte, sobresaltándolo—. Vamos.
Él no tenía muchas opciones cuando estaba a varios metros de altura, sentado en un remo que ella manejaba, por lo que tal palabra era innecesaria.
Sin embargo, el vuelo fue tan rápido que Draco no tuvo oportunidad de protestar sobre nada, ni siquiera cuando vio que estaban retomando en dirección inversa la misma ruta que habían tomado para ir a Hogwarts originalmente.
Un nudo se formó en su garganta y no pudo evitar temblar al verse de regreso en el mismo lugar donde había comenzado esta pesadilla, rodeado de árboles que impedían el paso de la pálida luz del sol.
Pero ahora había una diferencia: él —su cuerpo— estaba allí.
Como si necesitase más pruebas para convencerse...
Ayame aterrizó sin ningún titubeo y le dio un suave empujón en un hombro para obligarlo a bajar del remo y pararse junto a su cuerpo.
—¿Y ahora qué? —cuestionó Draco con petulancia, esforzándose por ignorar la horrible sensación de vacío que le producía verse a sí mismo, tendido en el suelo carente de grama, pálido e inmóvil. Muerto—. ¿Cómo se supone que regrese a mi cuerpo?
—Cierra los ojos.
¿Por qué?
Draco se mordió la lengua para no preguntar y obedeció, aguardando a que algo ocurriese.
Por varios segundos no sintió absolutamente nada salvo el frío típico de la fecha, mas súbitamente, cuando estaba considerando abrir los ojos y reclamarle, un extraño calor lo invadió.
Esa temperatura desapareció inmediatamente, como si nunca hubiese estado ahí, y lo dejó consciente de la fría dureza bajo su espalda apoyada contra el suelo.
¿Acaso...?
Draco abrió los ojos antes de atreverse a esperanzarse y lo primero que vio fue las ramas y hojas oscuras sobre él.
Tembloroso, Draco apoyó una de sus manos en el piso para ayudarse a parar, cuidadoso y alerta de cualquier anormalidad extraña en su cuerpo. Pero aunque estaba cansado y sentía como si no hubiese comido en mucho tiempo, ya no estaba observándose a sí mismo, como si nada hubiese sucedido.
Y quizás así había sido, se dijo Draco, sacudiendo su túnica y buscando en ella su varita, la cual, para su alivio, encontró. Tal vez había tenido un mal sueño y nunca había estado aparentemente muerto...
—Buenos días —saludó alguien de repente.
Draco se giró en la dirección de la voz y descubrió a la última persona que quería ver, recostado contra un árbol como si hubiese estado durmiendo allí.
—Minamino.
El pelirrojo sonrió, perezoso, y se levantó con lentitud.
—Gracias, Ayame —dijo, produciéndole un escalofrío a Draco con eso. Nervioso, giró hacia la dirección a la que Minamino estaba mirando, mas allí no vio a la mujer que lo había acompañado las últimas horas de su alegada muerte—. Agradécele también a Koenma de mi parte.
La sonrisa de Minamino se agrandó y éste sacudió una mano como si se estuviese despidiendo de alguien invisible.
Todo había sido real y Minamino había tenido una parte en ello.
Darse cuenta de eso paralizó a Draco y por un momento, que bien pudo haber sido corto o bien eterno, no pudo hacer nada aparte de intentar procesar eso.
Aun dejando de lado temporalmente su "muerte" y todo lo que había vivido la noche anterior como un fantasma invisible, el misterio de Minamino era demasiado grande para ignorarlo.
¿Era un demonio o uno de los aliados de estos o no? ¿Planeaba hacerle daño o por lo menos amenazarlo o permitirle irse y seguir con su vida? ¿Él había sido el que había negociado para traerlo de vida? ¿Acaso planeaba algo más o...?
—¿Vamos? —intervino Minamino, sacándolo bruscamente de sus pensamientos.
—¿Por qué debería ir contigo? —preguntó Draco sin ocultar su recelo, dando un paso hacia atrás.
—La guerra terminó. —Minamino se encogió de hombros—. Ya no tengo razones para seguir aquí.
—Te estás contradiciendo —señaló Draco. La presencia de Minamino era la prueba de eso.
—No —pronunció Minamino, la diversión evidente en su tono; aun así, sus próximas palabras estuvieron cargadas de seriedad—. Pero tengo que advertirte que nadie puede saber de esto.
—¿Esto? —repitió Draco, tenso.
Minamino lució pensativo por unos segundos.
