Los inmortales estos me tenían como a un pato mareado, siempre mandándome de un maldito lado a otro por el puro gusto de verme así.

Contra, así no había quien viviera.

Y menos si tenía a estos dos vagos encima de mi.

Saoirse se había quedado muy impactada después de nuestro encuentro con Angus, así que la cogí en peso y me la subí a los hombros, donde se transformó en una chinchilla para agarrarse mejor. En ese punto tuve que echarle la bronca a Fiaccha para que no se la comiera, pero acabó tan tranquilo, posado en mi otro hombro mientras caminaba por el bosque.

Por suerte, Angus tuvo la amabilidad de dejar una pequeña mochila con más provisiones y un mapa con la ruta a seguir y una brújula.

Todo un detalle después de decir que mi familia tenía una especie de maldición en el amor que no le desearía a nadie. Jamás a de los jamases. Por los dioses, que no falte el jamás de los jamases.

Sí, últimamente estaba más sarcástica. Y dura, pero eso es lo que pasa cuando te quitan tanto en tan poco.

Siguiendo las indicaciones del mapa, me encontré una especie de sendero en el bosque, todo recto, con el suelo cubierto de suave musgo. Ya empezaba a ralear la luz, así que saqué la linterna de la mochila y fuimos comiendo mientras caminaba.

El sendero me quitó el trabajo de intentar no tropezar con todas las raíces del suelo y me permitió pensar un poco.

¿Cómo estarían en casa? Oonagh no sería benévola con nadie, más aún si pensaba que alguno escondía información sobre mi paradero.

Eso me provocó un nudo en la garganta. Bastante tenía ya que esa maldita caileach(bruja) la hubiera tomado con mis hermanos por mi como para encima llegar esa otra carga en los hombros.

No podía hacer mucho, es es innegable, pero iba a echar a esa perra de Sieteaguas aunque me dejase la vida en ello. Más claro el agua de Gran Afluente.

Fiaccha restregó su cabeza contra la mía, en un suave consuelo.

-¿Estas bien?- dijo una aún dormida Saoirse.

Me planteé si serle sincera o mentirle por educación, pero me di cuenta de que al final íbamos a pasar mucho tiempo juntas así que decidí serle sincera.

-Hace ya unos días que no estoy bien- dije.

La adorable chinchilla se estiró.

-Te echas la culpa de cosas sobre las que no la tienes.

-Pero se siente como si la tuviese- repliqué-. Sea o no verdad, y no puedo hacer nada para remediarlo.

-¿No puedes o no quieres?

-¿Cómo no iba a querer?

Nos mantuvimos un rato más calladas, pensando, pero de repente noté algo extraño y llevé la mano a mi espada.

Me giré lentamente al mismo tiempo que sonaba un profundo crujido y me quedé estupefacta.

Ante mi estaba una de las criaturas más poderosas e importantes de los bosques: un dragón.

Tenía escamas de un vivo y brillante esmeralda, de aspecto suave, los ojos de oro líquido y la cabeza era más grande que yo. En muchos sitios ponían a los dragones como monstruos y criminales, que eran los protectores de los bosque y sus criaturas. Muchas veces los druidas les pedían consejo o ayuda.

-Santa Brigid- murmuré.

El dragón soltó una suave y profunda risa, sonriendo y mostrándome unos colmillos más grandes que mis manos. Tenía un aspecto benévolo que no se me pasó por alto, pero seguí alerta.

-Tranquila, pequeña mestiza- su voz era grave y profunda, agradable de escuchar-. Tu y tus compañeros no debéis temerme. Hasta aquí a llegado tu nombre, Faicré, y los motivos de tu misión.

Me arrodillé ante él, inclinando la cabeza.

Saoirse me imitó, y me hubiera reído por aquel gesto en un pequeño roedor si no hubiese estado tan conmocionada.

-Me honra su presencia, Mo Tiarna. Al igual que uno de los suyos haga caso de las desventuras de una simple mortal.

El dragón volvió a reír.

-Hay pequeña, pocos de tu especie me he encontrado que sean tan respetuosos. La mayoría eran un atajo de bravucones con armadura y espaditas que bien me sirvieron me comida. Aunque luego tuviera una fuerte indigestión. El acero no le hace ningún bien a mi estómago.

Y luego me llamaban exagerada por mi educación.

Pff, idiotas.

-¿Se me permitiría preguntar a qué debo el honor de su presencia?

-Sí, pequeña, y levantate- le obedecimos-. Estoy aquí por petición de los Daonine Maite, que desean invitaron a pasar la noche con ellos.

Saoirse cogió aire, impactada. Y no era para menos.

Si los Sidhe eran los reyes del bosque, los Daonine Maite eran su nobleza. Eran elegantes como ninguno, pero podían ser los más benévolos o los más crueles, todo dependía de su humor. El cual era variable como el viento, pero bueno.

No era seguro estar con ellos, pero tampoco me podía permitir ofenderles si rechazaba su petición.

-Sería todo un honor para nosotras, Mo Tiarna.

El dragón nos volvió a sonreír e hizo un gesto para que le siguiéramos.

Para ser sincera no recuerdo mucho de esa noche. Los alimentos de las hadas son extraños y causan diversos efectos en los mortales. Normalmente ninguno bueno.

Ojalá lo hubiera sabido a tiempo, aunque de todas formas no hubiese rechazado los alimentos por miedo a la ira de esas susceptibles hadas. Simplemente hubiera comido menos.

Recuerdo ropajes de brillantes colores, pelos de arcoiris y pieles de un blanco lechoso además de sonrisas de dientes afilados como dagas. Risas y una música tan bella que me es imposible describirla.

Y de repente, todo se apaga y me sumó en la oscuridad.

Mi adorado viernes, te echaba de menos desde el lunes.