—De Hiei —comenzó con firmeza, mirándolo a los ojos—, de tu experiencia volviendo a la vida...
—Y me dejarán en paz —interrumpió Draco. Él era capaz de hacerse una buena idea de todo lo que, seguramente, Minamino y sus amigos querrían mantener en secreto.
—Y te dejaremos viviendo en paz —asintió Minamino, luciendo anormalmente alegre.
Si bien Draco estaba reacio a aceptar un trato en el que él no tenía ninguna opción aparte de decir «sí», estaba consciente de que aunque pudiese hablar sin que su vida corriese peligro por ello, nadie le creería.
Además, estaba cansado.
Ya había tenido suficiente de temer por su vida y pasar experiencias sin sentido. Si ese trato bastaba para dejar eso atrás, era suficiente.
—Está bien. —Draco se giró en sus talones y comenzó a caminar, ignorando el déjà vu que eso le provocó.
Solo ansiaba abandonar el bosque de inmediato y si bien no le agradó notar que Minamino lo siguió sin decir palabra, estaba dispuesto a aceptar consigo mismo que eso era mejor que tener que recorrer el bosque solo.
Después de todo lo que había ocurrido, poder sentarse en el despacho de Albus y tomar un té le parecía a Minerva como algo cercano a un milagro.
No lo era, sin embargo; era el resultado del esfuerzo hecho, pues todos habían luchado para proteger a Hogwarts y a sus ocupantes.
Había sido tan absurdo como escalofriante, algo que ella no quería tener que volver a vivir nunca, pero que también la impulsaba a apreciar más este momento de calma, en el que podía disfrutar del calor de la taza entre sus manos y del aroma proveniente de esta, a pesar de estar escuchando las decisiones que el Ministro había tomado, que indicaban que aunque ya habían pasado lo peor, la conclusión todavía estaba lejos.
—Así que el Ministerio no planea desistir —comentó Genkai una vez Albus finalizó una versión resumida sobre la visita del Ministro.
—No, me temo que no lo harán —confirmó Albus con seriedad, meciendo su barba.
—No me sorprende —aceptó Minerva con un suspiro— que insistan en que quieren desplegar una investigación a gran escala.
Severus resopló.
—Pero ni siquiera han pensado en interrogar a los elfos domésticos.
Pocos magos considerarían algo tan poco ortodoxo, mas efectivo, desde un comienzo, lo que confirmaba la genialidad que se ocultaba tras la apariencia y actitud huraña de Severus. Aun así, Minerva sabía bien que a Severus no le agradaba recibir cumplidos por algo que a él le parecía obvio, por lo que no dijo nada al respecto.
—Desearía que se esforzaran tanto las labores de búsqueda —fue lo que pronunció en vez de eso, haciendo una pausa inmediatamente después para beber un poco más de su té.
—No encontrarán mucho —bufó Genkai, luciendo convencida de sus propias palabras—. Los que huyeron, volverán; los que no, no lo harán.
Minerva apretó sus labios, poco a gusto con esa desoladora perspectiva.
—No nos vamos a rendir —expresó, recibiendo una mirada de Genkai que parecía entre exasperada y llena de lástima.
—Lupin —intervino Severus, la firmeza evidente en su tono de voz y en la mano con la que sostenía su taza— envió un mensaje diciendo que el perro no ha encontrado nada.
—Es tristemente posible que Genkai tenga razón. —Dumbledore sonrió con tristeza e inclinó un poco su cabeza hacia Genkai—. Ella es la experta, al fin de cuentas.
Un corto silencio llenó el despacho, como si todos se estuviesen tomando un momento para pensar en todo lo escuchado, pero fue roto súbitamente por Genkai, quien se levantó de un salto de su asiento y dejó la taza ya vacía sobre el escritorio de Albus.
—Y ya no hay más para mí aquí.
Era evidente que lo decía literalmente y que planeaba abandonar el castillo cuanto antes; quizás, incluso, en el mismo instante en que dejase el despacho.
—¿Ya? —cuestionó Minerva sin poder ocultar la sorpresa que eso le provocó—. Todavía hay tanto que los chicos podrían aprender de usted.
—No lo necesitarán si nadie más decide repetir esto. —Genkai se encogió de hombros.
—¿Esto? —repitió Severus con lentitud, haciendo evidente su incredulidad con su expresión—. ¿Convocar demonios de otro mundo?
—El escepticismo debe tener sus límites —reprendió Genkai, fulminándolo con la mirada.
¿Acaso Severus dudaba después de todo lo visto? Minerva no tuvo oportunidad de preguntar, ya que Albus, siempre diplomático cuando la situación lo requería, cambió el tema.
—¿No considerarías quedaste hasta el final del año escolar?
—¿Seguirán las clases? —rebatió Genkai, una ceja alzada y sus labios curvados en una pequeña sonrisa carente de alegría.
—Buen punto —aceptó Albus con una corta risa.
—No podemos aceptar que cierren Hogwarts. —Minerva estaba decidida a impedirlo y sospechaba que no era la única.
—Me encargaré de hacer todo lo posible. —Albus asintió con su cabeza y tocó su barba distraídamente una vez más, como si estuviese considerando cuidadosamente desde ya posibles planes para lograr eso.
—Y en ese caso... —probó Minerva, deseosa de apoyar a Albus y convencer a Genkai de quedarse por un tiempo más.
—Estoy segura —la interrumpió Genkai— de que hay más candidatos que quieren el puesto.
—Quizás... —Albus lució pensativo por un segundo, mas de repente alzó su cabeza y los observó, sus ojos brillando pero su expresión seria—. Minerva, Severus, esto me recuerda que tengo que pedirles un favor.
Frente a eso no había mucho que hacer aparte de abandonar por completo el tema de la estadía de Genkai y asentir y así lo hizo Minerva. Severus la imitó y ambos escucharon con atención las órdenes del director.
Desayunar temprano en el Gran Comedor era casi como volver a la rutina.
Casi, porque a diferencia de cualquier día escolar, no eran muchos los que se encontraban en las mesas y las conversaciones de los pocos presentes eran acalladas, algo anormal excepto cuando se estaba hablando de algún secreto.
Y ahora no era así.
Todos habían sido testigos de una batalla que parecía pertenecer a otro mundo y todos entendían en gran parte lo sucedido.
O al menos eso había creído Harry.
Pero, por lo que podía leer sobre el hombro de Ron, El Profeta se había dedicado a presentar al público la versión de los hechos según el Ministerio, en la que no hablaban de demonios, sino de trucos del fallecido que-no-debe-ser-nombrado.
—¿Dicen que fueron ilusiones, puedes creerlo? —Ron dejó el periódico sobre la mesa frunciendo el ceño y miró a sus amigos, Harry sentado a su izquierda y Hermione a la derecha, como si esperase que ellos compartiesen su indignación.
—¿Lo fueron? —cuestionó Hermione débilmente, luciendo pensativa.
—Yusuke aceptó que Kurama y Hiei son... —Harry observó a su alrededor, mas incluso después de confirmar que nadie estaba prestándoles atención prefirió no completar la frase. Sus amigos sabían a qué se refería, al fin de cuentas, y en Hogwarts no solo los cuadros tenían oídos, por lo que era mejor no hablar mucho del tema si querían guardar el secreto.
—Exacto —dijo Ron, cruzándose de brazos e ignorando la comida que todavía tenía frente a él— y sabemos lo que vimos.
—Pero Dumbledore aceptó esa versión —señaló Hermione, haciendo un gesto para indicar la parte del artículo decorada con una foto, en la que Dumbledore y el Ministro hablaban y donde había una pequeña frase aludiendo a que Dumbledore mismo había sugerido la teoría de que habían sido ilusiones.
—¿Hermione, realmente estás diciendo esto? —insistió Ron, alzando un poco su voz y haciendo con ello que su incredulidad fuese obvia.
—Solo digo —rebatió Hermione con un tono ligeramente agudo— que no sabemos lo suficiente y no hay bases...
—Libros —la corrigió Ron, irritado y consciente de qué tipo de pruebas prefería Hermione.
—... que lo confirmen.
—Tal vez Dumbledore tiene sus razones —intervino Harry, queriendo detener una nueva discusión entre sus amigos. La última había sido suficiente para el resto de año escolar, o incluso para el resto de años escolares que les quedaban, al fin de cuentas.
Ron y Hermione intercambiaron una mirada, mas no llegaron a decir nada ya que una lechuza gris con un pergamino pequeño en una de sus patas aterrizó frente a Harry y atrajo la atención de los tres.
A pesar de la sorpresa, Harry se apresuró a tomar el pergamino y darle un bocado a la lechuza en agradecimiento antes de desenrollar su correspondencia y leer las dos escuetas frases escritas en esta.
—¿Qué pasa, Harry? —preguntó Ron con obvia curiosidad.
—Dice... —Harry releyó las frases para confirmarlo primero y hablar después—: Dice que debemos ir al despacho de Dumbledore
—¿Debemos? —repitió Hermione, luciendo igual de interesada que Ron en el mensaje.
—Tú, Ron y yo —aclaró Harry—. Ya mismo.
Harry se levantó de su asiento, impaciente aunque el pergamino no mencionaba que debían apresurarse tanto. Pero si Dumbledore los había citado era porque planeaba darles algunas explicaciones, ¿no?
Sus dos mejores amigos parecían pensar lo mismo, pues lo siguieron con igual prisa hacia el despacho del director.
Tener que asumir el papel de mensajero nunca había sido del agrado de Severus, más aun cuando no era necesario, como ahora.
Una lechuza sería suficiente, incluso si Genkai había reído y le había dado la razón a Albus diciendo que ordenarles ir no sería suficiente para que obedecieran; sin embargo, había algo, un nombre, que lo había llevado a ni siquiera pronunciar una leve protesta antes de aceptar el "favor" que Albus les había pedido.
Según se había reinstalado el orden en Hogwarts tras la batalla, había sido posible tener claro quiénes y qué habían sido afectados por esta de una u otra forma.
Los más tangibles eran los heridos, pero el paso de las horas también había permitido la creación de una lista de desaparecidos —muertos en su mayoría, según Genkai— entre los cuales había visto un nombre conocido: Draco Malfoy.
Era cierto que el ataque había comenzado cuando los de quinto año de Slytherin y de Gryffindor se encontraban en clase afuera, mas la mayoría había regresado directamente al castillo, por lo que Severus no había dudado de la seguridad del chico hasta que su desaparición había sido confirmada.
Pero ahora, según Albus, Draco venía en camino.
Eso era algo que Severus solo estaba dispuesto a creer después de confirmarlo, tal como todo el asunto de los demonios, cuya existencia y procedencia todavía tenía tantos misterios que Severus ponía en duda todo lo que era dicho de ellos, incluso cuando supuestos expertos como Genkai eran los que estaban hablando.
La espera se sintió larga y Severus la pasó fulminando con su mirada a los pocos estudiantes que cruzaron el pasillo cercano a la puerta principal de Hogwarts a esa hora, mas finalmente las renovadas barreras de Hogwarts detectaron la llegada de alguien y al abrir la puerta, Severus vio a las dos personas que Albus le había pedido buscar.
—Señor Malfoy, señor Minamino —saludó escuetamente, examinando al rubio con atención. Aunque se veía pálido e incluso tenso, si juzgaba por su aparente sorpresa al ver la puerta abrirse, estaba vivo.
—Profesor, buenos días. —Minamino sonrió como si fuese un buen estudiante que no estaba llegado al castillo a pesar de que el toque de queda se mantenía. Draco apenas movió su cabeza en respuesta.
Quizás no estaba de más enviarlo a la enfermería y pedirle a Poppy que no solo revisara su condición física, sino que confirmase que no estuviese siendo afectado por ninguna maldición, mas no parecía requerir de atención médica urgente, por lo que primero debía hacer otra cosa.
—El director los estás esperando, vengan conmigo.
—P-primero —balbuceó Draco— tengo que...
—Sus padres serán notificados —explicó en un tono más suave del que pretendía, suponiendo qué era lo que Draco quería hacer primero. Severus se aclaró la garganta, mirando de reojo a Minamino con desconfianza para luego continuar—: El Ministerio los está interrogando, pero en vista de que usted apareció, estoy seguro de que les permitirán venir.
Draco suspiró, luciendo aliviado, y asintió con su cabeza y cuando Severus hizo un ademán de que lo siguiesen, Draco fue el primero en hacerlo. Minamino se tomó unos segundos antes de hacerlo y caminó con lentitud, permaneciendo unos pasos atrás todo el tiempo, lo que obligó a que Severus los apresurase con palabras y cuando eso no fue efectivo, no tuvo más opción que ralentizar su andar para no dejarlo atrás.
Minamino también era una Slytherin, al fin de cuentas, por lo que quitarle puntos no era una opción.
Cuando Pomfrey apareció y pronunció un hechizo hacia Hiei, Yusuke solo la observó y en el instante en que ella repitió el mismo hechizo en él, Yusuke se limitó a enfrentarla con su mirada.
Su experiencia hasta ahora le indicaba que mencionar otra vez que estaba perfectamente bien solo llevaría a que la bruja se molestase y lo reprendiese por una u otra cosa, por lo que por ahora Yusuke decidió esperar, guardando la pequeña esperanza de que la médica no tuviese más excusas para obligarlo a quedarse en la enfermería.
—Bien —dijo la bruja moviendo su varita una última vez en la dirección de Yusuke, quizás deshaciendo el hechizo—, pueden irse.
—Finalmente —resopló Yusuke, conteniendo un suspiro de alivio.
—Regrese si llega a sentirse mal, señor Urameshi —indicó Pomfrey con un tono igualmente lleno de autoridad como de preocupación.
—Sí, sí... —pronunció Yusuke, exasperado, mientras estiraba sus brazos sobre su cabeza. Se sentía mejor que nunca, aunque seguía convencido que pasar la noche ahí no había sido verdaderamente necesario, por lo que al final le dirigió una mirada más a la bruja y dudoso pronunció—: ¿Gracias?
—No hay de qué. —Pomfrey sonrió por un corto momento antes de señalar hacia la puerta—. Ahora, váyanse.
—Primero no nos deja ir —protestó Yusuke, pese a que obedeció la orden sin pensarlo dos veces—, luego no nos aguanta más.
—Estuviste quejándote todo el tiempo —señaló Hiei, caminando junto a él.
—Como si tú hubieses estado contento.
—No intenté dispararle a nada —le recordó Hiei con una pequeña sonrisa—. Ni grité.
Y eso había sido lo que había puesto a la médica de peor humor. Recordarlo hizo que Yusuke mirase por encima de su hombro, casi esperando verla usando su varita para maldecirlo en venganza, mas obviamente la médica ahora estaba revisando a otro de sus pacientes y no queriendo tener uno más.
—Pero también querías irte —rebatió Yusuke, volviendo a fijar su atención hacia adelante, y al recordar algo que lo había estado inquietando, aunque no había tenido una verdadera oportunidad para mencionarlo, decidió aprovechar ahora sacar el tema—. ¿Vas a buscar a Kurama?
Hiei lo observó de reojo, luciendo extrañamente tenso, mas antes de que pudiese contestar, alguien en el corredor al que salieron gritó:
—¡Urameshi!
Solo ver a Kuwabara no era una sorpresa ni algo molesto, pero ver a una mujer mayor, que Yusuke reconoció como la jefa de Gryffindor, sí lo fue.
Yusuke sabía bien que el que un profesor lo buscase nunca era algo bueno y le costaba creer que este caso era la excepción, aun cuando Kuwabara estaba con ella y no lucía ni irritado ni nervioso.
—¿Ahora qué? —preguntó con brusquedad, poco preocupado de las consecuencias que eso le podría traer. Temerle a una profesora después de todo lo que había vivido era, al fin de cuentas, algo sin sentido.
—Dice que el director quiere vernos —explicó Kuwabara encogiéndose de hombros.
—¿Solo a nosotros? —quiso confirmar Yusuke, desconfiado.
Se le ocurrían pocas razones por las que el director pudiese querer verlos y la principal involucraba explicaciones relacionadas con la batalla y él no pensaba darlas, no solo porque no deseaba ser el que recibiría toda la culpa una vez Koenma se enterase de que había hablado cuando deberían pasar "desapercibidos", sino por el simple desagrado que le producía la idea de tener que responder pregunta tras pregunta.
—¿Y Kurama? —intervino Hiei, mirando con sus ojos entrecerrados a la bruja.
—A él también lo está esperando —respondió McGonagall sin lucir intimidada, ni extrañada por el nombre mencionado por Hiei.
—¿Exactamente qué es lo que pasa con Kurama? —cuestionó Kuwabara, exasperado, dirigiéndose a Hiei.
Yusuke dirigió su vista hacia Hiei, aun cuando sospechaba que Jaganshi no contestaría. Y así fue.
—¿Por dónde? —dijo Hiei en lugar de eso, hablándole una vez más a McGonagall al tiempo que se adelantó camino a las escaleras más cercanas.
Si la bruja pensó que eso era extraño, no lo demostró, pues se limitó a hacer un gesto al tiempo que comenzó a andar.
—Por aquí.
Yusuke intercambió una mirada con Kuwabara y pese a que estaba todavía renuente, siguió a la profesora, resignado.
Solo esperaba que al menos reunirse con el director marcase el final de la misión; si así era, estaba dispuesto a lidiar con esta última molestia.
